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9 al 11 de Mayo. Ucrania. Al mal tiempo, ¡buena cara!

Monday, May 12th, 2008

- “Sartito, ¿sabes cuál es la única cosa que no puedes perder en este viaje ni de broma verdad?” Fueron las sabias palabras de Jrogre antes de abandonarme a mi surte en Bucarest. Era una pregunta retórica, ya que no necesitaba respuesta. Los dos sabíamos que llevaba 2 ordenadores, 2 móviles, 2 GPS, 2 llaves de Andrés y 2 mandos de la alarma. Llevaba 2 ruedas de repuesto y 2 pasaportes. 2 carnes de conducir e incluso 2 sacos de dormir. Ambos sabíamos que de lo único que no llevaba repuesto, era de la manivela que levantaba la Maggiolina.

Esta vez no me despertó nada ni nadie. No había vías de tren cerca ni curiosos pastorcillos madrugadores. ¡Precisamente el día que me encontraba atascado y en apuros era cuando no pasaba ni un alma cerca! Asomé la cabeza por la ventana y observé el berenjenal en el que me había metido la noche anterior. Acto seguido mire a mi alrededor. La perspectiva de ambos escenarios era desoladora. Sacar a Andresito de ahí iba a ser una tarea complicada, pero mucho más complicado iba a ser encontrar a alguien que me ayudara: no se veía nada que no fuera campo y sembrados en varios kilómetros a la redonda.

Desayunar metido en el coche me daba una pereza tremenda y no había como poner una silla en semejante cenagal, así que decidí que lo mejor sería calzarme las botas de montaña, el chaleco de Indiana Jones, el machete, la cantimplora y partir rumbo a algún lugar donde encontrar cuerdas o maquinaria agrícola pesada.

Decidí dirigirme a una gasolinera que me había parecido ver el día anterior y tras varios kilómetros recorridos campo a través para atajar, llegué a ella. Tardé bastante en explicarles a las dos señoras y los dos hombres que había ahí, que mi coche estaba atrapado en el barro y necesitaba una cuerda de unos 12 metros para sacarlo. La señora más mayor y que más borracha estaba de los cuatro, no hacía más que cogerme la mano y preguntarme mí nombre. A pesar que se lo dijera infinidad de veces, siguió insistiendo. Finalmente me fui igual que había llegado. Con las manos vacías.

Continué caminando por una carreterita y varios kilómetros después encontré una segunda gasolinera. Cuando entré en ella, vi que vendían eslingas (cuerdas muy anchas para remolcar) de 4 metros y que soportaban 5 toneladas de peso. Era exactamente lo que necesitaba, así que le dije al tipo que trabajaba ahí que me llevaría 4. El tío me miró con cara de desprecio y me dijo que eso costaría 30€. Le pregunté un par de cosas más y el hombre ni siquiera me miró. Fue el primer momento en el que agradecí que ninguno de los presentes hablara mi idioma. Cuando ya me había quedado a gusto, le entregué la cantidad de dinero correspondiente a las 4 eslingas y me las llevé.

Al salir había una máquina de bebidas en cuyo cristal me vi reflejado. La verdad es que mi aspecto era cuanto menos de vagabundo. Llevaba dos días sin ducharme y después de la paliza de la noche anterior y haber pasado la mañana caminando, mi olor corporal no acompañaba. Tenía las botas llenas de barro y bastantes salpicaduras por el pantalón. La camiseta la tenía negra por haber estado moviendo troncos y el pelo… sucio es poco. Necesitaba una ducha con urgencia. Imaginé que esa habría sido la razón del comportamiento del gasolinero, y partí rumbo al coche sin más dilación. Me esperaba una larga caminata por delante.

