Archive for June, 2008

Anuncio que gracias a Jacobus ya se pueden comentar los posts.

Tuesday, June 24th, 2008

Tambien se puede dar uno de alta en la web, aun que aun no se muy bien para que sirve.
En un par de días estarán colgadas todas las fotos, si el mendigo que hay en la puerta del ciber café no se ha comido los cables de la luz.

Reclamaciones y recomendaciones a: jacobofjstuart@gmail.com

Gracias y que disfruten de la sesión

10 al 16 de Junio. Pakistán. Recargando pilas.

Tuesday, June 24th, 2008

Pasé a las oficinas de la aduana tras el director, donde tras presentarme a toda su plantilla, me ayudó a rellenar todos los formularios de rigor, incluido el Carné de Pasaje de Aduanas, que era el documento que por suerte había recibido en Kabul, sin el cual parece ser no se podía entrar en Pakistán con el coche. Estuve hablando bastante tiempo con aquel tipo, mientras nos traían para degustar todo tipo de bebidas típicas de Pakistán y me puso un poco al tanto de la situación en su país. “Mucha inestabilidad debido a que los terroristas afganos atentan continuamente en Pakistán”.

Cuando nos dirigíamos ya a mi coche, me indicó que un coche con tres policías me escoltaría hasta mi hotel y otro más me acompañaría en mi coche. Yo aunque no lo creí necesario, accedí de buena gana.

─ Muchísimas gracias. La verdad es que no me dirijo a ningún hotel. Voy a casa de un amigo que vive en Peshawar y este es su teléfono-. Le dije entregándole el papel donde Edel me había anotado su número.

Tras arreglar el encuentro, les dio a los policías las señas pertinentes y nos despedimos. Saludé al policía que venía conmigo, y me asusté un poco al ver el pedazo de arma que iba a llevar en el coche. Le pedí que tuviera cuidado, ya que no me apetecía nada que le abriera un boquete a la Maggiolina, pero éste se rió diciendo “no problem, no problem”.

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En cuanto salí detrás de los policías me empecé a preocupar. ¡Iban como locos! Y la mayoría del tiempo en dirección contraria -“¿quién es más tonto, el tonto, o el tonto que sigue al tonto?” pensé- El tonto era yo que tardé un buen rato en darme cuenta que en Pakistán, como antigua colonia británica cuando aun era parte de la Inda, conducían por el lado izquierdo.

En el viaje hacia Peshawar, pude observar que el paisaje era muy similar al de Afganistán. Se respiraba mejor ambiente en las carreteras, a pesar de cruzarnos varias pick up con gente armada detrás, incluso una en la que un tipo llevaba entre las piernas un lanza misiles como el de Rambo. (Por favor, no penséis mal).

Tardamos algo más de una hora en llegar a Peshawar y el sueño ya estaba a punto de vencerme. Era muy entrada la tarde y no veía el momento de tumbarme en cualquier sitio durante 12 horas. Lo único que me mantenía un poco despierto era la ilusión que me hacía ver que la aguja de la temperatura de Andrés ni se acercaba a la raya de en medio a pesar que íbamos mucho más rápido de lo que iba yo normalmente. Parecía que el problema se había solucionado.
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5 al 10 de Junio. Afganistán. Cuando el turista se convierte en viajero.

Sunday, June 15th, 2008

– Buenos días señor. Cuerpo diplomático ¿verdad? – Dijo aquel soldado mostrando su mejor sonrisa.

No supe que le podía hacer pensar tal cosa, pero no me disgustaba en absoluto la idea de atravesar el control fronterizo afgano como “diplomático”, así que por si sonaba la flauta me limité a responder:

– “Españoles” – A la vez que le entregaba los pasaportes junto a mi permiso de conducir y los papeles del vehículo.

Le echó un vistazo rápido a todo y separó los pasaportes para examinarlos. Evidentemente vio en seguida que de diplomáticos no tenían nada, pero sin perder la sonrisa me dijo que pasara a la garita. Tras las preguntas de costumbre y cruzar unas palabras por radio con el siguiente control militar, indicándole los datos del vehículo que se dirigía, me entregó la documentación y me dijo que continuásemos.

Afganistán

En el siguiente control se limitaron a saludarnos y a abrirnos la barrera, tras la cual cruzamos un puente sobre un río y llegamos a la aduana. Salvo por su austeridad, poco se distinguía de cualquier otra, y al entrar, el trato que recibimos fue tan agradable o más que en cualquier otro país. Les fascinó el hecho de que fuéramos viajeros españoles y tras un rato de charla mientras hacíamos el papeleo de costumbre nos indicaron que podíamos continuar sin ni siquiera revisarnos el contenido del coche. Me llamó un poco la atención, a pesar de olvidarme de ello en seguida, como uno de los agentes de aduanas, nos hizo varias preguntas a Manolo y a mí acerca de cual era nuestro trabajo, que cargo teníamos y si trabajábamos para alguna compañía o por cuenta propia. Como símbolo de gratitud, le regalamos una botella de vodka al encargado de segundo rango que nos había preguntado un par de veces si no teníamos alguna bebida para compartir con él.

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Breve resumen de los últimos 30 años de historia de Afganistán.

Sunday, June 15th, 2008

Érase una vez un país de cuyo nombre no quiero acordarme cuya verdadera historia, siempre tergiversada por los medios y manipulada por la gente con poder, solo unos pocos fuera de éste conocían.

Este país, a finales de los años 70, fue invadido por Rusia cuando todavía ésta era una gran potencia. Pretendía anexionarla a su imperio como había hecho con Ucrania y la mayoría de los países de Asia central.

Los “tEstados reUnidos”, que en ese momento se encontraban en plena guerra fría con Rusia, decidieron apoyarles, ya que una derrota debilitaría a su enemigo, para lo cual a demás de enviar algunas tropas y armas en secreto, entrenó a un selecto grupo de gente de aquel país: “Los Talismanes”.

Estos talismanes, tras recibir entrenamiento militar y a su vez entrenar a otros, se volvieron un grupo poderoso, y tras más de 15 años de guerra lograron expulsar a los rusos. Después de la guerra y de una etapa que sumió al país en un tremendo caos con un terrible índice de pobreza, los talismanes tomaron el control del país y comenzaron su reconstrucción.

Para esto, solicitaron ayuda económica a los Testados Reunidos, entre otros, pero todos les respondieron que no se la darían ya que no era un gobierno que hubiera sido elegido democráticamente, y por lo tanto no podía representar al país.

Tras mucho insistir, accedieron a darles la ayuda económica que solicitaban (100.000.000$ una cifra más que razonable para sacar adelante un país que sale de una guerra) con la condición de que terminaran con la exportación de opio del país, que en ese momento era el primer productor mundial.

