12 AL 25 DE ABRIL. TREMENDA DECEPCIÓN. PERO A FALTA DE PAN… BUENAS SON TORTAS.

La despedida de madre e hija fueron a cual más amarga. Siempre pensaba que viajar con la gente, creaba lazos “diferentes” a los del día a día en la gran ciudad. Creo que cuando uno se encuentra fuera de lo que conoce, rodeado de gente extraña, que habla en distinto idioma, y por supuesto con costumbres y formas de actuar del todo diferentes a las de uno mismo, sacamos a relucir nuestro yo más inocente y verdadero.

Una de las cosas más curiosas de viajar me parece sin duda el que uno se hace muchas preguntas que no se hacía desde la infancia. Las acciones diarias más sencillas y cotidianas se vuelven completas desconocidas al verlas en personas de cada cultura y muchas veces de cada país. Hay por todos lados objetos desconocidos, gestos desconocidos, talleres desconocidos… todo funciona diferente, parece diferente… y es diferente.

Lo que pasó desde el momento en que se fueron Yaiza y Mónica, hasta el día de hoy (26 de abril), en el que me encuentro en la única playa sin gente de La India, recostado en una hamaca casera construida sobre el capó del coche, agotando las últimas reservas de batería de mi querido Andrés, que ya hace un par de días que no arranca, y pensando como subir a Nepal sin pastillas de freno, sin tienda de campaña y sin rueda de repuesto, es algo largo de explicar.

Todo comenzó con una rueda pinchada en aquel aeropuerto de Bangalore. La primera rueda pinchada de todo el viaje, y tenía que ser justo cuando iba solo con una rueda de repuesto (había dejado la otra en Calcuta).

Aquello nos obligó a repararla, y de ella salió la espina de madera más dura que hubiera visto en mi vida. Medía 4,4 centímetros y ahora mismo descansa sobre mi cuello atada a un cordel negro (muchísimas gracias, Lady Marian).

tn_img_3140.JPG

Mientras reparaban el primer pinchazo del viaje, pude comprobar que una de las pastillas de freno de los discos delanteros estaba gastada por completo y a penas faltaba un milímetro para que el hierro empezara a arañar el disco.

Por que no me llevé un juego de pastillas de repuesto en la caja de los repuestos, era un gran misterio. Pero el mayor misterio de todos, era donde encontraría unas pastillas para mi coche en un país que solo tiene los coches que él mismo fabrica, y desde luego Andrés no era uno de ellos.

A mitad de camino se nos ocurrió (en realidad se le ocurrió a Mariana), buscar en un “Internet centre” las direcciones de los centros de buceo en Chennai. Así iríamos a tiro hecho a por las botellas de oxígeno, y el mismo día que se fuera Mariana podría partir directamente a Nepal a sacar la canoa de Mana.

Después de comprobar que no había ni un solo centro de buceo en Chennai o alrededores, se nos quedó una tremenda cara de bobos al ver que sí que lo había en Bangalore, la ciudad por la que habíamos pasado el día anterior. Y no solo eso, era el único centro de buceo de La India con tienda de material subacuático.

Evidentemente, dimos media vuelta y volvimos rumbo a Bangalore, no sin antes hacer algunas paraditas obligadas.

La primera para subirnos a una gigantesca roca, en lo alto de la cual había una cueva repleta de murciélagos en la que descansaba una serpiente a la que todo un pueblo Veneraba.

tn_img_2846.JPG

La segunda, ya de noche, cuando decidí de manera unilateral, subir a lo alto de una roca que había junto a un lago para acampar. Aquello hizo que pinchara la rueda que me acababan de reparar, rompiera una eslinga (Cuerda ancha de nylon) y partiera una barra de debajo del coche que parecía importante.

tn_img_2857.JPG

Por la mañana, no entendiendo porque subí a aquel lugar de noche, tuve que valerme de la ayuda de la amable gente de un pueblo cercano para mover algunas piedras y poder bajar sin más percances.

