25 de abril al 25 de Mayo. India y Nepal. Magic.
Sunday, July 12th, 2009Rallaba el alba cuando mi despertador interno me susurró que era hora de ponerme en marcha. Había llegado el día de partir.
Era curioso, como después de unas semanas sin reloj ni despertador de ningún tipo, el cuerpo humano se empezaba a adaptar a vivir con el sol. Acostarme poco después del ocaso y despertarme con las primeras brisas de la mañana era sin duda la manera de la que más me gustaba viajar cuando tenía que recorrer largas distancias.
En aquel caso no era nada desmesurado, ya que estaba al sur de La India y debía llegar a un céntrico lago de Nepal, que era su país vecino por el norte. Serían poco más de tres mil kilómetros y recorrerlos no me llevaría más de una semana. O al menos eso era lo que pensaba.
La ruta hasta Nepal por el oeste de La India era maravillosa. A través del gran desierto del Rajasthan, y después por Kachemira y Daramsala, que era el lugar donde vivía exiliado el Dalai-Lama.
El problema era que yo debía subir por el este, ya que tenía que pasar por Calcuta a cambiar las pastillas de freno, y a recoger varias cosas que había dejado en casa de Ovi, y aquella ruta no tenía demasiado encanto.
Había pasado los últimos días decorando la canoa con Magesh y su amigo Vicky, que pasó muchas horas debajo de un sol de justicia para terminar su obra a tiempo.
Ya había concluido todos los preparativos para la partida, y aquella mañana recogí temprano a Magesh y a Vicky. Tras comprobar que la pintura de la canoa estaba ya seca, lavamos y engrasamos el coche de arriba abajo y lo llené con el gasoil suficiente para cubrir la mitad del trayecto hasta Calcuta.
Ya con el coche listo, pasamos por el pequeño puerto a recoger a un grupo de personas para que nos echaran una mano, y fuimos todos juntos a cargar la canoa.
No fue una tarea nada fácil, por un problema de coordinación y entendimiento, pero finalmente conseguimos colocarla sobre el coche exactamente como quería.
Sería un viaje larguísimo y no quería que los ochenta kilos de peso de Lady Marian aplastaran mi dormitorio, así que por ello pasé algún tiempo estudiando la mejor manera de transportarla.
La coloqué lo más adelantada posible, para que la mayor parte del peso descansara sobre el soporte delantero, que era una barra metálica tremendamente resistente, pero algo flexible, que amortiguaría los baches.
La mitad trasera descansaría sobre la Maggiolina, pero con varios viejos neumáticos de coche haciendo de junta para que amortiguaran cualquier golpe.
Partí del pequeño pueblo a media tarde, después de haber asegurado toda la carga y haberme despedido de todo el mundo.
Mientras veía alejarse en el retrovisor aquel pueblecito en el que había pasado las últimas semanas, comenzó a invadirme aquella sensación que tanto me gustaba y que me embriagaba cada vez que partía hacia un destino lejano con fronteras de por medio.
Lo primero en lo que reparé nada más partir, fue el gran número de personas que se quedaban literalmente pasmadas al ver pasar. Como siempre, les llamaba la atención ver un enorme coche rojo totalmente desconocido para ellos, sin nadie al volante (en India, como antigua colonia inglesa, se conducía por la izquierda).
No tardé en encontrar un puesto de fruta al lado de la carretera donde aproveché para comprar bananas, mangos y algunas manzanas.
Procuraba llevar siempre conmigo galletas y algo de fruta, de manera que siempre pudiera pasar unos días autoabastecido si encontraba algún rincón que lo mereciera.
Mi ritmo de viaje era tremendamente lento. Iba prácticamente sin pastillas delanteras, y sabía que en cualquier momento, éstas empezarían a rallar los discos, y eso era algo que quería evitar a toda costa, ya que aquello en La India era algo casi tan complicado como costoso de solucionar fuera de Nueva Delhi.
Atravesé decenas de pueblos de lo más pintorescos, con decoraciones y construcciones de todo tipo.
Como siempre, en la carretera, vehículos de todos los tipos, tamaños y colores. En ocasiones adelantaba a enormes montones de paja, que pululaban ocupando más de un carril de unas carreteras de lo más surrealistas.
