18 al 23 de Mayo. Kazajstán, ¿Carretera…? A donde vamos no se necesita… carretera.
Monday, May 26th, 2008Llegué a la frontera a media noche y fue impresionante el cambio al pasar de la aduana rusa, que es la primera y tras pasar el tramo de territorio neutro, a la kazajstana. Los rasgos de la gente eran totalmente asiáticos. Todos muy morenitos, pero con ojos achinados, la mayoría bajitos y tremendamente amables.
Desde el primer momento, me di cuenta que la burocracia musulmana no tiene nada que ver con la europea. Lo primero que me llamó la atención, es que todos me daban la mano cuando me presentaba ante ellos. Ya fuera el de seguridad de la entrada, el capitán encargado de turno o el que fotocopiaba el pasaporte. El trato era infinitamente más personal que en el resto de las fronteras. Tras 4 horas de espera, de las cuales 2 me quedé dormido en una silla mientras arreglaban el papeleo, entré en Kazajstán.
Ya se veía algo de luz por el horizonte, que indicaba que en unos minutos se acercaría el alba, y como viajaba contra reloj para llegar a tiempo a mi cita con Manolo, decidí continuar conduciendo y no parar para dormir.
Para mi sorpresa, la carretera, aunque no era autovía, estaba perfectamente asfaltada y disfruté una barbaridad las primeras dos horas en las que contemplaba como el paisaje se iba volviendo cada vez más desértico a la vez que amanecía.
Pasados los primeros 200km y al ver que la carretera continuaba igual, me decepcioné un poco pensando que pasaría así los siguientes 1.700km hasta llegar a Uzbekistán. Paré en un pequeño poblado a comprar agua, lo cual no me fue posible por que no tenía ni denges (moneda kazaja) ni dólares. Me informé de si iba en la dirección correcta y un tipo me indico que sí, pero me llamó la atención que me dijera que la ciudad a la que me dirigía, que estaba a 400km, se tardaban unas 12 horas en llegar. A mi me sonó a coña y pensé que él iría en burro, que era el medio de transporte de todos los pastores kazajos.
5km después la carretera se convirtió en algo que no tenía nada que ver con la carretera que había hasta ese momento. ¡Parecía q hubiera habido un terremoto! Debía circular a 30 o 40km/h sorteando socavones de medio metro de profundidad y como diría mi amigo Alvarito: ¡saltándoseme los empastes!
Tras algo más de media hora, vino en dirección contraria una caravana de 3 camiones a los que detuve para preguntar si la carretera sería así hasta Kyzilorda, a lo que me respondieron que no, que más adelante empeoraría. Decidí tomármelo con filosofía y comprender que me esperaba un largo día esquivando socavones y sin pasar de 2ª y pasando por muchos tramos en que la carretera se convertía en un mar de piedras y rocas, muchas de ellas puntiagudas en las que rezaba por que no se me pincharan las ruedas.
Un buen rato más tarde, a lo lejos, vi una mancha blanca moviéndose a gran velocidad (comparado con la que iba yo), tras fijarme mejor con el teleobjetivo, observé que era una Toyota pick up que iba campo a través, o eso parecía. Evidentemente no se podía ir a esa velocidad por ese campo ya que era un desierto de piedras y arbustos, luego debía haber un camino paralelo a unos cientos de metros. Atravesé el tramo que me separaba del lugar por donde vi pasar la pick up. Mi felicidad no tenía parangón cuando vi aquel camino de arena perderse en el horizonte.
Resulta que Kazajstán, a parte de las pocas y malas carreteras que tiene en la zona noroeste, tiene estupendos caminos de arena que siguen la misma dirección que estas. La cosa mejoró infinitamente ya que podía circular a mis 70km/h de crucero y los caminos eran divertidísimos, y a demás ir por arena era tremendamente cómodo por que íbamos como flotando. Fui casi todo el camino escuchando a un grupo de quinceañeros mejicanos llamados “RBD” ya que por culpa de mi queridísima hermanita a la cual echaba de menos más que a nadie, tenía el ipod repleto de canciones suyas.