tn_img_2858.JPG

Aquellas mismas buenas gentes, nos invitaron a conocer su aldea, que era diminuta, pero de lo más acogedora. Visitamos el templo, siguiendo sus tradiciones religiosas de correr a un lado y a otro alrededor de piedras talladas.

tn_img_2880.JPG

Una de las familias nos invitó a su casa a desayunar la comida típica de la zona, una enorme bola de arroz generosamente aderezada y una leche agria un poco peleona.

tn_img_2893.JPG

Finalmente llegamos a Bangalore, donde no tardamos en encontrar el lugar que buscábamos. Lo primero que vimos al llegar, me llenó de regocijo ¡¡botellas de oxígeno!! ¡¡ Y las había a montones!!

tn_img_2918.JPG

Estaban en una escuela de buceo llamada Planet Scuba, y tras contarles toda mi historia a cerca de la canoa de Nepal, el dueño accedió a prestarme las botellas, siempre y cuando las devolviera en buen estado.

tn_img_2915.JPG

Sin embargo, por caprichos del destino, en el centro había un instructor de buceo inglés, tremendamente prepotente, pero que parecía saber bastante de su oficio. En cuanto se enteró que ni siquiera tenía las tablas de descompresión necesarias para bucear a la altitud del lago de Nepal, quiso tener una charla a solas conmigo.

Me explicó que el buceo en altura no tenía nada que ver con el buceo al nivel del mar en cuanto al tiempo que se podía pasar a las distintas profundidades. La diferencia de presión era mucho mayor. Me dijo que probablemente a veinticinco metros de profundidad y a la altura que había en Pokhara, no podría pasar más de quince minutos en el fondo.

Cuando le dije que haría la inmersión sólo, me aseguró que no saldría de aquel lago con vida. Cuando le dije que tenía un principio de otitis en el oído izquierdo, dio por zanjada la conversación.

Aquella fue una de las pocas veces en mi vida en que renunciaba a algo que se me hubiera metido entre ceja y ceja, pero tenía la extraña sensación que mi ángel de la guarda no se aventuraría a bajar conmigo a las profundidades de aquel lago.

Era impresionante como cuando uno viajaba con la casa a cuestas, la vida podía en unos minutos, dar giros de lo más inesperados. Si no podía subir a Nepal, de repente un montón de cosas dejaron de tener sentido.

Entonces recordé la célebre frase de “A falta de pan…”

Mana lo que necesitaba una Canoa. Y por mucho cariño que le había hundido, una que le llevara yo del sur de La India, también le serviría, y seguro que le haría mucha más ilusión. A demás seguro que si a mi amigo Víctor, de Océano V5 se lo proponía en un par de años, se animaría a montar una expedición de buceo a Nepal con el material y la preparación adecuada.

Ni cortos ni perezosos, nos recorrimos toda la ciudad en busca de una Canoa de fibra de vidrio o alguien que la fabricara. En ello empleamos dos días tras los cuales nos convencimos de que no encontraríamos ninguna canoa de Fibra, que no fuera por encargo y para recoger dentro de un mes, previo pago de una cantidad ingente de dinero.

Lo mismo sucedía en todo el resto del país. En La India no había canoas. A pesar de inventarlas los indios, por alguna extraña razón, tras el paso de los años habían caído en el olvido.

En lugar de ir a Chennai directamente, decidimos al menos pasar a visitar un parque natural de tigres y elefantes que había a un par de horas de la ciudad. Al llegar pudimos comprobar que junto a la puerta cerrada, había un cartel que decía “cerrado martes”. Si algún día descubría que en alguna parte de la guía que seguía Lady Marian, advirtieran de los horarios, juré que desvelaría sus secretos más íntimos. Evidentemente, ERA martes.

tn_img_2942.JPG

Antes de llegar a Chennai, hicimos una parada en una antiquísima ciudad en la que visitamos un templo con más de mil años de antigüedad. No logré en entender como la gente podía andar descalza sobre aquel suelo de piedra que no dejaba de darle el sol.

tn_img_2966.JPG

Cuando llegamos a Chennai, por increíble y surrealista que pareciera, Mariana perdió primero el móvil, y acto seguido el avión. Y no fue por ninguna Jaimitada, si no por fiarse de un hindú que le indicó la hora de embarque que leía en una libreta que según me pareció ver, leía del revés.

