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23de Mayo al 2 de Junio. Kyrguistán. Trámites y más trámites.

Wednesday, June 4th, 2008

Cruzamos la frontera de Kyrguistán más rápido de lo que jamás hubiera imaginado. No examinaron nada del coche y el tiempo que pasamos fue charlando con los agentes de aduanas acerca del mejor itinerario para cruzar Kyrguistán y lugares de interés en Bishkek (su capital). Nos dimos cuenta en seguida que los Kyrguicios eran tan encantadores como los Kazajos.

Una vez en Bishkek, ya por la tarde, realizamos la tediosa labor de localizar todas las embajadas de las cuales teníamos que pedir visados: Pakistán, China, Uzbekistán y Tayikistán. Además de una agencia de viajes que gestionaba la entrada a China con vehículos, para así a la mañana siguiente poder hacer todo a tiro hecho. Era curioso el tremendo parecido que tenían entre sí todas las ciudades de los países de Asia Central, a veces nos daba la impresión de encontrarnos en una ciudad ya pasada: mismos coches, mismo tipo de gente… incluso compartían el nombre de las calles. El idioma también era muy similar salvo por algunas palabras típicas de cada país. A pesar de las grandes diferencias culturales, de idioma, etc, la hospitalidad y el buen carácter de la gente, hacia que no nos termináramos de sentir “extranjeros”.

Al día siguiente por la mañana nos dirigimos a la embajada China a primerísima hora para comprobar que aquel día permanecería cerrada. Después fuimos a la agencia de viajes, donde cuatro señoritas monísimas y encantadoras nos aclararon todas nuestras dudas: era completamente imposible entrar a china en coche sin unos permisos que se tardaban 3 meses en conseguir. A parte, no daban visados a extranjeros por todo el problema del Tíbet. Muy amablemente una de ellas nos acompaño a través de unos túneles que pasaban bajo la ciudad a ver a unos chinos mafiosos que pagándoles un dinero arreglaban cualquier problema con los visados chinos. Ni siquiera ellos fueron capaces de hacer nada por nosotros. Nos informaron también que no daban visados a Pakistán a los extranjeros, que los visados a Uzbekistán tardaban una semana. Al menos nos enteramos que en la embajada de Tayikistán podían hacer visados de un día para el otro si se le daba una buena propina al cónsul.

Fue una situación un poco tensa, ya que nuestra única ruta de llegaba a La india era a través de Tayikistán, Afganistán y Pakistán, y donde nos encontrábamos no había consulado Afgano. La cosa se había puesto muy complicada. Lo único que podíamos hacer era conseguir los visados de Tayikistán, que es el país más impresionante de Asia Central y por lo menos ir avanzando.

Camino de la embajada, paré en un edificio para preguntar y un coche se detuvo frente a nosotros. Se bajó de él un tipo que se quedó observándonos con cara de sorpresa. A los pocos segundos se dirigió a Manolo:

- !Pero bueno! !Que alguién me explique que hace aquí un coche español!

La sorpresa fue mutua ya que lo último que nos hubiéramos esperado nosotros era encontrarnos con un compatriota en una callejuela de la Bishkek.

Su nombre era Rubén Cornado y resulta que era un suboficial del ejército español, destinado en una base de apoyo a Afganistán que había a pocos Kilómetros de la capital kirguicia. Era simpatiquísimo e hicimos muy buenas migas desde el principio. Nos estuvo contando un poco todo lo que hacían en la base y nosotros le explicamos nuestro viaje. Se ofreció a llevarnos a la embajada de Tayikistán y después a un taller donde le echaran un ojo al problema de la temperatura de Andrés.