Acabaron con todas las mafias encargadas de la producción de droga, evidentemente por medios no muy lícitos. Después de cumplir con la condición exigida, no recibieron dicha ayuda y todos los gobiernos les dieron la espalda.
Fue entonces cuando llegó un tipo con una barba muy larga de sobra conocido por todos, líder del grupo terrorista “mAl Queda” (que al contrario de lo que la mayoría piensa, ni era ni sería nunca “Talismán”) y que no tenía problemas de liquidez, les ofreció proporcionarles dicha ayuda económica. Desde ese momento se convertiría en amigo y benefactor de los Talismanes.

Siete años después, éste grupo a parte del control político del país, tenía respaldo económico, y Testados Reunidos se dio cuenta que dejaba de tener dominio alguno sobre él. Su posición estratégica en Asia Central, sus reservas de uranio y la des estabilidad que le causaba a los Emiratos Árabes, eran razones más que suficientes para aprovechar un atentado aéreo contra un logotipo algo anticuado, supuestamente pertrechado por Malqueda, a pesar que estos jamás lo admitieran, para derrocar por la fuerza el régimen Talismán en este país. Para ello obligó a Pakistán a convertirse en su aliado, ya que era el país vecino de los Talismanes y por lo tanto el mejor lugar desde donde operar. Desde ese momento, Pakistán se convertiría en enemigo de por vida de los Talismanes, causando innumerables bajas los años venideros ya que compartían 2.000km de frontera y los Talismanes les culpaban de su derrota.

Tras la marcha forzosa de los Talismanes del poder, diversas naciones, entre ellas España, colaboran para la reconstrucción del País,

En todas las entidades gubernamentales, Talismanes viven disfrazados y ocultos. Se mezclan con la sociedad y es imposible distinguir quien pertenece a este grupo. Evitar un atentado o atraparles después de éste, es una tarea imposible ya que son miembros de la policía, de los servicios secreto, de inteligencia, etc.

A día de hoy, todo Pakistán continúa en Alerta y reina la desconfianza por los Atentados Talismanes como represalia por haber colaborado con Testados Reunidos en la guerra.

2 al 5 de Junio. Tayikistán- Uzbekistán-Frontera Afgana. El techo del mundo…

Monday, June 9th, 2008

Madrugamos mucho para llegar a una hora decente a la frontera Kirguicia y en el primer y único pueblecito que vimos antes de llegar, nos detuvimos a poner gasolina. La gasolinera, era una especie de cuadra, donde un joven guardaba bajo llave un montón de barriles de gasolina y gasoil. Tardamos más de una hora en echar 200 litros de gasoil en bidones de 10 litros que aquel joven tenía que ir rellenando de uno en uno en el interior de la cuadra.

Pasamos las siguientes horas subiendo y subiendo por carreteras de cabras hasta por fin llegar a un puesto militar en lo alto de un monte. Era la frontera de salida de Kyrguistán. Nos registramos con nuestros pasaportes como de costumbre, y nos informaron que hacía una semana que no pasaban ningún coche por ahí. Los soldados eran encantadores y se hicieron todo tipo de fotos con nosotros. Incluso nos pidieron hacerse una cada uno frente al coche, sujetando solemnemente la bandera de España (Manolo, que era una caja de sorpresas, llevaba siempre una en la Mochila). Cuando les dijimos la ruta que teníamos pensada hacer, no daban crédito. Nos hacían todo el rato un extraño gesto en forma de ola con la mano (este gesto lo solían hacer cuando una carretera no estaba en buen estado).

Tras despedirnos y avanzar 10 kilómetros, llegamos al puesto militar que daba paso a Tayikistán. Lo atravesamos sin muchos problemas y de nuevo a subir puertos de montaña, pero esta vez hasta llegar a los 4.500 metros de altura. A partir de los 4.000 metros, la cantidad de oxígeno del aire, disminuía y esto producía sensación de agotamiento ante cualquier esfuerzo físico. Empezamos a ver impresionantes montañas nevadas a lo lejos, muchas de ellas “siete miles” a la vez que notábamos un poco los efectos de la altura. Correr 200 metros era impensable y teníamos una sensación un poco extraña en la cabeza.

El paisaje era cuanto menos, sobrecogedor: al frente las gigantescas montañas y a los lados vastos y verdes valles donde se avistaban manadas de animales salvajes campando a sus anchas. De vez en cuando nos encontrábamos un pequeño conjunto de yurtas, que son las casas de los nómadas del lugar. Eran de base redonda y tenían forma cónica. Estaban hechas con una estructura de palos de maderas y recubiertas de tela. En su interior tenían una estufa metálica en medio con un tiro redondo que salía por el centro de la yurta. Tenían el suelo y las paredes recubiertos de alfombras para que mantuvieran el calor y aislaran el interior del frío. Eran tremendamente acogedoras.

Tras un par de horas de viaje, nos encontramos por fin con el lago Kara-Kul, que era el lugar hasta donde pensábamos llegar aquel día. Era un precioso y enorme lago de agua azul entre montañas, rodeado por gigantes llanuras de arena. Al llegar al lago vimos un pequeño pueblo de 10 ó 12 casas donde entramos para que manolo me explicara el funcionamiento de las estufas y el combustible que usaban. Durante el verano, la gente de la zona, hacía acopio de una especie de ladrillos, que se fabricaban con excremento de vaca compactado y secado al sol. Esto lo guardaban en un lugar cerrado y lo iban sacando en invierno cuando lo iban necesitando, lo metían en la estufa y ardía como los leños. Era una mezcla entre leña y carbón, pero más auténtico.

Preguntamos que donde podíamos tomar una taza de té y nos hicieron pasar a una de las casas del pueblecito. Una mujer encantadora nos instaló en un saloncito lleno de telas y alfombras tremendamente acogedor. Tras descalzarnos y sentarnos sobre varios cojines y una mesa baja, nos dimos cuenta que habíamos encontrado el sitio perfecto para pasar la noche. Aquella mujer y su marido nos atendieron de maravilla. Encendieron la estufa de caca para que no pasáramos frío por la noche y nos prepararon una cena riquísima. Nos entendíamos con ellos a duras penas así que no pudimos charlar demasiado ya que debíamos comunicarnos por gestos. Por suerte, Manolo tenía una percepción especial, y era capaz de traducir un par de simples gestos inentendibles en varias frases con significado completo. Jamás me quedó claro si era que realmente tenía mucha imaginación o simplemente me estuvo tomando el pelo durante todo el viaje.

En mitad de la noche, cuando se consumieron “los ladrillos”, la temperatura bajó de golpe unos 20º y me vi obligado a salir al coche a por una pastilla para la garganta y algo de abrigo. Al cruzar la puerta de la casa la temperatura debió bajar otros 10º y yo que estaba totalmente adormilado, no me di cuenta de que nevaba hasta que cuando fui a abrir el maletero del coche empecé a notar el cuerpo húmedo… Mi imagen en calzoncillos con las botas de montaña desabrochadas, al darme cuenta que se me habían olvidado las llaves del coche dentro de la casa habría sido digna de retrato. Tras repetir la maniobra, pero esta vez ya con una camiseta y las llaves del coche, me pude dormir hasta el día siguiente.

