27 MARZO AL 2 DE ABRIL. CALCUTA. EL FELIZ REENCUENTRO.

El encuentro con mi viejo compañero de viaje y fatigas fue breve, pero intenso. Reviví un montón de momentos que casi parecían olvidados y sentí un cosquilleo en el estómago, que hacía quizás demasiado tiempo no sentía.

Muy en el fondo, siempre había sabido que Andrés estaría cuando volviera a por él, pero muchas veces había sido difícil mantener a los miedos a raya, que habían terminado por hacer mella en mi confianza.

Después de pasar unos minutos junto a él, sin que me permitieran abrirlo, salimos de aquel enorme complejo, situado frente al puerto mercante de Calcuta.

- Sarto, mañana tu coche estará listo para ser recogido-. Me dijo Obi con su calma habitual mientras nos subíamos al coche camino de su casa.

Pasé la tarde con Obi y Benny pensando en todo lo que debería hacer una vez tuviéramos el coche en nuestro poder.

Lo primero que necesitaría, serían pinzas. Probablemente las dos baterías del coche después de siete meses de inactividad total, sin siquiera haber sido desconectadas, habrían pasado a mejor vida, así que tendría que arrancarlo enchufándolo con pinzas a un par de baterías bien cargadas. También necesitaría hacerle una revisión completa, ya que recordaba que le tenía que cambiar aceite y filtros nada más llegara a Canadá, y estaba seguro que después de tanto tiempo parado, alguna cosilla le fallaría.

Aquella tarde, también comenzamos a confeccionar la ruta de mi viaje hacia el sur del país, y el recorrido que por las provincias de Tamil-Nadú, Kerala y Karnataka, que eran las que había pensado recorrer con las chicas.

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Recordé también que en una semana exactamente, debía estar en Tiruchirapalli, donde había quedado con mi amiga Yaiza y su madre Mónica que estarían ayudando en el orfanato. Nos separaba una distancia de dos mil kilómetros, que a buen ritmo se podía recorrer en tres ó 4 días, y eso me dejaba otros 4 como máximo para poner a Andrés a punto. Quizás fuera un poco justo, pero tampoco era tan preocupante. Aquel me pareció el primer momento de mi vida en que empezaba a preparar algo con más de una semana de antelación, y probablemente lo fuera.

Después de cenar, subimos a la terraza de casa de Obi con unas cervezas, y pasamos una agradable velada arreglando el mundo y charlando sobre la situación de La India hoy en Día.

Los dos puntos más flacos del país eran sin duda la enseñanza y la sanidad. Y ambos estaban muy relacionados.

La enseñanza, a pesar de ser increíblemente buena, estaba al alcance de muy pocos, y algo parecido sucedía con el sistema sanitario. Quizás no tan bueno, pero sí al alcance de pocos.

No era raro encontrarse a Indus ejerciendo la enseñanza o la medicina en las mejores universidades y hospitales del mundo, haciendo más falta en su país que en ningún otro sitio. Cualquiera que destacara en la universidad y recibiera una buena propuesta de empleo en algún país desarrollado, no dudaría en marcharse con su familia.

También le estuve sonsacando información a cerca de su religión, y aprendí un poco más a cerca de sus Dioses. Los tres más importantes eran Brama, Visnu y Shiva. Dioses de la creación, la conservación, y la destrucción respectivamente, que estaban medio emparentados entre sí, y sus extensas familias abarcaban la forma y figura de todo tipo de animales mezclados entre sí, a cual más estrambótico. La religión se representaba a través de dibujos y animales divertidísimos y tremendamente agradables de ver. Sus templos eran graciosos y coloridos, sin que por esto sus rezos perdieran el más mínimo ápice de solemnidad.

A la mañana siguiente en cuanto llegué a Quatro, que era el nombre de la agencia de Obi, y desde donde llevábamos a cabo todos los trámites del coche, le pregunté a Sylvester, un tímido pero tremendamente eficiente tipo que trabajaba ahí, donde podía encontrar un buen mecánico de coches por la zona.

Sylvester, me hizo un pequeño croquis de cómo llegar hasta un barrio cercano, donde había varios talleres que tenían fama de trabajar muy bien, y tras despedirme de Obi y acordar vernos después de comer para ir a recoger a Andrés, partí en busca de unas pinzas, y un mecánico de confianza.