Apuré un poco la tarde y conduje unas horas sin luz hasta que encontré una zona tranquila donde pasar la noche.
No notaba demasiado el peso de la canoa sobre el coche, ya que conducía exageradamente despacio por los frenos, pero si que noté la presencia de la canoa cuando llegó la hora de dormir.
Al no poder dormir en la Maggiolina por razones obvias, y no tener tienda de campaña por haberla dejado en Calcuta, me vería obligado a dormir, o dentro del coche, o fuera junto a él. Por ser la primera noche, y no estar tampoco muy cansado, decidí dormir unas horas dentro del coche, y partir antes de amanecer. Por segunda, y última vez en mi vida, dormí en el asiento trasero de Andrés.
Hacía varios días que por alguna extraña razón, el cuello me molestaba un poco al mirar hacia los lados, y el pasar unas horas retorcido, después de varias horas conduciendo, no hizo si no convertir la molestia en un comienzo de tortícolis.
Me desperté poco después de amanecer, y tras una buena ducha puse rumbo a Calcuta.
Conducir a dos por hora, hizo que mi problema con los camiones suicidas desapareciera, pero el no poder mirar hacia los lados, ya que mi dolor de cuello no hacía si no incrementar, hizo que el viaje se me empezara a hacer algo incómodo, aunque nada monótono.
Mantener la vista al frente, con una canoa que ocultaba la mitad superior de mi campo de visión, se presentaba como el plan perfecto para las siguientes treinta horas de conducción.
A media mañana, mientras atravesaba una de las múltiples ciudades por las que pasaba la carretera general, me detuve en un semáforo en rojo. Aquello, ocasionó los correspondientes bocinazos tras de mí, pero era algo a lo que estaba ya acostumbrado.
Antes que se volviera a poner el semáforo en verde, varias decenas de jóvenes de entre veinte y veinticinco años aparecieron corriendo y gritando y ocuparon la carretera.
Cuando el semáforo se puso en verde, la calle estaba plagada de gente joven gritando, y empezaron a llegar algunos policías con palos.
Probé a hacerme el longuis tratar de cruzar con el coche, pero en seguida un montón de chicos se pusieron a gritar, y todos se agolparon frente a mí. Estaba claro que no me iban a dejar cruzar, y estando como estaba la policía delante, no creí oportuno hacer lo primero que se me pasó por la mente.
Me bajé del coche sin reparar demasiado en que estaba en calzoncillos, y no tardó en acercarse a mí, el que parecía el cabecilla de los manifestantes, al cual rodeaba un pequeño grupo de personas con cara de pocos amigos.
La imagen de un tipo el calzoncillos frente a un enorme coche, con una canoa aun más grande, sobre él, no era algo fácil de asimilar para un hindú de a pié, y muchos se miraron entré si extrañados.
El tipo, que tenía la cara algo decolorada y era sin duda el que movía el cotarro, se dirigió a mí con un inglés más que decente.
- Esto es una manifestación de estudiantes y la carretera está cortada-. Me dijo tajantemente.
- Me parece estupendo, pero soy extranjero y poco tengo que ver con vuestras trifulcas estudiantiles. Voy camino del hospital, en Calcuta, por que tengo un enorme dolor en el cuello, así que te agradecería que me dejarais pasar-. Le respondí en un tono algo hosco.
- ¿A caso no has visto la fila de coches y camiones que tienes detrás? Si te dejamos pasar a ti, les tenemos que dejar pasar a todos. Tendrás que esperar, o si quieres, da la vuelta-. Me dijo el tipo señalando tras de mí.
- Como te he dicho, voy camino del hospital por que tengo mal el cuello, así que me resulta imposible mirar hacia atrás sin darle la espalda a tu amigo, el que me mira con cara de perro enfadado-. Le dije mirando a un tipo que desde que llegó parecía que me quisiera morder.- Pero me fío de tu palabra.-. Añadí en tono irónico.
El tipo me escrutó unos segundos y sin responder se dio la vuelta y se juntó a los demás chicos que gritaban, saltaban y ponían piedras en la carretera para que a ningún coche se le ocurriera pasar.
