16 de febrero al 16 de Marzo. Sur de Chile. Icebergs, terremotos y una gran boda chilena.

April 11th, 2010

Pasé mi última noche cerca de la civilización en un diminuto hostal de Puerto Natales, donde me ofrecieron dejar la bicicleta durante el tiempo que durara mi travesía a pie y con mochila por las Torres del Paine.

El Parque Nacional de las Torres del Paine, declarado reserva de la biosfera por la UNESCO, era una de las áreas protegidas de la región de Magallanes. Según tenía entendido, estaba formado por gran cantidad de entornos naturales como montañas, ríos, lagos, valles y glaciares.

Mi primo Gerardo, lo estuvo recorriendo con amigos hacía una década y me aseguró que había sido el viaje más maravilloso que había realizado. Una de sus primas chilenas, Camila, había trabajado en el Parque Nacional varias temporadas y me ayudó con la lista de cosas que no me podían faltar, como protección solar y bastones…

Nunca antes había tenido que preparar una mochila con la que fuera a tener que caminar tantos días sin reabastecerme de nada. Además de la tienda, la esterilla y el saco, debía meter cocinilla y comida. También ropa, botiquín, una linterna, y un demasiado largo etcétera.

Me desperté al amanecer y me despedí de Paquita, a la que dejé desmontada y candada en el fondo de un desván. Me subí la mochila al hombro y me impresionó lo muchísimo que pesaba.

Tenía un billete para un bus que salía a las 7 a.m, y antes de medio día llegué al Parque Natural.

Cogí un mapa en la caseta de los guardaparques de la entrada y sin mucha dilación me puse a caminar con todos mis enseres para los siguientes días a la Espalda.

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Comencé a atravesar una serie de valles con distinta vegetación y paisaje. Salvo por la molestia del peso de la mochila en los hombros, el paseo era de lo más agradable.

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Conocí a una pareja de israelíes muy simpáticos que acababan de terminar el servicio militar y se habían ido un par de meses de viaje por Sudamérica. En Israel, era obligatorio cumplir tres años de servicio militar. Al terminarlo, era muy común que los jóvenes soldados se fueran de viaje durante algunos meses.

Tras unos minutos conversando con ellos, me preguntaron si no había perdido algo por el camino, a lo que yo respondí que no. Insistieron, inquiriéndome acerca de si no había perdido un cuchillo. Yo les respondí con la descripción del único cuchillo que portaba, que en realidad era una navaja Gerber que me regaló mi buen amigo Hunt después de acogerme a mi paso por México, y que creía a salvo en mi cinturón… ¡Upsss! En ese momento recordé que hacía un rato que me había quitado el cinturón porque me molestaba con la mochila.

Me la entregó uno de ellos. Se la había encontrado a un lado del sendero algunos kilómetros atrás.

A última hora de la tarde, llegué al campamento Serón, que contaba con un pequeño refugio para el guardaparques de CONAF (agentes forestales de la zona) encargado de la zona. Su nombre era René, y era un tipo de lo más encantador.

Cuando me quité la camiseta observé que tenía los hombros irritadísimos y rojos como tomates por delante. Lo primero que hizo René, fue explicarme que llevaba la mochila mal colocada. Lo segundo que hizo fue pesarla.

Me indicó que con una mochila de treinta y dos kilos, me sería imposible acostumbrarme a caminar muchas horas seguidas, y más si no me ponía una desde que iba al colegio. Lo normal era llevar entre catorce y diecisiete, ¡y yo llevaba el doble! Debía aligerarla como fuera.

Después de montar la tienda, pasé lo que quedaba de día en el césped, de charleta con la gente que llegó a montar campamento para pasar la noche. Además de los dos Israelitas, había un grupo de chilenas de lo más pintoresco, y otro grupo de rancagüinos encantadores!!

Aquella noche me pegué un auténtico festín con los Israelitas para quitar algo de peso de la mochila, y me desprendí de varias latas de atún, un paquete de pasta, un bote de tomate frito, y varias manzanas y aguacates.

Antes de acostarme, me pasé un rato por el refugio de René, donde estuvimos un rato tomando algo, y contando chistes. Los chistes chilenos eran aun perores que los de mi tío Jose.

Dormí como un lirón, y a la mañana siguiente, René me ayudo a cargar mi mochila y a llevarla como es debido.

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La pusimos en la báscula, y había bajado 4kg!!

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Cuando me la puse, noté que los hombritos me ardían como brasas, pero la sensación era infinitamente mejor que el día anterior. Entre eso, y que me enseñaron a utilizar los bastones para andar, la cosa mejoró considerablemente.

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Partí a media mañana con dirección al campamento “Dickson”.

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El paisaje comenzó a ser un poco más montañoso, mientras que el terreno solo fue algo más escarpado que el día anterior.

Estuve un rato caminando con un porteador de la zona que había ido a hacer una ruta caminando con su novia y dos amigos chilenos. Me dieron varias indicaciones y útiles consejos a cerca de la ruta de los días siguientes.

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A última hora de la tarde, llegué al campamento Dickson, que se encontraba junto a un río en el que me pegué un chapuzón de lo más reconfortante.

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A partir de aquel día, el terreno comenzó a volverse más inhóspito, con bastante monte y barro. Me encontraba a un par de días de alcanzar el lugar que mi primo Gerardito me había señalado como el más espectacular del recorrido, la llegada al Glaciar Grey.

Precisamente aquel era el motivo que me había llevado a caminar durante varios días rodeando el Macizo de las Torres desde el este y por el norte: La llegada a una de las lenguas de Campo de Hielo Sur (la tercera extensión de hielo más grande del mundo) desde el noroeste, y a través del paso John Gardner.

El cuerpo se me empezó a acostumbrar a caminar con la mochila, y poco a poco me fui sintiendo más cómodo y ágil. Sustituí un bastón que partí al hundírseme en el barro, por una rama de árbol de las dimensiones y forma apropiadas, pero que cada hora debía cambiar de mano, ya que era algo pesada.

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Cualquier lugar era agradable para detenerse a comer algo, o simplemente a escuchar el agua corriendo por los arroyos y los pajarillos revoloteando.

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Cada noche me preparaba la cena con una diminuta cocina de gasolina. Solía hervir un par de litros de agua. Con uno preparaba una sopa o crema, y con el otro hervía pasta, noodles o arroz condimentado.

Después de un par de días caminando en armonía con la naturaleza, llegué al valle que llevaba al paso John Gardner.

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Tras un exigente ascenso de 4 horas, finalmente alcancé el paso. Al llegar arriba, me quité la mochila y me encaminé al borde de la montaña. Respiré hondo, y una intensa sensación de alegría y agradecimiento me invadió. Sentí muchísimo no haber podido compartir aquel momento con más de una persona…

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El glaciar grey se extendía frente a mí, y resplandecía bajo el sol con sus tonos azulados. Era precioso.

Llegué al campamento “Paso” bien entrada la noche. El guardaparques era un tipo excepcional llamado Cristóbal.

Compartí con la gente del campamento mi último sobre de Jamón ibérico de Flamago, y en aquel recóndito lugar un montón de gente agradeció a Flavio poder disfrutar de tan suculento bocado.

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Repartir un único sobre de jamón entre tantas personas, no fue una tarea nada fácil y tuvimos que improvisar un Trivial Pursuit de campaña. Pasamos una agradable velada charlando y contando historias.

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Al día siguiente caminé todo por la falda de la montaña y a través de varios bosques que se sucedían junto al borde del glaciar.

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A media tarde, avisté el lago Grey, lugar donde terminaba la lengua del glaciar.

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A lo largo del día fui observando como el hielo cambiaba de color, y los distintos efectos que producían en este el sol y las nubes.

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A última hora de la tarde el sol se puso tras las montañas y coloreó las nubes de naranja.

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Pasé aquella noche en el campamento “Guardas”, y partí a primera hora del día siguiente al refugio del lago Grey, donde tenía entendido que había una playa de arena ideal para acampar.

Cuando llegué me encontré con que a demás de una playa estupenda, había un pequeño refugio de madera, donde se encontraban Diego y Eduardo, dos tipos encantadores que se dedicaban a hacer incursiones con grupos por el glaciar Grey.

Aquella noche montamos una buena fiesta o “carrete” como dicen los chilenos, con el grupo de las niñas, los rancagüinos, los israelitas y un largo etcétera en el refugio.

Al día siguiente, Piwi, Bea, algunos rangagüinos más y yo, nos animamos a ir a conocer el glaciar a fondo con Diego y Eduardo.

Nos llevaron en una Zodiac desde la playa del refugio hasta el comienzo del glaciar y nos entregaron unos crampones (suelas metálicas escarpadas con puntas para caminar sobre el hielo) y un piolet a cada uno. Tras una larga explicación sobre como caminar por el hielo y cómo utilizar las herramientas que nos habían entregado, nos adentramos en el glaciar.

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Me encantó la sensación de caminar sobre el hielo cristalino viendo el interior del glaciar desde arriba. Parecía que uno pudiera caminar sobre el agua.

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La falta de oxígeno por la compactación del glaciar y el paso de los años, le hacía que el hielo tuviera un color absolutamente mágico.

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Las formas que adoptaba el hielo con el paso del tiempo eran sorprendentes.

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Diego iba todo el rato explicándonos infinidad de cosas acerca como comportarnos y como reaccionar sobre el hielo, a la vez que nos daba un montón de información general de los glaciares.

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El hielo sobre el que nos encontrábamos, tenía más de 10.000 años de antigüedad. Según me habían contado, la tradición que se seguía cuando se visitaba el glaciar era arrancar un trozo de hielo y servirlo en una copa con whisky. Whisky con hielo milenario.

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Nos metimos en una impresionante cueva natural de hielo que se había formado en el glaciar con tamaño suficiente para caminar dentro de ella.

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El encargado de la seguridad del grupo era Eduardo, un experimentado montañista de la región de Magallanes. Era impresionante ver como caminaba rápidamente de un sitio a otro dando igual cuan escarpado fuera el terreno.

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En un momento dado, llegamos a una zona del glaciar, donde se había formado una pequeña laguna completamente azul, en la que Eduardo y Diego nos ofrecieron darnos un baño.

Se les quedó cara de póker al ver como me empezaba a desvestir a toda prisa. Por un momento pensé que Eduardo se iba a echar para atrás, pero tan solo me indicó que me atara una cuerda a la cintura para que me pudieran sacar si me daba un síncope.

Lo que realmente quería era sumergirme desnudo en aquella agua milenaria, pero había un par de chiquillas delante, y por motivos evidentes decidí conservar mis calzoncillos. Estaba muy, muy fría.

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Al salir me sequé con la camiseta y Diego muy amablemente me prestó su forro polar, y me dio una taza de Mate ardiendo.

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Emprendimos nuestro regreso al lago, y no tardé en entrar de nuevo en calor con el movimiento.

Cuando esperábamos en el borde del glaciar a que llegara la zodiac a recogernos, un enorme pedazo de glaciar se desprendió junto a nosotros. Causó un enorme estruendo y una ola que pronto desapareció

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Pasé el resto del día holgazaneando con los rancagüinos en el campamento y realizando actividades varias, tales como hacer equilibrio con cuerdas atadas a los árboles y disculparnos con las tiendas de campaña de la zona por el barullo de la noche anterior.

Después de cenar nos preparamos unos vinos con frutilla (fresa) y nos quedamos de charleta hasta bien entrada la noche.

Llegó la mañana del tercer día en Grey, y con ella el momento de ponerse en marcha. Me dio pena no poder llevarme un trocito del hielo del glaciar de recuerdo. Faltaban un par de semanas para la boda de mi querido primo en Santiago, y habría sido un buen regalo. Nada le podría hacer más ilusión a Gerardito que brindar en su boda con hielo milenario del glaciar que con tanto cariño recordaba.

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Aquella mañana me encaminé hacia el Valle del Francés. Pasé por el Lago Peohé, donde se encontraban los Rancagüinos, y el grupo de las niñas que ya se marchaba de vuelta a Santiago. Me dio pena despedirme de ellos, ya que eran un grupo simpatiquísimo y de lo más variopinto.

Después de comer algo, continué mi camino hacia el Valle del Frances, lugar que alcancé al día siguiente por la tarde.

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El Valle del Francés se caracterizaba por estar poblado de bosque, y por encontrarse bajo los Cuernos del Paine. Unas formaciones rocosas con forma de cuernos.

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Su parte superior es de distinto color debido: según algunos a que son dos tipos diferentes de roca. Según otros, por que en la última glaciación, las enormes rocas quedaron cubiertas por el hielo casi en tu totalidad. Solo la punta quedó al descubierto, y con el paso de los años y por el contacto con el magma de la tierra en algún momento, se quedaron de color negro. Cuando el hielo se retiró, quedó la parte de abajo, más clara, al descubierto.

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Pasé la noche en la parte baja del valle, que era una preciosidad y al día siguiente partí temprano hacia el campamento base de Las Torres.

Caminé todo el día por senderos que subían y bajaban por las faldas de las montañas que se sucedían.

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Lagos muy bonitos y horizontes infinitos.

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La última parte del camino era toda ascendente y fue agotador. A pesar de haberme acostumbrado bastante al peso, cada uno de los casi treinta kilos que acarreaba se hicieron notar. Creo que sin mi bastón y mi ramita para apoyarme mientras caminaba, me hubiera muerto.

Comenzaba a caer la noche cuando llegué al campamento Chileno, que era un pequeño refugio que disponía de un lugar plano donde acampar en medio de una zona rocosa, donde casi todas las superficies eran escarpadas. Me encontraba a unas pocas horas de la cima, en donde se hallaban las famosas Torres del Paine.

Me encontré con un grupo de 4 chilenas encantadoras, con las que había coincidido hacía un par de días, y nos quedamos charlando en el refugio hasta pasada la media noche. Sus planes eran partir al día siguiente a la hora de comer al campamento base de Las Torres, pasar ahí la noche, y al día siguiente a primera hora subir hasta Las Torres.

Según había oído, el efecto del sol al amanecer en las Torres del Paine, hacía que estas adoptaran un color precioso, y merecía mucho la pena salir del campamento base un poco de noche para llegar arriba en el momento en que los primeros rayos asomaran por el horizonte.

Realmente me apetecía llegar arriba para contemplar aquel efecto en las torres de piedra, pero para ello debía perder todo el día siguiente, y subir con las chicas el día después de madrugada.

Debería conformarme con ver Las Torres al día siguiente con luz de día, a no ser que…

Después de darle un par de vueltas, decidí partir aquella misma noche. Era poco más de la una de la mañana y debía darme prisa.

Caro y sus amigas me prestaron su cocinilla para prepararme un buen plato de pasta que me proveyera las calorías necesarias. Preparé una mochila con el saco de dormir y la esterilla, y un termo de “el café de las niñas”, con leche en polvo, capuchino y mucho azúcar.

En menos de dos horas estaba más que listo, y comencé la ascensión de la montaña algo antes de las tres de la madrugada. Llevaba una mochila ligera, y me guiaba con mi linterna de frente.

Hacía bastante frío, y me perdí varias veces en las que tuve que seguir mis huellas, y esforzarme por encontrar la senda a seguir, que en muchos casos era inexistente, ya que solo había roca y piedras.

La ausencia prácticamente de peso en la espalda, hacía que avanzara veloz cual gacela, y poco después de las cinco de la madrugada, aun de noche, llegué a Las Torres del Paine.

Se podía ver la silueta de las torres con la luz de las estrellas. El cielo estaba despejado, y en una hora aproximadamente comenzarían a despuntar los primeros rayos de luz.

Escalé la montaña algunos cientos de metros hasta una roca saliente que había en lo alto. Extendí mi esterilla en la roca, coloque mi saco encima, y me tumbé mirando hacia las torres con los piececitos colgando en el abismo.

Hacía muchísimo frío, así que me metí por completo en el saco, dejando tan solo la nariz y los ojos fuera. Faltaba poco tiempo para que comenzara a amanecer, y lo vería desde una posición privilegiada…

De repente un calor intenso hizo que me despertara. Cuando abrí los ojos el sol brillaba en lo alto del cielo, y varias personas revoloteaban y sacaban fotos en la parte más baja de la montaña. Las torres estaban completamente iluminadas, y a pesar de ser muy bonitas, su color era de piedra corriente. Eran más de las 11 de la mañana, y me había quedado dormido.

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Me sentí como el mayor idiota del planeta. No tenía la intención de pasar el resto del día bajo aquel sol de justicia, ni de volver a dormir sobre aquella roca, que con luz no se veía tan segura como la noche anterior. Definitivamente, no vería el amanecer en Las Torres.

Aquello tampoco era el fin del mundo, pero ya era la tercera espinita que se me quedaba clavada en el viaje: Primero no me pude llevar el trocito de hielo de Grey, después conocí a una chiquilla encantadora y monísima a la que no me atreví a decir ni mu, y ahora después de dos semanas caminando por el Parque Nacional de Las Torres, cuando finalmente alcanzo Las Torres, me quedo dormido en el momento clave.

Regresé al Campamento Chileno para recoger mi tienda de campaña y despedirme de Caro y las niñas, y a media tarde llegué a la base de la montaña. Me encontré con un guardaparques de CONAF que había conocido hacía algunos días llamado Rodrigo. Me sugirió que pasara la noche en una zona verde preciosa que había para acampar, y así lo hice. No me vendría mal descansar y meditar un poco aquella tarde.

Llevaba varios días dándole vueltas a la idea de llevar a Santiago un trozo de hielo milenario del glaciar Grey, para regalárselo a mi primo por su boda.

Hacía unos días, todavía en el glaciar, había desechado la idea, ya que para que no se derritiera debería ser un pedazo de hielo de un tamaño considerable, y me era del todo imposible cargar con eso además de mi equipaje durante el resto de los días por el Parque Natural.

Ya había visto y caminado cada rincón del Parque Nacional, y al día siguiente tomaría el bus de regreso a Puerto Natales. Entonces se me ocurrió una idea del todo descabellada, pero que al menos me quitaría una de las espinitas del viaje.

- Rodrigo, se me ha ocurrido una idea-. Le comenté al joven guardaparques.

- ¿Para llevarte un trozo de hielo a Santiago?-. Inquirió.- Te escucho.

Tardé un buen rato en explicarle el plan que había estado maquinando…

- Gueon, estai loco-. Exclamó.- Pero tengo algo que quizás pueda ayudarte.

Pasé el resto de la tarde lavando algo de ropa, y charlando con una pareja española muy simpática que había ido a visitar el parque un par de días.

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Aquella noche hicimos una gran fogata los 4 y compartimos vino chileno.

A la mañana siguiente me subí en el bus que llevaría de vuelta a la pareja española Puerto Natales, y yo me baje a la Salida del Parque, en la caseta de los guardaparques de CONAF.

Me dirigí a un pequeño quiosco donde vendían bebidas y víveres para la gente que partía desde ahí a caminar durante días y no se había avituallado suficiente. Probablemente fuera el único lugar en más de 40 km a la redonda donde se pudiera comprar algo tan básico como cereales, o pilas.

El encargado era un tipo simpatiquísimo de avanzada edad con el que me puse a conversar mientras me preparaba la comida. Había unos cuantos excursionistas sentados junto a aquella caseta de madera, y por si alguien tenía hambre decidí cocinar medio kilo de espaguetis con tomate y jurel (pescado parecido al atún), que compré ahí mismo.

La pasta me quedó al dente y riquísima, pero todos habían comido y nadie se animo a tomar ni un poquito.

- Bueno ¿y te vuelves ya a Santiago?-. Me pregunto el simpático señor del quiosco.

- Más o menos -. Respondí.- Me dirijo al glaciar Grey para sacar un trozo de hielo milenario y llevárselo a mi primo de regalo de matrimonio a Santiago-. Le dije mientras comía pasta con tomate.

- ¿Y cómo piensas llevarlo a Santiago sin que se te derrita?-. Preguntó con gran curiosidad.

- La verdad es que aun no lo se-. Le respondí con toda sinceridad.- Rodrigo, un amigo guardaparques me ha prestado esta mañana una gran manta térmica para envolver el hielo. Espero que con eso y el suelo de nylon de mi tienda de campaña, sea suficiente para llegar a Puerto Natales, donde tengo mi bicicleta. Después tendré que improvisar. Mi único problema es que no se donde dejar el contenido de mi mochila y mi tienda de campaña el par de días que me demoraré en llegar a Grey y coger un buen pedazo de hielo.

- ¿Dices que piensas partir ahora mismo hacia el glaciar Grey sin tienda de campaña ni saco de dormir, a sacar un pedazo de hielo para que tu primo brinde en su matrimonio con hielo milenario?-. Preguntó incrédulo.

- Bueno, mi idea es llevar un buen trozo de glaciar para que todos podamos beber en su boda whisky con hielo milenario-. Le expliqué mientras continuaba comiendo espaguetis.

- ¿Y donde y cómo pretendes dormir esta noche cuando llegues a Grey?-. Cuestionó aquel tipo tan simpático.

- No lo se, pero pasé por ahí hace algunos días, y me llevé muy bien con los guardaparques de la zona y los dos montañistas que viven en el refugio. Me bañe en el agua de una laguna de dentro del glaciar y me dijeron que hacía años que no veían algo así. Espero que me puedan ofrecer cobijo-. Le indiqué.

Mantuvimos una distendida conversación que duró lo que tardé en terminarme el medio kilo de espaguetis.

Al tipo del quiosco le impresionó lo del hielo casi tanto como el que me hubiera comido a media mañana semejante cacerola de pasta yo solo. Amablemente, me ofreció dejar ahí todas mis cosas para poder partir con la mochila vacía y así tener donde meter el hielo. Podría volver en un par de días o cuando quisiera para recogerlas.

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Tarde unas horas en alcanzar el borde del lago Peohé, y una hora más en cruzarlo en catamarán.

La sensación de partir hacia Grey con lo puesto y en pantalón corto, era extraña. Si me veía obligado a pasar la noche de camino, las pasaría canutas.

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Se había levantado bastante viento y tuve que moverme rápido para no pasar frío. A última hora de la tarde llegué a un alto desde el cuál pude vislumbrar el glaciar. Verlo de nuevo hizo que se me pusiera la piel de gallina.

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Alcancé al campamento del lago grey cuando el sol ya prácticamente se había ocultado. Al primero que me encontré fue a uno de los guardaparques, que se sorprendió mucho al verme. Le conté por encima lo que había ido a hacer y entre carcajadas me dijo que Eduardo se había ido, pero que Diego estaba en el refugio y que se alegraría mucho de verme.

La bienvenida fue más cordial aun de lo que me esperaba. Diego me informó que Eduardo estaba fuera, y que había un colchón y un edredón disponibles para mí.

Le conté con todo detalle mientras digeríamos una cena en toda regla, los días siguientes a mi partida. Le expliqué mi idea de llevarme un buen trozo de hielo milenario para el matrimonio, y le pedí consejo y ayuda para sacar el hielo del glaciar.

Me dijo que lo mejor sería que al día siguiente por la mañana fuera con él al glaciar, y ahí veríamos lo que hacíamos.

Aquella noche nos quedamos hasta tarde en el refugio tomándonos unos vinos con un simpático grupo de chilenos que estaba aquel día pasando la noche en Grey. Al día siguiente ellos también vendrían de excursión al glaciar.

A la mañana siguiente nos despertamos temprano con un aviso por radio. Se avecinaba una tormenta grande y llegaría en unas horas. Debíamos partir cuanto antes al glaciar, si es que podía navegar la enorme Zodiak con la que debíamos cruzar el lago.

Tardaron un rato en confirmar que se podía navegar, y poco después de las nueve de la mañana llegaba la embarcación a buscarnos con Eduardo dentro. El capitán nos informó que había habido un terremoto aquella noche en el País, con epicentro en Concepción. No sabía la magnitud ni las consecuencias, ya que no había ningún sitio cercano con teléfono, pero según le habían informado por radio, había sido fuerte.

No podríamos estar demasiado tiempo en el hielo, ya que la tormenta que venía era bastante seria. Diego me dijo que cuando llegáramos al glaciar, Eduardo y él se bajarían con el grupo, y yo me quedaría en la embarcación con El capitán y el otro Marinero. Contaría con la ayuda de varios piolet, unas cuerdas y unas herramientas cilíndricas para taladrar el hielo y poderse asegurar a él.

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Navegamos hasta una zona del glaciar donde se acababa de desprender un gran cascote de hielo. Colgándome de la proa le atornillé una de aquellas herramientas cilíndricas al hielo con un cabo bien atado y nos dispusimos a remolcarlo hasta separarnos una distancia prudente de las paredes del glaciar.

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Acercamos aquel gran pedazo de hielo a la proa de la embarcación, y saqué el cuerpo de cintura para afuera. Con una mano sujeté el cabo con firmeza, y con la otra comencé a golpear el hielo con la punta del piolet.

Continué golpeando y golpeando. Golpeando, golpeando y golpeando. Tuve que cambiarme la herramienta infinidad de veces de mano, y continuar golpeando.

Finalmente conseguí separar un trozo de hielo de un tamaño más que correcto para un buen regalo.

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Recogimos al grupo en el glaciar y nos dirigimos a toda prisa de vuelta al campamento. La tormenta se acercaba, y ya se estaban empezando a formar olitas y a levantarse algo de viento. En cuanto llegara la lluvia no me iba a poder mover de Grey caminando con un hielo de 40 kilos que no me cabía en la mochila, y que quería llevar de una pieza a Santiago.

Diego me propuso continuar con la Zodiak hasta el final del lago, donde a veces pasaban vehículos, y tratar de conseguir que uno me llevara hasta la entrada del parque, para ahí ir a recoger mis cosas y conseguir un Bus que me llevara a Puerto Natales, aunque ya era tarde, y probablemente no salieran más buses.

Así lo hice. La embarcación navegó a duras penas al otro lado del lago Grey y descendí con el hielo envuelto en la manta térmica de Rodrigo y en el suelo de nylon de mi tienda de campaña. Fue en ese momento cuando me di cuenta que había cometido una Jaimitada, y además de las gordas.

¡¡Me había olvidado mis zapatillas en el refugio!!

Había ido al glaciar con unas botas para andar por el hielo del capitán y mis zapatillas las había dejado en Grey. De repente la situación se tornó bastante surrealista, en aquel lugar, descalzo y con semejante pedazo de hielo en la espalda a modo de saco de patatas…

Tras varios ires y venires e intentar colarme de todas las maneras posibles en una caseta deshabitada que tenía una radio, encontré un vehículo militar parado, con un soldado al volante y sin nadie más dentro.

Después de explicarle mi problema, me dijo que quizás ellos pudieran ayudarme, pero que debía esperar al teniente, que estaba con todos los soldados en la montaña y llegarían en diez o quince minutos.

Cuando llegó el Teniente, resultó ser un tipo encantador. Le expliqué lo que hacía ahí, y porque estaba descalzo y acarreaba semejante trozo de hielo. La historia le pareció de lo más simpática y me prestó toda su ayuda.

Conseguimos contactar por radio con un puesto de CONAF, al que le explicamos que todas mis cosas estaban en el quiosco de “Laguna Marga”, y que por favor que se encargaran de que alguien las metiera en algún autobús que fuera a Puerto Natales.

Me indicó que ellos también se dirigían a Puerto Natales, y que si quería me podían llevar con hielo y todo.

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El trayecto hasta Puerto Natales se me pasó volando. Las anécdotas y las historias en el ejército eran divertidísimas.

Al llegar a Puerto Natales me dirigí al Hostal Esmeralda, donde pude calzarme con mis zapatillas de montar en bici. Casualmente estaba Cristóbal, el guardaparques del Campamento Paso de Las Torres. Le conté la historia del hielo, como había llegado, y mi problema con mi equipaje, que aun estaba en Las Torres.

El me contó lo del terremoto y me explicó que el país estaba patas arriba y que había un montón de muertos en la zona de Concepción.

Conseguí con mucha diplomacia que me dejaran guardar el hielo milenario en la cámara frigorífica del restaurante “La Picá de Carlitos”, y Cristóbal me acompañó a la estación de autobús para avisar que si llegaban mis cosas en algún bus, avisaran en el hostal.

En la estación de buses que los buses estaban en Las Torres bloqueados por la tormenta, y que no sabían cuando vendrían. Yo pregunté que cuando salía el siguiente bus hacia el norte, para emprender mi vuelta a Santiago, y me dijo que las carreteras estaban cortadas por el terremoto. Me dijo que debería esperar al menos dos o tres días para que rehicieran las rutas y arreglaran algunos tramos.

Pasé todo el día siguiente en bicicleta por Puerto Natales y Alrededores buscando un recipiente que conservara el frío, lo suficientemente grande como para meter el hielo dentro y transportarlo hasta Santiago en autobús.

Todo estaba cerrado y la mayoría de la gente estaba en su casa viendo las noticias del terremoto. Un viento fortísimo soplaba desde el océano. Al final de la tarde di con un tipo en el puerto que guardaba en un almacén unas cajas de goma espuma para guardar pescado, del tamaño adecuado para transportar el hielo si juntaba dos de ellas. Mis cosas no llegaron en ninguno de los buses que volvían de Las Torres.

Aquella noche nos quedamos en el hostal de charla con un Francés llamado Nicolás, y un Ucraniano llamado Phillip. Faltaba menos de una semana para la boda de mi primo y algo me decía que no podía dormirme en los laureles.

La mañana siguiente no tuve más fortuna que el día anterior, y ninguno de los buses que llegó traía ninguna “encomienda” a Puerto Natales.

La buena noticia fue que la señorita encargada de los billetes, me informó que al día siguiente saldría desde Punta Arenas a las siete de la mañana un autobús que llegaría hasta Osorno a través de Argentina. Parecía que quedaba un billete. Osorno estaba unos 800km al sur de Santiago, y era el lugar al que más me convenía ir.