Ya a más de mitad de camino de Kyzilorda, y sin haberme cruzado con un solo vehículo, por hacer el mendrugo, me quedé atascado en una zona con barro. Al principio no le di mucha importancia más que por el tiempo que me haría perder, pero cuando vi que no había absolutamente ningún sitio donde agarrar el winche y no tenía más que medio litro de agua potable, me preocupé un poco. No por la situación, ya que sabía que en menos de 24 horas pasaría algún camión por la carretera que había a unos cientos de metros, si no por que me pudiera pasar eso en un lugar en el que no hubiera tal carretera. Me di cuenta de la inconsciencia que era ir sin agua por un lugar no transitado y alejado de civilización y me prometí a mi mismo que esto no volvería a suceder. Sin agua una persona normal puede aguantar algo menos de una semana quieta y a la sombra. Con un bidón de 20 litros de agua se podría aguantar más de un mes y sabía que esa podría ser la diferencia entre contarlo y no contarlo.
Fui caminando bajo un sol de justicia hasta la “carretera” donde no se veía ni oía nada mirara hacia donde mirara. Pensé en ponerme a caminar en la dirección a Kyzilorda, pero me pareció peligroso no encontrar nada y que anocheciera, ya que empezaba a entrar la tarde. Así que me senté a esperar. Media hora más tarde pasó un tipo con un 4×4 y cuando le conté mi problema se ofreció a ayudarme encantado de la vida.
Dicho esto, entre eslingas, winches y tirones conseguimos sacar el coche. Me regaló una botella de agua y me dijo que no se me volviera a ocurrir ir por ahí sin agua (el llevaba dos bidones de 5litros en el maletero). Me apuntó su dirección para que le mandara la foto que nos habíamos sacado y se fue. Yo me quedé un rato y emplee los últimos 10 litros de agua no potable en pegarme una ducha que necesitaba con urgencia. Cuando ya me estaba vistiendo, apareció un camionero encantador, que compartió su comida conmigo, me dio una botella de agua y recogió todo el cable del winche, eslingas y demás al ver que yo tenía las manos sangrando por los cortes que me habían producido los cables al manipularlos sin guantes. Una vez hecho todo esto, le regalé y una camiseta y continué mi camino.
Los kilómetros pasaban y solo había desierto a mí alrededor. Cuando se hizo de noche y se me empezaron a cerrar los ojos por el sueño, me alejé unos metros del camino y dormí unas horas. Era consciente que manolo llegaba aquella noche a Uzbekistán, pero no tenía manera de contactar con él para avisarle que no llegaría.
Tras descansar lo justo y necesario, continué hasta llegar a Kyzilorda, donde el primer tipo al que pregunté, se subió al coche conmigo y me acompañó a hacer todos los trámites necesarios (cambiar dinero, llamar a Manolo, etc). Conocía a todo el mundo, y ahí donde íbamos, contaba a la gente la historia del viaje y salían de los comercios para ver el coche y saludarme. En una ocasión nos detuvo un policía y nos dijo que como se nos ocurría ir con el coche así, que era motivo de multa. Mi compañero le dijo unas palabras y nos dejó marchar. Cuando nos fuimos y le pregunté que a que se refería el policía, me dijo que está prohibido llevar el coche sucio y que debería lavarlo lo antes posible. Finalmente me despedí de él y tras agradecerle muchísimo todo partí hacia Uzbekistán.
