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18 al 23 de Mayo. Kazajstán, ¿Carretera…? A donde vamos no se necesita… carretera.

Monday, May 26th, 2008

Llegué a la frontera a media noche y fue impresionante el cambio al pasar de la aduana rusa, que es la primera y tras pasar el tramo de territorio neutro, a la kazajstana. Los rasgos de la gente eran totalmente asiáticos. Todos muy morenitos, pero con ojos achinados, la mayoría bajitos y tremendamente amables.

Desde el primer momento, me di cuenta que la burocracia musulmana no tiene nada que ver con la europea. Lo primero que me llamó la atención, es que todos me daban la mano cuando me presentaba ante ellos. Ya fuera el de seguridad de la entrada, el capitán encargado de turno o el que fotocopiaba el pasaporte. El trato era infinitamente más personal que en el resto de las fronteras. Tras 4 horas de espera, de las cuales 2 me quedé dormido en una silla mientras arreglaban el papeleo, entré en Kazajstán.

Ya se veía algo de luz por el horizonte, que indicaba que en unos minutos se acercaría el alba, y como viajaba contra reloj para llegar a tiempo a mi cita con Manolo, decidí continuar conduciendo y no parar para dormir.

Para mi sorpresa, la carretera, aunque no era autovía, estaba perfectamente asfaltada y disfruté una barbaridad las primeras dos horas en las que contemplaba como el paisaje se iba volviendo cada vez más desértico a la vez que amanecía.

Pasados los primeros 200km y al ver que la carretera continuaba igual, me decepcioné un poco pensando que pasaría así los siguientes 1.700km hasta llegar a Uzbekistán. Paré en un pequeño poblado a comprar agua, lo cual no me fue posible por que no tenía ni denges (moneda kazaja) ni dólares. Me informé de si iba en la dirección correcta y un tipo me indico que sí, pero me llamó la atención que me dijera que la ciudad a la que me dirigía, que estaba a 400km, se tardaban unas 12 horas en llegar. A mi me sonó a coña y pensé que él iría en burro, que era el medio de transporte de todos los pastores kazajos.

5km después la carretera se convirtió en algo que no tenía nada que ver con la carretera que había hasta ese momento. ¡Parecía q hubiera habido un terremoto! Debía circular a 30 o 40km/h sorteando socavones de medio metro de profundidad y como diría mi amigo Alvarito: ¡saltándoseme los empastes!

Tras algo más de media hora, vino en dirección contraria una caravana de 3 camiones a los que detuve para preguntar si la carretera sería así hasta Kyzilorda, a lo que me respondieron que no, que más adelante empeoraría. Decidí tomármelo con filosofía y comprender que me esperaba un largo día esquivando socavones y sin pasar de 2ª y pasando por muchos tramos en que la carretera se convertía en un mar de piedras y rocas, muchas de ellas puntiagudas en las que rezaba por que no se me pincharan las ruedas.

Un buen rato más tarde, a lo lejos, vi una mancha blanca moviéndose a gran velocidad (comparado con la que iba yo), tras fijarme mejor con el teleobjetivo, observé que era una Toyota pick up que iba campo a través, o eso parecía. Evidentemente no se podía ir a esa velocidad por ese campo ya que era un desierto de piedras y arbustos, luego debía haber un camino paralelo a unos cientos de metros. Atravesé el tramo que me separaba del lugar por donde vi pasar la pick up. Mi felicidad no tenía parangón cuando vi aquel camino de arena perderse en el horizonte.

Resulta que Kazajstán, a parte de las pocas y malas carreteras que tiene en la zona noroeste, tiene estupendos caminos de arena que siguen la misma dirección que estas. La cosa mejoró infinitamente ya que podía circular a mis 70km/h de crucero y los caminos eran divertidísimos, y a demás ir por arena era tremendamente cómodo por que íbamos como flotando. Fui casi todo el camino escuchando a un grupo de quinceañeros mejicanos llamados “RBD” ya que por culpa de mi queridísima hermanita a la cual echaba de menos más que a nadie, tenía el ipod repleto de canciones suyas.

Ya a más de mitad de camino de Kyzilorda, y sin haberme cruzado con un solo vehículo, por hacer el mendrugo, me quedé atascado en una zona con barro. Al principio no le di mucha importancia más que por el tiempo que me haría perder, pero cuando vi que no había absolutamente ningún sitio donde agarrar el winche y no tenía más que medio litro de agua potable, me preocupé un poco. No por la situación, ya que sabía que en menos de 24 horas pasaría algún camión por la carretera que había a unos cientos de metros, si no por que me pudiera pasar eso en un lugar en el que no hubiera tal carretera. Me di cuenta de la inconsciencia que era ir sin agua por un lugar no transitado y alejado de civilización y me prometí a mi mismo que esto no volvería a suceder. Sin agua una persona normal puede aguantar algo menos de una semana quieta y a la sombra. Con un bidón de 20 litros de agua se podría aguantar más de un mes y sabía que esa podría ser la diferencia entre contarlo y no contarlo.

Fui caminando bajo un sol de justicia hasta la “carretera” donde no se veía ni oía nada mirara hacia donde mirara. Pensé en ponerme a caminar en la dirección a Kyzilorda, pero me pareció peligroso no encontrar nada y que anocheciera, ya que empezaba a entrar la tarde. Así que me senté a esperar. Media hora más tarde pasó un tipo con un 4×4 y cuando le conté mi problema se ofreció a ayudarme encantado de la vida.

Dicho esto, entre eslingas, winches y tirones conseguimos sacar el coche. Me regaló una botella de agua y me dijo que no se me volviera a ocurrir ir por ahí sin agua (el llevaba dos bidones de 5litros en el maletero). Me apuntó su dirección para que le mandara la foto que nos habíamos sacado y se fue. Yo me quedé un rato y emplee los últimos 10 litros de agua no potable en pegarme una ducha que necesitaba con urgencia. Cuando ya me estaba vistiendo, apareció un camionero encantador, que compartió su comida conmigo, me dio una botella de agua y recogió todo el cable del winche, eslingas y demás al ver que yo tenía las manos sangrando por los cortes que me habían producido los cables al manipularlos sin guantes. Una vez hecho todo esto, le regalé y una camiseta y continué mi camino.

Los kilómetros pasaban y solo había desierto a mí alrededor. Cuando se hizo de noche y se me empezaron a cerrar los ojos por el sueño, me alejé unos metros del camino y dormí unas horas. Era consciente que manolo llegaba aquella noche a Uzbekistán, pero no tenía manera de contactar con él para avisarle que no llegaría.

Tras descansar lo justo y necesario, continué hasta llegar a Kyzilorda, donde el primer tipo al que pregunté, se subió al coche conmigo y me acompañó a hacer todos los trámites necesarios (cambiar dinero, llamar a Manolo, etc). Conocía a todo el mundo, y ahí donde íbamos, contaba a la gente la historia del viaje y salían de los comercios para ver el coche y saludarme. En una ocasión nos detuvo un policía y nos dijo que como se nos ocurría ir con el coche así, que era motivo de multa. Mi compañero le dijo unas palabras y nos dejó marchar. Cuando nos fuimos y le pregunté que a que se refería el policía, me dijo que está prohibido llevar el coche sucio y que debería lavarlo lo antes posible. Finalmente me despedí de él y tras agradecerle muchísimo todo partí hacia Uzbekistán.

La carretera ya no era de Arena. Estaba asfaltada y frecuentemente me cruzaba con algún coche y camión. Continuamente debía detenerme, por que manadas de caballos, vacas, burros o camellos la habían invadido. ¡Todos eran salvajes! Los caballos se apartaban enseguida, pero las vacas por mucho que pitara les daba exactamente igual y la mayoría de las veces me tenía que bajar a azuzarlas. Los camellos, me miraban con cara impertinente y se quitaban cuando me acercaba a ellos. Los burros hacían honor a su nombre y se alejaban del coche, pero generalmente en la misma dirección a la que yo me dirigía y sin salir de la carretera. Muchas veces los animales se guarecían del sol en las paradas de Autobús, que solía haber cada 20km y eran construcciones de adobe pintadas con dibujos y adornos. También debía detenerme de vez en cuando para quitar una tortuga de la carretera y muchas otras veces esquivarlas por verlas tarde. Continuamente cruzaban hurones delante de mí y si frenaba para verlos se escondían raudos en sus madrigueras.

El paisaje siempre muy similar y los pueblecitos tremendamente sencillos. Un pozo y casas de adobe o ladrillo. Todo el mundo encantador sin excepción. Sonrisas y saludos en cada lugar que pasaba y jamás me pedían nada, salvo un niño que me pidió comida en una ocasión y le preparé un montadito de jamón que devoro con una enorme sonrisa en la boca.

Cada 100 ó 200km solía haber puestos de policía. Siempre me daban el alto y cuando me detenía, venían a saludarme dándome la mano y me preguntaban un poco donde iba, etc. Después de charlar 5 minutos con ellos, me preguntaban muy amablemente, si tendría algún presente para el oficial de más alto rango que se encontrara en el momento. En una ocasión regalé un mechero, en dos una camiseta y en otra un panfleto explicativo del viaje. Siempre se quedaban contentísimos y lo agradecían enormemente.

Continué conduciendo el resto del día y al ver que sería imposible llegar a la frontera uzbeka antes de las 20:00 que cerraba, me lo tomé con calma. Vi junto a la carretera un río donde había unos jóvenes bañándose y como hacía tanto calor, pensé que dos días seguidos duchándome tampoco estaría de más, así que me detuve a bañarme con ellos y aproveché para hacerla colada y llevar la ropa después colgando de la baca, con el gato a modo de pinza para que se secara.

Paré a dormir a unos 50km de la frontera y por primera vez en muchos días, lo hice en la Maggiolina. Estaba disfrutando muchísimo de mi paso por Kazajstán, me encantaba el carácter de la gente, los caminos y todos los animales salvajes que poblaban los campos. Eché de menos haber tenido un poco más de tiempo para detenerme con tranquilidad y vivir más la vida de ahí. También echaba de menos sentarme bajo las estrellas bajo una hoguera en verdes prados… pero aquellos días no había tiempo para eso. Cuando no estuviera conduciendo o empapándome de cultura, debía estar descansando.

Al día siguiente tras madrugar para entrar pronto en la aduana, estuve 3 horas de reloj completamente perdido, siguiendo las indicaciones de la gente, que parecía no tener ni idea, y llegando siempre a carretera cortadas por grandes rollos de alambres de púas. Aquella mañana, por ir un poco más rápido de la cuenta en un par de carreteras, Andrés se volvió a empezar a calentar. Mal asunto. Ya no llevaba puestos los faros, lo que quería decir que el coche tenía un problema. Encima con el calor que hacía decidí poner el aire acondicionado y se había estropeado. La polea que se encontraba bajo el capó y accionaba el mecanismo se atrancaba cuando ponía el aire y frenaba la correa del ventilador, así que preferí no tocarlo y pasar un poco de calor.

Continué por un camino de tierra que se supone llegaba a la frontera y me crucé con un mercedes donde iban dos policías. Me sacaron el brazo a modo de alto y yo que iba un poco rápido me hice el longguis. Observé por el retrovisor como daban la vuelta y me detuve en seguida. Yo que estaba ya hasta el gorro de dar vueltas, me bajé del coche y en cuanto llegaron les expliqué sin dejarles mediar palabra que llevaba 3 horas dando vueltas, que la gente parecía que me estaba tomando el pelo y que llevaban desde las 8 de la mañana esperándome el la frontera para entrar en Uzbekistán. Los dos se empezaron a reír y me dijeron que no me preocupara. Uno de ellos se subió conmigo en el coche y me dijo que el me llevaría.

Con aquel policía encantador llamado Boria, me dirigí a la frontera, que se encontraba a unos 30km en dirección completamente opuesta a la que llevaba. Estuve hablando mucho con él, sobre todo de su religión y sus costumbres. Al llegar junto a la frontera un policía le dijo que no podría pasar con el coche así… ¡había que lavarlo! ¡Y Manolo ahí esperándome! Menos mal que Boria me llevó a un sitio de unos amigos suyos donde no solo lo lavaron, lo dejaron impecable.

Me dijo que a esa hora iba a tirarme medio día para entrar en la frontera y atravesar el primer control, así que me acompañó hasta ahí y tras decirle unas palabras a los guardias fronterizos, me saltaron la larguísima fila de coches y crucé el primer control sin siquiera bajarme del vehículo. Me dejó directamente donde examinaban el coche. Le di una camiseta y nos despedimos con un fuerte abrazo.

Al llegar, todo fue como de costumbre, salvo por lo bien que me llevé con el capitán encargado del puesto. Desde que llegué nos pusimos a hablar y así pasamos la siguiente hora y media mientras revisaban el coche, perros, etc y arreglaban el papeleo. Había que pagar una tasa en un banco del pueblo donde se encontraba el puesto fronterizo y muy amablemente mandó a un soldado a pagarlo y venir con el recibo. Estuvo conmigo mientras rellenaba todos los documentos necesarios.

Hablamos sobre todo de su país y sus costumbres, y le dije como a la gente de mi país, ya solo el nombre de Kazajstán le atemorizaba. El no lo entendía y me decía que su país era un lugar en el que cualquiera podía detenerse con el coche absolutamente en cualquier sitio y que jamás nadie le haría nada. No existía mafia, guerrilla, grupos armados ni nada que se le pareciera. Solo había gente sencilla y mucho desierto. Me explicó el deber que tenían los musulmanes de ayudar al necesitado en cualquier situación. Me chocó mucho cuando me dijo que su presidente era una bellísima persona y todo el mundo le quería. Me dijo que era como el padre de todos. A mi me hizo gracia comparar aquello con la situación política española. Me preguntó acerca del terrorismo en España y de cómo nos afectaba, y le expliqué que solo había atentados en momentos muy puntuales y que era más un tema más político. Que aunque ETA hacía muchísimo daño, nadie se quedaba en su casa jamás por miedo a un atentado ni caminaba por ningún sitio preocupado por que volaran un coche cerca de él. Al menos fuera del País Vasco.

Después de terminar con todo y que me fueran a dar paso a la “zona de nadie” y posteriormente a la frontera uzbeka, me dijo que de ahora en adelante mi nombre kazajo sería “CONGRAT” y no dudara en llamarle si volvía a su país. La historia del nombre era tremendamente larga y compleja, pero me encantó.

Recorrí con mi nuevo nombre kazajo los metros que me separaban de la frontera uzbeka y al llegar más de lo mismo. Todos daban la mano y tremendamente amables. Tras rellenar todos los papeles me dieron la fatal noticia. Sin perder la amabilidad, el encargado del puesto me dijo que no podría entrar en Uzbekistán ya que mi visado no entraba en vigor hasta el día 1 de junio, 7 días después. Hablé con Manolo que se encontraba tras la frontera y consiguió llegar hasta donde yo estaba con un amigo uzbeco que se había echado y en casa del cual había dormido. Lo intentaron arreglar de todas las maneas posibles pero no hubo manera, ni siquiera sobornando. Teníamos un grandísimo problema, ya que en Uzbekistán debía sacar mi visado para Tayikistán y Pakistán y si no podía entrar, todo se complicaba muchísimo.

