14 a 19 de Julio. Pakistán.

La noche antes de partir, me acosté justo después de cenar porque me despertaría antes del alba y debía estar descansado. Las siguientes semanas, serían un no parar hasta llegar a España, y algo me decía que iba a ser un viaje repleto de imprevistos.

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Tenía la ruta ya preparada y dibujada en los mapas. Había pasado un par de días confeccionándola, y era sin duda la más rápida para volver a casa:

Entraría en Pakistán al día siguiente y no me detendría en Lahore (Una preciosa ciudad muy cercana a la frontera). Lo conocía, y aunque me encantaba, no era una ciudad para disfrutar con prisa, si no para dejar el coche en lugar seguro y pasear y disfrutar del ambiente durante un par de días.

Esperaba llegar a última hora del día a Multan, una ciudad sin demasiado atractivo situada en pleno centro del país. Desde ahí, me llevaría un día llegar hasta Quetta, que era el comienzo del desierto de Baluchistán. Tierra de bandidos.

Me llevaría dos días más atravesar el desierto y llegar hasta la frontera con Irán. Si todo iba bien, tardaría 4 días en cruzar Pakistán, pero decidí añadir un día más en mis cálculos para algún posible contratiempo.

Irán debería recorrerlo en siete días, pues era el periodo de validez de mi visa de tránsito para este País. No podría disfrutarlo a penas, ya que siete días para recorrer el país no me permitirían detenerme demasiado, pero si que quería conocer las ciudades de Yazd, y Esfahan, que eran lugares por donde Alejando de Macedonia pasó hacía algunos años, y a los que llegar a caballo desde Europa, le supuso más de un disgusto.

Si había suerte, llegaría a Turquía a los doce días de viaje. Atravesar aquel enorme país, hasta Estambul me llevaría como mínimo otros 4 días.

Si todo iba bien, llegaría a Estambul, que era la puerta de Europa, dieciséis días después de haber salido de La India.

A buen ritmo, y a la velocidad que iría, creía poder llegar desde Estambul a España en 4 días, y con uno de cortesía, sumaban veintiún días, o lo que es lo mismo tres semanas para hacer la ruta India – Comillas.

Tan solo había un pequeño contratiempo, y era que sin mi tarjeta de crédito, extraviada en Shena, contaba con fondo económico de unos ¡sesenta Euros en Indian Ruppies para volver a casa!

Había aprendido a viajar con lo puesto, y si había algo de lo que podía prescindir era de dinero. No obstante, llegar hasta España desde donde me encontraba, con aquellos 60 Euros, a pesar de tener la certeza de que era posible, iba a ser una dura tarea.

Tenía el depósito de gasoil lleno hasta arriba, por gentileza de Bali, Lali y Gogui, y con aquellos doscientos noventa y cinco litros de carburante debería recorrer los poco más de dos mil kilómetros de Pakistán que me separaban de Irán. Una vez en Irán, el gasoil no sería problema, ya que según tenía informado, era tremendamente barato.

Antes de abandonar Irán, debería llenar el depósito por completo, con lo que ya podría atravesar Turquía hasta Estambul, y adentrarme en Europa. Ya fuera en Bulgaria, en Croacia, o en Serbia, me quedaría sin gasolina y sin dinero. Lo que haría entonces… tenía más de dos semanas para pensarlo, así que no me turbó ni por un momento, y ni siquiera pensaba en ello.

La mañana de la partida, me desperté siendo aun de noche con un tremendo escalofrío, y con el cuerpo entero ardiendo como las brasas.

Me costó ponerme en pié y cubrirme con una sábana, para tumbarme de nuevo y continuar tiritando.

Aquello sí que era mala pata. ¡Me había puesto enfermo justo la mañana que debía salir!

Pasé la mañana entera con cuarenta de fiebre, sin tener muy claro donde estaba, y quién era toda aquella gente morenita y con turbante que tenía alrededor.

Pasé durmiendo toda la mañana y el día, y a media tarde me empezó a bajar la fiebre.

Según pensaban mis amigos hindús, la ducha fría de la noche anterior me había producido un corte de digestión, y de ahí la fiebre. Yo pensé que por alguna razón no debía salir aquella mañana. Como decía mi madre, las cosas pasan por algo, y siempre es para bien.

Antes que anocheciera, me sentí con ánimos para levantarme, terminar de organizar el coche, y dejar todo listo. A la mañana siguiente partiría.

Me acosté sin cenar nada más que un yogurt, y un minúsculo plato de arroz banco, y a la mañana siguiente me desperté temprano y sin fiebre.

Después de una ducha, y desayunar algo de Yogurt, me vestí con mi kuhrta pijama blanco, que era la indumentaria típica de los punjabi. Un sastre me lo había hecho a medida mientras estaba en Bielorusia, y según me dijeron todos, me quedaba estupendamente y nadie pensaría que era europeo.

También me atavié con mi turbante. Un turbante que también me había hecho un sastre, con una tela que me costó muchísimo elegir. Finalmente decidí que fuera del mismo color que el coche.. El turbante extendido, medía seis metros y medio de largo, por más de uno de ancho. El padre de Bali, dedicó un buen rato de aquella mañana a explicarme el método para su correcta colocación.

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La despedida de la familia y de todos los del pueblo, llevó algo más de tiempo de lo esperado, y finalmente partí de Senha a medio día.

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Pese a que iba muy mal de tiempo, decidí entrar en Amritsar para ver el Golden Temple. Le había prometido a Mana que lo vería, y Lali también había hecho mucho hincapié los últimos días en que no me fuera de La India sin visitar el templo Seek más importante del mundo.

Tras 4 horas de viaje, llegué a Amritsar. Ya conocía la ciudad, y no me costó llegar a un aparcamiento céntrico.

