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27 MARZO AL 2 DE ABRIL. CALCUTA. EL FELIZ REENCUENTRO.

Monday, April 27th, 2009

El encuentro con mi viejo compañero de viaje y fatigas fue breve, pero intenso. Reviví un montón de momentos que casi parecían olvidados y sentí un cosquilleo en el estómago, que hacía quizás demasiado tiempo no sentía.

Muy en el fondo, siempre había sabido que Andrés estaría cuando volviera a por él, pero muchas veces había sido difícil mantener a los miedos a raya, que habían terminado por hacer mella en mi confianza.

Después de pasar unos minutos junto a él, sin que me permitieran abrirlo, salimos de aquel enorme complejo, situado frente al puerto mercante de Calcuta.

- Sarto, mañana tu coche estará listo para ser recogido-. Me dijo Obi con su calma habitual mientras nos subíamos al coche camino de su casa.

Pasé la tarde con Obi y Benny pensando en todo lo que debería hacer una vez tuviéramos el coche en nuestro poder.

Lo primero que necesitaría, serían pinzas. Probablemente las dos baterías del coche después de siete meses de inactividad total, sin siquiera haber sido desconectadas, habrían pasado a mejor vida, así que tendría que arrancarlo enchufándolo con pinzas a un par de baterías bien cargadas. También necesitaría hacerle una revisión completa, ya que recordaba que le tenía que cambiar aceite y filtros nada más llegara a Canadá, y estaba seguro que después de tanto tiempo parado, alguna cosilla le fallaría.

Aquella tarde, también comenzamos a confeccionar la ruta de mi viaje hacia el sur del país, y el recorrido que por las provincias de Tamil-Nadú, Kerala y Karnataka, que eran las que había pensado recorrer con las chicas.

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Recordé también que en una semana exactamente, debía estar en Tiruchirapalli, donde había quedado con mi amiga Yaiza y su madre Mónica que estarían ayudando en el orfanato. Nos separaba una distancia de dos mil kilómetros, que a buen ritmo se podía recorrer en tres ó 4 días, y eso me dejaba otros 4 como máximo para poner a Andrés a punto. Quizás fuera un poco justo, pero tampoco era tan preocupante. Aquel me pareció el primer momento de mi vida en que empezaba a preparar algo con más de una semana de antelación, y probablemente lo fuera.

Después de cenar, subimos a la terraza de casa de Obi con unas cervezas, y pasamos una agradable velada arreglando el mundo y charlando sobre la situación de La India hoy en Día.

Los dos puntos más flacos del país eran sin duda la enseñanza y la sanidad. Y ambos estaban muy relacionados.

La enseñanza, a pesar de ser increíblemente buena, estaba al alcance de muy pocos, y algo parecido sucedía con el sistema sanitario. Quizás no tan bueno, pero sí al alcance de pocos.

No era raro encontrarse a Indus ejerciendo la enseñanza o la medicina en las mejores universidades y hospitales del mundo, haciendo más falta en su país que en ningún otro sitio. Cualquiera que destacara en la universidad y recibiera una buena propuesta de empleo en algún país desarrollado, no dudaría en marcharse con su familia.

También le estuve sonsacando información a cerca de su religión, y aprendí un poco más a cerca de sus Dioses. Los tres más importantes eran Brama, Visnu y Shiva. Dioses de la creación, la conservación, y la destrucción respectivamente, que estaban medio emparentados entre sí, y sus extensas familias abarcaban la forma y figura de todo tipo de animales mezclados entre sí, a cual más estrambótico. La religión se representaba a través de dibujos y animales divertidísimos y tremendamente agradables de ver. Sus templos eran graciosos y coloridos, sin que por esto sus rezos perdieran el más mínimo ápice de solemnidad.

A la mañana siguiente en cuanto llegué a Quatro, que era el nombre de la agencia de Obi, y desde donde llevábamos a cabo todos los trámites del coche, le pregunté a Sylvester, un tímido pero tremendamente eficiente tipo que trabajaba ahí, donde podía encontrar un buen mecánico de coches por la zona.

Sylvester, me hizo un pequeño croquis de cómo llegar hasta un barrio cercano, donde había varios talleres que tenían fama de trabajar muy bien, y tras despedirme de Obi y acordar vernos después de comer para ir a recoger a Andrés, partí en busca de unas pinzas, y un mecánico de confianza.

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No tardé en llegar al lugar que me había indicado. Era una calle dentro de un barrio musulmán, donde abundaban los pequeños talleres mecánicos, las cabras y los coches destartalados.

No sabiendo muy bien por donde empezar, me dí un paseo por el lugar. Me encantaba pasear por Calcuta. Nunca sabía lo que me podía encontrar detrás de cada esquina. Podía haber un montón de niños duchándose debajo de una tubería rota que salpicara agua, un pequeño tenderete de frutas, o un tipo degollando gallinas.

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Terminé deteniéndome en una pequeña tienda de recambios cuyo dueño me inspiró confianza a primera vista.

- Salam alecum-. Dije dirigiéndome al anciano comerciante.

Sabía muy poquito inglés, pero entre mi modestísimo bengalí, y algunas personas que pasaban por el lugar conseguimos entendernos. Siempre decía que “a buen entendedor… pocos gestos bastan”.

En Calcuta parecían no conocer las pinzas para arrancar coches, pero un mecánico vecino llamado Mohamed Salim, tenía unos cuantos cables eléctricos y dos buenas baterías que servirían para mi propósito.

El tal Salim, que no sabía ni una palabra de inglés, pero no le turbaba lo más mínimo. Escuchaba sonriente y luego hacía con la mano un gesto de no haber entendido nada. Parecía un tipo de fiar, y se veía que sabía algo de mecánica, así que aproveché para preguntarle si él me podría hacer el “Oil Service” de un jeep Toyota a demás de alquilarme los cables y las baterías hasta el día siguiente.

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Para esto, fue necesario llamar a Obi y que hiciera de traductor. Finalmente acordamos con una taza de te en la mano, que cuando estuviera listo el papeleo del coche, Salim vendría con nosotros a buscarlo y me ayudaría a arrancarlo. Después me diría si me podía hacer la revisión.

Hacía tiempo que no trataba con musulmanes. Concretamente desde el taller en Vancouver donde una familia iraní me arreglo el motor de “God”. Los musulmanes en general eran gente seria en su trabajo. Siempre había respetado mucho su religión y sus costumbres, y solía conectar bien con ellos.

Volví a la oficina de Obi, y tras comer algo rápido, nos fuimos con Benny al despacho del supervisor de las aduanas, junto al puerto, donde debíamos recoger por fin el permiso para sacar a Andrés de la Warehouse.

Al poco de llegar al edificio, subimos a la primera planta, donde hicieron entrar a obi en un despacho. Mientras Benny y yo esperábamos fuera charlando, a que Obi saliera con el permiso, empezamos a escuchar un gran bullicio en el interior del despacho.

Antes que pudiéramos si quiera asomarnos, la puerta se abrió repentinamente, y apareció Obi gritando improperios a un señor de avanzada edad, que daba saltos sobre él, para intentar quitarle una carpeta que Obi sostenía en alto.

Fue una situación de lo más surrealista que continuó a lo largo de todo el pasillo del edificio, las escaleras y hasta llegar al patio, donde finalmente Obi se desembarazó de aquel tipo con un empujón, y le dijo a modo de amenaza que se iba a enterar de quién era él.

Obi nos ordenó que nos subiéramos al coche, y cuando ya estuvimos dentro, nos informó de lo ocurrido.

Parecía ser que el supervisor le había sugerido que le diera una propina para firmar el documento. Ante la negativa de Obi, éste se negó a firmarlo bajo el pretexto que hacía más de seis meses que el coche había sido enviado fuera del país. Esto no era un impedimento para retirar el coche, pero sí que alargaría los trámites un par de días. Para colmo, al percatarse de que Obi tenía el móvil en la mano, le acusó de estar grabando la conversación, y esto le hizo a mi querido amigo que perdiera los papeles.

No se le ocurrió otra cosa, que acusar abiertamente al supervisor de corrupto y cara dura, y tras quitarle la carpeta que contenía la documentación y los permisos de mi coche, salir del despacho gritando a diestro y siniestro que “nadie le hacía a Avijit Dutta una acusación tan grave como la de estar grabando una conversación a escondidas”.

El supervisor le respondía a gritos que estaba robando documentos oficiales, mientras hacía vanos esfuerzos por quitarle a Obi la carpeta.

A mi me entró un ataque de risa, que se prolongó hasta que comprendí que aquel tipo al que Obi había empujado, y robado la documentación, era la persona que debía autorizarme a sacar el coche del lugar inmundo en el que se encontraba.

Obi me dijo que no habría problema, pero que debíamos ir al despacho del director, que estaba en otro edificio al que había que llegar en coche.

Cuando llegamos, entramos directamente a hablar con el director, y no se porque, no me extrañó encontrarme al supervisor en ese mismo lugar. Se nos había adelantado.

Debimos pasar más de una hora en el despacho del director de las aduanas portuarias, dando explicaciones, y haciendo gala de la más pícara y astuta diplomacia, para que finalmente nos autorizaran a sacar el coche al día siguiente por la mañana.

Así pues, avisamos a Salim para que tuviera todo listo al día siguiente, y nos fuimos a casa a cambiar y arreglar, ya que aquella tarde teníamos un evento muy especial. La reunión anual de las compañías de carga aérea de Calcuta, que consistía en un agradable paseo en barco por el Ganges con espectáculo y cena, al que acudirían un par de centenares de personas, relacionadas con el sector.

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Navegamos río arriba, y me encantó ver todas las escenas que se desarrollaban a orillas del Río Sagrado a su paso por la ciudad de Madre teresa.

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Daba igual los kilómetros que uno recorriera río arriba o abajo. Cuando uno miraba a la orilla siempre había algo mágico que contemplar.

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Cenamos varios tipos de arroces, pollo con diferentes especias y cocinado de mil maneras distintas, curry de todas las clases y colores, y un delicioso repertorio de postres caseros.

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Todos los Indus comían siempre con las manos. Daba igual que estuvieran almorzando un plato de arroz sobre una hoja de palma en las calles de Calcuta, o cenando con un ministro en la casa más elegante de Bombay. Por ello la base de la comida era siempre arroz o pan.

Principalmente había tres tipos de panes. Nan o butter Nan (una torta de pan blando y esponjoso del tamaño de una masa de pizza pequeña, que se sirve caliente y partido por la mitad), Porotta (Algo más pequeño y chicloso), y Rotti (puede ser de cualquier tamaño, pero se caracteriza por ser tan fino como una hoja de papel). Todos eran blandos y moldeables, y les permitían mezclarlo con los distintos platos de verduras, trozos de pollo o pescado, siempre en salsas condimentadas con especias (picantes en la mayoría de los casos).