Había una posibilidad solo que muy compleja. Era que entrara yo en Kazajstán de nuevo y de alguna manera le hiciera llegar a Manolo mi pasaporte, que junto al que ya le había entregado, intentaría presentar al día siguiente en los consulados pertinentes e intentar conseguir una visa de entrada en Uzbekistán para ese día y también mi visado para Tayikistán y a ser posible el de China y Pakistán. Esa idea, que no era mala, implicaba varios problemas. El primero era como hacerle llegar mi pasaporte a Manolo a través de las dos fronteras y el segundo era el quedarme en Kazajstán sin pasaporte, ya que si me paraba cualquier policía, lo cual era muy frecuente, o tenía algún problema, me podía meter en un buen lío.

Solo podía recurrir a una persona para que me ayudase… ¡“Congrat”!.

Volví al puesto Kazajo y apareció el capitán sonriente, y dándome un abrazo me preguntó lo que había pasado. Decidí explicarle toda la situación, y nuestro problema con pelos y señales. Se quedó tremendamente dubitativo y tras pensarlo un momento mirando mí pasaporte me dijo que por supuesto que me ayudaría pero que la cosa era delicada. Me informó que el podía llegar con mi pasaporte sin problema hasta el puesto Kazajo y entregárselo a Manolo. Nadie le pediría explicaciones, pero de ninguna manera podía estar un extranjero en Kazajstán sin pasaporte. No por que no pudiera hacer la vista gorda y dejarme pasar, si no por los problemas que me podría acarrear un control de policía o cualquier situación en la que me tuviera que identificar.

Tras pensarlo detenidamente, me dijo que se le había ocurrido algo. Él me podía autorizar a estar hasta el día siguiente en el espacio comprendido entre ambas fronteras, en tierra de nadie. Ahí podría estar sin pasaporte, pero no me podría mover hasta que Manolo me lo trajera. Le dije que no habría problema, que en el coche tenía todo lo necesario para dormir, cenar, etc. El me dijo que entonces se haría así, y que si durante la noche necesitaba cualquier cosa, el dejaría aviso para que los vigilantes del puesto kazajo me la consiguieran.

Dicho esto se fue a llevarle mi pasaporte a Manolo y yo me asenté con Andrés entre ambas fronteras, donde organicé todo como si de una tarde cualquiera se tratase. La única diferencia es que en esta ocasión, centenares de ojos curiosos me observaban al pasar.

Al día siguiente, Manolo llegó justo antes que cerraran la frontera. Me informó que no le había sido posible conseguir mi visa para entrar en Uzbekistán, pero tenía una para entrar él en Kazajstán y nos había sacado una a cada uno para cruzar a Kyrguistán. De ahí podríamos cruzar a China o en caso que no se pudiera, a Pakistán.

Me contó que había pasado los últimos 3 días con una familia Uzbeca. Le acogieron como a uno más, esforzándose en sobremanera para solucionar el problema de los visados y llevándole y trayéndole al aeropuerto y a la frontera todos los días. Resaltó el comportamiento de SANJAR ABDURAXMONOV, un muchacho de 16 años que le hizo de intérprete y guía durante 15 horas diarias. Su honestidad y su gran madurez para resolver todo le dejó impresionado y se ganó una invitación en toda regla a España.

Ya con todo el papeleo resuelto para entrar en Kazajstán, le cedí la batuta de mando a Manolo y me acomodé en el asiento del copiloto. Recorrimos los kilómetros suficientes para encontrar un caserón con un gran garaje, que en un futuro será un restaurante de carretera, donde Manolo en unos segundos consiguió que nos prepararan una cena estupenda y nos acogieran para dormir. Tras una reconfortante ducha en el garaje con un par de baldes de agua, ante unos curiosos ojos que observaban tras la rendija de la puerta, preparamos nuestra ruta para los siguientes días. Nos dirigiríamos a Almati (la segunda ciudad más importante de Kazajstán) de la que nos separaban 750km. Se encontraba junto a la frontera con Kyrguistán y el lunes arreglaríamos ahí lo del visado de china y el de Pakistán. El plan era atravesar Kyrguistán, un país tremendamente montañoso y acceder a China a través del Paso del Tourugart, que era uno de los pasos de más complejo acceso debido a su meteorología y sus peculiaridades. Habríamos de circular entre desfiladeros durante tres días por alturas superiores a los 4.000 metros de altura.

Al día siguiente, partimos rumbo a Almati, deteniéndonos en los pueblos más pintorescos del camino. En uno de ellos, que era el acceso a una maravillosa reserva natural, Manolo escuchó una música proveniente de una casa de las afueras del poblado y al pasar por delante y ver que era una boda, insistió en que me bajara para tomar unas fotos. Yo le hice caso muy en contra de mi voluntad y tras saludar a un par de personas en la puerta saque la cámara. A pesar de intentar que aquello fuera disimulado, causó un gran revuelo. Vi como un tipo con un gorrito que se encontraba al fondo del patio donde estaba la música y la comida, al verme, echó a correr hacia a mí. Estaba convencido que me iba a llamar la atención por las fotos y ya me estaba inventando una película para contarle, cuando al llegar hasta mí, me saludó muy educadamente y me abrazó pidiéndome que pasara. En ese momento llegó Manolo que ya había aparcado el coche, saludando a todo el mundo como Pedro por su casa. Nos presentaron a los novios y a la familia, e inmediatamente nos hicieron un sitio en la alfombra donde estaba alguna gente sentada tomando té y nos trajeron comida y bebida en abundancia.

La tertulia fue interesantísima. A nuestro alrededor había un músico Kazajo de renombre y un ex-nadador que había participado en dos Olimpiadas y había conocido a unos españoles que le habían enseñado a decir “vino y tabaco”. También había dos personas que aseguraban haber visto en una ocasión a un grupo de tres “hombres de las nieves” (jettis) y que nos hicieron una detallada descripción de estos con gran entusiasmo y nos informaron que habían salido en la televisión hablando de ellos. También habían otras personas emparentados con el novio o la novia, con los que estuvimos comentando los aspectos de nuestras diferentes culturas. Descubrí varios sabores nuevos que me sorprendieron gratamente. Comí caballo por primera vez en mi vida y Manolo acabó disfrazado de Kazajo. Nos hicimos varias fotos con las distintas generaciones y también sacamos una gran bandera de España que tuvo mucho éxito. Todos nos trataron con una amabilidad y una hospitalidad que me dejaron impresionado.

Debo resaltar lo mucho que me impactó ver las grandes diferencias que hacen los musulmanes entre los hombres y las mujeres. Cuando llega una mujer, aun que sea mayor, jamás deja uno de comer, ni la saluda. Siempre comen ellas por separado y siempre después de haberles servido a ellos y haber recogido todo. En el momento que se pacta el compromiso de boda entre un hombre y una mujer, cosa que por supuesto hacen los padres y para lo que jamás se tiene en cuenta a la pareja, la mujer es entregada a la familia del novio, y desde ese momento, entra a formar parte de ella y tiene el deber de servirle de por vida. Me dejó horrorizado el enterarme que los musulmanes jamás se dan besos en la boca, ya que no están relacionados con la sexualidad, si no con algo impuro. Por supuesto, una mujer jamás entra en una mezquita.

Continuamos rumbo a Almati y nos detuvimos a cenar en un lugar increíble que encontramos de camino. Se trataba de una haima que había frente a la casa de una familia musulmana, tenuemente iluminada y adornada con alfombras y cortinas. Nos prepararon un cordero a la brasa y nos dieron una leche de yegua fermentada llamada Kumys, y tras unas fotos y charlar un rato con ellos, nos dirigimos a dormir a un hotel cercano, trayecto en el cual misteriosamente extravié mi trípode.

Al día siguiente, condujimos hasta Almati, y en el trayecto nos detuvimos en uno de los inmensos prados de flores, donde dos jóvenes estaban elaborando miel. Transportaban en un camión decenas de panales de abejas, que colocaban en medio de los campos de flores, donde miles y miles de abejas trabajaban. Nos estuvieron explicando todo el proceso de la miel y me sorprendió que las abejas sean capaces de volar más de 70km para encontrar flores y hacer varios viajes al día si es necesario. Evidentemente no pude resistir la tentación de abrir un panal para coger miel y me llevé un picotazo de abeja en el brazo. El joven que más se río y que insistía en que el veneno de abeja era estupendo para el organismo, se llevó acto seguido un picotazo en la oreja que no le hizo ninguna gracia. Nos regalaron dos bastidores de cera del panal completos, repletos de miel pura, y nosotros les correspondimos con una cerveza y una ración de chorizo, que les dijimos que era de cabra, ya que los musulmanes no pueden comer cerdo.

Continuamos nuestro camino hasta Almati, donde después de pasear para conocer la ciudad, que ya estaba bastante capitalizada y no nos llamó nada la atención, conseguimos que nos acogieran en una especie de residencia estudiantil, donde había que pagar por ducharse y si uno se sentaba en la cama con mucho ímpetu, podía hacerla abatible.

Al día siguiente tras un sinfín de vueltas por la ciudad y trámites burocráticos, no fuimos capaces de resolver absolutamente nada. EL visado de Pakistán nos tardaba una semana y para meter el coche en China necesitábamos una invitación especial imposible de conseguir ahí, con lo cual tuvimos que dirigirnos a Kyrguistán, el país vecino, para ver si en la capital podíamos solucionar todos los trámites.

Con Manolo el ritmo de viaje era mucho más ágil. Se avanzaba mucho más, ya que preveía las Jaimitadas y por lo tanto, las evitaba. A demás al ir dos personas, muchos trámites se hacían el doble de rápido. A parte que jamás había conocido a una persona y con tanta labia y desparpajo.

En los días anteriores Andrés se había seguido calentando, lo cual a mi me preocupaba muchísimo, pero hasta que no llegáramos a un lugar en el que nos pudieran resolver la entrada a China, no teníamos tiempo de detenernos a arreglarlo. A parte, que Manolo era ingeniero y me decía que no me preocupara. Lo del aire acondicionado no tenía tanta importancia ya que aun que hacía bastante calor, en pocos días estaríamos cruzando el Himalaya, y por tanto no sería necesario repararlo hasta más adelante.

Manolo, que sabe bastante a cerca del Islam y las costumbres musulmanas, disipó algunas de mis dudas acerca de su hospitalidad. Me explicó como para la mayoría de ellos, el que un extranjero como nosotros llegara a su casa y comiera en su mesa era un honor, y que nuestra manera de agradecérselo debía ser seguir su protocolo, conversar con ellos y ser amable.

Hay costumbres muy curiosas que se aprenden en seguida, como que nunca se entrega nada con la mano izquierda (cuando se entrega un obsequio o se saluda, siempre debe ser con la mano derecha y la izquierda se pone por debajo o se la lleva uno al corazón). El té tampoco se debe servir tal y como lo traen, si no que se debe verter un poco primero en cada tazón y tras removerlo dos veces tirar el contenido. Después se debe llenar tres veces el tazón y enseguida volver a vaciar el contenido en la tetera. Después ya se puede servir el té con normalidad a cada persona que haya en la mesa, siempre en orden y en el sentido de las agujas del reloj.

Ofrecerles dinero por su hospitalidad, lo toman como una deshonra, y como mucho, se les puede obsequiar con algo, lo cual valoran muchísimo.

Aun que como concepto lo entendiera, no terminaba de entrarme en la cabeza como eso podía estar tan generalizado. Me imaginé como actuarían los anfitriones de una celebración privada en España si un morenito de la otra parte del mundo se colara a hacer fotos en su fiesta…

Partimos rumbo a Kyrguistán un tanto preocupados. Si no nos era posible solucionar al día siguiente nuestro problema de entrada en China, tendríamos que dar un rodeo por Afganistán y Pakistán. A demás contábamos con un nuevo compañero de viaje. Se trataba de una especie de pelota de golf que me había salido justo donde la abeja Maya había firmado su sentencia de muerte al clavarme su aguijón.

14 – 19 de Mayo. Rusia. Mal asunto…

Monday, May 19th, 2008

Unos kilómetros antes de llegar a la frontera Rusa, siendo ya de noche, me detuve para cenar en un restaurante de carretera donde nadie hablaba ningún idioma que no fuera ucraniano. Estuve un rato intentarles explicar por gestos a la cocinera y las dos camareras que quería cenar algo típico ucraniano. No había manera. Primero pensaban que quería ir al baño y después que tenía mocos (por intentar similar un cerdo). Cuando imité a una gallina para ver si había pollo pensaron que estaba loco. Se partían de la risa. Finalmente terminamos dibujando en un papel lo que iba a cenar, y como no había nadie, a parte del personal y yo, acabamos cenando todos juntos.

Después de la cena, me detuve en una gasolinera para preparar toda la documentación que me iban a requerir en la frontera. En dicha gasolinera me encontré a unos jóvenes ucranianos muy divertidos con los que estuve un rato charlando. Hablamos del viaje, de lo que hacía cada uno de ellos… la verdad es que para ser niños bien, con buena educación y con dinero, eran bastante paletos. Al irme me regalaron un CD de música Techno y yo tuve que corresponderles con uno mío. Bueno mío… vale, regalé un regalo. Lo siento Blanca.

La frontera fue de no creer. Tuve que detener el coche para que lo inspeccionaran en 4 controles distintos. Por supuesto con perros y demás. Llegado al tercero, alguien avisó por radio y me hicieron volver al primero. Ahí me hicieron bajar del coche y varios militares me indicaron que me dirigiera a un lugar donde me pusieron un papel delante y me dijeron que lo leyera detenidamente y respondiera sí o no. En el documento ponía que aseguraba no llevar drogas ni armas en el coche.

Les conté lo del gas antiviolador que llevaba en la guantera y me dijeron que no había problema, pero que si no llevaba drogas. Les dije que no y me preguntaron que si estaba seguro, tremendamente amenazadores. Antes de que les respondiera de nuevo, me dijeron que sabían que había estado con unos chicos en la gasolinera y que esos chicos estaban consumiendo marihuana. Se me escapó la risa.

La conversación duró media hora larga. Finalmente, tras convencerles de que en el coche no había ni un cigarrillo, acabamos hablando del viaje, los sitios por los que había pasado y lo que me quedaba por delante. Les regalé un panfleto a cada uno y se quedaron encantados. Aproveché para preguntarles acerca de las mafias en Rusia y el tema de dormir en el campo y se echaron a reír. Me dijeron que en Rusia no pero que ojo en Kazajstán. Y ahí fue cuando me eché a reír yo. Les expliqué como a partir de servia, en cada frontera que preguntaba por la seguridad en su país, me decían que no había ningún problema con cara de ofendidos, pero que mucho cuidado con el país siguiente. Me pregunté si los afganos dirían eso en la frontera… “no problem in Afganistán Man! But be careful whith Pakistán…!” ¡Jaja! Evidentemente no iba a comprobarlo.

Me obligaron a sacar un seguro de coche a Andrés para nuestra estancia en el país, lo cual me dejó bastante tranquilo ya que no tenía claro que mi seguro me cubriera en Rusia.

En la última barrera, la que ya e abren para entrar en Rusia, la tomo conmigo un agente gay de unos 50 años asqueroso. No hacía más que desnudarme con la mirada y decirme que quería ir a dormir conmigo. Yo evidentemente le dije que no hablaba ruso y que lo sentía, pero él, hacía amago de meterme mano y yo se la quitaba. Finalmente me despedí diciendo que tenía prisa y me dejó marchar.

