Madrugamos mucho para llegar a una hora decente a la frontera Kirguicia y en el primer y único pueblecito que vimos antes de llegar, nos detuvimos a poner gasolina. La gasolinera, era una especie de cuadra, donde un joven guardaba bajo llave un montón de barriles de gasolina y gasoil. Tardamos más de una hora en echar 200 litros de gasoil en bidones de 10 litros que aquel joven tenía que ir rellenando de uno en uno en el interior de la cuadra.
Pasamos las siguientes horas subiendo y subiendo por carreteras de cabras hasta por fin llegar a un puesto militar en lo alto de un monte. Era la frontera de salida de Kyrguistán. Nos registramos con nuestros pasaportes como de costumbre, y nos informaron que hacía una semana que no pasaban ningún coche por ahí. Los soldados eran encantadores y se hicieron todo tipo de fotos con nosotros. Incluso nos pidieron hacerse una cada uno frente al coche, sujetando solemnemente la bandera de España (Manolo, que era una caja de sorpresas, llevaba siempre una en la Mochila). Cuando les dijimos la ruta que teníamos pensada hacer, no daban crédito. Nos hacían todo el rato un extraño gesto en forma de ola con la mano (este gesto lo solían hacer cuando una carretera no estaba en buen estado).
Tras despedirnos y avanzar 10 kilómetros, llegamos al puesto militar que daba paso a Tayikistán. Lo atravesamos sin muchos problemas y de nuevo a subir puertos de montaña, pero esta vez hasta llegar a los 4.500 metros de altura. A partir de los 4.000 metros, la cantidad de oxígeno del aire, disminuía y esto producía sensación de agotamiento ante cualquier esfuerzo físico. Empezamos a ver impresionantes montañas nevadas a lo lejos, muchas de ellas “siete miles” a la vez que notábamos un poco los efectos de la altura. Correr 200 metros era impensable y teníamos una sensación un poco extraña en la cabeza.
El paisaje era cuanto menos, sobrecogedor: al frente las gigantescas montañas y a los lados vastos y verdes valles donde se avistaban manadas de animales salvajes campando a sus anchas. De vez en cuando nos encontrábamos un pequeño conjunto de yurtas, que son las casas de los nómadas del lugar. Eran de base redonda y tenían forma cónica. Estaban hechas con una estructura de palos de maderas y recubiertas de tela. En su interior tenían una estufa metálica en medio con un tiro redondo que salía por el centro de la yurta. Tenían el suelo y las paredes recubiertos de alfombras para que mantuvieran el calor y aislaran el interior del frío. Eran tremendamente acogedoras.
Tras un par de horas de viaje, nos encontramos por fin con el lago Kara-Kul, que era el lugar hasta donde pensábamos llegar aquel día. Era un precioso y enorme lago de agua azul entre montañas, rodeado por gigantes llanuras de arena. Al llegar al lago vimos un pequeño pueblo de 10 ó 12 casas donde entramos para que manolo me explicara el funcionamiento de las estufas y el combustible que usaban. Durante el verano, la gente de la zona, hacía acopio de una especie de ladrillos, que se fabricaban con excremento de vaca compactado y secado al sol. Esto lo guardaban en un lugar cerrado y lo iban sacando en invierno cuando lo iban necesitando, lo metían en la estufa y ardía como los leños. Era una mezcla entre leña y carbón, pero más auténtico.
Preguntamos que donde podíamos tomar una taza de té y nos hicieron pasar a una de las casas del pueblecito. Una mujer encantadora nos instaló en un saloncito lleno de telas y alfombras tremendamente acogedor. Tras descalzarnos y sentarnos sobre varios cojines y una mesa baja, nos dimos cuenta que habíamos encontrado el sitio perfecto para pasar la noche. Aquella mujer y su marido nos atendieron de maravilla. Encendieron la estufa de caca para que no pasáramos frío por la noche y nos prepararon una cena riquísima. Nos entendíamos con ellos a duras penas así que no pudimos charlar demasiado ya que debíamos comunicarnos por gestos. Por suerte, Manolo tenía una percepción especial, y era capaz de traducir un par de simples gestos inentendibles en varias frases con significado completo. Jamás me quedó claro si era que realmente tenía mucha imaginación o simplemente me estuvo tomando el pelo durante todo el viaje.