Desde el momento en que salí del coche, me llamó la atención que nadie me mirara o reparara en mi presencia. Estaba acostumbrado a que por el mero hecho de ser un extranjero, los hindús se me quedaran siempre mirando, y a no poder desapercibido en ningún sitio.

El ir vestido como un punjabi, con el Kuhrta pijama blanco, la pulsera Seek y el turbante, hacía que a ojos de cualquiera, pareciera uno más. Y era una sensación de lo más placentera.

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Después de un agradable paseo por la ciudad, llegué al Santuario Seek. Dejé mis chanclas de goma en un enorme guarda-calzado, y caminé descalzo hasta la entrada. Después de atravesar un pequeño charco artificial de agua limpia, por el que debía pasar todo el mundo, entré en el Golden Temple.

El ambiente de paz y solemnidad que se respiraba me sobrecogió desde el primer momento.

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La gente paseaba, meditaba, charlaba, rezaba…

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Había una enorme plaza de piedra blanca, con un gigantesco estanque en medio, en el cual se erguía el templo de oro.

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A media tarde, después de haber paseado por todos los recovecos del templo, lo cual fue toda una experiencia, volví al coche y partí hacia la frontera.

Tardé poco más de una hora en llegar, y me sorprendió lo tranquilo que estaba todo aquello para ser la única frontera terrestre transitable entre La India y Pakistán.

No tardé en enterarme, que llevaba cerrada desde las 4 de la tarde, y que hasta el día siguiente a las diez de la mañana, no habría forma de pasar.

Lo intenté “casi todo” para que me dejaran cruzar. Desde decir que me estaban esperando para dormir en Lahore, hasta hacerme pasar por un diplomático. Esto último casi funcionó, pero finalmente en el control de pasaportes, comprobaron que mi pasaporte no era diplomático, a pesar que yo afirmara lo contrario, y me mandaron de vuelta a la frontera.

No tenía la menor intención de pasar las siguientes 14 horas en aquel lugar caluroso y maloliente, así que decidí volver al Golden Temple.

Al llegar todo era aun más solemne y mágico que durante el día. Había gente por doquier, ya fuera rezando junto al agua, o durmiendo sobre el cálido mármol del suelo del templo. En algunos lugares, pequeños grupos de ancianos con sus majestuosos turbantes, meditaban juntos.

Pasé una memorable noche de lo más surrealista entre devotos punjabi, y antes que amaneciera, con el primer rezo, partí. Comenzaba mi viaje de vuelta.

A primera hora de la mañana del día siguiente, me encontraba en la frontera tomando una taza de té bajo la sombra de un árbol, con mi Khurta pijama recién lavado, tendido al sol.

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Poco antes de que abrieran la frontera, apareció en el lugar un joven español muy simpático llamado Karim.

Karim era un pintor de Madrid de poco más de treinta años, que había pasado las últimas semanas viajando por La India y que se dirigía a ver a unos amigos a Karachi. Karachi, era una preciosa ciudad al sur del país, que había sido la capital de éste hasta que a mediados del siglo XX fuera fundada Islamabad, y se convirtiera en la actual capital.

Para ello, Karim iba al aeropuerto de Lahore, que estaba a unos veinte kilómetros de la frontera.

Los trámites fronterizos y aduaneros, a pesar de no ser demasiado breves, fueron de lo más agradables.

Desde que entré en Pakistán, observé que pasaba tan desapercibido como en La India, y es que mi vestimenta era similar a la que vestían todos los musulmanes. Con mi barba negra y mi tez algo morena, aunque aun con un tono mortecino por la fiebre de hacía dos días, nadie se imaginaba que no fuera pakistaní.

Finalmente, el 15 de Julio de 2009, a las 14:00, entraba en Pakistán con Karim, al cual ofrecí acercar al aeropuerto.

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Camino del aeropuerto tuvimos un pequeño percance con el coche en un camino de tierra, al intentar cruzar una gran zanja por donde no debía. Pero no fue nada que no se pudiera resolver en unos minutos con la ayuda de una enorme excavadora que nos remolcara unos metros.

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En aquel lugar conocí a un curioso personajillo, que parecía el “Mini-Yo” de Bin Laden.

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Cuando me despedí de Karim en el Aeropuerto, ya era media tarde. Sabía que aquel día casi lo había perdido por completo, ya que en Pakistán no se debía conducir de noche, pero no obstante, puse rumbo a Multan.

No tardó en hacerse de noche, y después de conducir un par de horas sin luz, encontré una terraza verde con una barbacoa, y decidí parar a comer algo.

No tardé en ponerme a hablar con un joven que hablaba inglés perfectamente, y que muy amablemente indicó al camarero en urdu, que era la lengua más comúnmente hablada en Pakistán lo que comería. Algo de pollo a la brasa y un plato de arroz blanco.

El tipo se llamaba Assam, y al cabo de un rato me dijo que era el dueño del restaurante. Me acompañó mientras cenaba, y mantuvimos una entretenidísima y distendida charla acerca de la cultura musulmana en Pakistán.

Como ya sabía, me estuvo explicando que todos los matrimonios eran arreglados, y eran los padres quienes elegían la mujer para sus hijos. Los matrimonios por “enamoramiento”, prácticamente no existían, ya que en la mayoría de los casos, ningún joven tenía la oportunidad de conocer a ninguna mujer, hasta que no le presentan a su futura esposa.

Cuando un joven pakistaní, va a visitar a un amigo o a un familiar, al llegar a su casa llama al timbre. Ésta es la señal para que todas las mujeres que hay en su interior, acudan al mismo cuarto y se cierren en éste.

Una vez que todas las mujeres están fuera de la vista del invitado, se le hace pasar…

Ya sabía esto por mi amigo Edel, pero pensé que solo sucedería en la zona de Peshawar.