Ya en Rusia, me dirigí hacia Kursk y en seguida un control de policía. Revisión de costumbre, papeles y el policía se quería llevar mi foco de luz. Le dije que ni hablar y me dijo que me pagaría. Yo le decía que no y al final ya un poco mosqueado, cogí la cámara a modo de amenaza y le dije que era periodista. Me devolvió el foco y me dijo que continuara.

Siendo ya las 3 de la madrugada, estaba que me caía de sueño y me desvié de la carretera en busca de algún caminito de campo. Encontré uno en seguida. Era por un prado de césped muy amplio que cruzaban unos árboles al final. Al llegar a esos árboles, crucé por un hueco que había entre ellos y noté que las ruedas del coche comenzaban a patinar. Ni siquiera me moleste en pasas o no pasar, detuve el coche y me quedé profundamente dormido.

Me desperté temprano y hacía un día frío pero de mucho sol. Necesitaba una ducha con urgencia y no me lo pensé dos veces. Lo primero que hice fue dármela, y por cierto casi me congelo. Hacía un vientecito, que en contacto con el agua fría, congelaba hasta los huesos. Después probé a mover el coche, pero estaba atascado, así que me vestí y me fui a buscar ayuda.

Encontré a una pareja de señores mayores tumbados frente a su Lada Niva a unos dos kilómetros de donde yo estaba. Habían hecho una especie de picnic y ni él ni ella llevaban pantalones. Esto no parecía incomodarles en absoluto, y me dijeron donde podía encontrar un tractor que me ayudara. Cuando me dirigía hacia ahí el señor mayor me alcanzó y me dijo que si quería me echaba el una mano. Para lo único que sirvió su mano fue para llenarme de barro hasta los ojos y dejar el coche mucho peor de lo que estaba. Después de intentar tirar con su Lada de Andrés (no funcionó), se empeñó a podar un árbol con un hacha del tamaño de un llavero y enganchar ahí el winche. No le dije que yo tenía una más grande para ver si así se desanimaba, pero sorprendentemente con esa ridiculez, cortó todas las ramas mucho más rápido de lo que lo habría hecho yo con la mía. Después de que eso tampoco funcionara ya que los árboles estaban a un lado y no de frente, desapareció.

Me dirigí al lugar que me había indicado y un hombre gordo y arisco bajó de un tractor para que le acompañara en su coche hasta donde estaba Andrés, ya que me dijo que con el coche sería suficiente y que no era necesario un tractor. Evidentemente volvió a pasar lo mismo que antes y volvimos a por el tractor.

Era una máquina de principios de la segunda guerra mundial, que en lugar de ruedas tenía orugas (como las de los tanques). Unos metros antes de llegar al coche, cogió una roca grande por mal sitio y se le salió una de ellas. Pasamos las siguientes dos horas reparándolo. Fue divertido y además aprendí un montón. El tío era torpe, pero un manitas. Se había fabricado un motor que arrancaba con un cordón de zapatos y alimentaba con una botella de agua con gasolina. Este motor substituía al motor de arranque del tractor, que debió morir a principios de los 60. Finalmente conseguimos arreglarlo y sacamos a Andrés del fango.

Llevaba toda la mañana meditando como solucionaría mi problema con el visado de Uzbekistán. Me habían dado la entrada a partir del 1 de junio y yo llegaría el 20 de mayo, así que con el visado que tenía no me dejarían pasar. Había pensado desviarme de mi ruta en Kazajstán y pasar por Almati, donde hay consulado, pero era dar un rodeo de unos 1.500km y no sabía como serían las carreteras. Finalmente decidí en lugar de eso, dar el rodeo en Rusia y pasar por Moscú, que eran solo 1.000km más y sabía que la carretera aunque no fuera muy buena, al menos sería aceptable.

Partí rumbo a Moscú y en la primera gasolinera que vi, paré a llenar el depósito. Que alegría me llevé cuando me dijeron que ¡eran 50€! La gasolina costaba 60 céntimos por litro.

Un poco más adelante, recogí a un auto-estopista. Era ucraniano y tocaba la guitarra en un grupo de música punk. Iba a una ciudad que se encontraba a medio camino de Moscú, así que no me importó llevarle. Se pasó casi todo el rato durmiendo o tarareando la música. Al llegar a su destino, cuando pensaba que me iba a ofrecer dinero y ya le estaba diciendo que no se preocupase, me dijo sin ni siquiera haberme agradecido el paseo, que si le daba algo de dinero para el Bus y un par de cosas que tenía que hacer. Estuve apuntísimo de decirle que por supuesto pero que si no le importaba bajarme mi bolsa donde tenía el dinero del maletero. Cuando estuviera abajo, saldría zumbando con su maleta dentro por supuesto y hacerle correr unos cientos de metros. Me debo estar haciendo mayor, pero simplemente le dije que no y que suerte en el concierto.,

Un poco más adelante encontré en mi camino un camión que se había quedado atrancado en la mediana al intentar hacer un cambio de sentido y estaba pidiendo ayuda. Le enganche dos eslingas y con la reductora conseguí sacarle. El conductor, que era encantador, me lo agradeció enormemente.

150km antes de llegar a Moscú paré a cenar y a dormir. Me sorprendió lo bien que se cenaba en los lugares que había por la carretera. La impresión que me habían causado los rusos hasta el momento, fue que a pesar de ser tremendamente bruscos eran amables en su mayoría. Eso sí, tenían muy poca paciencia y eran tremendamente fríos.

Al día siguiente llegué a Moscú por la mañana y gracias a un tipo que encontré a la entrada de la ciudad, que me explicó como llegar a donde iba y me regaló un plano de la ciudad. Me avisó que los viernes eran muy mal día para moverse en coche por la ciudad por el tráfico, y cuanta razón tenía. Tardé tan solo 2 horas en encontrar la misma calle del consulado de Uzbekistán pero con una letra diferente.

Resulta que el amigo se había equivocado, y gracias a dos joyeros libaneses que me vieron perdidísimo y decidieron ayudarme, conseguí llegar a la otra punta de la ciudad en tan solo dos horas más. Tuvieron que hacer varias llamadas para resolver lo de la calle y estuvimos hablando mientras tanto acerca de la religión musulmana y su deber de ayudar al necesitado. Una vez más una muestra de ayuda desinteresada con religión de por medio. Me dieron su teléfono para que si tenía cualquier problema en la ciudad les llamara.

Estuve la mayor parte del día en el consulado con un tipo encantador de Uzbekistán que se llamaba Sergio y vivía en Sevilla. Me estuvo contando muchas cosas acerca de su país y cada vez tengo más ganas de conocerlo. Me dio su teléfono para que le llamara al llegar a Tashkent. Me dijo que el estaría ahí y que si lo necesitaba tenía un apartamento vacío en la ciudad que me dejaría con mucho gusto.

Finalmente no me pudieron solucionar absolutamente nada y salí del consulado igual que había llegado. No contaba con esa posibilidad y estaba algo preocupado. A pesar de haber perdido un día y haber dado un rodeo de 1000km (o eso pensaba yo) para pasar por Moscú, seguía sin tener resuelta mi entrada en Uzbekistán.

Pasé el resto de la tarde paseando por Moscú. ¡Que maravilla de ciudad! Es magnífica, gigantesca y con edificios preciosos. La plaza roja me encantó. Finalmente y tras hablar con Manolo decidí intentar resolver lo del visado en la misma frontera. Si me decían que no, perdería una noche y un día en ir al consulado en Almati.

Partí rumbo a Samara, penúltima ciudad antes de la frontera con Kazajstán, que se encontraba a unos 1.200km de Moscú. Un par de horas después y ya entrada la noche me metí por un caminito de tierra para buscar algún sitio para dormir.

Tras un par de kilómetros encontré el lugar perfecto. Muy resguardado y sin barrizales cerca. La única pega es que daba muchísimo miedo. Todo estaba tremendamente oscuro y lleno de árboles con formas grotescas. Todo tipo de ruidos de animalillos y con alguno me dio la impresión de que alguien se acercara. Cuando por fin me metí en la tienda y en el saco, con el machete a un lado y el hacha en el otro, se me quitaron las preocupaciones y caí profundamente dormido.

Al día siguiente cuando me desperté, tiré todo lo que había dentro de la tienda junto al coche para colocarlo después. Todo excepto el móvil, que lo usaba como despertador y que lo dejé sobre mi puerta pensando “Jaime, cada vez que dejas algo encima del coche lo acabas olvidando”. Desoyendo a mi sentido común ahí lo deje hasta que tuviera todo recogido.

Vi unas nubes negras cargadas de agua a lo lejos. Por suerte venían del lado contrario al que yo me dirigía.

Enfilé la carretera A5, la que me llevaría hasta mi destino, sabiendo que me esperaba un largo día sin parar de conducir, ya que mi intención era llegar aquella noche a Samara.

200km más adelante, vi en un pueblo una tienda de móviles y recordé que debía comprar una tarjeta para llamar a casa… justo en el mismo instante que no recordé haberlo cogido de encima de mi puerta. Busqué y rebusqué por todos sitios, pero sabía perfectamente donde estaba. Debía haberse caído del coche poco después de salir del lugar donde dormí. Tras meditarlo unos minutos decidí volver a por él ya que era poco probable que laguen lo hubiera cogido.

Camino de aquel lugar, vi un coche de policía detenido en el arcén al principio de una larguísima recta. Dentro había un agente mirando con unos prismáticos y me llamó la atención ¿qué miraría? Imaginé que estaría mirando las nubes negras que había un poco más adelante. Justo hacia donde yo me dirigía.

Poco después comenzó a llover como no había llovido hasta el momento en ningún lugar por el que hubiera pasado y así continuó hasta que llegué al sitio exacto donde había pasado la noche. Me puse el chubasquero y tras unos minutos buscando encontré mi móvil sobre la huella de Andrés unos metros tras de él. Lo había pisado y encima estaba empapado. Pero funcionaba a la perfección, así que contentísimo, me subí al coche y volví a coger la carretera rumbo a Samara.

No paraba de llover y llevaba ya un buen rato detrás de un camión a dos por hora, cuando en una recta larguísima en la que no venía nadie de frente decidí adelantarlo a pesar de que no hubiera raya ni continua ni discontinua. Cuando estaba terminando de realizar la maniobra comprendí lo que hacía aquel policía con los prismáticos.

Me dieron el alto y me detuve. El mismo paripé de siempre. Me hicieron subir al coche patrulla y me informaron que me retirarían el permiso de conducir y que lo podría recoger a partir de septiembre. Bla bla, bla bla y al rato me dijeron que se podría solucionar con 200€. Me negué en rotundo y ahí me dejaron 15 minutos, metido en el coche y sin opción a moverme. Decidí contarles una milonga y les dije que era “Journalist” (periodista) y que yo no tenía ni un duro, que me dirigía a Afganistán a cubrir un reportaje y que ganaban más ellos que yo. A ambos se les cambió la cara. Les dije que me dejaran ir al coche un momento, donde cojí la cámara de fotos y una camiseta para cada uno. Aceptaron gustosos la camiseta, pero me dijeron que nada de fotos y que podía partir.

No dejó de llover ni un momento, y continué conduciendo hasta altas horas de la madrugada. No recuerdo que nunca me hubiera costado tanto conducir nada como a Andrés en esas condiciones. La carretera, que era penosa, estaba completamente encharcada, y cuando venían vehículos de frente, me obligaban a meterme en mi carril, donde encarrilaba con las ruedas las huellas los camiones, lugar por el que la carretera esta varios centímetros más baja por el desgaste, y donde el coche hacía aquaplanig por la acumulación de agua. Encima el volante tenía una pequeña holgura que normalmente no molesta mucho, pero en ese momento lo hacía casi incontrolable.

A demás de todo eso, la mayoría de las carreteras no tenían raya en medio, por lo que simplemente se adivinaban dos grandes carriles, uno para cada lado en el cual cada uno hacía lo que se le ocurría o lo que podía para no estrellarse con los demás. En los lugares que había raya de separación era muy gracioso por que de repente se veía como la linea blanca dejaba de ser recta para trazar una curva que se metía en uno de los carriles. Esto sucedía por que las líneas las pintaba un camión que circulaba por entre los dos carriles con un tipo sentado en la parte trasera que le daba a la pistolita y pintaba. Evidentemente a veces llegaba un despistado que no veía al camión y éste tenía que quitarse de en medio para no llevárselo por delante. Hasta que el de detrás soltaba el gatillo, solía dejar constancia del volantazo.

Cuando ya me tuve que detener por que apenas me quedaba gasolina y necesitaba cambiar euros a Rublos para poner, encontré en el arcén a un tipo junto a su camión, empapado, haciendo señales para que le ayudaran. Me detuve junto a él y me dijo por gestos que se le había roto el motor y que debía ir a 5km de ahí. Le enganché una eslinga y le dije que yo le remolcaría. Un par de kilómetros más adelante, cuando llegó la primera bajada, el tío inepto no frenó y empezó a acercarse a mí, lo que hizo que se le enganchará la eslinga a la rueda y la partiera, después de destrozarle su parachoques. Me bajé y de buenas maneras le expliqué que debía frenar en las bajadas para que no volviera a suceder aquello. Le hicimos un nudo y continuamos.

Tuve que detenerme otras 7 u 8 veces para hacer nudos e intercambiar eslingas en el resto del trayecto, que no eran 5km, si no 50, y después de eso ya si que no me quedaba nada de gasolina. Sabía que aun me quedaba algo en el depósito auxiliar, pero antes debía meterme debajo del coche a cambiar el manguito, y con la que estaba cayendo no me sentía capaz. Me iba a quedar tirado en cualquier momento, así que invertí mis últimos 500 rublos (15€) en cenar algo y poner 15 litros de gasolina.

Que diferentes eran las carreteras por el día y por la noche. Durante el día predominaba el paisaje, un tanto monótono pero muy agradable. Llano en general, con amplísimas y verdes explanadas y lleno de árboles entre una y otra.

Por la noche sin embargo, las carreteras cobraban vida. La mayor parte de los vehículos que circulaban por ellas eran camiones, y están llenas de lugares para comer algo rápido y continuar. Así pues, cada 100km aproximadamente, se transformaban en largas avenidas con decenas de casetas iluminadas a los lados. Cada caseta tenía una pequeña barbacoa de leña en la puerta y un minúsculo cobertizo para comer. Daban carne a la brasa, ensalada, sopa y café. Todo estaba riquísimo.

El ambiente que rodeaba a estas casetas era tremendamente oscuro, casi tenebroso. De lo más “underground”. Suponía que en su interior habría todo tipo de contrabando. Cuando te introducías en ellas todos eran tremendamente amables, y aunque a simple vista todas parecían similares, había algo que hacía que cuando cambiabas de caseta, te transportaras a un lugar completamente distinto. Todo cambiaba en cada una: los colores, los olores, la música de fondo… Me llamó mucho la atención que cada día que pasaba a tomar algo por una, acababa sabiendo un montón de cosas de la gente que se encontraba en su interior.

Me detuve en una pradera tras unos árboles para dormir algo y me desperté temprano por el calor que hacía. Era extraño, ya que ningún día anterior había sido caluroso. Pensé en pegarme una ducha, pero recordé que aquella noche debía estar en la frontera con Kazajstán y preferí adelantar un poco primero. Además no me quedaba agua.