En la embajada todo fue sobre ruedas y nos dijeron que el viernes a primera hora tendríamos listos los pasaportes, así que fuimos con Rubén a un taller en el cual a pesar de ser muy amables, no me pareció que tuvieran demasiada idea, revisaron el coche y nos dijeron que el problema del calentamiento era que el líquido refrigerante estaba sucio y que había que cambiarlo y limpiar todo el circuito. Les dije que ese no era el problema y todos insistieron en que sí. Como también tenía que pasarle una revisión y cambiar aceites, acordamos dejarlo a primera hora del día siguiente para que lo hicieran todo. Después, como Rubén se tenía que ir, le propusimos salir a cenar por la noche, a lo que accedió gustosamente.

Estuvimos en palacio del gobierno para ver como hacían el cambio de guardia, ya que respetaban la tradición rusa y era todo un espectáculo, subiendo las piernas por encima de la cintura al marchar y meneando los fusiles a un lado y al otro. ¡Realizaban este ejercicio cada hora durante las 24 horas del día, todos los días del año!

Decidimos pasar a investigar a la embajada de Pakistán y para nuestra sorpresa, nos dijeron que fuéramos a un banco a pagar una tasa y el viernes a primera hora tendríamos nuestro visado. ¡Eso sí que era una buena noticia! En un momento nuestra situación había dado un giro de 180º.

Aquel día fuimos a cenar con Rubén a un sitio típico del lugar. Comimos de maravilla y la conversación no pude ser más interesante. Nos estuvo explicando toda la labor del ejército español en Afganistán y como se había ido desarrollando todo a lo largo de la guerra; como había afectado el cambio de gobierno, etc. También nos habló mucho de Afganistán y de los talibanes, y sobre todo, nos explicó con todo detalle, la logística que había supuesto a lo largo de estos años meter y sacar a gente en las zonas de conflicto: una labor desconocida para la mayoría y que debería saberse, ya que no se le da el reconocimiento que merece.

Después de la cena y un agradable paseo por la ciudad, en el que nos explicó como era todo a 40º bajo cero, que son las temperaturas que se registran en invierno, nos llevó a un par de discotecas a tomar algo.

Los locales eran geniales y la música muy europea. La marcha en Kyrguistán me recordó mucho a la de España en provincias. En un momento de la noche, una chica jovencita muy simpática, se acercó a mí y me pidió hacer una llamada desde mi móvil con su tarjeta. Yo que lo llevaba en el bolsillo, no para llamar ya que no funcionaba, si no para usarlo como teléfono y despertador, se lo presté encantado. Como era de esperar para cualquier persona con los pies en la tierra, 2 minutos después se habían esfumado la chica y el móvil para siempre. Me quedé con bastante sensación de idiota y me prometí a mi mismo aprender de aquello. Si eso me servía para que no me volviera a pasar con otra cosa, sería un móvil bien invertido.

Me llamó mucho la atención lo natural y abiertamente que se dirigían todas las chicas a nosotros. Me chocó que en una sociedad tan machista, donde la poligamia está aceptada y bien vista solo en los hombres (la gran mayoría tiene más de una esposa) las mujeres fueran tan abiertas. Me explicaron que existe una norma socialmente consentida llamada “el rapto”: cualquier hombre puede secuestrar a la mujer que le apetezca siempre y cuando no esté desposada, y si la consigue tener 3 días en su poder, automáticamente tiene derecho a casarse con ella. Esto se suele aplicar en los casos en los que una pareja está enamorada y los padres no son capaces de llegar a un acuerdo matrimonial. A mí se me pasó por la cabeza lo que ocurriría si en nuestro país existiera una ley semejante y en como actuarían ciertas organizaciones si se enterasen…

A la mañana siguiente, yo no me encontraba muy bien y Manolo también notaba algo raro en el estómago, pero no le dimos mucha importancia. También noté que me molestaba una muela, pero ya lo había notado varias veces en los últimos días. Dejamos el coche en el taller toda la mañana y mientras Manolo hacía unas compras, yo intenté hacer alguna gestión para solucionar la entrada en China. Tenía que solucionar ese tema como fuera, ya que aunque ahora pudiera eludir la entrada dando un rodeo y así llegar a La India, después de eso no había otra posibilidad que la de cruzar China hasta Mongolia para continuar el viaje, así que escribí un e-mail a la única persona que conocía con suficiente mano en embajadas como para conseguirme un pase para cruzar China con el coche. Se trataba de un familiar muy querido por todos…