Me informó que no había ningún autobús que me pudiera dejar en Punta Arenas, que estaba a 4 horas de distancia, antes de las siete de la mañana. Sin embargo, había un bus que salía a esa misma hora desde donde nos encontrábamos y que podría dejarme en un lugar por donde pasaría después el bus que subía a Osorno desde Punta Arenas.

Compré ambos billetes, y me subí al siguiente y último bus que salía hacia Las Torres. Tendría que ir yo mismo a recoger mis cosas.

La joven de la estación, tuvo la amabilidad de explicarle al conductor del autobús mi problema. No solo tenía que ir al quiosco de Laguna Marga a recoger mis cosas, también deberíamos detener a todos los buses que venían de regreso para preguntar si alguno llevaba mis cosas.

Así lo hicimos, y a mitad de camino milagrosamente uno de los buses que pasó traía todas mis cosas, que se las había entregado un guardaparques en Laguna Marga.

Me cambié de bus, y volví con todas mis cosas. Tuve que viajar en la cabinita del conductor, porque el bus estaba repleto. La gente volvía por el terremoto.

Aquella noche, después de una contundente cena que preparamos entre todos, nos pusimos manos a la obra para meter el hielo en la caja de plumavit. Todos los del Hostal Esmeralda, incluido el dueño, colaboraron en el proceso, que comenzó a media noche.

Primero me acompañaron Nicolas y Phillip, con las cajas, a la cámara frigorífica de Carlitos a por el hielo.

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Después de sacar el hielo, envuelto aun en la manta térmica de Rodrigo, lo llevamos al hostal, que estaba justo en frente.

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Comprobamos que el hielo cabía si juntábamos las dos cajas, y nos pusimos a recortar los bordes de estas, para que cerraran herméticamente.

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Después de cerrarlas con el hielo dentro, sellé la junta con varias vueltas de cinta americana, y la enrollamos una cuerda alrededor. Estaba seguro que envuelto en la manta térmica, y dentro de aquella caja, el hielo milenario llegaría a su destino.

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Después del duro trabajo, ninguno nos queríamos ir a acostar, y nos subimos al salón a ver una película. Yo tenía la idónea para el momento, y por extraño que pareciera, en versión original así que la pudimos ver el grupo al completo. Nadie del hostal pudo pegar ojo hasta que a las 4 de la mañana terminamos de ver “Resacón en Las Vegas” (Hangover).

Me puse a hacer la maleta, y a preparar todo para el viaje de regreso. Cristóbal me dijo que en una semana volvería a Las Torres y recogería mis zapatillas en el refugio de Grey. Después me las enviaría por correo.

Tuve todo a tiempo justo para coger mi bus, que salió a las siete en punto. Algo menos de 4 horas después, me bajé en un control policial que había en la carretera. Supuestamente, en la siguiente hora pasaría por ahí el bus que había salido de Punta Arenas hacia Osorno.

Así fue, y no pasó por ahí un bus cualquiera. Pasó el mismo bus que me había bajado a Punta Arenas hacía algunas semanas. Y además con los mismos conductores.

Cuando vieron todo el equipaje que llevaba, compuesto por la bicicleta, las alforjas, mi mochila y la caja con el hielo, se quedaron horrorizados, porque iban completamente llenos y no cabía en ningún sitio. Les conté toda la historia del hielo, y al final me hicieron el favor de meterme la bicicleta dentro de su cabina y el hielo en lugar de un par de maletas que colocaron arriba.

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Algo más de treinta horas después llegué a Osorno.

Tardé varias horas y necesité varios milagros y la ayuda de Gerardito para conseguir un hueco en un bus que salía al día siguiente en algún momento de la mañana a Santiago. Después me dirigí al supermercado más cercano a la estación de autobuses y conseguí que el gerente me dejara guardar el hielo aquella noche en su cámara frigorífica.

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Pasé el resto del día conociendo Osorno y alrededores. Se respiraba un ambiente un tanto extraño debido al terremoto. La gente estaba preocupada, y cada vez se empezaban a conocer más consecuencias.

Faltaban dos días para que toda mi familia llegara a Santiago desde Madrid para la boda de mi primo, y tan sólo 4 para el gran día.

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La mañana siguiente a las ocho y media apareció en la estación el bus que me llegaría hasta Santiago. Lo primero que me dijo el conductor al verme fue que solo podría llevar ¡¡UN BULTO!!

A mi al principio me pareció una coña, pero más tarde me di cuenta que iba en serio. Me dijo que no podía llevar más de un bulto por persona y encima el tipo me metió prisa por que era el último pasajero que quedaba por subirse.

Acudí a la estación, donde dejé todas mis cosas con orden de que las mandaran la semana siguiente en el primer bus regular que fuera a Santiago.

Finalmente partí con tan solo un bulto. Eso sí, ¡un bulto de 40 kilos!

Nos llevó 20 horas llegar a Santiago. Menos de lo que todos esperaban. Muchas carreteras estaban caídas y con enormes socavones, pero se notaba que la intervención policial y militar había sido efectiva. Aunque pasamos algunas horas parados, habían conseguido rodear casi todas las zonas cortadas.

A las cinco de la mañana no había demasiada actividad en la capital chilena y me costó encontrar un taxi. Acudí al piso de mi primo, donde aquellos días estaban viviendo mis queridas amigas Isabel y Brianda, que habían acudido a Chile para la boda.

Isa había vivido el terremoto, que fue el mismo viernes que llegó a Chile, a las tres de la mañana en un garito donde al parecer continuaron la fiesta sin música y sin ventanas. Bri iba camino de Santiago en un avión que tuvieron que desviar a Buenos Aires, lugar donde la pobrecita se vio obligada a pasar los últimos días en la mejor zona de la ciudad y con los gastos pololagados.

Me alegró ver que las dos estaban bien y sobre todo que estaban ahí para la boda. Los chilenos solían tener fama de no aguantar hasta tarde en las fiestas, y eso no podía pasar de ninguna manera en la boda de Gerardito.

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Aquel día a la hora de comer llegó gran parte de mi familia a Santiago desde España.

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Pasamos aquél par de días antes de la boda para un lado y otro con la familia. Mientras, el hielo milenario descansaba en la cámara frigorífica de un restaurante de Santiago llamado El Mestizo por gentileza de mi amigo Nacho el intrépido.

Todos mis tíos y primos españoles se quedaron en casa de mis tíos chilenos, Gerardo y Marisol, que era el lugar donde se celebraría la boda. Había gente todo el día por todos lados montando mesas, barras y carpas.

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Avisamos al catering para que durante la fiesta, preparase un recipiente adecuado para el hielo en el centro de la barra.

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Yo, al igual que mi madre, estábamos viviendo en casa de mi prima Victoria y su travieso marido, Cristóbal. Tenían dos perros Bull Mastiff de un año de edad, que cuando no se estaban comiendo el parachoques del coche eran adorables.

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Finalmente llegó el gran día, y de repente me encontré en una iglesia con mi primo del alma en el altar.

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Era impresionante como pasaba el tiempo. Parecía ayer cuando correteábamos por los verdes prados comillanos jugando a “Soy el Rey” con nuestra pandilla de verano. Gerardito tenía 4 años más que yo. Jacobo, Isabel, Juanito y el resto tan sólo dos. Siempre fui el pequeño del grupo, y sin embargo el que hacía que todos nos metiéramos en líos.

Aun recuerdo el verano que hicimos nuestro primer botellón con Calimotxo y Vodka con naranja. Todos tenían 14 años, y yo a pesar de tener solo doce, no dejé de beber como el que más.

Al día siguiente, sentí la primera y probablemente peor resaca de mi vida. Amanecí en casa de Jacobo, con la Guardia Civil llamando al timbre. Buscaban unos jóvenes que durante la noche habían estado a punto de hacer volar el puerto de comillas, después de casi prender fuego a un barco.

Yo, que no recordaba prácticamente nada de la noche anterior, me hice el sueco como si nada fuera conmigo, pero alcancé a ver la pequeña bandera de España parcialmente quemada que acarreaba la benemérita. Algo me decía que no era la primera vez que veía aquel trozo de tela rojo y amarillo.

Años después me daría cuenta que pertenecía a un barco. Con el tiempo irían aflorando recuerdos de aquella desconcertante noche. La noche de la primera borrachera de nuestras vidas.

Durante años me preguntarían infinidad de veces en discotecas y bares, que por que no bebía alcohol. Yo a veces respondía que una vez me sentó mal el vodka.

……

En la iglesia me encontré con varios amigos que aun no había visto desde mi llegada. Hacía nueve años que no les veía, y a pesar que muchos ya estaban casados y tenían hijos, seguían tal y como les recordaba.

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La ceremonia fue de lo más entrañable.

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De la iglesia nos fuimos a casa de mis tíos, donde ya estaba todo preparado para que llegaran más de seiscientas personas a celebrar tan esperado enlace.

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Estuvimos picoteando en el jardín, donde el encuentro de amigos y familiares, auguró desde el principio una distendida celebración.

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No faltaron rincones donde recostarse cómodamente a inflarse a canapés o a descansar entre verdes plantas y flores.

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Los jóvenes, cenamos en una plataforma que se había colocado al fondo del jardín, desde donde se podía ver la enorme capital chilena extenderse en el horizonte.

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Los mayores por su parte, se quedaron en un jardín que parecía sacado de un cuento.

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Los adultos nuca me quedó claro donde estaban, ya que al poco de terminar de cenar, llamé a mi amigo Nacho y nos pusimos manos a la obra con el hielo.

El catering de la boda lo colocó en una bandeja en el centro de la barra, y en poco tiempo, aquel hielo de más de diez mil años de antiguedad comenzo a fluir a través todos nosotros.

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Bailamos, bebimos y gritamos durante varias horas.

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Por suerte mi tio Gerardo, de quien dependía la hora de clausura del acto, era el que más animado estaba de todos, y no dejó de menearse hasta que el cielo comenzó a aclararse por el horizonte.

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En Chile, no existía la costumbre de continuar la fiesta de matrimonio en la casa de al lado, y teniendo en cuenta que era la de mi prima, que estaba embarazada de 8 meses, no me pareció lo más apropiado, así que con gran pesar me despedí de los últimos invitados en irse.

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Cuando todo el mundo se había ido, hice una pasada por la cocina donde se guardaban todos los postres que habían sobrado. Llené un gran plato con frutas y brownies, y me fui a desayunar al jardín de mi prima.

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Me recosté en una tumbona, dispuesto a dormirme una pequeña siesta ahí mismo cuando terminara de desayunar, ya que debería estar fresco para una barbacoa que tendría lugar en pocas horas, exactamente en el mismo lugar que me encontraba, y a la que acudiría toda la familia.

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La siguiente semana aprovechamos para hacer planes de familia por la ciudad y alrededores.

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No dejé de jugar nuestras clásicas, reñidas e interminables partidas de mus, ni de montar caballos chilenos con mis primitas Carlota y Olivia.

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Toda mi familia española se fue un fin de semana largo a conocer San Pedro de Atacama, pero yo no acudí, debido a que un par de semanas después, partiría hacia ahí con la bici. En lugar de eso le pedí el coche a mi prima y me fui con Isa, Bri y Alejandra a pasar un fin de semana a la playa, para lo cual mi querido tío Gerardo nos prestó amablemente su casa.

Alejandra era una amiga de mi primo que se acababa de trasladar de Madrid a Santiago, y una nueva adquisición para nuestro grupo de españoles por Chile. También logramos convencer a Nacho, para que a pesar de los muchos compromisos que tenía en Santiago, nos acompañara un día.

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Fuimos a la playa, comimos en un chiringuito, nadamos hasta una balsa de madera, y hasta le compramos pescados a un pescador en la playa.

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También hicimos una barbacoa en la terraza de casa que Briandita e Isa ambientaron a ritmo de Charango.

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Nos quedamos dos veces sin gasolina, y pinchamos una rueda.

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Resolvimos todo estupendamente gracias a la infinita paciencia de mis acompañantas, y a la gran amabilidad de los lugareños.

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De regreso a Santiago, recordé que Bengala y Fafi, la pareja chilena que conocí en Nepal de luna de miel, vivían por la zona. No les veía desde que hacía dos años coincidimos unos días en Pokara, justo mientras buscaba equipo de bucear para sacar la canoa que le acababa de hundir a Mana.

Las niñas se quedaron en un cibercafé que había en un pueblo cercano a donde me parecía recordar que ellos me dijeron que vivían. Comencé a preguntar en distintos lugares, y varias personas que parecían conocerles, me indicaron como llegar a su casa, que estaba metida en las montañas.

Me hizo muchísima ilusión verles, y más cuando vi que Fafi estaba embarazada. Estaban tan bien como les recordaba, y fue muy divertido contarles con fotos el desenlace de la historia de la canoa de Nepal.

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De vuelta en Santiago, pasé los últimos días con mi madre y el resto de mi familia española, y me despedí de todos ellos hasta dentro de un par de meses.

Pasé algunos días en la gran ciudad, en los cuales aproveché para ver amigos y planear el viaje que emprendería hacia el norte con la bici.

Mi querida amiga Elisa, organizó una excursión con los jeeps a una zona desértica cercana a Valparaíso y nos lo pasamos bomba.

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A pesar de desinflar bien las ruedas, no faltaron ocasiones en las que hubo que echar mano de la eslinga.

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En realidad todos tuvimos que echar mano de ella en un momento dado…

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Durante el tiempo que pasé en la ciudad, mi primo Gerardo estaba de luna de miel, y yo me quedé con mi prima y Cristóbal, que cada día organizaban un plan diferente y se ocupaban de que no me faltara de nada. Incluso Cristóbal me llevó un par de días a jugar al baseball.

Pasé algunos días preparando mi ruta hacia el norte, que pasaría primero por La Serena, una ciudad situada seiscientos kilómetros al norte de Santiago. La ciudad en si no valía demasiado, pero ochenta kilómetros al este de dicha ciudad, se encontraba situado el Valle del Elqui. Éste valle, había oído que estaba situado en un entorno natural precioso, y era donde se encontraban la mayoría de los observatorios astronómicos nacionales.

En el Valle del Elqui se daba un microclima en el que en todas las estaciones del año se podía disfrutar de buen tiempo. Debido a su altitud, la falta de luz en la zona, y diversos factores más, al igual que en el desierto de Atacama, era una de las zonas donde mejor se podían ver las estrellas de todo Sudamérica.

Precisamente el desierto de Atacama sería el lugar al que me dirigiría después de Elqui. Se conocía como el desierto más seco del mundo y se decía que en había zonas donde nunca jamás había caído una gota de agua..

Veamos si es verdad…..

5 al 16 de febrero. Santiago de Chile - Patagonia. Un inesperado comienzo. ¿En la variedad está el gusto? Ya lo veremos…

February 16th, 2010

Hola a todas y a todos:

Hace ya algunos meses que conseguí regresar a España sano y Salvo con Andrés desde La India. El viaje de vuelta fue toda una odisea tan surrealista, apasionante e inolvidable, que decidí no publicarla en el blog hasta haber organizado una charla, donde pudiera contaros en persona a todos vosotros el desenlace de tan disparatada aventura.

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Los trámites con el ayuntamiento de Alcobendas para que me cedieran un espacio se alargaron más de lo esperado. Acabaron echándose las navidades encima, y sin ni siquiera darme cuenta, ya ha llegado Febrero.

Este verano mi primo Gerardito, el chileno, nos sorprendió a todos con el anuncio de su boda el próximo 6 de Marzo.

Sería la oportunidad perfecta para quitarme la espinita clavada de Sudamérica…

Para ello, he pasado los últimos dos meses preparando a Nawí, la moto que compré en Las Vegas y con la que recorrí Centroamérica y luego traje a España.

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Hemos estado trabajando sin cuartel en ella en el taller de mi querido amigo Manuel López- Villaseñor (TCM Motor), trayendo todas las piezas desde EEUU a través de nuestro amigo Mr. Farell (Liberalia Móviles), y añadiendo algo de producto nacional, siempre asesorado por Manu, quien se ha encargado de la puesta a punto y montaje de la moto.

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El duro trabajo dio sus frutos, y la semana pasada estaba preparada la moto perfecta para recorrer Sudamérica, y casi cualquier parte del mundo.

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En este caso, había confeccionado una ruta a través de Chile, Patagonia argentina, desierto de Atacama, Bolivia, Perú, el Amazonas, y la costa este de Brasil de norte a sur. Me llevaría unos 3 ó 4 meses.

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Hace un par de viernes, día en que la moto debía partir hacia Chile en la bodega de un avión de la compañía TAM, me informaron que había algunos problemas con el embarque, y el lunes finalmente me confirmaron que la moto debía quedarse en tierra. No estaba permitida la conexión que debía hacer en Sao Paulo para ese tipo de mercancía peligrosa.

De la noche a la mañana y a 4 días de partir, mi viaje en moto por Sudamérica había sido echado por tierra!!

A día de hoy, recién llegado a Santiago de Chile, quiero pensar que las cosas que le pasan a uno son siempre para bien, o al menos hay que saber siempre sacar el lado positivo de ellas. Y es que después de recorrer Europa y Asia en coche, Norteamérica y Centroamérica en moto ¿por qué no probar ahora algo diferente? ¿No dice el refranero español que “en la variedad está el gusto”?

He pasado los 4 días anteriores a mi partida preparando a conciencia el nuevo medio de transporte sobre el que pasaré los siguientes meses, y con el que pretendo recorrer quizás no todo Sudamérica, pero sí una parte aun por determinar de ella…

Os presento a mi querida Francisca. Paquita para los amigos.

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No tenía ni idea de cómo se debía viajar en bicicleta, pero no debía ser muy complicado. Pensé en todo lo que había necesitado para preparar la moto, e hice más o menos lo mismo.

A pesar que me servía gran parte del equipamiento que ya llevaba (cocinilla, saco de dormir, tienda, estrilla…), tuve que recorrerme la mitad de las tiendas de bicicletas de Madrid, como siempre con la ayuda de mis queridos amigos Jrogrito, Pitirrín, Yaizita, etc, para encontrar alforjas resistentes e impermeables, cámaras anti-pinchazos, transportines, cubiertas para mucho peso y largos recorridos, luces, bidones para el agua, guantes, cables, zapatas y pastillas de freno de repuesto, parches y un largo etcétera.

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También fui al Club Deportivo El Encinar, donde había pasado los últimos meses manteniéndome un poco en forma para el viaje en moto de varios meses, y les comuniqué el cambio de planes. Quería saber si físicamente era posible emprender un viaje largo en bici habiendo salido tan solo un par de fines de semana de excursión en los últimos meses.

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Después de una larga conversación con Pablo, entrenador personal y director técnico del club, me quedó claro como debía hacer las cosas para no lesionarme, y que la cosa pudiera llegar a buen término. Me explicó como montar, siempre en marchas cortas y sin forzar la musculatura, la importancia de estirar cada par de horas, y estar siempre bien hidratado para no tener calambres.

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Poco más pude hacer en el poco tiempo que tuve, y a un par de horas de que saliera mi avión, mientras Jrogrito hacía mi maleta, y Cipriano (el jardinero de mi comunidad, y gran amigo que me saca de los marrones más inverosímiles) me desmontaba la bicicleta y la metía en una enorme caja de cartón que fabricó aun no se bien como, yo corría por mi casa de un lado para otro recogiendo cosas aquí y allá que iba recordando que me debía llevar.

Finalmente llegué al Aeropuerto una hora antes que saliera mi avión, y con 60 kg de equipaje que la joven de TAM que me hizo el Check-in, me facturó sin cobrarme sobrepeso. Parece ser que un novio viajero la rompió el corazón un día al decidir ir a pasar un par de años a recorrer Asia. Tantas estampitas en mi pasaporte la debieron traerla recuerdos… que pena haber ido tan justo de tiempo!!

El vuelo con escala en Sao Paulo, lo pasé entero durmiendo, como siempre, y llegué a Santiago de Chile a medio día. Hacía un sol espléndido, y a los pocos minutos de esperar en la puerta del aeropuerto, vi aparecer a mi primo Gerardo.

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Volvía a Chile después de casi 10 años desde la última vez que estuve. Había vivido ahí un año, en el que estudié el último año de colegio. Fui sintiendo un torrente de sensaciones y reviviendo un montón de recuerdos que casi había olvidado a medida que atravesaba la ciudad, y sobre todo cuando llegué a casa de mis tíos, que era donde había vivido aquel año.

No me podía creer que realmente hubiera pasado casi una década desde que pasara ahí aquel año que tanto me hizo madurar y aprender. La primera temporada larga que pasé fuera de casa. Me fui como un niño, y no se si llegué como un hombre, pero si como alguien camino de serlo.

Comí en el club de Golf con mi primo, su prometida “Pata”, y una pareja de buenos amigos.

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De nuevo recuerdos y sensaciones extrañas. !Era fantástico estar de nuevo ahí!

Pasamos un par de días en Santiago, donde a demás de ver a los pocos amigos que no estaban de vacaciones (Febrero en el hemisferio sur, es el equivalente a agosto en el hemisferio norte), pude quedar con Elisa, una gran amiga que hacía un par de años se había ido una temporada a Santiago, y le gustó tanto que decidió quedarse.

Después de aquello, partí hacia el sur con mi primo y Pata. Nos dirigimos al lago Colico, situado a unos setecientos kilómetros al sur de Santiago, donde mis tíos tenían una agradabilísima casa de veraneo, y donde en ese momento se encontraban junto al resto de la familia chilena.

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Pasé unos días junto a toda la familia pasándomelo pipa. Montando a caballo, en moto por el campo, esquiando en el lago, y probando por primera vez el wakeboard con tabla de surf.

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También aproveché para alimentarme bien, y coger reservas para los duros días que vendrían después de Colico. Bajaría en Bus a Punta Arenas, en plena Patagonia Chilena, y después de eso me cogería otro Bus más a Puerto Natales. Desde ahí llegaría al parque natural de las Torres del Paine, donde haría un circuito de trekking alrededor del parque que me llevaría 8 días. Después de eso visitaría el Calafate y el Chaltén (lugares de montaña en Argentina que parece que son increíbles), y comenzaría a subir en bicicleta la Carretera Austral Chilena desde Aysen, hasta donde llegara cuando tuviera que regresar a Santiago para la boda.

Después de eso vería en que situación física me encontraba, y si me divertía eso de viajar en bici, y decidiría la ruta y el plan a seguir los próximos meses desde Santiago hacia el norte.

El día en que me iba, me fuí por la mañana a hacer una excursión a caballo a lo alto de la montaña. Me llevé una preciosa imagen de recuerdo…

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Mi prima y su marido Cristóbal partían a un lugar llamado Pucón, ciudad situada junto al lago Villarrica y pasarían por Temuco, la ciudad más cercana, a tan solo un par de horas en coche. Paquita y yo nos metimos en la parte trasera de su coche como pudimos, ya que el maletero iba full. En Temuco cogeríamos un autobús a Puerto Montt (4 horas) y después otro a Punta Arenas (veintiocho horas más).

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El viaje hasta Temuco, la mayoría por un camino de cabras, no fue tan terrible como pensaba, y lo terrible en realidad sucedió llegando a la ciudad, cuando a Cristóbal se le ocurrió llamar a la compañía de autobuses para cerciorarse que hubiera billetes a Punta Arenas el día siguiente. Cuál sería nuestra sorpresa, cuando nos informaron que no solo no quedaban billetes para ese día, si no que no quedaba ninguno hasta la semana siguiente para bajar a Punta Arenas desde Puerto Montt.

Me tomé la cosa con bastante filosofía, y pensé que no sería tan terrible hacer autostop con la bici durante dos mil trescientos kilómetros. Hasta Punta Arenas.

Mi prima Victoria insistió en que pasáramos por la estación de autobuses antes de nada, ya que estaba convencida que ahí lo solucionaríamos. Y cuanta razón tenía. Cierto era que no quedaba ni un solo billete para ir desde Puerto Montt a Punta Arenas, pero si que quedaba un y tan solo UN billete para ir a Punta Arenas desde Osorno, al día siguiente a medio día.

Para ello, acompañé a Vic y Cristóbal hasta el Pucón, donde Cristóbal Tenía su casa de veraneo familiar, y pasé ahí la noche, o al menos parte de ella. A las cinco y media de la mañana partí con todos mis enseres en bici a la estación de autobuses, donde pude desmontarla, y meterme en un bus dirección Osorno.

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Llegué a Osorno con tiempo para comer algo y dar una vuelta en bici por la ciudad antes de coger mi autobús de medio día a Punta Arenas.

El Bus tardó en llegar un par de horas más de la cuenta, y por llevar la bicicleta, yo subí el último. Cuando entré, respiré profundamente y un desagradable olor a humanidad encerrada hizo explosión en cada una de mis papilas olfativas. En las casi treinta horas que tendría que pasar en el interior de aquel lugar, tendría tiempo más que suficiente para acostumbrarme a eso y muchas cosas más. Estaba bastante cansado, y decidí que si me tocaba alguien al lado muy charlatán, me haría el sueco (literalmente hablando), el único problema de eso era que no podría leer ¿O sí?

Me tocó en una ventanilla de la zona trasera del Bus, junto a una señora, que al poco de sentarme, le cambió el sitio a su marido. Un tipo que gracias a Dios, y muy al contrario que su señora, parecía ser mudo.

Poco después de partir, nos entregaron a todos una pequeña caja de cartón con un zumito de melocotón, y unas galletitas. Todo un detalle. Introduje la pajita en aquel extraño mini tetrabrick y me terminé el zumo en pocos segundos.

Cuando apreté el envase para disponerme a apurar el final, una desorbitada cantidad de mezcla de zumo, babas y aire, salio en forma de decenas de bolitas acuosas, y se estrellaron directamente contra el pecho del tipo que tenía al lado… “Tranquilo Jaime” (pensé), “son muchas horas, ¡tarde o temprano tenía que pasar”!

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Llegué a Punta Arenas a última hora del día siguiente, y saqué un billete para ir esa misma noche a Puerto Natales. Suponían otras tres horitas de bus, pero a cambio tendría todo el día siguiente para descansar y aprovisionarme en Puerto Natales.

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Arribé Puerto Natales casi a media noche, y encontré un agradable hostalito donde me aceptaron con bicicleta y todo.

Pasé el 15 de febrero haciendo un correcto avituallamiento para la excursión que comenzaría al día siguiente. Realizar el circuito completo me llevaría entre 7 y 9 días, en los cuales no volvería a pasar por un supermercado, un hotel, ni nada que se le pareciera. “Yo me lo guiso, yo me lo como”. Sin duda lo que más complicado me resultó de todo, fue conseguir meter en una mochila todo lo que se necesita para andar y dormir tantos días por la montaña… bufff…

Durante todo el día hizo un sol espléndido, y anduve con la bicicleta para arriba y para abajo disfrutando como un enano. En una tienda, cuando le pregunté a la dependienta que si tenía algún gorro cortavientos, me respondió afirmativamente, y cojió un palo para bajar un gorro de lo alto de la pared:

- Tengo este rojo-. Me indicó la amable señorita.

-¡Rojo que te cojo!-. Exclamé yo.

Y entonces un silencio sepulcral invadió la pequeña tienda de montañismo. La tipa se quedó del todo desconcertada, y yo no tardé demasiado en reaccionar pidiendo mil perdones. En seguida el otro dependiente se acercó a mi diciéndome:

- ¡Pero no ves que ella ya está cojida!-. Dijo mientras la señalaba a la tripa.

Estaba embarazadísima.

14 a 19 de Julio. Pakistán.

February 15th, 2010

La noche antes de partir, me acosté justo después de cenar porque me despertaría antes del alba y debía estar descansado. Las siguientes semanas, serían un no parar hasta llegar a España, y algo me decía que iba a ser un viaje repleto de imprevistos.

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Tenía la ruta ya preparada y dibujada en los mapas. Había pasado un par de días confeccionándola, y era sin duda la más rápida para volver a casa:

Entraría en Pakistán al día siguiente y no me detendría en Lahore (Una preciosa ciudad muy cercana a la frontera). Lo conocía, y aunque me encantaba, no era una ciudad para disfrutar con prisa, si no para dejar el coche en lugar seguro y pasear y disfrutar del ambiente durante un par de días.

Esperaba llegar a última hora del día a Multan, una ciudad sin demasiado atractivo situada en pleno centro del país. Desde ahí, me llevaría un día llegar hasta Quetta, que era el comienzo del desierto de Baluchistán. Tierra de bandidos.

Me llevaría dos días más atravesar el desierto y llegar hasta la frontera con Irán. Si todo iba bien, tardaría 4 días en cruzar Pakistán, pero decidí añadir un día más en mis cálculos para algún posible contratiempo.

Irán debería recorrerlo en siete días, pues era el periodo de validez de mi visa de tránsito para este País. No podría disfrutarlo a penas, ya que siete días para recorrer el país no me permitirían detenerme demasiado, pero si que quería conocer las ciudades de Yazd, y Esfahan, que eran lugares por donde Alejando de Macedonia pasó hacía algunos años, y a los que llegar a caballo desde Europa, le supuso más de un disgusto.

Si había suerte, llegaría a Turquía a los doce días de viaje. Atravesar aquel enorme país, hasta Estambul me llevaría como mínimo otros 4 días.

Si todo iba bien, llegaría a Estambul, que era la puerta de Europa, dieciséis días después de haber salido de La India.

A buen ritmo, y a la velocidad que iría, creía poder llegar desde Estambul a España en 4 días, y con uno de cortesía, sumaban veintiún días, o lo que es lo mismo tres semanas para hacer la ruta India – Comillas.

