Archive for March, 2009

20 al 25 de marzo. Madrid – Londres – Calcuta. Back home.

Saturday, March 28th, 2009

Tras casi dos días de vuelo, finalmente llegué a Calcuta.

Obi, mi amigo hindú me recibió con los brazos abiertos y tras un par de días con su familia, pudimos arreglar todo para ir al puerto a ver a Andrés.

Nos dirigimos al puerto de carga con una de las personas que trabajaban en la oficina, que iba para continuar con el papeleo para sacar el coche. El trayecto se me hizo interminable y no pude hacer otra cosa que pensar si realmente estaría, y de estar, en que estado sería.

Cuando llegamos, me dijeron que habían tenido que moverlo porque estaba estorbando, y se lo habían llevado a una “Warehouse” que había enfrente.

Acudimos prestos al lugar, que estaba al otro lado de la calle, y nada más pasar el control de seguridad pregunté con todo tipo de aspavientos por un Toyota grande rojo. Los guardas, que estaban detrás de un mostrador, se rieron y señalaron hacia un pequeño patio que había justo después de la garita.

Recorrí en un par de segundos la distancia que me separaba del lugar, y al llegar me detuve en seco. La sangre se me heló, y un montón de lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas. Lo que se supone que era Andrés, no era más que parte de él. Le faltaban las ruedas, tenía todos los cristales rotos, y no había absolutamente nada en su interior. Le habían arrancado las defensas y los focos, y si algún día existió una Maggiolina sobre él, no quedaba rastro alguno de ella.

Justo en ese momento se acercó un guardia a mí, y me dijo que lo habían encontrado así y que lo sentía mucho…

El impacto de las ruedas del Boeing al tocar suelo británico, hizo que me despertara sobresaltado. ¡Estaba completamente desconcertado con la pesadilla tan horrible que acababa de tener! Lo último que recordaba, era estar corriendo por el aeropuerto de Barajas con una enorme mochila, y la cámara de fotos al hombro, mientras por megafonía se escuchaba la voz de una irritada señorita repitiendo una y otra vez mi nombre al final de la típica frase de “Última llamada para el pasajero…”.

En otra situación, hubiera apostado por que yo no era el tipo de persona que puede confundir en un billete, el número de una puerta de embarque con su número de asiento… pero cuando a uno le sacan de una fiesta a las cinco de la madrugada, y le sueltan en el aeropuerto con una mochila de legionario, una maleta cargada con veinticinco kilos de equipo de bucear, y un número de localizador escrito a boli en la mano, es de esperar que no todo salga como es debido. Al menos eso es lo que pensé en el momento en que el detector de metales del control de pasaporte, me recordó que me había llevado conmigo las llaves de casa de mi amigo Ron.

Aterricé en hora en Gatwick, y tras recoger las maletas, saqué un billete de metro y autobús para todo el día, y me fui a dar un agradable aunque breve paseo por la capital inglesa. Me resultaba curioso pensar que en unas horas me encontraría en la que fue la Capital del imperio Británico, hasta hacía algo más de un siglo…

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Las organizadas calles londinenses y sus semáforos tornarían en un pintoresco popurrí de calles a medio asfaltar, repletas de carros tirados por todo tipo de animales, y vehículos de todos los tamaños y colores.

A media tarde cogí el metro al aeropuerto de Heathrow, y a las diez de la noche me despedí desde el aire de las últimas luces europeas que vería en mucho tiempo.

Hice un esfuerzo por esperar a que las encantadoras azafatas de Air India me sirvieran la cena antes de colocarme mi pashmina a modo de antifaz, y caer en el más profundo letargo.

Me desperté a penas unos minutos antes de aterrizar y enseguida noté que el sueño había sido de lo más reparador. Hacía varios una semana que había renunciado a gran parte de las horas de descanso diarias para llevar a cabo trámites y preparativos del viaje. Tampoco eran muchos, ya que casi todas las cosas que necesitaría para volver a casa con Andrés, se encontraban dentro de éste, pero sí que debía organizar tanto el plan de viaje, como la ruta para volver a España antes del mes de julio.