A mitad de camino, atisbé una furgoneta blanca a lo lejos y me dirigí hacia ella. Cuando llegué, encontré a un tipo en su interior hablando por teléfono. Esperé a que terminara y tras saludarle en Ucraniano, le pregunté si hablaba ingles, a lo que me respondió que un poco. Le expliqué mi problema y acto seguido me dijo que su nombre era Vasili y que no me preocupara, que él me ayudaría. Subí a su furgoneta y fuimos juntos hasta donde estaba Andrés. Por el camino me contó que todas las tierras que nos rodeaban le pertenecían y que se dedicaba al cultivo en ellas. Al llegar al coche y ver el berenjenal, Vasili ni se sorprendió ni se preocupó lo más mínimo. Me entregó una eslinga que tenía en su furgoneta y me dijo que la enganchara al gancho trasero de mi coche, que me subiera y que a su señal acelerara marcha atrás. Yo no entendía como con una Ford Transit, pretendía sacar un coche de 3.000 kilos del barro, pero yo poco tenía que perder, así que seguí sus instrucciones. Evidentemente las cosas sucedieron tal y como yo imaginaba y poco después el gran Vasili se encontraba tan atascado en el barro con su Ford Transit como yo.

De nuevo me dijo que no me preocupara e hizo una llamada, tras la cual apareció un tremendo tractor azul en nuestra ayuda. Ya no me cabía duda que con semejante armatoste, estaba todo resuelto. Así fue y al poco rato nos encontrábamos todos fuera del lodo. Le agradecí muchísimo lo que había hecho por mí y le ofrecí dinero por ello, a lo que me respondió que ni hablar. Se me ocurrió una manera estupenda de agradecérselo y le obsequié con una camiseta de “la vuelta al mundo de Sarto” que le encantó.

NOTA:

Cuando sacamos a Andrés del barro con el tractor, la primera eslinga que usamos, que fue la de Vasili, la partimos por la mitad. Al yo intentar entregarle una de las que acababa de comprar, me dijo que no la aceptaría, ya que a mi me quedaba un largo camino por delante donde la podía necesitar.

Ya con el coche en tierra firme y bien entrada la tarde, decidí buscar algún sitio agradable donde poder montar el campamento y aun con luz de día pegarme una ducha. Tras varios intentos infructuosos de meterme en caminos de tierra que salían de la carretera, ya que todos terminaban en una valla o en un pueblo, me adentré en uno que daba a una zona tranquila. Ya bastante apurado por que me necesitaba pegar una ducha, y quedaba poco menos de media hora antes de que el sol se pusiese, paré decidido a sacar el bidón y quitarme la ropa, cuando vi que a pocos metros de mí y tras unos árboles, había un monton de gente sentada con música. Estaba claro que ese no era el lugar más indicado para meterme bajo un chorro de agua como Dios me trajo al mundo, así que me volví a subir al coche con la firme intención de parar en el primer lugar donde no hubiera gente y hubiera sol para ducharme.

¡Me había mirado un tuerto! Allá por donde pasaba solo había casas y gente.

Cruzaba una verde llanura con sembrados a un lado y un riachuelo marrón al otro, con varios pastores y agricultores pasando por ahí, cuando observé que el sol estaba a punto de ponerse tras los pinares que lindaban con los sembrados. A penas quedaban 10 minutos de sol, y si este desaparecía, ducharse sería del todo imposible debido al frío. No me lo pensé dos veces. Detuve el coche y ante la atónita mirada de aquella gente, me pegué la ducha que más había necesitado en toda mi vida.

Ya aseado y con ropa limpia, busqué un sitio tranquilo donde pasar la noche. Toda la suerte que no había tenido con anterioridad, la tuve entonces. Seguí una carreterita que llevaba a un pueblo, y me desvié por un camino de tierra. Después de un kilómetro de campo a través, encontré un claro de césped inmenso rodeado de bosque. ¡Era perfecto! O eso parecía…

Como aun quedaba un poquito de luz, decidí dejar la Maggiolina ya abierta. Fue entonces cuando me percaté de la ausencia de la manivela en su lugar habitual (En el cajón derecho, entre las linternas y la ducha). Sin agitarme, empecé a buscar la manivela en los posibles sitios donde la podría haber dejado… asientos… guantera… apoyabrazos… terminé vaciando el coche por completo.

