14 – 19 de Mayo. Rusia. Mal asunto…
Monday, May 19th, 2008Unos kilómetros antes de llegar a la frontera Rusa, siendo ya de noche, me detuve para cenar en un restaurante de carretera donde nadie hablaba ningún idioma que no fuera ucraniano. Estuve un rato intentarles explicar por gestos a la cocinera y las dos camareras que quería cenar algo típico ucraniano. No había manera. Primero pensaban que quería ir al baño y después que tenía mocos (por intentar similar un cerdo). Cuando imité a una gallina para ver si había pollo pensaron que estaba loco. Se partían de la risa. Finalmente terminamos dibujando en un papel lo que iba a cenar, y como no había nadie, a parte del personal y yo, acabamos cenando todos juntos.
Después de la cena, me detuve en una gasolinera para preparar toda la documentación que me iban a requerir en la frontera. En dicha gasolinera me encontré a unos jóvenes ucranianos muy divertidos con los que estuve un rato charlando. Hablamos del viaje, de lo que hacía cada uno de ellos… la verdad es que para ser niños bien, con buena educación y con dinero, eran bastante paletos. Al irme me regalaron un CD de música Techno y yo tuve que corresponderles con uno mío. Bueno mío… vale, regalé un regalo. Lo siento Blanca.
La frontera fue de no creer. Tuve que detener el coche para que lo inspeccionaran en 4 controles distintos. Por supuesto con perros y demás. Llegado al tercero, alguien avisó por radio y me hicieron volver al primero. Ahí me hicieron bajar del coche y varios militares me indicaron que me dirigiera a un lugar donde me pusieron un papel delante y me dijeron que lo leyera detenidamente y respondiera sí o no. En el documento ponía que aseguraba no llevar drogas ni armas en el coche.
Les conté lo del gas antiviolador que llevaba en la guantera y me dijeron que no había problema, pero que si no llevaba drogas. Les dije que no y me preguntaron que si estaba seguro, tremendamente amenazadores. Antes de que les respondiera de nuevo, me dijeron que sabían que había estado con unos chicos en la gasolinera y que esos chicos estaban consumiendo marihuana. Se me escapó la risa.
La conversación duró media hora larga. Finalmente, tras convencerles de que en el coche no había ni un cigarrillo, acabamos hablando del viaje, los sitios por los que había pasado y lo que me quedaba por delante. Les regalé un panfleto a cada uno y se quedaron encantados. Aproveché para preguntarles acerca de las mafias en Rusia y el tema de dormir en el campo y se echaron a reír. Me dijeron que en Rusia no pero que ojo en Kazajstán. Y ahí fue cuando me eché a reír yo. Les expliqué como a partir de servia, en cada frontera que preguntaba por la seguridad en su país, me decían que no había ningún problema con cara de ofendidos, pero que mucho cuidado con el país siguiente. Me pregunté si los afganos dirían eso en la frontera… “no problem in Afganistán Man! But be careful whith Pakistán…!” ¡Jaja! Evidentemente no iba a comprobarlo.
Me obligaron a sacar un seguro de coche a Andrés para nuestra estancia en el país, lo cual me dejó bastante tranquilo ya que no tenía claro que mi seguro me cubriera en Rusia.
En la última barrera, la que ya e abren para entrar en Rusia, la tomo conmigo un agente gay de unos 50 años asqueroso. No hacía más que desnudarme con la mirada y decirme que quería ir a dormir conmigo. Yo evidentemente le dije que no hablaba ruso y que lo sentía, pero él, hacía amago de meterme mano y yo se la quitaba. Finalmente me despedí diciendo que tenía prisa y me dejó marchar.
Ya en Rusia, me dirigí hacia Kursk y en seguida un control de policía. Revisión de costumbre, papeles y el policía se quería llevar mi foco de luz. Le dije que ni hablar y me dijo que me pagaría. Yo le decía que no y al final ya un poco mosqueado, cogí la cámara a modo de amenaza y le dije que era periodista. Me devolvió el foco y me dijo que continuara.
Siendo ya las 3 de la madrugada, estaba que me caía de sueño y me desvié de la carretera en busca de algún caminito de campo. Encontré uno en seguida. Era por un prado de césped muy amplio que cruzaban unos árboles al final. Al llegar a esos árboles, crucé por un hueco que había entre ellos y noté que las ruedas del coche comenzaban a patinar. Ni siquiera me moleste en pasas o no pasar, detuve el coche y me quedé profundamente dormido.