Nos despertó el desagradabilísimo rebuzno de un burro junto a la ventana. Para darnos cuenta de ello tuvimos que asomarnos, ya que aquel sonido de primeras parecía más bien que nuestros anfitriones se habían despertado con “muchas energías”. La nieve había cubierto todo el exterior y llegaba hasta el borde del lago. El paisaje aquella mañana era aun más bonito que la tarde anterior.

Partimos Hacia un pueblo llamado Khorog, que e encontraba a mitad de camino de Dushanbe (la capital Tayikistana). Atravesamos aquellas montañas nevadas que el día anterior veíamos a lo lejos. Todos los paisajes que veíamos eran de indescriptible belleza. Me dio mucha pena no poder conducir por la nieve, pero debía estar concentrado y con la mano en la manilla de apertura de la puerta del copiloto, para en el momento oportuno gritar – ¡Para Manolo! – Y bajarme corriendo del coche para meterme detrás de alguna piedra y pensar durante unos minutos en que demonios me habría sentado tan mal a la tripa. Al menos después de la indigestión de unos días atrás, había fabricado un “trono” portátil haciendo un agujero de dimensiones perfectas sobre una de las 4 sillas de acampada plegables de Decathlon que llevaba enganchadas con una cincha a la rueda de repuesto trasera. Curiosamente en el hueco para un vaso que tenía en el apoyabrazos derecho, cabía perfectamente un rollo de papel higiénico.

Llevábamos varios días sin Jaimitadas y Manolo bajó un poco la guardia. En una de las veces que me bajé del coche con prisas, olvidé apretar la cincha que sujetaba a las 3 sillas a la rueda trasera y cuando paramos en un control militar, nos dimos cuenta que las habíamos perdido. Curiosamente en lugar de preocuparme por las 3 sillas perdidas me alegré un montón de haber colocado en el asiento trasero el retrete Roca modelo “adventure”.

A medio día nos detuvimos en una cabaña abandonada donde vivía una familia. Le preguntamos acerca de unas cuevas con dibujos prehistóricos que habíamos leído en una antigua guía de central Asia que me consiguió mi amigo Paul, que se encontraban por la zona. El abuelo llamó a un joven que subió con nosotros al coche y nos guió primero a través de una carretera, luego a través de varios caminos y luego a través de una interminable llanura desértica a unas montañas. Tras trepar unas paredes de una dificultad tremenda que Manolo y yo nos tuvimos que ayudar varias veces el uno al otro, y que el joven que nos acompañara lo hiciera sujetándose las manos tras la espalda, llegamos a unas extrañas cuevas donde había unos extraños cuernos antiguos y unas pinturas de animales que parece ser eran de la época neolítica. Nos encontrábamos a más de 4.000m de altura y manolo y yo a penas podíamos respirar, mientras nuestro compañero con una vitalidad tremenda iba a un lado y a otro sin esfuerzo alguno. Nos enseñó con gran solemnidad un agujero excavado en la roca y nos explicó que ahí se hallaba antes un pedrusco milenario tallado que alguien había robado hacía dos años:

- Desde que hace 8 estaciones el hombre blanco se llevó la piedra milenaria, las mujeres de los cinco valles que confluyen en esta montaña se han vuelto infértiles. No ha vuelto a llover desde entonces y hemos perdido todas nuestras cosechas. Las vacas dan la leche agria y un demonio se lleva a los niños que se acercan a esta montaña.- Nos dijo nuestro joven amigo apesadumbrado.

Una colleja de Manolo recordándome que teníamos que volver al coche me hizo bajar de la nube. El agujero de la piedra había hecho volar un poco mi imaginación. (Lo de la piedra milenaria que robaron era verdad).

El descenso por suerte fue más fácil de lo que imaginamos ya que seguimos los pasos de nuestro guía que esta vez no llevaba las manos en la espalda.

Dejamos a aquel joven en su cabaña y tras rechazar su invitación a pasar a tomar té, proseguimos nuestro camino. Los paisajes que siguieron a continuación fueron igual de estupendos aunque el firme empeoraba por momentos y hubo que bajar la velocidad considerablemente.

Llegamos al control militar de Khorog ya anocheciendo y nos informaron que el camino empeoraría considerablemente, por lo que los militares nos dijeron que podíamos pasar la noche ahí. Los dos nos sentíamos agotados después de 15 horas en el coche y así lo hicimos. Antes de acostarme tuve que meterme bajo el coche poniéndome perdido, ya que el tubito del trasvase de gasoil de un depósito a otro se había vuelto a romper y debía substituirlo.

Nos despertamos al alba y partimos con intención de llegar aquella noche a Dushanbe. Las primeras horas transcurrieron por un camino estrechísimo que bordeaba las cadenas montañosas y seguía el cauce de un río, al otro lado del cual pudimos contemplar durante toda la mañana Afganistán. La mayor parte del terreno afgano que veíamos eran altísimos acantilados por los cuales discurrían caminos de menos de un metro de anchura, excavados en la propia piedra por los lugareños de la zona. Por ellos circulaban personas y burros que si en algún momento se cruzaban tenían que buscar un saliente para poder pasar ambos ya que el camino no era lo suficientemente ancho y un traspié haría acabar a cualquiera en el fondo de un precipicio. Algunas veces la caída de las aguas y la erosión, hacía que parte del camino se desplomara, y acudía gente con picos y palas por ambos lados del camino para rehacerlo. A veces eran decenas de metros y la reconstrucción les debía llevar varias semanas. Estaba claro que en esos lugares el concepto y el valor del tiempo de la gente no tenía nada que ver con el nuestro. Muy a menudo, cuando veíamos alguna escena curiosa por aquellos parajes, pitábamos y les hacíamos señas a las cuales respondían saludando. Probablemente fuera gente que jamás había visto un viajero europeo en toda su vida.

Los lugares en los que tras el río había algo de valle, solía haber gente lavando ropa o alfombras, y vimos varias zonas con una especie de haimas, que a través del teleobjetivo pude descubrir que eran aulas donde había decenas de niños y un profesor les explicaba cosas en una pizarra. Pensé que en lugar de la tabla del 7 quizás les estuviera enseñando como desactivar una mina o como colocar un coche bomba sin levantar sospechas.

A lo largo del camino, vimos varias zonas con advertencias de peligro por estar plagadas de minas anti-personas, así que me alegré de no haber comido nada y que la tripa no me estuviera dando la lata. También pudimos observar en muchos parajes como los bordes de grandes glaciares se deshacían por el deshielo. En un camino por el que cruzábamos entre dos montañas, vimos unas cabañas de una familia nómada y decidimos acercarnos para darles unos caramelos y unos lápices de colores a los niños. Nos recibieron con alegría y mucha hospitalidad, ofreciéndonos un yogurt natural riquísimo.