Pasé por un par de gasolineras en las que me dijeron que no aceptaban Euros y la ciudad grande más próxima se encontraba a 250km, por lo que no me alcanzaba con la gasolina que tenía. Pasé por un pueblecito donde me bajé junto al pozo para llenar de agua el bidón de la ducha, con varias cabras y un gatito observándome detenidamente.

Aproveché también para cambiar el manguito del depósito auxiliar y así poder llegar hasta una ciudad para cambiar Euros, así que me detuve a un lado de la carretera en un desvío que estaba cortado por obras, me metí bajo el coche y con ayuda de mi herramientita (una leatherman charge, que era una especie de navaja multiusos con de todo), de la que no me separaba ni para dormir, conseguí reemplazar el manguito en 10 minutos. Ya con gasolina en el depósito, por fin me dirigí hacia Samara.

A mitad de camino, un sexto sentido me hizo llevarme la mano al cinturón, para darme cuenta con horror que no estaba mi herramientita. Entonces recordé que por última vez la había usado debajo del coche unas horas antes. Me detuve en el arcén y marqué en el GPS el punto aquel para dirigirme hacia ahí a toda prisa.

No me paré a pensar ni que quizás depuse de varias horas podría no estar y que quizás no mereciera la pena perder todo el día, cuando el miércoles por la mañana tendría que haber cruzado Kazajstán de norte a Sur para encontrarme con Manolo.

Volver a por aquello, fue la peor decisión que he tomado hasta ahora. Por ir con tanta prisa y con el calor que hacía, a parte de que me parase dos veces la policía, en una recta en la que circulaba a algo más de 120 por hora, ocurrió algo que no me hubiera imaginado ni en mi peor pesadilla… ¡observé que la aguja de la temperatura del motor estaba casi al máximo! ¡OH no! Eso si que era una catástrofe.

Rápidamente embragué y me detuve un poco más adelante para quitarle las carcasas de los faros de larga distancia, que hacían que refrigerase mucho peor. Quitando uno de ellos le partí la bombilla, lo que suponía quedarme sin uno, ya que no habría donde encontrar un repuesto, pero eso ahora era lo de menos. Inmediatamente me subí al coche y circulé a pocas revoluciones durante un buen rato. La temperatura se había quedado en la mitad cuando habitualmente estaba por debajo, y no se volvió a mover de ahí.

Tremendamente preocupado llegué por fin donde había cambiado el manguito. La herramientita no estaba y yo estaba tremendamente desconsolado. Entre el rodeo absurdo que había dado para pasar por Moscú sin que sirviera de nada, la Jaimitada del móvil y el descuido de ahora, había perdido muchísimo tiempo. Iba retrasadísimo. ¡Y eso era lo que menos me preocupaba de todo! El coche se había calentado y la temperatura estaba por encima de lo habitual. Puede que hubiera quemado la junta de la culata y eso sería un completo desastre. Ya no valía aquello de “bueno, por lo menos me ha pasado en…. y no en…” por que resulta que ¡ya estaba en el segundo “en…”! ¡Estaba a punto de entrar en Kazajstán y quizás le tuviera que cambiar la junta de la culata de Andrés!

Esta vez si que no había manera de ver lo positivo de nada. Medité durante algo más de una hora la situación y tras comerme tres boles de leche cereales, que por cierto era lo primero que comía en todo el día retomé la marcha.

Decidí bajar el ritmo de los 90 – 100km/h a los que circulaba normalmente, a 75-80. En las siguientes 10 horas que conduje sin parar hasta llegar a Samara, la temperatura no se movió de la mitad. A esa velocidad, conducir se hacía bastante más pesado, sobre todo de noche. Tuve mucho tiempo para pensar, y al ver que la temperatura no subía, empecé a ver la parte positiva de lo sucedido. A esa velocidad, me di cuenta que Andrés (al que por cierto no dirigía la palabra) consumía muchísimo menos, y con el siguiente depósito logré hacer nada menos que 800km. También me di cuenta que al ir tan despacio disfrutaba mucho más del paisaje. Tampoco superaba el límite de velocidad y cuando la policía me paraba no tenía pretexto para pedirme dinero, a demás sin los focos y con lo sucio que estaba, Andrés era mucho menos llamativo.

Si lo de la temperatura se quedaba ahí y no seguía dando la lata lo único malo era lo de mi herramientita y los dos días de retraso que llevaba. No era para morirse. Además desde que era un periodista que se dirigía a Afganistán, la policía me respetaba mucho más y no me pedía dinero. Llevaba siempre en el asiento del copiloto el chaleco con la cámara encima, a la que le había colocado el teleobjetivo extendido con el parasol para que pareciera más profesional, el trípode y la cámara de video. Dejé a los pies las carcasas de los focos delanteros que parecían parte del equipo de fotografía.

Llegué a Samara a las 2 de la mañana y continué durante otros 100km con dirección a Oremburg. Me detuve para dormir cuando me quedaban unos 500km para la frontera con Kazajstán. La carretera era tremendamente monótona a 75km/h y me estaba muriendo de sueño.

Justo cuando decidí parar, me adelantó un coche que había estado tras de mí a bastante distancia desde que salí de Samara. No era nada paranoico, pero prefería evitar sorpresas, así que en el primer camino de tierra que atravesaba la carretera, puse el intermitente a la derecha y me metí por él para que lo pudiera ver claramente por el retrovisor. Cuando estaba a una distancia prudencial, apagué las luces y dí la vuelta para coger ese mismo camino pero hacia la izquierda. Y un kilómetro más adelante me oculté tras unos árboles.

Aquella noche sí que necesitaba una ducha. Estaba tan asqueroso que no fui capaz de meterme así en la Maggiolina, y a esas horas y con ese frío, una ducha supondría constipado seguro, a demás no tenía ni fuerzas para levantarla, llevaba varios días conduciendo 14 horas al día y los dos últimos había dormido menos de lo necesario.

Me desperté helado de frío un par de horas después y tras poner la calefacción me volví a despertar otras dos horas después muerto de calor. Hacía un día estupendo, así que me desperté de un salto para sacar el bidón de agua de pozo y pegarme la primera ducha en la que no había pasado frío hasta el momento.

Mientras me vestía y recogía me di cuenta que ya había cambiado el chip para economizar agua. Era capaz de lavarme las manos con dos tragos de agua y lavarme los dientes con uno y medio, haciendo gárgaras y enjuagando el cepillo. Con 8 litros de agua me pegaba una ducha y con un bidón de agua potable subsistía cómodamente durante 5días.

Enseguida me puse en marcha y tras atravesar Oremburg, me incorporé a a la carretera que llevaba a Kazajstán. 100km más adelante me esperaba la frontera.
Después de eso, tendría 2 días para atravesar un país del tamaño de 5 Españas de norte a sur por Dios sabe que tipo de carreteras (si es que las había).

12 al 14 de Mayo. Llamando a las puertas de la madre Rusia.

Wednesday, May 14th, 2008

Madrugué para hacer pronto todos los trámites burocráticos de la mañana. Tras una hora y media dando vueltas por la capital ucraniana para encontrar la calle donde se encontraba la central de UPS, mi día se resumió en una larga e infructuosa espera de mi pasaporte en las oficinas de dicha compañía. A las 6 de la tarde me informaron que hasta el día siguiente por la mañana sería imposible que me lo entregaran, y que además debería recogerlo directamente en la nave que tenían en el aeropuerto. Sin ninguna gana de discutir debido a la larga espera y al malestar que me había causado entrar un par de veces en el que hasta ahora ha sido el baño más asqueroso y repugnante que he visto y olido en mi vida, salí de allí y me fui a lavar el coche y buscar algún lugar donde pasar la noche.

Aquello del baño me dio una idea. Desde ese momento, iba a fotografiar todos los baños asquerosos que me fuera encontrando a lo largo de mi andadura. A ver al final cual se llevaba la palma. De momento sin duda alguna era ese. Y había puesto el listón muy alto.

Al día siguiente, ya con ánimos renovados, me dispuse a ir a recoger el pasaporte, el visado y por fin partir rumbo a Rusia. Tal y como me indicaron, me dirigí a la sucursal de UPS en el aeropuerto. Entregué mi número de envío a la señorita que atendía en el mostrador de recepción y me pidió que la acompañara. Me llevó a hablar con un señor que según me dijeron era el encargado de la aduana del aeropuerto, y hablaba bastante bien inglés. Me informó que estaba terminantemente prohibido enviar pasaportes por correo a Ucrania y que el mío había sido interceptado y por ello sería enviado de vuelta a España.

Le intenté explicar de todas las maneras posibles que necesitaba el pasaporte urgentemente, ya que al día siguiente me expiraba el permiso de tránsito ucraniano. Me dijo que no era su problema y que el paquete sería devuelto a España al día siguiente.

Eso si que era un problema grave. Me iba a hacer perder una semana. Tendría que ir al consulado a pedir que me ampliasen el permiso de estancia en Ucrania y decirle a Manolo que cancelase el vuelo. Corría el peligro de que los demás visados me expirasen por pasar tarde la frontera, y encima estaba hasta el gorro de Ucrania. Muy bonito pero los atascos de Kiev eran infernales. Cualquier cosa que tuviera que hacer ahí ya estaba más que hecha.

Fue entonces cuando se me ocurrió una idea. Tenía en el bolsillo mi segundo pasaporte, que no contenía ningún visado en su interior y del cuál podía prescindir. Sólo necesitaba que el inspector me dejara ver el contenido del paquete y de la manera más discreta posible darle el cambiazo. Le pedí amablemente que si podía ver el pasaporte que me habían enviado y me dijo que eso era completamente imposible. Si por lo menos el paquete hubiera estado en esa oficina, habría podido fingir un ataque epiléptico y en un momento de despiste haber cambiado un pasaporte por otro, pero no sabiendo donde estaba, era absurdo. Visto que no le daba ninguna pena, solo me quedaba sobornarle, así que me dispuse a hacerlo pero no sin antes tocarle un poco la fibra sensible:

Le pedí que se sentara y con mucho detenimiento, le expliqué la historia del viaje. Como surgió la idea, la preparación, lo que me había costado llevarlo a cabo, le hablé de Andrés… le expliqué también todo el problema que tenía con los visados, y que pocos días después debía estar por un compromiso en Uzbekistán. Le conté también lo del segundo pasaporte y que lo único que necesitaría era hacer un cambio del que nadie se enteraría salvo él. Después de eso, con mucha mano izquierda, le dije que no habría problema en pagar algún gasto de gestión. Tras unos segundos de silencio sepulcral, me dijo que me fuera y volviera una hora más tarde.

Una hora después regresé tal y como me indicó. No sabía muy bien si para hacer el cambio o para ser detenido, pero ahí aparecí con mi mejor cara de cordero degollado. Le acompañé hasta una sala, y cerró la puerta tras de mí. Sacó gran sobre del interior de un maletín, donde ponía en rotulador azul y con letras bien grandes “PASAPORTE”. No me extraña que lo “interceptasen”. Lo abrió y me entregó el pasaporte. Cuando fui a entregarle mi otro pasaporte me dijo que eso no era posible, que para salir de Ucrania necesitaría el mismo pasaporte con el que había entrado, y me enseñó una estampa en una de las hojas. Me dijo que enviaría el sobre de vuelta vacío. Le intenté dar 20€ por las molestias mas no los aceptó. Se limitó a estrecharme la mano y a desearme mucha suerte en mi viaje.

Toda mi alegría se esfumó cuando al entrar en el coche abrí mi pasaporte para revisar los visados. No solo no estaba el visado de Rusia, si no que tampoco una invitación especial sin la cual no te conceden el visado. No había ni rastro del visado de China y en el de Uzbekistán y Mongolia había un error en las fechas. La cosa no podía estar peor. O eso pensaba yo.

Camino de la embajada rusa se puso a llover a mares. Entonces recordé que aquella mañana había apoyado la rueda de repuesto en el cristal delantero con tan mala suerte que había partido el limpiaparabrisas izquierdo. El derecho lo medio rompí en Madrid, pero con un par de bridas aun sobrevivía. No veía absolutamente nada, y encima por algún motivo que desconocía, se había fundido el fusible que protegía la toma de corriente de 220W delantera (enchufe normal), los enchufes de mechero, el GPS y el depósito auxiliar. Eso se traducía en que a demás de sin limpia parabrisas, no tenía apenas batería ni como cargar el GPS, y lo mismo para el ordenador portátil y el móvil.

Conseguí llegar aun no entiendo muy bien como a la embajada Rusa. El tipo de seguridad, se puso delante de la puerta de entrada fumando y con aire chulesco y me dijo algo que no comprendí. Le enseñé mi pasaporte y le dije “Russian Consulate” a lo que me respondió lo mismo que antes. Me quedé en la puerta con la misma cara de tonto que tenía él, y al cabo de unos segundos señaló al reloj contando hasta 3.

Hice algo de tiempo en el coche esperando que no fueran así de imbéciles todos los que trabajaban en esa embajada. No lo creía, ya que el pasado jueves a última hora de la tarde, llamé por teléfono estando ya cerrado el consulado y mantuve una agradable conversación en una especie de español con un tipo encantador. Fue él que me informó que todo estaría cerrado el viernes y me desaconsejó ir ese día en coche a Kiev. Le hablé un poco acerca de mi viaje y fue el quién me recomendó las ciudades por las que debía pasar y que hacer el fin de semana, además de esperar a llegar a Kiev el lunes para solicitar el visado, y aunque tuviera que perder unos días, no lo hiciera más delante de Kiev ya que me sería muy complicado conseguirlo. Finalmente, nos despedimos deseándonos un feliz fin de semana y tuve la impresión de haberle caído bien.

Cuando por fin abrieron el consulado, entré armado de paciencia. Unos metros después del tipo de seguridad, había un hombre trajeado de enorme dimensiones sentado en una silla tras un escritorio. Me pidió el pasaporte sin dejarme articular palabra y me dijo que tomara asiento con aire autoritario. Le dije que necesitaba un visado para Rusia y me interrumpió pidiéndome la invitación (la famosa “invitación especial”). Cuando le dije que no tenía, me dijo que sin invitación no había visado. Le insistí un poco y en ese momento pasaba una señora x ahí que se metió en la conversación. Me dijo que sin invitación nada y cruzó una puerta que había tras el mostrador.

Estaba claro que mi único acceso al visado era a través del mastodonte que se encontraba tras el escritorio. Debía caerle bien o por lo menos hacer algo para que me diera alguna solución. Le pregunté lo que en ese momento me rondaba la cabeza:

-“¿Sabe usted cuanto cuesta el litro de gasolina en Rusia por favor?”

El tipo me miró con cara de sorprendido. De mala gana, me informó del precio de los distintos combustibles por octanaje. Ya con la mosca detrás de la oreja, el tipo me preguntó que por que quería saberlo. Me di la vuelta y señalé el dibujo de la camiseta. Le dije que viajaba en coche desde España y debía atravesar parte de Rusia para llegar a Kazajstán. Me preguntó que a que parte de Rusia iba…

Sabía que era el momento de sorprenderle y que me echara un cable o que me mandara al cuerno. Saqué el mapa del mundo, que era más o menos del tamaño de su escritorio y lo desplegué delante de él. A Goliat se le quedó cara de poker. En cuanto vio marcado lo que llevaba recorrido y por donde quería pasar, se quedo sorprendido. Se incorporó y comenzó a seguir el itinerario con el dedo susurrando cosas en ruso (imagino). Me preguntó como haría esto y cuando le dije que en coche se rió. Le indiqué que me acompañara hasta la puerta de la calle. Me obedeció a regañadientes y cuando se asomó y vio a Andrés en la misma puerta, totalmente reluciente ya que lo habían lavado el día anterior se le hicieron los ojos chiribitas. Avisó al tipo de seguridad y a otro compañero y estuvieron unos segundos observando y comentando.