La carretera ya no era de Arena. Estaba asfaltada y frecuentemente me cruzaba con algún coche y camión. Continuamente debía detenerme, por que manadas de caballos, vacas, burros o camellos la habían invadido. ¡Todos eran salvajes! Los caballos se apartaban enseguida, pero las vacas por mucho que pitara les daba exactamente igual y la mayoría de las veces me tenía que bajar a azuzarlas. Los camellos, me miraban con cara impertinente y se quitaban cuando me acercaba a ellos. Los burros hacían honor a su nombre y se alejaban del coche, pero generalmente en la misma dirección a la que yo me dirigía y sin salir de la carretera. Muchas veces los animales se guarecían del sol en las paradas de Autobús, que solía haber cada 20km y eran construcciones de adobe pintadas con dibujos y adornos. También debía detenerme de vez en cuando para quitar una tortuga de la carretera y muchas otras veces esquivarlas por verlas tarde. Continuamente cruzaban hurones delante de mí y si frenaba para verlos se escondían raudos en sus madrigueras.
El paisaje siempre muy similar y los pueblecitos tremendamente sencillos. Un pozo y casas de adobe o ladrillo. Todo el mundo encantador sin excepción. Sonrisas y saludos en cada lugar que pasaba y jamás me pedían nada, salvo un niño que me pidió comida en una ocasión y le preparé un montadito de jamón que devoro con una enorme sonrisa en la boca.
Cada 100 ó 200km solía haber puestos de policía. Siempre me daban el alto y cuando me detenía, venían a saludarme dándome la mano y me preguntaban un poco donde iba, etc. Después de charlar 5 minutos con ellos, me preguntaban muy amablemente, si tendría algún presente para el oficial de más alto rango que se encontrara en el momento. En una ocasión regalé un mechero, en dos una camiseta y en otra un panfleto explicativo del viaje. Siempre se quedaban contentísimos y lo agradecían enormemente.
Continué conduciendo el resto del día y al ver que sería imposible llegar a la frontera uzbeka antes de las 20:00 que cerraba, me lo tomé con calma. Vi junto a la carretera un río donde había unos jóvenes bañándose y como hacía tanto calor, pensé que dos días seguidos duchándome tampoco estaría de más, así que me detuve a bañarme con ellos y aproveché para hacerla colada y llevar la ropa después colgando de la baca, con el gato a modo de pinza para que se secara.
Paré a dormir a unos 50km de la frontera y por primera vez en muchos días, lo hice en la Maggiolina. Estaba disfrutando muchísimo de mi paso por Kazajstán, me encantaba el carácter de la gente, los caminos y todos los animales salvajes que poblaban los campos. Eché de menos haber tenido un poco más de tiempo para detenerme con tranquilidad y vivir más la vida de ahí. También echaba de menos sentarme bajo las estrellas bajo una hoguera en verdes prados… pero aquellos días no había tiempo para eso. Cuando no estuviera conduciendo o empapándome de cultura, debía estar descansando.
Al día siguiente tras madrugar para entrar pronto en la aduana, estuve 3 horas de reloj completamente perdido, siguiendo las indicaciones de la gente, que parecía no tener ni idea, y llegando siempre a carretera cortadas por grandes rollos de alambres de púas. Aquella mañana, por ir un poco más rápido de la cuenta en un par de carreteras, Andrés se volvió a empezar a calentar. Mal asunto. Ya no llevaba puestos los faros, lo que quería decir que el coche tenía un problema. Encima con el calor que hacía decidí poner el aire acondicionado y se había estropeado. La polea que se encontraba bajo el capó y accionaba el mecanismo se atrancaba cuando ponía el aire y frenaba la correa del ventilador, así que preferí no tocarlo y pasar un poco de calor.
Continué por un camino de tierra que se supone llegaba a la frontera y me crucé con un mercedes donde iban dos policías. Me sacaron el brazo a modo de alto y yo que iba un poco rápido me hice el longguis. Observé por el retrovisor como daban la vuelta y me detuve en seguida. Yo que estaba ya hasta el gorro de dar vueltas, me bajé del coche y en cuanto llegaron les expliqué sin dejarles mediar palabra que llevaba 3 horas dando vueltas, que la gente parecía que me estaba tomando el pelo y que llevaban desde las 8 de la mañana esperándome el la frontera para entrar en Uzbekistán. Los dos se empezaron a reír y me dijeron que no me preocupara. Uno de ellos se subió conmigo en el coche y me dijo que el me llevaría.
