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6 al 8 de Mayo. Amarga despedida. Rumania – Ucrania

Thursday, May 8th, 2008

Recogí a Albert a la mañana siguiente, cita a la que llegué 20 minutos tarde por cierto, y nos fuimos directos al taller con el coche. En seguida lo levanto y se puso a desmontar todos los bajos para sacar el diferencial. Aproveche el tiempo y mientras él desmontaba, yo saqué todo el contenido de Andrés y lo volví a meter ordenado. ¡Por primera vez desde que salí de Madrid, iba a poder ver por el retrovisor central algo que no fueran maletas y cajas! Pasamos toda la mañana en el taller y aproveché también para afilar el hacha, hacer limpia de comida etc.

Justo antes de la hora de comer llegó el milagro. De repente Albert gritó: “I found it!!”. Corrí hacia el coche tan rápido como pude y al llegar le encontré con el piñón que movía el bloqueo de diferencial en la manó. Me dijo “look” y lo introdujo en su sitio. Me indicó que me subiera el coche y apretara el botón que accionaba el mecanismo. Y… Tachán!! Cuando lo apreté funcionó a la perfección!! Lo había arreglado. Parece ser que el problema estaba en que el piñón no comenzaba a dar vueltas desde el diente correcto y solo realizaba medio recorrido.

Pasado el momento de euforia me percaté de lo que eso significaba. El coche ya estaba arreglado y debía partir rumbo a Ucrania!! ¡Todo era estupendo! Pero entonces ¿Qué ocurría? ¿Cuál era el problema? Debía estar feliz y contento por poder partir y sin embargo estaba tremendamente apesadumbrado. Entonces comprendí que no estaba contento por que no me quería ir. Había hecho buenísimas migas con Albert y en el hotelito de Dani estaba comodísimo. Hablaba todo el día con Juan, su hermano, que era como una fuente de sabiduría!! Y encima me llevaba fenomenal con las camareras del hotel, que por cierto eran un encanto. El viaje debía proseguir, así que no me paré a pensarlo ni un momento, recogí y coloqué todo mientras Albert montaba todo correctamente y tras una tremendamente emotiva despedida, partí hacia el hotel de Dani. No sin antes intercambiarnos e-mails y prometerle, mantenerle al tanto de mi viaje.

NOTA:

A la hora de pedirle a Albert que me dijera cuanto le debía por su trabajo de los tres últimos días, la cantidad que el creyó justa cobrarme fueron 50 Euros. El que me dijera eso, sabiendo que me podría haber pedido tranquilamente 10 veces más me llamó muchísimo la atención. Evidentemente la cifra que percibió no fue la que me pidió… a ver si se van a creer estos rumanos que los españoles no sabemos regatear!! ;)

Llamé a Dani para informarle de la noticia y me dijo que fuera corriendo para allá que la comida ya estaba lista y había invitado a comer a su amigo el abogado (el del primer día). Le informé que partiría a primera hora de la tarde, razón doble para que hiciera que la comida me saliera hasta por los ojos. Tuvimos una sobremesa agradabilísima y les prometí volver a Rumania después de mi viaje y recorrernos juntos el País de cabo a rabo durante un mes (promesa que por cierto pienso cumplir).

Llegado el momento subí a por las maletas. Cuando bajé al coche, lo encontré como los chorros del oro. Me lo habían lavado (gentileza de Juan). Después de tantos días de maltrato, la verdad es que Andresito parecía otro.

Por supuesto, fue imposible conseguir que Dani me cobrara un solo ley (moneda rumana) por mi estancia, y lo primero que hizo, fue entregarme una tremenda bolsa llena de comida para los próximos días. Después, me entregó la cruz ortodoxa que llevaba en su coche desde hace años (Dani pertenece a esta religión). Por último, me dio un fuerte abrazo.

Juan venía con otra bolsa en la mano. Cuando me la entregó y vi su contenido, casi se me escapa una lagrimilla. Era el montón de ropa medio lavada, que dejé el primer día en el tendedero y estaba perfectamente lavada, planchada y doblada. La cojí para meterla en el coche, y fue entonces cuando le puse mi firma a tan emotiva despedida: al ir a meterla en el maletero, no calculé bien y pasé el brazo justo por un saliente cortante que tenía el bidón trasero de gasolina. El resultado ya os lo podéis imaginar. Un corte de lado a lado del brazo un poquito inclinado, al más puro estilo John Rambo. Menudo panorama… las camareras gritando, Dani preocupadísimo, Juan grabando y yo mondado de la risa.