Su tono ya era diferente y estuvimos un rato hablando a cerca del viaje. Le pregunté si no podría hacer nada por lo de mi visado y me informó que el lo único que podía hacer era intentar que el cónsul me recibiera.

Desapareció durante algunos minutos y cuando volvió me pidió que le acompañara. Llamó a una puerta y me dijo que esperara ahí. Poco después salió un hombre de mediana edad, calvo y trajeado. Me preguntó que de donde era. Su voz me resultaba familiar. “de España” le respondí. Me dijo que hablaba un poco de español, y fue entonces cuando caí. ¡Era la persona con la que había estado hablando por teléfono el jueves pasado! El tipo tan simpático que me dijo lo que hacer el fin de semana era el cónsul. El también se acordaba y me pregunto por los días pasados. Le conté un poco todo lo que me había pasado y me dijo que no me preocupara, que esa misma tarde estaría todo resuelto.

Tuve que rellenar varios formularios junto al tipo grande de la entrada. Fotos, itinerarios, etc. Finalmente pagué una tasa que me recordó a los palos que metía a mi amigo Zacarías (propietario de ZJ) y me entregaron mi pasaporte con el visado de tránsito con vehículo propio de 10 días de duración.

Justo cuando salí del despacho del cónsul y me dirigía a la salida, el tipo grande apareció. Se acercó a mi y me entregó una especie de Rosario Ortodoxo, me estrechó la mano y me deseó mucha suerte.

Era curioso como para muchas personas que había conocido durante el recorrido, la religión era algo tremendamente importante. El día anterior un taxista al cual había seguido hasta una dirección que no conocía y con el que había estado un rato hablando, al despedirse me dijo “que Dios te bendiga”. La religión era un tema que me causaba un gran respeto y con el que nunca me había atrevido a enfrentarme, ni para bien ni para mal. De momento varias personas que me había cruzado, para las cuales la religión era algo importante, me lo habían hecho saber y me habían dado muestra de ello. A demás todos parecían tener buen corazón.

Por fin podía partir hacia Jar´kov. Pero no sin antes cambiar los limpiaparabrisas y solucionar los problemillas eléctricos. Decidí coger la carretera correcta y luego ya buscar algún taller de camino. No había terminado de tomar tal decisión cuando ví al lado contrario de la calle un enorme taller azul en el cual me introduje con Andrés. Me pusieron unos limpiaparabrisas nuevos estupendos y me solucionaron un mal contacto que hacía el inversor de corriente. Simplemente era que dos clemitas de distinta carga se estaban tocando y no hubo más que separarlas con la mano. Me dijeron que si me volvía a pasar simplemente tenía que repetir la acción. Salí de ahí más contento que unas castañuelas con Andresito funcionando a la perfección y tome Rumbo a Jar´kov a eso de las 6 de la tarde. Me quedaban unos 500km de carretera de mala muerte por delante antes de llegar a la última ciudad ucraniana antes de Rusia.

Aproximadamente a la 1 de la madrugada, y a 60km de mi destino y después de haber estado varias horas lidiando con camioneros suicidas, empecé a estar algo cansado. Si hay algo que me horrorizaba era conducir con sueño, así que tomé el primer desvío y tras un kilómetro introduje el coche unos metros en un sembrado, y guarecido por un par de árboles, recliné el asiento y me tapé con el saco. Tan solo pretendía dormir unas horas y al alba continuar hasta la frontera Rusa…

-“Toc, Toc”.

Abrir los ojos y ver a un policía llamando a mi ventana me desorientó un poco. No sabía bien si darle los buenos días o seguir durmiendo. Opte por lo primero. Me desperecé y abrí la ventanilla. Me dijo unas palabras que no entendí y le hice el gesto de conducir mientras le decía “Jar´kov” y luego le hice el gesto de dormir

El policía sabía ingles y me dijo que le diera los papeles del vehículo. Yo le respondí que en España cuando te paras a dormir por que tienes sueño, primero te dan los buenos días y luego una palmadita en la espalda. Le entregué los papeles, les echó un vistazo rápido y me los entregó dándome las gracias. Eran las 5 de la mañana. Volví a adoptar la posición horizontal.

Dormí hasta las 8 y partí raudo a recorrer los pocos kilómetros que me separaban de Rusia. Jamás me imaginé que a esa hora hubiera tanta policía. Cada 5 o 10km había un control de velocidad, y aunque no superara el límite, todos me paraban. Los dos primeros me dejaron continuar tras revisar mi documentación. El tercero me sacó veintitantos drijnas (3 euros) alegando ya no me acuerdo el qué. El problema lo tuve en el siguiente control.

Estaba situado frente a un puesto de policía con un par de cuartos y un cobertizo. Tras pedirme la documentación decidieron registrar mi coche. Yo no tenía casi nada que ocultar, así que no le di mayor importancia. Tras abrirle los cajones traseros, me preguntó si llevaba algún arma y yo le dije que un hacha y un cuchillo. ¡En mala hora le dije lo del cuchillo! Según vio el machete llamó corriendo a su compañero y me dijeron que me apartara del vehículo. Me dijeron con muy mal tono que estaba prohibido llevar eso y que tendrían que llamar a un coche patrulla y llevarme detenido. Me dijeron que aparcara bien el coche y lo revisaron por completo… con tan mala fortuna que encontraron un spray antiviolador que ponía POLICIA, obsequio de mi querido amigo Jan Farrell (muchas gracias Jan) y ahí si que la cosa tomó un cariz que no me gustó nada de nada.

Tras meterme en un cuartito y ordenarme que me sentara, me dijeron que habría que requisar eso y tendrían que detenerme. Uno de los policías hacia todo el rato un gesto con los dedos de las manos que no entendía (finalmente me enteré que era el gesto de los Ucranianos para llevar detenido, como nosotros ir con esposas por detrás).

Una vez más les expliqué todo lo de mi viaje. La verdad es que con gestos, no surgía el mismo efecto que de palabra así que les insistí en “Mexico Dangerous” “¡Knife Necesary!” y ellos me repetían que en Ucrania prohibido.

Tras media hora de discutir por gestos y sacarme papeles y enseñarme leyes y dibujos de armas prohibidas, les dije que tiraran el gas a la basura, que me dieran el cuchillo y que amablemente pagaría una multa de 20 ó hasta 25 Euros.

En ese momento empezamos a entendernos y empezó la negociación. Me decía que si yo creía que debía cerrar los ojos y como si no hubiera visto nada mientras hacía el gesto de tirar el gas a la basura. A mi aquello de taparse los ojos no me gustó nada, así que le dije que no, que debía mirar bien como lo tiraba y luego decirme que ¡muy bien!. Finalmente me dijo que de acuerdo. Pero la cantidad sería de 200 Euros. Le pregunté si estaba loco levantándome de mi asiento y le dije que si le pagaba eso no podría comer el próximo mes. Así que me dio un bolígrafo y me dijo que escribiera una cifra en un papel que me puso delante.

La situación era como de coña. Estaba en una pseudocomisaría con dos policías, negociando como con los negritos del rastro, el precio justo por que no me detuvieran y me dejaran continuar.

Tras arduas negociaciones y acabar hablando con ellos de mujeres y fútbol (temas que desconozco absolutamente), conseguí irme con el cuchillo y el gas a cambio de entregarles 50€ para los dos y una camiseta a cada uno. Curiosamente la camiseta les hizo muchísima ilusión, y ambos me estrecharon fuertemente la mano. Me sentó realmente mal tener que pagar dinero por que no me detuvieran. La peor mafia con la que me había encontrado hasta ahora, era sin duda la policía.

Pasé el día en Kar´kov arreglando problemas de visados. El de Uzbekistán solo se podía modificar en Madrid o en la capital de Kazajstán. A Madrid veía realmente difícil mandarlo, que me lo modificaran y lo trajeran de vuelta en menos de una semana, y pasar por la capital de Kazajstán me hacía desviarme de mi ruta casi 1000km. El error en la fecha era de tan solo 10 días de retraso, así que consultaría la decisión con la almohada. Por otro lado, me habían informado hace pocos días que en la India estaban exigiendo presentar un documento llamado “Carné de Pasaje de Aduanas” en la frontera, para poder pasar con un vehículo particular. Dicho documento que solo expedía el RACE en España, no era nada fácil de conseguir, ya que se necesitaba solicitar un aval bancario a demás de los papeles del vehículo y varias cosas más que para mí desde Rusia era tremendamente difícil gestionar.

Decidí recurrir a mi pobre tío Jaime que se encontraba en Madrid y muy amablemente se puso en marcha con las gestiones. Muy acertadamente ya que eran necesarias, el día antes de partir había hecho fotocopias compulsadas de la documentación del coche y las había dejado en Madrid. Tenía 20 días de margen para disponer de aquel documento. Sin el, no podría atravesar India ni China.

Tras conectarme a Internet por última vez y hacer las últimas llamadas abandoné la última ciudad Ucraniana.

9 al 11 de Mayo. Ucrania. Al mal tiempo, ¡buena cara!

Monday, May 12th, 2008

- “Sartito, ¿sabes cuál es la única cosa que no puedes perder en este viaje ni de broma verdad?” Fueron las sabias palabras de Jrogre antes de abandonarme a mi surte en Bucarest. Era una pregunta retórica, ya que no necesitaba respuesta. Los dos sabíamos que llevaba 2 ordenadores, 2 móviles, 2 GPS, 2 llaves de Andrés y 2 mandos de la alarma. Llevaba 2 ruedas de repuesto y 2 pasaportes. 2 carnes de conducir e incluso 2 sacos de dormir. Ambos sabíamos que de lo único que no llevaba repuesto, era de la manivela que levantaba la Maggiolina.

Esta vez no me despertó nada ni nadie. No había vías de tren cerca ni curiosos pastorcillos madrugadores. ¡Precisamente el día que me encontraba atascado y en apuros era cuando no pasaba ni un alma cerca! Asomé la cabeza por la ventana y observé el berenjenal en el que me había metido la noche anterior. Acto seguido mire a mi alrededor. La perspectiva de ambos escenarios era desoladora. Sacar a Andresito de ahí iba a ser una tarea complicada, pero mucho más complicado iba a ser encontrar a alguien que me ayudara: no se veía nada que no fuera campo y sembrados en varios kilómetros a la redonda.

Desayunar metido en el coche me daba una pereza tremenda y no había como poner una silla en semejante cenagal, así que decidí que lo mejor sería calzarme las botas de montaña, el chaleco de Indiana Jones, el machete, la cantimplora y partir rumbo a algún lugar donde encontrar cuerdas o maquinaria agrícola pesada.

Decidí dirigirme a una gasolinera que me había parecido ver el día anterior y tras varios kilómetros recorridos campo a través para atajar, llegué a ella. Tardé bastante en explicarles a las dos señoras y los dos hombres que había ahí, que mi coche estaba atrapado en el barro y necesitaba una cuerda de unos 12 metros para sacarlo. La señora más mayor y que más borracha estaba de los cuatro, no hacía más que cogerme la mano y preguntarme mí nombre. A pesar que se lo dijera infinidad de veces, siguió insistiendo. Finalmente me fui igual que había llegado. Con las manos vacías.

Continué caminando por una carreterita y varios kilómetros después encontré una segunda gasolinera. Cuando entré en ella, vi que vendían eslingas (cuerdas muy anchas para remolcar) de 4 metros y que soportaban 5 toneladas de peso. Era exactamente lo que necesitaba, así que le dije al tipo que trabajaba ahí que me llevaría 4. El tío me miró con cara de desprecio y me dijo que eso costaría 30€. Le pregunté un par de cosas más y el hombre ni siquiera me miró. Fue el primer momento en el que agradecí que ninguno de los presentes hablara mi idioma. Cuando ya me había quedado a gusto, le entregué la cantidad de dinero correspondiente a las 4 eslingas y me las llevé.

Al salir había una máquina de bebidas en cuyo cristal me vi reflejado. La verdad es que mi aspecto era cuanto menos de vagabundo. Llevaba dos días sin ducharme y después de la paliza de la noche anterior y haber pasado la mañana caminando, mi olor corporal no acompañaba. Tenía las botas llenas de barro y bastantes salpicaduras por el pantalón. La camiseta la tenía negra por haber estado moviendo troncos y el pelo… sucio es poco. Necesitaba una ducha con urgencia. Imaginé que esa habría sido la razón del comportamiento del gasolinero, y partí rumbo al coche sin más dilación. Me esperaba una larga caminata por delante.

A mitad de camino, atisbé una furgoneta blanca a lo lejos y me dirigí hacia ella. Cuando llegué, encontré a un tipo en su interior hablando por teléfono. Esperé a que terminara y tras saludarle en Ucraniano, le pregunté si hablaba ingles, a lo que me respondió que un poco. Le expliqué mi problema y acto seguido me dijo que su nombre era Vasili y que no me preocupara, que él me ayudaría. Subí a su furgoneta y fuimos juntos hasta donde estaba Andrés. Por el camino me contó que todas las tierras que nos rodeaban le pertenecían y que se dedicaba al cultivo en ellas. Al llegar al coche y ver el berenjenal, Vasili ni se sorprendió ni se preocupó lo más mínimo. Me entregó una eslinga que tenía en su furgoneta y me dijo que la enganchara al gancho trasero de mi coche, que me subiera y que a su señal acelerara marcha atrás. Yo no entendía como con una Ford Transit, pretendía sacar un coche de 3.000 kilos del barro, pero yo poco tenía que perder, así que seguí sus instrucciones. Evidentemente las cosas sucedieron tal y como yo imaginaba y poco después el gran Vasili se encontraba tan atascado en el barro con su Ford Transit como yo.

De nuevo me dijo que no me preocupara e hizo una llamada, tras la cual apareció un tremendo tractor azul en nuestra ayuda. Ya no me cabía duda que con semejante armatoste, estaba todo resuelto. Así fue y al poco rato nos encontrábamos todos fuera del lodo. Le agradecí muchísimo lo que había hecho por mí y le ofrecí dinero por ello, a lo que me respondió que ni hablar. Se me ocurrió una manera estupenda de agradecérselo y le obsequié con una camiseta de “la vuelta al mundo de Sarto” que le encantó.

NOTA:

Cuando sacamos a Andrés del barro con el tractor, la primera eslinga que usamos, que fue la de Vasili, la partimos por la mitad. Al yo intentar entregarle una de las que acababa de comprar, me dijo que no la aceptaría, ya que a mi me quedaba un largo camino por delante donde la podía necesitar.

Ya con el coche en tierra firme y bien entrada la tarde, decidí buscar algún sitio agradable donde poder montar el campamento y aun con luz de día pegarme una ducha. Tras varios intentos infructuosos de meterme en caminos de tierra que salían de la carretera, ya que todos terminaban en una valla o en un pueblo, me adentré en uno que daba a una zona tranquila. Ya bastante apurado por que me necesitaba pegar una ducha, y quedaba poco menos de media hora antes de que el sol se pusiese, paré decidido a sacar el bidón y quitarme la ropa, cuando vi que a pocos metros de mí y tras unos árboles, había un monton de gente sentada con música. Estaba claro que ese no era el lugar más indicado para meterme bajo un chorro de agua como Dios me trajo al mundo, así que me volví a subir al coche con la firme intención de parar en el primer lugar donde no hubiera gente y hubiera sol para ducharme.