Me desperté temprano y hacía un día frío pero de mucho sol. Necesitaba una ducha con urgencia y no me lo pensé dos veces. Lo primero que hice fue dármela, y por cierto casi me congelo. Hacía un vientecito, que en contacto con el agua fría, congelaba hasta los huesos. Después probé a mover el coche, pero estaba atascado, así que me vestí y me fui a buscar ayuda.
Encontré a una pareja de señores mayores tumbados frente a su Lada Niva a unos dos kilómetros de donde yo estaba. Habían hecho una especie de picnic y ni él ni ella llevaban pantalones. Esto no parecía incomodarles en absoluto, y me dijeron donde podía encontrar un tractor que me ayudara. Cuando me dirigía hacia ahí el señor mayor me alcanzó y me dijo que si quería me echaba el una mano. Para lo único que sirvió su mano fue para llenarme de barro hasta los ojos y dejar el coche mucho peor de lo que estaba. Después de intentar tirar con su Lada de Andrés (no funcionó), se empeñó a podar un árbol con un hacha del tamaño de un llavero y enganchar ahí el winche. No le dije que yo tenía una más grande para ver si así se desanimaba, pero sorprendentemente con esa ridiculez, cortó todas las ramas mucho más rápido de lo que lo habría hecho yo con la mía. Después de que eso tampoco funcionara ya que los árboles estaban a un lado y no de frente, desapareció.
Me dirigí al lugar que me había indicado y un hombre gordo y arisco bajó de un tractor para que le acompañara en su coche hasta donde estaba Andrés, ya que me dijo que con el coche sería suficiente y que no era necesario un tractor. Evidentemente volvió a pasar lo mismo que antes y volvimos a por el tractor.
Era una máquina de principios de la segunda guerra mundial, que en lugar de ruedas tenía orugas (como las de los tanques). Unos metros antes de llegar al coche, cogió una roca grande por mal sitio y se le salió una de ellas. Pasamos las siguientes dos horas reparándolo. Fue divertido y además aprendí un montón. El tío era torpe, pero un manitas. Se había fabricado un motor que arrancaba con un cordón de zapatos y alimentaba con una botella de agua con gasolina. Este motor substituía al motor de arranque del tractor, que debió morir a principios de los 60. Finalmente conseguimos arreglarlo y sacamos a Andrés del fango.
Llevaba toda la mañana meditando como solucionaría mi problema con el visado de Uzbekistán. Me habían dado la entrada a partir del 1 de junio y yo llegaría el 20 de mayo, así que con el visado que tenía no me dejarían pasar. Había pensado desviarme de mi ruta en Kazajstán y pasar por Almati, donde hay consulado, pero era dar un rodeo de unos 1.500km y no sabía como serían las carreteras. Finalmente decidí en lugar de eso, dar el rodeo en Rusia y pasar por Moscú, que eran solo 1.000km más y sabía que la carretera aunque no fuera muy buena, al menos sería aceptable.
Partí rumbo a Moscú y en la primera gasolinera que vi, paré a llenar el depósito. Que alegría me llevé cuando me dijeron que ¡eran 50€! La gasolina costaba 60 céntimos por litro.
Un poco más adelante, recogí a un auto-estopista. Era ucraniano y tocaba la guitarra en un grupo de música punk. Iba a una ciudad que se encontraba a medio camino de Moscú, así que no me importó llevarle. Se pasó casi todo el rato durmiendo o tarareando la música. Al llegar a su destino, cuando pensaba que me iba a ofrecer dinero y ya le estaba diciendo que no se preocupase, me dijo sin ni siquiera haberme agradecido el paseo, que si le daba algo de dinero para el Bus y un par de cosas que tenía que hacer. Estuve apuntísimo de decirle que por supuesto pero que si no le importaba bajarme mi bolsa donde tenía el dinero del maletero. Cuando estuviera abajo, saldría zumbando con su maleta dentro por supuesto y hacerle correr unos cientos de metros. Me debo estar haciendo mayor, pero simplemente le dije que no y que suerte en el concierto.,
Un poco más adelante encontré en mi camino un camión que se había quedado atrancado en la mediana al intentar hacer un cambio de sentido y estaba pidiendo ayuda. Le enganche dos eslingas y con la reductora conseguí sacarle. El conductor, que era encantador, me lo agradeció enormemente.