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No tardé en llegar al lugar que me había indicado. Era una calle dentro de un barrio musulmán, donde abundaban los pequeños talleres mecánicos, las cabras y los coches destartalados.

No sabiendo muy bien por donde empezar, me dí un paseo por el lugar. Me encantaba pasear por Calcuta. Nunca sabía lo que me podía encontrar detrás de cada esquina. Podía haber un montón de niños duchándose debajo de una tubería rota que salpicara agua, un pequeño tenderete de frutas, o un tipo degollando gallinas.

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Terminé deteniéndome en una pequeña tienda de recambios cuyo dueño me inspiró confianza a primera vista.

- Salam alecum-. Dije dirigiéndome al anciano comerciante.

Sabía muy poquito inglés, pero entre mi modestísimo bengalí, y algunas personas que pasaban por el lugar conseguimos entendernos. Siempre decía que “a buen entendedor… pocos gestos bastan”.

En Calcuta parecían no conocer las pinzas para arrancar coches, pero un mecánico vecino llamado Mohamed Salim, tenía unos cuantos cables eléctricos y dos buenas baterías que servirían para mi propósito.

El tal Salim, que no sabía ni una palabra de inglés, pero no le turbaba lo más mínimo. Escuchaba sonriente y luego hacía con la mano un gesto de no haber entendido nada. Parecía un tipo de fiar, y se veía que sabía algo de mecánica, así que aproveché para preguntarle si él me podría hacer el “Oil Service” de un jeep Toyota a demás de alquilarme los cables y las baterías hasta el día siguiente.

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Para esto, fue necesario llamar a Obi y que hiciera de traductor. Finalmente acordamos con una taza de te en la mano, que cuando estuviera listo el papeleo del coche, Salim vendría con nosotros a buscarlo y me ayudaría a arrancarlo. Después me diría si me podía hacer la revisión.

Hacía tiempo que no trataba con musulmanes. Concretamente desde el taller en Vancouver donde una familia iraní me arreglo el motor de “God”. Los musulmanes en general eran gente seria en su trabajo. Siempre había respetado mucho su religión y sus costumbres, y solía conectar bien con ellos.

Volví a la oficina de Obi, y tras comer algo rápido, nos fuimos con Benny al despacho del supervisor de las aduanas, junto al puerto, donde debíamos recoger por fin el permiso para sacar a Andrés de la Warehouse.

Al poco de llegar al edificio, subimos a la primera planta, donde hicieron entrar a obi en un despacho. Mientras Benny y yo esperábamos fuera charlando, a que Obi saliera con el permiso, empezamos a escuchar un gran bullicio en el interior del despacho.

Antes que pudiéramos si quiera asomarnos, la puerta se abrió repentinamente, y apareció Obi gritando improperios a un señor de avanzada edad, que daba saltos sobre él, para intentar quitarle una carpeta que Obi sostenía en alto.

Fue una situación de lo más surrealista que continuó a lo largo de todo el pasillo del edificio, las escaleras y hasta llegar al patio, donde finalmente Obi se desembarazó de aquel tipo con un empujón, y le dijo a modo de amenaza que se iba a enterar de quién era él.

Obi nos ordenó que nos subiéramos al coche, y cuando ya estuvimos dentro, nos informó de lo ocurrido.

Parecía ser que el supervisor le había sugerido que le diera una propina para firmar el documento. Ante la negativa de Obi, éste se negó a firmarlo bajo el pretexto que hacía más de seis meses que el coche había sido enviado fuera del país. Esto no era un impedimento para retirar el coche, pero sí que alargaría los trámites un par de días. Para colmo, al percatarse de que Obi tenía el móvil en la mano, le acusó de estar grabando la conversación, y esto le hizo a mi querido amigo que perdiera los papeles.

No se le ocurrió otra cosa, que acusar abiertamente al supervisor de corrupto y cara dura, y tras quitarle la carpeta que contenía la documentación y los permisos de mi coche, salir del despacho gritando a diestro y siniestro que “nadie le hacía a Avijit Dutta una acusación tan grave como la de estar grabando una conversación a escondidas”.

El supervisor le respondía a gritos que estaba robando documentos oficiales, mientras hacía vanos esfuerzos por quitarle a Obi la carpeta.

A mi me entró un ataque de risa, que se prolongó hasta que comprendí que aquel tipo al que Obi había empujado, y robado la documentación, era la persona que debía autorizarme a sacar el coche del lugar inmundo en el que se encontraba.