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El punto fuerte de la fiesta, fue sin duda el ver a Baba (el padre de Obi), después de tomarse un par de copas. Con lo tímido que se le veía en casa, y no tardó en convertirse en la estrella de la fiesta, que se alargó hasta altas horas de la noche.

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Al día siguiente, los trámites para sacar el coche se alargaron todo el día y finalmente a las cinco de la tarde nos dieron la autorización definitiva. Pasamos a recoger a Salim con las baterías y los cables, y nos dirigimos al puerto. Cuando llegamos, ya empezaba a anochecer.

Entré al coche por primera vez, y pude observar que todo estaba tal y como lo recordaba. Lo primero que hice fue poner el contacto, pero tal y como esperaba, no se encendió ni una sola luz del cuadro. Abrimos el capó, y tras comprobar los niveles de aceite y agua, le pusimos los cables y enchufamos las baterías del coche a las que traía Salim.

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Puse el contacto, y aquella vez sí que se encendieron las luces del cuadro. Crucé los dedos y giré la llave… nada. Esperé unos segundos y lo intenté de nuevo… más de lo mismo.

Tras hacer varios intentos y ver que no tenía intención de arrancar, decidimos sacar el coche de aquel lugar, e intentar empujarlo tirando del coche de Obi en la calle.

Aquello tampoco dio resultado, y entendí que después de siete meses de abandono, primero en un container oscuro surcando mares, y después a la intemperie en un puerto mercante, no me daría la alegría de arrancar tan rápido.

Finalmente, ya entrada la noche, Obi se fue con Benny en busca de una grúa, y yo me quedé junto al coche con Salim y el otro mecánico que le acompañaba. Aproveché para revisar a Andrés a conciencia, e indicar a Salim todo lo que habría que reparar, como la rueda trasera de repuesto, que no había quien la abriera y cerrara, o el cable del winche que estaba partido.

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En las más de dos horas que tardó Obi en aparecer con la grúa, tuve tiempo para dejar volar mi imaginación y pensar en alguna mejora que hacerle a Andrés para el viaje que me esperaba. El primer problema que recordé tener, era el calor que hacía por la noche dentro de la Maggiolina las noches que no corría la brisa cuando atravesaba zonas calurosas. Los próximos meses serían tremendamente calurosos por todos los países que recorrería hasta llegar a España, y se me ocurrió inventar algún sistema para poder dormir cómodamente al aire libre.

Pensé que quizás si colocara dos barras metálicas verticales a los lados de la defensa delantera que tuvieran la misma altura que la Maggiolina, podría colocar una red entre dichas barras y la baca, y podría dormir en todo el espacio que había sobre el capó y la luna delantera. Dormir bajo las estrellas era una de las cosas que más me podía gustar en el mundo, así que decidí dedicarle algunas horas de los próximos días a la elaboración de dicho invento.

Enganchamos el coche a la grúa – remolque, y lo llevamos a la puerta de casa de Obi. Una vez ahí, le desmontamos las baterías, y Salim se las llevó para recargarlas durante toda la noche, y quedamos en recogerlas en su taller a media mañana el día siguiente.

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Era tarde, así que tras una cena ligera e informar de las novedades a los padres de Obi, nos fuimos a la cama. Saber que Andrés estaba en la puerta de casa me hizo dormir de lo más tranquilo. Aunque de momento estuviera aparentemente inservible, y tuviera que estar en cinco días con él a dos mil kilómetros de donde me encontraba.

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Amanecí temprano y pasé al GPS del coche los mapas de toda La India con la ruta más directa y rápida hasta Tiruchirapalli. También subí absolutamente todo el contenido del coche a la azotea de casa de Obi (un trabajo de chinos), y empecé a decidir lo que llevaría al sur, y lo que dejaría en Calcuta para recoger cuando volviera, antes de subir a Nepal.

A media mañana fui con Obi al taller de Salim a recoger las baterías. Nos dijo que las habían cargado durante toda la noche y funcionaban perfectamente. Me acordé de mi mecánico Santi de Madrid, y me alegré de haberle hecho caso y comprar baterías Óptima de Gel.

Conectamos las baterías recién cargadas, y tratamos de arrancar, pero el resultado fue el mismo que el del día anterior. No hacía absolutamente nada cuando giraba la llave. Sin embargo, algo me decía que esta vez si lo empujábamos el resultado sería diferente. Así que me acerqué a un grupo de personas que estaban jugando a las cartas en la calle junto a casa de Obi, y tras saludarles y aceptar una taza de té, les pedí ayuda para empujar el coche e intentar arrancarlo.

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No se lo pensaron dos veces y avisaron a todos los niños que estaban jugando alrededor para que también echaran una mano. Entre todos colocamos el coche al principio de una calle bastante recta, y cuando no vino ningún coche, empezaron a empujar con fuerza. Cuando vi que tenía la velocidad y la inercia suficiente, embragué y engrané la segunda marcha…

¡El ronroneo del motor de Andrés se fundió con los aplausos y vítores de todos los niños al ver como arrancaba!

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Pero no todo eran buenas noticias. A pesar de haber arrancado empujando, continuaba sin funcionar el arranque a batería. Tampoco funcionaba el motor de ninguna de las ventanillas, ni el cierre centralizado, ni el aire acondicionado, ni el ventilador, ni la música, a pesar de haber chequeado todos los fusibles, y estar perfectamente.

Tras repetir la maniobra del empujón para volver a arrancar el coche, me dirigí al taller de Salim. Con las ventanillas bajadas y sin aire de ningún tipo, aquello era exactamente igual que la sauna del gimnasio Omega, un miércoles a las siete de la tarde.

Después de una ardua negociación, como siempre con una taza de Té, conseguí que Salim se comprometiera a hacerme el cambio de aceite y filtros, y la reparación de todos los sistemas eléctricos que tuviera estropeados el coche, además de un engrase y lavado completo del coche.

Al principio me dijo que no podía trabajar en mi coche porque estaba saturado de trabajo, y no fue nada fácil convencerle para lo contrario, sobre todo partiendo de la base que no podía pagarle ningún sobreprecio debido a la precariedad de mi economía.

Acordamos pues que aquella tarde de lunes 30 de marzo a última hora empezaría con el coche.

Aproveche el resto de aquel día, en el que Salim debía adelantar trabajo para dedicarle todo el día siguiente a mi coche, para ir a un barrio cercano donde abundaban los talleres de soldadura e intentar darle forma a mi invento de la cama al aire libre. Eso por supuesto, después de darle un buen lavado a Andrés.

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Llegué a la zona del gremio de los soldadores y artesanos del metal, y una vez más, detuve el coche y me bajé para dar una vuelta por la zona y buscar algún sitio de confianza. No tardé en cruzarme con un tipo de avanzada edad que paseaba por la calle. Al cruzar la mirada con la mía me saludó en perfecto inglés británico.

- Hola Joven ¿de donde vienes?-. Me preguntó aquel curioso tipo que vestía de blanco con un turbante azul.

- ¡Hola! Vengo de España-. Le respondí. – Mi nombre es Sarto.

- Mi nombre es Kuldeep-. Me dijo mientras me estrechaba la mano. – ¿Vienes desde España conduciendo?-. Me preguntó mirando el coche.

- Si. Es una larga historia… Ayer recogí el coche del puerto, después de que hace cinco meses las aduanas canadienses rechazaran la entrada en su país del conteiner en el que llegó desde Calcuta, por contener algo de barro en las ruedas-. Le dije lo más resumidamente posible. – Mañana parto al sur de La India y como es uno de los meses más calurosos del año, he pensado en construirme una cama al aire libre…

La cara de Kuldeep mientras le explicaba la idea de soldarle unos tubos de hierro a la defensa del coche, donde pudiera encajar unas barras metálicas que sirvieran de sujeción para una red, me recordó a la de mi amigo Dipanjan ocho meses atrás, cuando lo encontré en un semáforo y le expliqué que trataba de llegar al puerto de Calcuta para enrolarme con el coche en un barco hacia Alaska.

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- Sin duda has acudido al lugar correcto-. Me dijo mi nuevo amigo con una gran sonrisa.

Pasamos las siguientes tres horas yendo juntos de un sitio para otro. Compramos los tubos y las barras en un almacén de materiales metálicos que conocía. Las mediciones, cortes y soldaduras, las realizamos en el taller de soldadura de un amigo suyo de total confianza.

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También aproveché para reponer el cable metálico roto del winche, reforzar el soporte de un guardabarros, y cambiar las escobillas de los limpiaparabrisas y un tornillo pasado de rosca.

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Mientras trabajaban en los distintos lugares, Kuldeep y yo charlábamos entre taza y taza de té.

Kuldeep era un Seek. Los Seek eran una religión de La India, original de la zona de Punjab. Se caracterizaban por llevar un turbante en la cabeza, en el interior del cual recogían su larga cabellera, jamás cortada.

Había cinco objetos que debía llevar siempre un Seek y por los cuales se les podía diferenciar del resto de los Indus. El primero era el turbante enrollado al pelo, que tenían terminante prohibido cortarse. El segundo era un pequeño peine escondido en la cabeza bajo el turbante, para mantener siempre el pelo arreglado. El tercero una pulsera dorada característica de los Seeks. El cuarto era una daga, para utilizar en caso de necesitar defenderse de algo. Y el quinto era una ropa interior tremendamente aparatosa y difícil de quitar, para demostrar que no se la quitarían a la ligera.

Finalmente, a media tarde el invento estaba listo y pintado de negro para no desentonar cuando estuviera puesto. Había soldado dos tubos metálicos de gran resistencia a los extremos de la defensa delantera, justo enfrente de los intermitentes.

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Tenían 30cm de alto, y ahí encajaría dos barras metálicas macizas reforzadas, de 120cm, con dos argollas, donde iba acoplada una tercera barra de hierro horizontal, que haría de sustento de la cama.

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Durante el día, todas las barras, irían en un lado del maletero cuando no estuviera puesta la cama. Solo me faltaba hacer una red a medida, y el invento estaría terminado.

Me despedí de Kuldeep, no sin antes apuntar sus datos para llamarle la próxima vez que volviera a Calcuta, y de todos los mecánicos del taller de soldadura que fueron tremendamente amables conmigo.

Se acercaba la hora de empezar con la reparación del coche, así que partí al taller de Salim.

Nada más llegar, el electricista, que pronto me apodó “Mujorlli”, y otros dos mecánicos empezaron a desmontar el coche para tener acceso a todos los cables y conexiones eléctricas, que según me dijeron, después de tanto tiempo a la intemperie y en zona de costa, estarían sulfatadas.