150km antes de llegar a Moscú paré a cenar y a dormir. Me sorprendió lo bien que se cenaba en los lugares que había por la carretera. La impresión que me habían causado los rusos hasta el momento, fue que a pesar de ser tremendamente bruscos eran amables en su mayoría. Eso sí, tenían muy poca paciencia y eran tremendamente fríos.
Al día siguiente llegué a Moscú por la mañana y gracias a un tipo que encontré a la entrada de la ciudad, que me explicó como llegar a donde iba y me regaló un plano de la ciudad. Me avisó que los viernes eran muy mal día para moverse en coche por la ciudad por el tráfico, y cuanta razón tenía. Tardé tan solo 2 horas en encontrar la misma calle del consulado de Uzbekistán pero con una letra diferente.
Resulta que el amigo se había equivocado, y gracias a dos joyeros libaneses que me vieron perdidísimo y decidieron ayudarme, conseguí llegar a la otra punta de la ciudad en tan solo dos horas más. Tuvieron que hacer varias llamadas para resolver lo de la calle y estuvimos hablando mientras tanto acerca de la religión musulmana y su deber de ayudar al necesitado. Una vez más una muestra de ayuda desinteresada con religión de por medio. Me dieron su teléfono para que si tenía cualquier problema en la ciudad les llamara.
Estuve la mayor parte del día en el consulado con un tipo encantador de Uzbekistán que se llamaba Sergio y vivía en Sevilla. Me estuvo contando muchas cosas acerca de su país y cada vez tengo más ganas de conocerlo. Me dio su teléfono para que le llamara al llegar a Tashkent. Me dijo que el estaría ahí y que si lo necesitaba tenía un apartamento vacío en la ciudad que me dejaría con mucho gusto.
Finalmente no me pudieron solucionar absolutamente nada y salí del consulado igual que había llegado. No contaba con esa posibilidad y estaba algo preocupado. A pesar de haber perdido un día y haber dado un rodeo de 1000km (o eso pensaba yo) para pasar por Moscú, seguía sin tener resuelta mi entrada en Uzbekistán.
Pasé el resto de la tarde paseando por Moscú. ¡Que maravilla de ciudad! Es magnífica, gigantesca y con edificios preciosos. La plaza roja me encantó. Finalmente y tras hablar con Manolo decidí intentar resolver lo del visado en la misma frontera. Si me decían que no, perdería una noche y un día en ir al consulado en Almati.
Partí rumbo a Samara, penúltima ciudad antes de la frontera con Kazajstán, que se encontraba a unos 1.200km de Moscú. Un par de horas después y ya entrada la noche me metí por un caminito de tierra para buscar algún sitio para dormir.
Tras un par de kilómetros encontré el lugar perfecto. Muy resguardado y sin barrizales cerca. La única pega es que daba muchísimo miedo. Todo estaba tremendamente oscuro y lleno de árboles con formas grotescas. Todo tipo de ruidos de animalillos y con alguno me dio la impresión de que alguien se acercara. Cuando por fin me metí en la tienda y en el saco, con el machete a un lado y el hacha en el otro, se me quitaron las preocupaciones y caí profundamente dormido.
Al día siguiente cuando me desperté, tiré todo lo que había dentro de la tienda junto al coche para colocarlo después. Todo excepto el móvil, que lo usaba como despertador y que lo dejé sobre mi puerta pensando “Jaime, cada vez que dejas algo encima del coche lo acabas olvidando”. Desoyendo a mi sentido común ahí lo deje hasta que tuviera todo recogido.
Vi unas nubes negras cargadas de agua a lo lejos. Por suerte venían del lado contrario al que yo me dirigía.
Enfilé la carretera A5, la que me llevaría hasta mi destino, sabiendo que me esperaba un largo día sin parar de conducir, ya que mi intención era llegar aquella noche a Samara.
200km más adelante, vi en un pueblo una tienda de móviles y recordé que debía comprar una tarjeta para llamar a casa… justo en el mismo instante que no recordé haberlo cogido de encima de mi puerta. Busqué y rebusqué por todos sitios, pero sabía perfectamente donde estaba. Debía haberse caído del coche poco después de salir del lugar donde dormí. Tras meditarlo unos minutos decidí volver a por él ya que era poco probable que laguen lo hubiera cogido.