Obi me dijo que no habría problema, pero que debíamos ir al despacho del director, que estaba en otro edificio al que había que llegar en coche.

Cuando llegamos, entramos directamente a hablar con el director, y no se porque, no me extrañó encontrarme al supervisor en ese mismo lugar. Se nos había adelantado.

Debimos pasar más de una hora en el despacho del director de las aduanas portuarias, dando explicaciones, y haciendo gala de la más pícara y astuta diplomacia, para que finalmente nos autorizaran a sacar el coche al día siguiente por la mañana.

Así pues, avisamos a Salim para que tuviera todo listo al día siguiente, y nos fuimos a casa a cambiar y arreglar, ya que aquella tarde teníamos un evento muy especial. La reunión anual de las compañías de carga aérea de Calcuta, que consistía en un agradable paseo en barco por el Ganges con espectáculo y cena, al que acudirían un par de centenares de personas, relacionadas con el sector.

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Navegamos río arriba, y me encantó ver todas las escenas que se desarrollaban a orillas del Río Sagrado a su paso por la ciudad de Madre teresa.

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Daba igual los kilómetros que uno recorriera río arriba o abajo. Cuando uno miraba a la orilla siempre había algo mágico que contemplar.

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Cenamos varios tipos de arroces, pollo con diferentes especias y cocinado de mil maneras distintas, curry de todas las clases y colores, y un delicioso repertorio de postres caseros.

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Todos los Indus comían siempre con las manos. Daba igual que estuvieran almorzando un plato de arroz sobre una hoja de palma en las calles de Calcuta, o cenando con un ministro en la casa más elegante de Bombay. Por ello la base de la comida era siempre arroz o pan.

Principalmente había tres tipos de panes. Nan o butter Nan (una torta de pan blando y esponjoso del tamaño de una masa de pizza pequeña, que se sirve caliente y partido por la mitad), Porotta (Algo más pequeño y chicloso), y Rotti (puede ser de cualquier tamaño, pero se caracteriza por ser tan fino como una hoja de papel). Todos eran blandos y moldeables, y les permitían mezclarlo con los distintos platos de verduras, trozos de pollo o pescado, siempre en salsas condimentadas con especias (picantes en la mayoría de los casos).

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El punto fuerte de la fiesta, fue sin duda el ver a Baba (el padre de Obi), después de tomarse un par de copas. Con lo tímido que se le veía en casa, y no tardó en convertirse en la estrella de la fiesta, que se alargó hasta altas horas de la noche.

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Al día siguiente, los trámites para sacar el coche se alargaron todo el día y finalmente a las cinco de la tarde nos dieron la autorización definitiva. Pasamos a recoger a Salim con las baterías y los cables, y nos dirigimos al puerto. Cuando llegamos, ya empezaba a anochecer.

Entré al coche por primera vez, y pude observar que todo estaba tal y como lo recordaba. Lo primero que hice fue poner el contacto, pero tal y como esperaba, no se encendió ni una sola luz del cuadro. Abrimos el capó, y tras comprobar los niveles de aceite y agua, le pusimos los cables y enchufamos las baterías del coche a las que traía Salim.

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Puse el contacto, y aquella vez sí que se encendieron las luces del cuadro. Crucé los dedos y giré la llave… nada. Esperé unos segundos y lo intenté de nuevo… más de lo mismo.

Tras hacer varios intentos y ver que no tenía intención de arrancar, decidimos sacar el coche de aquel lugar, e intentar empujarlo tirando del coche de Obi en la calle.

Aquello tampoco dio resultado, y entendí que después de siete meses de abandono, primero en un container oscuro surcando mares, y después a la intemperie en un puerto mercante, no me daría la alegría de arrancar tan rápido.

Finalmente, ya entrada la noche, Obi se fue con Benny en busca de una grúa, y yo me quedé junto al coche con Salim y el otro mecánico que le acompañaba. Aproveché para revisar a Andrés a conciencia, e indicar a Salim todo lo que habría que reparar, como la rueda trasera de repuesto, que no había quien la abriera y cerrara, o el cable del winche que estaba partido.

