2 AL 12 DE ABRIL. INDIA DE CABO A RABO. DAMAS A BORDO.

Seguí a Obi, que subido a su Royal Enfield de nombre Paquita, me indicó el camino hasta la carretera que abandonaba la ciudad por el sur. Me despedí de él, y acordé vernos un par de semanas después, ya con las botellas de buceo. En ese tiempo, intentaría adelantar trabajo con Benny, para intentar acompañarme a Nepal a sacar la barca de Mana.

Tardé algo más de una hora en abandonar los alrededores de Calcuta, y empezar a circular en lo que se podía considerar una carretera. Era noche cerrada, y eso en las carreteras, significaba que los que mandaban, eran los camiones. En La India, los camioneros viajan principalmente en la noche, para evitar el calor del día, y las restricciones que les prohíben circular a través de las ciudades a determinadas horas. Por lo tanto, por la noche las carreteras estaban invadidas por camiones, que tenían sus propias normas de circulación, y había que adaptarse a ellas, le gustara a uno o no.

Me alegré mucho de haber escuchado atentamente a Mana meses atrás cuando me explicó las reglas de los camioneros.

En La India, al contrario que en España se conducía por la izquierda. Por lo tanto lo normal era circular por el carril izquierdo, utilizando el derecho para adelantar.

Para los camiones, durante la noche la cosa no funcionaba así. Cuando ellos circulaban, utilizaban para circular el carril de adelantamiento en las carreteras con dos carriles.

Había que aproximarse a ellos, y dar un ligero toque de bocina a modo de permiso para adelantar cuando uno se encontrara a unos treinta metros de distancia. A los pocos segundos, los camiones se retiraban un poco a la izquierda.

Después de eso había que aproximarse un poco más, y dar otros dos bocinazos para que supieran que estaban siendo adelantados.

Si a algún vehículo hacía caso omiso de esta norma y decidía adelantar por la izquierda, o poner luces largas a un camión repetidamente para que se apartara, sufriría las consecuencias, que serían que el camión se colocara entre los dos carriles, no facilitando el adelantamiento en varios kilómetros. Si el vehículo de detrás se obstinaba en adelantarle, el camión no dudaría en cerrarle, y golpearle si fuera necesario.

Sabiendo esto todo era más fácil, y al cabo de unas horas me metí por completo en el juego de las bocinas, las prioridades y las distancias. Realmente no era más que eso. Un juego para amenizar las largas horas de conducción de los camioneros, y una manera de evitar el exceso de velocidad y los accidentes.

Me dí cuenta de que a pesar de ralentizar bastante la marcha, una vez acostumbrado, era bastante seguro. Teniendo en cuenta que los intermitentes y los retrovisores no existían, y que los camioneros conducían como si llevaran coches de choque, aquella era una buena manera de evitar que un camión se cambiara de carril violentamente mientras un coche le adelantaba.

No necesité demasiado tiempo para recordar que en las carreteras de La India, había que circular siempre con mil ojos. Era tan normal encontrarse a un vehículo por dirección contraria y sin luces, como a un par de vacas despistadas, durmiendo en mitad de la carretera.

tn_img_2221.JPG

Las primeras nueve horas de conducción no se hicieron demasiado pesadas, y pronto empezó a amanecer. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a despuntar, había recorrido casi 600km.

tn_img_2167.JPG

Eso era una tercera parte del recorrido y no estaba nada mal. Había necesitado beberme más de medio termo de café para no quedarme dormido, y maldije en varios momentos el no haber dormido más los últimos días, que en parte fue debido al té que me debía beber cada vez que hacía un nuevo amigo.

Eran las seis de la mañana, y me esperaba un larguísimo día de conducción por delante. Debía mantener como fuera el mismo ritmo que llevaba, lo cual sería difícil porque durante el día había más tráfico que por la noche.

tn_img_2179.JPG

Los caminos variaban de buenos a malos y a malísimos indistintamente. Podía encontrarme con 50km seguidos de carretera perfectamente asfaltada, y que de repente esta tornara en un camino de cabras durante la siguiente hora y media. Así todo, estaba haciendo una media que rondaba los 60km/h, y eso no estaba nada mal.

tn_img_2183.JPG

A las ocho de la mañana, me detuve en una pradera a descansar durante 20 minutos, en los cuales dormí profundamente. Continué conduciendo durante toda la mañana hasta la hora de comer, y tuve que empezar con la botella de Té antes de lo que me hubiera gustado.

A media tarde, tuve el primer percance del viaje, cuando un autobús no se percató que le adelantaba, y mientras le estaba rebasando en una curva abierta de una carretera de dos carriles, decidió girar bruscamente al carril en el que yo me encontraba.

Por física elemental, dos cuerpos no podían ocupar el mismo espacio, y por sentido común, si un cuerpo de diez toneladas se abalanzaba sobre uno de tres, con toda seguridad el de tres sería desplazado.

Eso fue exactamente lo que sucedió, y tras ver una enorme masa metálica que se dirigía en inevitable rumbo de colisión hacia mí, poco pude hacer a parte de sujetar el volante con firmeza y apretar los dientes y el trasero.

El tremendo golpe, hizo que el pobre Andrés saliera despedido hacia la derecha, y chocara con el bordillo, para volver a golpear al autobús, que tardó unos segundos en rectificar su marcha y volver a su carril.

Yo me quedé dando bandazos durante algunas decenas de metros, y terminé por apearme a la izquierda de la calzada, unos metros delante de donde lo hizo el Autobús.