Después de cenar, Assam me ofreció quedarme a pasar la noche en uno de los dormitorios que había encima del restaurante, y yo no rechacé la oferta. Andrés durmió en un lugar cerrado, y yo en un estupendo dormitorio con aire acondicionado, hasta que a las dos de la madrugada se fue la luz. A partir de entonces, dormí en la terraza de la azotea bajo un montón de estrellas.

A la mañana siguiente partí a Multán temprano. Las carreteras pakistaníes, aunque no tanto como las hindús, atravesaban muchos pueblos y ciudades por pleno centro, haciendo las veces de avenida principal. Esto, aunque amenizara la marcha, hacía que el ritmo del viaje fuera mucho más lento.

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Los Camiones eran tan bonitos como los que había visto en el norte del país. Todos con muchísimo colorido, y minuciosamente decorados hasta el último recoveco.

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Muchas veces, las puertas de los camiones estaban hechas a mano con madera. Auténticas obras de arte sobre ruedas.

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Crucé la ciudad de Multan a la hora de comer, y tomé la carretera rumbo a Quetta, que era la ciudad de bandidos y contrabandistas del país por excelencia.

Al cabo de algo más de una hora por esa misma carretera, alcancé un puesto de control militar donde me hicieron detenerme.

Alguno de los soldados hablaba algo de inglés, y después que comprobaran que todos mis papeles estaban en regla, me informaron que no podía pasar de ahí.

E dijeron que debía volver a Multan y coger la ruta a Quetta que pasaba por una ciudad llamada Sukkur, y que ¡daba un rodeo de más de trescientos kilómetros por el sur de la región!

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Traté de convencerles por activa y por pasiva para que me dejaran pasar aunque fuera con escolta. Terminaron por ponerme al teléfono con un oficial que hablaba inglés, y me dijo clarísimamente que la zona que había tras ese control militar estaba en conflicto, y que era del todo imposible que me dejaran pasar.

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Traté de verle el lado positivo al asunto, pero me resultó algo difícil. La gasolina que tenía ya me iba a llegar justita para alcanzar la frontera con Irán por la ruta que estaba siguiendo, y la nueva ruta era aun más larga.

Por el lugar que me mandaban los militares, había más de 2.200 Km hasta la frontera, y nunca había tenido que recorrer tanta distancia sin repostar. Poner gasolina en Pakistán no era una opción viable, ya que disponía exactamente de 100 dólares hasta llegar a España, y los debería emplear solo en lo imprescindible.

Decidí no darle más vueltas, y poner rumbo a Quetta por la ruta que me habían marcado. Si me quedaba sin gasolina, siempre podría hacer lo mismo que cuando volví en moto desde Panamá hacía algunos meses…

Países Bajos. 18 de Noviembre de 2008.

Hallábame sentado en un cómodo despacho del consulado español en Ámsterdam, una preciosa e idílica ciudad, donde majestuosos cisnes recorren a sus anchas, cuidados canales de piedra con puentecitos de madera graciosamente iluminados por las noches.

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Había pasado las últimas semanas en una estrepitosa carrera en moto, que me había llevado desde México hasta Panamá, y me había quedado atascado en Holanda, por que mi moto estaba pasando una minuciosa inspección aduanera anti-narcóticos.

Me encontraba pues en Ámsterdam, con mi equipaje en la taquilla de un tipo que trabajaba en las aduanas, y mi compañera de dos ruedas, a miles de kilómetros, siendo aun más desmontada de lo que ya estaba.

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Acababa de recibir la estupenda noticia de que mi gran amiga Lalo, se encontraba estudiando aquel año de carrera en Leiden, una ciudad cercana, así que quedé con ella al día siguiente en la estación de tren de Leiden, y pasé el resto del día paseando por Ámsterdam.

Pensé en el cocktail cultural-religioso-existencial que estaba suponiendo el recorrer y vivir los últimos meses en lugares con formas de vida tan tremendamente distintas…

Había vivido como “un nómada solitario más” en Asia Central, donde conocí un estilo de vida duro pero auténtico, que nada tenía que ver con como había vivido hasta entonces. Me adentré en la cultura musulmana y en el mundo del Islam, que tanto me costaba no juzgar y comprender.

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Fue chocante el ver a los campesinos afganos con sus casas colgantes y sus senderos intransitables al borde de precipicios. Vivir en un lugar que llevaba los últimos treinta años en guerra, me dio que pensar.

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Después entré en La India, donde me adapté lo mejor que pude a su estilo de vida, con ese total desprendimiento de lo material que les caracteriza. La gente dormía en cualquier sitio, y mezclaban sin orden ni concierto todo en todos lados. Era frustrante no encontrar un solo kilómetro cuadrado deshabitado en el que poder descansar y relajarme sin que me un montón de curiosos me rodearan.

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De ahí pasé a conocer la vida Nepalí, en plena consonancia y armonía con la naturaleza, valiéndose de sus recursos y conservando sus valores culturales. Conocí a Mana, y por primera vez en mi vida, tuve que dejar una cosa que se me había metido en la cabeza a medias, no siendo capaz de rescatar la canoa que le hundí.

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Después de aquello, un giro imprevisto me mandó de de vuelta a La India, donde tuve la oportunidad de conocer, de la mano de Obi y su familia, la “vida civilizada” dentro del caos y la incivilización.

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Sufrí un tremendo choque cultural al llegar a Alaska, paraíso natura plagado de buena gente estilo west-coast estadounidense, donde, sin dejar de disfrutar a tope, no tardé en darme cuanta de las carencias espirituales de la sociedad capitalista.

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De ahí me zambullí en la vorágine de la Metrópoli en las calles de Vancouver, episodio que me causó un ligero trauma al no permitir la entrada al país del conteiner en el que se encontraba mi vehículo con todas mis pertenencias.