Saqué el botiquín del coche y entre todos curamos la herida y la pusimos una benda. Aprovechamos para hacer unas cuantas fotos divertidas y ya si que llegó el momento de la despedida. Jamás pensé que me fuera a dar semejante pena abandonar a unas personas que había conocido hacía tan poco, pero así debía ser. Abrazos, besos… una tremendamente amarga despedida.

Partí con un mapa de Rumania que me habían regalado, donde venía señalada exactamente la ruta a seguir para llegar a la frontera Ucraniana. Durante las siguientes horas no hacía más que darle vueltas al por qué de semejante muestra de generosidad y amabilidad. Por algún extraño motivo, el caprichoso destino quería que comenzara mi andadura en solitario con buen pie. Solo esperaba poder agradecer a Dani y a Juan algún día todo lo que habían hecho por mí.

Seguí las indicaciones del mapa y atravesé unos maravillosos parajes que discurrían entre altísimas montañas de roca. Siempre a lo lejos se veían densos bosques que se perdían en el horizonte.

A mitad de camino de la frontera, decidí bajarme a sacar una foto al coche cuando un extraño sonido proveniente de la parte de detrás me llamó la atención. Observé que el tubo de escape estaba suelto ya que en Madrid me habían hecho un empalme un poco raro y los baches habían acabado con la soldadura. Así que con mi dominio del rumano adquirido en los últimos días, fui capaz en cosa de 15 minutos, de parar en un pueblo, preguntar por un “car service” y que me pusieran un par de puntitos de soldadura.

Decidí parar a dormir unos 40 kilómetros antes de la frontera. Tomé un caminito de tierra que salía de la carretera y después de recorrer un par de kilómetros, encontré una zona tranquila junto a un arrollo. Me acordé mucho de Daní & compañía mientras cenaba parte del contenido de la bolsa que me dio.

Era mi primera noche sólo, pero esto no me asustaba. No hacía más que darle vueltas al por que de la bondad y la tiranía de la gente. ¿Serían felices los tiranos? ¿Si no lo eran… porqué eran tiranos? ¿Y los bondadosos? Claramente eran felices, pero entonces ¿qué mérito tenía su bondad si esta les reportaba felicidad? ¿No sería más encomiable el esfuerzo del tirano, que rechazaba la felicidad por seguir sus convicciones? Evidentemente no por que el fin era malo, pero daba que pensar. Finalmente llegué a la conclusión de que los tiranos no sabían que eran tiranos, y los que lo sabían eran idiotas. Lo que quería decir que todos los tiranos eran o tontos o idiotas.

Me desperté al escuchar un bocinazo, y pensé que sería un tractor al que impedía el paso, pero me di cuenta que como no, era un tren que pasaba a lo lejos. Estaba a punto de volver a dormirme cuando escuche unos pasos junto al coche. Pasé un poco de miedo, pero al asomarme vi que era un curioso pastor al que recibí en calzoncillos.

El día fue de lo más normal, ya que decidí no hacer muchas paradas y recorrer la mayor cantidad de kilómetros posibles. Tardé 4 horas en atravesar la frontera Ucraniana. Me metieron hasta perros en el coche. Temí muchísimo por los embutidos de Flavio pero gracias a Dios se encontraban en la única caja que no me hicieron abrir y repartidos por los laterales en los que menos mal que no miraron.

La parte más graciosa de todas fue cuando me hicieron meterme en un cuartito con mi maleta de los medicamentos y sacar ante tres militares todo el contenido de ésta, explicando para qué servía cada fármaco. Tras cada explicación revisaban el contenido de la caja o frasco y leían el prospecto. Tuve que exprimir mi cerebro al máximo recordando aquella tarde en la farmacia de Pura, la madre de mi amigo Tomás, donde con unos apuntes de universidad copiados de no me acuerdo bien quien, encargamos todas las medicinas para el viaje. También me ayudó bastante el que una personita en Madrid me escribiera luego en la caja para que servía cada cosa.

Una vez pasado el mal trago de la aduana, continué camino a Kiev por unas carreteras que me hicieron entender las celebres frases de nuestros padres de “Aun me acuerdo cuando tardábamos 10 horas a Alicante. Teníamos un solo carril, y si te tocaba un camión…” Y es que cuando te toca un camión en estas carreteras supone ir a 40km/h el tiempo que haga falta!! Y para colmo me pararon 2 veces por exceso de velocidad y tuve que gestionar las dos veces que no me hicieran factura y pagar una vez 5 y otra vez 10 Euros de “multa”. Curiosamente las dos veces que me pararon iba grabando con la cámara de video y pude registrarlo todo.

