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25 de abril al 25 de Mayo. India y Nepal. Magic.

Sunday, July 12th, 2009

Rallaba el alba cuando mi despertador interno me susurró que era hora de ponerme en marcha. Había llegado el día de partir.

Era curioso, como después de unas semanas sin reloj ni despertador de ningún tipo, el cuerpo humano se empezaba a adaptar a vivir con el sol. Acostarme poco después del ocaso y despertarme con las primeras brisas de la mañana era sin duda la manera de la que más me gustaba viajar cuando tenía que recorrer largas distancias.

En aquel caso no era nada desmesurado, ya que estaba al sur de La India y debía llegar a un céntrico lago de Nepal, que era su país vecino por el norte. Serían poco más de tres mil kilómetros y recorrerlos no me llevaría más de una semana. O al menos eso era lo que pensaba.

La ruta hasta Nepal por el oeste de La India era maravillosa. A través del gran desierto del Rajasthan, y después por Kachemira y Daramsala, que era el lugar donde vivía exiliado el Dalai-Lama.

El problema era que yo debía subir por el este, ya que tenía que pasar por Calcuta a cambiar las pastillas de freno, y a recoger varias cosas que había dejado en casa de Ovi, y aquella ruta no tenía demasiado encanto.

Había pasado los últimos días decorando la canoa con Magesh y su amigo Vicky, que pasó muchas horas debajo de un sol de justicia para terminar su obra a tiempo.

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Ya había concluido todos los preparativos para la partida, y aquella mañana recogí temprano a Magesh y a Vicky. Tras comprobar que la pintura de la canoa estaba ya seca, lavamos y engrasamos el coche de arriba abajo y lo llené con el gasoil suficiente para cubrir la mitad del trayecto hasta Calcuta.

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Ya con el coche listo, pasamos por el pequeño puerto a recoger a un grupo de personas para que nos echaran una mano, y fuimos todos juntos a cargar la canoa.

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No fue una tarea nada fácil, por un problema de coordinación y entendimiento, pero finalmente conseguimos colocarla sobre el coche exactamente como quería.

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Sería un viaje larguísimo y no quería que los ochenta kilos de peso de Lady Marian aplastaran mi dormitorio, así que por ello pasé algún tiempo estudiando la mejor manera de transportarla.

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La coloqué lo más adelantada posible, para que la mayor parte del peso descansara sobre el soporte delantero, que era una barra metálica tremendamente resistente, pero algo flexible, que amortiguaría los baches.

La mitad trasera descansaría sobre la Maggiolina, pero con varios viejos neumáticos de coche haciendo de junta para que amortiguaran cualquier golpe.

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Partí del pequeño pueblo a media tarde, después de haber asegurado toda la carga y haberme despedido de todo el mundo.

Mientras veía alejarse en el retrovisor aquel pueblecito en el que había pasado las últimas semanas, comenzó a invadirme aquella sensación que tanto me gustaba y que me embriagaba cada vez que partía hacia un destino lejano con fronteras de por medio.

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Lo primero en lo que reparé nada más partir, fue el gran número de personas que se quedaban literalmente pasmadas al ver pasar. Como siempre, les llamaba la atención ver un enorme coche rojo totalmente desconocido para ellos, sin nadie al volante (en India, como antigua colonia inglesa, se conducía por la izquierda).

No tardé en encontrar un puesto de fruta al lado de la carretera donde aproveché para comprar bananas, mangos y algunas manzanas.

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Procuraba llevar siempre conmigo galletas y algo de fruta, de manera que siempre pudiera pasar unos días autoabastecido si encontraba algún rincón que lo mereciera.

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Mi ritmo de viaje era tremendamente lento. Iba prácticamente sin pastillas delanteras, y sabía que en cualquier momento, éstas empezarían a rallar los discos, y eso era algo que quería evitar a toda costa, ya que aquello en La India era algo casi tan complicado como costoso de solucionar fuera de Nueva Delhi.

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Atravesé decenas de pueblos de lo más pintorescos, con decoraciones y construcciones de todo tipo.

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Como siempre, en la carretera, vehículos de todos los tipos, tamaños y colores. En ocasiones adelantaba a enormes montones de paja, que pululaban ocupando más de un carril de unas carreteras de lo más surrealistas.

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Apuré un poco la tarde y conduje unas horas sin luz hasta que encontré una zona tranquila donde pasar la noche.

No notaba demasiado el peso de la canoa sobre el coche, ya que conducía exageradamente despacio por los frenos, pero si que noté la presencia de la canoa cuando llegó la hora de dormir.

Al no poder dormir en la Maggiolina por razones obvias, y no tener tienda de campaña por haberla dejado en Calcuta, me vería obligado a dormir, o dentro del coche, o fuera junto a él. Por ser la primera noche, y no estar tampoco muy cansado, decidí dormir unas horas dentro del coche, y partir antes de amanecer. Por segunda, y última vez en mi vida, dormí en el asiento trasero de Andrés.

Hacía varios días que por alguna extraña razón, el cuello me molestaba un poco al mirar hacia los lados, y el pasar unas horas retorcido, después de varias horas conduciendo, no hizo si no convertir la molestia en un comienzo de tortícolis.

Me desperté poco después de amanecer, y tras una buena ducha puse rumbo a Calcuta.

Conducir a dos por hora, hizo que mi problema con los camiones suicidas desapareciera, pero el no poder mirar hacia los lados, ya que mi dolor de cuello no hacía si no incrementar, hizo que el viaje se me empezara a hacer algo incómodo, aunque nada monótono.

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Mantener la vista al frente, con una canoa que ocultaba la mitad superior de mi campo de visión, se presentaba como el plan perfecto para las siguientes treinta horas de conducción.

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A media mañana, mientras atravesaba una de las múltiples ciudades por las que pasaba la carretera general, me detuve en un semáforo en rojo. Aquello, ocasionó los correspondientes bocinazos tras de mí, pero era algo a lo que estaba ya acostumbrado.

Antes que se volviera a poner el semáforo en verde, varias decenas de jóvenes de entre veinte y veinticinco años aparecieron corriendo y gritando y ocuparon la carretera.

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Cuando el semáforo se puso en verde, la calle estaba plagada de gente joven gritando, y empezaron a llegar algunos policías con palos.

Probé a hacerme el longuis tratar de cruzar con el coche, pero en seguida un montón de chicos se pusieron a gritar, y todos se agolparon frente a mí. Estaba claro que no me iban a dejar cruzar, y estando como estaba la policía delante, no creí oportuno hacer lo primero que se me pasó por la mente.

Me bajé del coche sin reparar demasiado en que estaba en calzoncillos, y no tardó en acercarse a mí, el que parecía el cabecilla de los manifestantes, al cual rodeaba un pequeño grupo de personas con cara de pocos amigos.

La imagen de un tipo el calzoncillos frente a un enorme coche, con una canoa aun más grande, sobre él, no era algo fácil de asimilar para un hindú de a pié, y muchos se miraron entré si extrañados.

El tipo, que tenía la cara algo decolorada y era sin duda el que movía el cotarro, se dirigió a mí con un inglés más que decente.

- Esto es una manifestación de estudiantes y la carretera está cortada-. Me dijo tajantemente.

- Me parece estupendo, pero soy extranjero y poco tengo que ver con vuestras trifulcas estudiantiles. Voy camino del hospital, en Calcuta, por que tengo un enorme dolor en el cuello, así que te agradecería que me dejarais pasar-. Le respondí en un tono algo hosco.

- ¿A caso no has visto la fila de coches y camiones que tienes detrás? Si te dejamos pasar a ti, les tenemos que dejar pasar a todos. Tendrás que esperar, o si quieres, da la vuelta-. Me dijo el tipo señalando tras de mí.

- Como te he dicho, voy camino del hospital por que tengo mal el cuello, así que me resulta imposible mirar hacia atrás sin darle la espalda a tu amigo, el que me mira con cara de perro enfadado-. Le dije mirando a un tipo que desde que llegó parecía que me quisiera morder.- Pero me fío de tu palabra.-. Añadí en tono irónico.

El tipo me escrutó unos segundos y sin responder se dio la vuelta y se juntó a los demás chicos que gritaban, saltaban y ponían piedras en la carretera para que a ningún coche se le ocurriera pasar.

Desde que me bajé del coche había estado estudiando el gran socavón que cumplía la labor de mediana entre la calzada y la pequeña vía de servicio que circulaba paralela a ésta. Tras echarle un último vistazo y tomar un par de puntos de referencia me subí al coche. Arranqué el motor, y engrané las marchas cortas.

En lugar de salir hacia atrás, donde había una interminable fila de coches, crucé la mediana, que era un foso de un par de metros de profundidad, con suficiente pendiente para no permitir el paso de un coche o de un camión, pero fácil de cruzar si se contaba con la altura suficiente y tracción a las 4 ruedas sin diferencial central de por medio.

Cuando llegué al otro lado, que estaba también cortado por la policía unos cientos de metros más adelante, miré al enorme grupo de jóvenes, que prácticamente en su totalidad, me observaba sin saber muy bien como reaccionar. Ninguno se esperaba que fuera a cruzar por ahí.

Miré al cabecilla del grupo, que me observaba atentamente y me despedí de él sonriendo. Me pareció que comprendió que iba a pasar por las buenas o por las malas, y esto no pareció molestarle. También él sonrió.