En mitad de la noche, cuando se consumieron “los ladrillos”, la temperatura bajó de golpe unos 20º y me vi obligado a salir al coche a por una pastilla para la garganta y algo de abrigo. Al cruzar la puerta de la casa la temperatura debió bajar otros 10º y yo que estaba totalmente adormilado, no me di cuenta de que nevaba hasta que cuando fui a abrir el maletero del coche empecé a notar el cuerpo húmedo… Mi imagen en calzoncillos con las botas de montaña desabrochadas, al darme cuenta que se me habían olvidado las llaves del coche dentro de la casa habría sido digna de retrato. Tras repetir la maniobra, pero esta vez ya con una camiseta y las llaves del coche, me pude dormir hasta el día siguiente.
Nos despertó el desagradabilísimo rebuzno de un burro junto a la ventana. Para darnos cuenta de ello tuvimos que asomarnos, ya que aquel sonido de primeras parecía más bien que nuestros anfitriones se habían despertado con “muchas energías”. La nieve había cubierto todo el exterior y llegaba hasta el borde del lago. El paisaje aquella mañana era aun más bonito que la tarde anterior.
Partimos Hacia un pueblo llamado Khorog, que e encontraba a mitad de camino de Dushanbe (la capital Tayikistana). Atravesamos aquellas montañas nevadas que el día anterior veíamos a lo lejos. Todos los paisajes que veíamos eran de indescriptible belleza. Me dio mucha pena no poder conducir por la nieve, pero debía estar concentrado y con la mano en la manilla de apertura de la puerta del copiloto, para en el momento oportuno gritar – ¡Para Manolo! – Y bajarme corriendo del coche para meterme detrás de alguna piedra y pensar durante unos minutos en que demonios me habría sentado tan mal a la tripa. Al menos después de la indigestión de unos días atrás, había fabricado un “trono” portátil haciendo un agujero de dimensiones perfectas sobre una de las 4 sillas de acampada plegables de Decathlon que llevaba enganchadas con una cincha a la rueda de repuesto trasera. Curiosamente en el hueco para un vaso que tenía en el apoyabrazos derecho, cabía perfectamente un rollo de papel higiénico.
Llevábamos varios días sin Jaimitadas y Manolo bajó un poco la guardia. En una de las veces que me bajé del coche con prisas, olvidé apretar la cincha que sujetaba a las 3 sillas a la rueda trasera y cuando paramos en un control militar, nos dimos cuenta que las habíamos perdido. Curiosamente en lugar de preocuparme por las 3 sillas perdidas me alegré un montón de haber colocado en el asiento trasero el retrete Roca modelo “adventure”.
A medio día nos detuvimos en una cabaña abandonada donde vivía una familia. Le preguntamos acerca de unas cuevas con dibujos prehistóricos que habíamos leído en una antigua guía de central Asia que me consiguió mi amigo Paul, que se encontraban por la zona. El abuelo llamó a un joven que subió con nosotros al coche y nos guió primero a través de una carretera, luego a través de varios caminos y luego a través de una interminable llanura desértica a unas montañas. Tras trepar unas paredes de una dificultad tremenda que Manolo y yo nos tuvimos que ayudar varias veces el uno al otro, y que el joven que nos acompañara lo hiciera sujetándose las manos tras la espalda, llegamos a unas extrañas cuevas donde había unos extraños cuernos antiguos y unas pinturas de animales que parece ser eran de la época neolítica. Nos encontrábamos a más de 4.000m de altura y manolo y yo a penas podíamos respirar, mientras nuestro compañero con una vitalidad tremenda iba a un lado y a otro sin esfuerzo alguno. Nos enseñó con gran solemnidad un agujero excavado en la roca y nos explicó que ahí se hallaba antes un pedrusco milenario tallado que alguien había robado hacía dos años:
- Desde que hace 8 estaciones el hombre blanco se llevó la piedra milenaria, las mujeres de los cinco valles que confluyen en esta montaña se han vuelto infértiles. No ha vuelto a llover desde entonces y hemos perdido todas nuestras cosechas. Las vacas dan la leche agria y un demonio se lleva a los niños que se acercan a esta montaña.- Nos dijo nuestro joven amigo apesadumbrado.