Unos 200 kilómetros después de la frontera, me enteré que la persona que tiene mi pasaporte no estaba localizable y la agencia de transportes no lo iba a poder recoger para enviármelo, por lo que no me llegaría a Kiev hasta el lunes. Eso significaba que me esperaban 5 días de vacaciones en Ucrania con los que no contaba.

Decidí entonces tomármelo con mucha calma, acampar en un sitio realmente bonito y montar el campamento con luz de día. Así que me adentré en el primer bosque que vi y unos kilómetros después encontré un pequeño pantano precioso, que bordeé para ascender a un alto desde donde habían unas vistas privilegiadas. Me pegué una ducha al aire libre con la cual por poco me congelo. Tras prepararme la cena me quedé leyendo hasta que me invadió el sueño.

Me despertó a eso de las nueve de la mañana un zarandeo tremendo seguido de un grito en una lengua desconocida. ¡Qué mal despertar! Asomé la cabeza por la ventana y vi a una vaca pastando junto al coche. Había dado un empujón al coche con un costado y dos pastoras gritaban tras de ella. Cuando me vieron se empezaron a reír y dijeron un montón de cosas de las cuales no me enteré. No me quedó claro si querían que les diera de comer, que fuera a comer con ellas o… en fin, prefiero no darle más vueltas.

Tras desperezarme, vestirme y desayunar, recogí todo corriendo ya que empezaba a llover. La verdad es que el día no empezaba muy bien. Partí rumbo a Kiev y de camino me informaron que no solo no me llegaría el pasaporte hasta el lunes, si no que a demás me llegaría sin el visado de Rusia, que era mi próximo destino. Eso si que era un problema. Tras varias llamadas, me di cuenta que era imposible conseguir el teléfono del consulado Ruso en Ucrania por teléfono así que decidí parar en la siguiente ciudad a buscar un lugar con Internet y conseguir los teléfonos del consulado y de la embajada.

En la siguiente ciudad pués, me de adentré. Pero por más que busqué, un lugar con wifi no encontré. Así que tras un par de intentos infructuosos de sonsacarle a algún transeúnte dicha información, conseguí que un comerciante me indicara como llegar a un sitio con ordenadores. Llegué a un edificio en muy mal estado, y tras atravesar unos extraños pasillos llegué a una sala con un montón de ordenadores. Me dirigí al vigilante para ver si sabía inglés y éste me dijo que sí, además de explicarme como funcionaba aquello. Se quedó charlando conmigo mientras yo buscaba la información que necesitaba y me acabó invitando por la noche a una barbacoa en su casa. Entre que no me terminaba de dar buena espina y que estaba un poco agobiado con el tema del pasaporte y el visado, denegué su oferta. Un rato después, me ofreció acompañarme a Kiev. Me ahorré el preguntarle qué haría con sus invitados de por la noche y tras agradecerle su ofrecimiento, le dije que finlamente tomaría un destino distinto.

Tras salir de aquel extraño sitio y ver que no había manera de contactar con la embajada por que una grabación me decía que el número era incorrecto, hice la primera Jaimitada del día. Traté de llamar desde la tarjeta española y entre cambio y cambio de tarjeta me desapareció la ucraniana. Si ya es un coñazo sacarse un duplicado en España, no quería imaginarme lo que sería en una ciudad de mala muerte ucraniana, con vigilantes acosadores pululando por ella.

Recordé que había visto un lugar de recargas de móvil camino de aquel edificio inmundo y me dirigí a él. Conseguí que el joven dependiente me apuntara la dirección de la oficina “Live Mobile” más cercana, pero lo que no hubo manera fue que me explicara como llegar. Finalmente entre la prisa, la lluvia, y que ya se empezaba a hacer un poco tarde, logré que se la diera a un taxista y le seguí en coche hasta dicha oficina. Menos mal por que habría sido realmente difícil llegar sin él.

Ya con mi teléfono ucraniano de nuevo, hice las llamadas pertinentes y finalmente conseguí hablar con el consulado ruso en Kiev. Me dijeron que el mismo lunes me podrían dar el visado de transito para Rusia, lo que era una tremendamente buena noticia.

Empezaba a hacerse de noche, por lo que decidí desviarme de la carretera por un camino que llevaba a un pueblecito, un par de kilómetros más adelante me desvié por un camino de tierra que se adentraba en el bosque.