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Estuvieron trabajando hasta altas horas de la noche, y yo mientras tanto me quedé por ahí rondando, procurando aprender de lo que veía, y haciendo amigos. En los momentos de descanso les enseñaba a todos fotos del viaje, siempre con las dos graciosas cabras que parecía tenían de mascotas en el interior del taller.

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Me llevé muy bien con un joven musulmán de mi edad al que llamaban Alexander, al que tuve la oportunidad de contar la visión que teníamos en general en Europa y los países desarrollados de su religión.

Su inglés era excelente y sabía mucho de su religión para su edad, así que a pesar de nuestras diferencias de opiniones, sobre todo en lo referente al trato de las mujeres, fue un agrado hablar con él.

- El Corán es un libro que te enseña como vivir la vida-. Decía Alexander.- Te enseña desde como comportarte con los demás, hasta cómo comer, como actuar en los negocios, como vestir, el cuidado personal y como enfrentarte a las diferentes situaciones de la vida.

- Entiendo y respeto que pueda haber formas distintas de ver, vivir, y actuar ante la vida. Pero creo que debería ser igual para todos, y creo que a vuestras mujeres no las dais demasiada opción a elegir -. Le dije en un momento dado. - ¿Por qué son ellas y no vosotros las que usan Burka? ¿Por qué sois vosotros los que podéis tener tantas mujeres como queráis y a ellas no les está permitido tal cosa?-. Le cuestioné de la manera más educada posible.

- El Burka no es más que una manera de protegerlas. Uno no desea lo que no puede ver, y una mujer que va sola por la calle, debe estar protegida. Una mujer tapada no excitará a ningún hombre, y por lo tanto nadie tendrá el deseo explícito de hacerla nada -. Respondió.

Yo asentí y le dejé continuar.

- A nosotros no se nos está permitido tener tantas mujeres como queramos, sino tantas como podamos mantener con un buen nivel de vida y en casas diferentes sin hacer ninguna diferencia de trato entre una y otra. Está comprobado que hay más mujeres que hombres, y de no ser así, habría muchas que no tendrían con quién desposarse y tener hijos.

La conversación se extendió mucho, y traté de hablar con él con la mente abierta y sin emitir juicios, ya que esa era la única forma de la que creía posible comprender el porqué de las cosas, y más si eran cosas que chocaban tanto con mis principios y lo que me habían enseñado. En ese tipo de situaciones, había que mantener los conflictos morales a raya. Probablemente él me podría haber preguntado el porque de los millones de chinos que trabajaban sin descanso en fábricas en condiciones infrahumanas para que nuestra sociedad de consumo pudiera seguir a flote. O porque la religión y la espiritualidad hacía ya varias generaciones que había desaparecido de nuestras vidas dando paso a un sistema desprovisto de valores que no fueran materiales y cuantificables.

- Una pregunta Alexander-. Le dije en un momento dado.- ¿Por qué la mayoría de los talleres de por aquí tienen un par de cabras de mascotas?-. ¿A caso os las coméis pasado de cierto tiempo?

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- No, que va. Las criamos, las alimentamos, las cuidamos, y las sacrificamos en nombre de Alá-. Dijo mientras hacía con la mano derecha el gesto de ser degollado.

Yo me quedé de piedra y traté de conservar la calma.

-¿Qué las sacrificáis? ¿Y no os da pena?-. Le pregunté.

- Claro que nos da pena. Pero por eso es un sacrificio-. Me dijo tremendamente serio.-Si lo que te preocupa es que los animales sufran, has de saber que se les hace un corte limpio en las venas del cuello con una daga tremendamente afilada y no sienten nada. En pocos segundos se quedan dormidas y pierden la conciencia.

Yo me había encariñado tremendamente con una de las cabras de Salim, y me costó comprender el porque de este acto.

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Aquel día llegué a casa de Obi pasada la media noche, y cuando revisé el correo, observé que me había llegado un e-mail tremendamente preocupante. Dentro de exactamente 3 días, llegaba Mariana a Chennai, donde debía recogerla para ir juntos a Tiruchirapalli. Mariana era la primita de Yaiza y tenía tan solo diecinueve añitos, y una preocupada madre a la que había prometido que cuidaría de su niña.

No podía ni plantearme la posibilidad de que me esperara un par de días sola en algún modestito hotel de la zona. Chennai estaba a 1.700 km de Calcuta con dirección a Tiruchirapalli, y era inconcebible recorrer esa distancia en menos de dos días, contando con no dejar de conducir más que tres ó 4 horas para dormir ambos días.

Eso quería decir que el coche debería estar listo al día siguiente lo antes posible sí, o sí.

El ritmo de trabajo del día siguiente fue frenético. Cambiamos el aceite, los filtros, tapizamos el volante, e hicimos todo lo que había que hacerle al coche mientras los electricistas llevaban a cabo la tarea de limpiar o cambiar todas las conexiones eléctricas defectuosas del vehículo.

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A última hora de la noche aun había varios problemas eléctricos sin solucionar, y el coche estaba completamente desmontado. Faltaban 48 horas para que llegara Mariana a Chennai.

Obi me dijo que sería imposible que llegara a tiempo y que debía llamarla para informarla que llegaría uno o dos días tarde, pero yo estaba seguro que de alguna milagrosa manera podría llegar, así que me limité a mandarle un correo a Mariana diciendo que cuando llegara no se le ocurriera moverse del aeropuerto bajo ningún concepto hasta que no la llamara a su móvil para decirle que estaba ahí, y que quizás me tuviera que esperar un par de horas (a modo de coletilla le dejé caer que no se preocupara, ya que de ningún modo esas dos horas se convertirían en más de 24).

Al día siguiente a las siete de la mañana continuamos trabajando con el coche. La cosa parecía ir para largo, así que aproveché para irme al mercado más grande de Calcuta, en busca de la red para dormir en mi nuevo invento.

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Tras recorrer varias tiendas y talleres textiles, di con uno que tenía una tela de algodón excepcionalmente gruesa, cómoda y resistente. Decidí tratar de utilizar eso como cama, a modo de hamaca, y encargué un rectángulo de tela de 165cm x 210cm, reforzado en los laterales con dobles costuras de Nylon, y con un dobladillo hecho con la propia tela en ambos extremos por los que poder meter dos barras metálicas. Una se engancharía a las barras metálicas de delante, y la otra a la baca con cinchas tensoras.

Tardaron algo más de un dos horas en realizar el encargo, y otras dos en colocar el dobladillo en los laterales correctos, ya que la primera vez se equivocaron. Fue un error obvio, teniendo en cuenta que me encontraba en un pequeño taller textil en un mercado de los suburbios de Calcuta.

Mientras confeccionaban la tela, aproveché para ir a cortarme el pelo con un peluquero hindú súper gay al cual caí estupendamente y el cual me cobró diez rupias por un corte de pelo. Era la segunda vez en mi vida que pagaba menos de veinte céntimos de euro por un corte de pelo, y sin embargo la primera que rechacé un “masaje”.

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También me dí un gran paseo por aquel inmenso mercado en el que vendían desde gallinas, hasta equipos de música, pasando por especias, maderas, hierros, y un larguísimo etcétera.

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La segunda vez que fui a recoger la tela, aparecí una hora antes para cerciorarme de que la terminaban correctamente. El señor Taylor hizo un trabajo estupendo.

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Regresé al taller de Salim después de comer, y me quedé ayudando en lo que pude, hasta que finalmente a las seis de la tarde, el coche estuvo listo para partir.

Habían arreglado absolutamente todo lo que tenía mal, y aunque pareciera mentira, Andrés estaba en perfectas condiciones.

Se lo agradecí enormemente a Salim y a todos los mecánicos, que habían hecho un esfuerzo encomiable, y no me cobraron ni una sola rupia más de lo que habíamos acordado en un principio por la puesta a punto de Andrés, después de haberse pasado dos días desmontando cada piececita y cada conexión de todo lo que no funcionaba.

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Fui volando a casa de Obi y entre todos cargamos el coche con todo lo que había decidido llevarme, y pedí que me rellenaran mi termo con café, y me llenaran una botella con dos litros de Té.

Cuando por fin estuve listo para partir era jueves 1 de abril a las nueve de la noche. Faltaban algo más de 28 horas para que Marianita aterrizara en Chennai, destino al cual mi GPS Garmin, que en cuestión de distancias era bastante ducho (a pesar que siempre fuera mejor seguir las indicaciones de cualquier lugareño de pies desnudos, que la ruta sugerida por éste como “carretera/camino”), me indicaba un recorrido de 1.720 km. Sería un viaje muy duro, y solo esperara que “mi querido mastodonte medio rojo” no diera la lata en nuestro reencuentro.

2 AL 12 DE ABRIL. INDIA DE CABO A RABO. DAMAS A BORDO.

Monday, April 27th, 2009

Seguí a Obi, que subido a su Royal Enfield de nombre Paquita, me indicó el camino hasta la carretera que abandonaba la ciudad por el sur. Me despedí de él, y acordé vernos un par de semanas después, ya con las botellas de buceo. En ese tiempo, intentaría adelantar trabajo con Benny, para intentar acompañarme a Nepal a sacar la barca de Mana.

Tardé algo más de una hora en abandonar los alrededores de Calcuta, y empezar a circular en lo que se podía considerar una carretera. Era noche cerrada, y eso en las carreteras, significaba que los que mandaban, eran los camiones. En La India, los camioneros viajan principalmente en la noche, para evitar el calor del día, y las restricciones que les prohíben circular a través de las ciudades a determinadas horas. Por lo tanto, por la noche las carreteras estaban invadidas por camiones, que tenían sus propias normas de circulación, y había que adaptarse a ellas, le gustara a uno o no.

Me alegré mucho de haber escuchado atentamente a Mana meses atrás cuando me explicó las reglas de los camioneros.

En La India, al contrario que en España se conducía por la izquierda. Por lo tanto lo normal era circular por el carril izquierdo, utilizando el derecho para adelantar.

Para los camiones, durante la noche la cosa no funcionaba así. Cuando ellos circulaban, utilizaban para circular el carril de adelantamiento en las carreteras con dos carriles.

Había que aproximarse a ellos, y dar un ligero toque de bocina a modo de permiso para adelantar cuando uno se encontrara a unos treinta metros de distancia. A los pocos segundos, los camiones se retiraban un poco a la izquierda.

Después de eso había que aproximarse un poco más, y dar otros dos bocinazos para que supieran que estaban siendo adelantados.

Si a algún vehículo hacía caso omiso de esta norma y decidía adelantar por la izquierda, o poner luces largas a un camión repetidamente para que se apartara, sufriría las consecuencias, que serían que el camión se colocara entre los dos carriles, no facilitando el adelantamiento en varios kilómetros. Si el vehículo de detrás se obstinaba en adelantarle, el camión no dudaría en cerrarle, y golpearle si fuera necesario.