Había decidido volar a Calcuta, donde mi amigo hindú Avi y toda su familia, ya avisados, esperaban mi llegada. Una vez ahí, llevaríamos a cabo los trámites necesarios para regularizar la situación de Andrés, siempre y cuando hubiera Andrés. También aprovecharía esos días en Calcuta para solicitar los visados de Pakistán e Irán, que no había tenido tiempo de conseguir en Madrid.

Una vez hubiera recuperado a mi compañero de viaje y fatigas, le haría una pequeña puesta a punto: Un cambio de aceite y filtros, reemplazar un par de bombillas fundidas, reparar la etapa de potencia del equipo de música (se me cayó un bote de jabón líquido sobre ella), encontrar un nuevo cable de acero para el winche (motor eléctrico que enrolla un cable de hierro y sirve para desatrancar el coche), ya que un camionero con poca paciencia me lo hizo trizas llegando a Calcuta, y algunos arreglillos más de poca importancia.

Ya con el coche a punto, me dirigiría al sur de la India, para buscar alguna escuela de buceo donde comprar un par de botellas de oxígeno de segunda mano, y aprovecharía para hacer un recorrido de un par de semanas por el sur del país en compañía de Mi amigas Mónica, Yaiza y Mariana, que en esos momentos se encontrarían ayudando en un orfanato en Tiruchirapali, un pueblo situado al sur del país, a unos dos mil kilómetros de Calcuta.

Ya con las botellas de oxígeno, y después de haber realizado una agradable ruta sin incidentes, cruzaría La India de sur a Norte y llegaría hasta Nepal, donde me dirigiría a un precioso lago situado junto a un pueblo llamado Pokhara. En el fondo de éste lago yacía la canoa que le hundí a mi amigo Mana. Ya hacía casi un año de aquello… pasé tres semanas intentando recuperarla infructuosamente, primero con un equipo de submarinismo, imposible de conseguir en la zona, y después con un submarino casero que naufragó junto a un foco de luz y una cámara de vídeo. Antes de despedirme de Mana en Katmandú, le prometí que algún día volvería para buscar la canoa.

Encontrar la manera de llegar a Nepal con el equipo de buceo necesario, había sido el mayor quebradero de cabeza de las últimas semanas para mí y mí amigo Víctor.

Víctor, era el propietario de una escuela de buceo en Madrid, llamada OCÉANO V5 (www.oceanov5.com). Hacía un par de años que le conocí, el día que le llamé de parte de un amigo común, para pedirle el equipo de buceo necesario para buscar un reloj que había perdido esquiando, en el fondo del pantano de Entrepeñas.

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Era un tipo encantador donde los haya, y a pesar de no conocernos de nada, puso a mi disposición traje, chaleco, regulador y una botella de oxígeno. Un par de días después de aquello, ya con el reloj recuperado del fondo del pantano, volví al centro OCÉANO V5, para devolverle los equipos y nos intercambiamos mail y teléfonos para mantener el contacto.

La siguiente vez que hablé con el, fue un año después de aquello, a través de su contestador automático…

“¡Hola Víctor! ¿Cómo estás tío? Soy Jaime Sartorius, el chico al que le prestaste el equipo de buceo el verano pasado para sacar el reloj del pantano. Verás, es que estoy en Nepal y he tenido un pequeño percance debido al cual requiero tu ayuda.

Resulta que estoy en la casa de un tipo encantador que vive enfrente de un lago, en el fondo del cual debido a un fallo técnico le he hundido su canoa. Está a veinticinco metros de la superficie, y aquí no hay manera de encontrar equipo de bucear. ¿Se te ocurre alguna otra forma de bajar a esa profundidad? Aquí existe oxígeno puro en bombonas, que es el que usan los escaladores, pero no tengo del todo claro que eso sirva para bucear. Salvo por e-mail no hay manera de ponerse en contacto conmigo así que intentaré llamarte de nuevo en un par de días. ¡Un fuerte abrazo!”

Después de aquello, no volvimos a hablar, hasta que decidí volver a Calcuta a recoger mi coche, y aprovechar el viaje para intentar sacar la barca de Mana.

Me presenté de nuevo en su centro de buceo, y empezamos a pensar la manera de llegar a Nepal con los equipos necesarios, que me ofreció tomar prestados de ahí, siempre y cuando resolviéramos el inconveniente de cómo hacer llegar una botella de oxígeno cargada a Nepal.