Tan solo había un pequeño contratiempo, y era que sin mi tarjeta de crédito, extraviada en Shena, contaba con fondo económico de unos ¡sesenta Euros en Indian Ruppies para volver a casa!

Había aprendido a viajar con lo puesto, y si había algo de lo que podía prescindir era de dinero. No obstante, llegar hasta España desde donde me encontraba, con aquellos 60 Euros, a pesar de tener la certeza de que era posible, iba a ser una dura tarea.

Tenía el depósito de gasoil lleno hasta arriba, por gentileza de Bali, Lali y Gogui, y con aquellos doscientos noventa y cinco litros de carburante debería recorrer los poco más de dos mil kilómetros de Pakistán que me separaban de Irán. Una vez en Irán, el gasoil no sería problema, ya que según tenía informado, era tremendamente barato.

Antes de abandonar Irán, debería llenar el depósito por completo, con lo que ya podría atravesar Turquía hasta Estambul, y adentrarme en Europa. Ya fuera en Bulgaria, en Croacia, o en Serbia, me quedaría sin gasolina y sin dinero. Lo que haría entonces… tenía más de dos semanas para pensarlo, así que no me turbó ni por un momento, y ni siquiera pensaba en ello.

La mañana de la partida, me desperté siendo aun de noche con un tremendo escalofrío, y con el cuerpo entero ardiendo como las brasas.

Me costó ponerme en pié y cubrirme con una sábana, para tumbarme de nuevo y continuar tiritando.

Aquello sí que era mala pata. ¡Me había puesto enfermo justo la mañana que debía salir!

Pasé la mañana entera con cuarenta de fiebre, sin tener muy claro donde estaba, y quién era toda aquella gente morenita y con turbante que tenía alrededor.

Pasé durmiendo toda la mañana y el día, y a media tarde me empezó a bajar la fiebre.

Según pensaban mis amigos hindús, la ducha fría de la noche anterior me había producido un corte de digestión, y de ahí la fiebre. Yo pensé que por alguna razón no debía salir aquella mañana. Como decía mi madre, las cosas pasan por algo, y siempre es para bien.

Antes que anocheciera, me sentí con ánimos para levantarme, terminar de organizar el coche, y dejar todo listo. A la mañana siguiente partiría.

Me acosté sin cenar nada más que un yogurt, y un minúsculo plato de arroz banco, y a la mañana siguiente me desperté temprano y sin fiebre.

Después de una ducha, y desayunar algo de Yogurt, me vestí con mi kuhrta pijama blanco, que era la indumentaria típica de los punjabi. Un sastre me lo había hecho a medida mientras estaba en Bielorusia, y según me dijeron todos, me quedaba estupendamente y nadie pensaría que era europeo.

También me atavié con mi turbante. Un turbante que también me había hecho un sastre, con una tela que me costó muchísimo elegir. Finalmente decidí que fuera del mismo color que el coche.. El turbante extendido, medía seis metros y medio de largo, por más de uno de ancho. El padre de Bali, dedicó un buen rato de aquella mañana a explicarme el método para su correcta colocación.

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La despedida de la familia y de todos los del pueblo, llevó algo más de tiempo de lo esperado, y finalmente partí de Senha a medio día.

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Pese a que iba muy mal de tiempo, decidí entrar en Amritsar para ver el Golden Temple. Le había prometido a Mana que lo vería, y Lali también había hecho mucho hincapié los últimos días en que no me fuera de La India sin visitar el templo Seek más importante del mundo.

Tras 4 horas de viaje, llegué a Amritsar. Ya conocía la ciudad, y no me costó llegar a un aparcamiento céntrico.

Desde el momento en que salí del coche, me llamó la atención que nadie me mirara o reparara en mi presencia. Estaba acostumbrado a que por el mero hecho de ser un extranjero, los hindús se me quedaran siempre mirando, y a no poder desapercibido en ningún sitio.

El ir vestido como un punjabi, con el Kuhrta pijama blanco, la pulsera Seek y el turbante, hacía que a ojos de cualquiera, pareciera uno más. Y era una sensación de lo más placentera.

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Después de un agradable paseo por la ciudad, llegué al Santuario Seek. Dejé mis chanclas de goma en un enorme guarda-calzado, y caminé descalzo hasta la entrada. Después de atravesar un pequeño charco artificial de agua limpia, por el que debía pasar todo el mundo, entré en el Golden Temple.

El ambiente de paz y solemnidad que se respiraba me sobrecogió desde el primer momento.

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La gente paseaba, meditaba, charlaba, rezaba…

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Había una enorme plaza de piedra blanca, con un gigantesco estanque en medio, en el cual se erguía el templo de oro.

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A media tarde, después de haber paseado por todos los recovecos del templo, lo cual fue toda una experiencia, volví al coche y partí hacia la frontera.

Tardé poco más de una hora en llegar, y me sorprendió lo tranquilo que estaba todo aquello para ser la única frontera terrestre transitable entre La India y Pakistán.

No tardé en enterarme, que llevaba cerrada desde las 4 de la tarde, y que hasta el día siguiente a las diez de la mañana, no habría forma de pasar.

Lo intenté “casi todo” para que me dejaran cruzar. Desde decir que me estaban esperando para dormir en Lahore, hasta hacerme pasar por un diplomático. Esto último casi funcionó, pero finalmente en el control de pasaportes, comprobaron que mi pasaporte no era diplomático, a pesar que yo afirmara lo contrario, y me mandaron de vuelta a la frontera.

No tenía la menor intención de pasar las siguientes 14 horas en aquel lugar caluroso y maloliente, así que decidí volver al Golden Temple.

Al llegar todo era aun más solemne y mágico que durante el día. Había gente por doquier, ya fuera rezando junto al agua, o durmiendo sobre el cálido mármol del suelo del templo. En algunos lugares, pequeños grupos de ancianos con sus majestuosos turbantes, meditaban juntos.

Pasé una memorable noche de lo más surrealista entre devotos punjabi, y antes que amaneciera, con el primer rezo, partí. Comenzaba mi viaje de vuelta.

A primera hora de la mañana del día siguiente, me encontraba en la frontera tomando una taza de té bajo la sombra de un árbol, con mi Khurta pijama recién lavado, tendido al sol.

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Poco antes de que abrieran la frontera, apareció en el lugar un joven español muy simpático llamado Karim.

Karim era un pintor de Madrid de poco más de treinta años, que había pasado las últimas semanas viajando por La India y que se dirigía a ver a unos amigos a Karachi. Karachi, era una preciosa ciudad al sur del país, que había sido la capital de éste hasta que a mediados del siglo XX fuera fundada Islamabad, y se convirtiera en la actual capital.

Para ello, Karim iba al aeropuerto de Lahore, que estaba a unos veinte kilómetros de la frontera.

Los trámites fronterizos y aduaneros, a pesar de no ser demasiado breves, fueron de lo más agradables.

Desde que entré en Pakistán, observé que pasaba tan desapercibido como en La India, y es que mi vestimenta era similar a la que vestían todos los musulmanes. Con mi barba negra y mi tez algo morena, aunque aun con un tono mortecino por la fiebre de hacía dos días, nadie se imaginaba que no fuera pakistaní.

Finalmente, el 15 de Julio de 2009, a las 14:00, entraba en Pakistán con Karim, al cual ofrecí acercar al aeropuerto.

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Camino del aeropuerto tuvimos un pequeño percance con el coche en un camino de tierra, al intentar cruzar una gran zanja por donde no debía. Pero no fue nada que no se pudiera resolver en unos minutos con la ayuda de una enorme excavadora que nos remolcara unos metros.

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En aquel lugar conocí a un curioso personajillo, que parecía el “Mini-Yo” de Bin Laden.

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Cuando me despedí de Karim en el Aeropuerto, ya era media tarde. Sabía que aquel día casi lo había perdido por completo, ya que en Pakistán no se debía conducir de noche, pero no obstante, puse rumbo a Multan.

No tardó en hacerse de noche, y después de conducir un par de horas sin luz, encontré una terraza verde con una barbacoa, y decidí parar a comer algo.

No tardé en ponerme a hablar con un joven que hablaba inglés perfectamente, y que muy amablemente indicó al camarero en urdu, que era la lengua más comúnmente hablada en Pakistán lo que comería. Algo de pollo a la brasa y un plato de arroz blanco.

El tipo se llamaba Assam, y al cabo de un rato me dijo que era el dueño del restaurante. Me acompañó mientras cenaba, y mantuvimos una entretenidísima y distendida charla acerca de la cultura musulmana en Pakistán.

Como ya sabía, me estuvo explicando que todos los matrimonios eran arreglados, y eran los padres quienes elegían la mujer para sus hijos. Los matrimonios por “enamoramiento”, prácticamente no existían, ya que en la mayoría de los casos, ningún joven tenía la oportunidad de conocer a ninguna mujer, hasta que no le presentan a su futura esposa.

Cuando un joven pakistaní, va a visitar a un amigo o a un familiar, al llegar a su casa llama al timbre. Ésta es la señal para que todas las mujeres que hay en su interior, acudan al mismo cuarto y se cierren en éste.

Una vez que todas las mujeres están fuera de la vista del invitado, se le hace pasar…

Ya sabía esto por mi amigo Edel, pero pensé que solo sucedería en la zona de Peshawar.

Después de cenar, Assam me ofreció quedarme a pasar la noche en uno de los dormitorios que había encima del restaurante, y yo no rechacé la oferta. Andrés durmió en un lugar cerrado, y yo en un estupendo dormitorio con aire acondicionado, hasta que a las dos de la madrugada se fue la luz. A partir de entonces, dormí en la terraza de la azotea bajo un montón de estrellas.

A la mañana siguiente partí a Multán temprano. Las carreteras pakistaníes, aunque no tanto como las hindús, atravesaban muchos pueblos y ciudades por pleno centro, haciendo las veces de avenida principal. Esto, aunque amenizara la marcha, hacía que el ritmo del viaje fuera mucho más lento.

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Los Camiones eran tan bonitos como los que había visto en el norte del país. Todos con muchísimo colorido, y minuciosamente decorados hasta el último recoveco.

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Muchas veces, las puertas de los camiones estaban hechas a mano con madera. Auténticas obras de arte sobre ruedas.

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Crucé la ciudad de Multan a la hora de comer, y tomé la carretera rumbo a Quetta, que era la ciudad de bandidos y contrabandistas del país por excelencia.

Al cabo de algo más de una hora por esa misma carretera, alcancé un puesto de control militar donde me hicieron detenerme.

Alguno de los soldados hablaba algo de inglés, y después que comprobaran que todos mis papeles estaban en regla, me informaron que no podía pasar de ahí.

E dijeron que debía volver a Multan y coger la ruta a Quetta que pasaba por una ciudad llamada Sukkur, y que ¡daba un rodeo de más de trescientos kilómetros por el sur de la región!

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Traté de convencerles por activa y por pasiva para que me dejaran pasar aunque fuera con escolta. Terminaron por ponerme al teléfono con un oficial que hablaba inglés, y me dijo clarísimamente que la zona que había tras ese control militar estaba en conflicto, y que era del todo imposible que me dejaran pasar.

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Traté de verle el lado positivo al asunto, pero me resultó algo difícil. La gasolina que tenía ya me iba a llegar justita para alcanzar la frontera con Irán por la ruta que estaba siguiendo, y la nueva ruta era aun más larga.

Por el lugar que me mandaban los militares, había más de 2.200 Km hasta la frontera, y nunca había tenido que recorrer tanta distancia sin repostar. Poner gasolina en Pakistán no era una opción viable, ya que disponía exactamente de 100 dólares hasta llegar a España, y los debería emplear solo en lo imprescindible.

Decidí no darle más vueltas, y poner rumbo a Quetta por la ruta que me habían marcado. Si me quedaba sin gasolina, siempre podría hacer lo mismo que cuando volví en moto desde Panamá hacía algunos meses…

Países Bajos. 18 de Noviembre de 2008.

Hallábame sentado en un cómodo despacho del consulado español en Ámsterdam, una preciosa e idílica ciudad, donde majestuosos cisnes recorren a sus anchas, cuidados canales de piedra con puentecitos de madera graciosamente iluminados por las noches.

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Había pasado las últimas semanas en una estrepitosa carrera en moto, que me había llevado desde México hasta Panamá, y me había quedado atascado en Holanda, por que mi moto estaba pasando una minuciosa inspección aduanera anti-narcóticos.

Me encontraba pues en Ámsterdam, con mi equipaje en la taquilla de un tipo que trabajaba en las aduanas, y mi compañera de dos ruedas, a miles de kilómetros, siendo aun más desmontada de lo que ya estaba.

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Acababa de recibir la estupenda noticia de que mi gran amiga Lalo, se encontraba estudiando aquel año de carrera en Leiden, una ciudad cercana, así que quedé con ella al día siguiente en la estación de tren de Leiden, y pasé el resto del día paseando por Ámsterdam.

Pensé en el cocktail cultural-religioso-existencial que estaba suponiendo el recorrer y vivir los últimos meses en lugares con formas de vida tan tremendamente distintas…

Había vivido como “un nómada solitario más” en Asia Central, donde conocí un estilo de vida duro pero auténtico, que nada tenía que ver con como había vivido hasta entonces. Me adentré en la cultura musulmana y en el mundo del Islam, que tanto me costaba no juzgar y comprender.

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Fue chocante el ver a los campesinos afganos con sus casas colgantes y sus senderos intransitables al borde de precipicios. Vivir en un lugar que llevaba los últimos treinta años en guerra, me dio que pensar.

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Después entré en La India, donde me adapté lo mejor que pude a su estilo de vida, con ese total desprendimiento de lo material que les caracteriza. La gente dormía en cualquier sitio, y mezclaban sin orden ni concierto todo en todos lados. Era frustrante no encontrar un solo kilómetro cuadrado deshabitado en el que poder descansar y relajarme sin que me un montón de curiosos me rodearan.

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De ahí pasé a conocer la vida Nepalí, en plena consonancia y armonía con la naturaleza, valiéndose de sus recursos y conservando sus valores culturales. Conocí a Mana, y por primera vez en mi vida, tuve que dejar una cosa que se me había metido en la cabeza a medias, no siendo capaz de rescatar la canoa que le hundí.

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Después de aquello, un giro imprevisto me mandó de de vuelta a La India, donde tuve la oportunidad de conocer, de la mano de Obi y su familia, la “vida civilizada” dentro del caos y la incivilización.

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Sufrí un tremendo choque cultural al llegar a Alaska, paraíso natura plagado de buena gente estilo west-coast estadounidense, donde, sin dejar de disfrutar a tope, no tardé en darme cuanta de las carencias espirituales de la sociedad capitalista.

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De ahí me zambullí en la vorágine de la Metrópoli en las calles de Vancouver, episodio que me causó un ligero trauma al no permitir la entrada al país del conteiner en el que se encontraba mi vehículo con todas mis pertenencias.

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La buena gente que conocí recorriendo Las Vegas y California, me hizo pensar que aun quedaba alguna esperanza para que el estilo de vida Yankee no se desmoronara.

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En México y Centroamérica, a pesar de las prisas, pude relajarme y disfrutar de paisajes maravillosos y gente con sombrero de paja, que tan pronto le ofrecía a uno un cocotero, como le daban su más solemne bendición.

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Y ahora me encontraba en una capital europea totalmente desarrollada en la que estaba cuidado hasta el más mínimo detalle. Pensé que me seducía mucho más el hacer hogueras por la noche en los fríos bosques y comprar tomates de la huerta del vecino.

Pasé aquella noche en un pequeño hotelito céntrico, y al día siguiente a medio día me fui a Leiden.

Encontré a mi amiga Lalo tan feliz de la vida como de costumbre. Dimos un paseo por la ciudad y tardamos un buen rato en ponernos al día de las novedades de los últimos meses.

Me ofreció quedarme unos días en su residencia, que era un lugar del todo disparatado, y yo acepté, contento de tener un lugar tan “familiar” donde esperar a que llegara mi moto.

La residencia de Lalo, era una bonita casa edificio, habitada por estudiantes de lo más variopintos. Había un joven físico chino que era como una caricatura, y con el cual el mero hecho de conversar era divertidísimo.

También había un motero italiano llamado Pietro, al que le divirtió muchísimo mi aventura, y que más adelante me sería de gran ayuda. Había además una alegre sevillana, y diversos personajillos de toda índole.

Mi estancia en Leiden, coincidió con la visita de el novio de Lalo, Tete, que era un amigo mío del colegio, así que pasamos un entretenido fin de semana juntos.

El día que finalmente llegó a la terminal de carga de KLM la caja con mi moto, pasé la mañana entera con todo el papeleo de las aduanas, y a primera hora de la tarde, fui con Tete y Lalo al almacén donde debía recogerla, a unos ocho kilómetros del aeropuerto.

Al abrir la enorme caja, me di cuenta que mi querida Nawí, estaba aun más desmontada que como yo la había enviado. Le habían quitado algunas de las grapas a la tapicería del asiento para comprobar que no hubiera nada en su interior, y hasta habían desmontado el cuentakilómetros.

El pobre Tete, que se había visto envuelto en una tarea de lo más peliaguda, dio la talla con creces, y tras un par de horas largas, conseguimos montar la moto casi en su totalidad. No nos fue posible montarla del todo, ya que faltaban algunas piezas. En algún momento del registro, alguien había extraviado el eje delantero con todas sus juntas, topes y arandelas, además de sistema de medición del cuentakilómetros.

Aquel día volvimos a la residencia sin la moto, pero decidimos llevarnos la rueda delantera, para tratar de buscar un eje.

A la mañana siguiente me fui con Pietro en su moto a recorrer los talleres de la zona. Al cabo de visitar varios talleres, dimos con uno que tenía un eje usado que parecía que valdría.

Acudimos al almacén donde estaba la moto, y no tardamos demasiado en comprobar que el nuevo eje no valía ya que era demasiado ancho por uno de sus lados. Mal asunto.

Le pedí a Pietro que fuera al taller a por un nuevo eje un par de milímetros más estrecho que el que teníamos, mientras yo me quedaba en la puerta del almacén, ya cerrado, con la moto.

Al cabo de un par de horas de meditación junto a Nawí, apareció Pietro. Pero en lugar de venir con su moto, y un nuevo eje, venía en un coche con un tipo mayor, y con un pequeño remolque vacío enganchado a la bola.

Aquel tipo mayor, era un motero llamado Bernard, que conoció a Pietro cuando estaba explicando el problema del eje en el taller, y se ofreció a ayudarnos.

Cargamos la moto sin rueda delantera en el remolque, y las maletas laterales metálicas en el maletero, y nos dirigimos al taller donde encontramos el eje.

Bernard, era muy amigo del dueño del taller, y con tornos, fresadoras y herramientas de toda índole, fabricamos un eje con todos sus topes y arandelas, que se adaptó perfectamente a la moto.

Cuando terminamos, era ya bien entrada la noche, y Bernard nos invitó a cenar en su casa. Pietro y yo, que estábamos hambrientos, no dudamos en aceptar gustosos la oferta, y le seguimos en las motos hasta su casa.

Bernard no solo era un amante de las motos. Era un ingeniero con avanzadísimos conocimientos de mecánica, que llevaba varios años fabricando una moto de carreras increíble.

Cenamos con su mujer y otra amiga invitada, y tras una agradable sobremesa, le agradecimos a Bernard su gran ayuda, y partimos.

Antes de irnos, Bernard fabricó una matrícula para mi moto (que carecía de ella), con una tapa de Tupper-Ware y un rotulador negro.

Llegamos a la residencia, donde Tete y Lalo nos estaban esperando, y les informamos de todo lo acontecido. También les informé que debía preparar mis cosas los más rápido posible, ya que quería partir hacia España antes de media noche.

Después de una emotiva despedida, y de encasquetarle a Tete algunos bártulos para que me llevase de vuelta a España, llegó la hora de partir.

Mi idea era conducir sin parar aquella noche, y llegar a Madrid al final del día siguiente. Eran poco más de 1.700km por carreteras estupendas, y aquello no supondría ningún problema.

Nada más salir de Leiden, se puso a llover a cántaros, y no dejó de hacerlo en las dos siguientes horas hasta que llegué a Bruselas. Hacía un frío insoportable, y a parte de no sentir las manos, tenía entumecidos y congelados todos los músculos del cuerpo.

Eran las dos de la madrugada de un día entre semana, y la capital belga estaba completamente muerta. No me entendía con los letreros ni con los desvíos de las carreteras en aquella noche cerrada en la que no paraba de llover. Como no tenía a quién preguntar, finalmente decidí tomar la carretera que me pareció conveniente para alejarme de la ciudad.

Tras varios kilómetros, y ya en zona rural, encontré un gran descampado donde había un remolque de camión que parecía abandonado. Era el remolque sin la cabina, un lugar perfecto donde pasar la noche.

Aparqué la moto junto al trailer, y yo me guarecí bajo este, de aquella lluvia fría que helaba los huesos.

Me tumbé sobre mi esterilla, sin ni siquiera quitarme el chubasquero y utilizando la mochila a modo de almohada, no tardé en quedarme dormido.

Era sorprendente como después de algunos meses, me había acostumbrado a dormir absolutamente en cualquier sitio. Lo mismo me daba que fuera sobre el asiento de mi moto en una frontera guatemalteca, que en un rancho de Alaska a la intemperie, o en un alfombrado suelo del remoto Kirguistán.

Amanecí temprano, con el cuerpo algo entumecido. Hacía una mañana estupenda, así que no tardé en poner rumbo a Paris.

A media tarde, paré en una gasolinera, y cuando fui a pagar con mi tarjeta me informaron que me había quedado “sin fondos”. Me quedaban poco más de diez euros en metálico, los cuales invertí en gasolina y en una chocolatina.

Aquellos pocos litros de gasolina, me dieron tiempo para pensar que hacer mientras me acercaba ya a la mitad del camino, y solo diez horas de conducción me separaban ya de casa.

La solución al problema económico fue sencilla. Traté de evitar los peajes en la medida de lo posible, y cuando me encontraba con alguno, me limitaba a explicarles mi problema, y me solían dejar pasar.

Cuando entré en reserva, ya estando en Francia, me detuve en la primera gasolinera que encontré, y aparqué mi moto en la puerta de la estación de servicio. La moto de por sí, que venía de Centroamérica y estaba cargada hasta arriba, llamaba bastante la atención, y yo, con la ropa arrugada, y aspecto harapiento me coloqué junto a ella.

Me dirigí al primer tipo que llegó al lugar:

- ¡Bon Suag! Pardon-. Le dije de manera delicada.

Cuando ví que había captado su atención proseguí:

- Je ne parle francais…. Je, volta le monde ¡Brum, Brum!-. Le dije señalando a la moto.

- Credit Card ¡Caput!-. Le dije enseñándole mi tarjeta de crédito.

- Gasolin ¡Finito!-. Le dije señalando con el dedo al depósito de Nawí.

- Silvouple, an euro pour Gasolin pour España….

El tipo no se lo pensó dos veces, y me dio un euro reluciente que sacó de su bolsillo.

Sabía que pedir dinero no estaba bien, y no actué del todo correcto. Pero tampoco pensé que mendigar un par de monedas para llegar a casa fuera hacer daño a nadie, así que traté de actuar sin demasiados reparos.

Repetí aquella secuencia unas veinte veces, hasta que recolecté el dinero suficiente para llenar el depósito de la moto. Algunos me ofrecieron más de un euro, pero en ningún caso acepté. Con uno era más que suficiente, y en menos de una hora pude continuar mi camino. Lo que sí que acepté de buen grado fue la comida que me ofrecieron más de uno.

Con los pocos que entendían inglés, pasé un rato hablando, y alucinaron cuando les conté de donde venía.

Nawí tenía una autonomía de seiscientos kilómetros, y con el depósito aquel llegué casi hasta la frontera española, donde repetí el numerito del Euro y pude volver a llenar el depósito.

Aquel viaje de tantas horas en moto, sirvió para que me mentalizara un poco de lo que me esperaría al llegar a Madrid.

Desde que había salido de Centroamérica, lo único que pensaba, era llegar a España para ver a mi madre, pero los últimos meses me había adaptado a un tipo de vida sin reloj, ni horarios. Simplemente vivir con el sol. Viajar, y aprender de lo que encontraba en mi camino. La vuelta a Madrid supondría un completo cambio de estilo de vida…

Entré en España poco después de media noche, y antes de llegar a Burgos, ya de madrugada, encontré una gasolinera abandonada. Aparqué junto a ella y extendí la esterilla en el hueco que había entre la moto y un pedazo de muro medio derruido.

Me tumbé boca arriba. El cielo estaba repleto de estrellas. Aquella era la última noche en mucho tiempo que me dormiría viendo las estrellas. Aquella idea me dio mucho que pensar…

La mañana siguiente amaneció un día soleado. Pude viajar algo más ligero de ropa, y el viaje hasta Madrid, pasó a la velocidad del rayo.

Al llegar a la ciudad, una extraña sensación me invadió. Todo seguía tal y como cuando me fui, y sin embargo todo se veía diferente. Tardaría aun varios días en comprender que en efecto la ciudad y muchas otras cosas se veían diferentes, pero no por que ellas hubieran cambiado.

Los días siguientes viví en un limbo emocional y existencial completamente desconocido para mí, y que hacía que me sintiese raro en todos lados. Nada me hizo más ilusión en el mundo que ver a mi familia y a mis amigos.

Cada tarde sin embargo, procuraba irme al campo con mi perro Tomás y un par de naranjas a ver la puesta de sol. Solía sentarme con él en lo alto de alguna colina y darle vueltas a como podía ser todo tan igual y a la vez tan diferente a antes de irme.

La gente estaba ahí, y los lugares en los que tantos buenos ratos había pasado y que tanto me gustaban también. Pero ya los conocía.

Había pasado meses explorando lugares inhóspitos, y culturas completamente desconocidas para mí, aprendiendo cada día infinidad de cosas, y de la noche a la mañana me encontraba en un lugar en el que nada me sorprendía.

No había demasiadas semanas que difirieran de la semana anterior, y así sucesivamente. Aquel tipo de vida, con la sensación interior que tenía de haber dejado todo a medias, no me seducía en absoluto.

Los meses siguientes en Madrid me caí de la moto, le choqué el coche a mi madre, me metí en algún que otro lío por circular por la capital del reino con una moto americana con matricula de Tupper-Ware holandés, y como guinda al pastel, no me comí un rosco.

Después de 4 meses de mi llegada, la mejora de salud de mi madre coincidió con la llegada de mi coche a La India y como decía mi abuela, y yo nunca he entendido…

¡Verde y con Asas!

……..

De vuelta en Pakistán…

Partí rumbo a Quetta por la nueva ruta que me habían marcado los militares y pasé el resto de la tarde conduciendo por malas carreteras y atravesando poblaciones de todo tipo. En la mayoría de los lugares, el vehículo que más se veía era un pequeño carro de madera tirado por un burrito.

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Me sentía diferente al pasar desapercibido. Que la gente no reparara en mí, por parecer uno de ellos, me hacía sentirme más libre que nunca.

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Cuando anocheció, apenas había cubierto un tercio del recorrido.

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Encontré un lugar tranquilo, no lejos de la carretera, donde me detuve a comer algo. Me senté en uno de los camastros de la terraza, y cené pan y algo de pollo en salsa.

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Me ofrecieron una cama para pasar la noche, asegurándome que era un lugar seguro, y me pareció el sitio perfecto para descansar unas horas. La gente era hospitalaria, educada y silenciosa.

A primera hora de la mañana parí hacia Quetta. La gente que trabajaba los campos a los lados del camino, me recordó a La India.

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Vi un montón de camellos, lo cual era siempre un gran acontecimiento. Los camellos, junto a los caballos eran mis animales preferidos. Algún día no muy lejano haría un gran viaje por el desierto sobre la joroba de uno. Y ese viaje no lo haría solo.

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Pasé el día sin parar de conducir recorriendo carreteras y caminos, algunos en muy mal estados y muy transitados, y otros con buen firme y del todo solitarios.

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A media tarde, y a una hora de Quetta, tomé un camino para rodear la ciudad, y puse rumbo directamente hacia Baluchistan. Si me detenía en la ciudad se me haría de noche y quería buscar un buen sitio para acampar en el desierto.

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Cuando ya empezaba a tardecer, ví que a un lado del camino, y tras varios kilómetros de desierto, había unas montañas.

Esperé a no ver ningún coche a lo lejos en ninguna dirección, para no correr el peligro de que alguien no conveniente me viera, y me metí por aquel desierto de arena y piedras hacia las montañas. Aquel sería el lugar perfecto para pasar la noche.

Cuando me acerqué a las montañas, comprobé que en realidad eran enormes dunas de piedras, a las cuales se podía subir con el coche. Después de atravesar dos de ellas, escondí el coche detrás de una tercera duna, donde fuera visible para nadie.

Cogí algo de comida y agua, la esterilla, una pequeña almohada, un libro, una linterna y mi navaja, y ataviado con mi kuhrta pijama y unas chanclas de goma, me encaminé a lo alto de la duna más grande.

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Me quedé leyendo hasta un poco después de anochecer, y me pareció más prudente dormir ahí arriba y no en el coche. Si por alguna razón recibía alguna visita non grata, el coche estaría cerrado, y a mí solo sería casi imposible que me encontraran.

Cuando se hizo noche cerrada, un montón de estrellas iluminaron el firmamento. El silencio era total y absoluto. A pesar de encontrarme en un desierto lleno de bandidos y contrabandistas de la peor calaña, me sentía completamente seguro.