Cuando llegamos al taller nos indicaron que habían cambiado aceite y filtros. También me dijeron que el problema del aire acondicionado se había solucionado al tensar la correa y que el problema del calentamiento se había solucionado al limpiar el circuito y ponerle 10 litros de anticongelante nuevo que me cobraron a precio de oro. Yo me creí todo menos lo último.

Nos fuimos del taller y quedándonos dos días hasta poder recoger los pasaportes con los visados, decidimos subir a las montañas de acampada. Kyrguistán es un país cuyo mayor (y probablemente único) atractivo turístico es el montañismo y la escalada.

Nos alejamos de la ciudad en dirección a los valles nevados del noroeste y en poco menos de media hora, cogimos un desvío por un camino de tierra que nos llevó a un valle en la parte baja de las montañas precioso y tranquilísimo. Por la zona deambulaba todo tipo de ganado y a poco más de un kilómetro había un diminuto pueblo. Montamos el campamento y una ducha de agua fría fue el detonante para una indigestión de órdago. No recuerdo algo así desde que trataron de envenenarme con un kilo de M&M´s procedentes de unas reservas olvidadas de la guerra civil española, y por lo tanto, caducados.

Pasé la noche subiendo y bajando de la maggiolina cada 2 horas como máximo y después de eso, dormí al día siguiente hasta las 4 de la tarde. Ya algo mejor decidí dar un paseo por los prados y acercarme al pueblo a llenar los bidones de agua con Manolo. Era impresionante ver jugar a un par de decenas de niños por ahí. Jugaban a la pelota, al pilla pilla, corrían, saltaban, montaban en una bici con más años que Matusalén y por supuesto sin frenos de 4 en 4, y por supuesto todos, cuando nos veían, nos saludaban y se mondaban de la risa.

Ya volviendo con el agua, decidí desviarme al lugar donde pastaban las vacas, para acariciar a un ternerito que había por ahí. Por alguna extraña razón, cuando hice esto, todos los niños dejaron lo que estaban haciendo, y se agruparon para mirarme en silencio desde un pequeño alto. Una de las vacas, me observaba todo el rato con cara de pocos amigos, y el ternerito, cada vez que llegaba hasta él y me olía la mano, retrocedía 3 ó 4 metros. A mí se me había metido en la cabeza acariciarle, y le seguía allá donde iba. Llegó un momento que se fue corriendo y ya desistí. La vaca con cara de pocos amigos me observaba fijamente a pocos metros y ya que no había podido tocar al ternerito, decidí al menos darle una palmada a ésta, así que cojí un poco de hierba y me acerqué a ella con el brazo extendido. Todos los niños guardaban un silencio sepulcral y observaban la escena fijamente…

Sus cuernos tampoco eran demasiado grandes, pero ver la manera en la que se empezaron a acercar a mi en arrancada, hicieron que me diera la vuelta y corriera como no lo había hecho en todos los días de mi vida. Evidentemente, a los pocos metros, tuve que soltar el bidón de 20 litros de agua que me impedía alcanzar la velocidad suficiente para escapar de los cuernos. La adrenalina y el miedo, me impedían escuchar un torrente de carcajadas proveniente del alto donde se encontraban todos los niños, y yo solo podía ver a Manolo a lo lejos, que también había soltado el bidón y se estaba partiendo de la risa. Cuando había recorrido una distancia prudencial, y vi que aquel demonio no me seguía, me detuve para observar el panorama: Los niños aplaudían, gritaban y reían, el ternerito me hacía burla, y el demonio custodiaba el bidón de agua para asegurarse que no volvería a cogerlo.