Desde que me bajé del coche había estado estudiando el gran socavón que cumplía la labor de mediana entre la calzada y la pequeña vía de servicio que circulaba paralela a ésta. Tras echarle un último vistazo y tomar un par de puntos de referencia me subí al coche. Arranqué el motor, y engrané las marchas cortas.
En lugar de salir hacia atrás, donde había una interminable fila de coches, crucé la mediana, que era un foso de un par de metros de profundidad, con suficiente pendiente para no permitir el paso de un coche o de un camión, pero fácil de cruzar si se contaba con la altura suficiente y tracción a las 4 ruedas sin diferencial central de por medio.
Cuando llegué al otro lado, que estaba también cortado por la policía unos cientos de metros más adelante, miré al enorme grupo de jóvenes, que prácticamente en su totalidad, me observaba sin saber muy bien como reaccionar. Ninguno se esperaba que fuera a cruzar por ahí.
Miré al cabecilla del grupo, que me observaba atentamente y me despedí de él sonriendo. Me pareció que comprendió que iba a pasar por las buenas o por las malas, y esto no pareció molestarle. También él sonrió.
A los pocos segundos la multitud comprendió que me había escaqueado del tapón, pero ya poco pudieron hacer por evitarlo. A pesar de ello, el cabecilla gritó algo a la multitud, y nadie trató de hacer nada para detenerme.
Al cabo de un par de cientos de metros, me volví a incorporar a la carretera principal, y pude contemplar a lo lejos, tras de mí, la carretera cortada por todos aquellos estudiantes. Me hubiera gustado saber las razones que les habían llevado a manifestarse, y de no haber sido por el dolor de cuello, sin duda les hubiera acompañado en la manifestación.
Antes de continuar, decidí al menos, acercarme en coche hasta ellos para despedirme y dar un par de bocinazos a los policías.
Continué mi viaje con el cuello agarrotado y echando de menos más que nunca a mi querida Manoli. Manoli era una amiga de mi madre de toda la vida, a la que iba a ver muy asiduamente en Madrid, y que a demás de preparar las mejores lentejas del universo, con una hora de masaje era capaz de hacer desaparecer cualquier dolor o molestia muscular por severa que fuera.
Pasado el medio día, mientras atravesaba una de las zonas más áridas de todo el recorrido, sin asfaltar, y no desprovista de piedras, un amortiguador delantero empezó a hacer el ruido metálico que solía avisar de la pérdida de una junta.
Aquello no era de extrañar, ya que la junta original yacía perdida en alguna pradera nepalí, y la que llevaba en ese momento, era una “made in India”, preparada para soportar el peso de los coches “made in India”.
Me detuve a un lado del camino, y tras abrir el capó, comprobé que en efecto, la junta había desaparecido.
La perdida de la junta superior de un amortiguador delantero, suponía el no poder continuar hasta no reponerla. Reponer la junta de un amortiguador delantero, con un pinchazo en las cervicales cada vez que hiciera algún movimiento de cabeza, era una tarea poco sugerente, pero realizable.
Reponer la junta de un amortiguador delantero sin disponer de una junta de repuesto, como era mi caso, era una tarea, al menos a primera vista, imposible.
Me subí al coche y pensé durante varios minutos en cómo fabricar una junta de goma que soportara tres toneladas traqueteando sobre ella durante mil quinientos kilómetros, y lo veía bastante negro.
El hecho de disponer de poco más de cien rupias en metálico (un euro y medio), hasta llegar a Calcuta, no era lo que me preocupaba. La mera idea de bajarme del coche con los 45º que hacían bajo aquel sol de justicia, sin poder siquiera mirar hacia el suelo, en busca de algún pueblo donde encontrar una junta para mi amortiguador, era el peor de los tormentos.
No tardó en acercarse a mi ventana un anciano que llevaba un buen rato mirándome, y al que no había prestado demasiada atención, para hacerme un gesto inquisitivo con los brazos. A pesar de dar por hecho que aquel tipo poco me podría ayudar, decidí abrir el capó y enseñarle el problema. Al menos él parecía tener un cuello sano.
Cuando vio que faltaba la parte superior del amortiguador, me miró fijamente:
- ¡BUUUUUUUUUSHHHH!-. Gritó aquel octogenario con todas sus fuerzas mientras me miraba fijamente con un tono entre acusatorio y premonitorio.