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La buena gente que conocí recorriendo Las Vegas y California, me hizo pensar que aun quedaba alguna esperanza para que el estilo de vida Yankee no se desmoronara.

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En México y Centroamérica, a pesar de las prisas, pude relajarme y disfrutar de paisajes maravillosos y gente con sombrero de paja, que tan pronto le ofrecía a uno un cocotero, como le daban su más solemne bendición.

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Y ahora me encontraba en una capital europea totalmente desarrollada en la que estaba cuidado hasta el más mínimo detalle. Pensé que me seducía mucho más el hacer hogueras por la noche en los fríos bosques y comprar tomates de la huerta del vecino.

Pasé aquella noche en un pequeño hotelito céntrico, y al día siguiente a medio día me fui a Leiden.

Encontré a mi amiga Lalo tan feliz de la vida como de costumbre. Dimos un paseo por la ciudad y tardamos un buen rato en ponernos al día de las novedades de los últimos meses.

Me ofreció quedarme unos días en su residencia, que era un lugar del todo disparatado, y yo acepté, contento de tener un lugar tan “familiar” donde esperar a que llegara mi moto.

La residencia de Lalo, era una bonita casa edificio, habitada por estudiantes de lo más variopintos. Había un joven físico chino que era como una caricatura, y con el cual el mero hecho de conversar era divertidísimo.

También había un motero italiano llamado Pietro, al que le divirtió muchísimo mi aventura, y que más adelante me sería de gran ayuda. Había además una alegre sevillana, y diversos personajillos de toda índole.

Mi estancia en Leiden, coincidió con la visita de el novio de Lalo, Tete, que era un amigo mío del colegio, así que pasamos un entretenido fin de semana juntos.

El día que finalmente llegó a la terminal de carga de KLM la caja con mi moto, pasé la mañana entera con todo el papeleo de las aduanas, y a primera hora de la tarde, fui con Tete y Lalo al almacén donde debía recogerla, a unos ocho kilómetros del aeropuerto.

Al abrir la enorme caja, me di cuenta que mi querida Nawí, estaba aun más desmontada que como yo la había enviado. Le habían quitado algunas de las grapas a la tapicería del asiento para comprobar que no hubiera nada en su interior, y hasta habían desmontado el cuentakilómetros.

El pobre Tete, que se había visto envuelto en una tarea de lo más peliaguda, dio la talla con creces, y tras un par de horas largas, conseguimos montar la moto casi en su totalidad. No nos fue posible montarla del todo, ya que faltaban algunas piezas. En algún momento del registro, alguien había extraviado el eje delantero con todas sus juntas, topes y arandelas, además de sistema de medición del cuentakilómetros.

Aquel día volvimos a la residencia sin la moto, pero decidimos llevarnos la rueda delantera, para tratar de buscar un eje.

A la mañana siguiente me fui con Pietro en su moto a recorrer los talleres de la zona. Al cabo de visitar varios talleres, dimos con uno que tenía un eje usado que parecía que valdría.

Acudimos al almacén donde estaba la moto, y no tardamos demasiado en comprobar que el nuevo eje no valía ya que era demasiado ancho por uno de sus lados. Mal asunto.

Le pedí a Pietro que fuera al taller a por un nuevo eje un par de milímetros más estrecho que el que teníamos, mientras yo me quedaba en la puerta del almacén, ya cerrado, con la moto.

Al cabo de un par de horas de meditación junto a Nawí, apareció Pietro. Pero en lugar de venir con su moto, y un nuevo eje, venía en un coche con un tipo mayor, y con un pequeño remolque vacío enganchado a la bola.

Aquel tipo mayor, era un motero llamado Bernard, que conoció a Pietro cuando estaba explicando el problema del eje en el taller, y se ofreció a ayudarnos.

Cargamos la moto sin rueda delantera en el remolque, y las maletas laterales metálicas en el maletero, y nos dirigimos al taller donde encontramos el eje.

Bernard, era muy amigo del dueño del taller, y con tornos, fresadoras y herramientas de toda índole, fabricamos un eje con todos sus topes y arandelas, que se adaptó perfectamente a la moto.

Cuando terminamos, era ya bien entrada la noche, y Bernard nos invitó a cenar en su casa. Pietro y yo, que estábamos hambrientos, no dudamos en aceptar gustosos la oferta, y le seguimos en las motos hasta su casa.

Bernard no solo era un amante de las motos. Era un ingeniero con avanzadísimos conocimientos de mecánica, que llevaba varios años fabricando una moto de carreras increíble.

Cenamos con su mujer y otra amiga invitada, y tras una agradable sobremesa, le agradecimos a Bernard su gran ayuda, y partimos.

Antes de irnos, Bernard fabricó una matrícula para mi moto (que carecía de ella), con una tapa de Tupper-Ware y un rotulador negro.

Llegamos a la residencia, donde Tete y Lalo nos estaban esperando, y les informamos de todo lo acontecido. También les informé que debía preparar mis cosas los más rápido posible, ya que quería partir hacia España antes de media noche.

Después de una emotiva despedida, y de encasquetarle a Tete algunos bártulos para que me llevase de vuelta a España, llegó la hora de partir.

Mi idea era conducir sin parar aquella noche, y llegar a Madrid al final del día siguiente. Eran poco más de 1.700km por carreteras estupendas, y aquello no supondría ningún problema.

Nada más salir de Leiden, se puso a llover a cántaros, y no dejó de hacerlo en las dos siguientes horas hasta que llegué a Bruselas. Hacía un frío insoportable, y a parte de no sentir las manos, tenía entumecidos y congelados todos los músculos del cuerpo.

Eran las dos de la madrugada de un día entre semana, y la capital belga estaba completamente muerta. No me entendía con los letreros ni con los desvíos de las carreteras en aquella noche cerrada en la que no paraba de llover. Como no tenía a quién preguntar, finalmente decidí tomar la carretera que me pareció conveniente para alejarme de la ciudad.