A los pocos segundos la multitud comprendió que me había escaqueado del tapón, pero ya poco pudieron hacer por evitarlo. A pesar de ello, el cabecilla gritó algo a la multitud, y nadie trató de hacer nada para detenerme.

Al cabo de un par de cientos de metros, me volví a incorporar a la carretera principal, y pude contemplar a lo lejos, tras de mí, la carretera cortada por todos aquellos estudiantes. Me hubiera gustado saber las razones que les habían llevado a manifestarse, y de no haber sido por el dolor de cuello, sin duda les hubiera acompañado en la manifestación.

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Antes de continuar, decidí al menos, acercarme en coche hasta ellos para despedirme y dar un par de bocinazos a los policías.

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Continué mi viaje con el cuello agarrotado y echando de menos más que nunca a mi querida Manoli. Manoli era una amiga de mi madre de toda la vida, a la que iba a ver muy asiduamente en Madrid, y que a demás de preparar las mejores lentejas del universo, con una hora de masaje era capaz de hacer desaparecer cualquier dolor o molestia muscular por severa que fuera.

Pasado el medio día, mientras atravesaba una de las zonas más áridas de todo el recorrido, sin asfaltar, y no desprovista de piedras, un amortiguador delantero empezó a hacer el ruido metálico que solía avisar de la pérdida de una junta.

Aquello no era de extrañar, ya que la junta original yacía perdida en alguna pradera nepalí, y la que llevaba en ese momento, era una “made in India”, preparada para soportar el peso de los coches “made in India”.

Me detuve a un lado del camino, y tras abrir el capó, comprobé que en efecto, la junta había desaparecido.

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La perdida de la junta superior de un amortiguador delantero, suponía el no poder continuar hasta no reponerla. Reponer la junta de un amortiguador delantero, con un pinchazo en las cervicales cada vez que hiciera algún movimiento de cabeza, era una tarea poco sugerente, pero realizable.

Reponer la junta de un amortiguador delantero sin disponer de una junta de repuesto, como era mi caso, era una tarea, al menos a primera vista, imposible.

Me subí al coche y pensé durante varios minutos en cómo fabricar una junta de goma que soportara tres toneladas traqueteando sobre ella durante mil quinientos kilómetros, y lo veía bastante negro.

El hecho de disponer de poco más de cien rupias en metálico (un euro y medio), hasta llegar a Calcuta, no era lo que me preocupaba. La mera idea de bajarme del coche con los 45º que hacían bajo aquel sol de justicia, sin poder siquiera mirar hacia el suelo, en busca de algún pueblo donde encontrar una junta para mi amortiguador, era el peor de los tormentos.

No tardó en acercarse a mi ventana un anciano que llevaba un buen rato mirándome, y al que no había prestado demasiada atención, para hacerme un gesto inquisitivo con los brazos. A pesar de dar por hecho que aquel tipo poco me podría ayudar, decidí abrir el capó y enseñarle el problema. Al menos él parecía tener un cuello sano.

Cuando vio que faltaba la parte superior del amortiguador, me miró fijamente:

- ¡BUUUUUUUUUSHHHH!-. Gritó aquel octogenario con todas sus fuerzas mientras me miraba fijamente con un tono entre acusatorio y premonitorio.

Yo me limité a mirar alrededor, sin saber muy bien a que se refería.

- ¡Buuuuuuuushhhh! ¡Buuuuussshhhh! -. Continuó gritando aquel misterioso anciano que señalaba a mi amortiguador.

Tardé algunos minutos en comprender que Bush, era el nombre del recambio que necesitaba. Después de gritarlo algunas veces más, el tipo me ordenó cerrar el coche y acompañarle hasta un pequeño taller de neumáticos que había cerca de aquel lugar.

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El mecánico del taller, me fabricó un nuevo “Bush” utilizando el mismo material con el que reparaban los neumáticos de los camiones, y tras ayudarme a sustituirlo se negó a cobrarme una sola rupia.

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El resultado fue estupendo y aquel nuevo Bush, parecía que aguantaría tanto como el original. Tras entregarle un par de plátanos y una camiseta a modo de agradecimiento, continué el largo camino que me separaba de Calcuta.

Conduje varias horas bajo los milagrosos efectos de un ibuprofeno y un relajante muscular, y a media tarde me detuve para cenar. Solía detenerme en los numerosos “Amam” que había a los lados de la carretera, en los que se comía estupendamente y donde había camastros de madera sobre los que uno podía descansar a la sombra tanto tiempo como necesitase.

El ambiente en estos lugares era familiar y sereno, y siempre era un agrado detenerme a pegarme una buena comilona típica hindú, o a descansar un poco tras varias horas conduciendo, y compartir un té con algún lugareño interesante.

Cuando tenía alguna duda sobre la ruta a seguir, donde parar para pasar la noche, o si había algún lugar bonito cercano, no tenía más que detenerme en algún “Amam” con varios camiones aparcados en la puerta.

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Poco después de cenar, y aun con luz de día, me metí por varios senderos, hasta encontrar un camino que subía a lo alto de una montaña donde pude ver un precioso atardecer. Aunque me pareciera mentira, había dado con un lugar completamente deshabitado y sin gente alrededor.

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Me desperté siendo aun de noche con el cuello dolorido, y decidí ponerme en marcha poco antes de amanecer. Conduje todo el día sin parar demasiado y tomando varios calmantes para el dolor de cuello. Cada dos horas lo masajeaba con crema antiinflamatoria, y al menos así, conseguí que cuando no movía la cabeza, no me doliera demasiado. Aquel día decidí emplearlo exclusivamente en conducir.

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Llegué a Calcuta a la hora de comer del día siguiente después de haber perdido la cuenta de las horas que había pasado conduciendo sin parar.

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Aparecí sin avisar en la oficina de Obi. Él y su familia, sabían que llegaría en los próximos días, pero no exactamente cuando, y se llevaron una gran sorpresa. Aquel día precisamente era el cumpleaños de Baba, el padre de Obi.

Les informé de lo sucedido en los últimos días, y de mi fuertísimo dolor de cuello, y no tardaron en bajar a la calle para ver la canoa y mandarme directo a casa para pegarme una ducha caliente y reposar el cuello.

Cuando me despedí de Obi y de su padre hasta la tarde, lo último que me imaginé, fue que pasaría el resto del día en la puerta de su oficina, reparando el motor de arranque de Andrés.

Por alguna extraña razón, cuando arranqué para dirigirme a casa de Obi, todos los sistemas eléctricos del coche se volvieron locos. Tanto las luces, como el GPS, la radio y todos los testigos del cuadro de instrumentos empezaron a encenderse y apagarse, a la par que el motor de arranque emitía un ruido casi tan desagradable como preocupante.

A los pocos minutos de abrir el capó, sin saber muy bien por donde empezar a desmontar, me percaté de la presencia del anciano tendero que tenía un diminuto puesto de tabaco de mascar justo en frente de la oficina de Obi.

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El tipo, al que le faltaban la mitad de los dientes de arriba, y la otra mitad de los dientes de abajo, me dijo señalando al coche:

- ¡Self Start rpoblem!

Una cosa llevó a la otra, y media hora después un pequeño grupo de hindús curiosos, nos rodeaba y observaba atentamente mientras Abdul Gaffar y yo, metíamos mano al motor de arranque.

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Abdul Gaffar, “Chacha” para los amigos, era un anciano musulmán con muy mal genio, que había pasado su juventud trabajando como mecánico, hasta que se hizo algo mayor y dejó el oficio para dedicarse a la venta de tabaco y caramelos y tirar agua a los niños hindús que se le acercaban demasiado.

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Tardamos un par de horas en dar con el problema, pero necesitábamos un recambio que no tendríamos hasta la mañana siguiente. Los conectores de cobre del motor de arranque se habían desgastado por completo debido al uso en los últimos trescientos mil kilómetros. También una de las baterías “Optima”, con un año de vida, por alguna extraña razón se había comunicado y había muerto por completo.

Acordamos vernos a primera hora de la mañana del día siguiente y me fui a casa de Obi a celebrar el cumpleaños de Baba con toda la familia.

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Me llamó la atención la tradición hindú en la que el que cumplía años le embutía un pedazo de tarta a cada invitado con la mano, y después de esto el recibía uno mucho más grande.

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A primera hora de la mañana siguiente, en lugar de acudir al hospital a que me miraran el cuello, acudí a mi cita con Chacha, y nos pasamos toda la jornada trabajando en Andrés.

Después de cambiarle las partes dañadas del motor de arranque, acudí a las oficinas de Exide, una prestigiosa marca de baterías hindús, donde después de presentarme como un periodista español dando la vuelta al mundo, me recibió el vicepresidente en persona.

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Me trataron de maravilla, y a parte de ponerme una batería nueva estupenda a precio de costo, me chequearon todos los sistemas eléctricos y me cambiaron un par de conectores dañados.

Después de aquello volví con Chacha y cambiamos las pastillas de freno. Le llenamos de grasa las homocinéticas, y dejamos a Andrés listo para partir.

Lo único que faltaba era solventar el pequeño problema que ténía en el cuello. Para ello me dirigí a un hospital de Calcuta con bastante buen fama en traumatología y neurología.