Camino de aquel lugar, vi un coche de policía detenido en el arcén al principio de una larguísima recta. Dentro había un agente mirando con unos prismáticos y me llamó la atención ¿qué miraría? Imaginé que estaría mirando las nubes negras que había un poco más adelante. Justo hacia donde yo me dirigía.
Poco después comenzó a llover como no había llovido hasta el momento en ningún lugar por el que hubiera pasado y así continuó hasta que llegué al sitio exacto donde había pasado la noche. Me puse el chubasquero y tras unos minutos buscando encontré mi móvil sobre la huella de Andrés unos metros tras de él. Lo había pisado y encima estaba empapado. Pero funcionaba a la perfección, así que contentísimo, me subí al coche y volví a coger la carretera rumbo a Samara.
No paraba de llover y llevaba ya un buen rato detrás de un camión a dos por hora, cuando en una recta larguísima en la que no venía nadie de frente decidí adelantarlo a pesar de que no hubiera raya ni continua ni discontinua. Cuando estaba terminando de realizar la maniobra comprendí lo que hacía aquel policía con los prismáticos.
Me dieron el alto y me detuve. El mismo paripé de siempre. Me hicieron subir al coche patrulla y me informaron que me retirarían el permiso de conducir y que lo podría recoger a partir de septiembre. Bla bla, bla bla y al rato me dijeron que se podría solucionar con 200€. Me negué en rotundo y ahí me dejaron 15 minutos, metido en el coche y sin opción a moverme. Decidí contarles una milonga y les dije que era “Journalist” (periodista) y que yo no tenía ni un duro, que me dirigía a Afganistán a cubrir un reportaje y que ganaban más ellos que yo. A ambos se les cambió la cara. Les dije que me dejaran ir al coche un momento, donde cojí la cámara de fotos y una camiseta para cada uno. Aceptaron gustosos la camiseta, pero me dijeron que nada de fotos y que podía partir.
No dejó de llover ni un momento, y continué conduciendo hasta altas horas de la madrugada. No recuerdo que nunca me hubiera costado tanto conducir nada como a Andrés en esas condiciones. La carretera, que era penosa, estaba completamente encharcada, y cuando venían vehículos de frente, me obligaban a meterme en mi carril, donde encarrilaba con las ruedas las huellas los camiones, lugar por el que la carretera esta varios centímetros más baja por el desgaste, y donde el coche hacía aquaplanig por la acumulación de agua. Encima el volante tenía una pequeña holgura que normalmente no molesta mucho, pero en ese momento lo hacía casi incontrolable.
A demás de todo eso, la mayoría de las carreteras no tenían raya en medio, por lo que simplemente se adivinaban dos grandes carriles, uno para cada lado en el cual cada uno hacía lo que se le ocurría o lo que podía para no estrellarse con los demás. En los lugares que había raya de separación era muy gracioso por que de repente se veía como la linea blanca dejaba de ser recta para trazar una curva que se metía en uno de los carriles. Esto sucedía por que las líneas las pintaba un camión que circulaba por entre los dos carriles con un tipo sentado en la parte trasera que le daba a la pistolita y pintaba. Evidentemente a veces llegaba un despistado que no veía al camión y éste tenía que quitarse de en medio para no llevárselo por delante. Hasta que el de detrás soltaba el gatillo, solía dejar constancia del volantazo.
Cuando ya me tuve que detener por que apenas me quedaba gasolina y necesitaba cambiar euros a Rublos para poner, encontré en el arcén a un tipo junto a su camión, empapado, haciendo señales para que le ayudaran. Me detuve junto a él y me dijo por gestos que se le había roto el motor y que debía ir a 5km de ahí. Le enganché una eslinga y le dije que yo le remolcaría. Un par de kilómetros más adelante, cuando llegó la primera bajada, el tío inepto no frenó y empezó a acercarse a mí, lo que hizo que se le enganchará la eslinga a la rueda y la partiera, después de destrozarle su parachoques. Me bajé y de buenas maneras le expliqué que debía frenar en las bajadas para que no volviera a suceder aquello. Le hicimos un nudo y continuamos.
Tuve que detenerme otras 7 u 8 veces para hacer nudos e intercambiar eslingas en el resto del trayecto, que no eran 5km, si no 50, y después de eso ya si que no me quedaba nada de gasolina. Sabía que aun me quedaba algo en el depósito auxiliar, pero antes debía meterme debajo del coche a cambiar el manguito, y con la que estaba cayendo no me sentía capaz. Me iba a quedar tirado en cualquier momento, así que invertí mis últimos 500 rublos (15€) en cenar algo y poner 15 litros de gasolina.