Recordé que al sacar el coche del fango con el tractor, le estuve haciendo fotos. Cogí rápidamente la cámara y las revisé. Observé con horror como en una de ellas se veía perfectamente que la manivela estaba puesta en la Maggiolina. ¡¡Eso quería decir que no la había quitado al bajarla y que la había perdido de camino!! Sin manivela no había Maggiolina, y sin Maggiolina ¿Dónde dormía? Guardaba en su interior los sacos de dormir, así que la tienda de campaña de reserva, solo podía servir para coger una pulmonía.

Por un momento me invadió una mezcla de enfado y frustración. Era imposible conseguir una manivela. Lo había estado intentando en Madrid y parecía ser que no hay manera de conseguir repuestos. Quizás la podría encargar en Italia, pero ¿cuánto tardarían en enviármela? Y lo que es pero ¿a dónde lo harían? Y ¿Cuántos días tendría que dormir en el coche? Que por cierto, jamás en toda mi vida había visto un coche más incómodo para dormir que Andrés.

Fue entonces, tumbado en el asiento trasero y clavándome los cinturones, sin poder conciliar el sueño por el ruido del motor y sin ninguna esperanza de que el interior del coche quedara a una temperatura de mi agrado, cuando pensé en mi cama. Mi enorme cama de Madrid mullidita donde me podía espatarrar a mi antojo y ni hacía frío en ella, ni tenía cinturones de seguridad que se le clavaban a uno en los riñones. Por un momento pensé que si conducía 3 días sin parar podría llegar a ella. Bufff… que pereza conducir tres días sin parar. ¡Y con el sueño que tenía! Entonces pensé en la persona que más positivamente ve siempre todo. Casualmente la conozco. Y en ese momento habría dicho ¡Pero bueno, que divertido! Ya tenemos plan para el sábado ¡fabricar una manivela!

Me engañé un poco a mi mismo diciéndome que eso no era tener un amigo imaginario y proseguí con mis cavilas. Era verdad que no tenía ningún plan en todo el fin de semana. Kiev se encontraba a tan solo 150km y no debía estar ahí hasta el lunes. Así que al día siguiente a primera hora buscaría en algún pueblo un desguace y una máquina de soldar, y me pondría manos a la obra.

Amanecí a las 8 y 20 de la mañana con el sol en la cara y los riñones en el cuello. Rápidamente me puse a los mandos de Andrés y partí hacia el pueblo más cercano. Iba distraído pensando en como fabricar tal artilugio. La cosa no era tan complicada. La Maggiolina, tenía en la parte trasera un agujero de unos 3 centímetros de diámetro, donde se encontraba el final de una barrita de hierro con un corte en medio como para meter un destornillador. Solo necesitaba un tubo de hierro de ese diámetro y hacerle por su parte final un taladro donde meterle un clavo y dejarlo ahí soldado. El tubo habría que soldarlo a una barra de hierro de unos 20cm de larga x 4 de ancha y en su otro extremo se le debería soldar una barra de hierro lo suficientemente ancha para que se pueda coger con una mano y con un tubo metálico alrededor para poder darle vueltas.

Por no estar a lo que estaba, no me di cuenta y se me volvió a quedar el coche atrancado en un lodazal. Esta vez ya tenía la lección aprendida, así que me puse las botas de agua y como ahora sí había árboles cerca, pude en enganchar el winche a uno de ellos primero y a otro después y salir a duras penas.

Probé suerte en un par de pueblos pero entre mi pobreza lingüística del ucraniano y que “a mal entendedor, apaga y vámonos”, no hubo manera de conseguir nada.