¡Me había mirado un tuerto! Allá por donde pasaba solo había casas y gente.

Cruzaba una verde llanura con sembrados a un lado y un riachuelo marrón al otro, con varios pastores y agricultores pasando por ahí, cuando observé que el sol estaba a punto de ponerse tras los pinares que lindaban con los sembrados. A penas quedaban 10 minutos de sol, y si este desaparecía, ducharse sería del todo imposible debido al frío. No me lo pensé dos veces. Detuve el coche y ante la atónita mirada de aquella gente, me pegué la ducha que más había necesitado en toda mi vida.

Ya aseado y con ropa limpia, busqué un sitio tranquilo donde pasar la noche. Toda la suerte que no había tenido con anterioridad, la tuve entonces. Seguí una carreterita que llevaba a un pueblo, y me desvié por un camino de tierra. Después de un kilómetro de campo a través, encontré un claro de césped inmenso rodeado de bosque. ¡Era perfecto! O eso parecía…

Como aun quedaba un poquito de luz, decidí dejar la Maggiolina ya abierta. Fue entonces cuando me percaté de la ausencia de la manivela en su lugar habitual (En el cajón derecho, entre las linternas y la ducha). Sin agitarme, empecé a buscar la manivela en los posibles sitios donde la podría haber dejado… asientos… guantera… apoyabrazos… terminé vaciando el coche por completo.

Recordé que al sacar el coche del fango con el tractor, le estuve haciendo fotos. Cogí rápidamente la cámara y las revisé. Observé con horror como en una de ellas se veía perfectamente que la manivela estaba puesta en la Maggiolina. ¡¡Eso quería decir que no la había quitado al bajarla y que la había perdido de camino!! Sin manivela no había Maggiolina, y sin Maggiolina ¿Dónde dormía? Guardaba en su interior los sacos de dormir, así que la tienda de campaña de reserva, solo podía servir para coger una pulmonía.

Por un momento me invadió una mezcla de enfado y frustración. Era imposible conseguir una manivela. Lo había estado intentando en Madrid y parecía ser que no hay manera de conseguir repuestos. Quizás la podría encargar en Italia, pero ¿cuánto tardarían en enviármela? Y lo que es pero ¿a dónde lo harían? Y ¿Cuántos días tendría que dormir en el coche? Que por cierto, jamás en toda mi vida había visto un coche más incómodo para dormir que Andrés.

Fue entonces, tumbado en el asiento trasero y clavándome los cinturones, sin poder conciliar el sueño por el ruido del motor y sin ninguna esperanza de que el interior del coche quedara a una temperatura de mi agrado, cuando pensé en mi cama. Mi enorme cama de Madrid mullidita donde me podía espatarrar a mi antojo y ni hacía frío en ella, ni tenía cinturones de seguridad que se le clavaban a uno en los riñones. Por un momento pensé que si conducía 3 días sin parar podría llegar a ella. Bufff… que pereza conducir tres días sin parar. ¡Y con el sueño que tenía! Entonces pensé en la persona que más positivamente ve siempre todo. Casualmente la conozco. Y en ese momento habría dicho ¡Pero bueno, que divertido! Ya tenemos plan para el sábado ¡fabricar una manivela!

Me engañé un poco a mi mismo diciéndome que eso no era tener un amigo imaginario y proseguí con mis cavilas. Era verdad que no tenía ningún plan en todo el fin de semana. Kiev se encontraba a tan solo 150km y no debía estar ahí hasta el lunes. Así que al día siguiente a primera hora buscaría en algún pueblo un desguace y una máquina de soldar, y me pondría manos a la obra.

Amanecí a las 8 y 20 de la mañana con el sol en la cara y los riñones en el cuello. Rápidamente me puse a los mandos de Andrés y partí hacia el pueblo más cercano. Iba distraído pensando en como fabricar tal artilugio. La cosa no era tan complicada. La Maggiolina, tenía en la parte trasera un agujero de unos 3 centímetros de diámetro, donde se encontraba el final de una barrita de hierro con un corte en medio como para meter un destornillador. Solo necesitaba un tubo de hierro de ese diámetro y hacerle por su parte final un taladro donde meterle un clavo y dejarlo ahí soldado. El tubo habría que soldarlo a una barra de hierro de unos 20cm de larga x 4 de ancha y en su otro extremo se le debería soldar una barra de hierro lo suficientemente ancha para que se pueda coger con una mano y con un tubo metálico alrededor para poder darle vueltas.

Por no estar a lo que estaba, no me di cuenta y se me volvió a quedar el coche atrancado en un lodazal. Esta vez ya tenía la lección aprendida, así que me puse las botas de agua y como ahora sí había árboles cerca, pude en enganchar el winche a uno de ellos primero y a otro después y salir a duras penas.

Probé suerte en un par de pueblos pero entre mi pobreza lingüística del ucraniano y que “a mal entendedor, apaga y vámonos”, no hubo manera de conseguir nada.

Quiso el destino, que en el siguiente pueblo entrara a comprar pan en una pequeña tienda de alimentación. Uno de los tipos que andaba por ahí, vio como le hacía a la vendedora los gestos de ponerme la careta de soldar y soldar, con ruido y todo y me dijo algo que no comprendí pero creo que significaba: “acompáñame que se donde hay uno”.

Así fue. Precisamente detrás de la tiendecita había una especie de cuadra con un montón de chatarra donde un señor y su padre trabajaban. El tipo que me llevó le dijo unas palabras y el señor del taller señaló algo que parecía una calabaza. A su lado había un montón de electrodos y una careta de soldar. ¡Era una soldadora!

El señor de la cuadra, me dijo que hablaba algo de portugués y que podía utilizar la máquina cuanto quisiera. Me puse contentísimo y le intenté explicar a aquel hombre lo que necesitaba. Finalmente entre el hombre, su padre y yo, conseguimos en algo más de una hora fabricar con el tubo de hierro que servía de cierre del garaje, unos clavos, algo de varilla y una plancha de hierro una manivela exactamente igual que la de la Maggiolina, solo que algo más rústica de aspecto. Funcionaba a la perfección.

Le pregunté que cuanto le debía por el trabajo realizado y él me dijo que la voluntad. Yo le dije que nada de voluntad y que me dijera cuanto le parecía bien por el trabajo y los materiales. Finalmente me dijo 50 drijnas (6€). Se me encendió una bombillita interna y le di 100 drijnas después de decirle: “¡Toma esto y vamos a fabricar otra!”.

Ya con mis dos manivelitas partí hacia Kiev acompañado por un joven que iba hacía ahí y al que ofrecí llevar. Paseé todo el día por Kiev y encontré un taller en el que me substituyeron el tubo del depósito auxiliar de Andrés que me había vuelto a fallar.

Cuando empezó a atardecer salí de la ciudad en busca de algún sitio tranquilo y encontré uno maravilloso atravesando varios sembrados en un campo a unos 30km de la ciudad. Talé unos cuantos troncos de un árbol seco con el hacha y preparé una hoguera. Después de cenar una pasta receta de Jorge y Piti, me quedé frente al fuego bajo un montón de estrellas.

El domingo lo pasé tranquilísimo en el campo. Era el último día que me quedaba para descansar, así que decidí no meterme en ningún lío. Recogí leña para por la noche, partí el hacha y di un paseo. Pasé la tarde leyendo en la hamaca, que la enganchaba a una barra de la baca de Andrés y al árbol más cercano.

Al día siguiente me darían el visado de Rusia, y a partir de ahí sería una carrera contrarreloj para recorrer en 6 días los 5.000km que me separaban de Uzbekistán y su capital (Tashkent) donde debía encontrarme con Manolo. De nuevo hoguera (esta vez bien grande) bajo las estrellas. El campo muy verde. ¡Jeje!

PD: ¡Cuanto disfrutaría aquí alguna/o que yo me sé!

Monday, May 12th, 2008

6 al 8 de Mayo. Amarga despedida. Rumania – Ucrania

Thursday, May 8th, 2008

Recogí a Albert a la mañana siguiente, cita a la que llegué 20 minutos tarde por cierto, y nos fuimos directos al taller con el coche. En seguida lo levanto y se puso a desmontar todos los bajos para sacar el diferencial. Aproveche el tiempo y mientras él desmontaba, yo saqué todo el contenido de Andrés y lo volví a meter ordenado. ¡Por primera vez desde que salí de Madrid, iba a poder ver por el retrovisor central algo que no fueran maletas y cajas! Pasamos toda la mañana en el taller y aproveché también para afilar el hacha, hacer limpia de comida etc.

Justo antes de la hora de comer llegó el milagro. De repente Albert gritó: “I found it!!”. Corrí hacia el coche tan rápido como pude y al llegar le encontré con el piñón que movía el bloqueo de diferencial en la manó. Me dijo “look” y lo introdujo en su sitio. Me indicó que me subiera el coche y apretara el botón que accionaba el mecanismo. Y… Tachán!! Cuando lo apreté funcionó a la perfección!! Lo había arreglado. Parece ser que el problema estaba en que el piñón no comenzaba a dar vueltas desde el diente correcto y solo realizaba medio recorrido.

Pasado el momento de euforia me percaté de lo que eso significaba. El coche ya estaba arreglado y debía partir rumbo a Ucrania!! ¡Todo era estupendo! Pero entonces ¿Qué ocurría? ¿Cuál era el problema? Debía estar feliz y contento por poder partir y sin embargo estaba tremendamente apesadumbrado. Entonces comprendí que no estaba contento por que no me quería ir. Había hecho buenísimas migas con Albert y en el hotelito de Dani estaba comodísimo. Hablaba todo el día con Juan, su hermano, que era como una fuente de sabiduría!! Y encima me llevaba fenomenal con las camareras del hotel, que por cierto eran un encanto. El viaje debía proseguir, así que no me paré a pensarlo ni un momento, recogí y coloqué todo mientras Albert montaba todo correctamente y tras una tremendamente emotiva despedida, partí hacia el hotel de Dani. No sin antes intercambiarnos e-mails y prometerle, mantenerle al tanto de mi viaje.

NOTA:

A la hora de pedirle a Albert que me dijera cuanto le debía por su trabajo de los tres últimos días, la cantidad que el creyó justa cobrarme fueron 50 Euros. El que me dijera eso, sabiendo que me podría haber pedido tranquilamente 10 veces más me llamó muchísimo la atención. Evidentemente la cifra que percibió no fue la que me pidió… a ver si se van a creer estos rumanos que los españoles no sabemos regatear!! ;)

Llamé a Dani para informarle de la noticia y me dijo que fuera corriendo para allá que la comida ya estaba lista y había invitado a comer a su amigo el abogado (el del primer día). Le informé que partiría a primera hora de la tarde, razón doble para que hiciera que la comida me saliera hasta por los ojos. Tuvimos una sobremesa agradabilísima y les prometí volver a Rumania después de mi viaje y recorrernos juntos el País de cabo a rabo durante un mes (promesa que por cierto pienso cumplir).

Llegado el momento subí a por las maletas. Cuando bajé al coche, lo encontré como los chorros del oro. Me lo habían lavado (gentileza de Juan). Después de tantos días de maltrato, la verdad es que Andresito parecía otro.

Por supuesto, fue imposible conseguir que Dani me cobrara un solo ley (moneda rumana) por mi estancia, y lo primero que hizo, fue entregarme una tremenda bolsa llena de comida para los próximos días. Después, me entregó la cruz ortodoxa que llevaba en su coche desde hace años (Dani pertenece a esta religión). Por último, me dio un fuerte abrazo.

Juan venía con otra bolsa en la mano. Cuando me la entregó y vi su contenido, casi se me escapa una lagrimilla. Era el montón de ropa medio lavada, que dejé el primer día en el tendedero y estaba perfectamente lavada, planchada y doblada. La cojí para meterla en el coche, y fue entonces cuando le puse mi firma a tan emotiva despedida: al ir a meterla en el maletero, no calculé bien y pasé el brazo justo por un saliente cortante que tenía el bidón trasero de gasolina. El resultado ya os lo podéis imaginar. Un corte de lado a lado del brazo un poquito inclinado, al más puro estilo John Rambo. Menudo panorama… las camareras gritando, Dani preocupadísimo, Juan grabando y yo mondado de la risa.

Saqué el botiquín del coche y entre todos curamos la herida y la pusimos una benda. Aprovechamos para hacer unas cuantas fotos divertidas y ya si que llegó el momento de la despedida. Jamás pensé que me fuera a dar semejante pena abandonar a unas personas que había conocido hacía tan poco, pero así debía ser. Abrazos, besos… una tremendamente amarga despedida.

Partí con un mapa de Rumania que me habían regalado, donde venía señalada exactamente la ruta a seguir para llegar a la frontera Ucraniana. Durante las siguientes horas no hacía más que darle vueltas al por qué de semejante muestra de generosidad y amabilidad. Por algún extraño motivo, el caprichoso destino quería que comenzara mi andadura en solitario con buen pie. Solo esperaba poder agradecer a Dani y a Juan algún día todo lo que habían hecho por mí.

Seguí las indicaciones del mapa y atravesé unos maravillosos parajes que discurrían entre altísimas montañas de roca. Siempre a lo lejos se veían densos bosques que se perdían en el horizonte.

A mitad de camino de la frontera, decidí bajarme a sacar una foto al coche cuando un extraño sonido proveniente de la parte de detrás me llamó la atención. Observé que el tubo de escape estaba suelto ya que en Madrid me habían hecho un empalme un poco raro y los baches habían acabado con la soldadura. Así que con mi dominio del rumano adquirido en los últimos días, fui capaz en cosa de 15 minutos, de parar en un pueblo, preguntar por un “car service” y que me pusieran un par de puntitos de soldadura.

Decidí parar a dormir unos 40 kilómetros antes de la frontera. Tomé un caminito de tierra que salía de la carretera y después de recorrer un par de kilómetros, encontré una zona tranquila junto a un arrollo. Me acordé mucho de Daní & compañía mientras cenaba parte del contenido de la bolsa que me dio.

Era mi primera noche sólo, pero esto no me asustaba. No hacía más que darle vueltas al por que de la bondad y la tiranía de la gente. ¿Serían felices los tiranos? ¿Si no lo eran… porqué eran tiranos? ¿Y los bondadosos? Claramente eran felices, pero entonces ¿qué mérito tenía su bondad si esta les reportaba felicidad? ¿No sería más encomiable el esfuerzo del tirano, que rechazaba la felicidad por seguir sus convicciones? Evidentemente no por que el fin era malo, pero daba que pensar. Finalmente llegué a la conclusión de que los tiranos no sabían que eran tiranos, y los que lo sabían eran idiotas. Lo que quería decir que todos los tiranos eran o tontos o idiotas.

Me desperté al escuchar un bocinazo, y pensé que sería un tractor al que impedía el paso, pero me di cuenta que como no, era un tren que pasaba a lo lejos. Estaba a punto de volver a dormirme cuando escuche unos pasos junto al coche. Pasé un poco de miedo, pero al asomarme vi que era un curioso pastor al que recibí en calzoncillos.