Ahí llegó la segunda Jaimitada del día. Vi que había una gran explanada de césped encharcada, al final de ésta había unos árboles tras los cuales iba a poder acampar estupendamente. No conté con que a mitad de la explanada, el agua se iba a convertir en fango, y este fango a su vez en un fango tremendamente fangoso. No se si la Jaimitada fue meterme por mitad del césped encharcado, o detenerme en mitad del fango para dar la vuelta, pero desde luego ahí se quedó Andresito con la tripita apoyada en el césped fangoso.

Ya estaba anocheciendo por lo que actué rápido. Lo primero que me pasó al intentar bajar del coche fue que perdí una zapatilla en el barro. El comienzo perfecto. Me puse las botas de agua increpándome a mi mismo en varios idiomas distintos por no haber aprendido de la última vez. Saqué el cable del winche rápidamente y lo até a un palo de madera gordo de algo menos de un metro de altura que había un poco más adelante. Lo partió en el momento en que tiré de el. Lo até al siguiente e hizo exactamente lo mismo. El plan A había fracasado.

Observé que a unos 70 metros había un poste de luz enorme de hormigón. Esa era la solución. Saqué el cable de repuesto y lo até al poste. Lo desenrollé en dirección al coche, e hice lo mismo con el cable del winche. Había 10 metros de distancia insalvables entre donde terminaba uno y donde terminaba el otro. Los mismos 10 metros que perdí la última vez que me pasó esto en Madrid. El plan B había fracasado.

Me apoyé en el coche sin saber muy bien que pensar y de repente me vino la solución a la mente. Pondría los troncos que había arrancado bajo las ruedas y así el coche saldría. Levanté la rueda trasera izquierda con el hi-lift (una especie de gato rojo alargado que levanta el coche 120cm). Vi que no se levantaba lo suficiente por que el gato se hundía en el fango y puse un tronco debajo. Surgió efecto y conseguí meter la madera bajo la rueda. Tras acabar sin aliento arrancando los troncos necesarios a base de empujones y tirones, realicé la misma maniobra en las otras tres ruedas. Ya con el coche sobre los cuatro troncos, solo quedaba arrancar y tratar de salir marcha atrás.

Fue entonces cuando llegó la tercera y última (eso espero) Jaimitada del día. Resulta que entre el cansancio y las prisas, había olvidado la cámara de video encima del techo de Andrés. Cuando metí la marcha atrás y aceleré el resultado de todo fue nefasto. Los cuatro troncos se partieron en el momento de soltar el embragué, por lo que en un instante me volví a quedar igual que antes. Bueno, igual que antes solo que sin cámara de video, ya que ésta se encontraba envuelta en fango y agua. El plan C había fracasado.

Esta vez me tocaría pasar la noche junto a Andrés, quizás como reprimenda por haberle dejado sólo la vez anterior. Apagué la luz que llevaba en la frente y miré al cielo. Un manto de estrellas nos cubría. Estaba cansado y empapado, pero no hubiera cambiado ese momento por nada del mundo.

5 de Mayo. Transilvania profundo

Monday, May 5th, 2008

Amanecí sobresaltado con la alarma del móvil, pensando que todo lo que me había pasado el día anterior por la tarde había sido un sueño y que estaría dentro de la Maggiolina, sin amortiguadores y en mitad de la nada. No sabéis que tranquilidad cuando comprobé que estaba donde debía estar. Tras despertarme como en casa, con probablemente la última ducha decente que iba a encontrar en las próximas semanas, desayuné algo y partí rumbo al taller de Albert.

Lo encontré con el mono de faena, y al momento de llegar, se puso manos a la obra. Junto con otro mecánico, levantaron el coche y se pusieron a hacer todo tipo de comprobaciones. Tras 10 minutos de enredar por los bajos, sacar piezas, meter y cruzar entre ellos cantidad de frases indescifrables, me dijo que había una buena y una mala noticia. La mala era que el pivote que sujetaba la suspensión por debajo y que yo había partido, había sido soldado, en lugar de atornillado (como debería estar) por lo que sustituirlo por uno nuevo era completamente imposible.
Le pregunté por la noticia buena, y me dijo que casualmente, un tercer mecánico que había entrado en el taller minutos después de que yo llegara y cuya presencia apenas había percibido, era un experto soldador y me lo podía dejar colocado igual que antes, con una perdida de aguante de tan solo el 20%. A mi la verdad es que la noticia me parecía de todo menos buena, pero me dijo que no me preocupará que luego buscaría alguna manera de reforzar la pieza.

Estuvieron un par de horas desmontando bien todo y preparando todas las piezas y la base para que las soldaran.