Si por algún remoto casual alguien me encontraba, pensaría que era un musulmán de otra región, y no correría ningún peligro. Además nadie me había visto desviarme por el desierto…

Siempre me había encantado tumbarme a observar un cielo estrellado. Me parecía increíble estar observando las mismas estrellas que habían observado personajes de la talla de Napoleón Bonaparte, Jesucristo, el señor Da Vincci, Alejandro Magno, Aristóteles…

Al cabo de unas horas, un grito a lo lejos me despertó de un sueño ligero. Era la voz de un hombre, pero estaba demasiado lejos como para preocuparme. Lo más probable era que fuera alguien de algún pueblo cercano que iba en busca de algún perro perdido… pero pronto recordé que ahí los perros no tenían dueño, y tuve que aparcar mis sueños con personajes ancestrales.

Aquello no era buena señal y pensé que quizás sería mejor irme de aquel lugar. Para ello, debería llegar hasta el coche lo más rápido posible, arrancar e irme pitando.

Lo medité durante un minuto, y pensé que si realmente algo se estaba cociendo en aquel lugar, que de repente un coche apareciera de la nada, podía acarrear consecuencias, así que preferí dejar a Andrés en su sitio.

Decidí colocarme justo detrás de una roca que había cerca de donde me encontraba, de tal manera que si alguien llegaba no me pudiera ver, pero sin que pareciera que estaba escondido.

Volví a quedarme dormido, y al cabo de un rato volvió a despertarme otro grito. Esta vez estaba mucho más cerca.

Quién era aquella gente, y si estaban ahí por mí, fueron las primeras preguntas que me vinieron a la cabeza. Me quedé detrás de aquella roca inmóvil, y tranquilo.

Al cabo de unos minutos, escuché unos pasos que se acercaban. Una voz de hombre dijo unas palabras que no entendí, y una luz me apuntó desde el flanco izquierdo.

Me levanté despacio y con las manos a la vista. La luz no me dejaba ver más que la silueta de una persona.

- Salam Alecum-. Dije levantando una mano a modo de saludo.

- Alecum Salam-. Respondió aquella misma voz.

Acto seguido, el sonido tan característico de una Kalashnikov al cargar una bala en la recámara martilleó el ambiente.

- ¡Manos arriba!-. Dijo en inglés.- ¡No disparéis!-. Añadió.
Yo levanté las manos tan alto como pude. Incluso instintivamente me puse de puntillas para que pareciera que las manos estaban aun más arriba.

Estuve a punto de gritar, como de costumbre “¡Spanish journalist!”, pero pensé que quizás no fuera lo más indicado.

- ¡Spanish Seek!-. Dije alto y claro.

- Hands up-. Repitió aquel tipo que hablaba en inglés.

- Police? -. Pregunté sin bajar las manos.

- Yes, police-. Respondió.

Se acercaron a mí dos personas armadas y uniformadas y me observaron detenidamente hasta que les enseñé mi pasaporte que lo tenía en el bolsillo del pecho, y ya se tranquilizaron del todo.

Llegaron varias personas al lugar donde nos encontrábamos. Cogieron mis cosas, y me dijeron que fuéramos al coche.

En el camino, me preguntaron qué estaba haciendo ahí, y les respondí que dormir para no conducir de noche. Desde el principio tuve la certeza de que sabían quien era y de donde venía.

Al llegar al coche, nos encontramos con varios policías más. El más mayor de ellos, se dirigió a mi nada más llegar.

- ¿Qué haces aquí?-. Me preguntó en inglés sin ningún preámbulo.

- Dormir-. Le respondí.

- ¿Por qué aquí?-. Me preguntó de nuevo.

- Porque aquí no hay luz, y puedo ver las estrellas-. Le respondí con tono firme.

El tipo miró a otro policía y tardó algunos segundos en reanudar el interrogatorio.

- ¿Estás solo? -. Inquirió.

- Sí-. Respondí con toda naturalidad.

- ¿Por qué? -. Insistió.

No supe muy bien si explicarle que era un tipo solitario, o decirle que me gustaba mucho el silencio. Se me ocurrió que quizás lo que le extrañó fue que no hubiera ninguna mujer conmigo, y pensé en contarle lo paradito que era con las chicas…

Finalmente, tras unos segundos de incómodo silencio, levanté las manos y miré al cielo exclamando “Así lo ha querido Alá”

Aquella respuesta le dejó satisfecho, y ordenó a dos policías que se subieran a mi coche y me guiaran hasta el cuartel de policía.

Me hizo mucha gracia que a pesar de sentarse los dos en el asiento del copiloto, cerraran la puerta bien a la primera. La última vez que se sentaron dos policías hindús en aquel asiento, el que estaba más cerca de la puerta trató de cerrar ésta más de veinte veces, sin comprender que si su compañero no se movía, aquella sería una tarea imposible. Había grandes diferencias entre la mentalidad de La India y Pakistán.

Una vez en el cuartel, el oficial me explicó que aquella tarde estaban esperando a que llegara al siguiente control militar en Quetta para escolarme hasta un cuartel donde pasar la noche. Al ver que se hacía de noche y no llegaba, se pusieron a buscarme. Me explicó que aquel lugar estaba justo en frente de la frontera afgana, y que ni siquiera ellos iban por ahí de noche.

Dormí dentro del cuartel en un pequeño camastro que me prepararon. El ambiente que se respiraba era tranquilo, y todos los policías fueron tremendamente amables conmigo, y curiosos con Andrés.

A primera hora del día siguiente, cuando me desperté, había un coche de escolta esperándome en la puerta del cuartel. Me informaron que a partir de aquel momento iría acompañado hasta la frontera de Irán por mi seguridad.

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Yo no dije ni pío, y me límite a seguir a aquellas policías por las carreteras del desierto, de puesto militar en puesto militar.

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Todos los policías y los militares con los que nos encontrábamos y que nos iban acompañando eran amables, educados y divertidos.

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A medio día, al llegar a uno de los puestos, me senté a tomar una taza de té mientras me tomaban todos los datos, y junto a mí, había un policía comiendo.

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Se debieron percatar que se me hacía la boca agua, y no rechacé un plato de pollo en salsa y un enorme trozo redondeado de delicioso pan fino y moldeable.

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Continué e resto del día recorriendo interminables carreteras a través de paisajes desiertos.

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A media tarde el soldado que me acompañaba, me indicó que me detuviera a en una zona de campo abierto con un pequeño puesto militar. Me invitó a rezar con él, pero le dije que a pesar de compartir algunas de sus creencias, no practicaba el Islam.

Se alejó de la carretera unas decenas de metros. Se descalzó, y se introdujo a un pequeño reducto alfombrado y rodeado de piedras, sobre la arena del desierto. Llevó a cabo la ceremonia del quinto y último rezo del día.

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Continuamos conduciendo hasta bien entrada la noche, cuando por fin llegamos a Taftan, el pueblo inmediatamente anterior a la frontera iraní, que tan solo se encontraba a un par de kilómetros de ésta.

Le propuse a mi escolta ir a cenar algo juntos antes que me dejara en el puesto fronterizo, y me llevó a un discreto lugar que conocía donde nos sirvieron un par de piezas de pollo asado que me supieron a gloria y algo de arroz.

Hubo un tipo al que conocía y que se puso a hablar con él. Entendía inglés, y yo le pregunté si realmente ese lugar era tan peligroso como decía la gente. Aquel hombre me miró fijamente y me respondió que por supuesto que no dándome una palmada en la espalda. Acto seguido se levantó la chilaba, dejando al descubierto la culata de un revolver de acero que se introducía en sus pantalones. Exhaló una sonora carcajada.

Pasé aquella noche en la frontera tumbado en mi esterilla de bambú sobre el césped de la entrada. Había conseguido cruzar Pakistán con la gasolina que me habían puesto en La India Bali y compañía y apenas me había gastado algo de los 60 Euros con los que contaba. La cosa iba bien, siempre y cuando en Irán la gasolina fuera tan barata como había oído.

Me había fijado que entre el pueblo de Tafftan y la frontera, había numerosos talleres mecánicos. Antes de dormirme bajo el cielo estrellado, decidí que al día siguiente a primera hora acudiría a uno de ellos para engrasar las transmisiones de Andrés y comprar algo de líquido de frenos.

Me desperté con los primeros rayos de sol y e sorprendió lo tranquilo que estaba todo para ser un puesto fronterizo. Algo me decía que poco tenía que ver que fuera tan temprano.

Avisé en la oficina de la frontera que me ausentaría durante un par de horas para hacer algunos ajustes en el coche, y a pesar que no les hizo demasiada gracia y trataron de persuadirme de que lo hiciera al cruzar a Irán, no les hice caso y me dirigí a Taftan.

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Llegué a la zona de los talleres por la que pasé la noche anterior. Se respiraba un ambiente extraño. Todo era bastante silencioso, y el `pueblo en general era poco concurrido.

No tardé en encontrar un pequeño taller en el que un tipo se metió debajo de Andrés, y con una pistola de grasa, me engrasó las transmisiones y las homocinéticas. También compré un bote de líquido de frenos, ya que lo llevaba bastante bajo.

Después de despedirme de la amable gente del taller, puse rumbo de nuevo a la frontera. En la misma calle de ese taller, justo cuando pasaba frente a otro, una furgoneta comenzó a dar marcha atrás, cuando estaba pasando tras ella. Al ver que iba a golpearme en mi puerta, pegué un brusco volantazo a la derecha, evitando la colisión directa. Cuando ya pensé que había salido airoso, escuché un golpe seco en la parte trasera izquierda.

Me bajé del coche con muy mal humor gritando improperios en castellano contra aquel melón que había salido sin mirar, e inmediatamente salió toda la gente del taller frente al que me encontraba.

Cuando vi que mi coche no tenía más que un pequeño abollón en un lado de la defensa trasera, me quedé tranquilo, y le pregunté en inglés al conductor de la furgoneta si no sabía que se debía birar antes de salir a una calle marcha atrás.

El tipo no entendió nada, pero en su lugar, el dueño del taller se dirigió a mi por gestos y chapurreando algo de Inglés y me dijo que no me preocupara, que eso era un taller, y repararían rápidamente aquel abollón.

Era bastante temprano, y tampoco sería el fin del mundo perder un par de horas, así que acepté su invitación para pasar dentro del taller a tomar un té mientras arreglaban la defensa abollada.

Tres mecánicos sacaron equipo de soldar, masilla y pintura, y se pusieron manos a la obra mientras yo me quedaba en el interior del local tomando un té con mi amable anfitrión.

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Un tipo joven, amable y educado, se unió a nosotros. Hablaba algo más inglés que el hombre más mayor, y me contó un poco por encima la situación familiar de cada uno. Cuantos hijos tenían, sus nombres, etc.

Al cabo de un rato, el tipo sacó un cigarrillo, cuyo contenido vació rápidamente. Desechó la mitad del tabaco, y la otra mitad la mezcló con una sustancia marrón, que comenzó a introducir de nuevo con gran pericia en el cigarrillo vacío

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Le pregunté qué es lo que era aquella sustancia marrón, y me dijo que se llamaba “Charas” a la vez que hacía un gesto con el dedo índice en forma de círculos a la altura de su sien. No me costó comprender lo que era, y le pregunté que de donde salía.

El tipo intercambió algunas palabras con el otro señor mayor, y sacó una bolsa del fondo del taller. Me la acercó y tras abrirla un poco me invitó a mirar su contenido, que era una especie de polvo marrón apelmazado.

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El tipo sacó un cazo en el que vertió un líquido transparente, y se puso a calentarlo en una pequeña cocinilla de gas.

Después de eso, sacó varios puñados de “Charas” de la bolsa, y los puso sobre un plástico transparente. Acto seguido añadió el líquido que había calentado, y comenzó a mezclarlo con las manos hasta conseguir una sustancia homogénea parecida a la plastelina.

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Trinchó aquel trozo de plastelina cual pincho moruno, y lo calentó durante algunos segundos con el mismo fuego con el que había calentado el cazo.

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Los Charas adquirieron un tono más oscuro, y los envolvió en plástico “film” transparente. Lo dejó en el suelo y comenzó a amasarlo con la planta de su pie descalzo.

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Realizó varias veces la misma maniobra de calentar y después amasar, hasta que el tipo mayor del taller le dio el visto bueno. Los Charas estaban listos.

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Lo que más me llamó la atención de todo, fue su respuesta cuando le pregunté qué harían con semejante trozo de Charas.

- Esto nos lo fumamos hoy, y mañana por la mañana hacemos otro-.

Me asomé fuera del taller y comprobé que ya casi estaban terminando con la defensa del coche, y estaba quedando realmente bien- Después de darle calor y sacarle el bollo, le pusieron masilla para dejar la superficie completamente uniforme, y después lo pintaron de negro.

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Tras compartir con aquella gente tan amable una última taza de té, partí a la frontera. Había llegado la hora de proseguir el viaje. Apenas me quedaban unos litros de combustible, y unos 45 Euros, y el siguiente país que atravesaría, Irán, medía más de tres mil kilómetros de longitud. Era 20 de Julio.

25 de abril al 25 de Mayo. India y Nepal. Magic.

July 12th, 2009

Rallaba el alba cuando mi despertador interno me susurró que era hora de ponerme en marcha. Había llegado el día de partir.

Era curioso, como después de unas semanas sin reloj ni despertador de ningún tipo, el cuerpo humano se empezaba a adaptar a vivir con el sol. Acostarme poco después del ocaso y despertarme con las primeras brisas de la mañana era sin duda la manera de la que más me gustaba viajar cuando tenía que recorrer largas distancias.

En aquel caso no era nada desmesurado, ya que estaba al sur de La India y debía llegar a un céntrico lago de Nepal, que era su país vecino por el norte. Serían poco más de tres mil kilómetros y recorrerlos no me llevaría más de una semana. O al menos eso era lo que pensaba.

La ruta hasta Nepal por el oeste de La India era maravillosa. A través del gran desierto del Rajasthan, y después por Kachemira y Daramsala, que era el lugar donde vivía exiliado el Dalai-Lama.

El problema era que yo debía subir por el este, ya que tenía que pasar por Calcuta a cambiar las pastillas de freno, y a recoger varias cosas que había dejado en casa de Ovi, y aquella ruta no tenía demasiado encanto.

Había pasado los últimos días decorando la canoa con Magesh y su amigo Vicky, que pasó muchas horas debajo de un sol de justicia para terminar su obra a tiempo.

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Ya había concluido todos los preparativos para la partida, y aquella mañana recogí temprano a Magesh y a Vicky. Tras comprobar que la pintura de la canoa estaba ya seca, lavamos y engrasamos el coche de arriba abajo y lo llené con el gasoil suficiente para cubrir la mitad del trayecto hasta Calcuta.

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Ya con el coche listo, pasamos por el pequeño puerto a recoger a un grupo de personas para que nos echaran una mano, y fuimos todos juntos a cargar la canoa.

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No fue una tarea nada fácil, por un problema de coordinación y entendimiento, pero finalmente conseguimos colocarla sobre el coche exactamente como quería.

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Sería un viaje larguísimo y no quería que los ochenta kilos de peso de Lady Marian aplastaran mi dormitorio, así que por ello pasé algún tiempo estudiando la mejor manera de transportarla.

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La coloqué lo más adelantada posible, para que la mayor parte del peso descansara sobre el soporte delantero, que era una barra metálica tremendamente resistente, pero algo flexible, que amortiguaría los baches.

La mitad trasera descansaría sobre la Maggiolina, pero con varios viejos neumáticos de coche haciendo de junta para que amortiguaran cualquier golpe.

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Partí del pequeño pueblo a media tarde, después de haber asegurado toda la carga y haberme despedido de todo el mundo.

Mientras veía alejarse en el retrovisor aquel pueblecito en el que había pasado las últimas semanas, comenzó a invadirme aquella sensación que tanto me gustaba y que me embriagaba cada vez que partía hacia un destino lejano con fronteras de por medio.

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Lo primero en lo que reparé nada más partir, fue el gran número de personas que se quedaban literalmente pasmadas al ver pasar. Como siempre, les llamaba la atención ver un enorme coche rojo totalmente desconocido para ellos, sin nadie al volante (en India, como antigua colonia inglesa, se conducía por la izquierda).

No tardé en encontrar un puesto de fruta al lado de la carretera donde aproveché para comprar bananas, mangos y algunas manzanas.

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Procuraba llevar siempre conmigo galletas y algo de fruta, de manera que siempre pudiera pasar unos días autoabastecido si encontraba algún rincón que lo mereciera.

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Mi ritmo de viaje era tremendamente lento. Iba prácticamente sin pastillas delanteras, y sabía que en cualquier momento, éstas empezarían a rallar los discos, y eso era algo que quería evitar a toda costa, ya que aquello en La India era algo casi tan complicado como costoso de solucionar fuera de Nueva Delhi.

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Atravesé decenas de pueblos de lo más pintorescos, con decoraciones y construcciones de todo tipo.

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Como siempre, en la carretera, vehículos de todos los tipos, tamaños y colores. En ocasiones adelantaba a enormes montones de paja, que pululaban ocupando más de un carril de unas carreteras de lo más surrealistas.

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Apuré un poco la tarde y conduje unas horas sin luz hasta que encontré una zona tranquila donde pasar la noche.

No notaba demasiado el peso de la canoa sobre el coche, ya que conducía exageradamente despacio por los frenos, pero si que noté la presencia de la canoa cuando llegó la hora de dormir.

Al no poder dormir en la Maggiolina por razones obvias, y no tener tienda de campaña por haberla dejado en Calcuta, me vería obligado a dormir, o dentro del coche, o fuera junto a él. Por ser la primera noche, y no estar tampoco muy cansado, decidí dormir unas horas dentro del coche, y partir antes de amanecer. Por segunda, y última vez en mi vida, dormí en el asiento trasero de Andrés.

Hacía varios días que por alguna extraña razón, el cuello me molestaba un poco al mirar hacia los lados, y el pasar unas horas retorcido, después de varias horas conduciendo, no hizo si no convertir la molestia en un comienzo de tortícolis.

Me desperté poco después de amanecer, y tras una buena ducha puse rumbo a Calcuta.

Conducir a dos por hora, hizo que mi problema con los camiones suicidas desapareciera, pero el no poder mirar hacia los lados, ya que mi dolor de cuello no hacía si no incrementar, hizo que el viaje se me empezara a hacer algo incómodo, aunque nada monótono.

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Mantener la vista al frente, con una canoa que ocultaba la mitad superior de mi campo de visión, se presentaba como el plan perfecto para las siguientes treinta horas de conducción.

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A media mañana, mientras atravesaba una de las múltiples ciudades por las que pasaba la carretera general, me detuve en un semáforo en rojo. Aquello, ocasionó los correspondientes bocinazos tras de mí, pero era algo a lo que estaba ya acostumbrado.

Antes que se volviera a poner el semáforo en verde, varias decenas de jóvenes de entre veinte y veinticinco años aparecieron corriendo y gritando y ocuparon la carretera.

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Cuando el semáforo se puso en verde, la calle estaba plagada de gente joven gritando, y empezaron a llegar algunos policías con palos.

Probé a hacerme el longuis tratar de cruzar con el coche, pero en seguida un montón de chicos se pusieron a gritar, y todos se agolparon frente a mí. Estaba claro que no me iban a dejar cruzar, y estando como estaba la policía delante, no creí oportuno hacer lo primero que se me pasó por la mente.

Me bajé del coche sin reparar demasiado en que estaba en calzoncillos, y no tardó en acercarse a mí, el que parecía el cabecilla de los manifestantes, al cual rodeaba un pequeño grupo de personas con cara de pocos amigos.

La imagen de un tipo el calzoncillos frente a un enorme coche, con una canoa aun más grande, sobre él, no era algo fácil de asimilar para un hindú de a pié, y muchos se miraron entré si extrañados.

El tipo, que tenía la cara algo decolorada y era sin duda el que movía el cotarro, se dirigió a mí con un inglés más que decente.

- Esto es una manifestación de estudiantes y la carretera está cortada-. Me dijo tajantemente.

- Me parece estupendo, pero soy extranjero y poco tengo que ver con vuestras trifulcas estudiantiles. Voy camino del hospital, en Calcuta, por que tengo un enorme dolor en el cuello, así que te agradecería que me dejarais pasar-. Le respondí en un tono algo hosco.

- ¿A caso no has visto la fila de coches y camiones que tienes detrás? Si te dejamos pasar a ti, les tenemos que dejar pasar a todos. Tendrás que esperar, o si quieres, da la vuelta-. Me dijo el tipo señalando tras de mí.

- Como te he dicho, voy camino del hospital por que tengo mal el cuello, así que me resulta imposible mirar hacia atrás sin darle la espalda a tu amigo, el que me mira con cara de perro enfadado-. Le dije mirando a un tipo que desde que llegó parecía que me quisiera morder.- Pero me fío de tu palabra.-. Añadí en tono irónico.

El tipo me escrutó unos segundos y sin responder se dio la vuelta y se juntó a los demás chicos que gritaban, saltaban y ponían piedras en la carretera para que a ningún coche se le ocurriera pasar.

Desde que me bajé del coche había estado estudiando el gran socavón que cumplía la labor de mediana entre la calzada y la pequeña vía de servicio que circulaba paralela a ésta. Tras echarle un último vistazo y tomar un par de puntos de referencia me subí al coche. Arranqué el motor, y engrané las marchas cortas.

En lugar de salir hacia atrás, donde había una interminable fila de coches, crucé la mediana, que era un foso de un par de metros de profundidad, con suficiente pendiente para no permitir el paso de un coche o de un camión, pero fácil de cruzar si se contaba con la altura suficiente y tracción a las 4 ruedas sin diferencial central de por medio.

Cuando llegué al otro lado, que estaba también cortado por la policía unos cientos de metros más adelante, miré al enorme grupo de jóvenes, que prácticamente en su totalidad, me observaba sin saber muy bien como reaccionar. Ninguno se esperaba que fuera a cruzar por ahí.

Miré al cabecilla del grupo, que me observaba atentamente y me despedí de él sonriendo. Me pareció que comprendió que iba a pasar por las buenas o por las malas, y esto no pareció molestarle. También él sonrió.

A los pocos segundos la multitud comprendió que me había escaqueado del tapón, pero ya poco pudieron hacer por evitarlo. A pesar de ello, el cabecilla gritó algo a la multitud, y nadie trató de hacer nada para detenerme.

Al cabo de un par de cientos de metros, me volví a incorporar a la carretera principal, y pude contemplar a lo lejos, tras de mí, la carretera cortada por todos aquellos estudiantes. Me hubiera gustado saber las razones que les habían llevado a manifestarse, y de no haber sido por el dolor de cuello, sin duda les hubiera acompañado en la manifestación.

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Antes de continuar, decidí al menos, acercarme en coche hasta ellos para despedirme y dar un par de bocinazos a los policías.

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Continué mi viaje con el cuello agarrotado y echando de menos más que nunca a mi querida Manoli. Manoli era una amiga de mi madre de toda la vida, a la que iba a ver muy asiduamente en Madrid, y que a demás de preparar las mejores lentejas del universo, con una hora de masaje era capaz de hacer desaparecer cualquier dolor o molestia muscular por severa que fuera.

Pasado el medio día, mientras atravesaba una de las zonas más áridas de todo el recorrido, sin asfaltar, y no desprovista de piedras, un amortiguador delantero empezó a hacer el ruido metálico que solía avisar de la pérdida de una junta.

Aquello no era de extrañar, ya que la junta original yacía perdida en alguna pradera nepalí, y la que llevaba en ese momento, era una “made in India”, preparada para soportar el peso de los coches “made in India”.

Me detuve a un lado del camino, y tras abrir el capó, comprobé que en efecto, la junta había desaparecido.

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La perdida de la junta superior de un amortiguador delantero, suponía el no poder continuar hasta no reponerla. Reponer la junta de un amortiguador delantero, con un pinchazo en las cervicales cada vez que hiciera algún movimiento de cabeza, era una tarea poco sugerente, pero realizable.

Reponer la junta de un amortiguador delantero sin disponer de una junta de repuesto, como era mi caso, era una tarea, al menos a primera vista, imposible.

Me subí al coche y pensé durante varios minutos en cómo fabricar una junta de goma que soportara tres toneladas traqueteando sobre ella durante mil quinientos kilómetros, y lo veía bastante negro.

El hecho de disponer de poco más de cien rupias en metálico (un euro y medio), hasta llegar a Calcuta, no era lo que me preocupaba. La mera idea de bajarme del coche con los 45º que hacían bajo aquel sol de justicia, sin poder siquiera mirar hacia el suelo, en busca de algún pueblo donde encontrar una junta para mi amortiguador, era el peor de los tormentos.

No tardó en acercarse a mi ventana un anciano que llevaba un buen rato mirándome, y al que no había prestado demasiada atención, para hacerme un gesto inquisitivo con los brazos. A pesar de dar por hecho que aquel tipo poco me podría ayudar, decidí abrir el capó y enseñarle el problema. Al menos él parecía tener un cuello sano.

Cuando vio que faltaba la parte superior del amortiguador, me miró fijamente:

- ¡BUUUUUUUUUSHHHH!-. Gritó aquel octogenario con todas sus fuerzas mientras me miraba fijamente con un tono entre acusatorio y premonitorio.

Yo me limité a mirar alrededor, sin saber muy bien a que se refería.

- ¡Buuuuuuuushhhh! ¡Buuuuussshhhh! -. Continuó gritando aquel misterioso anciano que señalaba a mi amortiguador.

Tardé algunos minutos en comprender que Bush, era el nombre del recambio que necesitaba. Después de gritarlo algunas veces más, el tipo me ordenó cerrar el coche y acompañarle hasta un pequeño taller de neumáticos que había cerca de aquel lugar.

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El mecánico del taller, me fabricó un nuevo “Bush” utilizando el mismo material con el que reparaban los neumáticos de los camiones, y tras ayudarme a sustituirlo se negó a cobrarme una sola rupia.

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El resultado fue estupendo y aquel nuevo Bush, parecía que aguantaría tanto como el original. Tras entregarle un par de plátanos y una camiseta a modo de agradecimiento, continué el largo camino que me separaba de Calcuta.

Conduje varias horas bajo los milagrosos efectos de un ibuprofeno y un relajante muscular, y a media tarde me detuve para cenar. Solía detenerme en los numerosos “Amam” que había a los lados de la carretera, en los que se comía estupendamente y donde había camastros de madera sobre los que uno podía descansar a la sombra tanto tiempo como necesitase.

El ambiente en estos lugares era familiar y sereno, y siempre era un agrado detenerme a pegarme una buena comilona típica hindú, o a descansar un poco tras varias horas conduciendo, y compartir un té con algún lugareño interesante.

Cuando tenía alguna duda sobre la ruta a seguir, donde parar para pasar la noche, o si había algún lugar bonito cercano, no tenía más que detenerme en algún “Amam” con varios camiones aparcados en la puerta.

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Poco después de cenar, y aun con luz de día, me metí por varios senderos, hasta encontrar un camino que subía a lo alto de una montaña donde pude ver un precioso atardecer. Aunque me pareciera mentira, había dado con un lugar completamente deshabitado y sin gente alrededor.

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Me desperté siendo aun de noche con el cuello dolorido, y decidí ponerme en marcha poco antes de amanecer. Conduje todo el día sin parar demasiado y tomando varios calmantes para el dolor de cuello. Cada dos horas lo masajeaba con crema antiinflamatoria, y al menos así, conseguí que cuando no movía la cabeza, no me doliera demasiado. Aquel día decidí emplearlo exclusivamente en conducir.

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Llegué a Calcuta a la hora de comer del día siguiente después de haber perdido la cuenta de las horas que había pasado conduciendo sin parar.

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Aparecí sin avisar en la oficina de Obi. Él y su familia, sabían que llegaría en los próximos días, pero no exactamente cuando, y se llevaron una gran sorpresa. Aquel día precisamente era el cumpleaños de Baba, el padre de Obi.

Les informé de lo sucedido en los últimos días, y de mi fuertísimo dolor de cuello, y no tardaron en bajar a la calle para ver la canoa y mandarme directo a casa para pegarme una ducha caliente y reposar el cuello.

Cuando me despedí de Obi y de su padre hasta la tarde, lo último que me imaginé, fue que pasaría el resto del día en la puerta de su oficina, reparando el motor de arranque de Andrés.

Por alguna extraña razón, cuando arranqué para dirigirme a casa de Obi, todos los sistemas eléctricos del coche se volvieron locos. Tanto las luces, como el GPS, la radio y todos los testigos del cuadro de instrumentos empezaron a encenderse y apagarse, a la par que el motor de arranque emitía un ruido casi tan desagradable como preocupante.

A los pocos minutos de abrir el capó, sin saber muy bien por donde empezar a desmontar, me percaté de la presencia del anciano tendero que tenía un diminuto puesto de tabaco de mascar justo en frente de la oficina de Obi.

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El tipo, al que le faltaban la mitad de los dientes de arriba, y la otra mitad de los dientes de abajo, me dijo señalando al coche:

- ¡Self Start rpoblem!

Una cosa llevó a la otra, y media hora después un pequeño grupo de hindús curiosos, nos rodeaba y observaba atentamente mientras Abdul Gaffar y yo, metíamos mano al motor de arranque.

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Abdul Gaffar, “Chacha” para los amigos, era un anciano musulmán con muy mal genio, que había pasado su juventud trabajando como mecánico, hasta que se hizo algo mayor y dejó el oficio para dedicarse a la venta de tabaco y caramelos y tirar agua a los niños hindús que se le acercaban demasiado.

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Tardamos un par de horas en dar con el problema, pero necesitábamos un recambio que no tendríamos hasta la mañana siguiente. Los conectores de cobre del motor de arranque se habían desgastado por completo debido al uso en los últimos trescientos mil kilómetros. También una de las baterías “Optima”, con un año de vida, por alguna extraña razón se había comunicado y había muerto por completo.