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En las más de dos horas que tardó Obi en aparecer con la grúa, tuve tiempo para dejar volar mi imaginación y pensar en alguna mejora que hacerle a Andrés para el viaje que me esperaba. El primer problema que recordé tener, era el calor que hacía por la noche dentro de la Maggiolina las noches que no corría la brisa cuando atravesaba zonas calurosas. Los próximos meses serían tremendamente calurosos por todos los países que recorrería hasta llegar a España, y se me ocurrió inventar algún sistema para poder dormir cómodamente al aire libre.

Pensé que quizás si colocara dos barras metálicas verticales a los lados de la defensa delantera que tuvieran la misma altura que la Maggiolina, podría colocar una red entre dichas barras y la baca, y podría dormir en todo el espacio que había sobre el capó y la luna delantera. Dormir bajo las estrellas era una de las cosas que más me podía gustar en el mundo, así que decidí dedicarle algunas horas de los próximos días a la elaboración de dicho invento.

Enganchamos el coche a la grúa – remolque, y lo llevamos a la puerta de casa de Obi. Una vez ahí, le desmontamos las baterías, y Salim se las llevó para recargarlas durante toda la noche, y quedamos en recogerlas en su taller a media mañana el día siguiente.

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Era tarde, así que tras una cena ligera e informar de las novedades a los padres de Obi, nos fuimos a la cama. Saber que Andrés estaba en la puerta de casa me hizo dormir de lo más tranquilo. Aunque de momento estuviera aparentemente inservible, y tuviera que estar en cinco días con él a dos mil kilómetros de donde me encontraba.

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Amanecí temprano y pasé al GPS del coche los mapas de toda La India con la ruta más directa y rápida hasta Tiruchirapalli. También subí absolutamente todo el contenido del coche a la azotea de casa de Obi (un trabajo de chinos), y empecé a decidir lo que llevaría al sur, y lo que dejaría en Calcuta para recoger cuando volviera, antes de subir a Nepal.

A media mañana fui con Obi al taller de Salim a recoger las baterías. Nos dijo que las habían cargado durante toda la noche y funcionaban perfectamente. Me acordé de mi mecánico Santi de Madrid, y me alegré de haberle hecho caso y comprar baterías Óptima de Gel.

Conectamos las baterías recién cargadas, y tratamos de arrancar, pero el resultado fue el mismo que el del día anterior. No hacía absolutamente nada cuando giraba la llave. Sin embargo, algo me decía que esta vez si lo empujábamos el resultado sería diferente. Así que me acerqué a un grupo de personas que estaban jugando a las cartas en la calle junto a casa de Obi, y tras saludarles y aceptar una taza de té, les pedí ayuda para empujar el coche e intentar arrancarlo.

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No se lo pensaron dos veces y avisaron a todos los niños que estaban jugando alrededor para que también echaran una mano. Entre todos colocamos el coche al principio de una calle bastante recta, y cuando no vino ningún coche, empezaron a empujar con fuerza. Cuando vi que tenía la velocidad y la inercia suficiente, embragué y engrané la segunda marcha…

¡El ronroneo del motor de Andrés se fundió con los aplausos y vítores de todos los niños al ver como arrancaba!

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Pero no todo eran buenas noticias. A pesar de haber arrancado empujando, continuaba sin funcionar el arranque a batería. Tampoco funcionaba el motor de ninguna de las ventanillas, ni el cierre centralizado, ni el aire acondicionado, ni el ventilador, ni la música, a pesar de haber chequeado todos los fusibles, y estar perfectamente.

Tras repetir la maniobra del empujón para volver a arrancar el coche, me dirigí al taller de Salim. Con las ventanillas bajadas y sin aire de ningún tipo, aquello era exactamente igual que la sauna del gimnasio Omega, un miércoles a las siete de la tarde.

Después de una ardua negociación, como siempre con una taza de Té, conseguí que Salim se comprometiera a hacerme el cambio de aceite y filtros, y la reparación de todos los sistemas eléctricos que tuviera estropeados el coche, además de un engrase y lavado completo del coche.

Al principio me dijo que no podía trabajar en mi coche porque estaba saturado de trabajo, y no fue nada fácil convencerle para lo contrario, sobre todo partiendo de la base que no podía pagarle ningún sobreprecio debido a la precariedad de mi economía.

Acordamos pues que aquella tarde de lunes 30 de marzo a última hora empezaría con el coche.

Aproveche el resto de aquel día, en el que Salim debía adelantar trabajo para dedicarle todo el día siguiente a mi coche, para ir a un barrio cercano donde abundaban los talleres de soldadura e intentar darle forma a mi invento de la cama al aire libre. Eso por supuesto, después de darle un buen lavado a Andrés.