Después de hacerme una resonancia magnética, me dijeron que tenía los músculos cervicales en estado de shock y que debería quedarme unos días ingresado recibiendo tratamiento. Aquello me pilló un poco de improviso, pero sabía que si lo que quería era partir a Nepal, antes debía arreglar mi cuello.

Así pues, y muy a mi pesar, aquel hospital se convirtió en mi lugar de residencia de la siguiente semana.

Poco cabe resaltar de mi estancia en aquel lugar de ambiente nada familiar, pero limpio y con buena comida, salvo que salí de ahí sin tener el cuello curado.

Me había dejado de doler estando quieto, pero si miraba hacia alguno de los lados a partir de las 11 de la mañana, me dolía.

Pasé un par de días más en Calcuta antes de partir a Nepal, ya que aun tenía algunos recados pendientes, y sabía que pasaría bastante tiempo antes que volviera a la única ciudad de La India en la que me sentía cómodo.

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Aproveché para hacer algunas compras, como una bomba de gasoil de segunda mano para el depósito auxiliar, que hacía tiempo que había dejado de funcionar.

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También visité un lugar al que había prometido ir antes de abandonar Calcuta.

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Finalmente, aquel día de finales de Mayo, después de cenar, me despedí afectuosamente de la familia de Obi, y partí rumbo a Nepal.

No llevaba ni dos horas de viaje, cuando me percaté que la aguja de la presión del aceite estaba al mínimo y me vi obligado a detenerme de inmediato en un pequeño camino de tierra que había a un lado de la carretera. Era noche cerrada y era plenamente consciente que poco podía hacer en aquellas circunstancias y a aquella hora. Tampoco tenía la menor idea de porque la presión del aceite podía estar al mínimo, después de haber comprobado que el nivel era correcto.

Así pues, recliné el asiento del conductor y antes de que me diera cuenta me había quedado dormido.

A la mañana siguiente, no me costó encontrar a un par de mecánicos en un taller de camiones cercano que me desmontaron toda la parte superior del motor y me dijeron que la presión del aceite era correcta. El problema estaba en la aguja, que se había roto.

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A media mañana pude retomar mi camino, y no tardé en detenerme en un pequeño pueblecito, donde aproveché para afilar el hacha y el machete.

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No los afilaba desde que salí de España, y me había acostumbrado a trabajar con ellos sin que cortaran ya demasiado.

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Mientras pelaba el primer mango del día, comprobé que aquel tipo había hecho un buen trabajo.

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Faltaban unas semanas para que comenzara el monzón, y debido a esto casi todos los días llovía durante al menos un par de horas a medio día. El agua limpiaba las carreteras de porquería, y a veces me daba la impresión de no estar circulando por La India.

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Me detuve para cenar un poco antes de llegar a Varanasi, en un pequeño lugar, donde un encantador tipo me preparó un delicioso plato de pollo sobre un pequeño fuego.

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Después de aquello descansé unas horas, y antes de que amaneciera me puse de nuevo en marcha.

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Aquella jornada, la pasé lidiando con el caótico tráfico hindú y deteniéndome en algún que otro pueblo pintoresco.

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Finalmente, a media tardé, llegué a la frontera Nepalí, y para cuando logré cruzarla, tan solo quedaban un par de horas de luz antes de que anocheciera.

Pokhara, el pueblo junto al Lago donde vivía Mana, se encontraba a unas cinco horas de la frontera, así que como el cuello ya me estaba empezando a doler bastante, decidí detenerme a dormir en un lugar que encontré en un monte tremendamente tranquilo.

El terreno era rocoso, así que dormir en el suelo sobre un montón de piedras puntiagudas no era una opción. A demás aquel ambiente húmedo me había asegurado la compañía de alguna araña, y aquella idea no me agradaba en absoluto.

El único sitio en el que podría dormir manteniendo el cuello plano, era sobre la bandeja del maletero. Era bastante confortable porque estaba tapizada y lo suficientemente larga para permitirme estirar las piernas casi por completo. Además, al sobresalir del coche por detrás y estar descubierta, era un lugar fresco. Más de una vez me había recostado sobre ella para leer un rato, y pensé que sería el momento perfecto para probarla como camastro.

Así pues, cerré el coche, dejando tan solo abierta la bandeja del maletero, y me acosté en calzoncillos sobre mi saco de dormir, que al ser mullido, hacía la labor de colchón.

A las dos o tres de la madrugada, me desperté algo desorientado, con un tremendo aguacero cayéndome sobre el cuerpo desnudo.

Evidentemente tendría que meterme en el coche si quería continuar durmiendo, así que sin ni siquiera vestirme, cerré el maletero y llegué descalzo a duras penas, en aquel terreno de piedras puntiagudas, hasta la puerta del conductor.

Cuando intenté abrir la puerta y comprobé que estaba cerrada, recordé que las llaves del coche estaban en mi pantalón, que lo había dejado dentro del maletero.

No me había encontrado en una situación más jodida en toda mi vida.

En mitad de la noche bajo la lluvia, en un bosque perdido en el interior de Nepal, sin más atuendo que unos calzoncillos empapados, y sin ni siquiera unas chanclas para poder correr por aquel terreno pedregoso a resguardarme bajo un árbol.

El único sitio en el que me pude guarecer de la lluvia, que no del viento, fue encima del capó de Andrés, justo debajo de la canoa. Y en esa postura pasé la siguiente media hora, hasta que dejó de llover.

Tras examinar el coche con la poca luz que había, observé que la ventanilla del copiloto estaba abierta un par de centímetros. Sólo entonces pude recostarme sobre el capó, aun mojado, y quedarme dormido.

Al cabo de un par de horas, me desperté muerto de frío, y con el cuello completamente petrificado. Aunque pareciera mentira, los primeros rayos de luz, hicieron que viera la situación con otros ojos. Seguía en calzoncillos y descalzo, pero estaba descansado.

La solución más sencilla sin causar daños estéticos al coche estaba clarísima. Tenía que meter algo por la pequeña abertura de la ventanilla con lo que poder abrir el pestillo, que era una pequeña pieza de plástico redondeada, que se encontraba junto a la manivela interior de la puerta.

Antes de salir de España, había previsto aquella situación, y por ello llevaba un alambre gordo enrollado al soporte de la rueda de repuesto. Sabía que en un momento dado y con mucha paciencia, me podría sacar de un gran apuro.

Me llevó algo más de 20 minutos moldear un objeto con la forma adecuada para introducirse por la ventanilla, y llegar justo hasta el pestillo.. Me llevó algo menos conseguir atinar con aquel garfio, y que el pestillo del coche emitiera el “Click” que tanto ansiaba.

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Las cuatro horas que tardé en llegar a Pokhara, estuve elucubrando como reaccionaría Mana ante mi llegada con la canoa. No sabía nada de él desde hacía varios meses, y no le había dicho absolutamente nada de que iría a verle, y mucho menos que le llevaría una canoa. La sorpresa que se llevaría sería mayúscula.

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Todo estaba tal y como lo recordaba. La avenida principal con las tiendecitas a los lados, los grandes árboles en mitad de la calzada, haciendo de rotondas, la bajada al lago y… ¡el bar de Maiso!

Aparqué en la puerta, y nada más entrar me encontré al pequeño y sonriente Maiso, despierto y sonriente como de costumbre.

Me reconoció al instante y nos dimos un gran abrazo. ¡Qué ilusión me hacía verle de nuevo!

Al cabo de unos segundos, la cara se le ensombreció y mirándome a los ojos apoyó una mano sobre mi hombro:

- Sarto, si vienes para ver a Mana, no tengo buenas noticias para ti. Siento decirte que hace un par de meses, un tipo inglés le alquiló la casa durante los próximos dos años, y se ha ido a Alemania a ver a su hijo durante una temporada.– Me dijo sintiendo gran solemnidad.

Tardó unos pocos segundos en exhalar una enorme carcajada, y decirme que Mana estaba al otro lado del lago y que ahora mismo le llamaría para darle una gran sorpresa.

Tardamos unos minutos en ponernos al día, y cuando salió fuera y vio el coche con la canoa encima, se empezó a partir de risa y me dijo con toda la solemnidad del mundo:

- Sabía que volverías. ¡Pero no tan pronto!

Tal y como acordamos, Maiso llamó a Mana y le indicó que debía ir a su bar cuanto antes, ya que tenía una sorpresa para él.

Mana acudió presto a la llamada y en algo menos de media hora apareció por la orilla del lago.

Cuando estaba a una distancia prudencial, salí a la avenida y le saludé desde lejos.

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Cuando estaba a pocos metros de mí, le señale hacia donde estaba el coche, y nada más girar la cabeza se quedó parado.

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Pasamos unos días juntos, en los que le estuve contando todo lo que me había pasado el último año desde que me fui de Nepal, que no era poco.

Aquellos días tenía su casa alquilada, así que con mi Maggiolina ya en pleno funcionamiento, acampé en frente del lago que era un lugar tranquilo y maravilloso

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Me encantó poder compartir con Mana, un europeo con mentalidad occidental, mis vivencias de los últimos meses y todas mis dudas acerca de las diferencias culturales no juzgadas entre unos y otros.