Esperé unos minutos a ver si aquel mastodonte se alejaba y podía recoger mi agua, pero fue inútil. Me acerque un poco, siempre manteniendo una distancia prudencial y traté de espantar a la vaca con gritos y aspavientos. Esto causó un efecto similar al de la escena anterior en los niños y estos comenzaron a reír de nuevo. Justo cuando pensé en volver al campamento y coger el bidón más tarde, vi con horror, como un niño de 6 ó 7 años despistado, estaba a punto de pasar por delante de aquel monstruo asesino que por cierto no dejaba de mirarme.

Lo que sucedió a continuación me dejó literalmente con la boca abierta: aquel monicaco de seis años, al cual temía que derribase el aliento de la vaca, levantó el brazo y le pegó un sopapo al animal como pocos he visto, seguido de un grito que debió oír hasta Rubén en la base. Automáticamente los cuernos dejaron de apuntar hacia mí y se esfumaron de donde estaban, para dejar paso a un rabo metido entre piernas que se alejaba por el horizonte. Aquel pequeño héroe sonriente me trajo mi bidón de agua.

Vinieron hacia nosotros todo el resto de los niños y unos cuantos nos acompañaron al campamento, donde Manolo les regaló un montón de lápices de colores, y yo les enseñé a hacer fotos y como correr cuando una vaca te persigue. A lo largo de la tarde, fueron pasando niños y diverso tipo de gente por el campamento para saludarnos. Aquel día fue de ayuno para Manolo y para mí y eso hizo que nos recuperásemos por completo.

A la mañana siguiente nos dirigimos a primera hora a la embajada de Tayikistán a recoger nuestros pasaportes. Hablando con el cónsul conseguimos que nos pusiera unos sellos especiales en el visado para hacer una ruta por el pais que hasta ahora muy poquitos extranjeros han podido realizar ya que son zonas controladas por militares y completamente cerradas al turismo. Deberíamos dar un rodeo de 1200km, pero a cambio de eso podríamos recorrer una carretera de 500km que se encuentra a más de 4000 metros de altura y otros 700km bordeando Afganistán.

Salimos de ahí más contentos que unas castañuelas y mientras hacíamos algo de tiempo antes de recoger nuestro visado pakistaní, escuché a una chica hablando por teléfono en español en un pequeño local. En cuanto colgó me dirigí a ella para presentarme. Resulta que se llamaba Elisa Mandiola y trabajaba para la Agencia de Cooperación Española en Bishkek. ¡También era amiga de Rubén! Estuvimos un largo rato hablando con ella y nos dijo que nos iba a resolver el problema del visado Afgano a través de la embajada de Dushanbe, que era la capital del país al que nos dirigíamos a continuación. A demás nos dio el contacto de una amiga suya que vivía en Kabul (capital de Afganistán), para que al llegar la llamáramos y nos echara una mano con lo que necesitásemos. También nos indicó que cualquier español que viajara a Asia central y pudiera necesitar su ayuda, podría localizarla en el teléfono 0502180756.

Recogimos nuestro pasaporte en la embajada pakistaní. Ya teníamos prácticamente resuelta nuestra ruta a la India. Solo faltaba que Elisa nos confirmara la posibilidad de obtener los visados afganos en Dushanbe, cosa que hizo un rato después. También nos llamó por teléfono Rubén que nos pasó al Jefe del destacamento español en Afganistán después de invitarnos a la base a degustar un estupendo jamón de Teruel, invitación que tuvimos que rechazar ya que andábamos fatal de tiempo, nos informó que la situación en Afganistán estaba estable. Kabul estaba completamente tomada y podríamos parar sin problemas. Nos advirtió que los talibanes no iban a tardar mucho en movilizarse en el norte, por lo que deberíamos darnos la mayor prisa posible en llegar a la frontera afgana.

Después de agradecerles todo a nuestros amigos españoles, partimos rumbo a la frontera. Tardamos algo menos de media hora en darnos cuenta que el coche continuaba calentándose. En cuanto se pasaba de 90km/h la temperatura comenzaba a subir hasta lo rojo. Mi cabreo era supino, mientras que Manolo todo el rato me decía que no me preocupara y que no era grave.