Tras varios kilómetros, y ya en zona rural, encontré un gran descampado donde había un remolque de camión que parecía abandonado. Era el remolque sin la cabina, un lugar perfecto donde pasar la noche.

Aparqué la moto junto al trailer, y yo me guarecí bajo este, de aquella lluvia fría que helaba los huesos.

Me tumbé sobre mi esterilla, sin ni siquiera quitarme el chubasquero y utilizando la mochila a modo de almohada, no tardé en quedarme dormido.

Era sorprendente como después de algunos meses, me había acostumbrado a dormir absolutamente en cualquier sitio. Lo mismo me daba que fuera sobre el asiento de mi moto en una frontera guatemalteca, que en un rancho de Alaska a la intemperie, o en un alfombrado suelo del remoto Kirguistán.

Amanecí temprano, con el cuerpo algo entumecido. Hacía una mañana estupenda, así que no tardé en poner rumbo a Paris.

A media tarde, paré en una gasolinera, y cuando fui a pagar con mi tarjeta me informaron que me había quedado “sin fondos”. Me quedaban poco más de diez euros en metálico, los cuales invertí en gasolina y en una chocolatina.

Aquellos pocos litros de gasolina, me dieron tiempo para pensar que hacer mientras me acercaba ya a la mitad del camino, y solo diez horas de conducción me separaban ya de casa.

La solución al problema económico fue sencilla. Traté de evitar los peajes en la medida de lo posible, y cuando me encontraba con alguno, me limitaba a explicarles mi problema, y me solían dejar pasar.

Cuando entré en reserva, ya estando en Francia, me detuve en la primera gasolinera que encontré, y aparqué mi moto en la puerta de la estación de servicio. La moto de por sí, que venía de Centroamérica y estaba cargada hasta arriba, llamaba bastante la atención, y yo, con la ropa arrugada, y aspecto harapiento me coloqué junto a ella.

Me dirigí al primer tipo que llegó al lugar:

- ¡Bon Suag! Pardon-. Le dije de manera delicada.

Cuando ví que había captado su atención proseguí:

- Je ne parle francais…. Je, volta le monde ¡Brum, Brum!-. Le dije señalando a la moto.

- Credit Card ¡Caput!-. Le dije enseñándole mi tarjeta de crédito.

- Gasolin ¡Finito!-. Le dije señalando con el dedo al depósito de Nawí.

- Silvouple, an euro pour Gasolin pour España….

El tipo no se lo pensó dos veces, y me dio un euro reluciente que sacó de su bolsillo.

Sabía que pedir dinero no estaba bien, y no actué del todo correcto. Pero tampoco pensé que mendigar un par de monedas para llegar a casa fuera hacer daño a nadie, así que traté de actuar sin demasiados reparos.

Repetí aquella secuencia unas veinte veces, hasta que recolecté el dinero suficiente para llenar el depósito de la moto. Algunos me ofrecieron más de un euro, pero en ningún caso acepté. Con uno era más que suficiente, y en menos de una hora pude continuar mi camino. Lo que sí que acepté de buen grado fue la comida que me ofrecieron más de uno.

Con los pocos que entendían inglés, pasé un rato hablando, y alucinaron cuando les conté de donde venía.

Nawí tenía una autonomía de seiscientos kilómetros, y con el depósito aquel llegué casi hasta la frontera española, donde repetí el numerito del Euro y pude volver a llenar el depósito.

Aquel viaje de tantas horas en moto, sirvió para que me mentalizara un poco de lo que me esperaría al llegar a Madrid.

Desde que había salido de Centroamérica, lo único que pensaba, era llegar a España para ver a mi madre, pero los últimos meses me había adaptado a un tipo de vida sin reloj, ni horarios. Simplemente vivir con el sol. Viajar, y aprender de lo que encontraba en mi camino. La vuelta a Madrid supondría un completo cambio de estilo de vida…

Entré en España poco después de media noche, y antes de llegar a Burgos, ya de madrugada, encontré una gasolinera abandonada. Aparqué junto a ella y extendí la esterilla en el hueco que había entre la moto y un pedazo de muro medio derruido.

Me tumbé boca arriba. El cielo estaba repleto de estrellas. Aquella era la última noche en mucho tiempo que me dormiría viendo las estrellas. Aquella idea me dio mucho que pensar…

La mañana siguiente amaneció un día soleado. Pude viajar algo más ligero de ropa, y el viaje hasta Madrid, pasó a la velocidad del rayo.

Al llegar a la ciudad, una extraña sensación me invadió. Todo seguía tal y como cuando me fui, y sin embargo todo se veía diferente. Tardaría aun varios días en comprender que en efecto la ciudad y muchas otras cosas se veían diferentes, pero no por que ellas hubieran cambiado.

Los días siguientes viví en un limbo emocional y existencial completamente desconocido para mí, y que hacía que me sintiese raro en todos lados. Nada me hizo más ilusión en el mundo que ver a mi familia y a mis amigos.

Cada tarde sin embargo, procuraba irme al campo con mi perro Tomás y un par de naranjas a ver la puesta de sol. Solía sentarme con él en lo alto de alguna colina y darle vueltas a como podía ser todo tan igual y a la vez tan diferente a antes de irme.

La gente estaba ahí, y los lugares en los que tantos buenos ratos había pasado y que tanto me gustaban también. Pero ya los conocía.

Había pasado meses explorando lugares inhóspitos, y culturas completamente desconocidas para mí, aprendiendo cada día infinidad de cosas, y de la noche a la mañana me encontraba en un lugar en el que nada me sorprendía.