Aquellos días en Pokhara a demás de pulir un poco algunos conocimientos, me di dos horas de masaje en las cervicales y en la espalda todos los días, y aquello hizo que mi cuello mejorara considerablemente. También por alguna extraña razón, decidí afeitarme la barba por completo por primera vez, desde hacía varios años, y me sentía de lo más extraño.

Me encantaba pasar los atardeceres y los amaneceres leyendo frente al lago. Por alguna extraña razón, entregarle la canoa a mana me había provocado una enorme paz interior. No se si aquello tendría relación con que la dejaría de ver cada vez que mirara al cielo conduciendo, pero me sentí tremendamente realizado.

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La última noche antes de partir, subimos a dormir a la pequeña aldea de lo alto de la montaña de enfrente de Pokhara. Al aire libre, por las buenas, con una pequeña esterilla, una almohada y una manta, disfruté de mi último y más bello amanecer frente a las montañas. Me despedía de la tranquilidad por mucho más tiempo del que yo me imaginaba.

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Desde el día después de hundirle la canoa a Mana, cuando decidí sacarla, no habían pasado nunca más de un par de días sin que la recordara por algo, y jamás dudé que alguna vez volvería para sacarla.

Y aunque en este viaje no lo hubiera conseguido, si que había conseguido sembrar una pequeña semilla de felicidad en el interior de una buena persona.

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El tema del rescate de la canoa hundida aun quedaba pendiente, y sabía que aunque tuviera que esperar a que el lago se secara, aquella canoa volvería a ver la luz del sol.

25 de Mayo al 12 de Julio. Una odisea de lo más surrealista.

Sunday, July 12th, 2009

Partí de Pokhara a media mañana con dirección a Nueva Delhi. En lugar de entrar en La India y recorrer la carretera general que llegaba desde Lucknown a la capital, decidí recorrer todo Nepal hasta la frontera oeste, y después recorrer los escasos trescientos kilómetros que me separarían de mi destino.

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Evitar La India en la medida de lo posible, haría el viaje algo más largo y con peores carreteras, pero sin duda sería mucho más ameno y tranquilo.

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Atravesar Nepal en lugar de ir por La India, fue un tremendo acierto.

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Encontré en mi camino gente de lo más amable y auténtica

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Aquella noche dormí en una amplia pradera junto a un riachuelo, y a la mañana siguiente continué mi camino.

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A la mañana siguiente, me encontré con un autobús en apuros al que le eché “un cable” para salir del barro.

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A poco más de cien kilómetros de la frontera, me encontré con el parque natural Bardia, donde se encontraba uno de los elefantes más grandes de Asia, y varios tigres de Bengala, así que aquel día decidí pasar ahí la noche en un pequeño Lodge que alquilé en la “Jungle Base”.

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A la mañana siguiente me desperté a las cinco de la madrugada para hacer hasta la hora de comer un recorrido increíble por el parque natural con mi coche, al que me acompañó haciéndome de guía el dueño del “Jungle Base”, que era un gran amante de los 4×4.

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Conocía el parque natural al dedillo y me llevó a través de ríos y caminos de todo tipo

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No tuvimos demasiada suerte con los animales, ya que había estado lloviendo toda la noche, y los animales no tuvieron la necesidad de ir al río a bañarse para refrescarse.

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Sin embargo los caminos de barro estaban perfectos para pasear, y el parque natural no dejaba de tener su encanto.

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Finalmente, a media tarde abandoné aquel paraíso natural, y en un par de horas llegué la frontera hindú.

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Al día siguiente a media tarde llegaría a Nueva Delhi, donde debía pedir los visados para todos los países que debería cruzar en mi vuelta a España: Pakistán, Irán, Irak, Siria, Jordania, Israel, Egipto, Libia, Túnez y Argelia.

Conseguir diez visas en la ciudad más caótica del país de la locura, era una tarea que no le recomendaba a nadie que apreciara, y menos en el mes de junio, pero sabía que no me quedaba otra solución. New Delhi era uno de los pocos lugares del mundo a los que realmente tenía manía.

Además, iba a hacer un año de la muerte del Gordo, y precisamente al llegar a aquella ciudad había recibido la noticia. Cuánto había cambiado todo en aquel último año…

Hacía exactamente un año que había pisado por primera vez La India, y tan solo un par de meses más que había partido al Gran Viaje.

Siempre pensaba que desde que partí por primera vez, dejé mi alma en algún sitio y no había vuelto a encontrarla. Había aprendido más de mí mismo en aquel último año que en los veinte anteriores juntos. Y sin embargo del mundo y de la vida, me daba la impresión que cuantos más lugares, culturas y situaciones diferentes vivía y conocía, más me quedaba por conocer y por aprender de todo cuanto me rodeaba.

Le había estado dando vueltas aquellos días a como conseguir las visas lo antes posible, pero no había nada que estuviera en mi mano para poner de acuerdo a diez embajadas, y que me emitieran cada una la visa en un día, cuando generalmente tardaban una semana.

Una vez más tuve que recurrir a mi queridísimo primo político Ricardo para que me echara un cable. Para ello le mande un mensaje en el que le explicaba mi problema, y le indicaba el día que llegaría a Nueva Delhi. Necesitaba que le contara mi problema a la embajada española en La India para que ellos me ayudaran con las visas.

Mi única esperanza residía en que hubiera recibido el mensaje y hubiera podido hacer algo.

Tras pasar la noche acampando en un campo bastante tranquilo que encontré poco antes de hacerse de noche, conduje toda la mañana siguiente, y a la hora de comer llegué a Nueva Delhi.

La entrada a la ciudad, como siempre congestionada a más no poder, fue una bienvenida de lo más calurosa. Me limité a relajarme, poner el aire acondicionado y subir considerablemente el volumen de la música.

Lo primero que hice al llegar, fue buscar un lugar donde dormir los siguientes días, y a poder ser cerca de la zona donde estaban las embajadas.

Pasar por el centro de la ciudad y ver a un personaje con una bicicleta amarilla a modo de cabina telefónica móvil, me recordó que si había algo que tenía Nueva Delhi, era mucha personalidad.

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Por un momento pensé que debería intentar actuar como uno más y dormir en cualquier sitio.

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Pero luego recordé a mi “pequeño” compañero de viaje, y decidí buscar un sitio tranquilo donde aparcarlo mientras hacía recados por el día con un utilitario Rickshaw.

Mientras conducía por la zona residencial de las embajadas, vi un enorme y precioso parque frente al cual había una enorme furgoneta caravana mercedes de los años ochenta ¡con matrícula de Dinamarca!

Me detuve en aquel lugar, llamado Nehru Park, e inmediatamente supe que había encontrado el lugar perfecto donde pasar los próximos días.

Podría montar el campamento ahí, ya que tenía al lado las embajadas, y era un lugar amplio, y aunque pareciera mentira, tranquilo, en mitad de la gran ciudad.

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No tardé en acercarme a la enorme caravana que había en aquel lugar, y fue cuando conocí a Steffan y a Mandy. Una simpatiquísima pareja treintañera alemana, que había empleado el último año en llegar a La India desde Europa.

Estaban haciendo tiempo en Delhi, ya que dos semanas después saldría su vuelo a Australia, donde tenían pensado pasar los siguientes meses, mientras dejaban su furgoneta aparcada en algún lugar de la ciudad.

No tardamos en hacer piña, y llevarnos fenomenal, y ya la primera noche nos quedamos hablando hasta las tantas de la madrugada.

Les conté un poco mi vida, y estuvimos cambiando diversas y muy interesantes opiniones a cerca de los países que habíamos atravesado.

A la mañana siguiente lo primero que hice fue dirigirme a la embajada española, para contarles mi película y ver lo que me encontraba.

No tardé demasiado en encontrarla, y en cuanto llegué una chica encantadora llamada Soledad, me atendió y me indicó que ya conocía mi problema, y que en unas horas estarían listas mis cartas de recomendación para las diez embajadas que precisaba.

El día no podía haber empezado mejor. Con carta de recomendación, ninguna embajada tardaría más de uno o dos días en entregarme el visado.

-“Millones de gracias Ricardo.” Pensé. Y decidí que la próxima vez le volvería a dejar ganarme al mus.

A la primera embajada a la que acudí para pedir el visado fue a la de Pakistán.

En la cola de los visados, me encontré a dos chicas con aspecto europeo de veintitantos años. Iban vestidas con manga larga, y un pañuelo les tapaba la cabeza.

No tardamos en ponernos a hablar, y me enteré que eran dos amigas australianas, que junto a una tercera amiga, habían volado a La India, para hacer un viaje de varios meses, y que para llegar hasta Europa estaban mirando la posibilidad de viajar por tierra. Decían que los aviones contaminaban muchísimo, y no querían colaborar con la destrucción de nuestro planeta.

Les dije que estaba durmiendo en Nehru Park con una pareja alemana encantadora que iba en una caravana, y no tardé en enterarme que ellas también les conocían por haber coincidido en Nepal hacía unas semanas.

Tras más de una hora de charla, y compartir un batido de Mango, nos despedimos y les dije que si algún día les apetecía se pasaran por el parque.

Aquella misma tarde me entregaron la visa para Pakistán, y volví al Parque-campamento a última hora. Tenía mi primera visa, y las cartas de mi embajada para todas las demás.