Una colleja de Manolo recordándome que teníamos que volver al coche me hizo bajar de la nube. El agujero de la piedra había hecho volar un poco mi imaginación. (Lo de la piedra milenaria que robaron era verdad).
El descenso por suerte fue más fácil de lo que imaginamos ya que seguimos los pasos de nuestro guía que esta vez no llevaba las manos en la espalda.
Dejamos a aquel joven en su cabaña y tras rechazar su invitación a pasar a tomar té, proseguimos nuestro camino. Los paisajes que siguieron a continuación fueron igual de estupendos aunque el firme empeoraba por momentos y hubo que bajar la velocidad considerablemente.
Llegamos al control militar de Khorog ya anocheciendo y nos informaron que el camino empeoraría considerablemente, por lo que los militares nos dijeron que podíamos pasar la noche ahí. Los dos nos sentíamos agotados después de 15 horas en el coche y así lo hicimos. Antes de acostarme tuve que meterme bajo el coche poniéndome perdido, ya que el tubito del trasvase de gasoil de un depósito a otro se había vuelto a romper y debía substituirlo.
Nos despertamos al alba y partimos con intención de llegar aquella noche a Dushanbe. Las primeras horas transcurrieron por un camino estrechísimo que bordeaba las cadenas montañosas y seguía el cauce de un río, al otro lado del cual pudimos contemplar durante toda la mañana Afganistán. La mayor parte del terreno afgano que veíamos eran altísimos acantilados por los cuales discurrían caminos de menos de un metro de anchura, excavados en la propia piedra por los lugareños de la zona. Por ellos circulaban personas y burros que si en algún momento se cruzaban tenían que buscar un saliente para poder pasar ambos ya que el camino no era lo suficientemente ancho y un traspié haría acabar a cualquiera en el fondo de un precipicio. Algunas veces la caída de las aguas y la erosión, hacía que parte del camino se desplomara, y acudía gente con picos y palas por ambos lados del camino para rehacerlo. A veces eran decenas de metros y la reconstrucción les debía llevar varias semanas. Estaba claro que en esos lugares el concepto y el valor del tiempo de la gente no tenía nada que ver con el nuestro. Muy a menudo, cuando veíamos alguna escena curiosa por aquellos parajes, pitábamos y les hacíamos señas a las cuales respondían saludando. Probablemente fuera gente que jamás había visto un viajero europeo en toda su vida.
Los lugares en los que tras el río había algo de valle, solía haber gente lavando ropa o alfombras, y vimos varias zonas con una especie de haimas, que a través del teleobjetivo pude descubrir que eran aulas donde había decenas de niños y un profesor les explicaba cosas en una pizarra. Pensé que en lugar de la tabla del 7 quizás les estuviera enseñando como desactivar una mina o como colocar un coche bomba sin levantar sospechas.
A lo largo del camino, vimos varias zonas con advertencias de peligro por estar plagadas de minas anti-personas, así que me alegré de no haber comido nada y que la tripa no me estuviera dando la lata. También pudimos observar en muchos parajes como los bordes de grandes glaciares se deshacían por el deshielo. En un camino por el que cruzábamos entre dos montañas, vimos unas cabañas de una familia nómada y decidimos acercarnos para darles unos caramelos y unos lápices de colores a los niños. Nos recibieron con alegría y mucha hospitalidad, ofreciéndonos un yogurt natural riquísimo.