Así pues, aquella madrugada Mariana y yo nos encontrábamos en un oscuro barrio, de una inmunda ciudad, en situaciones a cuál más disparatada: ella sin poder volver a casa, por fiarse de la hora que le decía un hindú con corbata. Yo, sin saber muy bien si tirar para Calcuta, o adentrarme en Pakistán de vuelta a España. Sin botellas, sin canoa y sin pastillas de freno.

Pero como decía siempre mi muy sabio amigo Manolo, Dios aprieta… pero no ahoga.

A la mañana siguiente, no habiendo vuelos de vuelta a España hasta varios días después, decidimos partir a primera hora hacia alguna zona costera con playas.

A penas tardamos una hora en encontrarla, y con el mar cerca ya se empezaron a ver las cosas de otra manera. Daba igual en el rincón del mundo que me encontrara, si tenía cerca el mar, solo tenía que buscar un lugar sin gente para ser la persona más feliz del mundo.

Mariana insistió en que buscáramos una canoa en aquel lugar, así que nos pusimos manos a la obra.

tn_img_2374.JPG

No tardamos en encontrar el centro de recreo marítimo de la zona. Una especie de mini-puerto, propiedad del gobierno, donde tenían varias barcas a motor en las que paseaban a la gente por la bahía.

Entramos a preguntar, y nos recibió el director de aquello. Al tipo lo pillamos comiendo, y jugueteaba con el arroz entre los dedos mientras nos explicaba lo complicado que sería encontrar una tienda que vendiera canoas por aquella costa.

Debimos caerle bien, o debió apreciar un ligero tono de desesperación en mí voz, cuando empecé a explicarle mi viaje por el mundo, mi paso por Nepal y sus consecuencias, el envío de mi coche, etc. Tas hacer unas consultas, el tipo nos dijo que tenían algo que “quizás me pudiera valer”, pero que tendría que recogerlo y registrarlo a mi nombre en otro pequeño puertecito que había 60km al sur de donde nos encontrábamos.

Partimos raudos y veloces a aquel lugar, y no me lo pude creer cuando vi lo que aquel tipo que jugueteaba con el arroz creyó que me “podría valer”…

Aunque necesitaría algunas horas de trabajo y unas manos de pintura ¡habíamos encontrado una Canoa en toda regla!

tn_img_3004.JPG

Los tipos de aquel lugar no debieron entender muy bien mi euforia por adquirir aquella canoa vieja y deteriorada, pero pusieron gran empeño al ayudarme a cargarla sobre el coche. Aquello fue posible gracias al invento que me había regalado Lady Marian, que parecía hecho a medida para transportarla y estaba seguro que aguantaría el viaje hasta Nepal.

tn_img_3018.JPG

En aquel lugar, registré la embarcación a mi nombre, y pagué por ella la suma de 75 Rupias, o lo que era lo mismo, Un Euro. Aquella fue la cantidad que el director del pequeño puertecito había decidido cobrarme por la canoa.

Nos dirigimos de vuelta al primer puerto, y el mismo tipo que me había vendido la canoa nos presentó a un artesano de fibra de vidrio.

tn_img_3033.JPG

El tipo se se comprometió a trabajar los siguientes días en la canoa para dejarla como nueva.

tn_img_3037.JPG

El trabajo fue laborioso, y al poco de terminarlo, conseguimos que un pintor se ocupara de pintar el casco del único color que se le podía pintar una canoa a Mana.

tn_img_3117.JPG

Finalmente y muy a mi pesar, Lady Marian me abandonó. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, sentí una pequeña punzadita de soledad… pero de ese tipo de soledad que a uno no le hace demasiada gracia.

tn_img_3048.JPG

Los siguientes días traté de encontrar alguien que me pudiera pintar algo bonito en el interior de La Canoa, pero en el sur de La India no abundaban los pintores artísticos.

tn_img_3121.JPG

Después de aquello, pasé un par de días en soledad, en una “poco accesible” playa, después de haber gastado por completo la batería del coche por haber usado demasiado el portátil.