Le acompañé al taller de soldadura del tercer mecánico. Al llegar con el coche, la imagen no pudo ser más desoladora. Era una mezcla entre cuadra, desguace y perrera. Parecía de todo menos un taller de soldadura. Tardé 3 minutos en reprenderme a mi mismo por prejuzgar, y más en mi situación. Fueron los mismos tres minutos que tardó el soldador en levantar el coche con un gato hidráulico y sacar el equipo de soldadura para ponerlo a punto.

30 minutos después estaba la pieza perfectamente soldada y a simple vista exactamente igual que antes de romperse, con los amortiguadores colocados y todo. Ahora llegaba la parte del refuerzo. Y en ese momento me llamó Dani para… comer!! Eran las 12 y media del medio día y aun tenía algo de mermelada de fresa del desayuno en la comisura de los labios. Me dijo que en media hora me recogería. Abandoné el taller y le dije a Albert que se hiciera cargo del coche hasta que regresara por la tarde.

Tras una agradable comida con Daniel de platos típicos rumanos, me preguntó que me apetecía hacer, y a mi solo me venía a la cabeza lo que a cualquier español después de una comilona: Tele, sofá… siesta!! Evidentemente no le revelé tal deseo, ya que se había tomado la molestia de cogerse la tarde libre para hacer un plan conmigo, así que le dije que decidiera él. Media hora más tarde, me encontraba tumbado en la piscina de agua salada a 34º de un balneario desde el que solo se veían verdes bosques a través de sus grandes cristaleras. El sitio era fabuloso. Pasamos un par de horas entre saunas, termas, duchas etc y tras tomarnos algo en la parte alta del complejo cuyas vistas eran igual de maravillosas que las de abajo, pero 10 metros más arriba, partimos de vuelta al pueblecito. Era increíble como en apenas un día entre la gente de aquí, me había empapado tanto con su cultura y costumbres. Evidentemente, no pasaba un minuto en el que no le bombardeara con una pregunta.

Me estuvo enseñando las distintas zonas limítrofes de la comarca, y el tipo de gente que vivía en cada una. Me sorprendió la zona gitana. Son varios edificios contiguos, todos ellos llenos de gitanos, junto con parcelas de campo y chabolas, pero con todo súper organizado. Todos los poblados gitanos que había visto hasta el momento, estaban en zonas horribles y tenían un aspecto desolador y decadente. Éstos están rodeados de verde, con plantas, sembrados y árboles por todas partes. Me recordó al bosque de Sherwood de Robin Hood, cuando éste llega y ve que tienen relativamente bien organizada la vida en un sitio sin ningún tipo de control estatal.

Después de tan didáctico paseo y descansar un rato, me dirigí al taller de Albert para ver como había ido todo. Al llegar, me informó que había reforzado con soportes de hierro los cuatro amortiguadores traseros y estaba muy contento con el resultado. El invento desde luego tenía una pinta bárbara. También me enseñó un tubo agujereado y me indicó que pertenecía al sistema de trasvase del depósito auxiliar. Parece ser que rozaba con el chasis y con las vibraciones se acabó rompiendo, pero ya estaba cambiado. Me entregó uno de reserva y al día siguiente iba a tratar de bajar 5mm el depósito auxiliar para que así dejara de rozar. La rueda de repuesto ya estaba reparada, y solo quedaba el tema del bloqueo de diferencial que lo iba a dejar para el día siguiente.

Vista mi insistencia con el tema del soporte de las suspensiones y mi obsesión sobre si aguantarían todo el viaje, Albert me propuso irnos a dar una vuelta por el campo y probarlos bien. Sabiendo que el 4×4 era uno de sus grandes hobbies y que parecía ser que se conocía los montes transilvanos como la palma de su mano, acepté gustoso.

El paseo, que duró un par de horas fue inolvidable. A parte de su pericia como conductor (había sido corredor de raids), que hizo que nos lo pasáramos pipa, me llevó por unos sitios fascinantes. Eran caminos interminables por lo alto de las montañas, a través de los cuales se podía recorrer todo Rumania. A lo lejos no se vislumbraban ni siquiera pequeños pueblecitos. Pasamos por varias zonas de barro en las que aproveché para aprender algunas nociones básicas de conducción cenagosa y por bosques tupidos entre túneles de ramas. Vimos varios corzos pasar frente a nosotros y disfruté de la conversación casi tanto como del paisaje.

Habiendo comprobado que la suspensión funcionaba a la perfección incluso por los terrenos más abruptos, le dejé en casa y me fui a descansar. Si había suerte con el diferencial, al día siguiente por la tarde debía partir rumbo a Kiev. No debía olvidar que 12 días después debía encontrarme con una persona en Tashkent. Un largo y duro camino me esperaba por delante.