Pasé el resto del día con mis agradables vecinos alemanes, y a la mañana siguiente repetí la misma operación con la embajada de Irán. Me informaron que la visa tardaría cinco días en estar lista, y que no había posibilidad de hacerla antes.

Pasé por otro par de embajadas, y decidí dejar mi segundo pasaporte en la embajada de Siria, donde me indicaron que al día siguiente podía pasar a recoger mi visado. Jugar con los dos pasaportes me haría ganar algunos días.

Estaba atardeciendo, y mientras les contaba a Steffan y a Mandy mi día, aparecieron las dos chicas que me había encontrado en la embajada, junto a otras dos nuevas amigas.

Después de saludar a las dos que ya conocía, me encontré justo de frente con una mirada que me dejó completamente descolocado

- Hello, I´m Kas-. Dijo la voz de un ángel.

Yo me quedé completamente inmóvil e inerte mirándola a los ojos, y a los pocos segundos no tuve más remedio que desviar la mirada hacia su sonrisa.

Una extraña sensación me empezó a subir por el estómago hacia la garganta. Era una sensación similar a la que sentía cuando salía de una curva abierta en moto y me encontraba con asfalto suficiente para estirar hasta el final las siguientes dos o tres marchas.

Una sensación que hacía mucho tiempo que no sentía, y ante la que jamás había sabido como reaccionar.

Si había algo para lo que fuera realmente malo, era para las mujeres.

El problema no era que no supiera ligar. El problema era que si una chica me atraía, y la tenía cerca, me volvía el ser más subnormal del planeta.

Y todo siempre empezaba con la misma sensación de nerviosismo que tenía en aquel momento frente de aquellos ojos azules.

Generalmente era capaz de decir una o dos frases lúcidas antes de empezar con las estupideces, así que lo mejor sería alejarme cuanto antes y así no cagarla. O al menos no tan rápido.

En lugar de aquello, una tremenda serenidad se apoderó de mí.

- Hello. My name is Sarto-. Le dije sin dejar se mirarla a los ojos mientras la besaba suavemente en la mano.

- Hello Sarto. Tú debes ser el chico español que estuvo esta mañana con mis amigas en la embajada de Pakistán-. Me dijo ella sin dejar de sonreír.

- Sí. Aún no me puedo creer que tú y tus amigas penséis cruzar Pakistán por tierra. ¡Es genial!-. Le dije trabándome en un par de palabras.

- Bueno, en realidad yo no, solo ellas, y no lo tienen tan claro. Yo soy australiana y me resulta imposible que me den la visa de Irán, así que quizás me reúna con ellas en Estambul y crucemos juntas Europa.

No tenía ni idea de que responderla porque me encantaba, y me estaba poniendo nerviosísimo.

a) ¡Estambul! Que bonito es Estambul.
b) Ga-ga-ga-ga.
c) ¿Quieres casarte conmigo?
d) Comodín del perdón.

Elegí el comodín.

- Sorry, can you repeat please?

Aquello me daría unos segundos más para pensar.

- Es momento de hacer algo Jaimito, si no quieres que piense que eres un idiota-. Me dijo en mi interior una voz que me hablaba, las pocas veces que conocía a una chica que a primera vista me encantaba y mi coeficiente intelectual descendía a 4.

Sabía que aquella voz no era la de un Don Juan experimentado, que me ayudaría a conquistar a aquel bombón. Era más bien la de una mente que me conocía y trataba de prevenir el desastre.

Salí de aquella situación como pude, y enseguida me puse a hablar con sus amigas, y mi mente se empezó a despejar y a volver algo más lúcida.

Las chicas, que habían venido con sus mochilas, pensaban pasar unos días en el parque. Y aquello era una gran noticia.

Pusimos varias esterillas y telas encima del césped del parque, y pasamos las siguientes horas de charleta Steffan, Mandy, las cuatro chicas y yo.

Steffan, no tardó en darse cuenta de que Kas me hacía gracia, y yo se lo confirmé con un par de gestos de SOS cuando nadie miraba.

Poco a poco unos se fueron retirando y otras quedando dormidas, y al final nos quedamos hablando Kas y yo solos, bajo la luz de la luna en aquella calurosa noche de verano.

Habíamos hecho muy buenas migas y nos pasamos largo rato hablando de la inmortalidad del cangrejo.

Ya de madrugada, se empezó a levantar algo de viento, y unos negros nubarrones empezaron a cubrirnos, amenazantes de descargar en cualquier momento una enorme tromba de agua sobre nosotros.

Las chicas no tenían tienda de campaña, así que lo primero que hice cuando me percaté de la situación, fue sacar la segunda tienda de campaña del coche y empezar a hinchar el colchón inflable.

Si se ponía a llover, sería mejor que las chicas tuvieran un lugar donde meterse, y de esa manera podrían pasar ahí dentro toda la noche. A pesar de no ser una tienda de campaña en sí, ya que no tenía suelo, era un campamento base con paredes y techo, que las protegería del viento y la lluvia. Si se quedaban sobre el colchón no se mojarían.

Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer a la vez que yo empezaba a montar la tienda, y las chicas pudieron meterse justo cuando comenzó la tormenta.

Estaba terminando de clavar los vientos (cuerdas que van de la parte superior de la tienda de campaña a unos ganchos metálicos que previamente hay que clavar en el suelo) con una zapatilla, en calzoncillos y camiseta, y completamente empapado de arriba abajo, cuando un gran vendaval sobrevino.

No tuve más remedio que sentarme en el césped mojado, bajo la lluvia, sujetando la cuerda negra de nylon, que hacía que la tienda no saliera volando y dejara a las chicas sobre aquel colchón, bajo la lluvia.

De no haber sido por el frío y el viento que hacía, que me estaba helando hasta los huesos, no me habría molestado lo más mínimo que cayera aquel enorme diluvio sobre mi cuerpo desnudo. Si no todo lo contrario.

Hubiera rememorado una noche no tan lejana en Asturias junto a mi querido Germilín, saltando bajo la lluvia y gritando “¡Purifícame! ¡Purifícame!”. Aun recordaba la cara de Lui cuando nos vio entrar en casa. –“Sois muy, muy especialitos eh”.

Pasado algo más de un cuarto de hora, el viento amainó, que no la lluvia, y me pude asomar a la tienda de campaña. La situación me resultó de lo más irónica, y a pesar de estar tiritando de frío, me entró la risa.

Les dije que iba a acercar el coche, y que en cuanto dejara de llover un poco deberían correr a meterse en la Maggiolina.

Así lo hicimos, y después que se metieran en la Maggiolina las cuatro, donde ya estarían a salvo de la lluvia, guardé la tienda de campaña en su funda. Seguía lloviendo, pero ya no hacía viento y al menos no tenía tanto frío como antes.

Me sequé por completo y me puse ropa limpia. Después de asomarme arriba a dar las buenas noches a las chicas, me recosté en el asiento del conductor del coche. Me quedé dormido escuchando el sonido de la lluvia y los latidos de un corazón que latía algo más rápido que de costumbre.

Con los primeros rayos de luz, empezó a llegar el calor, y poco después de las seis de la mañana, salí del coche, dispuesto a ir a comprar algo para desayunar.

Cual sería mi sorpresa cuando vi quién salió de la Maggiolina poco después que yo saliera del coche… ¡tu turú!

- Good morning, Spanish Macho-. Me dijo sin levantar el tono para no despertar a sus amigas.

Lo primero que pensé fue en el comodín del perdón.

- Good morning beautifull lady-. Le dije tan bajo que incluso a mí me costó escucharlo. – ¿Te gustaría que fuéramos juntos a comprar algo de fruta para desayunar?

Las siguientes dos semanas se pasaron a la velocidad del rayo, como era lógico y normal en una historia de amor de verano entre veinteañeros.

Los primeros días los pasé en la cama con bronquitis y fiebre debido a la noche bajo la tormenta, pero los días siguientes, hasta que recopilé todas mis visas fueron cada uno más mágico y especial que el anterior.

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Hicimos planes por la ciudad con Stefan y Mandy y tuve la oportunidad de conocer la cara agradable de Nueva Delhi.

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Los últimos días, antes de que las chicas partieran al sur de La India, Mandy y Steffan a Australia, y yo a Pakistán, aprovechamos para hacerle una buena revisión, con cambio de aceite y filtros a nuestros coches.

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No tardé en descubrir que Steffan tenía muchísimos conocimientos de mecánica, y pasamos un par de días bastante atareados.

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Mientras estábamos en plena faena, apareció un nuevo compañero. Un holandés cincuentón algo rarito, que viajaba por Asia con su Land Rover Defender. Coincidimos un par de días en Delhi, mientras recogía algunos visados.

Viajaba en un precioso vehículo que era la versión europea de Andrés.

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Aquella noche nos despertó el tipo holandés gritando “¡Ladrón!, ¡Ladrón!” Y todos nos bajamos corriendo de las tiendas para ver lo que pasaba.

Parecía ser que alguien se había metido en la tienda del holandés, y le había robado el dinero y la tarjeta de crédito mientras dormía. Un ruido le había despertado, y pudo ver a un chico saliendo de su tienda y echando a correr.

Steffan, el holandés y yo, echamos a correr en direcciones distintas en busca de aquel granuja.

Yo corrí algo menos de un kilómetro en una dirección, y cuando vi que no había nada ni nadie a mí alrededor, volví caminando.