Yo me limité a mirar alrededor, sin saber muy bien a que se refería.
- ¡Buuuuuuuushhhh! ¡Buuuuussshhhh! -. Continuó gritando aquel misterioso anciano que señalaba a mi amortiguador.
Tardé algunos minutos en comprender que Bush, era el nombre del recambio que necesitaba. Después de gritarlo algunas veces más, el tipo me ordenó cerrar el coche y acompañarle hasta un pequeño taller de neumáticos que había cerca de aquel lugar.
El mecánico del taller, me fabricó un nuevo “Bush” utilizando el mismo material con el que reparaban los neumáticos de los camiones, y tras ayudarme a sustituirlo se negó a cobrarme una sola rupia.
El resultado fue estupendo y aquel nuevo Bush, parecía que aguantaría tanto como el original. Tras entregarle un par de plátanos y una camiseta a modo de agradecimiento, continué el largo camino que me separaba de Calcuta.
Conduje varias horas bajo los milagrosos efectos de un ibuprofeno y un relajante muscular, y a media tarde me detuve para cenar. Solía detenerme en los numerosos “Amam” que había a los lados de la carretera, en los que se comía estupendamente y donde había camastros de madera sobre los que uno podía descansar a la sombra tanto tiempo como necesitase.
El ambiente en estos lugares era familiar y sereno, y siempre era un agrado detenerme a pegarme una buena comilona típica hindú, o a descansar un poco tras varias horas conduciendo, y compartir un té con algún lugareño interesante.
Cuando tenía alguna duda sobre la ruta a seguir, donde parar para pasar la noche, o si había algún lugar bonito cercano, no tenía más que detenerme en algún “Amam” con varios camiones aparcados en la puerta.
Poco después de cenar, y aun con luz de día, me metí por varios senderos, hasta encontrar un camino que subía a lo alto de una montaña donde pude ver un precioso atardecer. Aunque me pareciera mentira, había dado con un lugar completamente deshabitado y sin gente alrededor.
Me desperté siendo aun de noche con el cuello dolorido, y decidí ponerme en marcha poco antes de amanecer. Conduje todo el día sin parar demasiado y tomando varios calmantes para el dolor de cuello. Cada dos horas lo masajeaba con crema antiinflamatoria, y al menos así, conseguí que cuando no movía la cabeza, no me doliera demasiado. Aquel día decidí emplearlo exclusivamente en conducir.
Llegué a Calcuta a la hora de comer del día siguiente después de haber perdido la cuenta de las horas que había pasado conduciendo sin parar.
Aparecí sin avisar en la oficina de Obi. Él y su familia, sabían que llegaría en los próximos días, pero no exactamente cuando, y se llevaron una gran sorpresa. Aquel día precisamente era el cumpleaños de Baba, el padre de Obi.
Les informé de lo sucedido en los últimos días, y de mi fuertísimo dolor de cuello, y no tardaron en bajar a la calle para ver la canoa y mandarme directo a casa para pegarme una ducha caliente y reposar el cuello.
Cuando me despedí de Obi y de su padre hasta la tarde, lo último que me imaginé, fue que pasaría el resto del día en la puerta de su oficina, reparando el motor de arranque de Andrés.
Por alguna extraña razón, cuando arranqué para dirigirme a casa de Obi, todos los sistemas eléctricos del coche se volvieron locos. Tanto las luces, como el GPS, la radio y todos los testigos del cuadro de instrumentos empezaron a encenderse y apagarse, a la par que el motor de arranque emitía un ruido casi tan desagradable como preocupante.
A los pocos minutos de abrir el capó, sin saber muy bien por donde empezar a desmontar, me percaté de la presencia del anciano tendero que tenía un diminuto puesto de tabaco de mascar justo en frente de la oficina de Obi.
El tipo, al que le faltaban la mitad de los dientes de arriba, y la otra mitad de los dientes de abajo, me dijo señalando al coche:
- ¡Self Start rpoblem!
Una cosa llevó a la otra, y media hora después un pequeño grupo de hindús curiosos, nos rodeaba y observaba atentamente mientras Abdul Gaffar y yo, metíamos mano al motor de arranque.