Continuamos todo el día conduciendo atravesando valles, montañas, ríos, llanuras, caminos de piedras etc. Nos cruzamos con varias familias asentadas en distintos lugares a nuestro paso. Tenían ganado formado por vacas, ovejas y cabras, algún burro y a veces caballos. Solían tener una buena huerta y árboles frutales. A todos les alegraba y les enorgullecía enormemente que pasáramos unos minutos con ellos y aceptáramos tomar lo que nos ofrecían (yo solo probaba algo de yogurt). Aquellas familias se despertaban viendo verde, animales, montañas y con una tranquilidad sin igual. Me pregunté que es lo que había llevado a todo el mundo a vivir en ciudades con ruido, polución y estrés, rodeados de impersonalidad. Entendía que a una persona que desde pequeño le habían metido en la cabeza que la felicidad la proporciona una buena casa, un buen coche y un apartamento en Benidorm para pasar el mes de vacaciones peleando por colocar su sombrilla sobre un hueco en una arena abrasadora y plagada de gente frente a un mar repleto de bolsas de Carrefour flotantes, se tuviera que quedar con eso por que era lo que conocía y lo que creía que le llenaba. ¿Pero que le hace a una persona que ha conocido lo que es vivir sin preocupaciones siempre, disfrutando de su familia y con todo lo que necesitaba al alcance de su mano, a cambiarlo por lo otro?

Imaginé que aquellas personas perseguirían una ilusión equivocada y que cuando la alcanzaran, alguno se daría cuenta de su insustancialidad y a otros simplemente les crearía una sensación de ansiedad solo aplacable por el intento de buscar otra insustancialidad mejor, más grande o más cara. Me pareció que la diferencia entre la familia que se encontraba en aquella colina con su huerta y su ganado, y una familia acomodada cualquiera de mi entorno, era que los primeros vivían una vida en la que en todo momento tenían sensación de felicidad y libertad aunque quizás no lo valoraron tanto por no conocer otra cosa, como yo lo hacía en ese momento. Sin embargo los segundos perseguían esa felicidad y sensación de libertad, que aun que probablemente no consiguieran nunca, la propia búsqueda d ello se la entregase en parte.

Por fin, y tras atravesar los paisajes más hermosos que había visto nunca, llegamos al control militar que se encontraba 80km antes de Dushanbe. A partir de ahí ya sería todo carretera. Tras revisar nuestros pasaportes y preguntarnos que de donde éramos, etc. Uno de los militares nos pregunto si podíamos llevar a una prima suya que se encontraba en el control hasta Dushanbe, a lo que nosotros por supuesto accedimos. Aquella chica, que era encantadora se llamaba Rashida y entre mi paupérrimo ruso y sus nociones de inglés, pudimos ir comentando cosas todo l camino.

A la entrada de Dushanbe, montamos una escenita de cuidado, cuando en un control policial nos pararon y vieron que no solo estaba el coche sucio, lo cual es algo imperdonable, si no que también llevábamos las lunas de detrás tintadas, lo que estaba terminantemente prohibido. Se presentó la policía secreta, un par de coches patrulla y un sargento. Menos mal que Rashida y un tipo que pasaba por ahí y hablaba inglés, intercedieron por nosotros y les contaron a los polis la peli de que éramos periodistas, que la embajada española y el ejercito controlaban nuestra ruta con el GPS que llevábamos en el salpicadero, y con una simple llamada nos pondríamos en contacto con algún ministro tayikistano para que les pusiera a todos firmes. 10 minutos después apareció una persona que vino de la comisaría exclusivamente para disculparse ante nosotros en nombre de la policía tayikistana e informarnos que no nos preocupáramos ya que habían dado orden por radio para que ningún policía nos molestara durante nuestra estancia en su ciudad.

Después del numerito, acercamos a Rashida al lugar donde había quedado con su hermano. Nos lo presentó y en seguido se ofreció a acompañarnos a lavar el coche, a lo que no nos pudimos llegar ya que estaba más sucio que nunca. El nombre de nuestro nuevo amigo era Mansour, y era tan encantador como su hermana. Mientras nos lavaban el coche, Rashida se fue a cambiarnos dólares por dinero de ahí y al volver, que ya era de noche, ambos nos acompañaron a buscar la ubicación de la embajada afgana para el día siguiente. Después de esto les dijimos que les dejaríamos en casa para buscar un hotel y nos dijeron que de ninguna manera. Mansour nos dijo que esa noche estábamos invitados a pasarla en su casa, y llamó a su mujer para que nos preparara un cuarto y dos camas.

Nos llevó a cenar a un sitio típico del lugar donde nos pusimos las botas y estaba todo riquísimo y compartimos una velada estupenda. Después de eso, esperamos a que Mansour fuera a comprar algo a un establecimiento, que trajo en una bolsa de plástico y fuimos a su casa que estaba a unos cientos de metros de la embajada afgana. Aparcamos en la calle y llamó al dueño del quiosco de la esquina. Le ordenó que vigilara el coche toda la noche.

Al llegar a su casa, siendo ya tarde, despertó a su hijo mayor para que nos saludara y nos instaló en el salón, donde habían montado dos camas. Las camas en la mayoría de las casas de Asia Central, eran colchonetas de colores muy vivos con dibujos, que durante el día se apilan para no ocupar demasiado espacio. De la bolsa de plástico que traía, sacó dos botellas de agua fría y un zumo de naranja, que colocó sobre una mesa con dos vasos por si durante la noche teníamos sed. Aquello me dejó completamente maravillado.

Al día siguiente, tras rechazar el desayuno por no tener nada de tiempo, agradecimos una y mil veces a Mansour todo lo que había hecho por nosotros. Manolo le regaló un buen puro y yo una camiseta a su hijo de 14 años. Después de eso nos dirigimos raudos a la embajada Afgana donde después de insistirle un poco al cónsul y redactar dos cartas formales pidiéndoselo, nos dijeron que a primera hora de la tarde nos entregarían el visado y el permiso para pasar con el coche.

Aprovechamos para hacer algunos trámites y después fuimos a esperar a la embajada donde a última hora de la tarde nos entregaron los visados y el permiso. Salimos directos a la frontera Uzbeca, ya que nos habían informado en la base española que la frontera tayikistana con Afganistán no era segura y debíamos cruzar a Afganistán por el paso uzbeco de Termiz.