Con aquel policía encantador llamado Boria, me dirigí a la frontera, que se encontraba a unos 30km en dirección completamente opuesta a la que llevaba. Estuve hablando mucho con él, sobre todo de su religión y sus costumbres. Al llegar junto a la frontera un policía le dijo que no podría pasar con el coche así… ¡había que lavarlo! ¡Y Manolo ahí esperándome! Menos mal que Boria me llevó a un sitio de unos amigos suyos donde no solo lo lavaron, lo dejaron impecable.
Me dijo que a esa hora iba a tirarme medio día para entrar en la frontera y atravesar el primer control, así que me acompañó hasta ahí y tras decirle unas palabras a los guardias fronterizos, me saltaron la larguísima fila de coches y crucé el primer control sin siquiera bajarme del vehículo. Me dejó directamente donde examinaban el coche. Le di una camiseta y nos despedimos con un fuerte abrazo.
Al llegar, todo fue como de costumbre, salvo por lo bien que me llevé con el capitán encargado del puesto. Desde que llegué nos pusimos a hablar y así pasamos la siguiente hora y media mientras revisaban el coche, perros, etc y arreglaban el papeleo. Había que pagar una tasa en un banco del pueblo donde se encontraba el puesto fronterizo y muy amablemente mandó a un soldado a pagarlo y venir con el recibo. Estuvo conmigo mientras rellenaba todos los documentos necesarios.
Hablamos sobre todo de su país y sus costumbres, y le dije como a la gente de mi país, ya solo el nombre de Kazajstán le atemorizaba. El no lo entendía y me decía que su país era un lugar en el que cualquiera podía detenerse con el coche absolutamente en cualquier sitio y que jamás nadie le haría nada. No existía mafia, guerrilla, grupos armados ni nada que se le pareciera. Solo había gente sencilla y mucho desierto. Me explicó el deber que tenían los musulmanes de ayudar al necesitado en cualquier situación. Me chocó mucho cuando me dijo que su presidente era una bellísima persona y todo el mundo le quería. Me dijo que era como el padre de todos. A mi me hizo gracia comparar aquello con la situación política española. Me preguntó acerca del terrorismo en España y de cómo nos afectaba, y le expliqué que solo había atentados en momentos muy puntuales y que era más un tema más político. Que aunque ETA hacía muchísimo daño, nadie se quedaba en su casa jamás por miedo a un atentado ni caminaba por ningún sitio preocupado por que volaran un coche cerca de él. Al menos fuera del País Vasco.
Después de terminar con todo y que me fueran a dar paso a la “zona de nadie” y posteriormente a la frontera uzbeka, me dijo que de ahora en adelante mi nombre kazajo sería “CONGRAT” y no dudara en llamarle si volvía a su país. La historia del nombre era tremendamente larga y compleja, pero me encantó.
Recorrí con mi nuevo nombre kazajo los metros que me separaban de la frontera uzbeka y al llegar más de lo mismo. Todos daban la mano y tremendamente amables. Tras rellenar todos los papeles me dieron la fatal noticia. Sin perder la amabilidad, el encargado del puesto me dijo que no podría entrar en Uzbekistán ya que mi visado no entraba en vigor hasta el día 1 de junio, 7 días después. Hablé con Manolo que se encontraba tras la frontera y consiguió llegar hasta donde yo estaba con un amigo uzbeco que se había echado y en casa del cual había dormido. Lo intentaron arreglar de todas las maneas posibles pero no hubo manera, ni siquiera sobornando. Teníamos un grandísimo problema, ya que en Uzbekistán debía sacar mi visado para Tayikistán y Pakistán y si no podía entrar, todo se complicaba muchísimo.