Cuando llegamos a la entrada de la siguiente ciudad, nos detuvimos en un taller que vimos a la entrada. Le expliqué al mecánico el problema, haciéndole hincapié en que me acababan de cambiar todo el líquido refrigerante y que eso estaba bien.

- Don´t worry! Problem termostat Valve! I will check.- Dijo aquel tipo menudo, con la cara y las manos manchadas de grasa.

Se metió bajo el capó con un par de herramientas y 5 minutos después tras un chasquido, un montón de liquido empezó a caer al suelo… evidentemente era el anticongelante que le dije que no quitara. Al menos sacó la válvula, que tras comprobar, me dijo que no tenía ningún problema. Así que fui hasta la otra punta de la ciudad a comprar otros 10 litros de anticongelante, que por cierto en ese país debido al frío de invierno era especial y cada litro venía a costar como 5 de gasolina y regresé al taller.

Cambiaron el líquido y como vimos que en el taller no tenían demasiada idea, continuamos hasta la frontera, donde encontramos un taller especializado en radiadores de coche. Le expliqué al mecánico de radiadores el problema que teníamos, haciéndole muchísimo hincapié en que el líquido estaba nuevo.

- Don´t worry! Problem radiador! I will check. Dijo aquel anciano con todos los dientes de oro.

- Ok, but antifreeze NO PROBLEM. Le respondí.

El tipo se puso a terminar algo que estaba haciendo y un par de minutos después, se acercó a mi radiador agitando una botella con una extraña sustancia en su interior. Al destaparla, pegó un petardazo, lo que hizo que me diera la vuelta. Ese par de segundos le bastaron para abrir el tapón del radiador y meter toda esa sustancia en el agujero del anticongelante. El grito que le pegué cuando vi lo que estaba haciendo, a pesar de sobresaltarle, no le impidió terminar de verter el contenido de la botella.

Me explicó que le había metido pimentón y que eso limpiaría todos los conductos. Que después de eso en cuanto cambiara el anticongelante estaría todo arreglado
Yo no daba crédito. La frustración y la impotencia era tal, que me limité a pedirle a unos jóvenes que había junto al taller, con los que había estado hablando un rato, que me llevaran a comprar otros 10 litros de antifreeze gran reserva.

Fuimos en su coche a aquel lugar y en camino estuvimos cambiando muchísimas impresiones. Llevaban una vida tremendamente sencilla. A pesar de no superar ninguno los 20 años, ninguno estudiaba. La mayoría trabajaba con su padre en el oficio que tuviera. A todos se les veía muy buena gente. Como todas las personas con las que había tenido la ocasión de charlar, muy hospitalarios y con unos valores tremendos. Era muy chocante la diferencia entre su estilo de vida y el de la gente de mi entorno. Los planes no tenían nada que ver y sin embargo me los contaban con muchísimo más entusiasmo que de lo que lo haría cualquier persona que conociera. En todo momento, con todo lo que me decían se notaba el gran respeto que mostraban hacia las personas mayores. No un respeto de ser educados con ellos, si no un compromiso de demostrarlo en todo momento. Y no menos curioso es el respeto que demuestran los mayores a los jóvenes y a los niños. Viví una situación en la que un joven cuya edad no llegaba a los 14 años, le explicaba a varios policías lo que nosotros le decíamos, ya que sabía inglés y esra impresionante la atención que le prestaban los agentes. Jamás le interrumpieron mientras hablaban y actuaban con el como actuarían con cualquier persona adulta.

Compramos el antifreeze, me llevaron a hacer varios recados que necesitaba y me devolvieron al taller después de apuntarme su teléfono por si tenía cualquier problema antes de salir del país.