Salimos de la frontera Tayikistana con gran pesar por los paisajes y la gente tan maravillosa que dejábamos atrás. Mientras hacíamos los trámites aduaneros empecé a notar la tripa un poco revuelta y le dije a Manolo que en breve tendría que acudir al señor roca. Me dijo que aguantara que ya terminábamos y en cuanto cruzáramos el puesto uzbeco podría ir “al baño”. Aguanté como pude, pero en cuanto nos abrieron la barrera y entramos en tierra de nadie le dije que detuviera el coche por que no aguantaba más. Era de noche y a los lados había campito con una alambrada al fondo, así que no creí que le importara a nadie que me instalara con Mr Roca en algún rinconcito oscuro. Manolo se detuvo a un lado y apagó el coche y las luces, y yo me fui corriendo a una esquina rodeada de árboles junto a la alambrada electrificada. Los perros de la frontera que se encontraba a unos cientos de metros me debieron escuchar correr y se pusieron a ladrar como locos. Vi algo de movimiento en el puesto militar y como se encendían y apagaban un par de veces las luces, pero no le di demasiada importancia. Yo seguía a lo mío. De repente, como de la nada, aparecieron de detrás de un árbol dos cuerpos con ropa de camuflaje a pocos metros de mí y con metralletas en la mano gritaron algo que debía significar “¡No se mueva!”. Estaba en la posición perfecta para reaccionar ante semejante situación. La siguiente escena fue de lo más esperpéntica. Otros dos militares habían aparecido detrás del coche y Manolo les intentaba dar explicaciones, y yo desde el señor Roca, les explicaba que era español y que mientras cruzábamos de Tayikistán, había tenido una urgencia gástrica. Lo peor de todo fue que mientras se lo contaba no podía contener la risa y a ellos no les hacía ninguna gracia la situación. La verdad es que a Manolo al principio tampoco se la hizo. Me dijeron que tenía dos minutos para subirme al coche y a Manolo le dijeron que se dirigiera inmediatamente al control militar. Una vez ahí y tras dar las explicaciones pertinentes, nos enteramos que la frontera uzbeca estaba cerrada y no abriría hasta las 6 de la mañana, así que levantamos la Maggiolina y Manolo por primera y yo por segunda vez, nos dispusimos a dormir en tierra de nadie.

Nos pegamos una buena ducha y dormimos unas horas. Al alba recogimos todo y esperamos de 6 a 7 y media a que se dignaran a abrir la barrera. Por fin nos inspeccionaron todo el equipaje y entramos en Uzbekistán. No tardamos más que tres horas en llegar a Termiz y el viaje fue de lo más agradable. En los Ríos había molinos de agua tremendamente rudimentarios, que a base de botellas de plástico sujetas a las aspas, iban llenando un balde del que salía una cañería que regaba las huertas. A los lados de la carretera nos encontramos a decenas de mujeres que extendían alfombras en el suelo para que al pasar con el coche las venteáramos y así quitarlas el polvo. También nos encontramos en la carretera a un autobús que se había estropeado y al cual le habían sacado el motor y desmontado el cigüeñal mientras los pasajeros esperaban al lado con toldos te tela improvisados para taparles del sol. Para aquellas 30 personas, perder 20 horas apeados junto a la carretera, es como para el que pierde 20 minutos por que hay que cambiar una rueda pinchada. La única diferencia es que ellos en lugar de increpar al conductor del autobús, le ayudaban en lo que podían.

Al llegar a la frontera de Termiz con Afganistán sentí un cosquilleo en el estómago. Ésta vez no pensé en el señor Roca, si no en que me disponía a entrar en uno de los países en guerra más conflictivos del planeta. Y no lo íbamos a tocar de refilón, íbamos a atravesar todo el norte por Mazar e-Sharif hasta Kabul, desde donde Manolo ya regresaría a Madrid y yo me tendría que quedar los días necesarios hasta recibir el permiso para meter el coche en la India que ya me había conseguido mi tío Jaime (al cual estaba profundamente agradecido). Después de eso debería cruzar el este hasta la frontera con Pakistán.

Tuvimos que volver a vaciar todo el contenido de Andrés en la salida de Uzbekistán y Manolo tuvo un pequeño roce con uno de los militares que le metió en un cuartito y le amenazó con quitarle algo de dinero. Manolo estuvo muy hábil y con toda la tranquilidad del mundo le dijo algo así como que si le tocaba un solo billete llamaría en ese momento a la embajada española y mandarían un convoy militar al otro lado de la frontera. A aquel soldado se le quedó cara de poker e inmediatamente le dijo que le había entendido mal y que lo único que quería era algún recuerdo de España. Finalmente manolo le dio un mechero a aquel cara dura y nos dirigimos al control militar de la entrada de Afganistán.

Yo estaba bastante nervioso ya que aquello no tenía nada que ver con ninguna frontera o control militar que hubiera visto hasta el momento. Todo estaba rodeado de alambre de púas y varias hileras de vallas electrificadas. Había trincheras por todos sitios y puestos con armamento pesado. Los militares que custodiaban la entrada llevaban armas de gran calibre y tenían cara de pocos amigos.

Jamás me hubiera podido imaginar lo que pasaría a continuación. Al llegar con el coche frente a la barrera todos se cuadraron ante nosotros. Bajé del coche tembloroso con los pasaportes en la mano y el militar de más alto rango salió de la garita y tras darme la mano, educadamente se dirigió a mí:

- Buenos días señor. Cuerpo diplomático ¿verdad?

23de Mayo al 2 de Junio. Kyrguistán. Trámites y más trámites.

Wednesday, June 4th, 2008

Cruzamos la frontera de Kyrguistán más rápido de lo que jamás hubiera imaginado. No examinaron nada del coche y el tiempo que pasamos fue charlando con los agentes de aduanas acerca del mejor itinerario para cruzar Kyrguistán y lugares de interés en Bishkek (su capital). Nos dimos cuenta en seguida que los Kyrguicios eran tan encantadores como los Kazajos.

Una vez en Bishkek, ya por la tarde, realizamos la tediosa labor de localizar todas las embajadas de las cuales teníamos que pedir visados: Pakistán, China, Uzbekistán y Tayikistán. Además de una agencia de viajes que gestionaba la entrada a China con vehículos, para así a la mañana siguiente poder hacer todo a tiro hecho. Era curioso el tremendo parecido que tenían entre sí todas las ciudades de los países de Asia Central, a veces nos daba la impresión de encontrarnos en una ciudad ya pasada: mismos coches, mismo tipo de gente… incluso compartían el nombre de las calles. El idioma también era muy similar salvo por algunas palabras típicas de cada país. A pesar de las grandes diferencias culturales, de idioma, etc, la hospitalidad y el buen carácter de la gente, hacia que no nos termináramos de sentir “extranjeros”.

Al día siguiente por la mañana nos dirigimos a la embajada China a primerísima hora para comprobar que aquel día permanecería cerrada. Después fuimos a la agencia de viajes, donde cuatro señoritas monísimas y encantadoras nos aclararon todas nuestras dudas: era completamente imposible entrar a china en coche sin unos permisos que se tardaban 3 meses en conseguir. A parte, no daban visados a extranjeros por todo el problema del Tíbet. Muy amablemente una de ellas nos acompaño a través de unos túneles que pasaban bajo la ciudad a ver a unos chinos mafiosos que pagándoles un dinero arreglaban cualquier problema con los visados chinos. Ni siquiera ellos fueron capaces de hacer nada por nosotros. Nos informaron también que no daban visados a Pakistán a los extranjeros, que los visados a Uzbekistán tardaban una semana. Al menos nos enteramos que en la embajada de Tayikistán podían hacer visados de un día para el otro si se le daba una buena propina al cónsul.