Al llegar donde estaban los coches, me encontré a Mandy y a Kas con un palo, y me dijeron que el holandés estaba en la calle que había al otro lado de la valla del parque, tratando de llamar a un coche de policía, y que Steffan estaba por ahí perdido.

Yo acudí a la calle donde estaba el holandés, y me lo encontré en camiseta y calzoncillos, gritando a dos Indus, uno de ellos con turbante, que había en la calle junto a un coche y un taxi.

Al cabo de unos segundos comprendí que el tipo del turbante era el conductor del taxi y que iba un poco borracho.

Asimismo entendí que la razón de que el holandés les gritara, era que les había dicho que llamaran a la policía, y ninguno d los dos tipos quería llamar, porque ambos habían bebido más de la cuenta.

El tipo del turbante tenía el móvil en la mano y decía un montón de cosas extrañas mientras movía el móvil a un lado y a otro. El otro tipo, hindú, se limitaba a observar como un pasmarote.

En un momento dado pasó un Rickshaw junto a nosotros que a pesar de no parar, pasó bastante despacio. Unos segundos después escuchamos los gritos de Steffan, y poco después pasó corriendo frente a nosotros en la misma dirección que el Rickshaw gritando “¡Es él! ¡Es él!”

Aquello fue el detonante para que el holandés perdiera por completo los papeles y se abalanzara sobre el tipo del turbante, tratando de pegarle con manos y pies como un niño enrabietado al que le han quitado el sonajero, mientras le gritaba

- Call the Police! Call The Police!

Pensé en separarles, pero entonces el tipo del turbante echo a correr torpemente, pero en tal estado de embriaguez que se iba tambaleando mientras el holandés le pegaba con las manos abiertas en los brazos.

Era una escena de lo más atípica cuyo desenlace no me hubiera importado nada contemplar, pero no quería que el ladrón se fuera de rositas. Ni corto ni perezoso me subí al taxi del tipo del turbante, arranqué el motor, y partí tan rápido como pude detrás de aquel Rickshaw que ya tendría casi un minuto de ventaja.

Mientras me dirigía con aquel taxi a toda pastilla hacia donde la intuición me llevaba, me percaté que aquella era la primera vez en mi vida que conducía un coche con el volante a la derecha. Y justo entonces, me empezó a entrar la risa tonta.

Iba en el taxi mondado de la risa cuando me encontré a tres policías caminando por la acera haciendo la ronda.

No se me ocurrió otra cosa que clavar frenos y sacar la cabeza por la ventana gritando –“¡Thieeeeeeef!, ¡Thieeeeef!”.

Los policías se sobresaltaron y se acercaron corriendo al taxi.

Encontrarse a un joven con pinta de extranjero, en calzoncillos conduciendo hizo que se miraran entre sí del todo desconcertados.

Me limité a gritarles que subieran, y me hicieron caso a pies juntillas.

Al llegar al parque encontré a Kas, tratando de sujetar a Mandy, que amenazaba al tipo del turbante con un palo de madera. Steffan, tranquilizaba al holandés, que aun no se había recuperado, y el tipo hindú continuaba mirando la escena como un pasmarote.

Cuando llegué conduciendo el taxi, con tres policías dentro, a todos se les quedó cara de póquer, y el tipo del turbante se puso a dar gracias al cielo mientras daba vueltas alrededor de su coche.

La noche no perdió su nota de surrealismo, y una hora después, había varios coches patrulla y un par de decenas de policías en el parque.

Cada nueva patrulla que llegaba se bajaba, y tras intercambiar algunas frases con sus compañeros, se acercaban al holandés, para preguntarle solemnemente:

- What happened?

Y así sucesivamente hasta que aun con luces rojas y azules, nos metimos en la cama.

El día siguiente, continuamos trabajando en los coches. A Andrés, después de cambiarle el aceite y los filtros y hacerle algunos arreglillos eléctricos, le instalé unos focos de larga distancia apuntando hacia atrás, con dos interruptores separados en el salpicadero.

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Pensé que en algunas zonas que cruzaría en mi ruta de vuelta, no estaría de más poder iluminar bien todo el espacio a mi alrededor en la noche, o poder ver lo que tengo en mi espalda sin necesidad de maniobrar.

También le instalé una nevera de buen tamaño, para el agua y algo de fruta ya que cruzaría varios desiertos en pleno verano y en muchos lugares la temperatura superaría los 50º C.

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Cuando finalmente los coches estuvieron listos, faltaba tan solo un día para que nos separásemos. Al día siguiente Kas, Mandy y Steffan partirían juntos desde la estación de tren. Ella al sur, a continuar con su viaje, y ellos a Chennai, desde donde salía su vuelo a Perth (Australia).

La última noche fue fugaz, y los primeros rayos de sol bañaron la ciudad mucho antes de lo que hubiera deseado. Odiaba las despedidas.

Después de dejar a todos en la estación, hice algunas compras de última hora y me puse a organizar el coche. A la mañana siguiente partiría a la frontera y a la noche siguiente ya estaría durmiendo en suelo pakistaní.

Al volver al parque, el joven holandés, me dijo que la noche anterior, le habían intentado robar mientras dormía, pero que se había despertado a tiempo, y el ladrón había escapado antes de poder quitarle nada.

Yo dejé el coche bien cerrado y me acosté pronto. Al día siguiente debería pasar la mañana en algún taller de soldadura ya que a demás de organizar el coche, aquel día rompí el Gato Hi-Lift, y un soporte del tupo de escape.

A la mañana siguiente, bajé del coche como de costumbre y observé que la segunda rueda de repuesto, que había dejado colgando de la Maggiolina con una mochila en su interior, colgaba igual, pero sin mochila en su interior.

En lugar de enfurecerme pensé fríamente y tomé una decisión, como muchas en mi vida, quizás demasiado acelerada.

Si el ladrón después de robar un primer día y que casi le pescaran había vuelto un segundo y se había tenido que ir con las manos vacías, era lógico que volviera un tercero. Debía haberlo previsto y haber guardado la mochila, pero el no haberlo hecho, y haber permitido que la robara, me garantizaba una cosa.

Aquella noche volvería. Y yo le estaría esperando.

Tras pasar el día terminando de poner a Andrés a punto, esperé a que anocheciera, y cerré el coche a cal y canto, con la tienda semejando que estuviera durmiendo dentro.

Me tumbé en lo alto de un montículo de césped sobre mi esterilla a unos cincuenta metros del coche, y me quedé ahí en silencio bajo la noche estrellada.

A penas eran las once de la noche cuando un tipo joven, vestido con una camisa abierta, entro en el parque y se dirigió directamente a mi coche. Trató de abrir todas las puertas, y después paseo alrededor de la mesa que tenía abierta fuera, buscando algo que le pudiera interesar.

Al ver que no había nada, se puso a mirar por el parque y de repente reparó en mi presencia y miró justo a donde yo me encontraba. Yo que estaba boca abajo, me quedé inmóvil como si estuviera dormido, y el tipo se empezó a acercar hacia mí.

Cuando llegó hasta donde estaba se agachó, y sin hacer ruido se agachó para coger algo de lo que tenía al lado, y yo no tuve más que girarme y agarrarle el brazo.

El tipo abrió los ojos como platos, y no supo que decir. Su primera reacción fue algo agresiva, pero le miré seriamente y se tranquilizó.

Pegué un grito al holandés, que bajó de la tienda a todo correr y vino corriendo hasta donde estábamos. Antes de que le pudiera explicar nada, se puso rojo de cólera y agarró al chico del cuello, mientras le gritaba todo tipo de improperios.

Yo me quedé un poco descolocado, pero entendí que a lo mejor le quisiera asustar para que le devolviera el dinero. Cuando vi que le obligó a ponerse de rodillas, y que hizo amago de ahogarle con una camiseta que tenía en la mano, le dije que se tranquilizara y que llamara a la policía.

Aquel tipo era un psicópata.

La policía no tardó en llegar, y el holandés les dijo que era el joven que hacía unos días le había quitado el dinero y la tarjeta de crédito, y que hoy había vuelto a intentar robar y que habíamos pillado.

Llegamos a comisaría, y vi al chico sentado en una silla, mientras un policía le abofeteaba en la cara. No le pegaba demasiado fuerte, y lo que quería era asustarle, más que causarle daño, pero aquello sirvió para que me arrepintiera infinitamente de todo lo que había hecho.

Le dije al oficial que nos tomó declaración, que no teníamos ni idea de si era el mismo chico del otro día, y ni siquiera sabíamos si era un ladrón, ya que aquella noche no nos había quitado nada.

Inmediatamente el policía le pidió explicaciones al holandés, y este le dijo que estaba seguro que era el mismo chico y que aquella noche había intentado entrar en mi coche.

El policía nos miró y yo temí que hiciera caso al holandés.

- No hay nada más injusto que encarcelar a una persona inocente-. Nos dijo en un tono bastante tranquilizador.

Finalmente el policía le hizo escribir una nueva declaración al holandés en la que afirmaba no estar seguro de que fuera el mismo chico que le robó el otro día, y que tampoco aquella noche le había visto robando nada.

Salí de la comisaría con malísimo sabor de boca. Aquella noche me costó conciliar el sueño.