Me bajé del coche bastante enfadado pero tranquilo, sin entender muy bien que todos los cristales estuvieran enteros, y que aparentemente Andrés no hubiera sufrido mayor daño estructural que una aleta delantera izquierda bastante arañada.

tn_img_3165.JPG

Me dirigí al autobús con aire de pocos amigos, y al llegar a la puerta del conductor, pude ver a este tras el cristal, atemorizado y con las manos en el pestillo. Le grité que saliera a la vez que le hacía un gesto con la mano, pero este se negó. Me fijé en el lateral del autobús, y me llamó la atención ver un enorme abollón con la chapa cortada por encima de la altura de mi cabeza, y entonces comprendí que era lo que había impactado contra él, evitado que me destrozara todo el lateral. El gato Hi-lift. Una pieza de 120 cm, y más de 20 kilos de hierro macizo que servía para levantar el coche, y que transportaba sobre la puerta del conductor, enganchado a las barras de la baca con una estructura metálica tremendamente resistente.

Volví a mi coche para comprobar el gato y efectivamente había sido lo que había soportado el impacto. Tan solo se había doblado un poco uno de los ocho soportes de la baca, pero esto no supondría ningún problema.

Finalmente conseguí hablar con el conductor suicida, que terminó por salir junto a todos los ocupantes del autobús, y salvo por el comportamiento hostil del revisor de los billetes, que alegaba que había sido culpa mía por no haber tocado la bocina, y que no dejaba de tener su parte de razón, todo acabó con un apretón de manos y una buena lección aprendida: Al llegar a Madrid, pondría otro gato igual en el lateral derecho.

El pequeño percance con el autobús, sirvió para distraerme un poco y concienciarme de los peligros reales de conducir por La India. A partir de ese momento fui aun con más cuidado.

A las seis de la tarde, llevaba más de veinte horas conduciendo sin parar, y había recorrido 1.200km. Aun me faltaba un tercio del viaje para llegar a Chennai, y tan solo seis horas para que aterrizara el avión de Mariana. El cansancio acumulado convertía las horas en odiseas, y los kilómetros empezaron a hacerse cada vez más largos.

tn_img_2210.JPG

Jamás en mi vida recordaba haber conducido tantas horas seguidas, a pesar de si recordar haber recorrido más kilómetros seguidos…

“Hacía cuatro o cinco años que un mes de junio estaba en Madrid con mi amigo Nicolás Olano, cuando le pedí el favor de acompañarme a casa de una tía mía en un pueblo a las afueras de Madrid, para recoger un par de butacas.

Acordé en pasarle a buscar a las 4 de la mañana, para así hacerlo de noche y evitar el calor, y a esa hora estaba en la puerta de su casa con mi camión carrozado de alquiler, y la que por entonces era mi novia.

Al poco de salir, Nico se quedó dormido, y no supe nada más de él, hasta que llegando a Córdoba, me preguntó que donde estábamos.

- Llegando Nico, llegando. Vuelve a dormir.

Lo de vuelve a dormir no coló, pero sí lo de que estábamos llegando. Un par de horas después, llegando por fin a Conil de la Frontera, Nico tomó conciencia del pincho que le había hecho, y se cogió un cabreo supino.

A pesar de ayudarme con todos los muebles que tenía que cargar en el pequeño camión, se negó en rotundo a subir conmigo hasta comillas al llegar a Madrid, que era donde debía llevar la mudanza de mi tía.

Aun recuerdo como si fuera ayer, la imagen de mi amigo, cuando llegando a Cádiz se llevaba las manos a la cabeza repitiendo una y otra vez con su característico acento americano: Eres un cabronazo tío!!”

Afortunadamente terminó por perdonarme, y precisamente en aquel momento estaría con los preparativos de su boda en Atlanta. A la cual no podría acudir por razones obvias.

Tardé algo más de nueve horas en recorrer los 500km que me separaban de Chennai, y tuve que parar en más de un control policial, para pedir que me dieran una taza de té o café, cosa que siempre hicieron encantados. Había pasado más de 30 horas conduciendo sin parar para recorrer más de 1.700km, después de varios días durmiendo lo justo y trabajando más de la cuenta. Nunca había tenido tanto sueño.

tn_img_2223.JPG

Finalmente llegué al aeropuerto con algo más de tres horas de retraso. Me dirigí a la terminal de llegadas internacionales, y no tardé en encontrar a Mariana sentada junto a su mochila observando a la gente pasar.

Conocí a Mariana en un viaje de esquí hacía ya varios años, y desde entonces a pesar de no vernos a menudo, sus primos Yaiza y Piti eran muy amigos míos, así que coincidíamos de vez en cuando. Poseía la principal cualidad, que hacía que una persona me cayera de maravilla desde el principio. Era motera hasta la médula.

Hacía unas semanas que tomándonos algo la propuse venirse a la India cuando bajara al sur a ver a su prima y a su tía, y hacernos un par de semanas de ruta todos juntos, y había accedido sin pensárselo dos veces.

Mis palabras de bienvenida no debieron ser demasiado locuaces, y tras salir del aeropuerto, conduje en un estado de somnolencia bastante avanzado hasta algo más de 70km fuera de la ciudad por la carretera que llevaba a Tiruchirapalli, donde nos detuvimos en un campo tranquilo.

La pobre Mariana, no recibió demasiadas explicaciones aquella noche, pero entendió mi estado de agotamiento y me ayudó a montar el campamento mejor de lo que lo había hecho nunca nadie, sin preguntar demasiado y entendiendo todo a la primera.