Fue una situación un poco tensa, ya que nuestra única ruta de llegaba a La india era a través de Tayikistán, Afganistán y Pakistán, y donde nos encontrábamos no había consulado Afgano. La cosa se había puesto muy complicada. Lo único que podíamos hacer era conseguir los visados de Tayikistán, que es el país más impresionante de Asia Central y por lo menos ir avanzando.

Camino de la embajada, paré en un edificio para preguntar y un coche se detuvo frente a nosotros. Se bajó de él un tipo que se quedó observándonos con cara de sorpresa. A los pocos segundos se dirigió a Manolo:

- !Pero bueno! !Que alguién me explique que hace aquí un coche español!

La sorpresa fue mutua ya que lo último que nos hubiéramos esperado nosotros era encontrarnos con un compatriota en una callejuela de la Bishkek.

Su nombre era Rubén Cornado y resulta que era un suboficial del ejército español, destinado en una base de apoyo a Afganistán que había a pocos Kilómetros de la capital kirguicia. Era simpatiquísimo e hicimos muy buenas migas desde el principio. Nos estuvo contando un poco todo lo que hacían en la base y nosotros le explicamos nuestro viaje. Se ofreció a llevarnos a la embajada de Tayikistán y después a un taller donde le echaran un ojo al problema de la temperatura de Andrés.

En la embajada todo fue sobre ruedas y nos dijeron que el viernes a primera hora tendríamos listos los pasaportes, así que fuimos con Rubén a un taller en el cual a pesar de ser muy amables, no me pareció que tuvieran demasiada idea, revisaron el coche y nos dijeron que el problema del calentamiento era que el líquido refrigerante estaba sucio y que había que cambiarlo y limpiar todo el circuito. Les dije que ese no era el problema y todos insistieron en que sí. Como también tenía que pasarle una revisión y cambiar aceites, acordamos dejarlo a primera hora del día siguiente para que lo hicieran todo. Después, como Rubén se tenía que ir, le propusimos salir a cenar por la noche, a lo que accedió gustosamente.

Estuvimos en palacio del gobierno para ver como hacían el cambio de guardia, ya que respetaban la tradición rusa y era todo un espectáculo, subiendo las piernas por encima de la cintura al marchar y meneando los fusiles a un lado y al otro. ¡Realizaban este ejercicio cada hora durante las 24 horas del día, todos los días del año!

Decidimos pasar a investigar a la embajada de Pakistán y para nuestra sorpresa, nos dijeron que fuéramos a un banco a pagar una tasa y el viernes a primera hora tendríamos nuestro visado. ¡Eso sí que era una buena noticia! En un momento nuestra situación había dado un giro de 180º.

Aquel día fuimos a cenar con Rubén a un sitio típico del lugar. Comimos de maravilla y la conversación no pude ser más interesante. Nos estuvo explicando toda la labor del ejército español en Afganistán y como se había ido desarrollando todo a lo largo de la guerra; como había afectado el cambio de gobierno, etc. También nos habló mucho de Afganistán y de los talibanes, y sobre todo, nos explicó con todo detalle, la logística que había supuesto a lo largo de estos años meter y sacar a gente en las zonas de conflicto: una labor desconocida para la mayoría y que debería saberse, ya que no se le da el reconocimiento que merece.

Después de la cena y un agradable paseo por la ciudad, en el que nos explicó como era todo a 40º bajo cero, que son las temperaturas que se registran en invierno, nos llevó a un par de discotecas a tomar algo.

Los locales eran geniales y la música muy europea. La marcha en Kyrguistán me recordó mucho a la de España en provincias. En un momento de la noche, una chica jovencita muy simpática, se acercó a mí y me pidió hacer una llamada desde mi móvil con su tarjeta. Yo que lo llevaba en el bolsillo, no para llamar ya que no funcionaba, si no para usarlo como teléfono y despertador, se lo presté encantado. Como era de esperar para cualquier persona con los pies en la tierra, 2 minutos después se habían esfumado la chica y el móvil para siempre. Me quedé con bastante sensación de idiota y me prometí a mi mismo aprender de aquello. Si eso me servía para que no me volviera a pasar con otra cosa, sería un móvil bien invertido.

Me llamó mucho la atención lo natural y abiertamente que se dirigían todas las chicas a nosotros. Me chocó que en una sociedad tan machista, donde la poligamia está aceptada y bien vista solo en los hombres (la gran mayoría tiene más de una esposa) las mujeres fueran tan abiertas. Me explicaron que existe una norma socialmente consentida llamada “el rapto”: cualquier hombre puede secuestrar a la mujer que le apetezca siempre y cuando no esté desposada, y si la consigue tener 3 días en su poder, automáticamente tiene derecho a casarse con ella. Esto se suele aplicar en los casos en los que una pareja está enamorada y los padres no son capaces de llegar a un acuerdo matrimonial. A mí se me pasó por la cabeza lo que ocurriría si en nuestro país existiera una ley semejante y en como actuarían ciertas organizaciones si se enterasen…

A la mañana siguiente, yo no me encontraba muy bien y Manolo también notaba algo raro en el estómago, pero no le dimos mucha importancia. También noté que me molestaba una muela, pero ya lo había notado varias veces en los últimos días. Dejamos el coche en el taller toda la mañana y mientras Manolo hacía unas compras, yo intenté hacer alguna gestión para solucionar la entrada en China. Tenía que solucionar ese tema como fuera, ya que aunque ahora pudiera eludir la entrada dando un rodeo y así llegar a La India, después de eso no había otra posibilidad que la de cruzar China hasta Mongolia para continuar el viaje, así que escribí un e-mail a la única persona que conocía con suficiente mano en embajadas como para conseguirme un pase para cruzar China con el coche. Se trataba de un familiar muy querido por todos…

Cuando llegamos al taller nos indicaron que habían cambiado aceite y filtros. También me dijeron que el problema del aire acondicionado se había solucionado al tensar la correa y que el problema del calentamiento se había solucionado al limpiar el circuito y ponerle 10 litros de anticongelante nuevo que me cobraron a precio de oro. Yo me creí todo menos lo último.

Nos fuimos del taller y quedándonos dos días hasta poder recoger los pasaportes con los visados, decidimos subir a las montañas de acampada. Kyrguistán es un país cuyo mayor (y probablemente único) atractivo turístico es el montañismo y la escalada.

Nos alejamos de la ciudad en dirección a los valles nevados del noroeste y en poco menos de media hora, cogimos un desvío por un camino de tierra que nos llevó a un valle en la parte baja de las montañas precioso y tranquilísimo. Por la zona deambulaba todo tipo de ganado y a poco más de un kilómetro había un diminuto pueblo. Montamos el campamento y una ducha de agua fría fue el detonante para una indigestión de órdago. No recuerdo algo así desde que trataron de envenenarme con un kilo de M&M´s procedentes de unas reservas olvidadas de la guerra civil española, y por lo tanto, caducados.