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Llegué a la zona del gremio de los soldadores y artesanos del metal, y una vez más, detuve el coche y me bajé para dar una vuelta por la zona y buscar algún sitio de confianza. No tardé en cruzarme con un tipo de avanzada edad que paseaba por la calle. Al cruzar la mirada con la mía me saludó en perfecto inglés británico.

- Hola Joven ¿de donde vienes?-. Me preguntó aquel curioso tipo que vestía de blanco con un turbante azul.

- ¡Hola! Vengo de España-. Le respondí. – Mi nombre es Sarto.

- Mi nombre es Kuldeep-. Me dijo mientras me estrechaba la mano. – ¿Vienes desde España conduciendo?-. Me preguntó mirando el coche.

- Si. Es una larga historia… Ayer recogí el coche del puerto, después de que hace cinco meses las aduanas canadienses rechazaran la entrada en su país del conteiner en el que llegó desde Calcuta, por contener algo de barro en las ruedas-. Le dije lo más resumidamente posible. – Mañana parto al sur de La India y como es uno de los meses más calurosos del año, he pensado en construirme una cama al aire libre…

La cara de Kuldeep mientras le explicaba la idea de soldarle unos tubos de hierro a la defensa del coche, donde pudiera encajar unas barras metálicas que sirvieran de sujeción para una red, me recordó a la de mi amigo Dipanjan ocho meses atrás, cuando lo encontré en un semáforo y le expliqué que trataba de llegar al puerto de Calcuta para enrolarme con el coche en un barco hacia Alaska.

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- Sin duda has acudido al lugar correcto-. Me dijo mi nuevo amigo con una gran sonrisa.

Pasamos las siguientes tres horas yendo juntos de un sitio para otro. Compramos los tubos y las barras en un almacén de materiales metálicos que conocía. Las mediciones, cortes y soldaduras, las realizamos en el taller de soldadura de un amigo suyo de total confianza.

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También aproveché para reponer el cable metálico roto del winche, reforzar el soporte de un guardabarros, y cambiar las escobillas de los limpiaparabrisas y un tornillo pasado de rosca.

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Mientras trabajaban en los distintos lugares, Kuldeep y yo charlábamos entre taza y taza de té.

Kuldeep era un Seek. Los Seek eran una religión de La India, original de la zona de Punjab. Se caracterizaban por llevar un turbante en la cabeza, en el interior del cual recogían su larga cabellera, jamás cortada.

Había cinco objetos que debía llevar siempre un Seek y por los cuales se les podía diferenciar del resto de los Indus. El primero era el turbante enrollado al pelo, que tenían terminante prohibido cortarse. El segundo era un pequeño peine escondido en la cabeza bajo el turbante, para mantener siempre el pelo arreglado. El tercero una pulsera dorada característica de los Seeks. El cuarto era una daga, para utilizar en caso de necesitar defenderse de algo. Y el quinto era una ropa interior tremendamente aparatosa y difícil de quitar, para demostrar que no se la quitarían a la ligera.

Finalmente, a media tarde el invento estaba listo y pintado de negro para no desentonar cuando estuviera puesto. Había soldado dos tubos metálicos de gran resistencia a los extremos de la defensa delantera, justo enfrente de los intermitentes.

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Tenían 30cm de alto, y ahí encajaría dos barras metálicas macizas reforzadas, de 120cm, con dos argollas, donde iba acoplada una tercera barra de hierro horizontal, que haría de sustento de la cama.

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Durante el día, todas las barras, irían en un lado del maletero cuando no estuviera puesta la cama. Solo me faltaba hacer una red a medida, y el invento estaría terminado.

Me despedí de Kuldeep, no sin antes apuntar sus datos para llamarle la próxima vez que volviera a Calcuta, y de todos los mecánicos del taller de soldadura que fueron tremendamente amables conmigo.

Se acercaba la hora de empezar con la reparación del coche, así que partí al taller de Salim.

Nada más llegar, el electricista, que pronto me apodó “Mujorlli”, y otros dos mecánicos empezaron a desmontar el coche para tener acceso a todos los cables y conexiones eléctricas, que según me dijeron, después de tanto tiempo a la intemperie y en zona de costa, estarían sulfatadas.