No había nada que se le pareciera a unas pinzas con las que pudiera arrancar el coche en ninguno de los pueblecitos de la zona y tampoco era posible llegar con ningún coche hasta el lugar donde me encontraba.

Tampoco tenía rueda de repuesto ya que se había vuelto a pinchar, y en un taller de neumáticos me dijeron que la única solución para repararla era ponerle una cámara. Por supuesto no tenían constancia de ningún lugar en el que pudiera encontrar una cámara para la extraña medida de mi rueda.

tn_img_3132.JPG

Para colmo de males, aunque lograra llevar un par de baterías hasta aquella playa, y lograra arrancar el coche con cables caseros para partir de una vez por todas a Nepal, se me acabarían los frenos mucho antes de poder llegar si quiera a Calcuta, lugar al que sí que me podrían enviar las pastillas desde España en pocos días.

En aquella tesitura me encontraba cuando llegó Mageshuaram, el joven hindú que cada tarde me traía la cena desde su cercano pueblecito.

- ¡Hello Sarto, chicken rice is here! (¡Hola Sarto, el arroz con pollo ha llegado!)-. Gritó el pequeño Magesh, que cada día aparecía con un amigo distinto.

- Sarto, this is my friend Vicky. He is an artist. (Éste es mi amigo Vicky. Es un artista)-. Dijo mientras su joven amigo me estrechaba la mano.

- An artist? What kind of artist? (¿Un artista? ¿Qué clase de artista?)-. Le pregunté extrañado.

- A painter. (Un pintor)-. Dijo inocentemente aquel joven de 14 años mientras hacía un trazo en el aire con la mano.

Le pregunté cómo de bien pintaba, y me dijo que podía pintar cualquier cosa que le diera.

Se me ocurrió que si aquello era verdad, podría encontrarme ante la única persona en muchos pueblos a la redonda, capaz de decorar el interior de la canoa de Mana. Para ponerle a prueba, le entregué una camiseta de “La Vuelta al Mundo de Sarto” y le dije que me dibujara el logo en algún sitio, y que volviera al día siguiente con Magesh a medio día.

Dediqué la mañana siguiente a conseguir que un tipo de lo más peculiar, acudiera hasta mi coche con una enorme batería sobre la cabeza, y con unos cables de excepcional grosor, logramos arrancar a Andrés.

Cuando apareció Magesh, pude comprobar que el pequeño Vicky sabía pintar, y nos fuimos al lugar donde se encontraba la canoa para ponernos manos a la obra.

tn_img_3171.jpg

Aquel pequeño dejó claro que realmente era un artista.

tn_img_3184.JPG

El 28 de abril, ya con la canoa terminada, solo debía esperar un día a que la pintura secara y por fin partiría a Nepal. Solo esperaba no tener más pinchazos, ni que pegar demasiados frenazos hasta llegar a Calcuta.

El nombre de la canoa, pensé que no podía ser otro que el de la persona sin la cual aquella embarcación seguiría en el dique seco del pequeño puerto de un diminuto pueblo pesquero al sur de La India

tn_img_3198.JPG

2 Responses to “12 AL 25 DE ABRIL. TREMENDA DECEPCIÓN. PERO A FALTA DE PAN… BUENAS SON TORTAS.”

  1. Segis Says:

    Querido Sarto:

    Me encantaría saber por dónde andas, no tardes en contarnos. Cuidate mucho.

    Un abrazo,

    Segis.

  2. Carlos Castro Says:

    Sarto… en todo lo que te pueda ayudar no dudes ten en cuenta q estoy en qatar el paraiso de andres, seguramente el pais con mas repuestos de tu coche del mundo. Y al mismo tiempo a tres horitas de vuelo de la india con la facilidad de ir y volver en el dia para una urgencia…. un abrazo cuentame como vas si llegaste a calcuta a poner las pastillas sino te llevo yo unas y si te cargaste los discos te llevo unos tambien un abrazoooooooo

    cuenta rapido

Leave a Reply