Sabiendo esto todo era más fácil, y al cabo de unas horas me metí por completo en el juego de las bocinas, las prioridades y las distancias. Realmente no era más que eso. Un juego para amenizar las largas horas de conducción de los camioneros, y una manera de evitar el exceso de velocidad y los accidentes.

Me dí cuenta de que a pesar de ralentizar bastante la marcha, una vez acostumbrado, era bastante seguro. Teniendo en cuenta que los intermitentes y los retrovisores no existían, y que los camioneros conducían como si llevaran coches de choque, aquella era una buena manera de evitar que un camión se cambiara de carril violentamente mientras un coche le adelantaba.

No necesité demasiado tiempo para recordar que en las carreteras de La India, había que circular siempre con mil ojos. Era tan normal encontrarse a un vehículo por dirección contraria y sin luces, como a un par de vacas despistadas, durmiendo en mitad de la carretera.

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Las primeras nueve horas de conducción no se hicieron demasiado pesadas, y pronto empezó a amanecer. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a despuntar, había recorrido casi 600km.

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Eso era una tercera parte del recorrido y no estaba nada mal. Había necesitado beberme más de medio termo de café para no quedarme dormido, y maldije en varios momentos el no haber dormido más los últimos días, que en parte fue debido al té que me debía beber cada vez que hacía un nuevo amigo.

Eran las seis de la mañana, y me esperaba un larguísimo día de conducción por delante. Debía mantener como fuera el mismo ritmo que llevaba, lo cual sería difícil porque durante el día había más tráfico que por la noche.

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Los caminos variaban de buenos a malos y a malísimos indistintamente. Podía encontrarme con 50km seguidos de carretera perfectamente asfaltada, y que de repente esta tornara en un camino de cabras durante la siguiente hora y media. Así todo, estaba haciendo una media que rondaba los 60km/h, y eso no estaba nada mal.

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A las ocho de la mañana, me detuve en una pradera a descansar durante 20 minutos, en los cuales dormí profundamente. Continué conduciendo durante toda la mañana hasta la hora de comer, y tuve que empezar con la botella de Té antes de lo que me hubiera gustado.

A media tarde, tuve el primer percance del viaje, cuando un autobús no se percató que le adelantaba, y mientras le estaba rebasando en una curva abierta de una carretera de dos carriles, decidió girar bruscamente al carril en el que yo me encontraba.

Por física elemental, dos cuerpos no podían ocupar el mismo espacio, y por sentido común, si un cuerpo de diez toneladas se abalanzaba sobre uno de tres, con toda seguridad el de tres sería desplazado.

Eso fue exactamente lo que sucedió, y tras ver una enorme masa metálica que se dirigía en inevitable rumbo de colisión hacia mí, poco pude hacer a parte de sujetar el volante con firmeza y apretar los dientes y el trasero.

El tremendo golpe, hizo que el pobre Andrés saliera despedido hacia la derecha, y chocara con el bordillo, para volver a golpear al autobús, que tardó unos segundos en rectificar su marcha y volver a su carril.

Yo me quedé dando bandazos durante algunas decenas de metros, y terminé por apearme a la izquierda de la calzada, unos metros delante de donde lo hizo el Autobús.

Me bajé del coche bastante enfadado pero tranquilo, sin entender muy bien que todos los cristales estuvieran enteros, y que aparentemente Andrés no hubiera sufrido mayor daño estructural que una aleta delantera izquierda bastante arañada.

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Me dirigí al autobús con aire de pocos amigos, y al llegar a la puerta del conductor, pude ver a este tras el cristal, atemorizado y con las manos en el pestillo. Le grité que saliera a la vez que le hacía un gesto con la mano, pero este se negó. Me fijé en el lateral del autobús, y me llamó la atención ver un enorme abollón con la chapa cortada por encima de la altura de mi cabeza, y entonces comprendí que era lo que había impactado contra él, evitado que me destrozara todo el lateral. El gato Hi-lift. Una pieza de 120 cm, y más de 20 kilos de hierro macizo que servía para levantar el coche, y que transportaba sobre la puerta del conductor, enganchado a las barras de la baca con una estructura metálica tremendamente resistente.

Volví a mi coche para comprobar el gato y efectivamente había sido lo que había soportado el impacto. Tan solo se había doblado un poco uno de los ocho soportes de la baca, pero esto no supondría ningún problema.

Finalmente conseguí hablar con el conductor suicida, que terminó por salir junto a todos los ocupantes del autobús, y salvo por el comportamiento hostil del revisor de los billetes, que alegaba que había sido culpa mía por no haber tocado la bocina, y que no dejaba de tener su parte de razón, todo acabó con un apretón de manos y una buena lección aprendida: Al llegar a Madrid, pondría otro gato igual en el lateral derecho.

El pequeño percance con el autobús, sirvió para distraerme un poco y concienciarme de los peligros reales de conducir por La India. A partir de ese momento fui aun con más cuidado.

A las seis de la tarde, llevaba más de veinte horas conduciendo sin parar, y había recorrido 1.200km. Aun me faltaba un tercio del viaje para llegar a Chennai, y tan solo seis horas para que aterrizara el avión de Mariana. El cansancio acumulado convertía las horas en odiseas, y los kilómetros empezaron a hacerse cada vez más largos.

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Jamás en mi vida recordaba haber conducido tantas horas seguidas, a pesar de si recordar haber recorrido más kilómetros seguidos…

“Hacía cuatro o cinco años que un mes de junio estaba en Madrid con mi amigo Nicolás Olano, cuando le pedí el favor de acompañarme a casa de una tía mía en un pueblo a las afueras de Madrid, para recoger un par de butacas.

Acordé en pasarle a buscar a las 4 de la mañana, para así hacerlo de noche y evitar el calor, y a esa hora estaba en la puerta de su casa con mi camión carrozado de alquiler, y la que por entonces era mi novia.

Al poco de salir, Nico se quedó dormido, y no supe nada más de él, hasta que llegando a Córdoba, me preguntó que donde estábamos.

- Llegando Nico, llegando. Vuelve a dormir.

Lo de vuelve a dormir no coló, pero sí lo de que estábamos llegando. Un par de horas después, llegando por fin a Conil de la Frontera, Nico tomó conciencia del pincho que le había hecho, y se cogió un cabreo supino.

A pesar de ayudarme con todos los muebles que tenía que cargar en el pequeño camión, se negó en rotundo a subir conmigo hasta comillas al llegar a Madrid, que era donde debía llevar la mudanza de mi tía.

Aun recuerdo como si fuera ayer, la imagen de mi amigo, cuando llegando a Cádiz se llevaba las manos a la cabeza repitiendo una y otra vez con su característico acento americano: Eres un cabronazo tío!!”

Afortunadamente terminó por perdonarme, y precisamente en aquel momento estaría con los preparativos de su boda en Atlanta. A la cual no podría acudir por razones obvias.

Tardé algo más de nueve horas en recorrer los 500km que me separaban de Chennai, y tuve que parar en más de un control policial, para pedir que me dieran una taza de té o café, cosa que siempre hicieron encantados. Había pasado más de 30 horas conduciendo sin parar para recorrer más de 1.700km, después de varios días durmiendo lo justo y trabajando más de la cuenta. Nunca había tenido tanto sueño.

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Finalmente llegué al aeropuerto con algo más de tres horas de retraso. Me dirigí a la terminal de llegadas internacionales, y no tardé en encontrar a Mariana sentada junto a su mochila observando a la gente pasar.

Conocí a Mariana en un viaje de esquí hacía ya varios años, y desde entonces a pesar de no vernos a menudo, sus primos Yaiza y Piti eran muy amigos míos, así que coincidíamos de vez en cuando. Poseía la principal cualidad, que hacía que una persona me cayera de maravilla desde el principio. Era motera hasta la médula.

Hacía unas semanas que tomándonos algo la propuse venirse a la India cuando bajara al sur a ver a su prima y a su tía, y hacernos un par de semanas de ruta todos juntos, y había accedido sin pensárselo dos veces.

Mis palabras de bienvenida no debieron ser demasiado locuaces, y tras salir del aeropuerto, conduje en un estado de somnolencia bastante avanzado hasta algo más de 70km fuera de la ciudad por la carretera que llevaba a Tiruchirapalli, donde nos detuvimos en un campo tranquilo.

La pobre Mariana, no recibió demasiadas explicaciones aquella noche, pero entendió mi estado de agotamiento y me ayudó a montar el campamento mejor de lo que lo había hecho nunca nadie, sin preguntar demasiado y entendiendo todo a la primera.

Hacía bastante calor a pesar de ser las 4 de la madrugada, y se me ocurrió que sería el momento perfecto para probar mi nuevo invento.

Saqué las dos barras metálicas del maletero, y las introdujimos en sus correspondientes soportes al frente del coche. Después colocamos la primera barra tensora, que atravesaba la cama sobre las barras metálicas.

Sólo quedaba la última parte, que era algo más complicada. La segunda barra metálica, que haría que la cama estuviera recta, había que sujetarla a la baca con dos cinchas tensoras en los extremos de la barra, así que traté de explicar muy brevemente a mi joven amiga el funcionamiento de una carraca y una cincha tensora, algo que la mayoría de mis amigos, después de diez años cargando en remolques motos, quads, barcas etc, aun no eran capaces de nombrar, y mucho menos de usar.

Después de colocar la parte del lado del conductor, fui al otro lado. El cansancio no hizo que mi sorpresa fuera menor al ver que la cincha estaba perfectamente colocada y tensada. Aquella jovencita era todo un portento.

No me sorprendió tanto que mi invento funcionara a la perfección, y antes que todo mi cuerpo hubiera tocado la cama, ya había caído en un profundo letargo.

Amanecí dentro de la Maggiolina. Lo que me pareció algo extraño, ya que no recordaba ni siquiera haberla abierto. Mariana ya se había despertado y me miraba con extrañeza.

- ¡Hello, hello! Tami-Nadu Police. Please, come down-. Pude escuchar decir a una voz fuera del coche.

La noche anterior había olvidado decirle a Mariana que cuando uno acampaba en La India, le podía despertar la persona más insólita. Aquella vez fue el turno de un par de agentes de policía.

Eran algo más de las nueve de la mañana y lo que menos me apetecía del mundo era despertarme y bajar a dar explicaciones a un montón de policías curiosos que hubieran encontrado en un turista despistado la manera de echar la mañana. Pero tampoco me quedaba mucha opción, así que tras unos segundos en los que traté de recordar exactamente donde estaba y como y porque había llegado hasta ahí, me bajé de la Maggiolina de un salto, dispuesto a dar las explicaciones pertinentes.