Continuamos todo el día conduciendo atravesando valles, montañas, ríos, llanuras, caminos de piedras etc. Nos cruzamos con varias familias asentadas en distintos lugares a nuestro paso. Tenían ganado formado por vacas, ovejas y cabras, algún burro y a veces caballos. Solían tener una buena huerta y árboles frutales. A todos les alegraba y les enorgullecía enormemente que pasáramos unos minutos con ellos y aceptáramos tomar lo que nos ofrecían (yo solo probaba algo de yogurt). Aquellas familias se despertaban viendo verde, animales, montañas y con una tranquilidad sin igual. Me pregunté que es lo que había llevado a todo el mundo a vivir en ciudades con ruido, polución y estrés, rodeados de impersonalidad. Entendía que a una persona que desde pequeño le habían metido en la cabeza que la felicidad la proporciona una buena casa, un buen coche y un apartamento en Benidorm para pasar el mes de vacaciones peleando por colocar su sombrilla sobre un hueco en una arena abrasadora y plagada de gente frente a un mar repleto de bolsas de Carrefour flotantes, se tuviera que quedar con eso por que era lo que conocía y lo que creía que le llenaba. ¿Pero que le hace a una persona que ha conocido lo que es vivir sin preocupaciones siempre, disfrutando de su familia y con todo lo que necesitaba al alcance de su mano, a cambiarlo por lo otro?
Imaginé que aquellas personas perseguirían una ilusión equivocada y que cuando la alcanzaran, alguno se daría cuenta de su insustancialidad y a otros simplemente les crearía una sensación de ansiedad solo aplacable por el intento de buscar otra insustancialidad mejor, más grande o más cara. Me pareció que la diferencia entre la familia que se encontraba en aquella colina con su huerta y su ganado, y una familia acomodada cualquiera de mi entorno, era que los primeros vivían una vida en la que en todo momento tenían sensación de felicidad y libertad aunque quizás no lo valoraron tanto por no conocer otra cosa, como yo lo hacía en ese momento. Sin embargo los segundos perseguían esa felicidad y sensación de libertad, que aun que probablemente no consiguieran nunca, la propia búsqueda d ello se la entregase en parte.
Por fin, y tras atravesar los paisajes más hermosos que había visto nunca, llegamos al control militar que se encontraba 80km antes de Dushanbe. A partir de ahí ya sería todo carretera. Tras revisar nuestros pasaportes y preguntarnos que de donde éramos, etc. Uno de los militares nos pregunto si podíamos llevar a una prima suya que se encontraba en el control hasta Dushanbe, a lo que nosotros por supuesto accedimos. Aquella chica, que era encantadora se llamaba Rashida y entre mi paupérrimo ruso y sus nociones de inglés, pudimos ir comentando cosas todo l camino.
A la entrada de Dushanbe, montamos una escenita de cuidado, cuando en un control policial nos pararon y vieron que no solo estaba el coche sucio, lo cual es algo imperdonable, si no que también llevábamos las lunas de detrás tintadas, lo que estaba terminantemente prohibido. Se presentó la policía secreta, un par de coches patrulla y un sargento. Menos mal que Rashida y un tipo que pasaba por ahí y hablaba inglés, intercedieron por nosotros y les contaron a los polis la peli de que éramos periodistas, que la embajada española y el ejercito controlaban nuestra ruta con el GPS que llevábamos en el salpicadero, y con una simple llamada nos pondríamos en contacto con algún ministro tayikistano para que les pusiera a todos firmes. 10 minutos después apareció una persona que vino de la comisaría exclusivamente para disculparse ante nosotros en nombre de la policía tayikistana e informarnos que no nos preocupáramos ya que habían dado orden por radio para que ningún policía nos molestara durante nuestra estancia en su ciudad.