3 al 4 de Mayo. Bucarest – Transilvania. Todo IBA demasiado bien…

Sunday, May 4th, 2008

Dormimos toda la noche a pierna suelta. Desayuno, duchitas, revisar mails y a media mañana nos fuimos a dar un paseo. Era nuestro último día juntos y después de toda una semana de paliza conduciendo, caminando ciudades de arriba abajo y sin ducharnos más que una vez y media en los 7 días, nos merecíamos pasar un día relajados.

Piti nos enseñó la capital rumana con gran entusiasmo y nos gustó mucho a todos. Es impresionante la degradación que han sufrido todos los palacetes construidos en pleno auge del imperio Austro – Húngaro después de dos décadas de dictadura comunista. La mezcla de opulencia y decadencia es brutal.

Tras comer en un restaurante 100% rumano y comentar todos los pormenores del día, criticar a algún que otro comensal, decir un par de barbaridades a cerca de la falda de la camarera, y darnos cuenta que las dos señoritas que estaban sentadas justo al lado nuestro eran españolas, fuimos a hacer algunas compras y pasamos la tarde de lluvia en casa comentando el viaje y recordando anécdotas.

Quiero matizar algo acerca de las dos señoritas que estaban comiendo junto a nosotros: no solo eran españolas y habían entendido perfectamente todo lo que dijimos, si no que a demás, una de ellas pensó que un comentario que hice del camarero iba referido a ella y la dejó tremendamente afectada. Cito el momento al que hago alusión:

(Anónimo) – ¡Joder tío! Vaya pinta de “pornochacha” tiene la camarera esa ¿no?
(Anónimo 2) – CENSURADO
(Jaime) – Oye chicos, creo que las que tenemos al lado son españolas…
(Voz de Mujer un Tanto Irritante) - ¡Si! ¡Somos españolas! Oye, lo del careto no iría por mi ¿no? Por que me he quedado de piedra.

El resto os lo podéis imaginar… miradas, codazos, patadas por debajo de la mesa… y mucha vergüenza. Acabaron pidiendo por nosotros ya que no comprendíamos la carta.

Esa noche antes de acostarnos tuvimos que dejar todo el coche cargado, ya que al día siguiente los chicos debían estar en el aeropuerto a las 07:00 a.m.

A la mañana siguiente, sorprendentemente, nos despertamos todos a la hora acordada. Camino del aeropuerto, nos perdimos varias veces. La verdad es que estaba un poco en la inopia. Faltaban unos minutos para que me quedara completamente solo en esto. No es que me preocupara ni mucho menos, simplemente se me hacía un poco raro. En mi cabeza solo se repetía la frase: “si aun no has tenido percances, no tienes por que empezar a tenerlos ahora”.

Por fin llegamos al aeropuerto. Detengo el coche y me bajo para despedirme de mis nuevos ex-compañeros de viaje. No tengo más que posar un pie en el asfalto para percibir un sonido nada habitual. Un sonido que a algunos nos irrita, a muchas les asusta y a pocos les pasa desapercibido. El sonido hacía asÍ: “Psssssssssssssssssss…” y provenía de la rueda trasera izquierda.
¡Que maravilla!! ¡Mi primer pinchazo del viaje!! ¡Un momento memorable!! ¡Y justo cuando se van mis compañeros! Si era una señal, temí que no presagiara nada bueno.

Tras los abrazos de rigor, cambié la rueda por la de repuesto y partí rumbo a la comarca de Transilvania, lugar donde se encontraba Dani, amigo de mi amigo Cipriano y encargado de recibirme en un pueblecito transilvano, llevarme a una pensión e indicarme en que taller me podían arreglar el bloqueo de diferencial de mi coche, que no me dio tiempo a arreglar en Madrid.

En realidad, a la reparación del bloqueo había que añadirle la de la bomba que trasvasa la gasolina de un depósito al otro, y ahora la rueda de repuesto. Se empezaban a acumular cosas y eso no me gustaba. Tenía 5000 kilómetros que recorrer en los próximos 12 días y las autopistas ya se habían esfumado, así que no podía andar demorándome por arreglos de Andrés.