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En el caso que la línea aérea me dejara llevar la botella en el avión hasta Calcuta, en ningún caso sería llena, y habría que facturarla como mercancía peligrosa. Y una botella vacía en Calcuta y nada, es lo mismo, ya que no encontré un solo centro de buceo en todo el norte de La India donde me pudieran recargar la botella.

Tras darle muchas vueltas, decidí viajar sin la botella, y buscar algún centro de buceo donde comprarla y rellenarla, aunque para ello tuviera que recorrer el país entero.

Después de visitar a Mana y pasar unos días con él, entraría de nuevo en La India, y me dirigiría a Pakistán, donde trataría de pasar por Islamabad a visitar a mis amigos Assed, Jahanara y Zoya. Después, bajaría al sur del país y me adentraría en territorio Balucci.

Los Balucci, eran los habitantes de Baluccistan, un enorme desierto situado al sur del país, y se caracterizaban por tener fama de bandidos sin escrúpulos. A todo el que le había dicho que viajaría al sur de Pakistán, y sabía un poco a cerca de la zona, me había prevenido de “Los Baluccis”.

Una vez cruzara Pakistán, me adentraría en Irán, donde mi amigo Hugo se incorporaría una semana a la aventura, y juntos recorreríamos el país hasta Teherán, donde un amigo suyo nos acogería un par de días y donde le haría una buena puesta a punto a Andrés.

Ya en Teherán, dependiendo de la fecha en la que me encontrara, tendría dos opciones de ruta. La primera sería entrar en Europa atravesando Turquía, y ya desde Estambul hacer un agradable y tranquilo recorrido por el sur de Europa.

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La segunda sería bajar hacia Siria, para llegar a España a través de Jordania, Israel, Egipto, Libia, Argelia y Marruecos.

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Aterrizé en Nueva Delhi el lunes 23 de marzo a las doce del medio día, hora local. Nada más bajarme del avión, me encontré con un tipo hindú que llamaba a voz en grito a los pasajeros que fueran a Amritsar, Katmandú y Calcuta.

Le dije que yo iba a Calcuta, y tras cotejar mi nombre en una lista que tenía en la mano, me dijo que le acompañara, y me llevó hasta una gran sala acristalada que formaba parte de la terminal.

- Señor, su vuelo saldrá a las siete de la tarde, y hasta entonces puede quedarse usted por aquí. Póngase cómodo y en un rato vendré para darle un ticket de comida. – Me dijo en inglés con el característico acento hindú que tanto añoraba escuchar.

Por extraño que parezca estando en La India, me encontraba prácticamente solo en aquella enorme estancia. Me apropié de dos de las múltiples filas de 4 asientos que había en la sala, las enfrenté para recostarme a gusto y saqué un libro. Antes de enfrascarme en un relato fantástico de HG Wells, me quedé medio embobado mirando por la ventana una enorme explanada asfaltada, al final de la cual se podía ver aterrizar a los aviones.

Aquella situación me recordó a la que viví justo antes de llegar a España después del gran periplo. Habían pasado algo más de 4 meses desde entonces…

Aeropuerto de San José. Costa Rica. 4 de noviembre de 2008.

Hacía un par de días que había metido a Nawí (mi moto) en una caja, en la terminal de carga del aeropuerto de Tocumen, en Panamá, y la había mandado por avión con destino a Ámsterdam.

Para poder enviarla sin mucho papeleo, la desmonté casi por completo, y asesorado por un tipo encantador de la compañía de carga, hicimos constar el envío como “piezas de motocicleta”, y no como una motocicleta completa.

Yo por mi parte, había salido de Panamá por tierra gracias al “Pincho Panameño” (leer última crónica), y debido a las lluvias y a que tenía una movilidad bastante reducida (cargaba las dos maletas metálicas de la moto, mi mochila, el casco y mi tienda de campaña), decidí no seguir mi ruta turística de tres días por Costa Rica, si no acudir directamente al aeropuerto de San José para hacer tiempo ahí.

Cuando llegara a la ciudad holandesa sólo debería ir a la terminal de carga, recoger la caja con “piezas de moto”, que llegaría ese mismo día a mi nombre, y tras montar de nuevo la moto con las herramientas que llevaba en una de las cajas, conducir hasta España.