Quiso el destino, que en el siguiente pueblo entrara a comprar pan en una pequeña tienda de alimentación. Uno de los tipos que andaba por ahí, vio como le hacía a la vendedora los gestos de ponerme la careta de soldar y soldar, con ruido y todo y me dijo algo que no comprendí pero creo que significaba: “acompáñame que se donde hay uno”.

Así fue. Precisamente detrás de la tiendecita había una especie de cuadra con un montón de chatarra donde un señor y su padre trabajaban. El tipo que me llevó le dijo unas palabras y el señor del taller señaló algo que parecía una calabaza. A su lado había un montón de electrodos y una careta de soldar. ¡Era una soldadora!

El señor de la cuadra, me dijo que hablaba algo de portugués y que podía utilizar la máquina cuanto quisiera. Me puse contentísimo y le intenté explicar a aquel hombre lo que necesitaba. Finalmente entre el hombre, su padre y yo, conseguimos en algo más de una hora fabricar con el tubo de hierro que servía de cierre del garaje, unos clavos, algo de varilla y una plancha de hierro una manivela exactamente igual que la de la Maggiolina, solo que algo más rústica de aspecto. Funcionaba a la perfección.

Le pregunté que cuanto le debía por el trabajo realizado y él me dijo que la voluntad. Yo le dije que nada de voluntad y que me dijera cuanto le parecía bien por el trabajo y los materiales. Finalmente me dijo 50 drijnas (6€). Se me encendió una bombillita interna y le di 100 drijnas después de decirle: “¡Toma esto y vamos a fabricar otra!”.

Ya con mis dos manivelitas partí hacia Kiev acompañado por un joven que iba hacía ahí y al que ofrecí llevar. Paseé todo el día por Kiev y encontré un taller en el que me substituyeron el tubo del depósito auxiliar de Andrés que me había vuelto a fallar.

Cuando empezó a atardecer salí de la ciudad en busca de algún sitio tranquilo y encontré uno maravilloso atravesando varios sembrados en un campo a unos 30km de la ciudad. Talé unos cuantos troncos de un árbol seco con el hacha y preparé una hoguera. Después de cenar una pasta receta de Jorge y Piti, me quedé frente al fuego bajo un montón de estrellas.

El domingo lo pasé tranquilísimo en el campo. Era el último día que me quedaba para descansar, así que decidí no meterme en ningún lío. Recogí leña para por la noche, partí el hacha y di un paseo. Pasé la tarde leyendo en la hamaca, que la enganchaba a una barra de la baca de Andrés y al árbol más cercano.

Al día siguiente me darían el visado de Rusia, y a partir de ahí sería una carrera contrarreloj para recorrer en 6 días los 5.000km que me separaban de Uzbekistán y su capital (Tashkent) donde debía encontrarme con Manolo. De nuevo hoguera (esta vez bien grande) bajo las estrellas. El campo muy verde. ¡Jeje!

PD: ¡Cuanto disfrutaría aquí alguna/o que yo me sé!

6 al 8 de Mayo. Amarga despedida. Rumania – Ucrania

Thursday, May 8th, 2008

Recogí a Albert a la mañana siguiente, cita a la que llegué 20 minutos tarde por cierto, y nos fuimos directos al taller con el coche. En seguida lo levanto y se puso a desmontar todos los bajos para sacar el diferencial. Aproveche el tiempo y mientras él desmontaba, yo saqué todo el contenido de Andrés y lo volví a meter ordenado. ¡Por primera vez desde que salí de Madrid, iba a poder ver por el retrovisor central algo que no fueran maletas y cajas! Pasamos toda la mañana en el taller y aproveché también para afilar el hacha, hacer limpia de comida etc.