Mientras Mariana se cambiaba, y yo me duchaba, pudimos escuchar lo peligroso que era acampar en aquella zona, la cantidad de delincuentes que andaban sueltos, y una larga lista de razones por las cuales no podíamos estar ahí.

Tardamos en torno a media hora en recoger todo, y finalmente uno de los agentes se subió en el coche para guiarnos a través de un pequeño pueblo muy pintoresco hasta comisaría, donde un montón de policías encantadores comprobaran que nuestros pasaportes estuvieran en regla. Tras charlar un rato con ellos y sacarnos un par de fotos, nos despedimos y proseguimos nuestro camino.

Con la policía hindú, por norma general siempre se debía actuar de la misma manera. Nunca había que quitarles importancia, pero había que tratarles de manera cercana y con sentido del humor. Sólo era cuestión de tiempo que se volvieran amigables y se interesaran por un “Spanish Journalist en pleno World Tour”.

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Continuamos hacia Tiruchirapalli, y no tardé en darme cuenta que la música del coche había dejado de sonar el día anterior, y no había vuelto a emitir sonido alguno. Sabía que el amplificador estaba algo delicado desde que saliendo de Nepal derramé sobre él, medio litro de jabón líquido de Marsella, así que me temí lo peor. Al menos después de aquello me había servido durante varias semanas de ambientador, cosa que ya no hacía.

Nos detuvimos en un par de pueblecitos que nos parecieron graciosos. Gente muy amable y hospitalaria como siempre, y por supuesto el mismo caos por las calles que en cualquier lugar del subcontinente. Animales de cualquier índole paseando a su antojo, y ningún tipo de norma de circulación aparente para nadie.

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Finalmente a la una de la tarde llegamos a nuestro destino. El único problema en el que caímos al llegar a aquella urbe de tamaño considerable, era que ninguno de los dos tenía la dirección del orfanato.

Tras preguntar a algunos lugareños, y comprobar que había más de ocho orfanatos por la zona, y ante la imposibilidad de llamar a Yaiza y a Mónica, ya que la idea era la de aparecer por sorpresa, nos fuimos a un Internet Centre, puesto que tenía las señas del orfanato en un correo de Yaiza de hacía algunas semanas.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando al abrir el correo, tenía un mensaje de Yaiza de hacía algunas horas, en el que además de expresarme su decepción por no ir a visitarla, me indicaba que aquella mañana partía en tren hacia Cochin.

Cochin era un pueblecito turístico que se encontraba en Kerala, en la costa oeste del país a diez horas de Tiruchirapalli por la línea férrea.

La última conversación que había tenido con ella fue hacía dos semanas. Le dije claramente que antes del sábado 4 de abril, el que era mi día preferido del año, pasaría a verla por el orfanato. ¡Y aun faltaba un día para aquella fecha!

En aquel momento me percaté de que aquella breve noche de descanso no había sido suficiente para sobreponerme del cansancio acumulado de los últimos días. Según el mensaje, Yaiza y Mónica se encontrarían en ese momento en un tren dirección a Cochin, y aquello no era nada bueno.

Apuntamos las señas del orfanato en un papel, y nos dirigimos a éste siguiendo las indicaciones de la gente de la zona por un laberinto de calles más angostas de la cuenta.

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Al llegar a la calle que buscábamos nos encontramos con una joven monja.

- Spanish friends of Yaiza and Mónica-. La dije.

Respondió asintiendo con una sonrisa, mientras señalaba al final de la calle y les decía algo a un par de niños, salieron corriendo frente a nosotros para indicarnos el camino.

Al llegar nos abrieron la puerta y entramos con el coche en el recinto. Un gran patio de tierra con palmeras y un montón de niños de color azabache correteando a un lado y a otro.

Mi sorpresa cuando vi aparecer a mis amigas entre los niños fue mayúscula pero del todo tranquilizadora. Aun no se habían ido.

Tras los abrazos y la bienvenida, llegaron las explicaciones de rigor y las presentaciones.

Yaiza y Mónica llevaban dos semanas trabajando en aquel lugar, con 160 niños huérfanos por el Tsunami que azotó la zona hacía varios años. Habían acudido a supervisar la correcta gestión del centro, después de haber acordado en Madrid con la fundación que se había ocupado de sacar el proyecto adelante, todo lo que necesitaban que llevaran a cabo.

No tardaron mucho en darse cuenta que la monja que dirigía el centro, no estaba desempeñando su labor correctamente, y tuvieron que poner un poco todo patas arriba para, después de hacer una limpieza general, tomar nota de todo lo que había que hacer para mejorar el funcionamiento general del orfanato y poder informar al detalle a la fundación en Madrid.

El centro tenía unas instalaciones estupendas, y contaba con los recursos necesarios para llevar a cabo la formación y el cuidado de aquellos 160 niños cómodamente. El problema era que faltaba una voz cantante que invirtiera correctamente los recursos y decidiera como hacer las cosas. La monja encargada de aquello estaba mayor y hacía lo justo y necesario para salir del paso: que los niños recibieran una educación muy inferior a la básica y cuidados hasta que tuvieran la edad suficiente para trasladarse a otro centro, o fueran adoptados.

Estaba seguro que con la persona correcta al frente de aquel lugar, no harían falta más de unos meses para que los niños empezaran a recibir una formación que les permitiera abandonar el orfanato hablando inglés y con una buena educación primaria. Aquello en La India, marcaría la diferencia entre ser uno más de los 700 millones que vivían por debajo del nivel de la pobreza, y tener la opción de conseguir un trabajo.

¿Qué mayor ayuda se podía prestar a aquellos niños huérfanos, que sacarles de la más absoluta pobreza y facilitarles el que pudieran hacer lo que quisieran con sus vidas? Una vez más, llegaba a la conclusión de que lo que más falta hacía en La India era formación. Desde mi punto de vista, lo más valioso que se le podía dar a alguien era el conocimiento suficiente para poder elegir con criterio propio. Me entristecía pensar que hubiera tanta gente con esa capacidad y que sin embargo no hiciera uso de ella.

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También conocí a otros dos jóvenes que estaban ayudando en el orfanato. Javi y Magda, dos españoles encantadores que habían pasado las últimas dos semanas con Mónica y Yai, y por cierto, también partían con ellas a Cochin en tren un par de horas después, y ya tenían los billetes.

No me sentí demasiado bien por trastocar los planes de todo el mundo, pero finalmente Javi y Magda partieron aquella tarde, y acordamos vernos en Cochin pasados dos o tres días.

Pasamos aquella tarde tranquilos en el orfanato, donde nos pusimos al día de nuestras últimas andanzas y planeamos lo que haríamos la semana siguiente. Mónica y Yaiza debían volver a España dentro de ocho días desde Bangalore, que era una ciudad bastante céntrica del sur del País.

Sabiendo eso, y también donde estarían Magda y Javi, trazamos en un mapa una línea lo más pintoresca posible por el sur del País, que llegara hasta la puntita de abajo, que después pasara por Cochín y terminara en Bangalore.

Disponíamos de una semana para recorrer ruta bastante completa por el sur de La India, y sin embargo Mónica dudó bastante entre venir con nosotros o irse con Javi y Magda, ya que por alguna extraña razón, dudaba que fuera a estar en Bangalore a tiempo para coger su vuelo si venía conmigo. No entendí lo que la podía hacer pensar tal cosa.

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Después de Bangalore, mariana y yo nos dirigiríamos de nuevo a Chennai que se encontraba a tan solo 300km, y donde dispondríamos de 4 días antes de que saliera su avión para buscar un par de botellas de bucear cargadas de oxígeno y hacer los preparativos pertinentes para mi partida hacia Nepal.

Al día siguiente por la mañana, mientras las niñas llevaban a cabo las compras de última hora, yo me fui en busca de un taller para hacer algunos arreglillos de última hora, tales como recargar el gas del aire acondicionado de el coche que no enfriaba absolutamente nada.

No tardé en encontrar un taller donde me ofrecieron recargármelo en una hora y a un precio muy razonable, así que no me lo pensé demasiado.

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Mientras esperaba, un coche de una edad considerable pegó un bocinazo con una potencia que me dejó atónito. El mecánico del taller, que estaba junto a mí, me entendió perfectamente cuando le dije que quería en mi coche un pito exactamente igual que el que acababa de sonar.

Cargar el gas del aire acondicionado, reemplazar la bocina de Andrés por una extra-potente, e inutilizar el amplificador del equipo de música que había pasado a mejor vida, me llevó media mañana.

La otra media la pasé en un taller eléctrico de coches, donde me hicieron una instalación de música nueva de la radio directamente a los altavoces.

Después de cargar el coche con el discreto equipaje de las damas, y explicarles donde se encontraba ubicada cada cosa y como se abrían y cerraban las puertas, cajas y cajones, llegó la hora de la amarga despedida de madre e hija con los niños.

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Besos, abrazos, llantos… y un montón de maravillosos recuerdos “de esos que ya no se olvidan”.

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La despedida de Yaiza y la monja directora del Orfanato, nos amenizó bastante la interminable salida por las atestadas calles de Tiruchirapalli.

- Adiós Hermana. Sepa usted que aunque no le haya gustado que vengamos, ¡volveremos!-. Le dijo Yaiza a aquella monja que se quedó con cara de póker.

Su respuesta, fue tan sorprendente como sincera…

- WHO TOLD YOU!!?? WHO TOLD YOU!!?? (Quién te lo ha dicho!!??)-. Repetía una y otra vez aquella monja indignada.

Desde un principio viajar con las chicas fue un agrado y no tardé mucho en darme cuenta que no solo no me darían más trabajo, si no que me quitarían la mayor parte de éste.

En seguida Mariana se agenció por sugerencia común el mapa. Desde el principio desempeñó perfectamente su función de indicadora de rutas y preguntadora oficial de direcciones por la ventanilla. Al menos hasta que nos dimos cuenta que la gran mayoría de los Indus no hacían caso a las mujeres, hasta el punto de ni siquiera querer contestarlas.

Mónica, que iba de copiloto, a pesar de no desempeñar con total precisión su labor de indicarme cuando podía o no podía adelantar, no protestó ni una sola vez por los autobuses que pasaban silbando a pocos centímetros de su cristal, o por las bicicletas repletas de cocoteros que aparecían de la nada y se cruzaban en nuestro camino haciéndome maniobrar bruscamente.

Recorrimos en algo más de un par de horas, la mitad de la distancia que nos separaba de Madurai, una antiquísima ciudad hindú que teníamos intención de visitar al día siguiente.

Mis tres compañeras superaron con creces la prueba de cenar en un chiringuito de carretera hindú, un poco de pollo con salsa picante servido sobre una hoja de palma con algo de pan.

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No sin que antes me aseguraba de que la cocina cumplía unas normas mínimas de higiene.