Pasé un par de días en el aeropuerto de la capital costarricense hasta que salió mi avión a Ámsterdam, y tuve algún tiempo para recapacitar un poco a cerca de todo lo que había vivido los últimos siete meses.Tan solo hacía una semana que había tomado la decisión de suspender el viaje, y aun no me había parado a pensar despacio lo que aquello supondría.Lo que no me imaginaba, es lo que me esperaba al llegar a los Países Bajos.

Nada más poner un pie fuera del aeropuerto de Schipol, una sensación de lo menos placentera recorrió todo mi cuerpo. Y no me refiero a la notable diferencia térmica entre Costa Rica y Holanda a mediados de noviembre, si no a lo inhóspito que era todo cuanto veía.

La gente, abrigada hasta la coronilla, caminaba rápida y cabizbaja por las aceras, perfectamente delimitadas de la calzada con bordillos, al igual que el carril bici y el carril bus.

A pesar de lo desagradable del frío que me heló hasta los huesos, logró captar mi atención una pantalla luminosa que había justo en frente de la salida del aeropuerto, y que proyectaba diferentes anuncios repletos de sugerentes tendencias, objetos, y productos primarios como el gel de afeitado con ziritione o la tele en dos dimensiones.

Eran de esos anuncios “con fondo”, en los que un muy competente equipo de personas habría trabajado durante semanas codo con codo, seguramente sin cobrar, para conseguir que durante unos segundos, una persona del montón viera en un pedestal al arquetipo del hombre exitoso a quien sería agradable parecerse. Me tranquilizó mucho que dicha figura fuera metrosexual y pudiera acceder una televisión de no importaba que dimensiones, incluso si vivía en un estudio abuhardillado.

- Bienvenido al desarrollo-. Pensé.

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Caminé por un carril bici hasta la terminal de carga del aeropuerto, que se encontraba a algo más de un kilómetro. Iba con todas mis pertenencias sobre un carrito de aeropuerto, y con mi bronceado latino, y mi barba sin afeitar desde hacía algo más de un mes tenía aspecto como mínimo de persona necesitada.

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Busqué una zona tranquila en la planta de abajo, extendí la esterilla de camping y me instalé con todo mi equipaje. No tardé en quedarme dormido, y a la mañana siguiente, amanecí con comida, fruta y agua alrededor. Evidentemente lo había dejado algún buen samaritano que me vio necesitado.

Después de un desayuno en toda regla que no supe bien a quien agradecer, me dirigí de nuevo a la terminal de carga con mi carrito. Al llegar, volví a encontrarme al tipo del día anterior, y no me gustó nada la cara que puso al verme. Me ofreció un café, y salió fuera a charlar conmigo.

- Hay un problema con tu moto Chico-. Me dijo mientras se encendía un cigarrillo. –En la aduana panameña creen que puede contener droga y van a estar examinándola durante un par de días.

Le miré fijamente a los ojos sin articular palabra.

- Suelen pasar este tipo de cosas con los envíos que vienen desde Centroamérica-. Me dijo tratando de tranquilizarme. – Quieren asegurarse de que no contengan drogas, y los examinan con vehemencia.

- ¡Ya bueno, pero yo he mandado la moto en avión para que estuviera aquí en un par de días! – Le dije exaltado.

- Lo se, pero no hay nada que podamos hacer desde aquí. La mercancía no ha salido de Panamá, y siendo hoy viernes, ya no saldrá hasta el lunes, y llegará aquí el martes.

-¡¡¿¿Que??!! -. Exclamé indignado. – ¿¡¡hasta el martes!!? ¿Y que hago yo hasta el martes? ¡Tengo que llegar a España cuanto antes!-. Le dije desesperado. – No creo que me quede un solo Euro en la cuenta después de enviarnos a mi moto y a mi mismo hasta aquí desde Panamá, y a penas me puedo mover del aeropuerto con estas enormes cajas, mi mochila, mi tienda de campaña y mi casco. ¡Y llevo dos días sin ducharme!

-No te preocupes, que serán solo un par de días más. El martes estará aquí tu moto y podrás volver a España, y hasta entonces puedes dejar aquí todas tus cosas y puedes venir a pegarte una ducha y a comer algo cuando quieras -. Me dijo tratando de tranquilizarme.

