9 al 11 de Mayo. Ucrania. Al mal tiempo, ¡buena cara!
Monday, May 12th, 2008- “Sartito, ¿sabes cuál es la única cosa que no puedes perder en este viaje ni de broma verdad?” Fueron las sabias palabras de Jrogre antes de abandonarme a mi surte en Bucarest. Era una pregunta retórica, ya que no necesitaba respuesta. Los dos sabíamos que llevaba 2 ordenadores, 2 móviles, 2 GPS, 2 llaves de Andrés y 2 mandos de la alarma. Llevaba 2 ruedas de repuesto y 2 pasaportes. 2 carnes de conducir e incluso 2 sacos de dormir. Ambos sabíamos que de lo único que no llevaba repuesto, era de la manivela que levantaba la Maggiolina.
Esta vez no me despertó nada ni nadie. No había vías de tren cerca ni curiosos pastorcillos madrugadores. ¡Precisamente el día que me encontraba atascado y en apuros era cuando no pasaba ni un alma cerca! Asomé la cabeza por la ventana y observé el berenjenal en el que me había metido la noche anterior. Acto seguido mire a mi alrededor. La perspectiva de ambos escenarios era desoladora. Sacar a Andresito de ahí iba a ser una tarea complicada, pero mucho más complicado iba a ser encontrar a alguien que me ayudara: no se veía nada que no fuera campo y sembrados en varios kilómetros a la redonda.
Desayunar metido en el coche me daba una pereza tremenda y no había como poner una silla en semejante cenagal, así que decidí que lo mejor sería calzarme las botas de montaña, el chaleco de Indiana Jones, el machete, la cantimplora y partir rumbo a algún lugar donde encontrar cuerdas o maquinaria agrícola pesada.
Decidí dirigirme a una gasolinera que me había parecido ver el día anterior y tras varios kilómetros recorridos campo a través para atajar, llegué a ella. Tardé bastante en explicarles a las dos señoras y los dos hombres que había ahí, que mi coche estaba atrapado en el barro y necesitaba una cuerda de unos 12 metros para sacarlo. La señora más mayor y que más borracha estaba de los cuatro, no hacía más que cogerme la mano y preguntarme mí nombre. A pesar que se lo dijera infinidad de veces, siguió insistiendo. Finalmente me fui igual que había llegado. Con las manos vacías.
Continué caminando por una carreterita y varios kilómetros después encontré una segunda gasolinera. Cuando entré en ella, vi que vendían eslingas (cuerdas muy anchas para remolcar) de 4 metros y que soportaban 5 toneladas de peso. Era exactamente lo que necesitaba, así que le dije al tipo que trabajaba ahí que me llevaría 4. El tío me miró con cara de desprecio y me dijo que eso costaría 30€. Le pregunté un par de cosas más y el hombre ni siquiera me miró. Fue el primer momento en el que agradecí que ninguno de los presentes hablara mi idioma. Cuando ya me había quedado a gusto, le entregué la cantidad de dinero correspondiente a las 4 eslingas y me las llevé.
Al salir había una máquina de bebidas en cuyo cristal me vi reflejado. La verdad es que mi aspecto era cuanto menos de vagabundo. Llevaba dos días sin ducharme y después de la paliza de la noche anterior y haber pasado la mañana caminando, mi olor corporal no acompañaba. Tenía las botas llenas de barro y bastantes salpicaduras por el pantalón. La camiseta la tenía negra por haber estado moviendo troncos y el pelo… sucio es poco. Necesitaba una ducha con urgencia. Imaginé que esa habría sido la razón del comportamiento del gasolinero, y partí rumbo al coche sin más dilación. Me esperaba una larga caminata por delante.
A mitad de camino, atisbé una furgoneta blanca a lo lejos y me dirigí hacia ella. Cuando llegué, encontré a un tipo en su interior hablando por teléfono. Esperé a que terminara y tras saludarle en Ucraniano, le pregunté si hablaba ingles, a lo que me respondió que un poco. Le expliqué mi problema y acto seguido me dijo que su nombre era Vasili y que no me preocupara, que él me ayudaría. Subí a su furgoneta y fuimos juntos hasta donde estaba Andrés. Por el camino me contó que todas las tierras que nos rodeaban le pertenecían y que se dedicaba al cultivo en ellas. Al llegar al coche y ver el berenjenal, Vasili ni se sorprendió ni se preocupó lo más mínimo. Me entregó una eslinga que tenía en su furgoneta y me dijo que la enganchara al gancho trasero de mi coche, que me subiera y que a su señal acelerara marcha atrás. Yo no entendía como con una Ford Transit, pretendía sacar un coche de 3.000 kilos del barro, pero yo poco tenía que perder, así que seguí sus instrucciones. Evidentemente las cosas sucedieron tal y como yo imaginaba y poco después el gran Vasili se encontraba tan atascado en el barro con su Ford Transit como yo.