Había una posibilidad solo que muy compleja. Era que entrara yo en Kazajstán de nuevo y de alguna manera le hiciera llegar a Manolo mi pasaporte, que junto al que ya le había entregado, intentaría presentar al día siguiente en los consulados pertinentes e intentar conseguir una visa de entrada en Uzbekistán para ese día y también mi visado para Tayikistán y a ser posible el de China y Pakistán. Esa idea, que no era mala, implicaba varios problemas. El primero era como hacerle llegar mi pasaporte a Manolo a través de las dos fronteras y el segundo era el quedarme en Kazajstán sin pasaporte, ya que si me paraba cualquier policía, lo cual era muy frecuente, o tenía algún problema, me podía meter en un buen lío.
Solo podía recurrir a una persona para que me ayudase… ¡“Congrat”!.
Volví al puesto Kazajo y apareció el capitán sonriente, y dándome un abrazo me preguntó lo que había pasado. Decidí explicarle toda la situación, y nuestro problema con pelos y señales. Se quedó tremendamente dubitativo y tras pensarlo un momento mirando mí pasaporte me dijo que por supuesto que me ayudaría pero que la cosa era delicada. Me informó que el podía llegar con mi pasaporte sin problema hasta el puesto Kazajo y entregárselo a Manolo. Nadie le pediría explicaciones, pero de ninguna manera podía estar un extranjero en Kazajstán sin pasaporte. No por que no pudiera hacer la vista gorda y dejarme pasar, si no por los problemas que me podría acarrear un control de policía o cualquier situación en la que me tuviera que identificar.
Tras pensarlo detenidamente, me dijo que se le había ocurrido algo. Él me podía autorizar a estar hasta el día siguiente en el espacio comprendido entre ambas fronteras, en tierra de nadie. Ahí podría estar sin pasaporte, pero no me podría mover hasta que Manolo me lo trajera. Le dije que no habría problema, que en el coche tenía todo lo necesario para dormir, cenar, etc. El me dijo que entonces se haría así, y que si durante la noche necesitaba cualquier cosa, el dejaría aviso para que los vigilantes del puesto kazajo me la consiguieran.
Dicho esto se fue a llevarle mi pasaporte a Manolo y yo me asenté con Andrés entre ambas fronteras, donde organicé todo como si de una tarde cualquiera se tratase. La única diferencia es que en esta ocasión, centenares de ojos curiosos me observaban al pasar.
Al día siguiente, Manolo llegó justo antes que cerraran la frontera. Me informó que no le había sido posible conseguir mi visa para entrar en Uzbekistán, pero tenía una para entrar él en Kazajstán y nos había sacado una a cada uno para cruzar a Kyrguistán. De ahí podríamos cruzar a China o en caso que no se pudiera, a Pakistán.
Me contó que había pasado los últimos 3 días con una familia Uzbeca. Le acogieron como a uno más, esforzándose en sobremanera para solucionar el problema de los visados y llevándole y trayéndole al aeropuerto y a la frontera todos los días. Resaltó el comportamiento de SANJAR ABDURAXMONOV, un muchacho de 16 años que le hizo de intérprete y guía durante 15 horas diarias. Su honestidad y su gran madurez para resolver todo le dejó impresionado y se ganó una invitación en toda regla a España.
Ya con todo el papeleo resuelto para entrar en Kazajstán, le cedí la batuta de mando a Manolo y me acomodé en el asiento del copiloto. Recorrimos los kilómetros suficientes para encontrar un caserón con un gran garaje, que en un futuro será un restaurante de carretera, donde Manolo en unos segundos consiguió que nos prepararan una cena estupenda y nos acogieran para dormir. Tras una reconfortante ducha en el garaje con un par de baldes de agua, ante unos curiosos ojos que observaban tras la rendija de la puerta, preparamos nuestra ruta para los siguientes días. Nos dirigiríamos a Almati (la segunda ciudad más importante de Kazajstán) de la que nos separaban 750km. Se encontraba junto a la frontera con Kyrguistán y el lunes arreglaríamos ahí lo del visado de china y el de Pakistán. El plan era atravesar Kyrguistán, un país tremendamente montañoso y acceder a China a través del Paso del Tourugart, que era uno de los pasos de más complejo acceso debido a su meteorología y sus peculiaridades. Habríamos de circular entre desfiladeros durante tres días por alturas superiores a los 4.000 metros de altura.