Me pareció un grandísimo detalle que me ofreciera aquello sin conocerme apenas. Realmente todo el equipaje que llevaba era un tremendo incordio, así que no rechacé nada de lo que me ofreció, y un par de horas después de aquello, salía de la terminal de carga del aeropuerto con una mochila, y mucho mejor aspecto del que tenía al llegar.

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Necesitaba un teléfono para informar en Casa que llegaría con unos días de retraso, y un ordenador para decidir donde quedarme los próximos días, así que la primera idea que se me pasó por la cabeza, fue la que llevé a cabo. Me subí en el primer tren a Ámsterdam, y una vez ahí, me di un paseo hasta el consulado español.

Pregunté por el cónsul, y enseguida me recibió. No tuve que contarle demasiado acerca de donde venía, para que muy amablemente me ofreciera una oficina vacía en el piso de arriba, con un teléfono y un ordenador. También me dijo que contara con ellos para cualquier cosa que necesitara, y preferí esperar un poco antes de darle toda mi ropa sucia y preguntarle que donde podía poner mi esterilla y mi saco de dormir.

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Después de realizar las llamadas pertinentes y dejar a todos tranquilos, revisé mi correo y me enteré de una estupenda noticia. Mi amiga Lalo, estaba estudiando en Leiden, que estaba a 20 minutos en tren de Ámsterdam. Aquello cambió completamente el panorama, y lo que se me planteaba como varios días de espera interminable, en una especie de burbuja donde todo me parecía un disparate, podía convertirse en un fin de semana largo de lo más entretenido.

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……………..

El tipo hindú que me había dejado en aquella sala del aeropuerto de Nueva Delhi esperando, no tardó en aparecer para llevarme a comer algo al comedor de los empleados. Comer comida hindú, rodeado de hindúes, no me pudo hacer más ilusión, y después me quedé unas horas leyendo, hasta que llegó la hora de embarcar.

Dormí prácticamente todo el viaje, y antes que me quisiera dar cuenta, por fin estaba aterrizando en Calcuta.

Tardé algo más de la cuenta en recoger las maletas, ya que hice gala de mi dominio del bengalí con el tipo del control de pasaportes, y le llamó tanto la atención que estuvimos charlando un buen rato. Me terminó dando su teléfono para cualquier problema que tuviera en Calcuta, e invitando a su casa si algún día no tenía donde quedarme.

Finalmente ya con las maletas, salí a la terminal de llegué a la terminal de llegadas, y enseguida me encontré de frente con ¡¡Obi y Benny!!

Nos dimos un enorme abrazo y nos pusimos a dar saltos y gritos como locos. Hacía siete meses que no nos veíamos, y fue un reencuentro de lo más emotivo.

Ya en el coche de Obi, pude contarles despacio como habían ido los últimos 4 meses en España, y lo extraño que se me había hecho el volver a casa después de tantos meses viajando por culturas tan diferentes.

Me resultó muy curioso, que tan pronto nos pusimos a hablar, comencé a entender cosas mucho más allá de las palabras que intercambiábamos.

Quizás la última vez que estuve no me pareció tan chocante, porque llegaba de pasar varios meses en culturas de lo más variopintas, y todas ellas eran una novedad para mí. Pero en ese momento, venía de mi tierra, acostumbrado a tratar con mi gente, y rodeado de mi cultura natal, a la cual a pesar de no estar del todo adaptado, sí que la conocía al dedillo.

Me parecía increíble que dos personas que desde su nacimiento hubieran vivido realidades tan sumamente distintas, pudieran llegar a entenderse. Pero me parecía mucho más increíble que además de entenderse pudieran aportarse tanto el uno al otro como lo hacíamos Obi y yo.

Mientras recorríamos las calles de Calcuta en plena noche, comenzaron a invadirme un montón de sentimientos encontrados. Mi fascinación por la belleza de los edificios centenarios derruidos que le daban ese aire colonial a la antigua capital del imperio, chocaba irremediablemente con la congoja al verme envuelto en la decadencia y el ambiente sórdido de la noche, en uno de los lugares más pobres del mundo.