Que diferentes eran las carreteras por el día y por la noche. Durante el día predominaba el paisaje, un tanto monótono pero muy agradable. Llano en general, con amplísimas y verdes explanadas y lleno de árboles entre una y otra.
Por la noche sin embargo, las carreteras cobraban vida. La mayor parte de los vehículos que circulaban por ellas eran camiones, y están llenas de lugares para comer algo rápido y continuar. Así pues, cada 100km aproximadamente, se transformaban en largas avenidas con decenas de casetas iluminadas a los lados. Cada caseta tenía una pequeña barbacoa de leña en la puerta y un minúsculo cobertizo para comer. Daban carne a la brasa, ensalada, sopa y café. Todo estaba riquísimo.
El ambiente que rodeaba a estas casetas era tremendamente oscuro, casi tenebroso. De lo más “underground”. Suponía que en su interior habría todo tipo de contrabando. Cuando te introducías en ellas todos eran tremendamente amables, y aunque a simple vista todas parecían similares, había algo que hacía que cuando cambiabas de caseta, te transportaras a un lugar completamente distinto. Todo cambiaba en cada una: los colores, los olores, la música de fondo… Me llamó mucho la atención que cada día que pasaba a tomar algo por una, acababa sabiendo un montón de cosas de la gente que se encontraba en su interior.
Me detuve en una pradera tras unos árboles para dormir algo y me desperté temprano por el calor que hacía. Era extraño, ya que ningún día anterior había sido caluroso. Pensé en pegarme una ducha, pero recordé que aquella noche debía estar en la frontera con Kazajstán y preferí adelantar un poco primero. Además no me quedaba agua.
Pasé por un par de gasolineras en las que me dijeron que no aceptaban Euros y la ciudad grande más próxima se encontraba a 250km, por lo que no me alcanzaba con la gasolina que tenía. Pasé por un pueblecito donde me bajé junto al pozo para llenar de agua el bidón de la ducha, con varias cabras y un gatito observándome detenidamente.
Aproveché también para cambiar el manguito del depósito auxiliar y así poder llegar hasta una ciudad para cambiar Euros, así que me detuve a un lado de la carretera en un desvío que estaba cortado por obras, me metí bajo el coche y con ayuda de mi herramientita (una leatherman charge, que era una especie de navaja multiusos con de todo), de la que no me separaba ni para dormir, conseguí reemplazar el manguito en 10 minutos. Ya con gasolina en el depósito, por fin me dirigí hacia Samara.
A mitad de camino, un sexto sentido me hizo llevarme la mano al cinturón, para darme cuenta con horror que no estaba mi herramientita. Entonces recordé que por última vez la había usado debajo del coche unas horas antes. Me detuve en el arcén y marqué en el GPS el punto aquel para dirigirme hacia ahí a toda prisa.
No me paré a pensar ni que quizás depuse de varias horas podría no estar y que quizás no mereciera la pena perder todo el día, cuando el miércoles por la mañana tendría que haber cruzado Kazajstán de norte a Sur para encontrarme con Manolo.
Volver a por aquello, fue la peor decisión que he tomado hasta ahora. Por ir con tanta prisa y con el calor que hacía, a parte de que me parase dos veces la policía, en una recta en la que circulaba a algo más de 120 por hora, ocurrió algo que no me hubiera imaginado ni en mi peor pesadilla… ¡observé que la aguja de la temperatura del motor estaba casi al máximo! ¡OH no! Eso si que era una catástrofe.
Rápidamente embragué y me detuve un poco más adelante para quitarle las carcasas de los faros de larga distancia, que hacían que refrigerase mucho peor. Quitando uno de ellos le partí la bombilla, lo que suponía quedarme sin uno, ya que no habría donde encontrar un repuesto, pero eso ahora era lo de menos. Inmediatamente me subí al coche y circulé a pocas revoluciones durante un buen rato. La temperatura se había quedado en la mitad cuando habitualmente estaba por debajo, y no se volvió a mover de ahí.