“¿Hasta que punto había hecho mal aquel pobre chico? ¿Acaso sabría que hacía algo malo? ¿A caso le importaría que coger algo que no fuera suyo fuera malo? Y entonces llegó la pregunta que más me desconcertó. ¿Realmente aquel pobre chaval había hecho algo malo?

En el fondo yo lo único que había hecho era entregar al chico a la policía para que ellos lo decidieran y actuaran en consecuencia, pensaba justificándome.

¿Pero quién juzgaba si lo que había hecho yo era lo correcto?
En el lugar donde estaba, yo no tenía la menor facultad de saber eso.

No sería la última vez que pensaría en aquello.

Al que si me vi con facultades para juzgar, fue al holandés. Me pareció un grandísimo gilipollas.”

Al día siguiente tardé un poco más de la cuenta en dejarlo todo listo, y antes de salir pasé por la embajada para dar las gracias, sobre todo a Olga por todo lo que le había dado la lata.

Poco después de la hora de comer, puse rumbo a la ciudad fronteriza de La India con Pakistán. Amritsar.

La salida de New Delhi fue tan caótica como de costumbre, y cuando empezó a atardecer, no había cubierto ni siquiera la mitad del recorrido.

De repente, mientras esperaba tras un coche que se demoraba más de la cuenta en un peaje, un joven hindú apareció en mi ventanilla.

- Hola ¿Hablas ruso?-. Me preguntó en ruso antes de empezar a decirme un montón de frases ininteligibles en ese mismo idioma.

- No hablo ruso y no entiendo lo que dices-. Le respondí en ruso con bastante buen acento.

El tipo me miró sin saber muy bien que decir y enseguida me pregunto si hablaba inglés.

- Si hablo inglés-. Le respondí a aquel joven que me había caído bien.- ¿Qué te ha hecho pensar que hablaría ruso?-. Le pregunté.

-Pensé que tu matrícula era de Lituania, y yo estudio en Estonia. Estoy en India de vacaciones visitando a mi familia. Volvemos a nuestra aldea desde Delhi, y al ver tu coche he parado pensando que eras letón-. Me dijo el chico, que cada vez me caía mejor y que hablaba muy bien inglés

- Pues siento decepcionarte. Ni soy letón, ni mi matrícula es letona. Soy español y mi matrícula es de IBIZA-. Le dije orgulloso.

- ¿Ibiza?-. Repitió el tipo desconcertado mientras se veía que hacía un esfuerzo por pensar. ¿Dónde está Ibiza?-. Preguntó con auténtica curiosidad y esperando una respuesta.

- Ibiza es la isla de un amigo mío que se llama Lui. Esta a escasas 4 horas al este de Javea navegando con Tortuga-. Le dije, percatándome de lo extraño de la conversación y de la situación.

- Mi nombre es Bali-. Me dijo sonriente mientras me extendía la mano.

- Sarto-. Dije alto y claro.

- ¿Sartu?-. Preguntó.

- No. SARTO-. Respondí. – Mira, lo puedes leer en la camiseta, le dije mientras le señalaba a la pegatina del pecho.

- Ah, OK. Sarto-. Dijo correctamente, haciendo esfuerzo.- Estoy con mi tío y mis hermanos en ese coche blanco. ¿Quieres que nos paremos a tomar un té ahí en frente?-. Me preguntó señalando a un pequeño puesto de té que había un poco más adelante.

Pensé que no me vendría mal hacer un pequeño descanso, y siempre era un agrado compartir una botella de agua con buena gente, ya que el té por la noche me quitaba el sueño.

Nos detuvimos en el lugar indicado y Bali me presentó a sus hermanos Lali y Gogui y a su tío, que tenía un nombre algo más complejo y al que un imponente turbante granate le cubría el pelo.

Bali y su familia eran de Punjab. La zona de La India donde habitaban los Seek. Vivían en una aldea muy tranquila, cerca de la frontera de Pakistán, a tan solo dos horas de Amritsar.

- Es algo tarde y la frontera ya estará cerrada-. Me dijo Bali. – Si te apetece te puedes quedar a dormir en nuestra casa y mañana salir por la mañana a Pakistán. Dormirás en una buena cama y te daremos un buen desayuno. Pero solo si tú quieres-. Añadió.

Tenía razón, y además estaba algo cansado, así que acepté gustoso.

Llegamos a su casa pasada la media noche. El lugar era tranquilo, y una encantadora familia se despertó para darnos la bienvenida.

A mi se me estaban cerrando los ojos, y en cuanto me señalaron una cama, tardé un suspiro en caer rendido y completamente dormido sobre ella.

A la mañana siguiente me desperté temprano. Salí de mi cuarto, y me encantó lo que vi.

Había tres casas, con un patio común y un montón de gente simpática por todas partes.

Bali se acercó hasta mí y me presentó a todo el mundo. Me explicó que en aquel lugar vivía la familia de su padre, y la de sus dos tíos con sus primos. Todos seeks.

Después de desayunar algo, y enseñarles a todos el coche, que observaron con gran curiosidad, me llevaron a dar un paseo por su pueblo…

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Finalmente lo que iba a ser una noche en aquel lugar, se convirtió en 4.

Me enseñaron su fábrica de arroz, explicándome exactamente el funcionamiento de cada máquina, y todo el proceso del arroz desde que se plantaba, hasta que se envasaba.

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Pude saltar en plancha sobre una gigantesca montaña de arroz.

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También pesamos a Andrés en una báscula y el dato no me pudo sorprender más. Con menos de medio depósito de gasolina, y sin nadie dentro, pesaba nada menos que 3.100 KG.

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No tardé en hacerme amigo de la gente del pueblo y durante el día procuraba coger algún caballo para moverme por ahí.

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También organizábamos copillas por las noches, que solía acompñar con algo de música adecuada.

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Me llevaron a conocer todos los sitios bonitos y pintorescos de los pueblos y ciudades cercanos a su aldea.

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Hubo varios viejos fuertes abandonados que me encantó conocer

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A todos los sitios donde íbamos había gente agradable y divertida.

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También conocí templos seek y Hare Krishna. Estos últimos en su interior, estaban decorados con dibujos que no tenían desperdicio.

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Sufrí un nuevo pinchazo por culpa de un clavo, pero me di cuenta con el coche en casa, y decidí arreglarlo yo mismo, y de paso probar el compresor del coche para inflar una rueda, ya que nunca lo había usado.

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El resultado fue excelente, y el sobrino de Bali quedó tan impresionado, que se ofreció a lavar el coche.

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Uno de los amigos de Bali me dijo que tenía un potrillo con una herida en la pata, que no le estaba cuidando. Era un precioso potro tordo clarísimo y al que no le gustaba nada que le gritaran y por eso no se dejaba curar.

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Después de coger un poco de confianza terminó dejándome curarle la herida, y le quedó estupendamente.

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Aprovechaba cualquier momento libre para coger la Royal Enfield de Bali, a la que bauticé como Rafaela, e irme a dar una vuelta con ella.

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Un par de tardes fuimos también a visitar al consejero espiritual de la aldea. Baba.

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El tipo era todo un personaje, y no tardó en coger confianza conmigo.

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La ceremonia del té en su templo, y el aspecto de su ayudante, con una gran rasta que le rodeaba toda la cabeza, eran del todo auténticos.

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Aquellos días aprendí muchísimo acerca de la cultura y la religión de los punjabi (originarios de Punjab). Los seeks fueron los guerreros cuyo cometido era defender el hinduismo en India frente a los musulmanes. A pesar de ser reconocidos por el turbante, que estaban obligados a llevar para ocultar su larga cabellera, jamás cortada, debían llevar siempre consigo oros cuatro elementos. Un peine, una daga, una compleja ropa interior, y una pulsera metálica en la mano derecha.

Los punjabi actuales mantenían grandes diferencias con el resto de los habitantes del país. Sin duda lo más significativo, espíritu viajero, y unos pies preciosos.

Me llevé genial con Lali, que era un amante de las dos ruedas, y para mi próximo viaje a La India, planearía dos semanas en Camello por el Rajastán hasta Jaisalmer, y otras dos semanas en moto hasta Kashmir.

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Aquel día, antes de llegar a casa, pasamos por un pueblo cercano para que me hicieran una entrevista y me sacaran unas fotos para un periódico local, que publicarían unos días más tarde.

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Justo antes de acostarme, estaba con Lali en la terraza y una pequeña serpiente negra y amarilla pasó junto a nosotros. No se me ocurrió nada mejor que empujarla un poco con el pie descalzo.

Encuanto notó el contacto, la serpiente se giró ipsofacta y a la velocidad del rayo me picó en el pie izquierdo con gran fuerza.
Fue todo un show el bajar corriendo al coche, y e intentar sacarme el veneno con una inyección absorbeveneno. Al final todo se quedó en un susto ya que no era una serpiente peligrosa.

Un día antes de irme, me quedé por la noche hablando con Bali en la terraza, que era toda la parte superior de la casa, en la que dormía yo al aire libre, en un camastro de madera y cordura.

- Bali, he estado escuchando estos días que tenéis un gran problema en una feria que no podéis atender. ¿Cuál es exactamente el problema? ¿Es grave?-. Le pregunté.