Hacía bastante calor a pesar de ser las 4 de la madrugada, y se me ocurrió que sería el momento perfecto para probar mi nuevo invento.

Saqué las dos barras metálicas del maletero, y las introdujimos en sus correspondientes soportes al frente del coche. Después colocamos la primera barra tensora, que atravesaba la cama sobre las barras metálicas.

Sólo quedaba la última parte, que era algo más complicada. La segunda barra metálica, que haría que la cama estuviera recta, había que sujetarla a la baca con dos cinchas tensoras en los extremos de la barra, así que traté de explicar muy brevemente a mi joven amiga el funcionamiento de una carraca y una cincha tensora, algo que la mayoría de mis amigos, después de diez años cargando en remolques motos, quads, barcas etc, aun no eran capaces de nombrar, y mucho menos de usar.

Después de colocar la parte del lado del conductor, fui al otro lado. El cansancio no hizo que mi sorpresa fuera menor al ver que la cincha estaba perfectamente colocada y tensada. Aquella jovencita era todo un portento.

No me sorprendió tanto que mi invento funcionara a la perfección, y antes que todo mi cuerpo hubiera tocado la cama, ya había caído en un profundo letargo.

Amanecí dentro de la Maggiolina. Lo que me pareció algo extraño, ya que no recordaba ni siquiera haberla abierto. Mariana ya se había despertado y me miraba con extrañeza.

- ¡Hello, hello! Tami-Nadu Police. Please, come down-. Pude escuchar decir a una voz fuera del coche.

La noche anterior había olvidado decirle a Mariana que cuando uno acampaba en La India, le podía despertar la persona más insólita. Aquella vez fue el turno de un par de agentes de policía.

Eran algo más de las nueve de la mañana y lo que menos me apetecía del mundo era despertarme y bajar a dar explicaciones a un montón de policías curiosos que hubieran encontrado en un turista despistado la manera de echar la mañana. Pero tampoco me quedaba mucha opción, así que tras unos segundos en los que traté de recordar exactamente donde estaba y como y porque había llegado hasta ahí, me bajé de la Maggiolina de un salto, dispuesto a dar las explicaciones pertinentes.

Mientras Mariana se cambiaba, y yo me duchaba, pudimos escuchar lo peligroso que era acampar en aquella zona, la cantidad de delincuentes que andaban sueltos, y una larga lista de razones por las cuales no podíamos estar ahí.

Tardamos en torno a media hora en recoger todo, y finalmente uno de los agentes se subió en el coche para guiarnos a través de un pequeño pueblo muy pintoresco hasta comisaría, donde un montón de policías encantadores comprobaran que nuestros pasaportes estuvieran en regla. Tras charlar un rato con ellos y sacarnos un par de fotos, nos despedimos y proseguimos nuestro camino.

Con la policía hindú, por norma general siempre se debía actuar de la misma manera. Nunca había que quitarles importancia, pero había que tratarles de manera cercana y con sentido del humor. Sólo era cuestión de tiempo que se volvieran amigables y se interesaran por un “Spanish Journalist en pleno World Tour”.

tn_img_2229.JPG

Continuamos hacia Tiruchirapalli, y no tardé en darme cuenta que la música del coche había dejado de sonar el día anterior, y no había vuelto a emitir sonido alguno. Sabía que el amplificador estaba algo delicado desde que saliendo de Nepal derramé sobre él, medio litro de jabón líquido de Marsella, así que me temí lo peor. Al menos después de aquello me había servido durante varias semanas de ambientador, cosa que ya no hacía.

Nos detuvimos en un par de pueblecitos que nos parecieron graciosos. Gente muy amable y hospitalaria como siempre, y por supuesto el mismo caos por las calles que en cualquier lugar del subcontinente. Animales de cualquier índole paseando a su antojo, y ningún tipo de norma de circulación aparente para nadie.

tn_img_2248.JPG

Finalmente a la una de la tarde llegamos a nuestro destino. El único problema en el que caímos al llegar a aquella urbe de tamaño considerable, era que ninguno de los dos tenía la dirección del orfanato.

Tras preguntar a algunos lugareños, y comprobar que había más de ocho orfanatos por la zona, y ante la imposibilidad de llamar a Yaiza y a Mónica, ya que la idea era la de aparecer por sorpresa, nos fuimos a un Internet Centre, puesto que tenía las señas del orfanato en un correo de Yaiza de hacía algunas semanas.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando al abrir el correo, tenía un mensaje de Yaiza de hacía algunas horas, en el que además de expresarme su decepción por no ir a visitarla, me indicaba que aquella mañana partía en tren hacia Cochin.

Cochin era un pueblecito turístico que se encontraba en Kerala, en la costa oeste del país a diez horas de Tiruchirapalli por la línea férrea.

La última conversación que había tenido con ella fue hacía dos semanas. Le dije claramente que antes del sábado 4 de abril, el que era mi día preferido del año, pasaría a verla por el orfanato. ¡Y aun faltaba un día para aquella fecha!

En aquel momento me percaté de que aquella breve noche de descanso no había sido suficiente para sobreponerme del cansancio acumulado de los últimos días. Según el mensaje, Yaiza y Mónica se encontrarían en ese momento en un tren dirección a Cochin, y aquello no era nada bueno.

Apuntamos las señas del orfanato en un papel, y nos dirigimos a éste siguiendo las indicaciones de la gente de la zona por un laberinto de calles más angostas de la cuenta.

tn_img_2177.JPG

Al llegar a la calle que buscábamos nos encontramos con una joven monja.