Justo antes de la hora de comer llegó el milagro. De repente Albert gritó: “I found it!!”. Corrí hacia el coche tan rápido como pude y al llegar le encontré con el piñón que movía el bloqueo de diferencial en la manó. Me dijo “look” y lo introdujo en su sitio. Me indicó que me subiera el coche y apretara el botón que accionaba el mecanismo. Y… Tachán!! Cuando lo apreté funcionó a la perfección!! Lo había arreglado. Parece ser que el problema estaba en que el piñón no comenzaba a dar vueltas desde el diente correcto y solo realizaba medio recorrido.

Pasado el momento de euforia me percaté de lo que eso significaba. El coche ya estaba arreglado y debía partir rumbo a Ucrania!! ¡Todo era estupendo! Pero entonces ¿Qué ocurría? ¿Cuál era el problema? Debía estar feliz y contento por poder partir y sin embargo estaba tremendamente apesadumbrado. Entonces comprendí que no estaba contento por que no me quería ir. Había hecho buenísimas migas con Albert y en el hotelito de Dani estaba comodísimo. Hablaba todo el día con Juan, su hermano, que era como una fuente de sabiduría!! Y encima me llevaba fenomenal con las camareras del hotel, que por cierto eran un encanto. El viaje debía proseguir, así que no me paré a pensarlo ni un momento, recogí y coloqué todo mientras Albert montaba todo correctamente y tras una tremendamente emotiva despedida, partí hacia el hotel de Dani. No sin antes intercambiarnos e-mails y prometerle, mantenerle al tanto de mi viaje.

NOTA:

A la hora de pedirle a Albert que me dijera cuanto le debía por su trabajo de los tres últimos días, la cantidad que el creyó justa cobrarme fueron 50 Euros. El que me dijera eso, sabiendo que me podría haber pedido tranquilamente 10 veces más me llamó muchísimo la atención. Evidentemente la cifra que percibió no fue la que me pidió… a ver si se van a creer estos rumanos que los españoles no sabemos regatear!! ;)

Llamé a Dani para informarle de la noticia y me dijo que fuera corriendo para allá que la comida ya estaba lista y había invitado a comer a su amigo el abogado (el del primer día). Le informé que partiría a primera hora de la tarde, razón doble para que hiciera que la comida me saliera hasta por los ojos. Tuvimos una sobremesa agradabilísima y les prometí volver a Rumania después de mi viaje y recorrernos juntos el País de cabo a rabo durante un mes (promesa que por cierto pienso cumplir).

Llegado el momento subí a por las maletas. Cuando bajé al coche, lo encontré como los chorros del oro. Me lo habían lavado (gentileza de Juan). Después de tantos días de maltrato, la verdad es que Andresito parecía otro.

Por supuesto, fue imposible conseguir que Dani me cobrara un solo ley (moneda rumana) por mi estancia, y lo primero que hizo, fue entregarme una tremenda bolsa llena de comida para los próximos días. Después, me entregó la cruz ortodoxa que llevaba en su coche desde hace años (Dani pertenece a esta religión). Por último, me dio un fuerte abrazo.

Juan venía con otra bolsa en la mano. Cuando me la entregó y vi su contenido, casi se me escapa una lagrimilla. Era el montón de ropa medio lavada, que dejé el primer día en el tendedero y estaba perfectamente lavada, planchada y doblada. La cojí para meterla en el coche, y fue entonces cuando le puse mi firma a tan emotiva despedida: al ir a meterla en el maletero, no calculé bien y pasé el brazo justo por un saliente cortante que tenía el bidón trasero de gasolina. El resultado ya os lo podéis imaginar. Un corte de lado a lado del brazo un poquito inclinado, al más puro estilo John Rambo. Menudo panorama… las camareras gritando, Dani preocupadísimo, Juan grabando y yo mondado de la risa.

Saqué el botiquín del coche y entre todos curamos la herida y la pusimos una benda. Aprovechamos para hacer unas cuantas fotos divertidas y ya si que llegó el momento de la despedida. Jamás pensé que me fuera a dar semejante pena abandonar a unas personas que había conocido hacía tan poco, pero así debía ser. Abrazos, besos… una tremendamente amarga despedida.