Tras pasar a ver a un par de amigos que me hizo muchísima ilusión ver, nos fuimos a Casa de Obi y ahí nos quedamos hasta tardísimo charlando y viendo fotos con sus padres (Mama and Baba) y con Benny. Me había chocado tanto todo lo que había visto los últimos meses en mi país, que me pasé la mayor parte de la noche explicándoles a fondo el tipo de vida que llevaba la gente en España.

Me encantaba el ambiente familiar que se respiraba en las casas hindúes. La familia era lo que llenaba la mayor parte de las vidas de la gente. El trabajo tenía una importancia relativa, ya que siempre habría otros mil millones que podrían hacerlo, sin embargo la familia era siempre lo primero.

Cuando una pareja se casaba, la mujer se trasladaba siempre a la casa del marido, con la familia de éste. Cuando tenían hijos, los hijos varones se quedaban, y las mujeres se marchaban. Así sucesivamente, y siempre los hombres en edad de trabajar mantenían a los mayores y a los muy pequeños de cada casa.

No era algo anormal que en una familia hindú, llegaran a convivir cinco generaciones en la misma casa. Es decir, los abuelos, los padres, los hijos, los nietos y los bisnietos. Jamás se abandonaba a los mayores y el respeto que se les tenía a estos era algo asombroso.

La familia de Avi era una de las menos numerosas del país. En casa vivían Baba, Mama, Avi, y las dos personas de servicio, Cayol y Rita. También estaban Pushkin, Gogol y Aivi, que eran los tres Golden Retriever que custodiaban el salón. Era un piso amplio en una zona “tranquila” de la ciudad en la que todos los vecinos se conocían.

Al día siguiente nos despertamos a medio día, y un enorme desayuno nos estaba esperando en la mesa. Me encantaban los desayunos en casa de Obi. Siempre había un montón de fruta recién traída del mercado, cuyo sabor poco tenía que ver con la fruta que acostumbraba a encontrar en España, que por lo general maduraba en una caja de cartón, en lugar de hacerlo en el árbol. La diferencia con la fruta que se había recolectado hacía uno o dos días, en su punto perfecto de madurez, era abismal.

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Pasamos el resto del día en la oficina de Obi, donde empezamos con los trámites para sacar mi coche del puerto. Aquello me hizo recordar que la burocracia Hindú era una de las más lentas, tediosas, y desesperantes del mundo.

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Por otro lado, vi que cuando hablaba de mi coche en las aduanas, sabían al coche que me refería, y eso me tranquilizó bastante. Lo último que supe de Andrés después de ser declarado non grato en Canadá, es que Obi no pudo sacarlo del puerto, y lo dejaron apartado en un sitio que “no molestara”.

Aquella noche fuimos a cenar a un sitio típico de Calcuta y después nos fuimos a casa a tomar algo y no nos acostamos tarde. Al día siguiente nos esperaban aduanas y más aduanas, y para que las cosas salieran bien y no perder la paciencia, lo mejor era ir bien descansado.

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El miércoles volvimos a amanecer un poco más tarde de la cuenta, y estuvimos de trámites hasta la hora de comer.

Solíamos comer en la oficina todos juntos, y aquel día cuando estábamos con el postre, llegó el conductor de Baba.

- Ok, Mr Sarto. It’s time to see Andres. (Es hora de ver a Andrés)-. Me dijo Avi sonriendo.

Me faltó tiempo para coger mis cosas pitando y bajar al coche.

Nos dirigimos al puerto de carga con una de las personas que trabajaban en la oficina, que iba para continuar con el papeleo para sacar el coche. El trayecto se me hizo interminable y no pude hacer otra cosa que pensar si realmente estaría, y de estar, en que estado sería.

Cuando llegamos, me dijeron que habían tenido que moverlo porque estaba estorbando, y se lo habían llevado a una “Warehouse” que había enfrente.

Acudimos prestos al lugar, que estaba al otro lado de la calle, y nada más pasar el control de seguridad pregunté con todo tipo de aspavientos por un Toyota grande rojo. Los guardas, que estaban detrás de un mostrador, se rieron y señalaron hacia un pequeño patio que había justo después de la garita.

Recorrí en un par de segundos la distancia que me separaba del lugar, y al llegar me detuve en seco. La sangre se me heló, y todos los pelos de mi cuerpo se pusieron de punta.