Acordamos vernos a primera hora de la mañana del día siguiente y me fui a casa de Obi a celebrar el cumpleaños de Baba con toda la familia.

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Me llamó la atención la tradición hindú en la que el que cumplía años le embutía un pedazo de tarta a cada invitado con la mano, y después de esto el recibía uno mucho más grande.

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A primera hora de la mañana siguiente, en lugar de acudir al hospital a que me miraran el cuello, acudí a mi cita con Chacha, y nos pasamos toda la jornada trabajando en Andrés.

Después de cambiarle las partes dañadas del motor de arranque, acudí a las oficinas de Exide, una prestigiosa marca de baterías hindús, donde después de presentarme como un periodista español dando la vuelta al mundo, me recibió el vicepresidente en persona.

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Me trataron de maravilla, y a parte de ponerme una batería nueva estupenda a precio de costo, me chequearon todos los sistemas eléctricos y me cambiaron un par de conectores dañados.

Después de aquello volví con Chacha y cambiamos las pastillas de freno. Le llenamos de grasa las homocinéticas, y dejamos a Andrés listo para partir.

Lo único que faltaba era solventar el pequeño problema que ténía en el cuello. Para ello me dirigí a un hospital de Calcuta con bastante buen fama en traumatología y neurología.

Después de hacerme una resonancia magnética, me dijeron que tenía los músculos cervicales en estado de shock y que debería quedarme unos días ingresado recibiendo tratamiento. Aquello me pilló un poco de improviso, pero sabía que si lo que quería era partir a Nepal, antes debía arreglar mi cuello.

Así pues, y muy a mi pesar, aquel hospital se convirtió en mi lugar de residencia de la siguiente semana.

Poco cabe resaltar de mi estancia en aquel lugar de ambiente nada familiar, pero limpio y con buena comida, salvo que salí de ahí sin tener el cuello curado.

Me había dejado de doler estando quieto, pero si miraba hacia alguno de los lados a partir de las 11 de la mañana, me dolía.

Pasé un par de días más en Calcuta antes de partir a Nepal, ya que aun tenía algunos recados pendientes, y sabía que pasaría bastante tiempo antes que volviera a la única ciudad de La India en la que me sentía cómodo.

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Aproveché para hacer algunas compras, como una bomba de gasoil de segunda mano para el depósito auxiliar, que hacía tiempo que había dejado de funcionar.

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También visité un lugar al que había prometido ir antes de abandonar Calcuta.

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Finalmente, aquel día de finales de Mayo, después de cenar, me despedí afectuosamente de la familia de Obi, y partí rumbo a Nepal.

No llevaba ni dos horas de viaje, cuando me percaté que la aguja de la presión del aceite estaba al mínimo y me vi obligado a detenerme de inmediato en un pequeño camino de tierra que había a un lado de la carretera. Era noche cerrada y era plenamente consciente que poco podía hacer en aquellas circunstancias y a aquella hora. Tampoco tenía la menor idea de porque la presión del aceite podía estar al mínimo, después de haber comprobado que el nivel era correcto.

Así pues, recliné el asiento del conductor y antes de que me diera cuenta me había quedado dormido.

A la mañana siguiente, no me costó encontrar a un par de mecánicos en un taller de camiones cercano que me desmontaron toda la parte superior del motor y me dijeron que la presión del aceite era correcta. El problema estaba en la aguja, que se había roto.

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A media mañana pude retomar mi camino, y no tardé en detenerme en un pequeño pueblecito, donde aproveché para afilar el hacha y el machete.

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No los afilaba desde que salí de España, y me había acostumbrado a trabajar con ellos sin que cortaran ya demasiado.

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Mientras pelaba el primer mango del día, comprobé que aquel tipo había hecho un buen trabajo.

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Faltaban unas semanas para que comenzara el monzón, y debido a esto casi todos los días llovía durante al menos un par de horas a medio día. El agua limpiaba las carreteras de porquería, y a veces me daba la impresión de no estar circulando por La India.

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Me detuve para cenar un poco antes de llegar a Varanasi, en un pequeño lugar, donde un encantador tipo me preparó un delicioso plato de pollo sobre un pequeño fuego.

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Después de aquello descansé unas horas, y antes de que amaneciera me puse de nuevo en marcha.

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Aquella jornada, la pasé lidiando con el caótico tráfico hindú y deteniéndome en algún que otro pueblo pintoresco.

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Finalmente, a media tardé, llegué a la frontera Nepalí, y para cuando logré cruzarla, tan solo quedaban un par de horas de luz antes de que anocheciera.

Pokhara, el pueblo junto al Lago donde vivía Mana, se encontraba a unas cinco horas de la frontera, así que como el cuello ya me estaba empezando a doler bastante, decidí detenerme a dormir en un lugar que encontré en un monte tremendamente tranquilo.

El terreno era rocoso, así que dormir en el suelo sobre un montón de piedras puntiagudas no era una opción. A demás aquel ambiente húmedo me había asegurado la compañía de alguna araña, y aquella idea no me agradaba en absoluto.

El único sitio en el que podría dormir manteniendo el cuello plano, era sobre la bandeja del maletero. Era bastante confortable porque estaba tapizada y lo suficientemente larga para permitirme estirar las piernas casi por completo. Además, al sobresalir del coche por detrás y estar descubierta, era un lugar fresco. Más de una vez me había recostado sobre ella para leer un rato, y pensé que sería el momento perfecto para probarla como camastro.

Así pues, cerré el coche, dejando tan solo abierta la bandeja del maletero, y me acosté en calzoncillos sobre mi saco de dormir, que al ser mullido, hacía la labor de colchón.

A las dos o tres de la madrugada, me desperté algo desorientado, con un tremendo aguacero cayéndome sobre el cuerpo desnudo.

Evidentemente tendría que meterme en el coche si quería continuar durmiendo, así que sin ni siquiera vestirme, cerré el maletero y llegué descalzo a duras penas, en aquel terreno de piedras puntiagudas, hasta la puerta del conductor.

Cuando intenté abrir la puerta y comprobé que estaba cerrada, recordé que las llaves del coche estaban en mi pantalón, que lo había dejado dentro del maletero.

No me había encontrado en una situación más jodida en toda mi vida.

En mitad de la noche bajo la lluvia, en un bosque perdido en el interior de Nepal, sin más atuendo que unos calzoncillos empapados, y sin ni siquiera unas chanclas para poder correr por aquel terreno pedregoso a resguardarme bajo un árbol.

El único sitio en el que me pude guarecer de la lluvia, que no del viento, fue encima del capó de Andrés, justo debajo de la canoa. Y en esa postura pasé la siguiente media hora, hasta que dejó de llover.

Tras examinar el coche con la poca luz que había, observé que la ventanilla del copiloto estaba abierta un par de centímetros. Sólo entonces pude recostarme sobre el capó, aun mojado, y quedarme dormido.

Al cabo de un par de horas, me desperté muerto de frío, y con el cuello completamente petrificado. Aunque pareciera mentira, los primeros rayos de luz, hicieron que viera la situación con otros ojos. Seguía en calzoncillos y descalzo, pero estaba descansado.

La solución más sencilla sin causar daños estéticos al coche estaba clarísima. Tenía que meter algo por la pequeña abertura de la ventanilla con lo que poder abrir el pestillo, que era una pequeña pieza de plástico redondeada, que se encontraba junto a la manivela interior de la puerta.

Antes de salir de España, había previsto aquella situación, y por ello llevaba un alambre gordo enrollado al soporte de la rueda de repuesto. Sabía que en un momento dado y con mucha paciencia, me podría sacar de un gran apuro.

Me llevó algo más de 20 minutos moldear un objeto con la forma adecuada para introducirse por la ventanilla, y llegar justo hasta el pestillo.. Me llevó algo menos conseguir atinar con aquel garfio, y que el pestillo del coche emitiera el “Click” que tanto ansiaba.

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Las cuatro horas que tardé en llegar a Pokhara, estuve elucubrando como reaccionaría Mana ante mi llegada con la canoa. No sabía nada de él desde hacía varios meses, y no le había dicho absolutamente nada de que iría a verle, y mucho menos que le llevaría una canoa. La sorpresa que se llevaría sería mayúscula.

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Todo estaba tal y como lo recordaba. La avenida principal con las tiendecitas a los lados, los grandes árboles en mitad de la calzada, haciendo de rotondas, la bajada al lago y… ¡el bar de Maiso!

Aparqué en la puerta, y nada más entrar me encontré al pequeño y sonriente Maiso, despierto y sonriente como de costumbre.

Me reconoció al instante y nos dimos un gran abrazo. ¡Qué ilusión me hacía verle de nuevo!

Al cabo de unos segundos, la cara se le ensombreció y mirándome a los ojos apoyó una mano sobre mi hombro:

- Sarto, si vienes para ver a Mana, no tengo buenas noticias para ti. Siento decirte que hace un par de meses, un tipo inglés le alquiló la casa durante los próximos dos años, y se ha ido a Alemania a ver a su hijo durante una temporada.– Me dijo sintiendo gran solemnidad.

Tardó unos pocos segundos en exhalar una enorme carcajada, y decirme que Mana estaba al otro lado del lago y que ahora mismo le llamaría para darle una gran sorpresa.

Tardamos unos minutos en ponernos al día, y cuando salió fuera y vio el coche con la canoa encima, se empezó a partir de risa y me dijo con toda la solemnidad del mundo:

- Sabía que volverías. ¡Pero no tan pronto!

Tal y como acordamos, Maiso llamó a Mana y le indicó que debía ir a su bar cuanto antes, ya que tenía una sorpresa para él.

Mana acudió presto a la llamada y en algo menos de media hora apareció por la orilla del lago.

Cuando estaba a una distancia prudencial, salí a la avenida y le saludé desde lejos.

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Cuando estaba a pocos metros de mí, le señale hacia donde estaba el coche, y nada más girar la cabeza se quedó parado.

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Pasamos unos días juntos, en los que le estuve contando todo lo que me había pasado el último año desde que me fui de Nepal, que no era poco.

Aquellos días tenía su casa alquilada, así que con mi Maggiolina ya en pleno funcionamiento, acampé en frente del lago que era un lugar tranquilo y maravilloso

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Me encantó poder compartir con Mana, un europeo con mentalidad occidental, mis vivencias de los últimos meses y todas mis dudas acerca de las diferencias culturales no juzgadas entre unos y otros.

Aquellos días en Pokhara a demás de pulir un poco algunos conocimientos, me di dos horas de masaje en las cervicales y en la espalda todos los días, y aquello hizo que mi cuello mejorara considerablemente. También por alguna extraña razón, decidí afeitarme la barba por completo por primera vez, desde hacía varios años, y me sentía de lo más extraño.

Me encantaba pasar los atardeceres y los amaneceres leyendo frente al lago. Por alguna extraña razón, entregarle la canoa a mana me había provocado una enorme paz interior. No se si aquello tendría relación con que la dejaría de ver cada vez que mirara al cielo conduciendo, pero me sentí tremendamente realizado.

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La última noche antes de partir, subimos a dormir a la pequeña aldea de lo alto de la montaña de enfrente de Pokhara. Al aire libre, por las buenas, con una pequeña esterilla, una almohada y una manta, disfruté de mi último y más bello amanecer frente a las montañas. Me despedía de la tranquilidad por mucho más tiempo del que yo me imaginaba.

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Desde el día después de hundirle la canoa a Mana, cuando decidí sacarla, no habían pasado nunca más de un par de días sin que la recordara por algo, y jamás dudé que alguna vez volvería para sacarla.

Y aunque en este viaje no lo hubiera conseguido, si que había conseguido sembrar una pequeña semilla de felicidad en el interior de una buena persona.

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El tema del rescate de la canoa hundida aun quedaba pendiente, y sabía que aunque tuviera que esperar a que el lago se secara, aquella canoa volvería a ver la luz del sol.

25 de Mayo al 12 de Julio. Una odisea de lo más surrealista.

July 12th, 2009

Partí de Pokhara a media mañana con dirección a Nueva Delhi. En lugar de entrar en La India y recorrer la carretera general que llegaba desde Lucknown a la capital, decidí recorrer todo Nepal hasta la frontera oeste, y después recorrer los escasos trescientos kilómetros que me separarían de mi destino.

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Evitar La India en la medida de lo posible, haría el viaje algo más largo y con peores carreteras, pero sin duda sería mucho más ameno y tranquilo.

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Atravesar Nepal en lugar de ir por La India, fue un tremendo acierto.

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Encontré en mi camino gente de lo más amable y auténtica

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Aquella noche dormí en una amplia pradera junto a un riachuelo, y a la mañana siguiente continué mi camino.

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A la mañana siguiente, me encontré con un autobús en apuros al que le eché “un cable” para salir del barro.

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A poco más de cien kilómetros de la frontera, me encontré con el parque natural Bardia, donde se encontraba uno de los elefantes más grandes de Asia, y varios tigres de Bengala, así que aquel día decidí pasar ahí la noche en un pequeño Lodge que alquilé en la “Jungle Base”.

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A la mañana siguiente me desperté a las cinco de la madrugada para hacer hasta la hora de comer un recorrido increíble por el parque natural con mi coche, al que me acompañó haciéndome de guía el dueño del “Jungle Base”, que era un gran amante de los 4×4.

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Conocía el parque natural al dedillo y me llevó a través de ríos y caminos de todo tipo

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No tuvimos demasiada suerte con los animales, ya que había estado lloviendo toda la noche, y los animales no tuvieron la necesidad de ir al río a bañarse para refrescarse.

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Sin embargo los caminos de barro estaban perfectos para pasear, y el parque natural no dejaba de tener su encanto.

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Finalmente, a media tarde abandoné aquel paraíso natural, y en un par de horas llegué la frontera hindú.

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Al día siguiente a media tarde llegaría a Nueva Delhi, donde debía pedir los visados para todos los países que debería cruzar en mi vuelta a España: Pakistán, Irán, Irak, Siria, Jordania, Israel, Egipto, Libia, Túnez y Argelia.

Conseguir diez visas en la ciudad más caótica del país de la locura, era una tarea que no le recomendaba a nadie que apreciara, y menos en el mes de junio, pero sabía que no me quedaba otra solución. New Delhi era uno de los pocos lugares del mundo a los que realmente tenía manía.

Además, iba a hacer un año de la muerte del Gordo, y precisamente al llegar a aquella ciudad había recibido la noticia. Cuánto había cambiado todo en aquel último año…

Hacía exactamente un año que había pisado por primera vez La India, y tan solo un par de meses más que había partido al Gran Viaje.

Siempre pensaba que desde que partí por primera vez, dejé mi alma en algún sitio y no había vuelto a encontrarla. Había aprendido más de mí mismo en aquel último año que en los veinte anteriores juntos. Y sin embargo del mundo y de la vida, me daba la impresión que cuantos más lugares, culturas y situaciones diferentes vivía y conocía, más me quedaba por conocer y por aprender de todo cuanto me rodeaba.

Le había estado dando vueltas aquellos días a como conseguir las visas lo antes posible, pero no había nada que estuviera en mi mano para poner de acuerdo a diez embajadas, y que me emitieran cada una la visa en un día, cuando generalmente tardaban una semana.

Una vez más tuve que recurrir a mi queridísimo primo político Ricardo para que me echara un cable. Para ello le mande un mensaje en el que le explicaba mi problema, y le indicaba el día que llegaría a Nueva Delhi. Necesitaba que le contara mi problema a la embajada española en La India para que ellos me ayudaran con las visas.

Mi única esperanza residía en que hubiera recibido el mensaje y hubiera podido hacer algo.

Tras pasar la noche acampando en un campo bastante tranquilo que encontré poco antes de hacerse de noche, conduje toda la mañana siguiente, y a la hora de comer llegué a Nueva Delhi.

La entrada a la ciudad, como siempre congestionada a más no poder, fue una bienvenida de lo más calurosa. Me limité a relajarme, poner el aire acondicionado y subir considerablemente el volumen de la música.

Lo primero que hice al llegar, fue buscar un lugar donde dormir los siguientes días, y a poder ser cerca de la zona donde estaban las embajadas.

Pasar por el centro de la ciudad y ver a un personaje con una bicicleta amarilla a modo de cabina telefónica móvil, me recordó que si había algo que tenía Nueva Delhi, era mucha personalidad.

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Por un momento pensé que debería intentar actuar como uno más y dormir en cualquier sitio.

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Pero luego recordé a mi “pequeño” compañero de viaje, y decidí buscar un sitio tranquilo donde aparcarlo mientras hacía recados por el día con un utilitario Rickshaw.

Mientras conducía por la zona residencial de las embajadas, vi un enorme y precioso parque frente al cual había una enorme furgoneta caravana mercedes de los años ochenta ¡con matrícula de Dinamarca!

Me detuve en aquel lugar, llamado Nehru Park, e inmediatamente supe que había encontrado el lugar perfecto donde pasar los próximos días.

Podría montar el campamento ahí, ya que tenía al lado las embajadas, y era un lugar amplio, y aunque pareciera mentira, tranquilo, en mitad de la gran ciudad.

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No tardé en acercarme a la enorme caravana que había en aquel lugar, y fue cuando conocí a Steffan y a Mandy. Una simpatiquísima pareja treintañera alemana, que había empleado el último año en llegar a La India desde Europa.

Estaban haciendo tiempo en Delhi, ya que dos semanas después saldría su vuelo a Australia, donde tenían pensado pasar los siguientes meses, mientras dejaban su furgoneta aparcada en algún lugar de la ciudad.

No tardamos en hacer piña, y llevarnos fenomenal, y ya la primera noche nos quedamos hablando hasta las tantas de la madrugada.

Les conté un poco mi vida, y estuvimos cambiando diversas y muy interesantes opiniones a cerca de los países que habíamos atravesado.

A la mañana siguiente lo primero que hice fue dirigirme a la embajada española, para contarles mi película y ver lo que me encontraba.

No tardé demasiado en encontrarla, y en cuanto llegué una chica encantadora llamada Soledad, me atendió y me indicó que ya conocía mi problema, y que en unas horas estarían listas mis cartas de recomendación para las diez embajadas que precisaba.

El día no podía haber empezado mejor. Con carta de recomendación, ninguna embajada tardaría más de uno o dos días en entregarme el visado.

-“Millones de gracias Ricardo.” Pensé. Y decidí que la próxima vez le volvería a dejar ganarme al mus.

A la primera embajada a la que acudí para pedir el visado fue a la de Pakistán.

En la cola de los visados, me encontré a dos chicas con aspecto europeo de veintitantos años. Iban vestidas con manga larga, y un pañuelo les tapaba la cabeza.

No tardamos en ponernos a hablar, y me enteré que eran dos amigas australianas, que junto a una tercera amiga, habían volado a La India, para hacer un viaje de varios meses, y que para llegar hasta Europa estaban mirando la posibilidad de viajar por tierra. Decían que los aviones contaminaban muchísimo, y no querían colaborar con la destrucción de nuestro planeta.

Les dije que estaba durmiendo en Nehru Park con una pareja alemana encantadora que iba en una caravana, y no tardé en enterarme que ellas también les conocían por haber coincidido en Nepal hacía unas semanas.

Tras más de una hora de charla, y compartir un batido de Mango, nos despedimos y les dije que si algún día les apetecía se pasaran por el parque.

Aquella misma tarde me entregaron la visa para Pakistán, y volví al Parque-campamento a última hora. Tenía mi primera visa, y las cartas de mi embajada para todas las demás.

Pasé el resto del día con mis agradables vecinos alemanes, y a la mañana siguiente repetí la misma operación con la embajada de Irán. Me informaron que la visa tardaría cinco días en estar lista, y que no había posibilidad de hacerla antes.

Pasé por otro par de embajadas, y decidí dejar mi segundo pasaporte en la embajada de Siria, donde me indicaron que al día siguiente podía pasar a recoger mi visado. Jugar con los dos pasaportes me haría ganar algunos días.

Estaba atardeciendo, y mientras les contaba a Steffan y a Mandy mi día, aparecieron las dos chicas que me había encontrado en la embajada, junto a otras dos nuevas amigas.

Después de saludar a las dos que ya conocía, me encontré justo de frente con una mirada que me dejó completamente descolocado

- Hello, I´m Kas-. Dijo la voz de un ángel.

Yo me quedé completamente inmóvil e inerte mirándola a los ojos, y a los pocos segundos no tuve más remedio que desviar la mirada hacia su sonrisa.

Una extraña sensación me empezó a subir por el estómago hacia la garganta. Era una sensación similar a la que sentía cuando salía de una curva abierta en moto y me encontraba con asfalto suficiente para estirar hasta el final las siguientes dos o tres marchas.

Una sensación que hacía mucho tiempo que no sentía, y ante la que jamás había sabido como reaccionar.

Si había algo para lo que fuera realmente malo, era para las mujeres.

El problema no era que no supiera ligar. El problema era que si una chica me atraía, y la tenía cerca, me volvía el ser más subnormal del planeta.

Y todo siempre empezaba con la misma sensación de nerviosismo que tenía en aquel momento frente de aquellos ojos azules.

Generalmente era capaz de decir una o dos frases lúcidas antes de empezar con las estupideces, así que lo mejor sería alejarme cuanto antes y así no cagarla. O al menos no tan rápido.

En lugar de aquello, una tremenda serenidad se apoderó de mí.

- Hello. My name is Sarto-. Le dije sin dejar se mirarla a los ojos mientras la besaba suavemente en la mano.

- Hello Sarto. Tú debes ser el chico español que estuvo esta mañana con mis amigas en la embajada de Pakistán-. Me dijo ella sin dejar de sonreír.

- Sí. Aún no me puedo creer que tú y tus amigas penséis cruzar Pakistán por tierra. ¡Es genial!-. Le dije trabándome en un par de palabras.

- Bueno, en realidad yo no, solo ellas, y no lo tienen tan claro. Yo soy australiana y me resulta imposible que me den la visa de Irán, así que quizás me reúna con ellas en Estambul y crucemos juntas Europa.

No tenía ni idea de que responderla porque me encantaba, y me estaba poniendo nerviosísimo.

a) ¡Estambul! Que bonito es Estambul.
b) Ga-ga-ga-ga.
c) ¿Quieres casarte conmigo?
d) Comodín del perdón.

Elegí el comodín.

- Sorry, can you repeat please?

Aquello me daría unos segundos más para pensar.

- Es momento de hacer algo Jaimito, si no quieres que piense que eres un idiota-. Me dijo en mi interior una voz que me hablaba, las pocas veces que conocía a una chica que a primera vista me encantaba y mi coeficiente intelectual descendía a 4.

Sabía que aquella voz no era la de un Don Juan experimentado, que me ayudaría a conquistar a aquel bombón. Era más bien la de una mente que me conocía y trataba de prevenir el desastre.

Salí de aquella situación como pude, y enseguida me puse a hablar con sus amigas, y mi mente se empezó a despejar y a volver algo más lúcida.

Las chicas, que habían venido con sus mochilas, pensaban pasar unos días en el parque. Y aquello era una gran noticia.

Pusimos varias esterillas y telas encima del césped del parque, y pasamos las siguientes horas de charleta Steffan, Mandy, las cuatro chicas y yo.

Steffan, no tardó en darse cuenta de que Kas me hacía gracia, y yo se lo confirmé con un par de gestos de SOS cuando nadie miraba.

Poco a poco unos se fueron retirando y otras quedando dormidas, y al final nos quedamos hablando Kas y yo solos, bajo la luz de la luna en aquella calurosa noche de verano.

Habíamos hecho muy buenas migas y nos pasamos largo rato hablando de la inmortalidad del cangrejo.

Ya de madrugada, se empezó a levantar algo de viento, y unos negros nubarrones empezaron a cubrirnos, amenazantes de descargar en cualquier momento una enorme tromba de agua sobre nosotros.

Las chicas no tenían tienda de campaña, así que lo primero que hice cuando me percaté de la situación, fue sacar la segunda tienda de campaña del coche y empezar a hinchar el colchón inflable.

Si se ponía a llover, sería mejor que las chicas tuvieran un lugar donde meterse, y de esa manera podrían pasar ahí dentro toda la noche. A pesar de no ser una tienda de campaña en sí, ya que no tenía suelo, era un campamento base con paredes y techo, que las protegería del viento y la lluvia. Si se quedaban sobre el colchón no se mojarían.

Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer a la vez que yo empezaba a montar la tienda, y las chicas pudieron meterse justo cuando comenzó la tormenta.

Estaba terminando de clavar los vientos (cuerdas que van de la parte superior de la tienda de campaña a unos ganchos metálicos que previamente hay que clavar en el suelo) con una zapatilla, en calzoncillos y camiseta, y completamente empapado de arriba abajo, cuando un gran vendaval sobrevino.

No tuve más remedio que sentarme en el césped mojado, bajo la lluvia, sujetando la cuerda negra de nylon, que hacía que la tienda no saliera volando y dejara a las chicas sobre aquel colchón, bajo la lluvia.

De no haber sido por el frío y el viento que hacía, que me estaba helando hasta los huesos, no me habría molestado lo más mínimo que cayera aquel enorme diluvio sobre mi cuerpo desnudo. Si no todo lo contrario.

Hubiera rememorado una noche no tan lejana en Asturias junto a mi querido Germilín, saltando bajo la lluvia y gritando “¡Purifícame! ¡Purifícame!”. Aun recordaba la cara de Lui cuando nos vio entrar en casa. –“Sois muy, muy especialitos eh”.

Pasado algo más de un cuarto de hora, el viento amainó, que no la lluvia, y me pude asomar a la tienda de campaña. La situación me resultó de lo más irónica, y a pesar de estar tiritando de frío, me entró la risa.

Les dije que iba a acercar el coche, y que en cuanto dejara de llover un poco deberían correr a meterse en la Maggiolina.

Así lo hicimos, y después que se metieran en la Maggiolina las cuatro, donde ya estarían a salvo de la lluvia, guardé la tienda de campaña en su funda. Seguía lloviendo, pero ya no hacía viento y al menos no tenía tanto frío como antes.

Me sequé por completo y me puse ropa limpia. Después de asomarme arriba a dar las buenas noches a las chicas, me recosté en el asiento del conductor del coche. Me quedé dormido escuchando el sonido de la lluvia y los latidos de un corazón que latía algo más rápido que de costumbre.

Con los primeros rayos de luz, empezó a llegar el calor, y poco después de las seis de la mañana, salí del coche, dispuesto a ir a comprar algo para desayunar.

Cual sería mi sorpresa cuando vi quién salió de la Maggiolina poco después que yo saliera del coche… ¡tu turú!

- Good morning, Spanish Macho-. Me dijo sin levantar el tono para no despertar a sus amigas.

Lo primero que pensé fue en el comodín del perdón.

- Good morning beautifull lady-. Le dije tan bajo que incluso a mí me costó escucharlo. – ¿Te gustaría que fuéramos juntos a comprar algo de fruta para desayunar?

Las siguientes dos semanas se pasaron a la velocidad del rayo, como era lógico y normal en una historia de amor de verano entre veinteañeros.

Los primeros días los pasé en la cama con bronquitis y fiebre debido a la noche bajo la tormenta, pero los días siguientes, hasta que recopilé todas mis visas fueron cada uno más mágico y especial que el anterior.

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Hicimos planes por la ciudad con Stefan y Mandy y tuve la oportunidad de conocer la cara agradable de Nueva Delhi.

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Los últimos días, antes de que las chicas partieran al sur de La India, Mandy y Steffan a Australia, y yo a Pakistán, aprovechamos para hacerle una buena revisión, con cambio de aceite y filtros a nuestros coches.

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No tardé en descubrir que Steffan tenía muchísimos conocimientos de mecánica, y pasamos un par de días bastante atareados.

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Mientras estábamos en plena faena, apareció un nuevo compañero. Un holandés cincuentón algo rarito, que viajaba por Asia con su Land Rover Defender. Coincidimos un par de días en Delhi, mientras recogía algunos visados.

Viajaba en un precioso vehículo que era la versión europea de Andrés.

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Aquella noche nos despertó el tipo holandés gritando “¡Ladrón!, ¡Ladrón!” Y todos nos bajamos corriendo de las tiendas para ver lo que pasaba.

Parecía ser que alguien se había metido en la tienda del holandés, y le había robado el dinero y la tarjeta de crédito mientras dormía. Un ruido le había despertado, y pudo ver a un chico saliendo de su tienda y echando a correr.

Steffan, el holandés y yo, echamos a correr en direcciones distintas en busca de aquel granuja.

Yo corrí algo menos de un kilómetro en una dirección, y cuando vi que no había nada ni nadie a mí alrededor, volví caminando.

Al llegar donde estaban los coches, me encontré a Mandy y a Kas con un palo, y me dijeron que el holandés estaba en la calle que había al otro lado de la valla del parque, tratando de llamar a un coche de policía, y que Steffan estaba por ahí perdido.

Yo acudí a la calle donde estaba el holandés, y me lo encontré en camiseta y calzoncillos, gritando a dos Indus, uno de ellos con turbante, que había en la calle junto a un coche y un taxi.

Al cabo de unos segundos comprendí que el tipo del turbante era el conductor del taxi y que iba un poco borracho.

Asimismo entendí que la razón de que el holandés les gritara, era que les había dicho que llamaran a la policía, y ninguno d los dos tipos quería llamar, porque ambos habían bebido más de la cuenta.

El tipo del turbante tenía el móvil en la mano y decía un montón de cosas extrañas mientras movía el móvil a un lado y a otro. El otro tipo, hindú, se limitaba a observar como un pasmarote.