Después del numerito, acercamos a Rashida al lugar donde había quedado con su hermano. Nos lo presentó y en seguido se ofreció a acompañarnos a lavar el coche, a lo que no nos pudimos llegar ya que estaba más sucio que nunca. El nombre de nuestro nuevo amigo era Mansour, y era tan encantador como su hermana. Mientras nos lavaban el coche, Rashida se fue a cambiarnos dólares por dinero de ahí y al volver, que ya era de noche, ambos nos acompañaron a buscar la ubicación de la embajada afgana para el día siguiente. Después de esto les dijimos que les dejaríamos en casa para buscar un hotel y nos dijeron que de ninguna manera. Mansour nos dijo que esa noche estábamos invitados a pasarla en su casa, y llamó a su mujer para que nos preparara un cuarto y dos camas.
Nos llevó a cenar a un sitio típico del lugar donde nos pusimos las botas y estaba todo riquísimo y compartimos una velada estupenda. Después de eso, esperamos a que Mansour fuera a comprar algo a un establecimiento, que trajo en una bolsa de plástico y fuimos a su casa que estaba a unos cientos de metros de la embajada afgana. Aparcamos en la calle y llamó al dueño del quiosco de la esquina. Le ordenó que vigilara el coche toda la noche.
Al llegar a su casa, siendo ya tarde, despertó a su hijo mayor para que nos saludara y nos instaló en el salón, donde habían montado dos camas. Las camas en la mayoría de las casas de Asia Central, eran colchonetas de colores muy vivos con dibujos, que durante el día se apilan para no ocupar demasiado espacio. De la bolsa de plástico que traía, sacó dos botellas de agua fría y un zumo de naranja, que colocó sobre una mesa con dos vasos por si durante la noche teníamos sed. Aquello me dejó completamente maravillado.
Al día siguiente, tras rechazar el desayuno por no tener nada de tiempo, agradecimos una y mil veces a Mansour todo lo que había hecho por nosotros. Manolo le regaló un buen puro y yo una camiseta a su hijo de 14 años. Después de eso nos dirigimos raudos a la embajada Afgana donde después de insistirle un poco al cónsul y redactar dos cartas formales pidiéndoselo, nos dijeron que a primera hora de la tarde nos entregarían el visado y el permiso para pasar con el coche.
Aprovechamos para hacer algunos trámites y después fuimos a esperar a la embajada donde a última hora de la tarde nos entregaron los visados y el permiso. Salimos directos a la frontera Uzbeca, ya que nos habían informado en la base española que la frontera tayikistana con Afganistán no era segura y debíamos cruzar a Afganistán por el paso uzbeco de Termiz.
Salimos de la frontera Tayikistana con gran pesar por los paisajes y la gente tan maravillosa que dejábamos atrás. Mientras hacíamos los trámites aduaneros empecé a notar la tripa un poco revuelta y le dije a Manolo que en breve tendría que acudir al señor roca. Me dijo que aguantara que ya terminábamos y en cuanto cruzáramos el puesto uzbeco podría ir “al baño”. Aguanté como pude, pero en cuanto nos abrieron la barrera y entramos en tierra de nadie le dije que detuviera el coche por que no aguantaba más. Era de noche y a los lados había campito con una alambrada al fondo, así que no creí que le importara a nadie que me instalara con Mr Roca en algún rinconcito oscuro. Manolo se detuvo a un lado y apagó el coche y las luces, y yo me fui corriendo a una esquina rodeada de árboles junto a la alambrada electrificada. Los perros de la frontera que se encontraba a unos cientos de metros me debieron escuchar correr y se pusieron a ladrar como locos. Vi algo de movimiento en el puesto militar y como se encendían y apagaban un par de veces las luces, pero no le di demasiada importancia. Yo seguía a lo mío. De repente, como de la nada, aparecieron de detrás de un árbol dos cuerpos con ropa de camuflaje a pocos metros de mí y con metralletas en la mano gritaron algo que debía significar “¡No se mueva!”. Estaba en la posición perfecta para reaccionar ante semejante situación. La siguiente escena fue de lo más esperpéntica. Otros dos militares habían aparecido detrás del coche y Manolo les intentaba dar explicaciones, y yo desde el señor Roca, les explicaba que era español y que mientras cruzábamos de Tayikistán, había tenido una urgencia gástrica. Lo peor de todo fue que mientras se lo contaba no podía contener la risa y a ellos no les hacía ninguna gracia la situación. La verdad es que a Manolo al principio tampoco se la hizo. Me dijeron que tenía dos minutos para subirme al coche y a Manolo le dijeron que se dirigiera inmediatamente al control militar. Una vez ahí y tras dar las explicaciones pertinentes, nos enteramos que la frontera uzbeca estaba cerrada y no abriría hasta las 6 de la mañana, así que levantamos la Maggiolina y Manolo por primera y yo por segunda vez, nos dispusimos a dormir en tierra de nadie.