De nuevo me dijo que no me preocupara e hizo una llamada, tras la cual apareció un tremendo tractor azul en nuestra ayuda. Ya no me cabía duda que con semejante armatoste, estaba todo resuelto. Así fue y al poco rato nos encontrábamos todos fuera del lodo. Le agradecí muchísimo lo que había hecho por mí y le ofrecí dinero por ello, a lo que me respondió que ni hablar. Se me ocurrió una manera estupenda de agradecérselo y le obsequié con una camiseta de “la vuelta al mundo de Sarto” que le encantó.
NOTA:
Cuando sacamos a Andrés del barro con el tractor, la primera eslinga que usamos, que fue la de Vasili, la partimos por la mitad. Al yo intentar entregarle una de las que acababa de comprar, me dijo que no la aceptaría, ya que a mi me quedaba un largo camino por delante donde la podía necesitar.
Ya con el coche en tierra firme y bien entrada la tarde, decidí buscar algún sitio agradable donde poder montar el campamento y aun con luz de día pegarme una ducha. Tras varios intentos infructuosos de meterme en caminos de tierra que salían de la carretera, ya que todos terminaban en una valla o en un pueblo, me adentré en uno que daba a una zona tranquila. Ya bastante apurado por que me necesitaba pegar una ducha, y quedaba poco menos de media hora antes de que el sol se pusiese, paré decidido a sacar el bidón y quitarme la ropa, cuando vi que a pocos metros de mí y tras unos árboles, había un monton de gente sentada con música. Estaba claro que ese no era el lugar más indicado para meterme bajo un chorro de agua como Dios me trajo al mundo, así que me volví a subir al coche con la firme intención de parar en el primer lugar donde no hubiera gente y hubiera sol para ducharme.
¡Me había mirado un tuerto! Allá por donde pasaba solo había casas y gente.
Cruzaba una verde llanura con sembrados a un lado y un riachuelo marrón al otro, con varios pastores y agricultores pasando por ahí, cuando observé que el sol estaba a punto de ponerse tras los pinares que lindaban con los sembrados. A penas quedaban 10 minutos de sol, y si este desaparecía, ducharse sería del todo imposible debido al frío. No me lo pensé dos veces. Detuve el coche y ante la atónita mirada de aquella gente, me pegué la ducha que más había necesitado en toda mi vida.
Ya aseado y con ropa limpia, busqué un sitio tranquilo donde pasar la noche. Toda la suerte que no había tenido con anterioridad, la tuve entonces. Seguí una carreterita que llevaba a un pueblo, y me desvié por un camino de tierra. Después de un kilómetro de campo a través, encontré un claro de césped inmenso rodeado de bosque. ¡Era perfecto! O eso parecía…
Como aun quedaba un poquito de luz, decidí dejar la Maggiolina ya abierta. Fue entonces cuando me percaté de la ausencia de la manivela en su lugar habitual (En el cajón derecho, entre las linternas y la ducha). Sin agitarme, empecé a buscar la manivela en los posibles sitios donde la podría haber dejado… asientos… guantera… apoyabrazos… terminé vaciando el coche por completo.
Recordé que al sacar el coche del fango con el tractor, le estuve haciendo fotos. Cogí rápidamente la cámara y las revisé. Observé con horror como en una de ellas se veía perfectamente que la manivela estaba puesta en la Maggiolina. ¡¡Eso quería decir que no la había quitado al bajarla y que la había perdido de camino!! Sin manivela no había Maggiolina, y sin Maggiolina ¿Dónde dormía? Guardaba en su interior los sacos de dormir, así que la tienda de campaña de reserva, solo podía servir para coger una pulmonía.
Por un momento me invadió una mezcla de enfado y frustración. Era imposible conseguir una manivela. Lo había estado intentando en Madrid y parecía ser que no hay manera de conseguir repuestos. Quizás la podría encargar en Italia, pero ¿cuánto tardarían en enviármela? Y lo que es pero ¿a dónde lo harían? Y ¿Cuántos días tendría que dormir en el coche? Que por cierto, jamás en toda mi vida había visto un coche más incómodo para dormir que Andrés.
Fue entonces, tumbado en el asiento trasero y clavándome los cinturones, sin poder conciliar el sueño por el ruido del motor y sin ninguna esperanza de que el interior del coche quedara a una temperatura de mi agrado, cuando pensé en mi cama. Mi enorme cama de Madrid mullidita donde me podía espatarrar a mi antojo y ni hacía frío en ella, ni tenía cinturones de seguridad que se le clavaban a uno en los riñones. Por un momento pensé que si conducía 3 días sin parar podría llegar a ella. Bufff… que pereza conducir tres días sin parar. ¡Y con el sueño que tenía! Entonces pensé en la persona que más positivamente ve siempre todo. Casualmente la conozco. Y en ese momento habría dicho ¡Pero bueno, que divertido! Ya tenemos plan para el sábado ¡fabricar una manivela!