En un momento dado pasó un Rickshaw junto a nosotros que a pesar de no parar, pasó bastante despacio. Unos segundos después escuchamos los gritos de Steffan, y poco después pasó corriendo frente a nosotros en la misma dirección que el Rickshaw gritando “¡Es él! ¡Es él!”

Aquello fue el detonante para que el holandés perdiera por completo los papeles y se abalanzara sobre el tipo del turbante, tratando de pegarle con manos y pies como un niño enrabietado al que le han quitado el sonajero, mientras le gritaba

- Call the Police! Call The Police!

Pensé en separarles, pero entonces el tipo del turbante echo a correr torpemente, pero en tal estado de embriaguez que se iba tambaleando mientras el holandés le pegaba con las manos abiertas en los brazos.

Era una escena de lo más atípica cuyo desenlace no me hubiera importado nada contemplar, pero no quería que el ladrón se fuera de rositas. Ni corto ni perezoso me subí al taxi del tipo del turbante, arranqué el motor, y partí tan rápido como pude detrás de aquel Rickshaw que ya tendría casi un minuto de ventaja.

Mientras me dirigía con aquel taxi a toda pastilla hacia donde la intuición me llevaba, me percaté que aquella era la primera vez en mi vida que conducía un coche con el volante a la derecha. Y justo entonces, me empezó a entrar la risa tonta.

Iba en el taxi mondado de la risa cuando me encontré a tres policías caminando por la acera haciendo la ronda.

No se me ocurrió otra cosa que clavar frenos y sacar la cabeza por la ventana gritando –“¡Thieeeeeeef!, ¡Thieeeeef!”.

Los policías se sobresaltaron y se acercaron corriendo al taxi.

Encontrarse a un joven con pinta de extranjero, en calzoncillos conduciendo hizo que se miraran entre sí del todo desconcertados.

Me limité a gritarles que subieran, y me hicieron caso a pies juntillas.

Al llegar al parque encontré a Kas, tratando de sujetar a Mandy, que amenazaba al tipo del turbante con un palo de madera. Steffan, tranquilizaba al holandés, que aun no se había recuperado, y el tipo hindú continuaba mirando la escena como un pasmarote.

Cuando llegué conduciendo el taxi, con tres policías dentro, a todos se les quedó cara de póquer, y el tipo del turbante se puso a dar gracias al cielo mientras daba vueltas alrededor de su coche.

La noche no perdió su nota de surrealismo, y una hora después, había varios coches patrulla y un par de decenas de policías en el parque.

Cada nueva patrulla que llegaba se bajaba, y tras intercambiar algunas frases con sus compañeros, se acercaban al holandés, para preguntarle solemnemente:

- What happened?

Y así sucesivamente hasta que aun con luces rojas y azules, nos metimos en la cama.

El día siguiente, continuamos trabajando en los coches. A Andrés, después de cambiarle el aceite y los filtros y hacerle algunos arreglillos eléctricos, le instalé unos focos de larga distancia apuntando hacia atrás, con dos interruptores separados en el salpicadero.

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Pensé que en algunas zonas que cruzaría en mi ruta de vuelta, no estaría de más poder iluminar bien todo el espacio a mi alrededor en la noche, o poder ver lo que tengo en mi espalda sin necesidad de maniobrar.

También le instalé una nevera de buen tamaño, para el agua y algo de fruta ya que cruzaría varios desiertos en pleno verano y en muchos lugares la temperatura superaría los 50º C.

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Cuando finalmente los coches estuvieron listos, faltaba tan solo un día para que nos separásemos. Al día siguiente Kas, Mandy y Steffan partirían juntos desde la estación de tren. Ella al sur, a continuar con su viaje, y ellos a Chennai, desde donde salía su vuelo a Perth (Australia).

La última noche fue fugaz, y los primeros rayos de sol bañaron la ciudad mucho antes de lo que hubiera deseado. Odiaba las despedidas.

Después de dejar a todos en la estación, hice algunas compras de última hora y me puse a organizar el coche. A la mañana siguiente partiría a la frontera y a la noche siguiente ya estaría durmiendo en suelo pakistaní.

Al volver al parque, el joven holandés, me dijo que la noche anterior, le habían intentado robar mientras dormía, pero que se había despertado a tiempo, y el ladrón había escapado antes de poder quitarle nada.

Yo dejé el coche bien cerrado y me acosté pronto. Al día siguiente debería pasar la mañana en algún taller de soldadura ya que a demás de organizar el coche, aquel día rompí el Gato Hi-Lift, y un soporte del tupo de escape.

A la mañana siguiente, bajé del coche como de costumbre y observé que la segunda rueda de repuesto, que había dejado colgando de la Maggiolina con una mochila en su interior, colgaba igual, pero sin mochila en su interior.

En lugar de enfurecerme pensé fríamente y tomé una decisión, como muchas en mi vida, quizás demasiado acelerada.

Si el ladrón después de robar un primer día y que casi le pescaran había vuelto un segundo y se había tenido que ir con las manos vacías, era lógico que volviera un tercero. Debía haberlo previsto y haber guardado la mochila, pero el no haberlo hecho, y haber permitido que la robara, me garantizaba una cosa.

Aquella noche volvería. Y yo le estaría esperando.

Tras pasar el día terminando de poner a Andrés a punto, esperé a que anocheciera, y cerré el coche a cal y canto, con la tienda semejando que estuviera durmiendo dentro.

Me tumbé en lo alto de un montículo de césped sobre mi esterilla a unos cincuenta metros del coche, y me quedé ahí en silencio bajo la noche estrellada.

A penas eran las once de la noche cuando un tipo joven, vestido con una camisa abierta, entro en el parque y se dirigió directamente a mi coche. Trató de abrir todas las puertas, y después paseo alrededor de la mesa que tenía abierta fuera, buscando algo que le pudiera interesar.

Al ver que no había nada, se puso a mirar por el parque y de repente reparó en mi presencia y miró justo a donde yo me encontraba. Yo que estaba boca abajo, me quedé inmóvil como si estuviera dormido, y el tipo se empezó a acercar hacia mí.

Cuando llegó hasta donde estaba se agachó, y sin hacer ruido se agachó para coger algo de lo que tenía al lado, y yo no tuve más que girarme y agarrarle el brazo.

El tipo abrió los ojos como platos, y no supo que decir. Su primera reacción fue algo agresiva, pero le miré seriamente y se tranquilizó.

Pegué un grito al holandés, que bajó de la tienda a todo correr y vino corriendo hasta donde estábamos. Antes de que le pudiera explicar nada, se puso rojo de cólera y agarró al chico del cuello, mientras le gritaba todo tipo de improperios.

Yo me quedé un poco descolocado, pero entendí que a lo mejor le quisiera asustar para que le devolviera el dinero. Cuando vi que le obligó a ponerse de rodillas, y que hizo amago de ahogarle con una camiseta que tenía en la mano, le dije que se tranquilizara y que llamara a la policía.

Aquel tipo era un psicópata.

La policía no tardó en llegar, y el holandés les dijo que era el joven que hacía unos días le había quitado el dinero y la tarjeta de crédito, y que hoy había vuelto a intentar robar y que habíamos pillado.

Llegamos a comisaría, y vi al chico sentado en una silla, mientras un policía le abofeteaba en la cara. No le pegaba demasiado fuerte, y lo que quería era asustarle, más que causarle daño, pero aquello sirvió para que me arrepintiera infinitamente de todo lo que había hecho.

Le dije al oficial que nos tomó declaración, que no teníamos ni idea de si era el mismo chico del otro día, y ni siquiera sabíamos si era un ladrón, ya que aquella noche no nos había quitado nada.

Inmediatamente el policía le pidió explicaciones al holandés, y este le dijo que estaba seguro que era el mismo chico y que aquella noche había intentado entrar en mi coche.

El policía nos miró y yo temí que hiciera caso al holandés.

- No hay nada más injusto que encarcelar a una persona inocente-. Nos dijo en un tono bastante tranquilizador.

Finalmente el policía le hizo escribir una nueva declaración al holandés en la que afirmaba no estar seguro de que fuera el mismo chico que le robó el otro día, y que tampoco aquella noche le había visto robando nada.

Salí de la comisaría con malísimo sabor de boca. Aquella noche me costó conciliar el sueño.

“¿Hasta que punto había hecho mal aquel pobre chico? ¿Acaso sabría que hacía algo malo? ¿A caso le importaría que coger algo que no fuera suyo fuera malo? Y entonces llegó la pregunta que más me desconcertó. ¿Realmente aquel pobre chaval había hecho algo malo?

En el fondo yo lo único que había hecho era entregar al chico a la policía para que ellos lo decidieran y actuaran en consecuencia, pensaba justificándome.

¿Pero quién juzgaba si lo que había hecho yo era lo correcto?
En el lugar donde estaba, yo no tenía la menor facultad de saber eso.

No sería la última vez que pensaría en aquello.

Al que si me vi con facultades para juzgar, fue al holandés. Me pareció un grandísimo gilipollas.”

Al día siguiente tardé un poco más de la cuenta en dejarlo todo listo, y antes de salir pasé por la embajada para dar las gracias, sobre todo a Olga por todo lo que le había dado la lata.

Poco después de la hora de comer, puse rumbo a la ciudad fronteriza de La India con Pakistán. Amritsar.

La salida de New Delhi fue tan caótica como de costumbre, y cuando empezó a atardecer, no había cubierto ni siquiera la mitad del recorrido.

De repente, mientras esperaba tras un coche que se demoraba más de la cuenta en un peaje, un joven hindú apareció en mi ventanilla.

- Hola ¿Hablas ruso?-. Me preguntó en ruso antes de empezar a decirme un montón de frases ininteligibles en ese mismo idioma.

- No hablo ruso y no entiendo lo que dices-. Le respondí en ruso con bastante buen acento.

El tipo me miró sin saber muy bien que decir y enseguida me pregunto si hablaba inglés.

- Si hablo inglés-. Le respondí a aquel joven que me había caído bien.- ¿Qué te ha hecho pensar que hablaría ruso?-. Le pregunté.

-Pensé que tu matrícula era de Lituania, y yo estudio en Estonia. Estoy en India de vacaciones visitando a mi familia. Volvemos a nuestra aldea desde Delhi, y al ver tu coche he parado pensando que eras letón-. Me dijo el chico, que cada vez me caía mejor y que hablaba muy bien inglés

- Pues siento decepcionarte. Ni soy letón, ni mi matrícula es letona. Soy español y mi matrícula es de IBIZA-. Le dije orgulloso.

- ¿Ibiza?-. Repitió el tipo desconcertado mientras se veía que hacía un esfuerzo por pensar. ¿Dónde está Ibiza?-. Preguntó con auténtica curiosidad y esperando una respuesta.

- Ibiza es la isla de un amigo mío que se llama Lui. Esta a escasas 4 horas al este de Javea navegando con Tortuga-. Le dije, percatándome de lo extraño de la conversación y de la situación.

- Mi nombre es Bali-. Me dijo sonriente mientras me extendía la mano.

- Sarto-. Dije alto y claro.

- ¿Sartu?-. Preguntó.

- No. SARTO-. Respondí. – Mira, lo puedes leer en la camiseta, le dije mientras le señalaba a la pegatina del pecho.

- Ah, OK. Sarto-. Dijo correctamente, haciendo esfuerzo.- Estoy con mi tío y mis hermanos en ese coche blanco. ¿Quieres que nos paremos a tomar un té ahí en frente?-. Me preguntó señalando a un pequeño puesto de té que había un poco más adelante.

Pensé que no me vendría mal hacer un pequeño descanso, y siempre era un agrado compartir una botella de agua con buena gente, ya que el té por la noche me quitaba el sueño.

Nos detuvimos en el lugar indicado y Bali me presentó a sus hermanos Lali y Gogui y a su tío, que tenía un nombre algo más complejo y al que un imponente turbante granate le cubría el pelo.

Bali y su familia eran de Punjab. La zona de La India donde habitaban los Seek. Vivían en una aldea muy tranquila, cerca de la frontera de Pakistán, a tan solo dos horas de Amritsar.

- Es algo tarde y la frontera ya estará cerrada-. Me dijo Bali. – Si te apetece te puedes quedar a dormir en nuestra casa y mañana salir por la mañana a Pakistán. Dormirás en una buena cama y te daremos un buen desayuno. Pero solo si tú quieres-. Añadió.

Tenía razón, y además estaba algo cansado, así que acepté gustoso.

Llegamos a su casa pasada la media noche. El lugar era tranquilo, y una encantadora familia se despertó para darnos la bienvenida.

A mi se me estaban cerrando los ojos, y en cuanto me señalaron una cama, tardé un suspiro en caer rendido y completamente dormido sobre ella.

A la mañana siguiente me desperté temprano. Salí de mi cuarto, y me encantó lo que vi.

Había tres casas, con un patio común y un montón de gente simpática por todas partes.

Bali se acercó hasta mí y me presentó a todo el mundo. Me explicó que en aquel lugar vivía la familia de su padre, y la de sus dos tíos con sus primos. Todos seeks.

Después de desayunar algo, y enseñarles a todos el coche, que observaron con gran curiosidad, me llevaron a dar un paseo por su pueblo…

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Finalmente lo que iba a ser una noche en aquel lugar, se convirtió en 4.

Me enseñaron su fábrica de arroz, explicándome exactamente el funcionamiento de cada máquina, y todo el proceso del arroz desde que se plantaba, hasta que se envasaba.

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Pude saltar en plancha sobre una gigantesca montaña de arroz.

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También pesamos a Andrés en una báscula y el dato no me pudo sorprender más. Con menos de medio depósito de gasolina, y sin nadie dentro, pesaba nada menos que 3.100 KG.

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No tardé en hacerme amigo de la gente del pueblo y durante el día procuraba coger algún caballo para moverme por ahí.

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También organizábamos copillas por las noches, que solía acompñar con algo de música adecuada.

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Me llevaron a conocer todos los sitios bonitos y pintorescos de los pueblos y ciudades cercanos a su aldea.

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Hubo varios viejos fuertes abandonados que me encantó conocer

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A todos los sitios donde íbamos había gente agradable y divertida.

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También conocí templos seek y Hare Krishna. Estos últimos en su interior, estaban decorados con dibujos que no tenían desperdicio.

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Sufrí un nuevo pinchazo por culpa de un clavo, pero me di cuenta con el coche en casa, y decidí arreglarlo yo mismo, y de paso probar el compresor del coche para inflar una rueda, ya que nunca lo había usado.

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El resultado fue excelente, y el sobrino de Bali quedó tan impresionado, que se ofreció a lavar el coche.

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Uno de los amigos de Bali me dijo que tenía un potrillo con una herida en la pata, que no le estaba cuidando. Era un precioso potro tordo clarísimo y al que no le gustaba nada que le gritaran y por eso no se dejaba curar.

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Después de coger un poco de confianza terminó dejándome curarle la herida, y le quedó estupendamente.

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Aprovechaba cualquier momento libre para coger la Royal Enfield de Bali, a la que bauticé como Rafaela, e irme a dar una vuelta con ella.

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Un par de tardes fuimos también a visitar al consejero espiritual de la aldea. Baba.

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El tipo era todo un personaje, y no tardó en coger confianza conmigo.

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La ceremonia del té en su templo, y el aspecto de su ayudante, con una gran rasta que le rodeaba toda la cabeza, eran del todo auténticos.

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Aquellos días aprendí muchísimo acerca de la cultura y la religión de los punjabi (originarios de Punjab). Los seeks fueron los guerreros cuyo cometido era defender el hinduismo en India frente a los musulmanes. A pesar de ser reconocidos por el turbante, que estaban obligados a llevar para ocultar su larga cabellera, jamás cortada, debían llevar siempre consigo oros cuatro elementos. Un peine, una daga, una compleja ropa interior, y una pulsera metálica en la mano derecha.

Los punjabi actuales mantenían grandes diferencias con el resto de los habitantes del país. Sin duda lo más significativo, espíritu viajero, y unos pies preciosos.

Me llevé genial con Lali, que era un amante de las dos ruedas, y para mi próximo viaje a La India, planearía dos semanas en Camello por el Rajastán hasta Jaisalmer, y otras dos semanas en moto hasta Kashmir.

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Aquel día, antes de llegar a casa, pasamos por un pueblo cercano para que me hicieran una entrevista y me sacaran unas fotos para un periódico local, que publicarían unos días más tarde.

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Justo antes de acostarme, estaba con Lali en la terraza y una pequeña serpiente negra y amarilla pasó junto a nosotros. No se me ocurrió nada mejor que empujarla un poco con el pie descalzo.

Encuanto notó el contacto, la serpiente se giró ipsofacta y a la velocidad del rayo me picó en el pie izquierdo con gran fuerza.
Fue todo un show el bajar corriendo al coche, y e intentar sacarme el veneno con una inyección absorbeveneno. Al final todo se quedó en un susto ya que no era una serpiente peligrosa.

Un día antes de irme, me quedé por la noche hablando con Bali en la terraza, que era toda la parte superior de la casa, en la que dormía yo al aire libre, en un camastro de madera y cordura.

- Bali, he estado escuchando estos días que tenéis un gran problema en una feria que no podéis atender. ¿Cuál es exactamente el problema? ¿Es grave?-. Le pregunté.

- Si, es grave-. Me dijo muy serio.- Somos una familia de comerciantes, y ahora mismo tenemos todos nuestros productos en unas aduanas extranjeras. Llevamos dos meses pidiendo el visado para recoger nuestra mercancía y atender la feria, pero el país ha cambiado de cónsul, y el nuevo no nos quiere dar el visado-. Me dijo despacio y algo consternado.- Si faltamos a la feria, perderemos una gran suma de dinero y tendremos problemas.

- ¿Cuándo empieza la feria?-. Le inquirí.

- Dentro de cinco días-. Respondió Bali.

- Y ¿Dónde es la feria?-. Le pregunté por pura curiosidad.

- En Bielorrusia (En inglés “Belarus”, sonaba algo más sugerente)-. Dijo.

Un silencio algo incómodo invadió el ambiente, y una vez más me precipité al hablar.

- Si crees que puedo ayudar en algo… los españoles no necesitamos sacarnos visado para Bielorrusia-. Le dije mordiéndome la lengua.

Bali me miró muy seriamente.

-¿Hablas en Serio?-. Me preguntó mirándome fijamente a los ojos.

Todo sucedió muy deprisa.

Esa misma noche tuvieron reunión familiar, y al día siguiente por la mañana me empezaron a enseñar todos los productos que tenían en la feria y la situación en la que se encontraba todo aquel tinglado.

Aquello era un marrón de narices, y precisamente lo negro que me lo pintaron todo, fue lo que más me animó a intentar sacarlo adelante.

Partiría en dos días desde Nueva Delhi en avión a Viena, y de Viena volaría a Minsk, la capital Bielorrusa.

Una vez ahí, debía revisar que todos los productos que habían enviado, hubieran llegado correctamente y debía pagar los impuestos aduaneros de todos aquellos bienes. Después debería contratar el servicio logístico para llevar todo aquel material en camión a una pequeña ciudad llamada Vitiepsk, a la que debería llegar yo en tren ese mismo día por la noche.

A la mañana siguiente debería acudir al lugar de la feria para seleccionar el lugar donde expondría los productos, recibirlos, colocarlos en el stand, y contratar a un par de chicas Monas que supieran vender.

Después de aquello el resto era sencillo. Simplemente debía buscar algún lugar donde vivir las siguientes dos semanas en Vitiepsk, despertarme muy tempranito, y pasarme el día en la feria ocupándome del stand. Llevando las cuentas, cobrando a los clientes y controlando el stock (que no desapareciera).

Una vez terminara la feria, tan solo debía comprobar que lo que se había vendido coincidiera con lo que faltaba en el stock, y empacar todo el resto en cajas para que lo almacenaran hasta la siguiente feria.

Debería volver en tren a Minsk el 10 de Julio, que era cuando tenía mi billete de vuelta a Nueva Delhi.

El día que partí de Senna, la pequeña aldea de Bali hacia Nueva Delhi, dio comienzo una de las experiencias más surrealistas de toda mi vida.

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Llegué a Minsk a media tarde, y me apañé para encontrar un hotelito céntrico y modesto donde pasar la noche.

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Bielorrusia era un País que había sido invadido por los Alemanes en la Gran Guerra, y que después había formado parte de la U.R.S.S.

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Como todos los países soviéticos, la policía y la milicia tenían mucho poder. Había muchas reglas, y se debía tener mucho cuidado con lo que se hacía y decía. Su presidente era un tipo peculiar, no demasiado apreciado por su política exterior, y mucho menos por la interior.

La ciudad era bonita, y se respiraba el mismo aire que en cualquier ciudad rusa. Gente distante, y por alguna extraña razón, tenía la sensación de estar siendo permanentemente observado.

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Pasé una “intensa” mañana entre oficinas y edificios gubernamentales, y al final conseguí arreglar todo para que una parte de las cajas salieran ese mismo día, y el resto al día siguiente por la mañana hacia la Feria.

Pretendieron hacerme pagar la factura de las aduanas con una recibo escrito a Boli y les puse a todos de vuelta y media preguntándoles que si estaban locos. Reclamé todos los albaranes sellados por las aduanas, y les dije que más valía que al valor y al peso de cada producto, se le hubiera aplicado la tasa correcta.

Si no, no pagaría un dólar y publicaría en mi “Journal” lo que se cuece en las aduanas Bielorrusas.

A media tarde, llegué a la estación de ferocarril y me subí en el primer tren con destino a Vitiepsk.

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El viaje, que duró algo más de 4 horas, fue de lo más agradable. El tren constaba de un largo pasillo alfombrado, que tenía al lado izquierdo las cabinas, y al la derecha una serie indefinida de ventanales, uno detrás de otro.

Cada cabina tenía cuatro pequeños pero cómodos camastros a modo de doble litera.

Salvo el par de borrachines de turno, todo el mundo se quedaba en la cabina, y me pasé la mayor parte del camino en una de las ventanas del pasillo con la cabeza fuera de la ventanilla.

La sensación cuando me cruzaba con otro tren era impresionante, y me sorprendió la decisión unilateral que tomó mi “yo responsable” de no asomar la cámara y sacarle una foto a un tren cuando viniera de frente.

La llegada a Vitiepsk fue algo confusa, pero no tardé en ver que el lugar tenía su encanto.

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La feria desde el primer momento fue algo del todo esperpéntico. La organización era del todo hindú, pero las reglas del todo soviéticas.

Hice piña rápidamente con Bini, que era un amigo de Bali. El tenía otro Stand, y decidimos colocarnos justo en frente.

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A partir del segundo día todo empezó a ir sobre ruedas.

Encontré un diminuto dormitorio en un antiguo edificio de ladrillo en precario estado, que se encontraba en una zona tranquila a las afueras, entre dos enormes campos de fútbol.

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Los dos estaban en perfecto estado de conservación, y jamás había nadie en ellos. Por las mañanas y en los atardeceres, solía pasear por ellos mientras me comía un par de naranjas.

La señora que regentaba aquella pequeña casa de huéspedes, era una encantadora anciana llamada Ludmila, que no veía tres en un burro y que no hablaba una palabra que no fuera ruso cerrado.

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Me cogió cariño rápido y siempre estaba pendiente de lo que pudiera necesitar. Yo por mi parte cada día volvía de la feria con un pequeño regalito para ella, y aquello la ponía contentísima.

La ducha, era bastante precaria y se encontraba en otra parte del edificio. Pero no dejaba de tener su encanto.

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A pesar de eso, me encantaba aquel lugar, y me quedaría ahí toda mi estancia en Vitipsk.

En la feria, a pesar de estar atareadísimo, conocí a Indus con los que me llevé muy bien, y no tardé en hacer buenas amigas.

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Al medio día un tipo pakistaní nos traía la comida, cocinada por el mismo y que iba mejorando por días, alternando siempre entre pollo y cordero.

Salimos algún día por la noche y lo pasamos muy, muy bien.

Una mañana, recibí la factura por los impuestos de aduanas, y tras cotejar todos los productos con los documentos originales, demostré que me estaban cobrando más del doble de lo que me correspondía pagar, y me rebajaron la factura a más de la mitad sin poner la menor pega.

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Los días se sucedieron uno tras otro, cada uno con distintos problemas y anécdotas, y nada pudo evitar que antes que me quisiera dar cuenta, hubiera llegado el final de la feria.

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Me dio pena despedirme de todo el mundo y me alegré de haber vivido tan curiosa experiencia.

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Aquella noche cené con una señorita interesantísima, encantadora y preciosa llamada Alina. Me dio pena no haberla conocido con algo más de tiempo…

Al día siguiente un tren me llevó a Minsk, donde pasé la mañana de oficina en oficina para arreglar mucho papeleo. La tarde la pasé con unos amigos que había conocido en la feria.

Después de cenar, me subí en un taxi que me llevó al aeropuerto, y tras una breve escala en Viena, a media noche del 10 de Julio, llegué a Nueva Delhi.

Me esperaban en el aeropuerto Bali, Gogui y su tío, que me llevaron hasta Senna, su aldea, donde llegamos de madrugada.

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Ocupé el día 11 de julio por completo organizando mi partida, y el correcto avituallamiento y colocación de todo en Andrés. Lavé toda mi ropa, recargué todos los aparatos eléctricos y baterías. Tracé la ruta a seguir los próximos días en el mapa y en el GPS, y rellené todos los depósitos que tenía en el coche hasta arriba de gasoil.

Después de comer, recogí en el sastre los dos trajes Punjabi y el turbante que había encargado antes de irme a Bielorrusia.

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Había decidido que en mi paso por Pakistán, vestiría como un punjabi para evitar posibles problemas. Últimamente estaba todo un poco revuelto. Especialmente por la zona Baluchi.

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A media tarde me senté con toda la familia para contarles absolutamente todo sobre la feria. No me llevó demasiado tiempo, y justo después de eso nos sirvieron una copiosa cena a base de Pan, yogur y verduras.

Solo había una tarea que tenía pendiente antes de salir, y era el terminar de redactar el presente escrito. Para ello debí pasar las dieciseis horas anteriores a enviarlo,sentado frente al ordenador de Bali, ya que el mío había sufrido un pequeño percance y ello me había impedido escribir las últimas semanas.

La madrugada del 12 + 1 de Julio partiría a la frontera, para a primera hora entrar en Pakistán. Después vendría Irán, Turquía, y Europa hasta España, donde pensaba llegar entre el 1 y el 5 de agosto.

27 MARZO AL 2 DE ABRIL. CALCUTA. EL FELIZ REENCUENTRO.

April 27th, 2009

El encuentro con mi viejo compañero de viaje y fatigas fue breve, pero intenso. Reviví un montón de momentos que casi parecían olvidados y sentí un cosquilleo en el estómago, que hacía quizás demasiado tiempo no sentía.

Muy en el fondo, siempre había sabido que Andrés estaría cuando volviera a por él, pero muchas veces había sido difícil mantener a los miedos a raya, que habían terminado por hacer mella en mi confianza.

Después de pasar unos minutos junto a él, sin que me permitieran abrirlo, salimos de aquel enorme complejo, situado frente al puerto mercante de Calcuta.

- Sarto, mañana tu coche estará listo para ser recogido-. Me dijo Obi con su calma habitual mientras nos subíamos al coche camino de su casa.

Pasé la tarde con Obi y Benny pensando en todo lo que debería hacer una vez tuviéramos el coche en nuestro poder.

Lo primero que necesitaría, serían pinzas. Probablemente las dos baterías del coche después de siete meses de inactividad total, sin siquiera haber sido desconectadas, habrían pasado a mejor vida, así que tendría que arrancarlo enchufándolo con pinzas a un par de baterías bien cargadas. También necesitaría hacerle una revisión completa, ya que recordaba que le tenía que cambiar aceite y filtros nada más llegara a Canadá, y estaba seguro que después de tanto tiempo parado, alguna cosilla le fallaría.

Aquella tarde, también comenzamos a confeccionar la ruta de mi viaje hacia el sur del país, y el recorrido que por las provincias de Tamil-Nadú, Kerala y Karnataka, que eran las que había pensado recorrer con las chicas.

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Recordé también que en una semana exactamente, debía estar en Tiruchirapalli, donde había quedado con mi amiga Yaiza y su madre Mónica que estarían ayudando en el orfanato. Nos separaba una distancia de dos mil kilómetros, que a buen ritmo se podía recorrer en tres ó 4 días, y eso me dejaba otros 4 como máximo para poner a Andrés a punto. Quizás fuera un poco justo, pero tampoco era tan preocupante. Aquel me pareció el primer momento de mi vida en que empezaba a preparar algo con más de una semana de antelación, y probablemente lo fuera.

Después de cenar, subimos a la terraza de casa de Obi con unas cervezas, y pasamos una agradable velada arreglando el mundo y charlando sobre la situación de La India hoy en Día.

Los dos puntos más flacos del país eran sin duda la enseñanza y la sanidad. Y ambos estaban muy relacionados.

La enseñanza, a pesar de ser increíblemente buena, estaba al alcance de muy pocos, y algo parecido sucedía con el sistema sanitario. Quizás no tan bueno, pero sí al alcance de pocos.

No era raro encontrarse a Indus ejerciendo la enseñanza o la medicina en las mejores universidades y hospitales del mundo, haciendo más falta en su país que en ningún otro sitio. Cualquiera que destacara en la universidad y recibiera una buena propuesta de empleo en algún país desarrollado, no dudaría en marcharse con su familia.