Abdul Gaffar, “Chacha” para los amigos, era un anciano musulmán con muy mal genio, que había pasado su juventud trabajando como mecánico, hasta que se hizo algo mayor y dejó el oficio para dedicarse a la venta de tabaco y caramelos y tirar agua a los niños hindús que se le acercaban demasiado.
Tardamos un par de horas en dar con el problema, pero necesitábamos un recambio que no tendríamos hasta la mañana siguiente. Los conectores de cobre del motor de arranque se habían desgastado por completo debido al uso en los últimos trescientos mil kilómetros. También una de las baterías “Optima”, con un año de vida, por alguna extraña razón se había comunicado y había muerto por completo.
Acordamos vernos a primera hora de la mañana del día siguiente y me fui a casa de Obi a celebrar el cumpleaños de Baba con toda la familia.
Me llamó la atención la tradición hindú en la que el que cumplía años le embutía un pedazo de tarta a cada invitado con la mano, y después de esto el recibía uno mucho más grande.
A primera hora de la mañana siguiente, en lugar de acudir al hospital a que me miraran el cuello, acudí a mi cita con Chacha, y nos pasamos toda la jornada trabajando en Andrés.
Después de cambiarle las partes dañadas del motor de arranque, acudí a las oficinas de Exide, una prestigiosa marca de baterías hindús, donde después de presentarme como un periodista español dando la vuelta al mundo, me recibió el vicepresidente en persona.
Me trataron de maravilla, y a parte de ponerme una batería nueva estupenda a precio de costo, me chequearon todos los sistemas eléctricos y me cambiaron un par de conectores dañados.
Después de aquello volví con Chacha y cambiamos las pastillas de freno. Le llenamos de grasa las homocinéticas, y dejamos a Andrés listo para partir.
Lo único que faltaba era solventar el pequeño problema que ténía en el cuello. Para ello me dirigí a un hospital de Calcuta con bastante buen fama en traumatología y neurología.
Después de hacerme una resonancia magnética, me dijeron que tenía los músculos cervicales en estado de shock y que debería quedarme unos días ingresado recibiendo tratamiento. Aquello me pilló un poco de improviso, pero sabía que si lo que quería era partir a Nepal, antes debía arreglar mi cuello.
Así pues, y muy a mi pesar, aquel hospital se convirtió en mi lugar de residencia de la siguiente semana.
Poco cabe resaltar de mi estancia en aquel lugar de ambiente nada familiar, pero limpio y con buena comida, salvo que salí de ahí sin tener el cuello curado.
Me había dejado de doler estando quieto, pero si miraba hacia alguno de los lados a partir de las 11 de la mañana, me dolía.
Pasé un par de días más en Calcuta antes de partir a Nepal, ya que aun tenía algunos recados pendientes, y sabía que pasaría bastante tiempo antes que volviera a la única ciudad de La India en la que me sentía cómodo.
Aproveché para hacer algunas compras, como una bomba de gasoil de segunda mano para el depósito auxiliar, que hacía tiempo que había dejado de funcionar.
También visité un lugar al que había prometido ir antes de abandonar Calcuta.
Finalmente, aquel día de finales de Mayo, después de cenar, me despedí afectuosamente de la familia de Obi, y partí rumbo a Nepal.
No llevaba ni dos horas de viaje, cuando me percaté que la aguja de la presión del aceite estaba al mínimo y me vi obligado a detenerme de inmediato en un pequeño camino de tierra que había a un lado de la carretera. Era noche cerrada y era plenamente consciente que poco podía hacer en aquellas circunstancias y a aquella hora. Tampoco tenía la menor idea de porque la presión del aceite podía estar al mínimo, después de haber comprobado que el nivel era correcto.
Así pues, recliné el asiento del conductor y antes de que me diera cuenta me había quedado dormido.
A la mañana siguiente, no me costó encontrar a un par de mecánicos en un taller de camiones cercano que me desmontaron toda la parte superior del motor y me dijeron que la presión del aceite era correcta. El problema estaba en la aguja, que se había roto.
A media mañana pude retomar mi camino, y no tardé en detenerme en un pequeño pueblecito, donde aproveché para afilar el hacha y el machete.
No los afilaba desde que salí de España, y me había acostumbrado a trabajar con ellos sin que cortaran ya demasiado.