No había demasiadas semanas que difirieran de la semana anterior, y así sucesivamente. Aquel tipo de vida, con la sensación interior que tenía de haber dejado todo a medias, no me seducía en absoluto.

Los meses siguientes en Madrid me caí de la moto, le choqué el coche a mi madre, me metí en algún que otro lío por circular por la capital del reino con una moto americana con matricula de Tupper-Ware holandés, y como guinda al pastel, no me comí un rosco.

Después de 4 meses de mi llegada, la mejora de salud de mi madre coincidió con la llegada de mi coche a La India y como decía mi abuela, y yo nunca he entendido…

¡Verde y con Asas!

……..

De vuelta en Pakistán…

Partí rumbo a Quetta por la nueva ruta que me habían marcado los militares y pasé el resto de la tarde conduciendo por malas carreteras y atravesando poblaciones de todo tipo. En la mayoría de los lugares, el vehículo que más se veía era un pequeño carro de madera tirado por un burrito.

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Me sentía diferente al pasar desapercibido. Que la gente no reparara en mí, por parecer uno de ellos, me hacía sentirme más libre que nunca.

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Cuando anocheció, apenas había cubierto un tercio del recorrido.

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Encontré un lugar tranquilo, no lejos de la carretera, donde me detuve a comer algo. Me senté en uno de los camastros de la terraza, y cené pan y algo de pollo en salsa.

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Me ofrecieron una cama para pasar la noche, asegurándome que era un lugar seguro, y me pareció el sitio perfecto para descansar unas horas. La gente era hospitalaria, educada y silenciosa.

A primera hora de la mañana parí hacia Quetta. La gente que trabajaba los campos a los lados del camino, me recordó a La India.

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Vi un montón de camellos, lo cual era siempre un gran acontecimiento. Los camellos, junto a los caballos eran mis animales preferidos. Algún día no muy lejano haría un gran viaje por el desierto sobre la joroba de uno. Y ese viaje no lo haría solo.

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Pasé el día sin parar de conducir recorriendo carreteras y caminos, algunos en muy mal estados y muy transitados, y otros con buen firme y del todo solitarios.

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A media tarde, y a una hora de Quetta, tomé un camino para rodear la ciudad, y puse rumbo directamente hacia Baluchistan. Si me detenía en la ciudad se me haría de noche y quería buscar un buen sitio para acampar en el desierto.

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Cuando ya empezaba a tardecer, ví que a un lado del camino, y tras varios kilómetros de desierto, había unas montañas.

Esperé a no ver ningún coche a lo lejos en ninguna dirección, para no correr el peligro de que alguien no conveniente me viera, y me metí por aquel desierto de arena y piedras hacia las montañas. Aquel sería el lugar perfecto para pasar la noche.

Cuando me acerqué a las montañas, comprobé que en realidad eran enormes dunas de piedras, a las cuales se podía subir con el coche. Después de atravesar dos de ellas, escondí el coche detrás de una tercera duna, donde fuera visible para nadie.

Cogí algo de comida y agua, la esterilla, una pequeña almohada, un libro, una linterna y mi navaja, y ataviado con mi kuhrta pijama y unas chanclas de goma, me encaminé a lo alto de la duna más grande.

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Me quedé leyendo hasta un poco después de anochecer, y me pareció más prudente dormir ahí arriba y no en el coche. Si por alguna razón recibía alguna visita non grata, el coche estaría cerrado, y a mí solo sería casi imposible que me encontraran.

Cuando se hizo noche cerrada, un montón de estrellas iluminaron el firmamento. El silencio era total y absoluto. A pesar de encontrarme en un desierto lleno de bandidos y contrabandistas de la peor calaña, me sentía completamente seguro.

Si por algún remoto casual alguien me encontraba, pensaría que era un musulmán de otra región, y no correría ningún peligro. Además nadie me había visto desviarme por el desierto…

Siempre me había encantado tumbarme a observar un cielo estrellado. Me parecía increíble estar observando las mismas estrellas que habían observado personajes de la talla de Napoleón Bonaparte, Jesucristo, el señor Da Vincci, Alejandro Magno, Aristóteles…

Al cabo de unas horas, un grito a lo lejos me despertó de un sueño ligero. Era la voz de un hombre, pero estaba demasiado lejos como para preocuparme. Lo más probable era que fuera alguien de algún pueblo cercano que iba en busca de algún perro perdido… pero pronto recordé que ahí los perros no tenían dueño, y tuve que aparcar mis sueños con personajes ancestrales.

Aquello no era buena señal y pensé que quizás sería mejor irme de aquel lugar. Para ello, debería llegar hasta el coche lo más rápido posible, arrancar e irme pitando.

Lo medité durante un minuto, y pensé que si realmente algo se estaba cociendo en aquel lugar, que de repente un coche apareciera de la nada, podía acarrear consecuencias, así que preferí dejar a Andrés en su sitio.

Decidí colocarme justo detrás de una roca que había cerca de donde me encontraba, de tal manera que si alguien llegaba no me pudiera ver, pero sin que pareciera que estaba escondido.

Volví a quedarme dormido, y al cabo de un rato volvió a despertarme otro grito. Esta vez estaba mucho más cerca.

Quién era aquella gente, y si estaban ahí por mí, fueron las primeras preguntas que me vinieron a la cabeza. Me quedé detrás de aquella roca inmóvil, y tranquilo.

Al cabo de unos minutos, escuché unos pasos que se acercaban. Una voz de hombre dijo unas palabras que no entendí, y una luz me apuntó desde el flanco izquierdo.

Me levanté despacio y con las manos a la vista. La luz no me dejaba ver más que la silueta de una persona.

- Salam Alecum-. Dije levantando una mano a modo de saludo.

- Alecum Salam-. Respondió aquella misma voz.

Acto seguido, el sonido tan característico de una Kalashnikov al cargar una bala en la recámara martilleó el ambiente.