Tremendamente preocupado llegué por fin donde había cambiado el manguito. La herramientita no estaba y yo estaba tremendamente desconsolado. Entre el rodeo absurdo que había dado para pasar por Moscú sin que sirviera de nada, la Jaimitada del móvil y el descuido de ahora, había perdido muchísimo tiempo. Iba retrasadísimo. ¡Y eso era lo que menos me preocupaba de todo! El coche se había calentado y la temperatura estaba por encima de lo habitual. Puede que hubiera quemado la junta de la culata y eso sería un completo desastre. Ya no valía aquello de “bueno, por lo menos me ha pasado en…. y no en…” por que resulta que ¡ya estaba en el segundo “en…”! ¡Estaba a punto de entrar en Kazajstán y quizás le tuviera que cambiar la junta de la culata de Andrés!
Esta vez si que no había manera de ver lo positivo de nada. Medité durante algo más de una hora la situación y tras comerme tres boles de leche cereales, que por cierto era lo primero que comía en todo el día retomé la marcha.
Decidí bajar el ritmo de los 90 – 100km/h a los que circulaba normalmente, a 75-80. En las siguientes 10 horas que conduje sin parar hasta llegar a Samara, la temperatura no se movió de la mitad. A esa velocidad, conducir se hacía bastante más pesado, sobre todo de noche. Tuve mucho tiempo para pensar, y al ver que la temperatura no subía, empecé a ver la parte positiva de lo sucedido. A esa velocidad, me di cuenta que Andrés (al que por cierto no dirigía la palabra) consumía muchísimo menos, y con el siguiente depósito logré hacer nada menos que 800km. También me di cuenta que al ir tan despacio disfrutaba mucho más del paisaje. Tampoco superaba el límite de velocidad y cuando la policía me paraba no tenía pretexto para pedirme dinero, a demás sin los focos y con lo sucio que estaba, Andrés era mucho menos llamativo.
Si lo de la temperatura se quedaba ahí y no seguía dando la lata lo único malo era lo de mi herramientita y los dos días de retraso que llevaba. No era para morirse. Además desde que era un periodista que se dirigía a Afganistán, la policía me respetaba mucho más y no me pedía dinero. Llevaba siempre en el asiento del copiloto el chaleco con la cámara encima, a la que le había colocado el teleobjetivo extendido con el parasol para que pareciera más profesional, el trípode y la cámara de video. Dejé a los pies las carcasas de los focos delanteros que parecían parte del equipo de fotografía.
Llegué a Samara a las 2 de la mañana y continué durante otros 100km con dirección a Oremburg. Me detuve para dormir cuando me quedaban unos 500km para la frontera con Kazajstán. La carretera era tremendamente monótona a 75km/h y me estaba muriendo de sueño.
Justo cuando decidí parar, me adelantó un coche que había estado tras de mí a bastante distancia desde que salí de Samara. No era nada paranoico, pero prefería evitar sorpresas, así que en el primer camino de tierra que atravesaba la carretera, puse el intermitente a la derecha y me metí por él para que lo pudiera ver claramente por el retrovisor. Cuando estaba a una distancia prudencial, apagué las luces y dí la vuelta para coger ese mismo camino pero hacia la izquierda. Y un kilómetro más adelante me oculté tras unos árboles.
Aquella noche sí que necesitaba una ducha. Estaba tan asqueroso que no fui capaz de meterme así en la Maggiolina, y a esas horas y con ese frío, una ducha supondría constipado seguro, a demás no tenía ni fuerzas para levantarla, llevaba varios días conduciendo 14 horas al día y los dos últimos había dormido menos de lo necesario.
Me desperté helado de frío un par de horas después y tras poner la calefacción me volví a despertar otras dos horas después muerto de calor. Hacía un día estupendo, así que me desperté de un salto para sacar el bidón de agua de pozo y pegarme la primera ducha en la que no había pasado frío hasta el momento.
Mientras me vestía y recogía me di cuenta que ya había cambiado el chip para economizar agua. Era capaz de lavarme las manos con dos tragos de agua y lavarme los dientes con uno y medio, haciendo gárgaras y enjuagando el cepillo. Con 8 litros de agua me pegaba una ducha y con un bidón de agua potable subsistía cómodamente durante 5días.
Enseguida me puse en marcha y tras atravesar Oremburg, me incorporé a a la carretera que llevaba a Kazajstán. 100km más adelante me esperaba la frontera.
Después de eso, tendría 2 días para atravesar un país del tamaño de 5 Españas de norte a sur por Dios sabe que tipo de carreteras (si es que las había).