Mientras pelaba el primer mango del día, comprobé que aquel tipo había hecho un buen trabajo.
Faltaban unas semanas para que comenzara el monzón, y debido a esto casi todos los días llovía durante al menos un par de horas a medio día. El agua limpiaba las carreteras de porquería, y a veces me daba la impresión de no estar circulando por La India.
Me detuve para cenar un poco antes de llegar a Varanasi, en un pequeño lugar, donde un encantador tipo me preparó un delicioso plato de pollo sobre un pequeño fuego.
Después de aquello descansé unas horas, y antes de que amaneciera me puse de nuevo en marcha.
Aquella jornada, la pasé lidiando con el caótico tráfico hindú y deteniéndome en algún que otro pueblo pintoresco.
Finalmente, a media tardé, llegué a la frontera Nepalí, y para cuando logré cruzarla, tan solo quedaban un par de horas de luz antes de que anocheciera.
Pokhara, el pueblo junto al Lago donde vivía Mana, se encontraba a unas cinco horas de la frontera, así que como el cuello ya me estaba empezando a doler bastante, decidí detenerme a dormir en un lugar que encontré en un monte tremendamente tranquilo.
El terreno era rocoso, así que dormir en el suelo sobre un montón de piedras puntiagudas no era una opción. A demás aquel ambiente húmedo me había asegurado la compañía de alguna araña, y aquella idea no me agradaba en absoluto.
El único sitio en el que podría dormir manteniendo el cuello plano, era sobre la bandeja del maletero. Era bastante confortable porque estaba tapizada y lo suficientemente larga para permitirme estirar las piernas casi por completo. Además, al sobresalir del coche por detrás y estar descubierta, era un lugar fresco. Más de una vez me había recostado sobre ella para leer un rato, y pensé que sería el momento perfecto para probarla como camastro.
Así pues, cerré el coche, dejando tan solo abierta la bandeja del maletero, y me acosté en calzoncillos sobre mi saco de dormir, que al ser mullido, hacía la labor de colchón.
A las dos o tres de la madrugada, me desperté algo desorientado, con un tremendo aguacero cayéndome sobre el cuerpo desnudo.
Evidentemente tendría que meterme en el coche si quería continuar durmiendo, así que sin ni siquiera vestirme, cerré el maletero y llegué descalzo a duras penas, en aquel terreno de piedras puntiagudas, hasta la puerta del conductor.
Cuando intenté abrir la puerta y comprobé que estaba cerrada, recordé que las llaves del coche estaban en mi pantalón, que lo había dejado dentro del maletero.
No me había encontrado en una situación más jodida en toda mi vida.
En mitad de la noche bajo la lluvia, en un bosque perdido en el interior de Nepal, sin más atuendo que unos calzoncillos empapados, y sin ni siquiera unas chanclas para poder correr por aquel terreno pedregoso a resguardarme bajo un árbol.
El único sitio en el que me pude guarecer de la lluvia, que no del viento, fue encima del capó de Andrés, justo debajo de la canoa. Y en esa postura pasé la siguiente media hora, hasta que dejó de llover.
Tras examinar el coche con la poca luz que había, observé que la ventanilla del copiloto estaba abierta un par de centímetros. Sólo entonces pude recostarme sobre el capó, aun mojado, y quedarme dormido.
Al cabo de un par de horas, me desperté muerto de frío, y con el cuello completamente petrificado. Aunque pareciera mentira, los primeros rayos de luz, hicieron que viera la situación con otros ojos. Seguía en calzoncillos y descalzo, pero estaba descansado.
La solución más sencilla sin causar daños estéticos al coche estaba clarísima. Tenía que meter algo por la pequeña abertura de la ventanilla con lo que poder abrir el pestillo, que era una pequeña pieza de plástico redondeada, que se encontraba junto a la manivela interior de la puerta.
Antes de salir de España, había previsto aquella situación, y por ello llevaba un alambre gordo enrollado al soporte de la rueda de repuesto. Sabía que en un momento dado y con mucha paciencia, me podría sacar de un gran apuro.
Me llevó algo más de 20 minutos moldear un objeto con la forma adecuada para introducirse por la ventanilla, y llegar justo hasta el pestillo.. Me llevó algo menos conseguir atinar con aquel garfio, y que el pestillo del coche emitiera el “Click” que tanto ansiaba.