- ¡Manos arriba!-. Dijo en inglés.- ¡No disparéis!-. Añadió.
Yo levanté las manos tan alto como pude. Incluso instintivamente me puse de puntillas para que pareciera que las manos estaban aun más arriba.

Estuve a punto de gritar, como de costumbre “¡Spanish journalist!”, pero pensé que quizás no fuera lo más indicado.

- ¡Spanish Seek!-. Dije alto y claro.

- Hands up-. Repitió aquel tipo que hablaba en inglés.

- Police? -. Pregunté sin bajar las manos.

- Yes, police-. Respondió.

Se acercaron a mí dos personas armadas y uniformadas y me observaron detenidamente hasta que les enseñé mi pasaporte que lo tenía en el bolsillo del pecho, y ya se tranquilizaron del todo.

Llegaron varias personas al lugar donde nos encontrábamos. Cogieron mis cosas, y me dijeron que fuéramos al coche.

En el camino, me preguntaron qué estaba haciendo ahí, y les respondí que dormir para no conducir de noche. Desde el principio tuve la certeza de que sabían quien era y de donde venía.

Al llegar al coche, nos encontramos con varios policías más. El más mayor de ellos, se dirigió a mi nada más llegar.

- ¿Qué haces aquí?-. Me preguntó en inglés sin ningún preámbulo.

- Dormir-. Le respondí.

- ¿Por qué aquí?-. Me preguntó de nuevo.

- Porque aquí no hay luz, y puedo ver las estrellas-. Le respondí con tono firme.

El tipo miró a otro policía y tardó algunos segundos en reanudar el interrogatorio.

- ¿Estás solo? -. Inquirió.

- Sí-. Respondí con toda naturalidad.

- ¿Por qué? -. Insistió.

No supe muy bien si explicarle que era un tipo solitario, o decirle que me gustaba mucho el silencio. Se me ocurrió que quizás lo que le extrañó fue que no hubiera ninguna mujer conmigo, y pensé en contarle lo paradito que era con las chicas…

Finalmente, tras unos segundos de incómodo silencio, levanté las manos y miré al cielo exclamando “Así lo ha querido Alá”

Aquella respuesta le dejó satisfecho, y ordenó a dos policías que se subieran a mi coche y me guiaran hasta el cuartel de policía.

Me hizo mucha gracia que a pesar de sentarse los dos en el asiento del copiloto, cerraran la puerta bien a la primera. La última vez que se sentaron dos policías hindús en aquel asiento, el que estaba más cerca de la puerta trató de cerrar ésta más de veinte veces, sin comprender que si su compañero no se movía, aquella sería una tarea imposible. Había grandes diferencias entre la mentalidad de La India y Pakistán.

Una vez en el cuartel, el oficial me explicó que aquella tarde estaban esperando a que llegara al siguiente control militar en Quetta para escolarme hasta un cuartel donde pasar la noche. Al ver que se hacía de noche y no llegaba, se pusieron a buscarme. Me explicó que aquel lugar estaba justo en frente de la frontera afgana, y que ni siquiera ellos iban por ahí de noche.

Dormí dentro del cuartel en un pequeño camastro que me prepararon. El ambiente que se respiraba era tranquilo, y todos los policías fueron tremendamente amables conmigo, y curiosos con Andrés.

A primera hora del día siguiente, cuando me desperté, había un coche de escolta esperándome en la puerta del cuartel. Me informaron que a partir de aquel momento iría acompañado hasta la frontera de Irán por mi seguridad.

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Yo no dije ni pío, y me límite a seguir a aquellas policías por las carreteras del desierto, de puesto militar en puesto militar.

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Todos los policías y los militares con los que nos encontrábamos y que nos iban acompañando eran amables, educados y divertidos.

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A medio día, al llegar a uno de los puestos, me senté a tomar una taza de té mientras me tomaban todos los datos, y junto a mí, había un policía comiendo.

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Se debieron percatar que se me hacía la boca agua, y no rechacé un plato de pollo en salsa y un enorme trozo redondeado de delicioso pan fino y moldeable.

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Continué e resto del día recorriendo interminables carreteras a través de paisajes desiertos.

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A media tarde el soldado que me acompañaba, me indicó que me detuviera a en una zona de campo abierto con un pequeño puesto militar. Me invitó a rezar con él, pero le dije que a pesar de compartir algunas de sus creencias, no practicaba el Islam.

Se alejó de la carretera unas decenas de metros. Se descalzó, y se introdujo a un pequeño reducto alfombrado y rodeado de piedras, sobre la arena del desierto. Llevó a cabo la ceremonia del quinto y último rezo del día.

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Continuamos conduciendo hasta bien entrada la noche, cuando por fin llegamos a Taftan, el pueblo inmediatamente anterior a la frontera iraní, que tan solo se encontraba a un par de kilómetros de ésta.

Le propuse a mi escolta ir a cenar algo juntos antes que me dejara en el puesto fronterizo, y me llevó a un discreto lugar que conocía donde nos sirvieron un par de piezas de pollo asado que me supieron a gloria y algo de arroz.

Hubo un tipo al que conocía y que se puso a hablar con él. Entendía inglés, y yo le pregunté si realmente ese lugar era tan peligroso como decía la gente. Aquel hombre me miró fijamente y me respondió que por supuesto que no dándome una palmada en la espalda. Acto seguido se levantó la chilaba, dejando al descubierto la culata de un revolver de acero que se introducía en sus pantalones. Exhaló una sonora carcajada.

Pasé aquella noche en la frontera tumbado en mi esterilla de bambú sobre el césped de la entrada. Había conseguido cruzar Pakistán con la gasolina que me habían puesto en La India Bali y compañía y apenas me había gastado algo de los 60 Euros con los que contaba. La cosa iba bien, siempre y cuando en Irán la gasolina fuera tan barata como había oído.