Partí con un mapa de Rumania que me habían regalado, donde venía señalada exactamente la ruta a seguir para llegar a la frontera Ucraniana. Durante las siguientes horas no hacía más que darle vueltas al por qué de semejante muestra de generosidad y amabilidad. Por algún extraño motivo, el caprichoso destino quería que comenzara mi andadura en solitario con buen pie. Solo esperaba poder agradecer a Dani y a Juan algún día todo lo que habían hecho por mí.

Seguí las indicaciones del mapa y atravesé unos maravillosos parajes que discurrían entre altísimas montañas de roca. Siempre a lo lejos se veían densos bosques que se perdían en el horizonte.

A mitad de camino de la frontera, decidí bajarme a sacar una foto al coche cuando un extraño sonido proveniente de la parte de detrás me llamó la atención. Observé que el tubo de escape estaba suelto ya que en Madrid me habían hecho un empalme un poco raro y los baches habían acabado con la soldadura. Así que con mi dominio del rumano adquirido en los últimos días, fui capaz en cosa de 15 minutos, de parar en un pueblo, preguntar por un “car service” y que me pusieran un par de puntitos de soldadura.

Decidí parar a dormir unos 40 kilómetros antes de la frontera. Tomé un caminito de tierra que salía de la carretera y después de recorrer un par de kilómetros, encontré una zona tranquila junto a un arrollo. Me acordé mucho de Daní & compañía mientras cenaba parte del contenido de la bolsa que me dio.

Era mi primera noche sólo, pero esto no me asustaba. No hacía más que darle vueltas al por que de la bondad y la tiranía de la gente. ¿Serían felices los tiranos? ¿Si no lo eran… porqué eran tiranos? ¿Y los bondadosos? Claramente eran felices, pero entonces ¿qué mérito tenía su bondad si esta les reportaba felicidad? ¿No sería más encomiable el esfuerzo del tirano, que rechazaba la felicidad por seguir sus convicciones? Evidentemente no por que el fin era malo, pero daba que pensar. Finalmente llegué a la conclusión de que los tiranos no sabían que eran tiranos, y los que lo sabían eran idiotas. Lo que quería decir que todos los tiranos eran o tontos o idiotas.

Me desperté al escuchar un bocinazo, y pensé que sería un tractor al que impedía el paso, pero me di cuenta que como no, era un tren que pasaba a lo lejos. Estaba a punto de volver a dormirme cuando escuche unos pasos junto al coche. Pasé un poco de miedo, pero al asomarme vi que era un curioso pastor al que recibí en calzoncillos.

El día fue de lo más normal, ya que decidí no hacer muchas paradas y recorrer la mayor cantidad de kilómetros posibles. Tardé 4 horas en atravesar la frontera Ucraniana. Me metieron hasta perros en el coche. Temí muchísimo por los embutidos de Flavio pero gracias a Dios se encontraban en la única caja que no me hicieron abrir y repartidos por los laterales en los que menos mal que no miraron.

La parte más graciosa de todas fue cuando me hicieron meterme en un cuartito con mi maleta de los medicamentos y sacar ante tres militares todo el contenido de ésta, explicando para qué servía cada fármaco. Tras cada explicación revisaban el contenido de la caja o frasco y leían el prospecto. Tuve que exprimir mi cerebro al máximo recordando aquella tarde en la farmacia de Pura, la madre de mi amigo Tomás, donde con unos apuntes de universidad copiados de no me acuerdo bien quien, encargamos todas las medicinas para el viaje. También me ayudó bastante el que una personita en Madrid me escribiera luego en la caja para que servía cada cosa.