Las cuatro horas que tardé en llegar a Pokhara, estuve elucubrando como reaccionaría Mana ante mi llegada con la canoa. No sabía nada de él desde hacía varios meses, y no le había dicho absolutamente nada de que iría a verle, y mucho menos que le llevaría una canoa. La sorpresa que se llevaría sería mayúscula.
Todo estaba tal y como lo recordaba. La avenida principal con las tiendecitas a los lados, los grandes árboles en mitad de la calzada, haciendo de rotondas, la bajada al lago y… ¡el bar de Maiso!
Aparqué en la puerta, y nada más entrar me encontré al pequeño y sonriente Maiso, despierto y sonriente como de costumbre.
Me reconoció al instante y nos dimos un gran abrazo. ¡Qué ilusión me hacía verle de nuevo!
Al cabo de unos segundos, la cara se le ensombreció y mirándome a los ojos apoyó una mano sobre mi hombro:
- Sarto, si vienes para ver a Mana, no tengo buenas noticias para ti. Siento decirte que hace un par de meses, un tipo inglés le alquiló la casa durante los próximos dos años, y se ha ido a Alemania a ver a su hijo durante una temporada.– Me dijo sintiendo gran solemnidad.
Tardó unos pocos segundos en exhalar una enorme carcajada, y decirme que Mana estaba al otro lado del lago y que ahora mismo le llamaría para darle una gran sorpresa.
Tardamos unos minutos en ponernos al día, y cuando salió fuera y vio el coche con la canoa encima, se empezó a partir de risa y me dijo con toda la solemnidad del mundo:
- Sabía que volverías. ¡Pero no tan pronto!
Tal y como acordamos, Maiso llamó a Mana y le indicó que debía ir a su bar cuanto antes, ya que tenía una sorpresa para él.
Mana acudió presto a la llamada y en algo menos de media hora apareció por la orilla del lago.
Cuando estaba a una distancia prudencial, salí a la avenida y le saludé desde lejos.
Cuando estaba a pocos metros de mí, le señale hacia donde estaba el coche, y nada más girar la cabeza se quedó parado.
Pasamos unos días juntos, en los que le estuve contando todo lo que me había pasado el último año desde que me fui de Nepal, que no era poco.
Aquellos días tenía su casa alquilada, así que con mi Maggiolina ya en pleno funcionamiento, acampé en frente del lago que era un lugar tranquilo y maravilloso
Me encantó poder compartir con Mana, un europeo con mentalidad occidental, mis vivencias de los últimos meses y todas mis dudas acerca de las diferencias culturales no juzgadas entre unos y otros.
Aquellos días en Pokhara a demás de pulir un poco algunos conocimientos, me di dos horas de masaje en las cervicales y en la espalda todos los días, y aquello hizo que mi cuello mejorara considerablemente. También por alguna extraña razón, decidí afeitarme la barba por completo por primera vez, desde hacía varios años, y me sentía de lo más extraño.
Me encantaba pasar los atardeceres y los amaneceres leyendo frente al lago. Por alguna extraña razón, entregarle la canoa a mana me había provocado una enorme paz interior. No se si aquello tendría relación con que la dejaría de ver cada vez que mirara al cielo conduciendo, pero me sentí tremendamente realizado.
La última noche antes de partir, subimos a dormir a la pequeña aldea de lo alto de la montaña de enfrente de Pokhara. Al aire libre, por las buenas, con una pequeña esterilla, una almohada y una manta, disfruté de mi último y más bello amanecer frente a las montañas. Me despedía de la tranquilidad por mucho más tiempo del que yo me imaginaba.
Desde el día después de hundirle la canoa a Mana, cuando decidí sacarla, no habían pasado nunca más de un par de días sin que la recordara por algo, y jamás dudé que alguna vez volvería para sacarla.
Y aunque en este viaje no lo hubiera conseguido, si que había conseguido sembrar una pequeña semilla de felicidad en el interior de una buena persona.
El tema del rescate de la canoa hundida aun quedaba pendiente, y sabía que aunque tuviera que esperar a que el lago se secara, aquella canoa volvería a ver la luz del sol.