Nos pegamos una buena ducha y dormimos unas horas. Al alba recogimos todo y esperamos de 6 a 7 y media a que se dignaran a abrir la barrera. Por fin nos inspeccionaron todo el equipaje y entramos en Uzbekistán. No tardamos más que tres horas en llegar a Termiz y el viaje fue de lo más agradable. En los Ríos había molinos de agua tremendamente rudimentarios, que a base de botellas de plástico sujetas a las aspas, iban llenando un balde del que salía una cañería que regaba las huertas. A los lados de la carretera nos encontramos a decenas de mujeres que extendían alfombras en el suelo para que al pasar con el coche las venteáramos y así quitarlas el polvo. También nos encontramos en la carretera a un autobús que se había estropeado y al cual le habían sacado el motor y desmontado el cigüeñal mientras los pasajeros esperaban al lado con toldos te tela improvisados para taparles del sol. Para aquellas 30 personas, perder 20 horas apeados junto a la carretera, es como para el que pierde 20 minutos por que hay que cambiar una rueda pinchada. La única diferencia es que ellos en lugar de increpar al conductor del autobús, le ayudaban en lo que podían.
Al llegar a la frontera de Termiz con Afganistán sentí un cosquilleo en el estómago. Ésta vez no pensé en el señor Roca, si no en que me disponía a entrar en uno de los países en guerra más conflictivos del planeta. Y no lo íbamos a tocar de refilón, íbamos a atravesar todo el norte por Mazar e-Sharif hasta Kabul, desde donde Manolo ya regresaría a Madrid y yo me tendría que quedar los días necesarios hasta recibir el permiso para meter el coche en la India que ya me había conseguido mi tío Jaime (al cual estaba profundamente agradecido). Después de eso debería cruzar el este hasta la frontera con Pakistán.
Tuvimos que volver a vaciar todo el contenido de Andrés en la salida de Uzbekistán y Manolo tuvo un pequeño roce con uno de los militares que le metió en un cuartito y le amenazó con quitarle algo de dinero. Manolo estuvo muy hábil y con toda la tranquilidad del mundo le dijo algo así como que si le tocaba un solo billete llamaría en ese momento a la embajada española y mandarían un convoy militar al otro lado de la frontera. A aquel soldado se le quedó cara de poker e inmediatamente le dijo que le había entendido mal y que lo único que quería era algún recuerdo de España. Finalmente manolo le dio un mechero a aquel cara dura y nos dirigimos al control militar de la entrada de Afganistán.
Yo estaba bastante nervioso ya que aquello no tenía nada que ver con ninguna frontera o control militar que hubiera visto hasta el momento. Todo estaba rodeado de alambre de púas y varias hileras de vallas electrificadas. Había trincheras por todos sitios y puestos con armamento pesado. Los militares que custodiaban la entrada llevaban armas de gran calibre y tenían cara de pocos amigos.
Jamás me hubiera podido imaginar lo que pasaría a continuación. Al llegar con el coche frente a la barrera todos se cuadraron ante nosotros. Bajé del coche tembloroso con los pasaportes en la mano y el militar de más alto rango salió de la garita y tras darme la mano, educadamente se dirigió a mí:
- Buenos días señor. Cuerpo diplomático ¿verdad?