Bajo una generosa capa de polvo y suciedad, se encontraba Andrés tal y como lo había dejado hacía siete meses.

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- Volvemos a casa pekeño…

Próxima partida.

Friday, March 6th, 2009

Os doy gracias de corazón a todas y a todos, por asistir a la reunión del sábado.

No obstante, ahora que todo ya ha pasado, me gustaría compartir con vosotros los hechos que acontecieron las 12 horas anteriores a que me encontrara ante vosotros, subido a una tarima, con un extraño mandito en una mano y un vaso de agua en la otra.

Sábado 28 de Febrero. Ocho y media de la mañana…

El despertador sonó ligeramente más bajo que lo habitual. Aquello quería decir que la noche anterior lo había puesto fuera del alcance de mi mano. Iba a ser un día duro.

Había pasado los últimos siete días llevando a cabo los preparativos necesarios para partir a Calcuta a por mi coche. Mi idea, desde un principio, había sido partir el pasado sábado 28 de febrero después de la presentación.

Aquello no habría sido mayor problema, de no ser por que en mis ratos libres debía seleccionar 250 de entre algo más de 4.000 fotos, y enmarcar y colgar algo más de medio centenar.

Hacía un par de días que había decidido posponer una semana mi partida, debido a un problema con un visado, y otro con el equipo de bucear con el que debía viajar a La India. Los dos problemas eran subsanables, y como todos los problemas, procuraba que no me preocupasen.

Uno era cuestión de esperar un par de días a que un cónsul hiciera un garabato sobre un incólume pasaporte.

El otro era algo más grave. No podía llevar las botellas de bucear cargadas de oxígeno en el avión por que a tanta altura parece que son peligrosas, así que debía llevarlas vacías, y rellenarlas en La India.

El plan de llegar a La India, cuna del surrealismo, con una misión tan estrafalaria, me resultaba de lo menos sugerente desde que me enteré que el centro de buceo más cercano a Calcuta, se encontraba en Chennai. A casi dos mil kilómetros.

Aquello supondría tres semanas de intensa conducción a través de caminos atestados de personas andando, en bici, en burro, en moto, a caballo, a camello, en Rickshaw (moto de tres ruedas con techito y puertas), en coche, en autobús, en camión, y esquivando vacas sagradas, elefantes, camellos, caballos, burros, cerdos, perros, cabras, monos, gatos y ratas…

Aquella mañana de sábado, me puse a preparar una tarde de vinito y crónicas de viaje…

Después de pasar la mañana tratando infructuosamente de colgar sesenta y cinco marcos de cristal con hilo de pescar, tarea de la cuál se terminaron encargando mis amigos (no se que habría sido de mí sin ellos), me tuve que ir a recoger ciento cincuenta sillas de tijera a GETAFE con el coche de mi madre y un remolque.

En el camino de regreso, a la señorita que circulaba frente a mí, se le ocurrió, sin motivo a aparente, frenar de golpe al llegar a una rotonda. No digo ni mucho menos que aquello estuviera mal, pero con un remolque detrás que pesaba como pesaba, me fue imposible frenar, y dejé el coche de mi pobre madre como un acordeón, contra la parte trasera del coche que tenía delante.

Aquel acontecimiento abrió la veda de las catastróficas desdichas.
Un par de horas antes de que todo el mundo llegara al Vule-Bar, los marcos de fotos de la exposición comenzaron a caer al suelo, debido a que con el calor, las pegatinas que los sujetaban perdieron su propiedad pegajosa.
También, por extrañas razones nos vimos obligados a colgar el proyector del techo y las paredes con cuerdas, para que éste pudiera desempeñar correctamente su función.

El momento cumbre del día, fue cuando a las ocho de la tarde, media hora antes de la presentación, pasamos las imágenes a proyectar al ordenador de mi querido amigo Jorge (que se come todos los marrones), y como si de una pesadilla se tratara, las fotos tomaron la posición que les parecía, y se desordenan completamente.