Tras cambiarme el líquido y lavar un poco el radiador, el mecánico me explicó que debería cambiar el radiador y en aquella ciudad no lo encontraría, así que nos dijo que no corriéramos y nos deseo suerte en el viaje. Comprendí que debíamos olvidar la idea de arreglar el coche y continuar el viaje hasta Dios sabe donde sin sobre pasar las 2000 rpm.

¡Pero al mal tiempo buena cara! ¡Habíamos cruzado Kyrguistán y teníamos resuelta nuestra ruta hasta La India! La impresión que nos llevábamos del país no pudo ser mejor. A pesar de haber tenido que pasar la mayor parte del tiempo en la ciudad para arreglar el papeleo, cosa que ya no haría falta nunca más, y de la que los dos acabamos bastante hartos habíamos conocido a gente maravillosa. Era complicado llevarse una impresión mínimamente objetiva de un país como Kyrguistán visitando solo las ciudades. Al fin y al cabo, todas las ciudades tienden a lo mismo. La sombra del capitalismo y el consumismo se cierne sobre ellas y tarde o temprano acaba por absorberlas y sumir a sus habitantes en tinieblas.

Yo por mi parte cada vez me iba adaptando más a las costumbres musulmanas. Poco a poco, iba observando detalles de los que antes no me percataba. Me llamaba muchísimo la atención como todo el mundo tenía una complicidad especial, de la que los europeos en general carecíamos. A simple vista pasa inadvertida, pero la gente sin conocerse se trata de una manera mucho más cercana, casi familiar. Es muy normal ver a chicos de todas las edades de la mano. Había muchísimos desconocidos a los que después de saludarles, con una simple mirada se les podía decir mucho más que con palabras, algo que me ayudaba mucho a comunicarme con la gente sin tener ni idea del idioma. En cada puesto de mercado, control militar, taxi o casa de huéspedes, siempre lo primero era el saludo y preguntar algo acerca de la otra persona. Todo esto, hacía que la vida en Asia Central fuera mucho más sencilla que en Europa para los viajeros, ya que la gente, no va a lo suyo. Era impresionante la cantidad de gente que me nos había invitado a su casa a tomar té o incluso a pasar la noche si no teníamos donde hacerlo, tras haber conversado tan solo un rato con ellos.

Ya llegando a la frontera con Tayikistán, nos detuvimos en un puente colgante a sacarnos una foto y cuando pasaron tres niños de entre 5 y 9 años, se unieron a ella. Nos preguntaron que de donde éramos (las preguntas básicas en ruso ya las entendía perfectamente) y tras contarles un poco el viaje, nos ofrecieron un lugar donde dormir en su pueblo, que se encontraba a un par de kilómetros. Tras acceder al ofrecimiento, les llevamos en coche hasta donde ellos nos dijeron.

El lugar al que llegamos no tenía desperdicio. Se encontraba en gran terreno dentro de un pueblo perdido en las montañas y era un antiguo centro de información política rusa medio abandonado, que debió ser muy importante durante la guerra, donde una señora nos ofreció un cuarto en el que probablemente no había entrado nadie desde entonces. La letrina (o agujero), que se encontraba en el exterior, se llevó la matrícula de honor al mal olor.

Durante la noche, me vi obligado a hacer una incursión desde la segunda planta del edificio, donde se encontraba nuestra celda, hasta el coche, que estaba en el patio trasero para coger una medicina. El miedo que pasé cruzando aquellos pasillos tenebrosos solo no se podía comparar con la de ningún bosque encantado en el que hubiera pasado la noche.

Por fin me metí en la cama soñando con lo que sería atravesar durante los días siguientes un país de 2 millones de personas en el que el 90% del territorio está ocupado por montañas de más de 5.000 metros de altura, por un camino que prácticamente no había recorrido nadie que no fuera de la zona. Los nativos llamaban a esa carretera “el techo del mundo”.

Por muy maravillosos que hubieran sido mis sueños, jamás hubiera podido imaginarme lo que iba a descubrir en aquel país…