Una vez pasado el mal trago de la aduana, continué camino a Kiev por unas carreteras que me hicieron entender las celebres frases de nuestros padres de “Aun me acuerdo cuando tardábamos 10 horas a Alicante. Teníamos un solo carril, y si te tocaba un camión…” Y es que cuando te toca un camión en estas carreteras supone ir a 40km/h el tiempo que haga falta!! Y para colmo me pararon 2 veces por exceso de velocidad y tuve que gestionar las dos veces que no me hicieran factura y pagar una vez 5 y otra vez 10 Euros de “multa”. Curiosamente las dos veces que me pararon iba grabando con la cámara de video y pude registrarlo todo.

Unos 200 kilómetros después de la frontera, me enteré que la persona que tiene mi pasaporte no estaba localizable y la agencia de transportes no lo iba a poder recoger para enviármelo, por lo que no me llegaría a Kiev hasta el lunes. Eso significaba que me esperaban 5 días de vacaciones en Ucrania con los que no contaba.

Decidí entonces tomármelo con mucha calma, acampar en un sitio realmente bonito y montar el campamento con luz de día. Así que me adentré en el primer bosque que vi y unos kilómetros después encontré un pequeño pantano precioso, que bordeé para ascender a un alto desde donde habían unas vistas privilegiadas. Me pegué una ducha al aire libre con la cual por poco me congelo. Tras prepararme la cena me quedé leyendo hasta que me invadió el sueño.

Me despertó a eso de las nueve de la mañana un zarandeo tremendo seguido de un grito en una lengua desconocida. ¡Qué mal despertar! Asomé la cabeza por la ventana y vi a una vaca pastando junto al coche. Había dado un empujón al coche con un costado y dos pastoras gritaban tras de ella. Cuando me vieron se empezaron a reír y dijeron un montón de cosas de las cuales no me enteré. No me quedó claro si querían que les diera de comer, que fuera a comer con ellas o… en fin, prefiero no darle más vueltas.

Tras desperezarme, vestirme y desayunar, recogí todo corriendo ya que empezaba a llover. La verdad es que el día no empezaba muy bien. Partí rumbo a Kiev y de camino me informaron que no solo no me llegaría el pasaporte hasta el lunes, si no que a demás me llegaría sin el visado de Rusia, que era mi próximo destino. Eso si que era un problema. Tras varias llamadas, me di cuenta que era imposible conseguir el teléfono del consulado Ruso en Ucrania por teléfono así que decidí parar en la siguiente ciudad a buscar un lugar con Internet y conseguir los teléfonos del consulado y de la embajada.

En la siguiente ciudad pués, me de adentré. Pero por más que busqué, un lugar con wifi no encontré. Así que tras un par de intentos infructuosos de sonsacarle a algún transeúnte dicha información, conseguí que un comerciante me indicara como llegar a un sitio con ordenadores. Llegué a un edificio en muy mal estado, y tras atravesar unos extraños pasillos llegué a una sala con un montón de ordenadores. Me dirigí al vigilante para ver si sabía inglés y éste me dijo que sí, además de explicarme como funcionaba aquello. Se quedó charlando conmigo mientras yo buscaba la información que necesitaba y me acabó invitando por la noche a una barbacoa en su casa. Entre que no me terminaba de dar buena espina y que estaba un poco agobiado con el tema del pasaporte y el visado, denegué su oferta. Un rato después, me ofreció acompañarme a Kiev. Me ahorré el preguntarle qué haría con sus invitados de por la noche y tras agradecerle su ofrecimiento, le dije que finlamente tomaría un destino distinto.

Tras salir de aquel extraño sitio y ver que no había manera de contactar con la embajada por que una grabación me decía que el número era incorrecto, hice la primera Jaimitada del día. Traté de llamar desde la tarjeta española y entre cambio y cambio de tarjeta me desapareció la ucraniana. Si ya es un coñazo sacarse un duplicado en España, no quería imaginarme lo que sería en una ciudad de mala muerte ucraniana, con vigilantes acosadores pululando por ella.