- Spanish friends of Yaiza and Mónica-. La dije.

Respondió asintiendo con una sonrisa, mientras señalaba al final de la calle y les decía algo a un par de niños, salieron corriendo frente a nosotros para indicarnos el camino.

Al llegar nos abrieron la puerta y entramos con el coche en el recinto. Un gran patio de tierra con palmeras y un montón de niños de color azabache correteando a un lado y a otro.

Mi sorpresa cuando vi aparecer a mis amigas entre los niños fue mayúscula pero del todo tranquilizadora. Aun no se habían ido.

Tras los abrazos y la bienvenida, llegaron las explicaciones de rigor y las presentaciones.

Yaiza y Mónica llevaban dos semanas trabajando en aquel lugar, con 160 niños huérfanos por el Tsunami que azotó la zona hacía varios años. Habían acudido a supervisar la correcta gestión del centro, después de haber acordado en Madrid con la fundación que se había ocupado de sacar el proyecto adelante, todo lo que necesitaban que llevaran a cabo.

No tardaron mucho en darse cuenta que la monja que dirigía el centro, no estaba desempeñando su labor correctamente, y tuvieron que poner un poco todo patas arriba para, después de hacer una limpieza general, tomar nota de todo lo que había que hacer para mejorar el funcionamiento general del orfanato y poder informar al detalle a la fundación en Madrid.

El centro tenía unas instalaciones estupendas, y contaba con los recursos necesarios para llevar a cabo la formación y el cuidado de aquellos 160 niños cómodamente. El problema era que faltaba una voz cantante que invirtiera correctamente los recursos y decidiera como hacer las cosas. La monja encargada de aquello estaba mayor y hacía lo justo y necesario para salir del paso: que los niños recibieran una educación muy inferior a la básica y cuidados hasta que tuvieran la edad suficiente para trasladarse a otro centro, o fueran adoptados.

Estaba seguro que con la persona correcta al frente de aquel lugar, no harían falta más de unos meses para que los niños empezaran a recibir una formación que les permitiera abandonar el orfanato hablando inglés y con una buena educación primaria. Aquello en La India, marcaría la diferencia entre ser uno más de los 700 millones que vivían por debajo del nivel de la pobreza, y tener la opción de conseguir un trabajo.

¿Qué mayor ayuda se podía prestar a aquellos niños huérfanos, que sacarles de la más absoluta pobreza y facilitarles el que pudieran hacer lo que quisieran con sus vidas? Una vez más, llegaba a la conclusión de que lo que más falta hacía en La India era formación. Desde mi punto de vista, lo más valioso que se le podía dar a alguien era el conocimiento suficiente para poder elegir con criterio propio. Me entristecía pensar que hubiera tanta gente con esa capacidad y que sin embargo no hiciera uso de ella.

tn_img_2236.JPG

También conocí a otros dos jóvenes que estaban ayudando en el orfanato. Javi y Magda, dos españoles encantadores que habían pasado las últimas dos semanas con Mónica y Yai, y por cierto, también partían con ellas a Cochin en tren un par de horas después, y ya tenían los billetes.

No me sentí demasiado bien por trastocar los planes de todo el mundo, pero finalmente Javi y Magda partieron aquella tarde, y acordamos vernos en Cochin pasados dos o tres días.

Pasamos aquella tarde tranquilos en el orfanato, donde nos pusimos al día de nuestras últimas andanzas y planeamos lo que haríamos la semana siguiente. Mónica y Yaiza debían volver a España dentro de ocho días desde Bangalore, que era una ciudad bastante céntrica del sur del País.

Sabiendo eso, y también donde estarían Magda y Javi, trazamos en un mapa una línea lo más pintoresca posible por el sur del País, que llegara hasta la puntita de abajo, que después pasara por Cochín y terminara en Bangalore.

Disponíamos de una semana para recorrer ruta bastante completa por el sur de La India, y sin embargo Mónica dudó bastante entre venir con nosotros o irse con Javi y Magda, ya que por alguna extraña razón, dudaba que fuera a estar en Bangalore a tiempo para coger su vuelo si venía conmigo. No entendí lo que la podía hacer pensar tal cosa.

tn_img_2825.JPG

Después de Bangalore, mariana y yo nos dirigiríamos de nuevo a Chennai que se encontraba a tan solo 300km, y donde dispondríamos de 4 días antes de que saliera su avión para buscar un par de botellas de bucear cargadas de oxígeno y hacer los preparativos pertinentes para mi partida hacia Nepal.

Al día siguiente por la mañana, mientras las niñas llevaban a cabo las compras de última hora, yo me fui en busca de un taller para hacer algunos arreglillos de última hora, tales como recargar el gas del aire acondicionado de el coche que no enfriaba absolutamente nada.

No tardé en encontrar un taller donde me ofrecieron recargármelo en una hora y a un precio muy razonable, así que no me lo pensé demasiado.

tn_img_2251.JPG

Mientras esperaba, un coche de una edad considerable pegó un bocinazo con una potencia que me dejó atónito. El mecánico del taller, que estaba junto a mí, me entendió perfectamente cuando le dije que quería en mi coche un pito exactamente igual que el que acababa de sonar.

Cargar el gas del aire acondicionado, reemplazar la bocina de Andrés por una extra-potente, e inutilizar el amplificador del equipo de música que había pasado a mejor vida, me llevó media mañana.

La otra media la pasé en un taller eléctrico de coches, donde me hicieron una instalación de música nueva de la radio directamente a los altavoces.