Al día siguiente, partimos rumbo a Almati, deteniéndonos en los pueblos más pintorescos del camino. En uno de ellos, que era el acceso a una maravillosa reserva natural, Manolo escuchó una música proveniente de una casa de las afueras del poblado y al pasar por delante y ver que era una boda, insistió en que me bajara para tomar unas fotos. Yo le hice caso muy en contra de mi voluntad y tras saludar a un par de personas en la puerta saque la cámara. A pesar de intentar que aquello fuera disimulado, causó un gran revuelo. Vi como un tipo con un gorrito que se encontraba al fondo del patio donde estaba la música y la comida, al verme, echó a correr hacia a mí. Estaba convencido que me iba a llamar la atención por las fotos y ya me estaba inventando una película para contarle, cuando al llegar hasta mí, me saludó muy educadamente y me abrazó pidiéndome que pasara. En ese momento llegó Manolo que ya había aparcado el coche, saludando a todo el mundo como Pedro por su casa. Nos presentaron a los novios y a la familia, e inmediatamente nos hicieron un sitio en la alfombra donde estaba alguna gente sentada tomando té y nos trajeron comida y bebida en abundancia.
La tertulia fue interesantísima. A nuestro alrededor había un músico Kazajo de renombre y un ex-nadador que había participado en dos Olimpiadas y había conocido a unos españoles que le habían enseñado a decir “vino y tabaco”. También había dos personas que aseguraban haber visto en una ocasión a un grupo de tres “hombres de las nieves” (jettis) y que nos hicieron una detallada descripción de estos con gran entusiasmo y nos informaron que habían salido en la televisión hablando de ellos. También habían otras personas emparentados con el novio o la novia, con los que estuvimos comentando los aspectos de nuestras diferentes culturas. Descubrí varios sabores nuevos que me sorprendieron gratamente. Comí caballo por primera vez en mi vida y Manolo acabó disfrazado de Kazajo. Nos hicimos varias fotos con las distintas generaciones y también sacamos una gran bandera de España que tuvo mucho éxito. Todos nos trataron con una amabilidad y una hospitalidad que me dejaron impresionado.
Debo resaltar lo mucho que me impactó ver las grandes diferencias que hacen los musulmanes entre los hombres y las mujeres. Cuando llega una mujer, aun que sea mayor, jamás deja uno de comer, ni la saluda. Siempre comen ellas por separado y siempre después de haberles servido a ellos y haber recogido todo. En el momento que se pacta el compromiso de boda entre un hombre y una mujer, cosa que por supuesto hacen los padres y para lo que jamás se tiene en cuenta a la pareja, la mujer es entregada a la familia del novio, y desde ese momento, entra a formar parte de ella y tiene el deber de servirle de por vida. Me dejó horrorizado el enterarme que los musulmanes jamás se dan besos en la boca, ya que no están relacionados con la sexualidad, si no con algo impuro. Por supuesto, una mujer jamás entra en una mezquita.
Continuamos rumbo a Almati y nos detuvimos a cenar en un lugar increíble que encontramos de camino. Se trataba de una haima que había frente a la casa de una familia musulmana, tenuemente iluminada y adornada con alfombras y cortinas. Nos prepararon un cordero a la brasa y nos dieron una leche de yegua fermentada llamada Kumys, y tras unas fotos y charlar un rato con ellos, nos dirigimos a dormir a un hotel cercano, trayecto en el cual misteriosamente extravié mi trípode.