Pasé la noche subiendo y bajando de la maggiolina cada 2 horas como máximo y después de eso, dormí al día siguiente hasta las 4 de la tarde. Ya algo mejor decidí dar un paseo por los prados y acercarme al pueblo a llenar los bidones de agua con Manolo. Era impresionante ver jugar a un par de decenas de niños por ahí. Jugaban a la pelota, al pilla pilla, corrían, saltaban, montaban en una bici con más años que Matusalén y por supuesto sin frenos de 4 en 4, y por supuesto todos, cuando nos veían, nos saludaban y se mondaban de la risa.

Ya volviendo con el agua, decidí desviarme al lugar donde pastaban las vacas, para acariciar a un ternerito que había por ahí. Por alguna extraña razón, cuando hice esto, todos los niños dejaron lo que estaban haciendo, y se agruparon para mirarme en silencio desde un pequeño alto. Una de las vacas, me observaba todo el rato con cara de pocos amigos, y el ternerito, cada vez que llegaba hasta él y me olía la mano, retrocedía 3 ó 4 metros. A mí se me había metido en la cabeza acariciarle, y le seguía allá donde iba. Llegó un momento que se fue corriendo y ya desistí. La vaca con cara de pocos amigos me observaba fijamente a pocos metros y ya que no había podido tocar al ternerito, decidí al menos darle una palmada a ésta, así que cojí un poco de hierba y me acerqué a ella con el brazo extendido. Todos los niños guardaban un silencio sepulcral y observaban la escena fijamente…

Sus cuernos tampoco eran demasiado grandes, pero ver la manera en la que se empezaron a acercar a mi en arrancada, hicieron que me diera la vuelta y corriera como no lo había hecho en todos los días de mi vida. Evidentemente, a los pocos metros, tuve que soltar el bidón de 20 litros de agua que me impedía alcanzar la velocidad suficiente para escapar de los cuernos. La adrenalina y el miedo, me impedían escuchar un torrente de carcajadas proveniente del alto donde se encontraban todos los niños, y yo solo podía ver a Manolo a lo lejos, que también había soltado el bidón y se estaba partiendo de la risa. Cuando había recorrido una distancia prudencial, y vi que aquel demonio no me seguía, me detuve para observar el panorama: Los niños aplaudían, gritaban y reían, el ternerito me hacía burla, y el demonio custodiaba el bidón de agua para asegurarse que no volvería a cogerlo.

Esperé unos minutos a ver si aquel mastodonte se alejaba y podía recoger mi agua, pero fue inútil. Me acerque un poco, siempre manteniendo una distancia prudencial y traté de espantar a la vaca con gritos y aspavientos. Esto causó un efecto similar al de la escena anterior en los niños y estos comenzaron a reír de nuevo. Justo cuando pensé en volver al campamento y coger el bidón más tarde, vi con horror, como un niño de 6 ó 7 años despistado, estaba a punto de pasar por delante de aquel monstruo asesino que por cierto no dejaba de mirarme.

Lo que sucedió a continuación me dejó literalmente con la boca abierta: aquel monicaco de seis años, al cual temía que derribase el aliento de la vaca, levantó el brazo y le pegó un sopapo al animal como pocos he visto, seguido de un grito que debió oír hasta Rubén en la base. Automáticamente los cuernos dejaron de apuntar hacia mí y se esfumaron de donde estaban, para dejar paso a un rabo metido entre piernas que se alejaba por el horizonte. Aquel pequeño héroe sonriente me trajo mi bidón de agua.

Vinieron hacia nosotros todo el resto de los niños y unos cuantos nos acompañaron al campamento, donde Manolo les regaló un montón de lápices de colores, y yo les enseñé a hacer fotos y como correr cuando una vaca te persigue. A lo largo de la tarde, fueron pasando niños y diverso tipo de gente por el campamento para saludarnos. Aquel día fue de ayuno para Manolo y para mí y eso hizo que nos recuperásemos por completo.

A la mañana siguiente nos dirigimos a primera hora a la embajada de Tayikistán a recoger nuestros pasaportes. Hablando con el cónsul conseguimos que nos pusiera unos sellos especiales en el visado para hacer una ruta por el pais que hasta ahora muy poquitos extranjeros han podido realizar ya que son zonas controladas por militares y completamente cerradas al turismo. Deberíamos dar un rodeo de 1200km, pero a cambio de eso podríamos recorrer una carretera de 500km que se encuentra a más de 4000 metros de altura y otros 700km bordeando Afganistán.

Salimos de ahí más contentos que unas castañuelas y mientras hacíamos algo de tiempo antes de recoger nuestro visado pakistaní, escuché a una chica hablando por teléfono en español en un pequeño local. En cuanto colgó me dirigí a ella para presentarme. Resulta que se llamaba Elisa Mandiola y trabajaba para la Agencia de Cooperación Española en Bishkek. ¡También era amiga de Rubén! Estuvimos un largo rato hablando con ella y nos dijo que nos iba a resolver el problema del visado Afgano a través de la embajada de Dushanbe, que era la capital del país al que nos dirigíamos a continuación. A demás nos dio el contacto de una amiga suya que vivía en Kabul (capital de Afganistán), para que al llegar la llamáramos y nos echara una mano con lo que necesitásemos. También nos indicó que cualquier español que viajara a Asia central y pudiera necesitar su ayuda, podría localizarla en el teléfono 0502180756.

Recogimos nuestro pasaporte en la embajada pakistaní. Ya teníamos prácticamente resuelta nuestra ruta a la India. Solo faltaba que Elisa nos confirmara la posibilidad de obtener los visados afganos en Dushanbe, cosa que hizo un rato después. También nos llamó por teléfono Rubén que nos pasó al Jefe del destacamento español en Afganistán después de invitarnos a la base a degustar un estupendo jamón de Teruel, invitación que tuvimos que rechazar ya que andábamos fatal de tiempo, nos informó que la situación en Afganistán estaba estable. Kabul estaba completamente tomada y podríamos parar sin problemas. Nos advirtió que los talibanes no iban a tardar mucho en movilizarse en el norte, por lo que deberíamos darnos la mayor prisa posible en llegar a la frontera afgana.

Después de agradecerles todo a nuestros amigos españoles, partimos rumbo a la frontera. Tardamos algo menos de media hora en darnos cuenta que el coche continuaba calentándose. En cuanto se pasaba de 90km/h la temperatura comenzaba a subir hasta lo rojo. Mi cabreo era supino, mientras que Manolo todo el rato me decía que no me preocupara y que no era grave.

Cuando llegamos a la entrada de la siguiente ciudad, nos detuvimos en un taller que vimos a la entrada. Le expliqué al mecánico el problema, haciéndole hincapié en que me acababan de cambiar todo el líquido refrigerante y que eso estaba bien.

- Don´t worry! Problem termostat Valve! I will check.- Dijo aquel tipo menudo, con la cara y las manos manchadas de grasa.