Después de cargar el coche con el discreto equipaje de las damas, y explicarles donde se encontraba ubicada cada cosa y como se abrían y cerraban las puertas, cajas y cajones, llegó la hora de la amarga despedida de madre e hija con los niños.

tn_img_2292.jpg

Besos, abrazos, llantos… y un montón de maravillosos recuerdos “de esos que ya no se olvidan”.

tn_img_2287.jpg

La despedida de Yaiza y la monja directora del Orfanato, nos amenizó bastante la interminable salida por las atestadas calles de Tiruchirapalli.

- Adiós Hermana. Sepa usted que aunque no le haya gustado que vengamos, ¡volveremos!-. Le dijo Yaiza a aquella monja que se quedó con cara de póker.

Su respuesta, fue tan sorprendente como sincera…

- WHO TOLD YOU!!?? WHO TOLD YOU!!?? (Quién te lo ha dicho!!??)-. Repetía una y otra vez aquella monja indignada.

Desde un principio viajar con las chicas fue un agrado y no tardé mucho en darme cuenta que no solo no me darían más trabajo, si no que me quitarían la mayor parte de éste.

En seguida Mariana se agenció por sugerencia común el mapa. Desde el principio desempeñó perfectamente su función de indicadora de rutas y preguntadora oficial de direcciones por la ventanilla. Al menos hasta que nos dimos cuenta que la gran mayoría de los Indus no hacían caso a las mujeres, hasta el punto de ni siquiera querer contestarlas.

Mónica, que iba de copiloto, a pesar de no desempeñar con total precisión su labor de indicarme cuando podía o no podía adelantar, no protestó ni una sola vez por los autobuses que pasaban silbando a pocos centímetros de su cristal, o por las bicicletas repletas de cocoteros que aparecían de la nada y se cruzaban en nuestro camino haciéndome maniobrar bruscamente.

Recorrimos en algo más de un par de horas, la mitad de la distancia que nos separaba de Madurai, una antiquísima ciudad hindú que teníamos intención de visitar al día siguiente.

Mis tres compañeras superaron con creces la prueba de cenar en un chiringuito de carretera hindú, un poco de pollo con salsa picante servido sobre una hoja de palma con algo de pan.

tn_img_2305.jpg

No sin que antes me aseguraba de que la cocina cumplía unas normas mínimas de higiene.

tn_img_2295.jpg

Nos desviamos de la carretera por un camino de tierra que seguimos durante un par de kilómetros, y nos detuvimos detrás de unas rocas en un lugar propicio para pernoctar. Solitario, resguardado, silencioso, fresco y plano.

Yaiza no tardó en convertirse en la encargada de la Maggiolina, y Mónica (desde esa misma noche “Supermom”) de que todo lo que desordenábamos volviera a su lugar de origen. Mariana por su parte, ya sabía montar mi invento-cama mucho mejor que yo, y esa misma noche me advirtió que habría que inventar algún sistema para reforzar las barras del soporte delantero, que estaban empezando a doblarse hacia detrás debido a nuestro peso.

Pasamos una agradable velada bajo la luz de la luna amenizada con música hindú de algún pueblo cercano. Acampar en un lugar tan solitario como el que nos encontrábamos, era algo que hacía unos meses hubiera jurado que era imposible de encontrar en La India.

Debido a las prisas de mi viaje hacia el sur, no me había podido para a pensar bien en las grandes diferencias que estaba encontrando con el norte del país. La primera que saltaba a la vista, era que la gente tenía la piel mucho más oscura. Esto era debido a que los Indus del sur provenían de la raza originaria de La India, y los del norte sin embargo eran mestizos de las razas que entraron a lo largo de los siglos por el norte del país y por Pakistán, que hasta hace medio siglo formaba parte de La India o Industán. Por el sur era mucho más complicado acceder al país, ya que estaba rodeado por mar, así que la raza se mantuvo.

Otra gran diferencia era que, por extraño que pareciera, había bastantes lugares despoblados. Al menos lugares en los que no se veía gente alrededor (a pesar que sí la hubiera) en algunos kilómetros a la redonda.

A la mañana siguiente para mi sorpresa, nos pusimos en marcha algo más rápido y temprano de lo que esperaba. Tras pasar todos por la ducha partimos hacia Madurai a primera hora de la mañana.

tn_img_2313.JPG

Camino de Madurai pudimos hacer una parada estratégica para bebernos el contenido de unos cuantos cocos, que siempre que a uno le apeteciera se podían encontrar apilados sobre bicicletas a los lados de la carretera. A su lado solía encontrarse un hindú de aspecto menudo con un gran cuchillo en forma de boomerang. Con un par de cortes certeros, hacía un pequeño agujero en la parte superior del coco, por el cual metía una pajita para que su contenido pudiera ser absorbido cómodamente.

Si a uno le apetecía comerse la carne del interior, no tenía más que entregarle el coco de vuelta una vez terminado, para que con otro par de certeros cortes, lo seccionara por la mitad y con un giro de muñeca le sacara aquella blanca y dulce gelatina.