Al día siguiente, condujimos hasta Almati, y en el trayecto nos detuvimos en uno de los inmensos prados de flores, donde dos jóvenes estaban elaborando miel. Transportaban en un camión decenas de panales de abejas, que colocaban en medio de los campos de flores, donde miles y miles de abejas trabajaban. Nos estuvieron explicando todo el proceso de la miel y me sorprendió que las abejas sean capaces de volar más de 70km para encontrar flores y hacer varios viajes al día si es necesario. Evidentemente no pude resistir la tentación de abrir un panal para coger miel y me llevé un picotazo de abeja en el brazo. El joven que más se río y que insistía en que el veneno de abeja era estupendo para el organismo, se llevó acto seguido un picotazo en la oreja que no le hizo ninguna gracia. Nos regalaron dos bastidores de cera del panal completos, repletos de miel pura, y nosotros les correspondimos con una cerveza y una ración de chorizo, que les dijimos que era de cabra, ya que los musulmanes no pueden comer cerdo.
Continuamos nuestro camino hasta Almati, donde después de pasear para conocer la ciudad, que ya estaba bastante capitalizada y no nos llamó nada la atención, conseguimos que nos acogieran en una especie de residencia estudiantil, donde había que pagar por ducharse y si uno se sentaba en la cama con mucho ímpetu, podía hacerla abatible.
Al día siguiente tras un sinfín de vueltas por la ciudad y trámites burocráticos, no fuimos capaces de resolver absolutamente nada. EL visado de Pakistán nos tardaba una semana y para meter el coche en China necesitábamos una invitación especial imposible de conseguir ahí, con lo cual tuvimos que dirigirnos a Kyrguistán, el país vecino, para ver si en la capital podíamos solucionar todos los trámites.
Con Manolo el ritmo de viaje era mucho más ágil. Se avanzaba mucho más, ya que preveía las Jaimitadas y por lo tanto, las evitaba. A demás al ir dos personas, muchos trámites se hacían el doble de rápido. A parte que jamás había conocido a una persona y con tanta labia y desparpajo.
En los días anteriores Andrés se había seguido calentando, lo cual a mi me preocupaba muchísimo, pero hasta que no llegáramos a un lugar en el que nos pudieran resolver la entrada a China, no teníamos tiempo de detenernos a arreglarlo. A parte, que Manolo era ingeniero y me decía que no me preocupara. Lo del aire acondicionado no tenía tanta importancia ya que aun que hacía bastante calor, en pocos días estaríamos cruzando el Himalaya, y por tanto no sería necesario repararlo hasta más adelante.
Manolo, que sabe bastante a cerca del Islam y las costumbres musulmanas, disipó algunas de mis dudas acerca de su hospitalidad. Me explicó como para la mayoría de ellos, el que un extranjero como nosotros llegara a su casa y comiera en su mesa era un honor, y que nuestra manera de agradecérselo debía ser seguir su protocolo, conversar con ellos y ser amable.
Hay costumbres muy curiosas que se aprenden en seguida, como que nunca se entrega nada con la mano izquierda (cuando se entrega un obsequio o se saluda, siempre debe ser con la mano derecha y la izquierda se pone por debajo o se la lleva uno al corazón). El té tampoco se debe servir tal y como lo traen, si no que se debe verter un poco primero en cada tazón y tras removerlo dos veces tirar el contenido. Después se debe llenar tres veces el tazón y enseguida volver a vaciar el contenido en la tetera. Después ya se puede servir el té con normalidad a cada persona que haya en la mesa, siempre en orden y en el sentido de las agujas del reloj.
Ofrecerles dinero por su hospitalidad, lo toman como una deshonra, y como mucho, se les puede obsequiar con algo, lo cual valoran muchísimo.
Aun que como concepto lo entendiera, no terminaba de entrarme en la cabeza como eso podía estar tan generalizado. Me imaginé como actuarían los anfitriones de una celebración privada en España si un morenito de la otra parte del mundo se colara a hacer fotos en su fiesta…
Partimos rumbo a Kyrguistán un tanto preocupados. Si no nos era posible solucionar al día siguiente nuestro problema de entrada en China, tendríamos que dar un rodeo por Afganistán y Pakistán. A demás contábamos con un nuevo compañero de viaje. Se trataba de una especie de pelota de golf que me había salido justo donde la abeja Maya había firmado su sentencia de muerte al clavarme su aguijón.