Me engañé un poco a mi mismo diciéndome que eso no era tener un amigo imaginario y proseguí con mis cavilas. Era verdad que no tenía ningún plan en todo el fin de semana. Kiev se encontraba a tan solo 150km y no debía estar ahí hasta el lunes. Así que al día siguiente a primera hora buscaría en algún pueblo un desguace y una máquina de soldar, y me pondría manos a la obra.
Amanecí a las 8 y 20 de la mañana con el sol en la cara y los riñones en el cuello. Rápidamente me puse a los mandos de Andrés y partí hacia el pueblo más cercano. Iba distraído pensando en como fabricar tal artilugio. La cosa no era tan complicada. La Maggiolina, tenía en la parte trasera un agujero de unos 3 centímetros de diámetro, donde se encontraba el final de una barrita de hierro con un corte en medio como para meter un destornillador. Solo necesitaba un tubo de hierro de ese diámetro y hacerle por su parte final un taladro donde meterle un clavo y dejarlo ahí soldado. El tubo habría que soldarlo a una barra de hierro de unos 20cm de larga x 4 de ancha y en su otro extremo se le debería soldar una barra de hierro lo suficientemente ancha para que se pueda coger con una mano y con un tubo metálico alrededor para poder darle vueltas.
Por no estar a lo que estaba, no me di cuenta y se me volvió a quedar el coche atrancado en un lodazal. Esta vez ya tenía la lección aprendida, así que me puse las botas de agua y como ahora sí había árboles cerca, pude en enganchar el winche a uno de ellos primero y a otro después y salir a duras penas.
Probé suerte en un par de pueblos pero entre mi pobreza lingüística del ucraniano y que “a mal entendedor, apaga y vámonos”, no hubo manera de conseguir nada.
Quiso el destino, que en el siguiente pueblo entrara a comprar pan en una pequeña tienda de alimentación. Uno de los tipos que andaba por ahí, vio como le hacía a la vendedora los gestos de ponerme la careta de soldar y soldar, con ruido y todo y me dijo algo que no comprendí pero creo que significaba: “acompáñame que se donde hay uno”.
Así fue. Precisamente detrás de la tiendecita había una especie de cuadra con un montón de chatarra donde un señor y su padre trabajaban. El tipo que me llevó le dijo unas palabras y el señor del taller señaló algo que parecía una calabaza. A su lado había un montón de electrodos y una careta de soldar. ¡Era una soldadora!
El señor de la cuadra, me dijo que hablaba algo de portugués y que podía utilizar la máquina cuanto quisiera. Me puse contentísimo y le intenté explicar a aquel hombre lo que necesitaba. Finalmente entre el hombre, su padre y yo, conseguimos en algo más de una hora fabricar con el tubo de hierro que servía de cierre del garaje, unos clavos, algo de varilla y una plancha de hierro una manivela exactamente igual que la de la Maggiolina, solo que algo más rústica de aspecto. Funcionaba a la perfección.
Le pregunté que cuanto le debía por el trabajo realizado y él me dijo que la voluntad. Yo le dije que nada de voluntad y que me dijera cuanto le parecía bien por el trabajo y los materiales. Finalmente me dijo 50 drijnas (6€). Se me encendió una bombillita interna y le di 100 drijnas después de decirle: “¡Toma esto y vamos a fabricar otra!”.
Ya con mis dos manivelitas partí hacia Kiev acompañado por un joven que iba hacía ahí y al que ofrecí llevar. Paseé todo el día por Kiev y encontré un taller en el que me substituyeron el tubo del depósito auxiliar de Andrés que me había vuelto a fallar.
Cuando empezó a atardecer salí de la ciudad en busca de algún sitio tranquilo y encontré uno maravilloso atravesando varios sembrados en un campo a unos 30km de la ciudad. Talé unos cuantos troncos de un árbol seco con el hacha y preparé una hoguera. Después de cenar una pasta receta de Jorge y Piti, me quedé frente al fuego bajo un montón de estrellas.
El domingo lo pasé tranquilísimo en el campo. Era el último día que me quedaba para descansar, así que decidí no meterme en ningún lío. Recogí leña para por la noche, partí el hacha y di un paseo. Pasé la tarde leyendo en la hamaca, que la enganchaba a una barra de la baca de Andrés y al árbol más cercano.
Al día siguiente me darían el visado de Rusia, y a partir de ahí sería una carrera contrarreloj para recorrer en 6 días los 5.000km que me separaban de Uzbekistán y su capital (Tashkent) donde debía encontrarme con Manolo. De nuevo hoguera (esta vez bien grande) bajo las estrellas. El campo muy verde. ¡Jeje!
PD: ¡Cuanto disfrutaría aquí alguna/o que yo me sé!