También le estuve sonsacando información a cerca de su religión, y aprendí un poco más a cerca de sus Dioses. Los tres más importantes eran Brama, Visnu y Shiva. Dioses de la creación, la conservación, y la destrucción respectivamente, que estaban medio emparentados entre sí, y sus extensas familias abarcaban la forma y figura de todo tipo de animales mezclados entre sí, a cual más estrambótico. La religión se representaba a través de dibujos y animales divertidísimos y tremendamente agradables de ver. Sus templos eran graciosos y coloridos, sin que por esto sus rezos perdieran el más mínimo ápice de solemnidad.

A la mañana siguiente en cuanto llegué a Quatro, que era el nombre de la agencia de Obi, y desde donde llevábamos a cabo todos los trámites del coche, le pregunté a Sylvester, un tímido pero tremendamente eficiente tipo que trabajaba ahí, donde podía encontrar un buen mecánico de coches por la zona.

Sylvester, me hizo un pequeño croquis de cómo llegar hasta un barrio cercano, donde había varios talleres que tenían fama de trabajar muy bien, y tras despedirme de Obi y acordar vernos después de comer para ir a recoger a Andrés, partí en busca de unas pinzas, y un mecánico de confianza.

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No tardé en llegar al lugar que me había indicado. Era una calle dentro de un barrio musulmán, donde abundaban los pequeños talleres mecánicos, las cabras y los coches destartalados.

No sabiendo muy bien por donde empezar, me dí un paseo por el lugar. Me encantaba pasear por Calcuta. Nunca sabía lo que me podía encontrar detrás de cada esquina. Podía haber un montón de niños duchándose debajo de una tubería rota que salpicara agua, un pequeño tenderete de frutas, o un tipo degollando gallinas.

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Terminé deteniéndome en una pequeña tienda de recambios cuyo dueño me inspiró confianza a primera vista.

- Salam alecum-. Dije dirigiéndome al anciano comerciante.

Sabía muy poquito inglés, pero entre mi modestísimo bengalí, y algunas personas que pasaban por el lugar conseguimos entendernos. Siempre decía que “a buen entendedor… pocos gestos bastan”.

En Calcuta parecían no conocer las pinzas para arrancar coches, pero un mecánico vecino llamado Mohamed Salim, tenía unos cuantos cables eléctricos y dos buenas baterías que servirían para mi propósito.

El tal Salim, que no sabía ni una palabra de inglés, pero no le turbaba lo más mínimo. Escuchaba sonriente y luego hacía con la mano un gesto de no haber entendido nada. Parecía un tipo de fiar, y se veía que sabía algo de mecánica, así que aproveché para preguntarle si él me podría hacer el “Oil Service” de un jeep Toyota a demás de alquilarme los cables y las baterías hasta el día siguiente.

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Para esto, fue necesario llamar a Obi y que hiciera de traductor. Finalmente acordamos con una taza de te en la mano, que cuando estuviera listo el papeleo del coche, Salim vendría con nosotros a buscarlo y me ayudaría a arrancarlo. Después me diría si me podía hacer la revisión.

Hacía tiempo que no trataba con musulmanes. Concretamente desde el taller en Vancouver donde una familia iraní me arreglo el motor de “God”. Los musulmanes en general eran gente seria en su trabajo. Siempre había respetado mucho su religión y sus costumbres, y solía conectar bien con ellos.

Volví a la oficina de Obi, y tras comer algo rápido, nos fuimos con Benny al despacho del supervisor de las aduanas, junto al puerto, donde debíamos recoger por fin el permiso para sacar a Andrés de la Warehouse.

Al poco de llegar al edificio, subimos a la primera planta, donde hicieron entrar a obi en un despacho. Mientras Benny y yo esperábamos fuera charlando, a que Obi saliera con el permiso, empezamos a escuchar un gran bullicio en el interior del despacho.

Antes que pudiéramos si quiera asomarnos, la puerta se abrió repentinamente, y apareció Obi gritando improperios a un señor de avanzada edad, que daba saltos sobre él, para intentar quitarle una carpeta que Obi sostenía en alto.

Fue una situación de lo más surrealista que continuó a lo largo de todo el pasillo del edificio, las escaleras y hasta llegar al patio, donde finalmente Obi se desembarazó de aquel tipo con un empujón, y le dijo a modo de amenaza que se iba a enterar de quién era él.

Obi nos ordenó que nos subiéramos al coche, y cuando ya estuvimos dentro, nos informó de lo ocurrido.

Parecía ser que el supervisor le había sugerido que le diera una propina para firmar el documento. Ante la negativa de Obi, éste se negó a firmarlo bajo el pretexto que hacía más de seis meses que el coche había sido enviado fuera del país. Esto no era un impedimento para retirar el coche, pero sí que alargaría los trámites un par de días. Para colmo, al percatarse de que Obi tenía el móvil en la mano, le acusó de estar grabando la conversación, y esto le hizo a mi querido amigo que perdiera los papeles.

No se le ocurrió otra cosa, que acusar abiertamente al supervisor de corrupto y cara dura, y tras quitarle la carpeta que contenía la documentación y los permisos de mi coche, salir del despacho gritando a diestro y siniestro que “nadie le hacía a Avijit Dutta una acusación tan grave como la de estar grabando una conversación a escondidas”.

El supervisor le respondía a gritos que estaba robando documentos oficiales, mientras hacía vanos esfuerzos por quitarle a Obi la carpeta.

A mi me entró un ataque de risa, que se prolongó hasta que comprendí que aquel tipo al que Obi había empujado, y robado la documentación, era la persona que debía autorizarme a sacar el coche del lugar inmundo en el que se encontraba.

Obi me dijo que no habría problema, pero que debíamos ir al despacho del director, que estaba en otro edificio al que había que llegar en coche.

Cuando llegamos, entramos directamente a hablar con el director, y no se porque, no me extrañó encontrarme al supervisor en ese mismo lugar. Se nos había adelantado.

Debimos pasar más de una hora en el despacho del director de las aduanas portuarias, dando explicaciones, y haciendo gala de la más pícara y astuta diplomacia, para que finalmente nos autorizaran a sacar el coche al día siguiente por la mañana.

Así pues, avisamos a Salim para que tuviera todo listo al día siguiente, y nos fuimos a casa a cambiar y arreglar, ya que aquella tarde teníamos un evento muy especial. La reunión anual de las compañías de carga aérea de Calcuta, que consistía en un agradable paseo en barco por el Ganges con espectáculo y cena, al que acudirían un par de centenares de personas, relacionadas con el sector.

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Navegamos río arriba, y me encantó ver todas las escenas que se desarrollaban a orillas del Río Sagrado a su paso por la ciudad de Madre teresa.

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Daba igual los kilómetros que uno recorriera río arriba o abajo. Cuando uno miraba a la orilla siempre había algo mágico que contemplar.

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Cenamos varios tipos de arroces, pollo con diferentes especias y cocinado de mil maneras distintas, curry de todas las clases y colores, y un delicioso repertorio de postres caseros.

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Todos los Indus comían siempre con las manos. Daba igual que estuvieran almorzando un plato de arroz sobre una hoja de palma en las calles de Calcuta, o cenando con un ministro en la casa más elegante de Bombay. Por ello la base de la comida era siempre arroz o pan.

Principalmente había tres tipos de panes. Nan o butter Nan (una torta de pan blando y esponjoso del tamaño de una masa de pizza pequeña, que se sirve caliente y partido por la mitad), Porotta (Algo más pequeño y chicloso), y Rotti (puede ser de cualquier tamaño, pero se caracteriza por ser tan fino como una hoja de papel). Todos eran blandos y moldeables, y les permitían mezclarlo con los distintos platos de verduras, trozos de pollo o pescado, siempre en salsas condimentadas con especias (picantes en la mayoría de los casos).

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El punto fuerte de la fiesta, fue sin duda el ver a Baba (el padre de Obi), después de tomarse un par de copas. Con lo tímido que se le veía en casa, y no tardó en convertirse en la estrella de la fiesta, que se alargó hasta altas horas de la noche.

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Al día siguiente, los trámites para sacar el coche se alargaron todo el día y finalmente a las cinco de la tarde nos dieron la autorización definitiva. Pasamos a recoger a Salim con las baterías y los cables, y nos dirigimos al puerto. Cuando llegamos, ya empezaba a anochecer.

Entré al coche por primera vez, y pude observar que todo estaba tal y como lo recordaba. Lo primero que hice fue poner el contacto, pero tal y como esperaba, no se encendió ni una sola luz del cuadro. Abrimos el capó, y tras comprobar los niveles de aceite y agua, le pusimos los cables y enchufamos las baterías del coche a las que traía Salim.

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Puse el contacto, y aquella vez sí que se encendieron las luces del cuadro. Crucé los dedos y giré la llave… nada. Esperé unos segundos y lo intenté de nuevo… más de lo mismo.

Tras hacer varios intentos y ver que no tenía intención de arrancar, decidimos sacar el coche de aquel lugar, e intentar empujarlo tirando del coche de Obi en la calle.

Aquello tampoco dio resultado, y entendí que después de siete meses de abandono, primero en un container oscuro surcando mares, y después a la intemperie en un puerto mercante, no me daría la alegría de arrancar tan rápido.

Finalmente, ya entrada la noche, Obi se fue con Benny en busca de una grúa, y yo me quedé junto al coche con Salim y el otro mecánico que le acompañaba. Aproveché para revisar a Andrés a conciencia, e indicar a Salim todo lo que habría que reparar, como la rueda trasera de repuesto, que no había quien la abriera y cerrara, o el cable del winche que estaba partido.

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En las más de dos horas que tardó Obi en aparecer con la grúa, tuve tiempo para dejar volar mi imaginación y pensar en alguna mejora que hacerle a Andrés para el viaje que me esperaba. El primer problema que recordé tener, era el calor que hacía por la noche dentro de la Maggiolina las noches que no corría la brisa cuando atravesaba zonas calurosas. Los próximos meses serían tremendamente calurosos por todos los países que recorrería hasta llegar a España, y se me ocurrió inventar algún sistema para poder dormir cómodamente al aire libre.

Pensé que quizás si colocara dos barras metálicas verticales a los lados de la defensa delantera que tuvieran la misma altura que la Maggiolina, podría colocar una red entre dichas barras y la baca, y podría dormir en todo el espacio que había sobre el capó y la luna delantera. Dormir bajo las estrellas era una de las cosas que más me podía gustar en el mundo, así que decidí dedicarle algunas horas de los próximos días a la elaboración de dicho invento.

Enganchamos el coche a la grúa – remolque, y lo llevamos a la puerta de casa de Obi. Una vez ahí, le desmontamos las baterías, y Salim se las llevó para recargarlas durante toda la noche, y quedamos en recogerlas en su taller a media mañana el día siguiente.

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Era tarde, así que tras una cena ligera e informar de las novedades a los padres de Obi, nos fuimos a la cama. Saber que Andrés estaba en la puerta de casa me hizo dormir de lo más tranquilo. Aunque de momento estuviera aparentemente inservible, y tuviera que estar en cinco días con él a dos mil kilómetros de donde me encontraba.

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Amanecí temprano y pasé al GPS del coche los mapas de toda La India con la ruta más directa y rápida hasta Tiruchirapalli. También subí absolutamente todo el contenido del coche a la azotea de casa de Obi (un trabajo de chinos), y empecé a decidir lo que llevaría al sur, y lo que dejaría en Calcuta para recoger cuando volviera, antes de subir a Nepal.

A media mañana fui con Obi al taller de Salim a recoger las baterías. Nos dijo que las habían cargado durante toda la noche y funcionaban perfectamente. Me acordé de mi mecánico Santi de Madrid, y me alegré de haberle hecho caso y comprar baterías Óptima de Gel.

Conectamos las baterías recién cargadas, y tratamos de arrancar, pero el resultado fue el mismo que el del día anterior. No hacía absolutamente nada cuando giraba la llave. Sin embargo, algo me decía que esta vez si lo empujábamos el resultado sería diferente. Así que me acerqué a un grupo de personas que estaban jugando a las cartas en la calle junto a casa de Obi, y tras saludarles y aceptar una taza de té, les pedí ayuda para empujar el coche e intentar arrancarlo.

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No se lo pensaron dos veces y avisaron a todos los niños que estaban jugando alrededor para que también echaran una mano. Entre todos colocamos el coche al principio de una calle bastante recta, y cuando no vino ningún coche, empezaron a empujar con fuerza. Cuando vi que tenía la velocidad y la inercia suficiente, embragué y engrané la segunda marcha…

¡El ronroneo del motor de Andrés se fundió con los aplausos y vítores de todos los niños al ver como arrancaba!

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Pero no todo eran buenas noticias. A pesar de haber arrancado empujando, continuaba sin funcionar el arranque a batería. Tampoco funcionaba el motor de ninguna de las ventanillas, ni el cierre centralizado, ni el aire acondicionado, ni el ventilador, ni la música, a pesar de haber chequeado todos los fusibles, y estar perfectamente.

Tras repetir la maniobra del empujón para volver a arrancar el coche, me dirigí al taller de Salim. Con las ventanillas bajadas y sin aire de ningún tipo, aquello era exactamente igual que la sauna del gimnasio Omega, un miércoles a las siete de la tarde.

Después de una ardua negociación, como siempre con una taza de Té, conseguí que Salim se comprometiera a hacerme el cambio de aceite y filtros, y la reparación de todos los sistemas eléctricos que tuviera estropeados el coche, además de un engrase y lavado completo del coche.

Al principio me dijo que no podía trabajar en mi coche porque estaba saturado de trabajo, y no fue nada fácil convencerle para lo contrario, sobre todo partiendo de la base que no podía pagarle ningún sobreprecio debido a la precariedad de mi economía.

Acordamos pues que aquella tarde de lunes 30 de marzo a última hora empezaría con el coche.

Aproveche el resto de aquel día, en el que Salim debía adelantar trabajo para dedicarle todo el día siguiente a mi coche, para ir a un barrio cercano donde abundaban los talleres de soldadura e intentar darle forma a mi invento de la cama al aire libre. Eso por supuesto, después de darle un buen lavado a Andrés.

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Llegué a la zona del gremio de los soldadores y artesanos del metal, y una vez más, detuve el coche y me bajé para dar una vuelta por la zona y buscar algún sitio de confianza. No tardé en cruzarme con un tipo de avanzada edad que paseaba por la calle. Al cruzar la mirada con la mía me saludó en perfecto inglés británico.

- Hola Joven ¿de donde vienes?-. Me preguntó aquel curioso tipo que vestía de blanco con un turbante azul.

- ¡Hola! Vengo de España-. Le respondí. – Mi nombre es Sarto.

- Mi nombre es Kuldeep-. Me dijo mientras me estrechaba la mano. – ¿Vienes desde España conduciendo?-. Me preguntó mirando el coche.

- Si. Es una larga historia… Ayer recogí el coche del puerto, después de que hace cinco meses las aduanas canadienses rechazaran la entrada en su país del conteiner en el que llegó desde Calcuta, por contener algo de barro en las ruedas-. Le dije lo más resumidamente posible. – Mañana parto al sur de La India y como es uno de los meses más calurosos del año, he pensado en construirme una cama al aire libre…

La cara de Kuldeep mientras le explicaba la idea de soldarle unos tubos de hierro a la defensa del coche, donde pudiera encajar unas barras metálicas que sirvieran de sujeción para una red, me recordó a la de mi amigo Dipanjan ocho meses atrás, cuando lo encontré en un semáforo y le expliqué que trataba de llegar al puerto de Calcuta para enrolarme con el coche en un barco hacia Alaska.

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- Sin duda has acudido al lugar correcto-. Me dijo mi nuevo amigo con una gran sonrisa.

Pasamos las siguientes tres horas yendo juntos de un sitio para otro. Compramos los tubos y las barras en un almacén de materiales metálicos que conocía. Las mediciones, cortes y soldaduras, las realizamos en el taller de soldadura de un amigo suyo de total confianza.

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También aproveché para reponer el cable metálico roto del winche, reforzar el soporte de un guardabarros, y cambiar las escobillas de los limpiaparabrisas y un tornillo pasado de rosca.

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Mientras trabajaban en los distintos lugares, Kuldeep y yo charlábamos entre taza y taza de té.

Kuldeep era un Seek. Los Seek eran una religión de La India, original de la zona de Punjab. Se caracterizaban por llevar un turbante en la cabeza, en el interior del cual recogían su larga cabellera, jamás cortada.

Había cinco objetos que debía llevar siempre un Seek y por los cuales se les podía diferenciar del resto de los Indus. El primero era el turbante enrollado al pelo, que tenían terminante prohibido cortarse. El segundo era un pequeño peine escondido en la cabeza bajo el turbante, para mantener siempre el pelo arreglado. El tercero una pulsera dorada característica de los Seeks. El cuarto era una daga, para utilizar en caso de necesitar defenderse de algo. Y el quinto era una ropa interior tremendamente aparatosa y difícil de quitar, para demostrar que no se la quitarían a la ligera.

Finalmente, a media tarde el invento estaba listo y pintado de negro para no desentonar cuando estuviera puesto. Había soldado dos tubos metálicos de gran resistencia a los extremos de la defensa delantera, justo enfrente de los intermitentes.

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Tenían 30cm de alto, y ahí encajaría dos barras metálicas macizas reforzadas, de 120cm, con dos argollas, donde iba acoplada una tercera barra de hierro horizontal, que haría de sustento de la cama.

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Durante el día, todas las barras, irían en un lado del maletero cuando no estuviera puesta la cama. Solo me faltaba hacer una red a medida, y el invento estaría terminado.

Me despedí de Kuldeep, no sin antes apuntar sus datos para llamarle la próxima vez que volviera a Calcuta, y de todos los mecánicos del taller de soldadura que fueron tremendamente amables conmigo.

Se acercaba la hora de empezar con la reparación del coche, así que partí al taller de Salim.

Nada más llegar, el electricista, que pronto me apodó “Mujorlli”, y otros dos mecánicos empezaron a desmontar el coche para tener acceso a todos los cables y conexiones eléctricas, que según me dijeron, después de tanto tiempo a la intemperie y en zona de costa, estarían sulfatadas.

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Estuvieron trabajando hasta altas horas de la noche, y yo mientras tanto me quedé por ahí rondando, procurando aprender de lo que veía, y haciendo amigos. En los momentos de descanso les enseñaba a todos fotos del viaje, siempre con las dos graciosas cabras que parecía tenían de mascotas en el interior del taller.

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Me llevé muy bien con un joven musulmán de mi edad al que llamaban Alexander, al que tuve la oportunidad de contar la visión que teníamos en general en Europa y los países desarrollados de su religión.

Su inglés era excelente y sabía mucho de su religión para su edad, así que a pesar de nuestras diferencias de opiniones, sobre todo en lo referente al trato de las mujeres, fue un agrado hablar con él.

- El Corán es un libro que te enseña como vivir la vida-. Decía Alexander.- Te enseña desde como comportarte con los demás, hasta cómo comer, como actuar en los negocios, como vestir, el cuidado personal y como enfrentarte a las diferentes situaciones de la vida.

- Entiendo y respeto que pueda haber formas distintas de ver, vivir, y actuar ante la vida. Pero creo que debería ser igual para todos, y creo que a vuestras mujeres no las dais demasiada opción a elegir -. Le dije en un momento dado. - ¿Por qué son ellas y no vosotros las que usan Burka? ¿Por qué sois vosotros los que podéis tener tantas mujeres como queráis y a ellas no les está permitido tal cosa?-. Le cuestioné de la manera más educada posible.

- El Burka no es más que una manera de protegerlas. Uno no desea lo que no puede ver, y una mujer que va sola por la calle, debe estar protegida. Una mujer tapada no excitará a ningún hombre, y por lo tanto nadie tendrá el deseo explícito de hacerla nada -. Respondió.

Yo asentí y le dejé continuar.

- A nosotros no se nos está permitido tener tantas mujeres como queramos, sino tantas como podamos mantener con un buen nivel de vida y en casas diferentes sin hacer ninguna diferencia de trato entre una y otra. Está comprobado que hay más mujeres que hombres, y de no ser así, habría muchas que no tendrían con quién desposarse y tener hijos.

La conversación se extendió mucho, y traté de hablar con él con la mente abierta y sin emitir juicios, ya que esa era la única forma de la que creía posible comprender el porqué de las cosas, y más si eran cosas que chocaban tanto con mis principios y lo que me habían enseñado. En ese tipo de situaciones, había que mantener los conflictos morales a raya. Probablemente él me podría haber preguntado el porque de los millones de chinos que trabajaban sin descanso en fábricas en condiciones infrahumanas para que nuestra sociedad de consumo pudiera seguir a flote. O porque la religión y la espiritualidad hacía ya varias generaciones que había desaparecido de nuestras vidas dando paso a un sistema desprovisto de valores que no fueran materiales y cuantificables.

- Una pregunta Alexander-. Le dije en un momento dado.- ¿Por qué la mayoría de los talleres de por aquí tienen un par de cabras de mascotas?-. ¿A caso os las coméis pasado de cierto tiempo?

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- No, que va. Las criamos, las alimentamos, las cuidamos, y las sacrificamos en nombre de Alá-. Dijo mientras hacía con la mano derecha el gesto de ser degollado.

Yo me quedé de piedra y traté de conservar la calma.

-¿Qué las sacrificáis? ¿Y no os da pena?-. Le pregunté.

- Claro que nos da pena. Pero por eso es un sacrificio-. Me dijo tremendamente serio.-Si lo que te preocupa es que los animales sufran, has de saber que se les hace un corte limpio en las venas del cuello con una daga tremendamente afilada y no sienten nada. En pocos segundos se quedan dormidas y pierden la conciencia.

Yo me había encariñado tremendamente con una de las cabras de Salim, y me costó comprender el porque de este acto.

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Aquel día llegué a casa de Obi pasada la media noche, y cuando revisé el correo, observé que me había llegado un e-mail tremendamente preocupante. Dentro de exactamente 3 días, llegaba Mariana a Chennai, donde debía recogerla para ir juntos a Tiruchirapalli. Mariana era la primita de Yaiza y tenía tan solo diecinueve añitos, y una preocupada madre a la que había prometido que cuidaría de su niña.

No podía ni plantearme la posibilidad de que me esperara un par de días sola en algún modestito hotel de la zona. Chennai estaba a 1.700 km de Calcuta con dirección a Tiruchirapalli, y era inconcebible recorrer esa distancia en menos de dos días, contando con no dejar de conducir más que tres ó 4 horas para dormir ambos días.

Eso quería decir que el coche debería estar listo al día siguiente lo antes posible sí, o sí.

El ritmo de trabajo del día siguiente fue frenético. Cambiamos el aceite, los filtros, tapizamos el volante, e hicimos todo lo que había que hacerle al coche mientras los electricistas llevaban a cabo la tarea de limpiar o cambiar todas las conexiones eléctricas defectuosas del vehículo.

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A última hora de la noche aun había varios problemas eléctricos sin solucionar, y el coche estaba completamente desmontado. Faltaban 48 horas para que llegara Mariana a Chennai.

Obi me dijo que sería imposible que llegara a tiempo y que debía llamarla para informarla que llegaría uno o dos días tarde, pero yo estaba seguro que de alguna milagrosa manera podría llegar, así que me limité a mandarle un correo a Mariana diciendo que cuando llegara no se le ocurriera moverse del aeropuerto bajo ningún concepto hasta que no la llamara a su móvil para decirle que estaba ahí, y que quizás me tuviera que esperar un par de horas (a modo de coletilla le dejé caer que no se preocupara, ya que de ningún modo esas dos horas se convertirían en más de 24).

Al día siguiente a las siete de la mañana continuamos trabajando con el coche. La cosa parecía ir para largo, así que aproveché para irme al mercado más grande de Calcuta, en busca de la red para dormir en mi nuevo invento.

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Tras recorrer varias tiendas y talleres textiles, di con uno que tenía una tela de algodón excepcionalmente gruesa, cómoda y resistente. Decidí tratar de utilizar eso como cama, a modo de hamaca, y encargué un rectángulo de tela de 165cm x 210cm, reforzado en los laterales con dobles costuras de Nylon, y con un dobladillo hecho con la propia tela en ambos extremos por los que poder meter dos barras metálicas. Una se engancharía a las barras metálicas de delante, y la otra a la baca con cinchas tensoras.

Tardaron algo más de un dos horas en realizar el encargo, y otras dos en colocar el dobladillo en los laterales correctos, ya que la primera vez se equivocaron. Fue un error obvio, teniendo en cuenta que me encontraba en un pequeño taller textil en un mercado de los suburbios de Calcuta.

Mientras confeccionaban la tela, aproveché para ir a cortarme el pelo con un peluquero hindú súper gay al cual caí estupendamente y el cual me cobró diez rupias por un corte de pelo. Era la segunda vez en mi vida que pagaba menos de veinte céntimos de euro por un corte de pelo, y sin embargo la primera que rechacé un “masaje”.

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También me dí un gran paseo por aquel inmenso mercado en el que vendían desde gallinas, hasta equipos de música, pasando por especias, maderas, hierros, y un larguísimo etcétera.

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La segunda vez que fui a recoger la tela, aparecí una hora antes para cerciorarme de que la terminaban correctamente. El señor Taylor hizo un trabajo estupendo.

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Regresé al taller de Salim después de comer, y me quedé ayudando en lo que pude, hasta que finalmente a las seis de la tarde, el coche estuvo listo para partir.

Habían arreglado absolutamente todo lo que tenía mal, y aunque pareciera mentira, Andrés estaba en perfectas condiciones.

Se lo agradecí enormemente a Salim y a todos los mecánicos, que habían hecho un esfuerzo encomiable, y no me cobraron ni una sola rupia más de lo que habíamos acordado en un principio por la puesta a punto de Andrés, después de haberse pasado dos días desmontando cada piececita y cada conexión de todo lo que no funcionaba.

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Fui volando a casa de Obi y entre todos cargamos el coche con todo lo que había decidido llevarme, y pedí que me rellenaran mi termo con café, y me llenaran una botella con dos litros de Té.

Cuando por fin estuve listo para partir era jueves 1 de abril a las nueve de la noche. Faltaban algo más de 28 horas para que Marianita aterrizara en Chennai, destino al cual mi GPS Garmin, que en cuestión de distancias era bastante ducho (a pesar que siempre fuera mejor seguir las indicaciones de cualquier lugareño de pies desnudos, que la ruta sugerida por éste como “carretera/camino”), me indicaba un recorrido de 1.720 km. Sería un viaje muy duro, y solo esperara que “mi querido mastodonte medio rojo” no diera la lata en nuestro reencuentro.

2 AL 12 DE ABRIL. INDIA DE CABO A RABO. DAMAS A BORDO.

April 27th, 2009

Seguí a Obi, que subido a su Royal Enfield de nombre Paquita, me indicó el camino hasta la carretera que abandonaba la ciudad por el sur. Me despedí de él, y acordé vernos un par de semanas después, ya con las botellas de buceo. En ese tiempo, intentaría adelantar trabajo con Benny, para intentar acompañarme a Nepal a sacar la barca de Mana.

Tardé algo más de una hora en abandonar los alrededores de Calcuta, y empezar a circular en lo que se podía considerar una carretera. Era noche cerrada, y eso en las carreteras, significaba que los que mandaban, eran los camiones. En La India, los camioneros viajan principalmente en la noche, para evitar el calor del día, y las restricciones que les prohíben circular a través de las ciudades a determinadas horas. Por lo tanto, por la noche las carreteras estaban invadidas por camiones, que tenían sus propias normas de circulación, y había que adaptarse a ellas, le gustara a uno o no.

Me alegré mucho de haber escuchado atentamente a Mana meses atrás cuando me explicó las reglas de los camioneros.

En La India, al contrario que en España se conducía por la izquierda. Por lo tanto lo normal era circular por el carril izquierdo, utilizando el derecho para adelantar.

Para los camiones, durante la noche la cosa no funcionaba así. Cuando ellos circulaban, utilizaban para circular el carril de adelantamiento en las carreteras con dos carriles.

Había que aproximarse a ellos, y dar un ligero toque de bocina a modo de permiso para adelantar cuando uno se encontrara a unos treinta metros de distancia. A los pocos segundos, los camiones se retiraban un poco a la izquierda.

Después de eso había que aproximarse un poco más, y dar otros dos bocinazos para que supieran que estaban siendo adelantados.

Si a algún vehículo hacía caso omiso de esta norma y decidía adelantar por la izquierda, o poner luces largas a un camión repetidamente para que se apartara, sufriría las consecuencias, que serían que el camión se colocara entre los dos carriles, no facilitando el adelantamiento en varios kilómetros. Si el vehículo de detrás se obstinaba en adelantarle, el camión no dudaría en cerrarle, y golpearle si fuera necesario.

Sabiendo esto todo era más fácil, y al cabo de unas horas me metí por completo en el juego de las bocinas, las prioridades y las distancias. Realmente no era más que eso. Un juego para amenizar las largas horas de conducción de los camioneros, y una manera de evitar el exceso de velocidad y los accidentes.

Me dí cuenta de que a pesar de ralentizar bastante la marcha, una vez acostumbrado, era bastante seguro. Teniendo en cuenta que los intermitentes y los retrovisores no existían, y que los camioneros conducían como si llevaran coches de choque, aquella era una buena manera de evitar que un camión se cambiara de carril violentamente mientras un coche le adelantaba.

No necesité demasiado tiempo para recordar que en las carreteras de La India, había que circular siempre con mil ojos. Era tan normal encontrarse a un vehículo por dirección contraria y sin luces, como a un par de vacas despistadas, durmiendo en mitad de la carretera.

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Las primeras nueve horas de conducción no se hicieron demasiado pesadas, y pronto empezó a amanecer. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a despuntar, había recorrido casi 600km.