Tras una breve parada en una enorme cantera desde lo alto de la cual se tenía una preciosa visión panorámica de todos los pueblecitos de alrededor, a medio día llegamos a Madurai.

tn_img_2328.JPG

Pasamos algunas horas conociendo aquella antiquísima ciudad plagada de enormes templos, que eran altísimas construcciones de lo más alegres y coloridas.

tn_img_2341.JPG

Había gente por todos lados pero el ambiente era jovial y agradable.

tn_img_2350.JPG

Mucho turismo hindú y sin embargo poco extranjero, hacía de aquel lugar tremendamente auténtico.

tn_img_2391.jpg

Paseamos por un mercado de telas que se encontraba en el interior de un impresionante edificio de piedra diáfano, de más de mil años de antigüedad. Era uno de los mercados más bonitos que había visto.

tn_img_2368.JPG

Aprovechamos para hacer algunas compras, y un amable tejedor accedió a hacerme un pequeño remiendo in situ a un bolsillo roto de mis pantalones.

tn_img_2359.JPG

Tras comer en un sitio hindú más que decente, abandonamos Madurai y nos dirigimos a la costa.

tn_img_2396.JPG

Atravesamos varios pueblecitos de lo más pintorescos, con carreteras que recordaban a la sabana africana.

tn_img_2413.JPG

Y con gente de todo tipo.

tn_img_2405.JPG

En un par de horas y tras una ardua búsqueda, llegamos finalmente a una playa sin gente alrededor, frente a la cual había un campo de Palmeras. Una vez más, un sitio perfecto donde montar el campamento.

tn_img_2426.JPG

El segundo día todo fue aun más rápido y fácil que el primero, y antes que me diera cuenta, me estaba pegando el primer baño nocturno de mi vida en las cálidas aguas del océano Índico. La noche bajo el cielo estrellado fue de lo más agradable salvo por la incómoda sensación de tener agua en mi oído izquierdo, que se me metió mientras hacía el muerto, y no fui capaz de sacar, a pesar de saltar repetidas veces sobre mi pie derecho, y soplar por la nariz tan fuerte como pude.

A la mañana siguiente, nos despertó un curioso tipo de piel oscura, que trepaba de palmera en palmera para recoger con un cazo y un ritual tremendamente curioso la salvia de las ramas de lo alto del árbol.

Partimos hacia Kapekumari, lugar al cual llegamos a la hora de comer. Según me habían informado en Calcuta, el punto de tierra más al sur de La India era un recóndito lugar cuya belleza no tenía parangón y desde donde uno podía ver al sol ponerse y salir por el océano.

Lo del sol sería verdad cuando no hubiera nubes, pero lo de recóndito y bello estaba bastante lejos de la realidad. Repleto de hoteles y complejos turísticos, era el último tipo de sitio en el que me gustaba dejarme caer cuando viajaba.

A media tarde partimos costeando en busca de algún lugar para acampar, pero la tarea no fue nada fácil. No había un solo sitio despoblado. Finalmente vimos un precioso pueblo costero, tras el cual nos dijeron que había varias playas sin gente.

tn_img_2481.JPG

Por caprichos del destino, alguien había decidido en algún momento que los coches que llevaran una Maggiolina sobre el techo no podían atravesar el único puente que llegaba al pueblecito, así que nuestro gozo cayó en un pozo y tuvimos que dar media vuelta.

tn_img_2491.JPG

Finalmente, tras recorrer varios caminos de arena, y que en una ocasión hiciera falta “aligerar” el coche para poder salir del paso, encontramos una playa completamente desierta en la que pudimos pasar la noche.

tn_img_2494.JPG

Aquella noche, el oído izquierdo me estuvo molestando, casi tanto como las gotas de rocío que comenzaron a caer junto a mi cabeza a primerísima hora de la mañana. Al final entre unas cosas y otras, no pegué ojo. Para colmo, por la mañana nos pegamos un baño en el mar que hizo que el estado de mi oído empeorara considerablemente.

Pero menos mal que todo el resto de las cosas iban como la seda, porque a mis niñas no se les escapaba una.

tn_img_2513.JPG

Si se me olvidaba la manivela de la Maggiolina. ahí estaba Yaizita para recogerla. Si me iba a tragar a una bicicleta cargada con Bananos, ahí estaría Supermom con sus súper cuerdas vocales a punto. Y sin duda, si el morro de Andrés apuntaba hacia un punto cardinal que no era el correcto, ahí estaría algún Hindú que respondería rápido ante un “-¡Hello, hello, hello!”

La ruta hasta Cochin no tuvo nada que ver con el tipo de caminos que habíamos seguido hasta entonces. Fuimos costeando y no tardamos en darnos cuenta que aquella costa era mucho más turística que la opuesta. Tardamos más de ocho horas en recorrer algo menos de 200km.

Pocos fueron los momentos en los que no estábamos circulando entre interminables filas de tiendas, talleres, locales, casas y construcciones de toda índole. Siempre con coches, camiones, autobuses y animales cruzando, pitando, y adelantando donde no debían.

tn_img_2560.JPG

A media mañana me empezó a invadir el implacable Morfeo, viéndome obligado a detenerme en un pequeño bar de carretera para tomarme un té bien cargado para poder continuar. Pocas eran las cosas que me gustaban menos que conducir con sueño. (Gran lección Germilín).

Llegamos Cochin siendo ya de noche y bajo un tremendo aguacero que no nos permitía ni tan siquiera abrir la ventanilla para preguntar la dirección del lugar al que nos dirigíamos. Cuando por fin encontramos el hotel de Javi y Magda, llegó la Jaimitada que tantos días llevaba esperando. No fue nada grave, pero sí que hizo que mi estado somnoliento, tornara a resolutivo.

Para tener el coche controlado y no mojarme demasiado, decidí aparcar en la misma puerta del hotel, sin darle demasiada importancia al pequeño riachuelo que corría por una acequia en todo el borde de la calle.