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Estuvieron trabajando hasta altas horas de la noche, y yo mientras tanto me quedé por ahí rondando, procurando aprender de lo que veía, y haciendo amigos. En los momentos de descanso les enseñaba a todos fotos del viaje, siempre con las dos graciosas cabras que parecía tenían de mascotas en el interior del taller.

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Me llevé muy bien con un joven musulmán de mi edad al que llamaban Alexander, al que tuve la oportunidad de contar la visión que teníamos en general en Europa y los países desarrollados de su religión.

Su inglés era excelente y sabía mucho de su religión para su edad, así que a pesar de nuestras diferencias de opiniones, sobre todo en lo referente al trato de las mujeres, fue un agrado hablar con él.

- El Corán es un libro que te enseña como vivir la vida-. Decía Alexander.- Te enseña desde como comportarte con los demás, hasta cómo comer, como actuar en los negocios, como vestir, el cuidado personal y como enfrentarte a las diferentes situaciones de la vida.

- Entiendo y respeto que pueda haber formas distintas de ver, vivir, y actuar ante la vida. Pero creo que debería ser igual para todos, y creo que a vuestras mujeres no las dais demasiada opción a elegir -. Le dije en un momento dado. - ¿Por qué son ellas y no vosotros las que usan Burka? ¿Por qué sois vosotros los que podéis tener tantas mujeres como queráis y a ellas no les está permitido tal cosa?-. Le cuestioné de la manera más educada posible.

- El Burka no es más que una manera de protegerlas. Uno no desea lo que no puede ver, y una mujer que va sola por la calle, debe estar protegida. Una mujer tapada no excitará a ningún hombre, y por lo tanto nadie tendrá el deseo explícito de hacerla nada -. Respondió.

Yo asentí y le dejé continuar.

- A nosotros no se nos está permitido tener tantas mujeres como queramos, sino tantas como podamos mantener con un buen nivel de vida y en casas diferentes sin hacer ninguna diferencia de trato entre una y otra. Está comprobado que hay más mujeres que hombres, y de no ser así, habría muchas que no tendrían con quién desposarse y tener hijos.

La conversación se extendió mucho, y traté de hablar con él con la mente abierta y sin emitir juicios, ya que esa era la única forma de la que creía posible comprender el porqué de las cosas, y más si eran cosas que chocaban tanto con mis principios y lo que me habían enseñado. En ese tipo de situaciones, había que mantener los conflictos morales a raya. Probablemente él me podría haber preguntado el porque de los millones de chinos que trabajaban sin descanso en fábricas en condiciones infrahumanas para que nuestra sociedad de consumo pudiera seguir a flote. O porque la religión y la espiritualidad hacía ya varias generaciones que había desaparecido de nuestras vidas dando paso a un sistema desprovisto de valores que no fueran materiales y cuantificables.

- Una pregunta Alexander-. Le dije en un momento dado.- ¿Por qué la mayoría de los talleres de por aquí tienen un par de cabras de mascotas?-. ¿A caso os las coméis pasado de cierto tiempo?

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- No, que va. Las criamos, las alimentamos, las cuidamos, y las sacrificamos en nombre de Alá-. Dijo mientras hacía con la mano derecha el gesto de ser degollado.

Yo me quedé de piedra y traté de conservar la calma.

-¿Qué las sacrificáis? ¿Y no os da pena?-. Le pregunté.

- Claro que nos da pena. Pero por eso es un sacrificio-. Me dijo tremendamente serio.-Si lo que te preocupa es que los animales sufran, has de saber que se les hace un corte limpio en las venas del cuello con una daga tremendamente afilada y no sienten nada. En pocos segundos se quedan dormidas y pierden la conciencia.

Yo me había encariñado tremendamente con una de las cabras de Salim, y me costó comprender el porque de este acto.

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Aquel día llegué a casa de Obi pasada la media noche, y cuando revisé el correo, observé que me había llegado un e-mail tremendamente preocupante. Dentro de exactamente 3 días, llegaba Mariana a Chennai, donde debía recogerla para ir juntos a Tiruchirapalli. Mariana era la primita de Yaiza y tenía tan solo diecinueve añitos, y una preocupada madre a la que había prometido que cuidaría de su niña.

No podía ni plantearme la posibilidad de que me esperara un par de días sola en algún modestito hotel de la zona. Chennai estaba a 1.700 km de Calcuta con dirección a Tiruchirapalli, y era inconcebible recorrer esa distancia en menos de dos días, contando con no dejar de conducir más que tres ó 4 horas para dormir ambos días.