Camino de Shimshuara, pueblo donde se encuentra el castillo del Conde Drácula, y por donde tenía que pasar para llegar a mi destino, observé de soslayo una construcción de piedra en lo alto de una colina al otro lado de la carretera. Me fijé bien y parecía un antiguo castillo en ruinas. La misma voz mezquina de por la mañana, me dijo que observara el caminito de piedras que ascendía por la colina. Por inercia, pensé que quizás fuera posible subir por ahí con Andrés. Recordé un mensajito de mi amiga Adriana que había recibido un par de horas antes en el que me decía que me cuidara y decidí hacerla caso, no tentar a la suerte y proseguir hacia mi destino. No me preguntéis por que di la vuelta en el siguiente camino que salía de la carretera. ¡Quería una foto en el castillo!

Buscando el desvío de la carretera por el que se accedía al pueblecito que estaba antes de la colina que daba al castillo, encontré un coche de policía que amablemente se ofreció a llevarme hasta ahí, no sin antes avisarme que desde ahí debería ir a pie. ¡Una lástima! Con las ganas que tenía de dar un paseito, pero ¿quién es capaz de desaprovechar una oportunidad de desobedecer a la policía cuando se dan la vuelta?

Comencé a subir el caminito alegremente. Nada fuera de lo normal. Algo de barro, desnivel, mucha piedra… no se que llegó antes, si el balanceo sospechoso o la frase a mi mente de “ojo Jaime que las desgracias nunca vienen solas”.

Yo creo que lo primero fue el “¡Crack!”. Después el balanceo sospechoso. Por último la frase.

Temí lo peor. Los ruidos secos y desagradables, que acarrean un cambio en la conducta del vehículo que conduces suelen acabar en desgracia. Cuando bajé del coche y me asomé bajo la rueda del “¡Crack!” se confirmaron mis sospechas. La suspensión trasera izquierda se había arrancado de cuajo. El pivote de hierro que la sustentaba por la parte de abajo se había partido por la mitad.

Primero llegó el enfado, acto seguido la desesperación, al momento la pereza y por ultimo me entraron ganas de hacer pipí. La solución para aplacar todos mis sentimientos probablemente hubiera sido golpear la rueda llorando, mientras me dejaba caer sobre la arena orinándome encima. Pero preferí ser práctico y serenarme.

Coloqué el coche en un sitio plano y me senté en la colina a observarlo. La cosa estaba muy clara. Debía desmontar la suspensión trasera para que no bloqueara la rueda y recorrer muy despacito los 120 kilómetros que me separaban de Dani y el mecánico que se iba a ocupar de Andrés.

Manos a la obra. Lo primero que hice fue poner a grabar la cámara de video para que quedara constancia de quién desmontaba los amortiguadores. Gato, herramientas, guantes, tragar arena y 30 minutitos después ambos amortiguadores (lleva dos en cada rueda trasera) estaban desmontados y guardaditos en un cajón. No había sido tan horrible. El único problema era que la pieza solo se podía volver a poner igual, y si se había partido una vez, podía volverse a partir otra, pero ahora no era momento de preocuparse de eso. Era momento de conducir muy despacito y con mucha calma hasta un pueblo llamado Turnavent.

Un par de horitas después había llegado a mi destino. No se en que momento empezó a cambiar todo. No se si es que alguien me puso una velita mientras conducía, si Jesusito se apiadó de mi o si alguien se cansó de jugar con el muñeco de budú. Solo se que por algún extraño motivo, de repente mi suerte cambió. Y aun que os parezca extraño, para mejor.

El tal Dani, amigo de Cipriano, apareció con su hermano. Ambos eran rumanos y habían vivido varios años en España, por lo que dominaban el idioma. Tras tomarnos un café y que quedaran maravillados con mi historia del viaje, me dijeron todo lo que se le podía decir a una persona en mi situación para dejarla tranquila. Me informaron que me tenían preparada una habitación y que al llegar, la comida estaría lista. Que después de comer llegaría un mecánico estupendo que conocían para ver todo lo que había que hacerle al coche y prepararlo todo para mañana. Me dijo que no me preocupara de nada, que era su invitado y me iban a llevar a donde hiciera falta y ayudar en lo que necesitase. Fue como si me quitaran de la espalda una mochila cargada con piedras. Tras ver lo encantadores que eran, el buen rollo que desprendían y la hospitalidad que poseían, solo pude relajarme y dar gracias.

Todos los hechos que sucedieron después de la conversación del café, fueron cien veces mejor de cómo me lo habían pintado. Me llevaron a su pensión. El sitio no podía ser más confortable. El pueblo se encontraba situado entre verdes e interminables prados con abruptas colinas con formas extravagantes. La pensión tenía habitaciones con balcón y baño. Dejar mis cosas en una de ellas e instalarme fue como un soplo de brisa fresca. Me acicalé y cuando bajé, la comida estaba lista. Habían preparado un suculento cordero al horno con patatas para recibirme y habían invitado a unos amigos suyos que no podían ser más encantadores. La comida fue deliciosa en todos los aspectos. La mezcla de idiomas, entre ingles, rumano y español, le dieron un toque de lo más cosmopolita.