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Nos desviamos de la carretera por un camino de tierra que seguimos durante un par de kilómetros, y nos detuvimos detrás de unas rocas en un lugar propicio para pernoctar. Solitario, resguardado, silencioso, fresco y plano.

Yaiza no tardó en convertirse en la encargada de la Maggiolina, y Mónica (desde esa misma noche “Supermom”) de que todo lo que desordenábamos volviera a su lugar de origen. Mariana por su parte, ya sabía montar mi invento-cama mucho mejor que yo, y esa misma noche me advirtió que habría que inventar algún sistema para reforzar las barras del soporte delantero, que estaban empezando a doblarse hacia detrás debido a nuestro peso.

Pasamos una agradable velada bajo la luz de la luna amenizada con música hindú de algún pueblo cercano. Acampar en un lugar tan solitario como el que nos encontrábamos, era algo que hacía unos meses hubiera jurado que era imposible de encontrar en La India.

Debido a las prisas de mi viaje hacia el sur, no me había podido para a pensar bien en las grandes diferencias que estaba encontrando con el norte del país. La primera que saltaba a la vista, era que la gente tenía la piel mucho más oscura. Esto era debido a que los Indus del sur provenían de la raza originaria de La India, y los del norte sin embargo eran mestizos de las razas que entraron a lo largo de los siglos por el norte del país y por Pakistán, que hasta hace medio siglo formaba parte de La India o Industán. Por el sur era mucho más complicado acceder al país, ya que estaba rodeado por mar, así que la raza se mantuvo.

Otra gran diferencia era que, por extraño que pareciera, había bastantes lugares despoblados. Al menos lugares en los que no se veía gente alrededor (a pesar que sí la hubiera) en algunos kilómetros a la redonda.

A la mañana siguiente para mi sorpresa, nos pusimos en marcha algo más rápido y temprano de lo que esperaba. Tras pasar todos por la ducha partimos hacia Madurai a primera hora de la mañana.

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Camino de Madurai pudimos hacer una parada estratégica para bebernos el contenido de unos cuantos cocos, que siempre que a uno le apeteciera se podían encontrar apilados sobre bicicletas a los lados de la carretera. A su lado solía encontrarse un hindú de aspecto menudo con un gran cuchillo en forma de boomerang. Con un par de cortes certeros, hacía un pequeño agujero en la parte superior del coco, por el cual metía una pajita para que su contenido pudiera ser absorbido cómodamente.

Si a uno le apetecía comerse la carne del interior, no tenía más que entregarle el coco de vuelta una vez terminado, para que con otro par de certeros cortes, lo seccionara por la mitad y con un giro de muñeca le sacara aquella blanca y dulce gelatina.

Tras una breve parada en una enorme cantera desde lo alto de la cual se tenía una preciosa visión panorámica de todos los pueblecitos de alrededor, a medio día llegamos a Madurai.

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Pasamos algunas horas conociendo aquella antiquísima ciudad plagada de enormes templos, que eran altísimas construcciones de lo más alegres y coloridas.

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Había gente por todos lados pero el ambiente era jovial y agradable.

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Mucho turismo hindú y sin embargo poco extranjero, hacía de aquel lugar tremendamente auténtico.

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Paseamos por un mercado de telas que se encontraba en el interior de un impresionante edificio de piedra diáfano, de más de mil años de antigüedad. Era uno de los mercados más bonitos que había visto.

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Aprovechamos para hacer algunas compras, y un amable tejedor accedió a hacerme un pequeño remiendo in situ a un bolsillo roto de mis pantalones.

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Tras comer en un sitio hindú más que decente, abandonamos Madurai y nos dirigimos a la costa.

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Atravesamos varios pueblecitos de lo más pintorescos, con carreteras que recordaban a la sabana africana.

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Y con gente de todo tipo.

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En un par de horas y tras una ardua búsqueda, llegamos finalmente a una playa sin gente alrededor, frente a la cual había un campo de Palmeras. Una vez más, un sitio perfecto donde montar el campamento.

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El segundo día todo fue aun más rápido y fácil que el primero, y antes que me diera cuenta, me estaba pegando el primer baño nocturno de mi vida en las cálidas aguas del océano Índico. La noche bajo el cielo estrellado fue de lo más agradable salvo por la incómoda sensación de tener agua en mi oído izquierdo, que se me metió mientras hacía el muerto, y no fui capaz de sacar, a pesar de saltar repetidas veces sobre mi pie derecho, y soplar por la nariz tan fuerte como pude.

A la mañana siguiente, nos despertó un curioso tipo de piel oscura, que trepaba de palmera en palmera para recoger con un cazo y un ritual tremendamente curioso la salvia de las ramas de lo alto del árbol.

Partimos hacia Kapekumari, lugar al cual llegamos a la hora de comer. Según me habían informado en Calcuta, el punto de tierra más al sur de La India era un recóndito lugar cuya belleza no tenía parangón y desde donde uno podía ver al sol ponerse y salir por el océano.

Lo del sol sería verdad cuando no hubiera nubes, pero lo de recóndito y bello estaba bastante lejos de la realidad. Repleto de hoteles y complejos turísticos, era el último tipo de sitio en el que me gustaba dejarme caer cuando viajaba.

A media tarde partimos costeando en busca de algún lugar para acampar, pero la tarea no fue nada fácil. No había un solo sitio despoblado. Finalmente vimos un precioso pueblo costero, tras el cual nos dijeron que había varias playas sin gente.

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Por caprichos del destino, alguien había decidido en algún momento que los coches que llevaran una Maggiolina sobre el techo no podían atravesar el único puente que llegaba al pueblecito, así que nuestro gozo cayó en un pozo y tuvimos que dar media vuelta.

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Finalmente, tras recorrer varios caminos de arena, y que en una ocasión hiciera falta “aligerar” el coche para poder salir del paso, encontramos una playa completamente desierta en la que pudimos pasar la noche.

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Aquella noche, el oído izquierdo me estuvo molestando, casi tanto como las gotas de rocío que comenzaron a caer junto a mi cabeza a primerísima hora de la mañana. Al final entre unas cosas y otras, no pegué ojo. Para colmo, por la mañana nos pegamos un baño en el mar que hizo que el estado de mi oído empeorara considerablemente.

Pero menos mal que todo el resto de las cosas iban como la seda, porque a mis niñas no se les escapaba una.

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Si se me olvidaba la manivela de la Maggiolina. ahí estaba Yaizita para recogerla. Si me iba a tragar a una bicicleta cargada con Bananos, ahí estaría Supermom con sus súper cuerdas vocales a punto. Y sin duda, si el morro de Andrés apuntaba hacia un punto cardinal que no era el correcto, ahí estaría algún Hindú que respondería rápido ante un “-¡Hello, hello, hello!”

La ruta hasta Cochin no tuvo nada que ver con el tipo de caminos que habíamos seguido hasta entonces. Fuimos costeando y no tardamos en darnos cuenta que aquella costa era mucho más turística que la opuesta. Tardamos más de ocho horas en recorrer algo menos de 200km.

Pocos fueron los momentos en los que no estábamos circulando entre interminables filas de tiendas, talleres, locales, casas y construcciones de toda índole. Siempre con coches, camiones, autobuses y animales cruzando, pitando, y adelantando donde no debían.

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A media mañana me empezó a invadir el implacable Morfeo, viéndome obligado a detenerme en un pequeño bar de carretera para tomarme un té bien cargado para poder continuar. Pocas eran las cosas que me gustaban menos que conducir con sueño. (Gran lección Germilín).

Llegamos Cochin siendo ya de noche y bajo un tremendo aguacero que no nos permitía ni tan siquiera abrir la ventanilla para preguntar la dirección del lugar al que nos dirigíamos. Cuando por fin encontramos el hotel de Javi y Magda, llegó la Jaimitada que tantos días llevaba esperando. No fue nada grave, pero sí que hizo que mi estado somnoliento, tornara a resolutivo.

Para tener el coche controlado y no mojarme demasiado, decidí aparcar en la misma puerta del hotel, sin darle demasiada importancia al pequeño riachuelo que corría por una acequia en todo el borde de la calle.

Cuando fui a pegar el coche al muro que había junto a la acequia, las dos ruedas del lado derecho se metieron por completo en el agua, cuya profundidad no se me ocurrió que pudiera ser de casi un metro. El pobre Andrés se quedó apoyado en el muro por las barras de la baca, que sobresalían casi 20cm por ambos lados, y con las ruedas del lado derecho suspendidas en el agua sin llegar a tocar fondo.

Decidí no tocar más el coche hasta que pasara el aguacero y meterme en el hotel, donde Magda y Javi nos esperaban junto a un tipo Palestino encantador y una española llamada Nuria. En lo que duraron las presentaciones, y nos pusimos al día, dejó de llover, y pudimos salir a intentar sacar el coche.

Media hora después estaba el coche fuera de la acequia, con un balance de daños bastante alentador. Tan solo se había roto una parte de aquel gran aparato metálico que frenó la embestida del autobús, el gato Hi-Lift. Curiosamente no lo rompí al golpearlo contra el muro, ya que se encontraba en el lado opuesto, si no mientras levantaba el coche para meter algo bajo las ruedas.

Por alguna misteriosa razón, una parte del gato se quebró mientras hacía palanca. Aquello, hubiera hecho caer el coche a la acequia, pero la rueda trasera cayó exactamente sobre los cuatro centímetros de suelo que había entre la acequia y el muro.

Aquello fue suficiente para que la rueda traccionara y aquel pequeño incidente se solventara.

Aquella noche nos pegamos el lujo de coger una habitación de hotel para los siguientes dos días, después de los cuales partiríamos a Bangalore

Cochin, a pesar de ser un lugar bastante turístico, tenía su encanto. La gente de la zona era amable y divertida, y nos encontramos con personajes de lo más curiosos, como un hindú Rastafari que pintaba cuadros con estilo propio, o un graciosísimo tipo de una tienda de la zona que sintió especial afinidad por mí, un hecho curioso que no era la primera vez que sucedía aquellos días.

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Al día siguiente nos despertamos pronto y desayunamos todos juntos en un agradable lugar llamado Teapot, donde aunque tardaban bastante en servir, tenían unas tortitas y unos batidos riquísimos.

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Mariana, Yaiza y yo, decidimos ir en busca de un soldador donde reparar la pieza dañada del gato. No fue una tarea difícil, y en poco tiempo aquel trozo de metal partido recuperó su forma original.

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También aproveché para pedir que me soldaran uno de los soportes del asiento del conductor de Andrés, labor durante la cual, un tipo borracho que rondaba por ahí comenzó a acosarme. No le dí demasiada importancia hasta que el tipo se empezó a poner algo agresivo, y sin saber muy bien lo que hacer, le propuse un juego.