Me había fijado que entre el pueblo de Tafftan y la frontera, había numerosos talleres mecánicos. Antes de dormirme bajo el cielo estrellado, decidí que al día siguiente a primera hora acudiría a uno de ellos para engrasar las transmisiones de Andrés y comprar algo de líquido de frenos.

Me desperté con los primeros rayos de sol y e sorprendió lo tranquilo que estaba todo para ser un puesto fronterizo. Algo me decía que poco tenía que ver que fuera tan temprano.

Avisé en la oficina de la frontera que me ausentaría durante un par de horas para hacer algunos ajustes en el coche, y a pesar que no les hizo demasiada gracia y trataron de persuadirme de que lo hiciera al cruzar a Irán, no les hice caso y me dirigí a Taftan.

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Llegué a la zona de los talleres por la que pasé la noche anterior. Se respiraba un ambiente extraño. Todo era bastante silencioso, y el `pueblo en general era poco concurrido.

No tardé en encontrar un pequeño taller en el que un tipo se metió debajo de Andrés, y con una pistola de grasa, me engrasó las transmisiones y las homocinéticas. También compré un bote de líquido de frenos, ya que lo llevaba bastante bajo.

Después de despedirme de la amable gente del taller, puse rumbo de nuevo a la frontera. En la misma calle de ese taller, justo cuando pasaba frente a otro, una furgoneta comenzó a dar marcha atrás, cuando estaba pasando tras ella. Al ver que iba a golpearme en mi puerta, pegué un brusco volantazo a la derecha, evitando la colisión directa. Cuando ya pensé que había salido airoso, escuché un golpe seco en la parte trasera izquierda.

Me bajé del coche con muy mal humor gritando improperios en castellano contra aquel melón que había salido sin mirar, e inmediatamente salió toda la gente del taller frente al que me encontraba.

Cuando vi que mi coche no tenía más que un pequeño abollón en un lado de la defensa trasera, me quedé tranquilo, y le pregunté en inglés al conductor de la furgoneta si no sabía que se debía birar antes de salir a una calle marcha atrás.

El tipo no entendió nada, pero en su lugar, el dueño del taller se dirigió a mi por gestos y chapurreando algo de Inglés y me dijo que no me preocupara, que eso era un taller, y repararían rápidamente aquel abollón.

Era bastante temprano, y tampoco sería el fin del mundo perder un par de horas, así que acepté su invitación para pasar dentro del taller a tomar un té mientras arreglaban la defensa abollada.

Tres mecánicos sacaron equipo de soldar, masilla y pintura, y se pusieron manos a la obra mientras yo me quedaba en el interior del local tomando un té con mi amable anfitrión.

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Un tipo joven, amable y educado, se unió a nosotros. Hablaba algo más inglés que el hombre más mayor, y me contó un poco por encima la situación familiar de cada uno. Cuantos hijos tenían, sus nombres, etc.

Al cabo de un rato, el tipo sacó un cigarrillo, cuyo contenido vació rápidamente. Desechó la mitad del tabaco, y la otra mitad la mezcló con una sustancia marrón, que comenzó a introducir de nuevo con gran pericia en el cigarrillo vacío

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Le pregunté qué es lo que era aquella sustancia marrón, y me dijo que se llamaba “Charas” a la vez que hacía un gesto con el dedo índice en forma de círculos a la altura de su sien. No me costó comprender lo que era, y le pregunté que de donde salía.

El tipo intercambió algunas palabras con el otro señor mayor, y sacó una bolsa del fondo del taller. Me la acercó y tras abrirla un poco me invitó a mirar su contenido, que era una especie de polvo marrón apelmazado.

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El tipo sacó un cazo en el que vertió un líquido transparente, y se puso a calentarlo en una pequeña cocinilla de gas.

Después de eso, sacó varios puñados de “Charas” de la bolsa, y los puso sobre un plástico transparente. Acto seguido añadió el líquido que había calentado, y comenzó a mezclarlo con las manos hasta conseguir una sustancia homogénea parecida a la plastelina.

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Trinchó aquel trozo de plastelina cual pincho moruno, y lo calentó durante algunos segundos con el mismo fuego con el que había calentado el cazo.

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Los Charas adquirieron un tono más oscuro, y los envolvió en plástico “film” transparente. Lo dejó en el suelo y comenzó a amasarlo con la planta de su pie descalzo.

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Realizó varias veces la misma maniobra de calentar y después amasar, hasta que el tipo mayor del taller le dio el visto bueno. Los Charas estaban listos.

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Lo que más me llamó la atención de todo, fue su respuesta cuando le pregunté qué harían con semejante trozo de Charas.

- Esto nos lo fumamos hoy, y mañana por la mañana hacemos otro-.

Me asomé fuera del taller y comprobé que ya casi estaban terminando con la defensa del coche, y estaba quedando realmente bien- Después de darle calor y sacarle el bollo, le pusieron masilla para dejar la superficie completamente uniforme, y después lo pintaron de negro.

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Tras compartir con aquella gente tan amable una última taza de té, partí a la frontera. Había llegado la hora de proseguir el viaje. Apenas me quedaban unos litros de combustible, y unos 45 Euros, y el siguiente país que atravesaría, Irán, medía más de tres mil kilómetros de longitud. Era 20 de Julio.

2 Responses to “14 a 19 de Julio. Pakistán.”

  1. GORKA Says:

    No encuentro donde continua el viaje de regreso de la india

    esta`para entrar a Iran con poco gasoil y 45 euros.me intriga saber como llega hasta españa

  2. Sarto Says:

    Hola Gorka! La última parte del viaje aun no la tengo publicada! Este verano tendré algo de tiempo y pondré todo al día! Un abrazo y disculpa!

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