El día fue de lo más normal, ya que decidí no hacer muchas paradas y recorrer la mayor cantidad de kilómetros posibles. Tardé 4 horas en atravesar la frontera Ucraniana. Me metieron hasta perros en el coche. Temí muchísimo por los embutidos de Flavio pero gracias a Dios se encontraban en la única caja que no me hicieron abrir y repartidos por los laterales en los que menos mal que no miraron.

La parte más graciosa de todas fue cuando me hicieron meterme en un cuartito con mi maleta de los medicamentos y sacar ante tres militares todo el contenido de ésta, explicando para qué servía cada fármaco. Tras cada explicación revisaban el contenido de la caja o frasco y leían el prospecto. Tuve que exprimir mi cerebro al máximo recordando aquella tarde en la farmacia de Pura, la madre de mi amigo Tomás, donde con unos apuntes de universidad copiados de no me acuerdo bien quien, encargamos todas las medicinas para el viaje. También me ayudó bastante el que una personita en Madrid me escribiera luego en la caja para que servía cada cosa.

Una vez pasado el mal trago de la aduana, continué camino a Kiev por unas carreteras que me hicieron entender las celebres frases de nuestros padres de “Aun me acuerdo cuando tardábamos 10 horas a Alicante. Teníamos un solo carril, y si te tocaba un camión…” Y es que cuando te toca un camión en estas carreteras supone ir a 40km/h el tiempo que haga falta!! Y para colmo me pararon 2 veces por exceso de velocidad y tuve que gestionar las dos veces que no me hicieran factura y pagar una vez 5 y otra vez 10 Euros de “multa”. Curiosamente las dos veces que me pararon iba grabando con la cámara de video y pude registrarlo todo.

Unos 200 kilómetros después de la frontera, me enteré que la persona que tiene mi pasaporte no estaba localizable y la agencia de transportes no lo iba a poder recoger para enviármelo, por lo que no me llegaría a Kiev hasta el lunes. Eso significaba que me esperaban 5 días de vacaciones en Ucrania con los que no contaba.

Decidí entonces tomármelo con mucha calma, acampar en un sitio realmente bonito y montar el campamento con luz de día. Así que me adentré en el primer bosque que vi y unos kilómetros después encontré un pequeño pantano precioso, que bordeé para ascender a un alto desde donde habían unas vistas privilegiadas. Me pegué una ducha al aire libre con la cual por poco me congelo. Tras prepararme la cena me quedé leyendo hasta que me invadió el sueño.

Me despertó a eso de las nueve de la mañana un zarandeo tremendo seguido de un grito en una lengua desconocida. ¡Qué mal despertar! Asomé la cabeza por la ventana y vi a una vaca pastando junto al coche. Había dado un empujón al coche con un costado y dos pastoras gritaban tras de ella. Cuando me vieron se empezaron a reír y dijeron un montón de cosas de las cuales no me enteré. No me quedó claro si querían que les diera de comer, que fuera a comer con ellas o… en fin, prefiero no darle más vueltas.

Tras desperezarme, vestirme y desayunar, recogí todo corriendo ya que empezaba a llover. La verdad es que el día no empezaba muy bien. Partí rumbo a Kiev y de camino me informaron que no solo no me llegaría el pasaporte hasta el lunes, si no que a demás me llegaría sin el visado de Rusia, que era mi próximo destino. Eso si que era un problema. Tras varias llamadas, me di cuenta que era imposible conseguir el teléfono del consulado Ruso en Ucrania por teléfono así que decidí parar en la siguiente ciudad a buscar un lugar con Internet y conseguir los teléfonos del consulado y de la embajada.

En la siguiente ciudad pués, me de adentré. Pero por más que busqué, un lugar con wifi no encontré. Así que tras un par de intentos infructuosos de sonsacarle a algún transeúnte dicha información, conseguí que un comerciante me indicara como llegar a un sitio con ordenadores. Llegué a un edificio en muy mal estado, y tras atravesar unos extraños pasillos llegué a una sala con un montón de ordenadores. Me dirigí al vigilante para ver si sabía inglés y éste me dijo que sí, además de explicarme como funcionaba aquello. Se quedó charlando conmigo mientras yo buscaba la información que necesitaba y me acabó invitando por la noche a una barbacoa en su casa. Entre que no me terminaba de dar buena espina y que estaba un poco agobiado con el tema del pasaporte y el visado, denegué su oferta. Un rato después, me ofreció acompañarme a Kiev. Me ahorré el preguntarle qué haría con sus invitados de por la noche y tras agradecerle su ofrecimiento, le dije que finlamente tomaría un destino distinto.

Tras salir de aquel extraño sitio y ver que no había manera de contactar con la embajada por que una grabación me decía que el número era incorrecto, hice la primera Jaimitada del día. Traté de llamar desde la tarjeta española y entre cambio y cambio de tarjeta me desapareció la ucraniana. Si ya es un coñazo sacarse un duplicado en España, no quería imaginarme lo que sería en una ciudad de mala muerte ucraniana, con vigilantes acosadores pululando por ella.

Recordé que había visto un lugar de recargas de móvil camino de aquel edificio inmundo y me dirigí a él. Conseguí que el joven dependiente me apuntara la dirección de la oficina “Live Mobile” más cercana, pero lo que no hubo manera fue que me explicara como llegar. Finalmente entre la prisa, la lluvia, y que ya se empezaba a hacer un poco tarde, logré que se la diera a un taxista y le seguí en coche hasta dicha oficina. Menos mal por que habría sido realmente difícil llegar sin él.

Ya con mi teléfono ucraniano de nuevo, hice las llamadas pertinentes y finalmente conseguí hablar con el consulado ruso en Kiev. Me dijeron que el mismo lunes me podrían dar el visado de transito para Rusia, lo que era una tremendamente buena noticia.

Empezaba a hacerse de noche, por lo que decidí desviarme de la carretera por un camino que llevaba a un pueblecito, un par de kilómetros más adelante me desvié por un camino de tierra que se adentraba en el bosque.

Ahí llegó la segunda Jaimitada del día. Vi que había una gran explanada de césped encharcada, al final de ésta había unos árboles tras los cuales iba a poder acampar estupendamente. No conté con que a mitad de la explanada, el agua se iba a convertir en fango, y este fango a su vez en un fango tremendamente fangoso. No se si la Jaimitada fue meterme por mitad del césped encharcado, o detenerme en mitad del fango para dar la vuelta, pero desde luego ahí se quedó Andresito con la tripita apoyada en el césped fangoso.

Ya estaba anocheciendo por lo que actué rápido. Lo primero que me pasó al intentar bajar del coche fue que perdí una zapatilla en el barro. El comienzo perfecto. Me puse las botas de agua increpándome a mi mismo en varios idiomas distintos por no haber aprendido de la última vez. Saqué el cable del winche rápidamente y lo até a un palo de madera gordo de algo menos de un metro de altura que había un poco más adelante. Lo partió en el momento en que tiré de el. Lo até al siguiente e hizo exactamente lo mismo. El plan A había fracasado.

Observé que a unos 70 metros había un poste de luz enorme de hormigón. Esa era la solución. Saqué el cable de repuesto y lo até al poste. Lo desenrollé en dirección al coche, e hice lo mismo con el cable del winche. Había 10 metros de distancia insalvables entre donde terminaba uno y donde terminaba el otro. Los mismos 10 metros que perdí la última vez que me pasó esto en Madrid. El plan B había fracasado.

Me apoyé en el coche sin saber muy bien que pensar y de repente me vino la solución a la mente. Pondría los troncos que había arrancado bajo las ruedas y así el coche saldría. Levanté la rueda trasera izquierda con el hi-lift (una especie de gato rojo alargado que levanta el coche 120cm). Vi que no se levantaba lo suficiente por que el gato se hundía en el fango y puse un tronco debajo. Surgió efecto y conseguí meter la madera bajo la rueda. Tras acabar sin aliento arrancando los troncos necesarios a base de empujones y tirones, realicé la misma maniobra en las otras tres ruedas. Ya con el coche sobre los cuatro troncos, solo quedaba arrancar y tratar de salir marcha atrás.

Fue entonces cuando llegó la tercera y última (eso espero) Jaimitada del día. Resulta que entre el cansancio y las prisas, había olvidado la cámara de video encima del techo de Andrés. Cuando metí la marcha atrás y aceleré el resultado de todo fue nefasto. Los cuatro troncos se partieron en el momento de soltar el embragué, por lo que en un instante me volví a quedar igual que antes. Bueno, igual que antes solo que sin cámara de video, ya que ésta se encontraba envuelta en fango y agua. El plan C había fracasado.

Esta vez me tocaría pasar la noche junto a Andrés, quizás como reprimenda por haberle dejado sólo la vez anterior. Apagué la luz que llevaba en la frente y miré al cielo. Un manto de estrellas nos cubría. Estaba cansado y empapado, pero no hubiera cambiado ese momento por nada del mundo.

5 de Mayo. Transilvania profundo

Monday, May 5th, 2008

Amanecí sobresaltado con la alarma del móvil, pensando que todo lo que me había pasado el día anterior por la tarde había sido un sueño y que estaría dentro de la Maggiolina, sin amortiguadores y en mitad de la nada. No sabéis que tranquilidad cuando comprobé que estaba donde debía estar. Tras despertarme como en casa, con probablemente la última ducha decente que iba a encontrar en las próximas semanas, desayuné algo y partí rumbo al taller de Albert.

Lo encontré con el mono de faena, y al momento de llegar, se puso manos a la obra. Junto con otro mecánico, levantaron el coche y se pusieron a hacer todo tipo de comprobaciones. Tras 10 minutos de enredar por los bajos, sacar piezas, meter y cruzar entre ellos cantidad de frases indescifrables, me dijo que había una buena y una mala noticia. La mala era que el pivote que sujetaba la suspensión por debajo y que yo había partido, había sido soldado, en lugar de atornillado (como debería estar) por lo que sustituirlo por uno nuevo era completamente imposible.
Le pregunté por la noticia buena, y me dijo que casualmente, un tercer mecánico que había entrado en el taller minutos después de que yo llegara y cuya presencia apenas había percibido, era un experto soldador y me lo podía dejar colocado igual que antes, con una perdida de aguante de tan solo el 20%. A mi la verdad es que la noticia me parecía de todo menos buena, pero me dijo que no me preocupará que luego buscaría alguna manera de reforzar la pieza.

Estuvieron un par de horas desmontando bien todo y preparando todas las piezas y la base para que las soldaran.

Le acompañé al taller de soldadura del tercer mecánico. Al llegar con el coche, la imagen no pudo ser más desoladora. Era una mezcla entre cuadra, desguace y perrera. Parecía de todo menos un taller de soldadura. Tardé 3 minutos en reprenderme a mi mismo por prejuzgar, y más en mi situación. Fueron los mismos tres minutos que tardó el soldador en levantar el coche con un gato hidráulico y sacar el equipo de soldadura para ponerlo a punto.

30 minutos después estaba la pieza perfectamente soldada y a simple vista exactamente igual que antes de romperse, con los amortiguadores colocados y todo. Ahora llegaba la parte del refuerzo. Y en ese momento me llamó Dani para… comer!! Eran las 12 y media del medio día y aun tenía algo de mermelada de fresa del desayuno en la comisura de los labios. Me dijo que en media hora me recogería. Abandoné el taller y le dije a Albert que se hiciera cargo del coche hasta que regresara por la tarde.

Tras una agradable comida con Daniel de platos típicos rumanos, me preguntó que me apetecía hacer, y a mi solo me venía a la cabeza lo que a cualquier español después de una comilona: Tele, sofá… siesta!! Evidentemente no le revelé tal deseo, ya que se había tomado la molestia de cogerse la tarde libre para hacer un plan conmigo, así que le dije que decidiera él. Media hora más tarde, me encontraba tumbado en la piscina de agua salada a 34º de un balneario desde el que solo se veían verdes bosques a través de sus grandes cristaleras. El sitio era fabuloso. Pasamos un par de horas entre saunas, termas, duchas etc y tras tomarnos algo en la parte alta del complejo cuyas vistas eran igual de maravillosas que las de abajo, pero 10 metros más arriba, partimos de vuelta al pueblecito. Era increíble como en apenas un día entre la gente de aquí, me había empapado tanto con su cultura y costumbres. Evidentemente, no pasaba un minuto en el que no le bombardeara con una pregunta.

Me estuvo enseñando las distintas zonas limítrofes de la comarca, y el tipo de gente que vivía en cada una. Me sorprendió la zona gitana. Son varios edificios contiguos, todos ellos llenos de gitanos, junto con parcelas de campo y chabolas, pero con todo súper organizado. Todos los poblados gitanos que había visto hasta el momento, estaban en zonas horribles y tenían un aspecto desolador y decadente. Éstos están rodeados de verde, con plantas, sembrados y árboles por todas partes. Me recordó al bosque de Sherwood de Robin Hood, cuando éste llega y ve que tienen relativamente bien organizada la vida en un sitio sin ningún tipo de control estatal.

Después de tan didáctico paseo y descansar un rato, me dirigí al taller de Albert para ver como había ido todo. Al llegar, me informó que había reforzado con soportes de hierro los cuatro amortiguadores traseros y estaba muy contento con el resultado. El invento desde luego tenía una pinta bárbara. También me enseñó un tubo agujereado y me indicó que pertenecía al sistema de trasvase del depósito auxiliar. Parece ser que rozaba con el chasis y con las vibraciones se acabó rompiendo, pero ya estaba cambiado. Me entregó uno de reserva y al día siguiente iba a tratar de bajar 5mm el depósito auxiliar para que así dejara de rozar. La rueda de repuesto ya estaba reparada, y solo quedaba el tema del bloqueo de diferencial que lo iba a dejar para el día siguiente.

Vista mi insistencia con el tema del soporte de las suspensiones y mi obsesión sobre si aguantarían todo el viaje, Albert me propuso irnos a dar una vuelta por el campo y probarlos bien. Sabiendo que el 4×4 era uno de sus grandes hobbies y que parecía ser que se conocía los montes transilvanos como la palma de su mano, acepté gustoso.

El paseo, que duró un par de horas fue inolvidable. A parte de su pericia como conductor (había sido corredor de raids), que hizo que nos lo pasáramos pipa, me llevó por unos sitios fascinantes. Eran caminos interminables por lo alto de las montañas, a través de los cuales se podía recorrer todo Rumania. A lo lejos no se vislumbraban ni siquiera pequeños pueblecitos. Pasamos por varias zonas de barro en las que aproveché para aprender algunas nociones básicas de conducción cenagosa y por bosques tupidos entre túneles de ramas. Vimos varios corzos pasar frente a nosotros y disfruté de la conversación casi tanto como del paisaje.

Habiendo comprobado que la suspensión funcionaba a la perfección incluso por los terrenos más abruptos, le dejé en casa y me fui a descansar. Si había suerte con el diferencial, al día siguiente por la tarde debía partir rumbo a Kiev. No debía olvidar que 12 días después debía encontrarme con una persona en Tashkent. Un largo y duro camino me esperaba por delante.

3 al 4 de Mayo. Bucarest – Transilvania. Todo IBA demasiado bien…

Sunday, May 4th, 2008

Dormimos toda la noche a pierna suelta. Desayuno, duchitas, revisar mails y a media mañana nos fuimos a dar un paseo. Era nuestro último día juntos y después de toda una semana de paliza conduciendo, caminando ciudades de arriba abajo y sin ducharnos más que una vez y media en los 7 días, nos merecíamos pasar un día relajados.