Eso quería decir que el coche debería estar listo al día siguiente lo antes posible sí, o sí.

El ritmo de trabajo del día siguiente fue frenético. Cambiamos el aceite, los filtros, tapizamos el volante, e hicimos todo lo que había que hacerle al coche mientras los electricistas llevaban a cabo la tarea de limpiar o cambiar todas las conexiones eléctricas defectuosas del vehículo.

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A última hora de la noche aun había varios problemas eléctricos sin solucionar, y el coche estaba completamente desmontado. Faltaban 48 horas para que llegara Mariana a Chennai.

Obi me dijo que sería imposible que llegara a tiempo y que debía llamarla para informarla que llegaría uno o dos días tarde, pero yo estaba seguro que de alguna milagrosa manera podría llegar, así que me limité a mandarle un correo a Mariana diciendo que cuando llegara no se le ocurriera moverse del aeropuerto bajo ningún concepto hasta que no la llamara a su móvil para decirle que estaba ahí, y que quizás me tuviera que esperar un par de horas (a modo de coletilla le dejé caer que no se preocupara, ya que de ningún modo esas dos horas se convertirían en más de 24).

Al día siguiente a las siete de la mañana continuamos trabajando con el coche. La cosa parecía ir para largo, así que aproveché para irme al mercado más grande de Calcuta, en busca de la red para dormir en mi nuevo invento.

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Tras recorrer varias tiendas y talleres textiles, di con uno que tenía una tela de algodón excepcionalmente gruesa, cómoda y resistente. Decidí tratar de utilizar eso como cama, a modo de hamaca, y encargué un rectángulo de tela de 165cm x 210cm, reforzado en los laterales con dobles costuras de Nylon, y con un dobladillo hecho con la propia tela en ambos extremos por los que poder meter dos barras metálicas. Una se engancharía a las barras metálicas de delante, y la otra a la baca con cinchas tensoras.

Tardaron algo más de un dos horas en realizar el encargo, y otras dos en colocar el dobladillo en los laterales correctos, ya que la primera vez se equivocaron. Fue un error obvio, teniendo en cuenta que me encontraba en un pequeño taller textil en un mercado de los suburbios de Calcuta.

Mientras confeccionaban la tela, aproveché para ir a cortarme el pelo con un peluquero hindú súper gay al cual caí estupendamente y el cual me cobró diez rupias por un corte de pelo. Era la segunda vez en mi vida que pagaba menos de veinte céntimos de euro por un corte de pelo, y sin embargo la primera que rechacé un “masaje”.

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También me dí un gran paseo por aquel inmenso mercado en el que vendían desde gallinas, hasta equipos de música, pasando por especias, maderas, hierros, y un larguísimo etcétera.

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La segunda vez que fui a recoger la tela, aparecí una hora antes para cerciorarme de que la terminaban correctamente. El señor Taylor hizo un trabajo estupendo.

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Regresé al taller de Salim después de comer, y me quedé ayudando en lo que pude, hasta que finalmente a las seis de la tarde, el coche estuvo listo para partir.

Habían arreglado absolutamente todo lo que tenía mal, y aunque pareciera mentira, Andrés estaba en perfectas condiciones.

Se lo agradecí enormemente a Salim y a todos los mecánicos, que habían hecho un esfuerzo encomiable, y no me cobraron ni una sola rupia más de lo que habíamos acordado en un principio por la puesta a punto de Andrés, después de haberse pasado dos días desmontando cada piececita y cada conexión de todo lo que no funcionaba.

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Fui volando a casa de Obi y entre todos cargamos el coche con todo lo que había decidido llevarme, y pedí que me rellenaran mi termo con café, y me llenaran una botella con dos litros de Té.

Cuando por fin estuve listo para partir era jueves 1 de abril a las nueve de la noche. Faltaban algo más de 28 horas para que Marianita aterrizara en Chennai, destino al cual mi GPS Garmin, que en cuestión de distancias era bastante ducho (a pesar que siempre fuera mejor seguir las indicaciones de cualquier lugareño de pies desnudos, que la ruta sugerida por éste como “carretera/camino”), me indicaba un recorrido de 1.720 km. Sería un viaje muy duro, y solo esperara que “mi querido mastodonte medio rojo” no diera la lata en nuestro reencuentro.

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