Independientemente de lo bien que me sentó la comida en mi situación, hubo algo mucho más allá de eso que probablemente haga que no la olvide jamás, o por lo menos durante este viaje. Por primera vez me mezclé con lugareños. Tuvimos una conversación de lo más distendida en la que ellos me aportaban igual que yo les aportaba a ellos. El hermano de Dani me dejó con la boca abierta. Su análisis socioeconómico de la situación rumana actual vista desde el punto de vista de una persona que ha ido a España a trabajar en la construcción y ha vuelto con ideas de negocio y empapado de cultura capitalista hasta el punto de ponerla en práctica aquí y tener todo tipo de negocios que le van fenomenal fue digno de una tesis de “Económicas”. No quiero aburrir a nadie y lo voy a dejar aquí, pero os prometo que además de dejarme impresionado, me hizo entender muchas muchas cosas.

Después de comer, tal y como me dijeron, llegó un mecánico. Pero no era un mecánico cualquiera. Era “ALBERT”. Gran aficionado a los 4×4 y manitas a más no poder. Tras escuchar con detenimiento lo que me había sucedido y examinar minuciosamente todo, me explicó exactamente que es lo que iba a hacer al día siguiente para reparar todos los desperfectos de Andrés.

Ya no podía estar más tranquilo. El coche estaba en buenas manos, yo me encontraba en un lugar más confortable que hubiera imaginado y con la mejor compañía que se podía tener. Solo me quedaba relajarme, preparar las rutas con los mapas para las próximas jornadas, leer un poco y acostarme pronto.

2 de Mayo. Serbia- Bulgaria-Rumania

Saturday, May 3rd, 2008

Por la noche sonó la alarma del coche 2 veces entre la 1 y las 3 de la madrugada. Creímos que un serbio asesino había descubierto nuestro escondite y nadie se atrevió a salir a mirar. Amanecimos descansadísimos después de 10 horas de sueño. Recogimos todo como de costumbre y partimos rumbo a Bucarest. Nos esperaba un largo viaje por delante.

En la frontera de Serbia con Bulgaria nos dieron bastante la lata. Venga a pedirnos papeles, y venga a mirar el coche, y venga más papeles… la guinda se la puso un policía que me llamó la atención por pisar el césped!! Yo le respondí: “Sorry” y el me dijo con muy mal tono, que lo había pisado 3 veces, a lo que yo le respondí: “Pues sorry, sorry, sorry”. Tras unos segundos de tensión se río y me dijo que nos podíamos ir. Moraleja: “a la tercera va la vencida”.

Bulgaria precioso. En los bordes de las carreteras, la policía coloca replicas de sus coches patrulla pero de cartón para que la gente aminore la velocidad. Poco más podemos decir de este país ya que nuestro paso por el fue tan breve como sorprendente, ya que por primera vez tuvimos que meter el coche en un barco para cruzar un enorme río.

A pesar del mal estado de las carreteras Rumanas, disfrutamos muchísimo hasta llegar a Bucarest ya que las vistas eran preciosas.

Ya llegando a nuestro destino tuvimos un par de golpes de mala suerte. El primero fue cuando no me percaté de la presencia de un radar colocado entre dos vacas, en un pueblo de mala muerte. 200 metros después: Policía. Un poco de paripé y cuando nos dice que nos va a poner una multa, me hecho a llorar sobre su hombro diciéndole que no tenemos dinero y que si puede ser “sin factura” Jeje! Tras sonreír y comentarlo con su compañera, nos dice que continuemos.

Unos kilómetros después, Andrés empieza a dar la lata. Resulta que no trasvasa gasolina del depósito auxiliar al depósito principal. Nos detenemos en una gasolinera e intento echarle un ojo a la bomba que parece funcionar perfectamente. EL problema debe ser que el tubo que va de uno a otro estará obstruido, así que el lunes pasaré por un taller rumano que me ha recomendado mi buen amigo Cipriano para que me lo miren.
Tras poner gasolina en una estación de gasolina y que el gasolinero nos intente estafar 10€, llegamos a Bucarest y a casa de Piti. Como se agradece una buena ducha, una cama para algunos (sofá para otros), lavadora, hielos, Internet… en fin, las típicas comodidades de una casa, que uno empieza a valorar ahora.