Se metió bajo el capó con un par de herramientas y 5 minutos después tras un chasquido, un montón de liquido empezó a caer al suelo… evidentemente era el anticongelante que le dije que no quitara. Al menos sacó la válvula, que tras comprobar, me dijo que no tenía ningún problema. Así que fui hasta la otra punta de la ciudad a comprar otros 10 litros de anticongelante, que por cierto en ese país debido al frío de invierno era especial y cada litro venía a costar como 5 de gasolina y regresé al taller.

Cambiaron el líquido y como vimos que en el taller no tenían demasiada idea, continuamos hasta la frontera, donde encontramos un taller especializado en radiadores de coche. Le expliqué al mecánico de radiadores el problema que teníamos, haciéndole muchísimo hincapié en que el líquido estaba nuevo.

- Don´t worry! Problem radiador! I will check. Dijo aquel anciano con todos los dientes de oro.

- Ok, but antifreeze NO PROBLEM. Le respondí.

El tipo se puso a terminar algo que estaba haciendo y un par de minutos después, se acercó a mi radiador agitando una botella con una extraña sustancia en su interior. Al destaparla, pegó un petardazo, lo que hizo que me diera la vuelta. Ese par de segundos le bastaron para abrir el tapón del radiador y meter toda esa sustancia en el agujero del anticongelante. El grito que le pegué cuando vi lo que estaba haciendo, a pesar de sobresaltarle, no le impidió terminar de verter el contenido de la botella.

Me explicó que le había metido pimentón y que eso limpiaría todos los conductos. Que después de eso en cuanto cambiara el anticongelante estaría todo arreglado
Yo no daba crédito. La frustración y la impotencia era tal, que me limité a pedirle a unos jóvenes que había junto al taller, con los que había estado hablando un rato, que me llevaran a comprar otros 10 litros de antifreeze gran reserva.

Fuimos en su coche a aquel lugar y en camino estuvimos cambiando muchísimas impresiones. Llevaban una vida tremendamente sencilla. A pesar de no superar ninguno los 20 años, ninguno estudiaba. La mayoría trabajaba con su padre en el oficio que tuviera. A todos se les veía muy buena gente. Como todas las personas con las que había tenido la ocasión de charlar, muy hospitalarios y con unos valores tremendos. Era muy chocante la diferencia entre su estilo de vida y el de la gente de mi entorno. Los planes no tenían nada que ver y sin embargo me los contaban con muchísimo más entusiasmo que de lo que lo haría cualquier persona que conociera. En todo momento, con todo lo que me decían se notaba el gran respeto que mostraban hacia las personas mayores. No un respeto de ser educados con ellos, si no un compromiso de demostrarlo en todo momento. Y no menos curioso es el respeto que demuestran los mayores a los jóvenes y a los niños. Viví una situación en la que un joven cuya edad no llegaba a los 14 años, le explicaba a varios policías lo que nosotros le decíamos, ya que sabía inglés y esra impresionante la atención que le prestaban los agentes. Jamás le interrumpieron mientras hablaban y actuaban con el como actuarían con cualquier persona adulta.

Compramos el antifreeze, me llevaron a hacer varios recados que necesitaba y me devolvieron al taller después de apuntarme su teléfono por si tenía cualquier problema antes de salir del país.

Tras cambiarme el líquido y lavar un poco el radiador, el mecánico me explicó que debería cambiar el radiador y en aquella ciudad no lo encontraría, así que nos dijo que no corriéramos y nos deseo suerte en el viaje. Comprendí que debíamos olvidar la idea de arreglar el coche y continuar el viaje hasta Dios sabe donde sin sobre pasar las 2000 rpm.

¡Pero al mal tiempo buena cara! ¡Habíamos cruzado Kyrguistán y teníamos resuelta nuestra ruta hasta La India! La impresión que nos llevábamos del país no pudo ser mejor. A pesar de haber tenido que pasar la mayor parte del tiempo en la ciudad para arreglar el papeleo, cosa que ya no haría falta nunca más, y de la que los dos acabamos bastante hartos habíamos conocido a gente maravillosa. Era complicado llevarse una impresión mínimamente objetiva de un país como Kyrguistán visitando solo las ciudades. Al fin y al cabo, todas las ciudades tienden a lo mismo. La sombra del capitalismo y el consumismo se cierne sobre ellas y tarde o temprano acaba por absorberlas y sumir a sus habitantes en tinieblas.

Yo por mi parte cada vez me iba adaptando más a las costumbres musulmanas. Poco a poco, iba observando detalles de los que antes no me percataba. Me llamaba muchísimo la atención como todo el mundo tenía una complicidad especial, de la que los europeos en general carecíamos. A simple vista pasa inadvertida, pero la gente sin conocerse se trata de una manera mucho más cercana, casi familiar. Es muy normal ver a chicos de todas las edades de la mano. Había muchísimos desconocidos a los que después de saludarles, con una simple mirada se les podía decir mucho más que con palabras, algo que me ayudaba mucho a comunicarme con la gente sin tener ni idea del idioma. En cada puesto de mercado, control militar, taxi o casa de huéspedes, siempre lo primero era el saludo y preguntar algo acerca de la otra persona. Todo esto, hacía que la vida en Asia Central fuera mucho más sencilla que en Europa para los viajeros, ya que la gente, no va a lo suyo. Era impresionante la cantidad de gente que me nos había invitado a su casa a tomar té o incluso a pasar la noche si no teníamos donde hacerlo, tras haber conversado tan solo un rato con ellos.

Ya llegando a la frontera con Tayikistán, nos detuvimos en un puente colgante a sacarnos una foto y cuando pasaron tres niños de entre 5 y 9 años, se unieron a ella. Nos preguntaron que de donde éramos (las preguntas básicas en ruso ya las entendía perfectamente) y tras contarles un poco el viaje, nos ofrecieron un lugar donde dormir en su pueblo, que se encontraba a un par de kilómetros. Tras acceder al ofrecimiento, les llevamos en coche hasta donde ellos nos dijeron.

El lugar al que llegamos no tenía desperdicio. Se encontraba en gran terreno dentro de un pueblo perdido en las montañas y era un antiguo centro de información política rusa medio abandonado, que debió ser muy importante durante la guerra, donde una señora nos ofreció un cuarto en el que probablemente no había entrado nadie desde entonces. La letrina (o agujero), que se encontraba en el exterior, se llevó la matrícula de honor al mal olor.

Durante la noche, me vi obligado a hacer una incursión desde la segunda planta del edificio, donde se encontraba nuestra celda, hasta el coche, que estaba en el patio trasero para coger una medicina. El miedo que pasé cruzando aquellos pasillos tenebrosos solo no se podía comparar con la de ningún bosque encantado en el que hubiera pasado la noche.

Por fin me metí en la cama soñando con lo que sería atravesar durante los días siguientes un país de 2 millones de personas en el que el 90% del territorio está ocupado por montañas de más de 5.000 metros de altura, por un camino que prácticamente no había recorrido nadie que no fuera de la zona. Los nativos llamaban a esa carretera “el techo del mundo”.

Por muy maravillosos que hubieran sido mis sueños, jamás hubiera podido imaginarme lo que iba a descubrir en aquel país…