- Mira, déjame tu mano, que te voy a enseñar un juego-. Le dije mientras le colocaba la mano sobre la bandeja del maletero del coche.

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El tipo, que pensó que su hombría estaba en juego, no dudó en dejar la mano en aquel lugar, de lo cual no tardó en arrepentirse.

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Como teníamos todo el día por delante, nos aventuramos a llevar acabo una idea a la que llevábamos dando vueltas los últimos días. Cómo reforzar la nueva cama del capó para que fuera más sólida y aguantara más peso sin doblarse.

Para ello, nos fuimos a un almacén de hierros, donde pasamos toda la mañana tomando medidas y cortando tuberías.

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Cuando todo el material estuvo listo, cortado y preparado, comprobamos que no hiciera falta nada más, y después de que Marianita se hiciera cargo de la factura, ya que me dijo que aquel invento sería un regalo suyo, nos hicimos con un papel y un lápiz, para dibujar cómo ensamblaríamos aquellos 11 metros de tubos y barras de tal manera que hicieran su función de la manera más estética posible.

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Después de comer en un restaurante local, repleto de mesas con Indus con inmensos platos de arroz con pollo, nos dirigimos a un taller de soldadura en el que pasamos la tarde trabajando en el invento.

Al final del día se quedó todo listo y pendiente tan solo de darle una capa de pintura negra.

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Aquella noche después de cenar pasamos a hacer una visita al pintor Rastafari por su casa/taller/galería, y mantuvimos una agradable y colorida tertulia hasta pasada la media noche.

A la mañana siguiente después de un curioso desayuno a base de fruta y torrijas, fuimos a recoger e instalar el invento ya terminado. Desde aquel momento, dos tubos metálicos negros de dos metros y medio descansarían a los lados de la Maggiolina fijados mediante resistentes soportes de hierro a las cuatro barras de la baca.

En su interior, había otros dos tubos de igual distancia pero menor diámetro que al sacarlos hacia delante encajarían exactamente con dos pivotes soldados en las barras de la parte delantera del coche. La Cama ya tendría 4 lados rígidos, y no se doblaría hacia ningún lado.

Si los tubos se sacaban hacia detrás, se convertía en un toldo para el sol de un tamaño estupendo.

Aquello además de ser una obra de ingeniería, era uno de los regalos más originales que me habían hecho nunca.

Las chicas aprovecharon esa mañana para hacer las últimas compras del viaje, ya que aquella tarde partiríamos hacia Bangalore. Dimos con una tienda preciosa, en la que los dueños a demás de caerles estupendamente, nos rellenaron el bidón de agua potable y nos asesoraron en todas nuestras necesidades.

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Tras una ligera comida de despedida partimos hacia Bangalore.

Había unos 600km de distancia desde Cochin, así que decidimos avanzar ese día lo máximo posible para evitar cualquier contratiempo de última hora, y en caso de haberlo al menos estar lo más cerca posible del aeropuerto. Para tranquilizar a Mónica siempre le decía que ya estaba a distancia de Tuc-Tuc y que no debía preocuparse. Los Tuc-Tuc eran carricoches de tres ruedas de los cuales La India estaba plagado.

Tomamos la carretera que subía hacia el norte por la costa, y no tardó en anochecer. Después de varias horas por las mismas avenidas interminables que habíamos estado recorriendo hasta entonces y que en una ocasión estuviera lo más cerca que había estado nunca de atropellar a alguien, decidí cambiar la ruta y desviarnos hacia el interior.

La decisión no pudo ser más acertada, ya que desde ese momento no volvimos a ver un solo vehículo y no tardamos en encontrar un tranquilo lugar en lo alto de una montaña donde poder acampar.

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Amanecimos en aquel tranquilo lugar, y lo primero de lo que me dí cuenta al despertarme es que el oído izquierdo me dolía bastante más de lo habitual. Supermom no tardó en fabricar con una horquilla y algo de algodón, un bastoncillo con el cual ponerme algo de alcohol en el interior del canal auditivo. Si ese día no mejoraba debería empezar a tomar antibióticos para prevenir una infección.

La ruta por el interior de Kerala fue mucho más agradable que por la costa. Las carreteras serpenteaban a través de montañas con frondosa vegetación, y nos dirigimos a un parque natural en el que según leímos en nuestra guía había tigres y elefantes

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Pasamos toda la mañana por caminos de tierra plagados de monos, cervatillos, y abundante fauna y flora en general. Me parecía increíble que se pudieran ver tantos animales por aquellos lugares.

Ya pasada la hora de comer, llegamos a una garita donde nos informaron que el parque natural era el tortuoso camino que llevábamos recorriendo las últimas horas.

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Según nos informaron los guardas, debíamos haber cogido un guía 40km atrás, que se subiera en nuestro coche y nos indicara las rutas interiores por donde se podían ver a los tigres y a los distintos animales que poblaban aquella reserva.

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Decidimos no volver atrás, ya que se nos haría tarde, y aún debíamos recorrer varios kilómetros antes de llegar al lugar donde pensábamos pernoctar, que se encontraba junto a unas conocidas cataratas a tan solo 100km de Bangalore.

Pasamos nuestra última noche en una gran explanada de tierra después de haber recorrido varios kilómetros por escarpados caminos y por campos de siembra.

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Una amable familia de pastores que pasaba por ahí, nos pasó a visitar ofreciéndonos comida. Aquello era algo que solía pasar en el sur del país siempre que alguien pasaba junto a nosotros en pleno asentamiento. La amabilidad, hospitalidad e inteligencia de aquellas gentes era muy superior a la de la mayoría de las zonas del país que había conocido hasta entonces.

A la mañana siguiente, pasamos a visitar aquellas famosas cataratas, y nuestra impresión de aquello no pudo ser mejor. A pesar de estar lleno de Indus domingueros, el sitio era del todo auténtico.

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Después de una larga ascensión por la montaña de la catarata, alcanzamos un remanso de agua en el que nos pudimos pegar un baño en la más completa intimidad, y prepararnos para el caos que supondría la entrada en la ciudad más civilizada y con más tráfico de todo el país.

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Una vez llegamos a Bangalore, comimos algo y nos dirigimos al Aeropuerto, donde para tranquilidad de Supermom, pasamos las últimas horas juntos en una agradable placita a una prudencial distancia de la terminal.

Me entristeció enormemente despedirme de las que durante una semana habían sido mi esposa y mi querida hija, a la par que una gran sensación de incertidumbre se apoderó de mí ¿quién mantendría el coche ordenado… quién se ocuparía de la Maggiolina… quién me prepararía el desayuno a partir de entonces?

Aquel tremendo shock, al que se sumó el que me diera cuenta que tenía una rueda del coche más baja de la cuenta, hizo que el batido de fresa que me acababa de tomar me empezara a sentar mal en la tripa y el dolor de mi oído izquierdo se agudizase.

De lo que no cabía duda, era que aquella semana había hecho que se me quitara todo prejuicio negativo que tuviera a cerca de viajar con mujeres.

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12 AL 25 DE ABRIL. TREMENDA DECEPCIÓN. PERO A FALTA DE PAN… BUENAS SON TORTAS.

Monday, April 27th, 2009

La despedida de madre e hija fueron a cual más amarga. Siempre pensaba que viajar con la gente, creaba lazos “diferentes” a los del día a día en la gran ciudad. Creo que cuando uno se encuentra fuera de lo que conoce, rodeado de gente extraña, que habla en distinto idioma, y por supuesto con costumbres y formas de actuar del todo diferentes a las de uno mismo, sacamos a relucir nuestro yo más inocente y verdadero.

Una de las cosas más curiosas de viajar me parece sin duda el que uno se hace muchas preguntas que no se hacía desde la infancia. Las acciones diarias más sencillas y cotidianas se vuelven completas desconocidas al verlas en personas de cada cultura y muchas veces de cada país. Hay por todos lados objetos desconocidos, gestos desconocidos, talleres desconocidos… todo funciona diferente, parece diferente… y es diferente.

Lo que pasó desde el momento en que se fueron Yaiza y Mónica, hasta el día de hoy (26 de abril), en el que me encuentro en la única playa sin gente de La India, recostado en una hamaca casera construida sobre el capó del coche, agotando las últimas reservas de batería de mi querido Andrés, que ya hace un par de días que no arranca, y pensando como subir a Nepal sin pastillas de freno, sin tienda de campaña y sin rueda de repuesto, es algo largo de explicar.

Todo comenzó con una rueda pinchada en aquel aeropuerto de Bangalore. La primera rueda pinchada de todo el viaje, y tenía que ser justo cuando iba solo con una rueda de repuesto (había dejado la otra en Calcuta).

Aquello nos obligó a repararla, y de ella salió la espina de madera más dura que hubiera visto en mi vida. Medía 4,4 centímetros y ahora mismo descansa sobre mi cuello atada a un cordel negro (muchísimas gracias, Lady Marian).

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Mientras reparaban el primer pinchazo del viaje, pude comprobar que una de las pastillas de freno de los discos delanteros estaba gastada por completo y a penas faltaba un milímetro para que el hierro empezara a arañar el disco.

Por que no me llevé un juego de pastillas de repuesto en la caja de los repuestos, era un gran misterio. Pero el mayor misterio de todos, era donde encontraría unas pastillas para mi coche en un país que solo tiene los coches que él mismo fabrica, y desde luego Andrés no era uno de ellos.

A mitad de camino se nos ocurrió (en realidad se le ocurrió a Mariana), buscar en un “Internet centre” las direcciones de los centros de buceo en Chennai. Así iríamos a tiro hecho a por las botellas de oxígeno, y el mismo día que se fuera Mariana podría partir directamente a Nepal a sacar la canoa de Mana.

Después de comprobar que no había ni un solo centro de buceo en Chennai o alrededores, se nos quedó una tremenda cara de bobos al ver que sí que lo había en Bangalore, la ciudad por la que habíamos pasado el día anterior. Y no solo eso, era el único centro de buceo de La India con tienda de material subacuático.

Evidentemente, dimos media vuelta y volvimos rumbo a Bangalore, no sin antes hacer algunas paraditas obligadas.

La primera para subirnos a una gigantesca roca, en lo alto de la cual había una cueva repleta de murciélagos en la que descansaba una serpiente a la que todo un pueblo Veneraba.

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La segunda, ya de noche, cuando decidí de manera unilateral, subir a lo alto de una roca que había junto a un lago para acampar. Aquello hizo que pinchara la rueda que me acababan de reparar, rompiera una eslinga (Cuerda ancha de nylon) y partiera una barra de debajo del coche que parecía importante.

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Por la mañana, no entendiendo porque subí a aquel lugar de noche, tuve que valerme de la ayuda de la amable gente de un pueblo cercano para mover algunas piedras y poder bajar sin más percances.