Piti nos enseñó la capital rumana con gran entusiasmo y nos gustó mucho a todos. Es impresionante la degradación que han sufrido todos los palacetes construidos en pleno auge del imperio Austro – Húngaro después de dos décadas de dictadura comunista. La mezcla de opulencia y decadencia es brutal.

Tras comer en un restaurante 100% rumano y comentar todos los pormenores del día, criticar a algún que otro comensal, decir un par de barbaridades a cerca de la falda de la camarera, y darnos cuenta que las dos señoritas que estaban sentadas justo al lado nuestro eran españolas, fuimos a hacer algunas compras y pasamos la tarde de lluvia en casa comentando el viaje y recordando anécdotas.

Quiero matizar algo acerca de las dos señoritas que estaban comiendo junto a nosotros: no solo eran españolas y habían entendido perfectamente todo lo que dijimos, si no que a demás, una de ellas pensó que un comentario que hice del camarero iba referido a ella y la dejó tremendamente afectada. Cito el momento al que hago alusión:

(Anónimo) – ¡Joder tío! Vaya pinta de “pornochacha” tiene la camarera esa ¿no?
(Anónimo 2) – CENSURADO
(Jaime) – Oye chicos, creo que las que tenemos al lado son españolas…
(Voz de Mujer un Tanto Irritante) - ¡Si! ¡Somos españolas! Oye, lo del careto no iría por mi ¿no? Por que me he quedado de piedra.

El resto os lo podéis imaginar… miradas, codazos, patadas por debajo de la mesa… y mucha vergüenza. Acabaron pidiendo por nosotros ya que no comprendíamos la carta.

Esa noche antes de acostarnos tuvimos que dejar todo el coche cargado, ya que al día siguiente los chicos debían estar en el aeropuerto a las 07:00 a.m.

A la mañana siguiente, sorprendentemente, nos despertamos todos a la hora acordada. Camino del aeropuerto, nos perdimos varias veces. La verdad es que estaba un poco en la inopia. Faltaban unos minutos para que me quedara completamente solo en esto. No es que me preocupara ni mucho menos, simplemente se me hacía un poco raro. En mi cabeza solo se repetía la frase: “si aun no has tenido percances, no tienes por que empezar a tenerlos ahora”.

Por fin llegamos al aeropuerto. Detengo el coche y me bajo para despedirme de mis nuevos ex-compañeros de viaje. No tengo más que posar un pie en el asfalto para percibir un sonido nada habitual. Un sonido que a algunos nos irrita, a muchas les asusta y a pocos les pasa desapercibido. El sonido hacía asÍ: “Psssssssssssssssssss…” y provenía de la rueda trasera izquierda.
¡Que maravilla!! ¡Mi primer pinchazo del viaje!! ¡Un momento memorable!! ¡Y justo cuando se van mis compañeros! Si era una señal, temí que no presagiara nada bueno.

Tras los abrazos de rigor, cambié la rueda por la de repuesto y partí rumbo a la comarca de Transilvania, lugar donde se encontraba Dani, amigo de mi amigo Cipriano y encargado de recibirme en un pueblecito transilvano, llevarme a una pensión e indicarme en que taller me podían arreglar el bloqueo de diferencial de mi coche, que no me dio tiempo a arreglar en Madrid.

En realidad, a la reparación del bloqueo había que añadirle la de la bomba que trasvasa la gasolina de un depósito al otro, y ahora la rueda de repuesto. Se empezaban a acumular cosas y eso no me gustaba. Tenía 5000 kilómetros que recorrer en los próximos 12 días y las autopistas ya se habían esfumado, así que no podía andar demorándome por arreglos de Andrés.

Camino de Shimshuara, pueblo donde se encuentra el castillo del Conde Drácula, y por donde tenía que pasar para llegar a mi destino, observé de soslayo una construcción de piedra en lo alto de una colina al otro lado de la carretera. Me fijé bien y parecía un antiguo castillo en ruinas. La misma voz mezquina de por la mañana, me dijo que observara el caminito de piedras que ascendía por la colina. Por inercia, pensé que quizás fuera posible subir por ahí con Andrés. Recordé un mensajito de mi amiga Adriana que había recibido un par de horas antes en el que me decía que me cuidara y decidí hacerla caso, no tentar a la suerte y proseguir hacia mi destino. No me preguntéis por que di la vuelta en el siguiente camino que salía de la carretera. ¡Quería una foto en el castillo!

Buscando el desvío de la carretera por el que se accedía al pueblecito que estaba antes de la colina que daba al castillo, encontré un coche de policía que amablemente se ofreció a llevarme hasta ahí, no sin antes avisarme que desde ahí debería ir a pie. ¡Una lástima! Con las ganas que tenía de dar un paseito, pero ¿quién es capaz de desaprovechar una oportunidad de desobedecer a la policía cuando se dan la vuelta?

Comencé a subir el caminito alegremente. Nada fuera de lo normal. Algo de barro, desnivel, mucha piedra… no se que llegó antes, si el balanceo sospechoso o la frase a mi mente de “ojo Jaime que las desgracias nunca vienen solas”.

Yo creo que lo primero fue el “¡Crack!”. Después el balanceo sospechoso. Por último la frase.

Temí lo peor. Los ruidos secos y desagradables, que acarrean un cambio en la conducta del vehículo que conduces suelen acabar en desgracia. Cuando bajé del coche y me asomé bajo la rueda del “¡Crack!” se confirmaron mis sospechas. La suspensión trasera izquierda se había arrancado de cuajo. El pivote de hierro que la sustentaba por la parte de abajo se había partido por la mitad.

Primero llegó el enfado, acto seguido la desesperación, al momento la pereza y por ultimo me entraron ganas de hacer pipí. La solución para aplacar todos mis sentimientos probablemente hubiera sido golpear la rueda llorando, mientras me dejaba caer sobre la arena orinándome encima. Pero preferí ser práctico y serenarme.

Coloqué el coche en un sitio plano y me senté en la colina a observarlo. La cosa estaba muy clara. Debía desmontar la suspensión trasera para que no bloqueara la rueda y recorrer muy despacito los 120 kilómetros que me separaban de Dani y el mecánico que se iba a ocupar de Andrés.

Manos a la obra. Lo primero que hice fue poner a grabar la cámara de video para que quedara constancia de quién desmontaba los amortiguadores. Gato, herramientas, guantes, tragar arena y 30 minutitos después ambos amortiguadores (lleva dos en cada rueda trasera) estaban desmontados y guardaditos en un cajón. No había sido tan horrible. El único problema era que la pieza solo se podía volver a poner igual, y si se había partido una vez, podía volverse a partir otra, pero ahora no era momento de preocuparse de eso. Era momento de conducir muy despacito y con mucha calma hasta un pueblo llamado Turnavent.

Un par de horitas después había llegado a mi destino. No se en que momento empezó a cambiar todo. No se si es que alguien me puso una velita mientras conducía, si Jesusito se apiadó de mi o si alguien se cansó de jugar con el muñeco de budú. Solo se que por algún extraño motivo, de repente mi suerte cambió. Y aun que os parezca extraño, para mejor.

El tal Dani, amigo de Cipriano, apareció con su hermano. Ambos eran rumanos y habían vivido varios años en España, por lo que dominaban el idioma. Tras tomarnos un café y que quedaran maravillados con mi historia del viaje, me dijeron todo lo que se le podía decir a una persona en mi situación para dejarla tranquila. Me informaron que me tenían preparada una habitación y que al llegar, la comida estaría lista. Que después de comer llegaría un mecánico estupendo que conocían para ver todo lo que había que hacerle al coche y prepararlo todo para mañana. Me dijo que no me preocupara de nada, que era su invitado y me iban a llevar a donde hiciera falta y ayudar en lo que necesitase. Fue como si me quitaran de la espalda una mochila cargada con piedras. Tras ver lo encantadores que eran, el buen rollo que desprendían y la hospitalidad que poseían, solo pude relajarme y dar gracias.

Todos los hechos que sucedieron después de la conversación del café, fueron cien veces mejor de cómo me lo habían pintado. Me llevaron a su pensión. El sitio no podía ser más confortable. El pueblo se encontraba situado entre verdes e interminables prados con abruptas colinas con formas extravagantes. La pensión tenía habitaciones con balcón y baño. Dejar mis cosas en una de ellas e instalarme fue como un soplo de brisa fresca. Me acicalé y cuando bajé, la comida estaba lista. Habían preparado un suculento cordero al horno con patatas para recibirme y habían invitado a unos amigos suyos que no podían ser más encantadores. La comida fue deliciosa en todos los aspectos. La mezcla de idiomas, entre ingles, rumano y español, le dieron un toque de lo más cosmopolita.

Independientemente de lo bien que me sentó la comida en mi situación, hubo algo mucho más allá de eso que probablemente haga que no la olvide jamás, o por lo menos durante este viaje. Por primera vez me mezclé con lugareños. Tuvimos una conversación de lo más distendida en la que ellos me aportaban igual que yo les aportaba a ellos. El hermano de Dani me dejó con la boca abierta. Su análisis socioeconómico de la situación rumana actual vista desde el punto de vista de una persona que ha ido a España a trabajar en la construcción y ha vuelto con ideas de negocio y empapado de cultura capitalista hasta el punto de ponerla en práctica aquí y tener todo tipo de negocios que le van fenomenal fue digno de una tesis de “Económicas”. No quiero aburrir a nadie y lo voy a dejar aquí, pero os prometo que además de dejarme impresionado, me hizo entender muchas muchas cosas.

Después de comer, tal y como me dijeron, llegó un mecánico. Pero no era un mecánico cualquiera. Era “ALBERT”. Gran aficionado a los 4×4 y manitas a más no poder. Tras escuchar con detenimiento lo que me había sucedido y examinar minuciosamente todo, me explicó exactamente que es lo que iba a hacer al día siguiente para reparar todos los desperfectos de Andrés.

Ya no podía estar más tranquilo. El coche estaba en buenas manos, yo me encontraba en un lugar más confortable que hubiera imaginado y con la mejor compañía que se podía tener. Solo me quedaba relajarme, preparar las rutas con los mapas para las próximas jornadas, leer un poco y acostarme pronto.

2 de Mayo. Serbia- Bulgaria-Rumania

Saturday, May 3rd, 2008

Por la noche sonó la alarma del coche 2 veces entre la 1 y las 3 de la madrugada. Creímos que un serbio asesino había descubierto nuestro escondite y nadie se atrevió a salir a mirar. Amanecimos descansadísimos después de 10 horas de sueño. Recogimos todo como de costumbre y partimos rumbo a Bucarest. Nos esperaba un largo viaje por delante.

En la frontera de Serbia con Bulgaria nos dieron bastante la lata. Venga a pedirnos papeles, y venga a mirar el coche, y venga más papeles… la guinda se la puso un policía que me llamó la atención por pisar el césped!! Yo le respondí: “Sorry” y el me dijo con muy mal tono, que lo había pisado 3 veces, a lo que yo le respondí: “Pues sorry, sorry, sorry”. Tras unos segundos de tensión se río y me dijo que nos podíamos ir. Moraleja: “a la tercera va la vencida”.

Bulgaria precioso. En los bordes de las carreteras, la policía coloca replicas de sus coches patrulla pero de cartón para que la gente aminore la velocidad. Poco más podemos decir de este país ya que nuestro paso por el fue tan breve como sorprendente, ya que por primera vez tuvimos que meter el coche en un barco para cruzar un enorme río.

A pesar del mal estado de las carreteras Rumanas, disfrutamos muchísimo hasta llegar a Bucarest ya que las vistas eran preciosas.

Ya llegando a nuestro destino tuvimos un par de golpes de mala suerte. El primero fue cuando no me percaté de la presencia de un radar colocado entre dos vacas, en un pueblo de mala muerte. 200 metros después: Policía. Un poco de paripé y cuando nos dice que nos va a poner una multa, me hecho a llorar sobre su hombro diciéndole que no tenemos dinero y que si puede ser “sin factura” Jeje! Tras sonreír y comentarlo con su compañera, nos dice que continuemos.

Unos kilómetros después, Andrés empieza a dar la lata. Resulta que no trasvasa gasolina del depósito auxiliar al depósito principal. Nos detenemos en una gasolinera e intento echarle un ojo a la bomba que parece funcionar perfectamente. EL problema debe ser que el tubo que va de uno a otro estará obstruido, así que el lunes pasaré por un taller rumano que me ha recomendado mi buen amigo Cipriano para que me lo miren.
Tras poner gasolina en una estación de gasolina y que el gasolinero nos intente estafar 10€, llegamos a Bucarest y a casa de Piti. Como se agradece una buena ducha, una cama para algunos (sofá para otros), lavadora, hielos, Internet… en fin, las típicas comodidades de una casa, que uno empieza a valorar ahora.

1 de Mayo. Zagreb – Belgrado

Friday, May 2nd, 2008

Llovió casi toda la noche pero amanecimos con un día bastante bueno. Lo de sacar la cabeza por la ventana de la tienda y ver un montón de tumbas, es una sensación nueva para todos. Recogemos rápidamente y nuevo record. A las 9 y cuarto de la mañana partimos rumbo a Belgrado.

Evidentemente, no podíamos abandonar Croacia sin que por alguna razón, Jrogre cogiera manía a los croatas. Por ello, después de haber parado a repostar en un área de servicio, tomó los mandos de Andrés y… adivinad. ¡Primer encuentro con la Policía!

Jaime: - ¡Anda mira! una moto de policía a lo lejos. Chicos ¿lleváis los cinturones?

Todos: - Siiii

Jaime: - Jrogrito ¿llevas puestas las luces?

Jrogre: - ¡Si claro Sajtito!

Evidentemente no las llevaba puestas. 5 minutos más tarde, le estaba soltando 20 eurillos (sin factura, ya que con factura eran 50) al policía por culpa del cual, los croatas se han convertido para él en una panda de chorizos.

Pasada la aduana serbia, encontramos junto a la autovía una tremenda pista de karting en la que no pudimos evitar detenernos para dar unas vueltecitas. La encantadora señorita que nos atendió tuvo una especial fijación con uno de nosotros. Gracias a Dios la cosa no cuajó. De nuevo al coche y rumbo a Belgrado.

Tras 400km de carretera con firme inmaculado, alcanzamos nuestro destino. Los vestigios de guerra y comunismo nos dejan a todos boquiabiertos. Palacios aun destrozados por las bombas se funden con acristalados y modernos edificios en lo que es una especie de popurrí arquitectónico.

Los servios, una auténtica maravilla. La gente más simpática que nos hemos encontrado hasta el momento. Todos quedaban fascinados al vernos y automáticamente preguntaban… ¿Barcelona? ¡Jajaja! Andrés causó auténtico furor entre las Jovencitas.

Después de un paseito por la capital serbia, tomamos la carretera rumbo a Rumania. En la primera zona montañosa, sin pueblos cerca, nos desviamos por un camino de tierra para buscar un lugar agradable donde montar el campamento base. Pocos kilómetros después lo encontramos entre unos sembrados y un bosque de robles. Una cenita ligera y ninguno de nosotros pudo luchar contra el cansancio acumulado.