Cuando fui a pegar el coche al muro que había junto a la acequia, las dos ruedas del lado derecho se metieron por completo en el agua, cuya profundidad no se me ocurrió que pudiera ser de casi un metro. El pobre Andrés se quedó apoyado en el muro por las barras de la baca, que sobresalían casi 20cm por ambos lados, y con las ruedas del lado derecho suspendidas en el agua sin llegar a tocar fondo.

Decidí no tocar más el coche hasta que pasara el aguacero y meterme en el hotel, donde Magda y Javi nos esperaban junto a un tipo Palestino encantador y una española llamada Nuria. En lo que duraron las presentaciones, y nos pusimos al día, dejó de llover, y pudimos salir a intentar sacar el coche.

Media hora después estaba el coche fuera de la acequia, con un balance de daños bastante alentador. Tan solo se había roto una parte de aquel gran aparato metálico que frenó la embestida del autobús, el gato Hi-Lift. Curiosamente no lo rompí al golpearlo contra el muro, ya que se encontraba en el lado opuesto, si no mientras levantaba el coche para meter algo bajo las ruedas.

Por alguna misteriosa razón, una parte del gato se quebró mientras hacía palanca. Aquello, hubiera hecho caer el coche a la acequia, pero la rueda trasera cayó exactamente sobre los cuatro centímetros de suelo que había entre la acequia y el muro.

Aquello fue suficiente para que la rueda traccionara y aquel pequeño incidente se solventara.

Aquella noche nos pegamos el lujo de coger una habitación de hotel para los siguientes dos días, después de los cuales partiríamos a Bangalore

Cochin, a pesar de ser un lugar bastante turístico, tenía su encanto. La gente de la zona era amable y divertida, y nos encontramos con personajes de lo más curiosos, como un hindú Rastafari que pintaba cuadros con estilo propio, o un graciosísimo tipo de una tienda de la zona que sintió especial afinidad por mí, un hecho curioso que no era la primera vez que sucedía aquellos días.

tn_img_2673.JPG

Al día siguiente nos despertamos pronto y desayunamos todos juntos en un agradable lugar llamado Teapot, donde aunque tardaban bastante en servir, tenían unas tortitas y unos batidos riquísimos.

tn_img_2588.JPG

Mariana, Yaiza y yo, decidimos ir en busca de un soldador donde reparar la pieza dañada del gato. No fue una tarea difícil, y en poco tiempo aquel trozo de metal partido recuperó su forma original.

tn_img_2624.JPG

También aproveché para pedir que me soldaran uno de los soportes del asiento del conductor de Andrés, labor durante la cual, un tipo borracho que rondaba por ahí comenzó a acosarme. No le dí demasiada importancia hasta que el tipo se empezó a poner algo agresivo, y sin saber muy bien lo que hacer, le propuse un juego.

- Mira, déjame tu mano, que te voy a enseñar un juego-. Le dije mientras le colocaba la mano sobre la bandeja del maletero del coche.

tn_img_2660.JPG

El tipo, que pensó que su hombría estaba en juego, no dudó en dejar la mano en aquel lugar, de lo cual no tardó en arrepentirse.

tn_img_2661.JPG

Como teníamos todo el día por delante, nos aventuramos a llevar acabo una idea a la que llevábamos dando vueltas los últimos días. Cómo reforzar la nueva cama del capó para que fuera más sólida y aguantara más peso sin doblarse.

Para ello, nos fuimos a un almacén de hierros, donde pasamos toda la mañana tomando medidas y cortando tuberías.

tn_img_2667.JPG

Cuando todo el material estuvo listo, cortado y preparado, comprobamos que no hiciera falta nada más, y después de que Marianita se hiciera cargo de la factura, ya que me dijo que aquel invento sería un regalo suyo, nos hicimos con un papel y un lápiz, para dibujar cómo ensamblaríamos aquellos 11 metros de tubos y barras de tal manera que hicieran su función de la manera más estética posible.

tn_img_2612.JPG

Después de comer en un restaurante local, repleto de mesas con Indus con inmensos platos de arroz con pollo, nos dirigimos a un taller de soldadura en el que pasamos la tarde trabajando en el invento.

Al final del día se quedó todo listo y pendiente tan solo de darle una capa de pintura negra.

tn_img_2664.JPG

Aquella noche después de cenar pasamos a hacer una visita al pintor Rastafari por su casa/taller/galería, y mantuvimos una agradable y colorida tertulia hasta pasada la media noche.

A la mañana siguiente después de un curioso desayuno a base de fruta y torrijas, fuimos a recoger e instalar el invento ya terminado. Desde aquel momento, dos tubos metálicos negros de dos metros y medio descansarían a los lados de la Maggiolina fijados mediante resistentes soportes de hierro a las cuatro barras de la baca.

En su interior, había otros dos tubos de igual distancia pero menor diámetro que al sacarlos hacia delante encajarían exactamente con dos pivotes soldados en las barras de la parte delantera del coche. La Cama ya tendría 4 lados rígidos, y no se doblaría hacia ningún lado.

Si los tubos se sacaban hacia detrás, se convertía en un toldo para el sol de un tamaño estupendo.

Aquello además de ser una obra de ingeniería, era uno de los regalos más originales que me habían hecho nunca.

Las chicas aprovecharon esa mañana para hacer las últimas compras del viaje, ya que aquella tarde partiríamos hacia Bangalore. Dimos con una tienda preciosa, en la que los dueños a demás de caerles estupendamente, nos rellenaron el bidón de agua potable y nos asesoraron en todas nuestras necesidades.

tn_img_2676.JPG

Tras una ligera comida de despedida partimos hacia Bangalore.