Durante media hora, el pobre jorge, trató de organizar el popurrí de 250 fotos, renombrando cada foto por nombre alfabético (AAA, AAB, AAC…)

Y volviendo al momento en que me encontraba ante vosotros, subido a una tarima, con un extraño mandito en una mano y un vaso de agua en la otra…

Aun recuerdo la sensación, al ver la primera foto en el proyector, y comprobar que aquella foto no debía ir en primer lugar. No fue hasta proyectar la segunda, cuando me di cuenta que todas las fotos estaban desordenas…

Teniendo en cuenta que no tenía ningún guión, contaba para relatar mi viaje con un montón de fotos que, correctamente ordenadas, me ayudarían a contaros la historia que os tenía preparada.

Evidentemente no me fue posible, y poco pude hacer a parte de comentaros un montón de fotos y explicaros muy por encima una curiosa ruta a través de medio mundo, con alguna de sus anécdotas divertidas.

Pero como todos sabemos, la informática es caprichosa, y nunca sabemos cuando va a hacer de las suyas.

Aunque no fuera capaz de trasladar el mensaje que pretendía, espero que os quedarais con que en cada recóndito lugar del mundo que he visitado, siempre he encontrado a un montón de buenas personas que me han ofrecido cuanto tenían, sin esperar nada a cambio.

Quizás en unos meses, ya de vuelta con Andrés, me sienta capaz de transmitir un montón de vivencias con las que sea capaz de poner mi granito de arena. Si es así me aventuraré a plasmarlo en un librito.

Creo que por muchas fotos que se enseñen, y por muy alto que se hable, en un par de horas es complicado compartir todo lo que, durante meses, me han aportado una serie de culturas, que ni siquiera he intentado comprender o comparar con la que me rodea, más que a grandes rasgos.

La mayoría funcionan más despacio. Dan menos valor a lo material, ya que es algo de lo que la mayoría no dispone. Recuerdo cuando en una carretera al sur de Uzbekistán, me crucé con un autobús del que se habían apeado sus cincuenta ocupantes, que hacían tiempo junto a sus maletas mientras el conductor y otras personas del grupo manipulaban el cigüeñal del motor, que estaba esparcido en piezas tras el vehículo. Todos los ocupantes esperarían junto al autobús los días que fueran necesarios hasta que arreglaran el motor.

También recuerdo como cada vez que un camino se venía abajo en las montañas afganas, decenas de personas acudían para, durante semanas, rehacer un camino por el que a nadie le gustaría tener que pasar sin cuerdas de seguridad. Los niños no esperan a cumplir la década para recorrerlos con mulas de carga.

También recuerdo con nostalgia la noche que atravesando tierra de nadie entre dos puestos fronterizos, por una urgencia gástrica, me tuve que esconder detrás de unos arbustos para hacer lo propio. En plena faena un par de militares aparecieron de la espesura apuntándome con sus armas. Fue una situación de lo más surrealista.

No me quiero ir por las ramas, ya que dentro de muy poco tendréis mucho que leer. Desde que parta a Calcuta a por el coche (aún no se que día de las próximas dos semanas), empezaré a escribir de nuevo en el Blog, y podréis estar al día de cómo va la recuperación de Andrés, la tarea de recargar las botellas en La India, el intento de rescate de la canoa de Mana en Nepal, y el viaje de vuelta que, en principio pretendo hacerlo a través de el sur de Pakistán (desierto de Baluchistán), Irán, Turquía, Siria, Jordania, Israel, Egipto, Libya, Algeria y Marruecos.

Espero estar de vuelta en España a mediados de junio para dedicar un verano a la vida familiar, y un invierno a preparar una vuelta al mundo como es debido.

Besos y abrazos a todos!!

PD: Los que comprarais fotos el sábado, ya las tenéis listas. Si no queréis esperar a que os llame (disculpad la demora), están todas preparadas en Vule-Bar, en el mismo lugar donde estaban expuestas el otro día, organizadas en bolsitas negras con el nombre de cada uno.

Agradecimientos expresos por su colaboración en la presentación del sábado a Toti y a Willem, de Vule-Bar que pusieron a mi disposición su local, su personal y su bodega. A Flavio, de FLAMAGO que nos invitó toda la comida. A mi hermanita Victoria, que siempre está dispuesta a echar un cable. Y a todos mis amigos, sin los que nada hubiera salido adelante. Juanjo (promotor del evento), Jrogre (realizador y diseñador de todo), Paloma, Jenny, Yaiza, Piti, Ron, LuisCas y Belén.