- Si, es grave-. Me dijo muy serio.- Somos una familia de comerciantes, y ahora mismo tenemos todos nuestros productos en unas aduanas extranjeras. Llevamos dos meses pidiendo el visado para recoger nuestra mercancía y atender la feria, pero el país ha cambiado de cónsul, y el nuevo no nos quiere dar el visado-. Me dijo despacio y algo consternado.- Si faltamos a la feria, perderemos una gran suma de dinero y tendremos problemas.

- ¿Cuándo empieza la feria?-. Le inquirí.

- Dentro de cinco días-. Respondió Bali.

- Y ¿Dónde es la feria?-. Le pregunté por pura curiosidad.

- En Bielorrusia (En inglés “Belarus”, sonaba algo más sugerente)-. Dijo.

Un silencio algo incómodo invadió el ambiente, y una vez más me precipité al hablar.

- Si crees que puedo ayudar en algo… los españoles no necesitamos sacarnos visado para Bielorrusia-. Le dije mordiéndome la lengua.

Bali me miró muy seriamente.

-¿Hablas en Serio?-. Me preguntó mirándome fijamente a los ojos.

Todo sucedió muy deprisa.

Esa misma noche tuvieron reunión familiar, y al día siguiente por la mañana me empezaron a enseñar todos los productos que tenían en la feria y la situación en la que se encontraba todo aquel tinglado.

Aquello era un marrón de narices, y precisamente lo negro que me lo pintaron todo, fue lo que más me animó a intentar sacarlo adelante.

Partiría en dos días desde Nueva Delhi en avión a Viena, y de Viena volaría a Minsk, la capital Bielorrusa.

Una vez ahí, debía revisar que todos los productos que habían enviado, hubieran llegado correctamente y debía pagar los impuestos aduaneros de todos aquellos bienes. Después debería contratar el servicio logístico para llevar todo aquel material en camión a una pequeña ciudad llamada Vitiepsk, a la que debería llegar yo en tren ese mismo día por la noche.

A la mañana siguiente debería acudir al lugar de la feria para seleccionar el lugar donde expondría los productos, recibirlos, colocarlos en el stand, y contratar a un par de chicas Monas que supieran vender.

Después de aquello el resto era sencillo. Simplemente debía buscar algún lugar donde vivir las siguientes dos semanas en Vitiepsk, despertarme muy tempranito, y pasarme el día en la feria ocupándome del stand. Llevando las cuentas, cobrando a los clientes y controlando el stock (que no desapareciera).

Una vez terminara la feria, tan solo debía comprobar que lo que se había vendido coincidiera con lo que faltaba en el stock, y empacar todo el resto en cajas para que lo almacenaran hasta la siguiente feria.

Debería volver en tren a Minsk el 10 de Julio, que era cuando tenía mi billete de vuelta a Nueva Delhi.

El día que partí de Senna, la pequeña aldea de Bali hacia Nueva Delhi, dio comienzo una de las experiencias más surrealistas de toda mi vida.

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Llegué a Minsk a media tarde, y me apañé para encontrar un hotelito céntrico y modesto donde pasar la noche.

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Bielorrusia era un País que había sido invadido por los Alemanes en la Gran Guerra, y que después había formado parte de la U.R.S.S.

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Como todos los países soviéticos, la policía y la milicia tenían mucho poder. Había muchas reglas, y se debía tener mucho cuidado con lo que se hacía y decía. Su presidente era un tipo peculiar, no demasiado apreciado por su política exterior, y mucho menos por la interior.

La ciudad era bonita, y se respiraba el mismo aire que en cualquier ciudad rusa. Gente distante, y por alguna extraña razón, tenía la sensación de estar siendo permanentemente observado.

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Pasé una “intensa” mañana entre oficinas y edificios gubernamentales, y al final conseguí arreglar todo para que una parte de las cajas salieran ese mismo día, y el resto al día siguiente por la mañana hacia la Feria.

Pretendieron hacerme pagar la factura de las aduanas con una recibo escrito a Boli y les puse a todos de vuelta y media preguntándoles que si estaban locos. Reclamé todos los albaranes sellados por las aduanas, y les dije que más valía que al valor y al peso de cada producto, se le hubiera aplicado la tasa correcta.

Si no, no pagaría un dólar y publicaría en mi “Journal” lo que se cuece en las aduanas Bielorrusas.

A media tarde, llegué a la estación de ferocarril y me subí en el primer tren con destino a Vitiepsk.

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El viaje, que duró algo más de 4 horas, fue de lo más agradable. El tren constaba de un largo pasillo alfombrado, que tenía al lado izquierdo las cabinas, y al la derecha una serie indefinida de ventanales, uno detrás de otro.

Cada cabina tenía cuatro pequeños pero cómodos camastros a modo de doble litera.

Salvo el par de borrachines de turno, todo el mundo se quedaba en la cabina, y me pasé la mayor parte del camino en una de las ventanas del pasillo con la cabeza fuera de la ventanilla.

La sensación cuando me cruzaba con otro tren era impresionante, y me sorprendió la decisión unilateral que tomó mi “yo responsable” de no asomar la cámara y sacarle una foto a un tren cuando viniera de frente.

La llegada a Vitiepsk fue algo confusa, pero no tardé en ver que el lugar tenía su encanto.

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La feria desde el primer momento fue algo del todo esperpéntico. La organización era del todo hindú, pero las reglas del todo soviéticas.

Hice piña rápidamente con Bini, que era un amigo de Bali. El tenía otro Stand, y decidimos colocarnos justo en frente.

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A partir del segundo día todo empezó a ir sobre ruedas.

Encontré un diminuto dormitorio en un antiguo edificio de ladrillo en precario estado, que se encontraba en una zona tranquila a las afueras, entre dos enormes campos de fútbol.

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Los dos estaban en perfecto estado de conservación, y jamás había nadie en ellos. Por las mañanas y en los atardeceres, solía pasear por ellos mientras me comía un par de naranjas.

La señora que regentaba aquella pequeña casa de huéspedes, era una encantadora anciana llamada Ludmila, que no veía tres en un burro y que no hablaba una palabra que no fuera ruso cerrado.

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Me cogió cariño rápido y siempre estaba pendiente de lo que pudiera necesitar. Yo por mi parte cada día volvía de la feria con un pequeño regalito para ella, y aquello la ponía contentísima.

La ducha, era bastante precaria y se encontraba en otra parte del edificio. Pero no dejaba de tener su encanto.

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A pesar de eso, me encantaba aquel lugar, y me quedaría ahí toda mi estancia en Vitipsk.

En la feria, a pesar de estar atareadísimo, conocí a Indus con los que me llevé muy bien, y no tardé en hacer buenas amigas.

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Al medio día un tipo pakistaní nos traía la comida, cocinada por el mismo y que iba mejorando por días, alternando siempre entre pollo y cordero.

Salimos algún día por la noche y lo pasamos muy, muy bien.

Una mañana, recibí la factura por los impuestos de aduanas, y tras cotejar todos los productos con los documentos originales, demostré que me estaban cobrando más del doble de lo que me correspondía pagar, y me rebajaron la factura a más de la mitad sin poner la menor pega.

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Los días se sucedieron uno tras otro, cada uno con distintos problemas y anécdotas, y nada pudo evitar que antes que me quisiera dar cuenta, hubiera llegado el final de la feria.

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Me dio pena despedirme de todo el mundo y me alegré de haber vivido tan curiosa experiencia.

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Aquella noche cené con una señorita interesantísima, encantadora y preciosa llamada Alina. Me dio pena no haberla conocido con algo más de tiempo…

Al día siguiente un tren me llevó a Minsk, donde pasé la mañana de oficina en oficina para arreglar mucho papeleo. La tarde la pasé con unos amigos que había conocido en la feria.

Después de cenar, me subí en un taxi que me llevó al aeropuerto, y tras una breve escala en Viena, a media noche del 10 de Julio, llegué a Nueva Delhi.

Me esperaban en el aeropuerto Bali, Gogui y su tío, que me llevaron hasta Senna, su aldea, donde llegamos de madrugada.

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Ocupé el día 11 de julio por completo organizando mi partida, y el correcto avituallamiento y colocación de todo en Andrés. Lavé toda mi ropa, recargué todos los aparatos eléctricos y baterías. Tracé la ruta a seguir los próximos días en el mapa y en el GPS, y rellené todos los depósitos que tenía en el coche hasta arriba de gasoil.

Después de comer, recogí en el sastre los dos trajes Punjabi y el turbante que había encargado antes de irme a Bielorrusia.

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Había decidido que en mi paso por Pakistán, vestiría como un punjabi para evitar posibles problemas. Últimamente estaba todo un poco revuelto. Especialmente por la zona Baluchi.

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A media tarde me senté con toda la familia para contarles absolutamente todo sobre la feria. No me llevó demasiado tiempo, y justo después de eso nos sirvieron una copiosa cena a base de Pan, yogur y verduras.

Solo había una tarea que tenía pendiente antes de salir, y era el terminar de redactar el presente escrito. Para ello debí pasar las dieciseis horas anteriores a enviarlo,sentado frente al ordenador de Bali, ya que el mío había sufrido un pequeño percance y ello me había impedido escribir las últimas semanas.

La madrugada del 12 + 1 de Julio partiría a la frontera, para a primera hora entrar en Pakistán. Después vendría Irán, Turquía, y Europa hasta España, donde pensaba llegar entre el 1 y el 5 de agosto.