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Aquellas mismas buenas gentes, nos invitaron a conocer su aldea, que era diminuta, pero de lo más acogedora. Visitamos el templo, siguiendo sus tradiciones religiosas de correr a un lado y a otro alrededor de piedras talladas.

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Una de las familias nos invitó a su casa a desayunar la comida típica de la zona, una enorme bola de arroz generosamente aderezada y una leche agria un poco peleona.

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Finalmente llegamos a Bangalore, donde no tardamos en encontrar el lugar que buscábamos. Lo primero que vimos al llegar, me llenó de regocijo ¡¡botellas de oxígeno!! ¡¡ Y las había a montones!!

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Estaban en una escuela de buceo llamada Planet Scuba, y tras contarles toda mi historia a cerca de la canoa de Nepal, el dueño accedió a prestarme las botellas, siempre y cuando las devolviera en buen estado.

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Sin embargo, por caprichos del destino, en el centro había un instructor de buceo inglés, tremendamente prepotente, pero que parecía saber bastante de su oficio. En cuanto se enteró que ni siquiera tenía las tablas de descompresión necesarias para bucear a la altitud del lago de Nepal, quiso tener una charla a solas conmigo.

Me explicó que el buceo en altura no tenía nada que ver con el buceo al nivel del mar en cuanto al tiempo que se podía pasar a las distintas profundidades. La diferencia de presión era mucho mayor. Me dijo que probablemente a veinticinco metros de profundidad y a la altura que había en Pokhara, no podría pasar más de quince minutos en el fondo.

Cuando le dije que haría la inmersión sólo, me aseguró que no saldría de aquel lago con vida. Cuando le dije que tenía un principio de otitis en el oído izquierdo, dio por zanjada la conversación.

Aquella fue una de las pocas veces en mi vida en que renunciaba a algo que se me hubiera metido entre ceja y ceja, pero tenía la extraña sensación que mi ángel de la guarda no se aventuraría a bajar conmigo a las profundidades de aquel lago.

Era impresionante como cuando uno viajaba con la casa a cuestas, la vida podía en unos minutos, dar giros de lo más inesperados. Si no podía subir a Nepal, de repente un montón de cosas dejaron de tener sentido.

Entonces recordé la célebre frase de “A falta de pan…”

Mana lo que necesitaba una Canoa. Y por mucho cariño que le había hundido, una que le llevara yo del sur de La India, también le serviría, y seguro que le haría mucha más ilusión. A demás seguro que si a mi amigo Víctor, de Océano V5 se lo proponía en un par de años, se animaría a montar una expedición de buceo a Nepal con el material y la preparación adecuada.

Ni cortos ni perezosos, nos recorrimos toda la ciudad en busca de una Canoa de fibra de vidrio o alguien que la fabricara. En ello empleamos dos días tras los cuales nos convencimos de que no encontraríamos ninguna canoa de Fibra, que no fuera por encargo y para recoger dentro de un mes, previo pago de una cantidad ingente de dinero.

Lo mismo sucedía en todo el resto del país. En La India no había canoas. A pesar de inventarlas los indios, por alguna extraña razón, tras el paso de los años habían caído en el olvido.

En lugar de ir a Chennai directamente, decidimos al menos pasar a visitar un parque natural de tigres y elefantes que había a un par de horas de la ciudad. Al llegar pudimos comprobar que junto a la puerta cerrada, había un cartel que decía “cerrado martes”. Si algún día descubría que en alguna parte de la guía que seguía Lady Marian, advirtieran de los horarios, juré que desvelaría sus secretos más íntimos. Evidentemente, ERA martes.

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Antes de llegar a Chennai, hicimos una parada en una antiquísima ciudad en la que visitamos un templo con más de mil años de antigüedad. No logré en entender como la gente podía andar descalza sobre aquel suelo de piedra que no dejaba de darle el sol.

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Cuando llegamos a Chennai, por increíble y surrealista que pareciera, Mariana perdió primero el móvil, y acto seguido el avión. Y no fue por ninguna Jaimitada, si no por fiarse de un hindú que le indicó la hora de embarque que leía en una libreta que según me pareció ver, leía del revés.

Así pues, aquella madrugada Mariana y yo nos encontrábamos en un oscuro barrio, de una inmunda ciudad, en situaciones a cuál más disparatada: ella sin poder volver a casa, por fiarse de la hora que le decía un hindú con corbata. Yo, sin saber muy bien si tirar para Calcuta, o adentrarme en Pakistán de vuelta a España. Sin botellas, sin canoa y sin pastillas de freno.

Pero como decía siempre mi muy sabio amigo Manolo, Dios aprieta… pero no ahoga.

A la mañana siguiente, no habiendo vuelos de vuelta a España hasta varios días después, decidimos partir a primera hora hacia alguna zona costera con playas.

A penas tardamos una hora en encontrarla, y con el mar cerca ya se empezaron a ver las cosas de otra manera. Daba igual en el rincón del mundo que me encontrara, si tenía cerca el mar, solo tenía que buscar un lugar sin gente para ser la persona más feliz del mundo.

Mariana insistió en que buscáramos una canoa en aquel lugar, así que nos pusimos manos a la obra.

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No tardamos en encontrar el centro de recreo marítimo de la zona. Una especie de mini-puerto, propiedad del gobierno, donde tenían varias barcas a motor en las que paseaban a la gente por la bahía.

Entramos a preguntar, y nos recibió el director de aquello. Al tipo lo pillamos comiendo, y jugueteaba con el arroz entre los dedos mientras nos explicaba lo complicado que sería encontrar una tienda que vendiera canoas por aquella costa.

Debimos caerle bien, o debió apreciar un ligero tono de desesperación en mí voz, cuando empecé a explicarle mi viaje por el mundo, mi paso por Nepal y sus consecuencias, el envío de mi coche, etc. Tas hacer unas consultas, el tipo nos dijo que tenían algo que “quizás me pudiera valer”, pero que tendría que recogerlo y registrarlo a mi nombre en otro pequeño puertecito que había 60km al sur de donde nos encontrábamos.

Partimos raudos y veloces a aquel lugar, y no me lo pude creer cuando vi lo que aquel tipo que jugueteaba con el arroz creyó que me “podría valer”…

Aunque necesitaría algunas horas de trabajo y unas manos de pintura ¡habíamos encontrado una Canoa en toda regla!

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Los tipos de aquel lugar no debieron entender muy bien mi euforia por adquirir aquella canoa vieja y deteriorada, pero pusieron gran empeño al ayudarme a cargarla sobre el coche. Aquello fue posible gracias al invento que me había regalado Lady Marian, que parecía hecho a medida para transportarla y estaba seguro que aguantaría el viaje hasta Nepal.

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En aquel lugar, registré la embarcación a mi nombre, y pagué por ella la suma de 75 Rupias, o lo que era lo mismo, Un Euro. Aquella fue la cantidad que el director del pequeño puertecito había decidido cobrarme por la canoa.

Nos dirigimos de vuelta al primer puerto, y el mismo tipo que me había vendido la canoa nos presentó a un artesano de fibra de vidrio.

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El tipo se se comprometió a trabajar los siguientes días en la canoa para dejarla como nueva.

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El trabajo fue laborioso, y al poco de terminarlo, conseguimos que un pintor se ocupara de pintar el casco del único color que se le podía pintar una canoa a Mana.

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Finalmente y muy a mi pesar, Lady Marian me abandonó. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, sentí una pequeña punzadita de soledad… pero de ese tipo de soledad que a uno no le hace demasiada gracia.

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Los siguientes días traté de encontrar alguien que me pudiera pintar algo bonito en el interior de La Canoa, pero en el sur de La India no abundaban los pintores artísticos.

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Después de aquello, pasé un par de días en soledad, en una “poco accesible” playa, después de haber gastado por completo la batería del coche por haber usado demasiado el portátil.

No había nada que se le pareciera a unas pinzas con las que pudiera arrancar el coche en ninguno de los pueblecitos de la zona y tampoco era posible llegar con ningún coche hasta el lugar donde me encontraba.

Tampoco tenía rueda de repuesto ya que se había vuelto a pinchar, y en un taller de neumáticos me dijeron que la única solución para repararla era ponerle una cámara. Por supuesto no tenían constancia de ningún lugar en el que pudiera encontrar una cámara para la extraña medida de mi rueda.

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Para colmo de males, aunque lograra llevar un par de baterías hasta aquella playa, y lograra arrancar el coche con cables caseros para partir de una vez por todas a Nepal, se me acabarían los frenos mucho antes de poder llegar si quiera a Calcuta, lugar al que sí que me podrían enviar las pastillas desde España en pocos días.

En aquella tesitura me encontraba cuando llegó Mageshuaram, el joven hindú que cada tarde me traía la cena desde su cercano pueblecito.

- ¡Hello Sarto, chicken rice is here! (¡Hola Sarto, el arroz con pollo ha llegado!)-. Gritó el pequeño Magesh, que cada día aparecía con un amigo distinto.

- Sarto, this is my friend Vicky. He is an artist. (Éste es mi amigo Vicky. Es un artista)-. Dijo mientras su joven amigo me estrechaba la mano.

- An artist? What kind of artist? (¿Un artista? ¿Qué clase de artista?)-. Le pregunté extrañado.

- A painter. (Un pintor)-. Dijo inocentemente aquel joven de 14 años mientras hacía un trazo en el aire con la mano.

Le pregunté cómo de bien pintaba, y me dijo que podía pintar cualquier cosa que le diera.

Se me ocurrió que si aquello era verdad, podría encontrarme ante la única persona en muchos pueblos a la redonda, capaz de decorar el interior de la canoa de Mana. Para ponerle a prueba, le entregué una camiseta de “La Vuelta al Mundo de Sarto” y le dije que me dibujara el logo en algún sitio, y que volviera al día siguiente con Magesh a medio día.

Dediqué la mañana siguiente a conseguir que un tipo de lo más peculiar, acudiera hasta mi coche con una enorme batería sobre la cabeza, y con unos cables de excepcional grosor, logramos arrancar a Andrés.

Cuando apareció Magesh, pude comprobar que el pequeño Vicky sabía pintar, y nos fuimos al lugar donde se encontraba la canoa para ponernos manos a la obra.

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Aquel pequeño dejó claro que realmente era un artista.

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El 28 de abril, ya con la canoa terminada, solo debía esperar un día a que la pintura secara y por fin partiría a Nepal. Solo esperaba no tener más pinchazos, ni que pegar demasiados frenazos hasta llegar a Calcuta.

El nombre de la canoa, pensé que no podía ser otro que el de la persona sin la cual aquella embarcación seguiría en el dique seco del pequeño puerto de un diminuto pueblo pesquero al sur de La India

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