Recordé que había visto un lugar de recargas de móvil camino de aquel edificio inmundo y me dirigí a él. Conseguí que el joven dependiente me apuntara la dirección de la oficina “Live Mobile” más cercana, pero lo que no hubo manera fue que me explicara como llegar. Finalmente entre la prisa, la lluvia, y que ya se empezaba a hacer un poco tarde, logré que se la diera a un taxista y le seguí en coche hasta dicha oficina. Menos mal por que habría sido realmente difícil llegar sin él.

Ya con mi teléfono ucraniano de nuevo, hice las llamadas pertinentes y finalmente conseguí hablar con el consulado ruso en Kiev. Me dijeron que el mismo lunes me podrían dar el visado de transito para Rusia, lo que era una tremendamente buena noticia.

Empezaba a hacerse de noche, por lo que decidí desviarme de la carretera por un camino que llevaba a un pueblecito, un par de kilómetros más adelante me desvié por un camino de tierra que se adentraba en el bosque.

Ahí llegó la segunda Jaimitada del día. Vi que había una gran explanada de césped encharcada, al final de ésta había unos árboles tras los cuales iba a poder acampar estupendamente. No conté con que a mitad de la explanada, el agua se iba a convertir en fango, y este fango a su vez en un fango tremendamente fangoso. No se si la Jaimitada fue meterme por mitad del césped encharcado, o detenerme en mitad del fango para dar la vuelta, pero desde luego ahí se quedó Andresito con la tripita apoyada en el césped fangoso.

Ya estaba anocheciendo por lo que actué rápido. Lo primero que me pasó al intentar bajar del coche fue que perdí una zapatilla en el barro. El comienzo perfecto. Me puse las botas de agua increpándome a mi mismo en varios idiomas distintos por no haber aprendido de la última vez. Saqué el cable del winche rápidamente y lo até a un palo de madera gordo de algo menos de un metro de altura que había un poco más adelante. Lo partió en el momento en que tiré de el. Lo até al siguiente e hizo exactamente lo mismo. El plan A había fracasado.

Observé que a unos 70 metros había un poste de luz enorme de hormigón. Esa era la solución. Saqué el cable de repuesto y lo até al poste. Lo desenrollé en dirección al coche, e hice lo mismo con el cable del winche. Había 10 metros de distancia insalvables entre donde terminaba uno y donde terminaba el otro. Los mismos 10 metros que perdí la última vez que me pasó esto en Madrid. El plan B había fracasado.

Me apoyé en el coche sin saber muy bien que pensar y de repente me vino la solución a la mente. Pondría los troncos que había arrancado bajo las ruedas y así el coche saldría. Levanté la rueda trasera izquierda con el hi-lift (una especie de gato rojo alargado que levanta el coche 120cm). Vi que no se levantaba lo suficiente por que el gato se hundía en el fango y puse un tronco debajo. Surgió efecto y conseguí meter la madera bajo la rueda. Tras acabar sin aliento arrancando los troncos necesarios a base de empujones y tirones, realicé la misma maniobra en las otras tres ruedas. Ya con el coche sobre los cuatro troncos, solo quedaba arrancar y tratar de salir marcha atrás.

Fue entonces cuando llegó la tercera y última (eso espero) Jaimitada del día. Resulta que entre el cansancio y las prisas, había olvidado la cámara de video encima del techo de Andrés. Cuando metí la marcha atrás y aceleré el resultado de todo fue nefasto. Los cuatro troncos se partieron en el momento de soltar el embragué, por lo que en un instante me volví a quedar igual que antes. Bueno, igual que antes solo que sin cámara de video, ya que ésta se encontraba envuelta en fango y agua. El plan C había fracasado.

Esta vez me tocaría pasar la noche junto a Andrés, quizás como reprimenda por haberle dejado sólo la vez anterior. Apagué la luz que llevaba en la frente y miré al cielo. Un manto de estrellas nos cubría. Estaba cansado y empapado, pero no hubiera cambiado ese momento por nada del mundo.