Había unos 600km de distancia desde Cochin, así que decidimos avanzar ese día lo máximo posible para evitar cualquier contratiempo de última hora, y en caso de haberlo al menos estar lo más cerca posible del aeropuerto. Para tranquilizar a Mónica siempre le decía que ya estaba a distancia de Tuc-Tuc y que no debía preocuparse. Los Tuc-Tuc eran carricoches de tres ruedas de los cuales La India estaba plagado.

Tomamos la carretera que subía hacia el norte por la costa, y no tardó en anochecer. Después de varias horas por las mismas avenidas interminables que habíamos estado recorriendo hasta entonces y que en una ocasión estuviera lo más cerca que había estado nunca de atropellar a alguien, decidí cambiar la ruta y desviarnos hacia el interior.

La decisión no pudo ser más acertada, ya que desde ese momento no volvimos a ver un solo vehículo y no tardamos en encontrar un tranquilo lugar en lo alto de una montaña donde poder acampar.

tn_img_2691.JPG

Amanecimos en aquel tranquilo lugar, y lo primero de lo que me dí cuenta al despertarme es que el oído izquierdo me dolía bastante más de lo habitual. Supermom no tardó en fabricar con una horquilla y algo de algodón, un bastoncillo con el cual ponerme algo de alcohol en el interior del canal auditivo. Si ese día no mejoraba debería empezar a tomar antibióticos para prevenir una infección.

La ruta por el interior de Kerala fue mucho más agradable que por la costa. Las carreteras serpenteaban a través de montañas con frondosa vegetación, y nos dirigimos a un parque natural en el que según leímos en nuestra guía había tigres y elefantes

tn_img_2799.JPG

Pasamos toda la mañana por caminos de tierra plagados de monos, cervatillos, y abundante fauna y flora en general. Me parecía increíble que se pudieran ver tantos animales por aquellos lugares.

Ya pasada la hora de comer, llegamos a una garita donde nos informaron que el parque natural era el tortuoso camino que llevábamos recorriendo las últimas horas.

tn_img_2711.JPG

Según nos informaron los guardas, debíamos haber cogido un guía 40km atrás, que se subiera en nuestro coche y nos indicara las rutas interiores por donde se podían ver a los tigres y a los distintos animales que poblaban aquella reserva.

tn_img_2709.JPG

Decidimos no volver atrás, ya que se nos haría tarde, y aún debíamos recorrer varios kilómetros antes de llegar al lugar donde pensábamos pernoctar, que se encontraba junto a unas conocidas cataratas a tan solo 100km de Bangalore.

Pasamos nuestra última noche en una gran explanada de tierra después de haber recorrido varios kilómetros por escarpados caminos y por campos de siembra.

tn_img_2725.JPG

Una amable familia de pastores que pasaba por ahí, nos pasó a visitar ofreciéndonos comida. Aquello era algo que solía pasar en el sur del país siempre que alguien pasaba junto a nosotros en pleno asentamiento. La amabilidad, hospitalidad e inteligencia de aquellas gentes era muy superior a la de la mayoría de las zonas del país que había conocido hasta entonces.

A la mañana siguiente, pasamos a visitar aquellas famosas cataratas, y nuestra impresión de aquello no pudo ser mejor. A pesar de estar lleno de Indus domingueros, el sitio era del todo auténtico.

tn_img_2775.JPG

Después de una larga ascensión por la montaña de la catarata, alcanzamos un remanso de agua en el que nos pudimos pegar un baño en la más completa intimidad, y prepararnos para el caos que supondría la entrada en la ciudad más civilizada y con más tráfico de todo el país.

tn_img_2793.JPG

Una vez llegamos a Bangalore, comimos algo y nos dirigimos al Aeropuerto, donde para tranquilidad de Supermom, pasamos las últimas horas juntos en una agradable placita a una prudencial distancia de la terminal.

Me entristeció enormemente despedirme de las que durante una semana habían sido mi esposa y mi querida hija, a la par que una gran sensación de incertidumbre se apoderó de mí ¿quién mantendría el coche ordenado… quién se ocuparía de la Maggiolina… quién me prepararía el desayuno a partir de entonces?

Aquel tremendo shock, al que se sumó el que me diera cuenta que tenía una rueda del coche más baja de la cuenta, hizo que el batido de fresa que me acababa de tomar me empezara a sentar mal en la tripa y el dolor de mi oído izquierdo se agudizase.

De lo que no cabía duda, era que aquella semana había hecho que se me quitara todo prejuicio negativo que tuviera a cerca de viajar con mujeres.

tn_img_2466.JPG

4 Responses to “2 AL 12 DE ABRIL. INDIA DE CABO A RABO. DAMAS A BORDO.”

  1. Yaiza Salmeron Says:

    MUCHIIIIIIIIIISIMAS GRACIAS por este viaje… fue INCREIBLE!!!
    Tqmuxo..
    Yai.

  2. Juanjo F.S Says:

    Que envidía!!!He de reconocer que no leía tanto tiempo seguido desde hace muxo…Y valla fotos mas chulas…esos ciervos (axis)estaban a tiro eh??su carne seguro que esta excelente!!Muxo ánimo eres el mejor,se te exa de menos Un fuerte abrazo

  3. Omer Erich Says:

    Another Good wordpress post, I will be sure to save this post in my Diigo account. Have a great day.

  4. Concha Strowder Says:

    A Excellent blog post, I will be sure to bookmark this post in my Clipmarks account. Have a good evening.

Leave a Reply