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Eso era una tercera parte del recorrido y no estaba nada mal. Había necesitado beberme más de medio termo de café para no quedarme dormido, y maldije en varios momentos el no haber dormido más los últimos días, que en parte fue debido al té que me debía beber cada vez que hacía un nuevo amigo.

Eran las seis de la mañana, y me esperaba un larguísimo día de conducción por delante. Debía mantener como fuera el mismo ritmo que llevaba, lo cual sería difícil porque durante el día había más tráfico que por la noche.

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Los caminos variaban de buenos a malos y a malísimos indistintamente. Podía encontrarme con 50km seguidos de carretera perfectamente asfaltada, y que de repente esta tornara en un camino de cabras durante la siguiente hora y media. Así todo, estaba haciendo una media que rondaba los 60km/h, y eso no estaba nada mal.

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A las ocho de la mañana, me detuve en una pradera a descansar durante 20 minutos, en los cuales dormí profundamente. Continué conduciendo durante toda la mañana hasta la hora de comer, y tuve que empezar con la botella de Té antes de lo que me hubiera gustado.

A media tarde, tuve el primer percance del viaje, cuando un autobús no se percató que le adelantaba, y mientras le estaba rebasando en una curva abierta de una carretera de dos carriles, decidió girar bruscamente al carril en el que yo me encontraba.

Por física elemental, dos cuerpos no podían ocupar el mismo espacio, y por sentido común, si un cuerpo de diez toneladas se abalanzaba sobre uno de tres, con toda seguridad el de tres sería desplazado.

Eso fue exactamente lo que sucedió, y tras ver una enorme masa metálica que se dirigía en inevitable rumbo de colisión hacia mí, poco pude hacer a parte de sujetar el volante con firmeza y apretar los dientes y el trasero.

El tremendo golpe, hizo que el pobre Andrés saliera despedido hacia la derecha, y chocara con el bordillo, para volver a golpear al autobús, que tardó unos segundos en rectificar su marcha y volver a su carril.

Yo me quedé dando bandazos durante algunas decenas de metros, y terminé por apearme a la izquierda de la calzada, unos metros delante de donde lo hizo el Autobús.

Me bajé del coche bastante enfadado pero tranquilo, sin entender muy bien que todos los cristales estuvieran enteros, y que aparentemente Andrés no hubiera sufrido mayor daño estructural que una aleta delantera izquierda bastante arañada.

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Me dirigí al autobús con aire de pocos amigos, y al llegar a la puerta del conductor, pude ver a este tras el cristal, atemorizado y con las manos en el pestillo. Le grité que saliera a la vez que le hacía un gesto con la mano, pero este se negó. Me fijé en el lateral del autobús, y me llamó la atención ver un enorme abollón con la chapa cortada por encima de la altura de mi cabeza, y entonces comprendí que era lo que había impactado contra él, evitado que me destrozara todo el lateral. El gato Hi-lift. Una pieza de 120 cm, y más de 20 kilos de hierro macizo que servía para levantar el coche, y que transportaba sobre la puerta del conductor, enganchado a las barras de la baca con una estructura metálica tremendamente resistente.

Volví a mi coche para comprobar el gato y efectivamente había sido lo que había soportado el impacto. Tan solo se había doblado un poco uno de los ocho soportes de la baca, pero esto no supondría ningún problema.

Finalmente conseguí hablar con el conductor suicida, que terminó por salir junto a todos los ocupantes del autobús, y salvo por el comportamiento hostil del revisor de los billetes, que alegaba que había sido culpa mía por no haber tocado la bocina, y que no dejaba de tener su parte de razón, todo acabó con un apretón de manos y una buena lección aprendida: Al llegar a Madrid, pondría otro gato igual en el lateral derecho.

El pequeño percance con el autobús, sirvió para distraerme un poco y concienciarme de los peligros reales de conducir por La India. A partir de ese momento fui aun con más cuidado.

A las seis de la tarde, llevaba más de veinte horas conduciendo sin parar, y había recorrido 1.200km. Aun me faltaba un tercio del viaje para llegar a Chennai, y tan solo seis horas para que aterrizara el avión de Mariana. El cansancio acumulado convertía las horas en odiseas, y los kilómetros empezaron a hacerse cada vez más largos.

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Jamás en mi vida recordaba haber conducido tantas horas seguidas, a pesar de si recordar haber recorrido más kilómetros seguidos…

“Hacía cuatro o cinco años que un mes de junio estaba en Madrid con mi amigo Nicolás Olano, cuando le pedí el favor de acompañarme a casa de una tía mía en un pueblo a las afueras de Madrid, para recoger un par de butacas.

Acordé en pasarle a buscar a las 4 de la mañana, para así hacerlo de noche y evitar el calor, y a esa hora estaba en la puerta de su casa con mi camión carrozado de alquiler, y la que por entonces era mi novia.

Al poco de salir, Nico se quedó dormido, y no supe nada más de él, hasta que llegando a Córdoba, me preguntó que donde estábamos.

- Llegando Nico, llegando. Vuelve a dormir.

Lo de vuelve a dormir no coló, pero sí lo de que estábamos llegando. Un par de horas después, llegando por fin a Conil de la Frontera, Nico tomó conciencia del pincho que le había hecho, y se cogió un cabreo supino.

A pesar de ayudarme con todos los muebles que tenía que cargar en el pequeño camión, se negó en rotundo a subir conmigo hasta comillas al llegar a Madrid, que era donde debía llevar la mudanza de mi tía.

Aun recuerdo como si fuera ayer, la imagen de mi amigo, cuando llegando a Cádiz se llevaba las manos a la cabeza repitiendo una y otra vez con su característico acento americano: Eres un cabronazo tío!!”

Afortunadamente terminó por perdonarme, y precisamente en aquel momento estaría con los preparativos de su boda en Atlanta. A la cual no podría acudir por razones obvias.

Tardé algo más de nueve horas en recorrer los 500km que me separaban de Chennai, y tuve que parar en más de un control policial, para pedir que me dieran una taza de té o café, cosa que siempre hicieron encantados. Había pasado más de 30 horas conduciendo sin parar para recorrer más de 1.700km, después de varios días durmiendo lo justo y trabajando más de la cuenta. Nunca había tenido tanto sueño.

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Finalmente llegué al aeropuerto con algo más de tres horas de retraso. Me dirigí a la terminal de llegadas internacionales, y no tardé en encontrar a Mariana sentada junto a su mochila observando a la gente pasar.

Conocí a Mariana en un viaje de esquí hacía ya varios años, y desde entonces a pesar de no vernos a menudo, sus primos Yaiza y Piti eran muy amigos míos, así que coincidíamos de vez en cuando. Poseía la principal cualidad, que hacía que una persona me cayera de maravilla desde el principio. Era motera hasta la médula.

Hacía unas semanas que tomándonos algo la propuse venirse a la India cuando bajara al sur a ver a su prima y a su tía, y hacernos un par de semanas de ruta todos juntos, y había accedido sin pensárselo dos veces.

Mis palabras de bienvenida no debieron ser demasiado locuaces, y tras salir del aeropuerto, conduje en un estado de somnolencia bastante avanzado hasta algo más de 70km fuera de la ciudad por la carretera que llevaba a Tiruchirapalli, donde nos detuvimos en un campo tranquilo.

La pobre Mariana, no recibió demasiadas explicaciones aquella noche, pero entendió mi estado de agotamiento y me ayudó a montar el campamento mejor de lo que lo había hecho nunca nadie, sin preguntar demasiado y entendiendo todo a la primera.

Hacía bastante calor a pesar de ser las 4 de la madrugada, y se me ocurrió que sería el momento perfecto para probar mi nuevo invento.

Saqué las dos barras metálicas del maletero, y las introdujimos en sus correspondientes soportes al frente del coche. Después colocamos la primera barra tensora, que atravesaba la cama sobre las barras metálicas.

Sólo quedaba la última parte, que era algo más complicada. La segunda barra metálica, que haría que la cama estuviera recta, había que sujetarla a la baca con dos cinchas tensoras en los extremos de la barra, así que traté de explicar muy brevemente a mi joven amiga el funcionamiento de una carraca y una cincha tensora, algo que la mayoría de mis amigos, después de diez años cargando en remolques motos, quads, barcas etc, aun no eran capaces de nombrar, y mucho menos de usar.

Después de colocar la parte del lado del conductor, fui al otro lado. El cansancio no hizo que mi sorpresa fuera menor al ver que la cincha estaba perfectamente colocada y tensada. Aquella jovencita era todo un portento.

No me sorprendió tanto que mi invento funcionara a la perfección, y antes que todo mi cuerpo hubiera tocado la cama, ya había caído en un profundo letargo.

Amanecí dentro de la Maggiolina. Lo que me pareció algo extraño, ya que no recordaba ni siquiera haberla abierto. Mariana ya se había despertado y me miraba con extrañeza.

- ¡Hello, hello! Tami-Nadu Police. Please, come down-. Pude escuchar decir a una voz fuera del coche.

La noche anterior había olvidado decirle a Mariana que cuando uno acampaba en La India, le podía despertar la persona más insólita. Aquella vez fue el turno de un par de agentes de policía.

Eran algo más de las nueve de la mañana y lo que menos me apetecía del mundo era despertarme y bajar a dar explicaciones a un montón de policías curiosos que hubieran encontrado en un turista despistado la manera de echar la mañana. Pero tampoco me quedaba mucha opción, así que tras unos segundos en los que traté de recordar exactamente donde estaba y como y porque había llegado hasta ahí, me bajé de la Maggiolina de un salto, dispuesto a dar las explicaciones pertinentes.

Mientras Mariana se cambiaba, y yo me duchaba, pudimos escuchar lo peligroso que era acampar en aquella zona, la cantidad de delincuentes que andaban sueltos, y una larga lista de razones por las cuales no podíamos estar ahí.

Tardamos en torno a media hora en recoger todo, y finalmente uno de los agentes se subió en el coche para guiarnos a través de un pequeño pueblo muy pintoresco hasta comisaría, donde un montón de policías encantadores comprobaran que nuestros pasaportes estuvieran en regla. Tras charlar un rato con ellos y sacarnos un par de fotos, nos despedimos y proseguimos nuestro camino.

Con la policía hindú, por norma general siempre se debía actuar de la misma manera. Nunca había que quitarles importancia, pero había que tratarles de manera cercana y con sentido del humor. Sólo era cuestión de tiempo que se volvieran amigables y se interesaran por un “Spanish Journalist en pleno World Tour”.

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Continuamos hacia Tiruchirapalli, y no tardé en darme cuenta que la música del coche había dejado de sonar el día anterior, y no había vuelto a emitir sonido alguno. Sabía que el amplificador estaba algo delicado desde que saliendo de Nepal derramé sobre él, medio litro de jabón líquido de Marsella, así que me temí lo peor. Al menos después de aquello me había servido durante varias semanas de ambientador, cosa que ya no hacía.

Nos detuvimos en un par de pueblecitos que nos parecieron graciosos. Gente muy amable y hospitalaria como siempre, y por supuesto el mismo caos por las calles que en cualquier lugar del subcontinente. Animales de cualquier índole paseando a su antojo, y ningún tipo de norma de circulación aparente para nadie.

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Finalmente a la una de la tarde llegamos a nuestro destino. El único problema en el que caímos al llegar a aquella urbe de tamaño considerable, era que ninguno de los dos tenía la dirección del orfanato.

Tras preguntar a algunos lugareños, y comprobar que había más de ocho orfanatos por la zona, y ante la imposibilidad de llamar a Yaiza y a Mónica, ya que la idea era la de aparecer por sorpresa, nos fuimos a un Internet Centre, puesto que tenía las señas del orfanato en un correo de Yaiza de hacía algunas semanas.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando al abrir el correo, tenía un mensaje de Yaiza de hacía algunas horas, en el que además de expresarme su decepción por no ir a visitarla, me indicaba que aquella mañana partía en tren hacia Cochin.

Cochin era un pueblecito turístico que se encontraba en Kerala, en la costa oeste del país a diez horas de Tiruchirapalli por la línea férrea.

La última conversación que había tenido con ella fue hacía dos semanas. Le dije claramente que antes del sábado 4 de abril, el que era mi día preferido del año, pasaría a verla por el orfanato. ¡Y aun faltaba un día para aquella fecha!

En aquel momento me percaté de que aquella breve noche de descanso no había sido suficiente para sobreponerme del cansancio acumulado de los últimos días. Según el mensaje, Yaiza y Mónica se encontrarían en ese momento en un tren dirección a Cochin, y aquello no era nada bueno.

Apuntamos las señas del orfanato en un papel, y nos dirigimos a éste siguiendo las indicaciones de la gente de la zona por un laberinto de calles más angostas de la cuenta.

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Al llegar a la calle que buscábamos nos encontramos con una joven monja.

- Spanish friends of Yaiza and Mónica-. La dije.

Respondió asintiendo con una sonrisa, mientras señalaba al final de la calle y les decía algo a un par de niños, salieron corriendo frente a nosotros para indicarnos el camino.

Al llegar nos abrieron la puerta y entramos con el coche en el recinto. Un gran patio de tierra con palmeras y un montón de niños de color azabache correteando a un lado y a otro.

Mi sorpresa cuando vi aparecer a mis amigas entre los niños fue mayúscula pero del todo tranquilizadora. Aun no se habían ido.

Tras los abrazos y la bienvenida, llegaron las explicaciones de rigor y las presentaciones.

Yaiza y Mónica llevaban dos semanas trabajando en aquel lugar, con 160 niños huérfanos por el Tsunami que azotó la zona hacía varios años. Habían acudido a supervisar la correcta gestión del centro, después de haber acordado en Madrid con la fundación que se había ocupado de sacar el proyecto adelante, todo lo que necesitaban que llevaran a cabo.

No tardaron mucho en darse cuenta que la monja que dirigía el centro, no estaba desempeñando su labor correctamente, y tuvieron que poner un poco todo patas arriba para, después de hacer una limpieza general, tomar nota de todo lo que había que hacer para mejorar el funcionamiento general del orfanato y poder informar al detalle a la fundación en Madrid.

El centro tenía unas instalaciones estupendas, y contaba con los recursos necesarios para llevar a cabo la formación y el cuidado de aquellos 160 niños cómodamente. El problema era que faltaba una voz cantante que invirtiera correctamente los recursos y decidiera como hacer las cosas. La monja encargada de aquello estaba mayor y hacía lo justo y necesario para salir del paso: que los niños recibieran una educación muy inferior a la básica y cuidados hasta que tuvieran la edad suficiente para trasladarse a otro centro, o fueran adoptados.

Estaba seguro que con la persona correcta al frente de aquel lugar, no harían falta más de unos meses para que los niños empezaran a recibir una formación que les permitiera abandonar el orfanato hablando inglés y con una buena educación primaria. Aquello en La India, marcaría la diferencia entre ser uno más de los 700 millones que vivían por debajo del nivel de la pobreza, y tener la opción de conseguir un trabajo.

¿Qué mayor ayuda se podía prestar a aquellos niños huérfanos, que sacarles de la más absoluta pobreza y facilitarles el que pudieran hacer lo que quisieran con sus vidas? Una vez más, llegaba a la conclusión de que lo que más falta hacía en La India era formación. Desde mi punto de vista, lo más valioso que se le podía dar a alguien era el conocimiento suficiente para poder elegir con criterio propio. Me entristecía pensar que hubiera tanta gente con esa capacidad y que sin embargo no hiciera uso de ella.

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También conocí a otros dos jóvenes que estaban ayudando en el orfanato. Javi y Magda, dos españoles encantadores que habían pasado las últimas dos semanas con Mónica y Yai, y por cierto, también partían con ellas a Cochin en tren un par de horas después, y ya tenían los billetes.

No me sentí demasiado bien por trastocar los planes de todo el mundo, pero finalmente Javi y Magda partieron aquella tarde, y acordamos vernos en Cochin pasados dos o tres días.

Pasamos aquella tarde tranquilos en el orfanato, donde nos pusimos al día de nuestras últimas andanzas y planeamos lo que haríamos la semana siguiente. Mónica y Yaiza debían volver a España dentro de ocho días desde Bangalore, que era una ciudad bastante céntrica del sur del País.

Sabiendo eso, y también donde estarían Magda y Javi, trazamos en un mapa una línea lo más pintoresca posible por el sur del País, que llegara hasta la puntita de abajo, que después pasara por Cochín y terminara en Bangalore.

Disponíamos de una semana para recorrer ruta bastante completa por el sur de La India, y sin embargo Mónica dudó bastante entre venir con nosotros o irse con Javi y Magda, ya que por alguna extraña razón, dudaba que fuera a estar en Bangalore a tiempo para coger su vuelo si venía conmigo. No entendí lo que la podía hacer pensar tal cosa.

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Después de Bangalore, mariana y yo nos dirigiríamos de nuevo a Chennai que se encontraba a tan solo 300km, y donde dispondríamos de 4 días antes de que saliera su avión para buscar un par de botellas de bucear cargadas de oxígeno y hacer los preparativos pertinentes para mi partida hacia Nepal.

Al día siguiente por la mañana, mientras las niñas llevaban a cabo las compras de última hora, yo me fui en busca de un taller para hacer algunos arreglillos de última hora, tales como recargar el gas del aire acondicionado de el coche que no enfriaba absolutamente nada.

No tardé en encontrar un taller donde me ofrecieron recargármelo en una hora y a un precio muy razonable, así que no me lo pensé demasiado.

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Mientras esperaba, un coche de una edad considerable pegó un bocinazo con una potencia que me dejó atónito. El mecánico del taller, que estaba junto a mí, me entendió perfectamente cuando le dije que quería en mi coche un pito exactamente igual que el que acababa de sonar.

Cargar el gas del aire acondicionado, reemplazar la bocina de Andrés por una extra-potente, e inutilizar el amplificador del equipo de música que había pasado a mejor vida, me llevó media mañana.

La otra media la pasé en un taller eléctrico de coches, donde me hicieron una instalación de música nueva de la radio directamente a los altavoces.

Después de cargar el coche con el discreto equipaje de las damas, y explicarles donde se encontraba ubicada cada cosa y como se abrían y cerraban las puertas, cajas y cajones, llegó la hora de la amarga despedida de madre e hija con los niños.

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Besos, abrazos, llantos… y un montón de maravillosos recuerdos “de esos que ya no se olvidan”.

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La despedida de Yaiza y la monja directora del Orfanato, nos amenizó bastante la interminable salida por las atestadas calles de Tiruchirapalli.

- Adiós Hermana. Sepa usted que aunque no le haya gustado que vengamos, ¡volveremos!-. Le dijo Yaiza a aquella monja que se quedó con cara de póker.

Su respuesta, fue tan sorprendente como sincera…

- WHO TOLD YOU!!?? WHO TOLD YOU!!?? (Quién te lo ha dicho!!??)-. Repetía una y otra vez aquella monja indignada.

Desde un principio viajar con las chicas fue un agrado y no tardé mucho en darme cuenta que no solo no me darían más trabajo, si no que me quitarían la mayor parte de éste.

En seguida Mariana se agenció por sugerencia común el mapa. Desde el principio desempeñó perfectamente su función de indicadora de rutas y preguntadora oficial de direcciones por la ventanilla. Al menos hasta que nos dimos cuenta que la gran mayoría de los Indus no hacían caso a las mujeres, hasta el punto de ni siquiera querer contestarlas.

Mónica, que iba de copiloto, a pesar de no desempeñar con total precisión su labor de indicarme cuando podía o no podía adelantar, no protestó ni una sola vez por los autobuses que pasaban silbando a pocos centímetros de su cristal, o por las bicicletas repletas de cocoteros que aparecían de la nada y se cruzaban en nuestro camino haciéndome maniobrar bruscamente.

Recorrimos en algo más de un par de horas, la mitad de la distancia que nos separaba de Madurai, una antiquísima ciudad hindú que teníamos intención de visitar al día siguiente.

Mis tres compañeras superaron con creces la prueba de cenar en un chiringuito de carretera hindú, un poco de pollo con salsa picante servido sobre una hoja de palma con algo de pan.

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No sin que antes me aseguraba de que la cocina cumplía unas normas mínimas de higiene.

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Nos desviamos de la carretera por un camino de tierra que seguimos durante un par de kilómetros, y nos detuvimos detrás de unas rocas en un lugar propicio para pernoctar. Solitario, resguardado, silencioso, fresco y plano.

Yaiza no tardó en convertirse en la encargada de la Maggiolina, y Mónica (desde esa misma noche “Supermom”) de que todo lo que desordenábamos volviera a su lugar de origen. Mariana por su parte, ya sabía montar mi invento-cama mucho mejor que yo, y esa misma noche me advirtió que habría que inventar algún sistema para reforzar las barras del soporte delantero, que estaban empezando a doblarse hacia detrás debido a nuestro peso.

Pasamos una agradable velada bajo la luz de la luna amenizada con música hindú de algún pueblo cercano. Acampar en un lugar tan solitario como el que nos encontrábamos, era algo que hacía unos meses hubiera jurado que era imposible de encontrar en La India.

Debido a las prisas de mi viaje hacia el sur, no me había podido para a pensar bien en las grandes diferencias que estaba encontrando con el norte del país. La primera que saltaba a la vista, era que la gente tenía la piel mucho más oscura. Esto era debido a que los Indus del sur provenían de la raza originaria de La India, y los del norte sin embargo eran mestizos de las razas que entraron a lo largo de los siglos por el norte del país y por Pakistán, que hasta hace medio siglo formaba parte de La India o Industán. Por el sur era mucho más complicado acceder al país, ya que estaba rodeado por mar, así que la raza se mantuvo.

Otra gran diferencia era que, por extraño que pareciera, había bastantes lugares despoblados. Al menos lugares en los que no se veía gente alrededor (a pesar que sí la hubiera) en algunos kilómetros a la redonda.

A la mañana siguiente para mi sorpresa, nos pusimos en marcha algo más rápido y temprano de lo que esperaba. Tras pasar todos por la ducha partimos hacia Madurai a primera hora de la mañana.

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Camino de Madurai pudimos hacer una parada estratégica para bebernos el contenido de unos cuantos cocos, que siempre que a uno le apeteciera se podían encontrar apilados sobre bicicletas a los lados de la carretera. A su lado solía encontrarse un hindú de aspecto menudo con un gran cuchillo en forma de boomerang. Con un par de cortes certeros, hacía un pequeño agujero en la parte superior del coco, por el cual metía una pajita para que su contenido pudiera ser absorbido cómodamente.

Si a uno le apetecía comerse la carne del interior, no tenía más que entregarle el coco de vuelta una vez terminado, para que con otro par de certeros cortes, lo seccionara por la mitad y con un giro de muñeca le sacara aquella blanca y dulce gelatina.

Tras una breve parada en una enorme cantera desde lo alto de la cual se tenía una preciosa visión panorámica de todos los pueblecitos de alrededor, a medio día llegamos a Madurai.

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Pasamos algunas horas conociendo aquella antiquísima ciudad plagada de enormes templos, que eran altísimas construcciones de lo más alegres y coloridas.

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Había gente por todos lados pero el ambiente era jovial y agradable.

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Mucho turismo hindú y sin embargo poco extranjero, hacía de aquel lugar tremendamente auténtico.

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Paseamos por un mercado de telas que se encontraba en el interior de un impresionante edificio de piedra diáfano, de más de mil años de antigüedad. Era uno de los mercados más bonitos que había visto.

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Aprovechamos para hacer algunas compras, y un amable tejedor accedió a hacerme un pequeño remiendo in situ a un bolsillo roto de mis pantalones.

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Tras comer en un sitio hindú más que decente, abandonamos Madurai y nos dirigimos a la costa.

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Atravesamos varios pueblecitos de lo más pintorescos, con carreteras que recordaban a la sabana africana.

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Y con gente de todo tipo.

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En un par de horas y tras una ardua búsqueda, llegamos finalmente a una playa sin gente alrededor, frente a la cual había un campo de Palmeras. Una vez más, un sitio perfecto donde montar el campamento.

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El segundo día todo fue aun más rápido y fácil que el primero, y antes que me diera cuenta, me estaba pegando el primer baño nocturno de mi vida en las cálidas aguas del océano Índico. La noche bajo el cielo estrellado fue de lo más agradable salvo por la incómoda sensación de tener agua en mi oído izquierdo, que se me metió mientras hacía el muerto, y no fui capaz de sacar, a pesar de saltar repetidas veces sobre mi pie derecho, y soplar por la nariz tan fuerte como pude.

A la mañana siguiente, nos despertó un curioso tipo de piel oscura, que trepaba de palmera en palmera para recoger con un cazo y un ritual tremendamente curioso la salvia de las ramas de lo alto del árbol.

Partimos hacia Kapekumari, lugar al cual llegamos a la hora de comer. Según me habían informado en Calcuta, el punto de tierra más al sur de La India era un recóndito lugar cuya belleza no tenía parangón y desde donde uno podía ver al sol ponerse y salir por el océano.

Lo del sol sería verdad cuando no hubiera nubes, pero lo de recóndito y bello estaba bastante lejos de la realidad. Repleto de hoteles y complejos turísticos, era el último tipo de sitio en el que me gustaba dejarme caer cuando viajaba.

A media tarde partimos costeando en busca de algún lugar para acampar, pero la tarea no fue nada fácil. No había un solo sitio despoblado. Finalmente vimos un precioso pueblo costero, tras el cual nos dijeron que había varias playas sin gente.

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Por caprichos del destino, alguien había decidido en algún momento que los coches que llevaran una Maggiolina sobre el techo no podían atravesar el único puente que llegaba al pueblecito, así que nuestro gozo cayó en un pozo y tuvimos que dar media vuelta.

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Finalmente, tras recorrer varios caminos de arena, y que en una ocasión hiciera falta “aligerar” el coche para poder salir del paso, encontramos una playa completamente desierta en la que pudimos pasar la noche.

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Aquella noche, el oído izquierdo me estuvo molestando, casi tanto como las gotas de rocío que comenzaron a caer junto a mi cabeza a primerísima hora de la mañana. Al final entre unas cosas y otras, no pegué ojo. Para colmo, por la mañana nos pegamos un baño en el mar que hizo que el estado de mi oído empeorara considerablemente.

Pero menos mal que todo el resto de las cosas iban como la seda, porque a mis niñas no se les escapaba una.

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Si se me olvidaba la manivela de la Maggiolina. ahí estaba Yaizita para recogerla. Si me iba a tragar a una bicicleta cargada con Bananos, ahí estaría Supermom con sus súper cuerdas vocales a punto. Y sin duda, si el morro de Andrés apuntaba hacia un punto cardinal que no era el correcto, ahí estaría algún Hindú que respondería rápido ante un “-¡Hello, hello, hello!”

La ruta hasta Cochin no tuvo nada que ver con el tipo de caminos que habíamos seguido hasta entonces. Fuimos costeando y no tardamos en darnos cuenta que aquella costa era mucho más turística que la opuesta. Tardamos más de ocho horas en recorrer algo menos de 200km.

Pocos fueron los momentos en los que no estábamos circulando entre interminables filas de tiendas, talleres, locales, casas y construcciones de toda índole. Siempre con coches, camiones, autobuses y animales cruzando, pitando, y adelantando donde no debían.

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A media mañana me empezó a invadir el implacable Morfeo, viéndome obligado a detenerme en un pequeño bar de carretera para tomarme un té bien cargado para poder continuar. Pocas eran las cosas que me gustaban menos que conducir con sueño. (Gran lección Germilín).

Llegamos Cochin siendo ya de noche y bajo un tremendo aguacero que no nos permitía ni tan siquiera abrir la ventanilla para preguntar la dirección del lugar al que nos dirigíamos. Cuando por fin encontramos el hotel de Javi y Magda, llegó la Jaimitada que tantos días llevaba esperando. No fue nada grave, pero sí que hizo que mi estado somnoliento, tornara a resolutivo.

Para tener el coche controlado y no mojarme demasiado, decidí aparcar en la misma puerta del hotel, sin darle demasiada importancia al pequeño riachuelo que corría por una acequia en todo el borde de la calle.

Cuando fui a pegar el coche al muro que había junto a la acequia, las dos ruedas del lado derecho se metieron por completo en el agua, cuya profundidad no se me ocurrió que pudiera ser de casi un metro. El pobre Andrés se quedó apoyado en el muro por las barras de la baca, que sobresalían casi 20cm por ambos lados, y con las ruedas del lado derecho suspendidas en el agua sin llegar a tocar fondo.

Decidí no tocar más el coche hasta que pasara el aguacero y meterme en el hotel, donde Magda y Javi nos esperaban junto a un tipo Palestino encantador y una española llamada Nuria. En lo que duraron las presentaciones, y nos pusimos al día, dejó de llover, y pudimos salir a intentar sacar el coche.

Media hora después estaba el coche fuera de la acequia, con un balance de daños bastante alentador. Tan solo se había roto una parte de aquel gran aparato metálico que frenó la embestida del autobús, el gato Hi-Lift. Curiosamente no lo rompí al golpearlo contra el muro, ya que se encontraba en el lado opuesto, si no mientras levantaba el coche para meter algo bajo las ruedas.

Por alguna misteriosa razón, una parte del gato se quebró mientras hacía palanca. Aquello, hubiera hecho caer el coche a la acequia, pero la rueda trasera cayó exactamente sobre los cuatro centímetros de suelo que había entre la acequia y el muro.

Aquello fue suficiente para que la rueda traccionara y aquel pequeño incidente se solventara.

Aquella noche nos pegamos el lujo de coger una habitación de hotel para los siguientes dos días, después de los cuales partiríamos a Bangalore

Cochin, a pesar de ser un lugar bastante turístico, tenía su encanto. La gente de la zona era amable y divertida, y nos encontramos con personajes de lo más curiosos, como un hindú Rastafari que pintaba cuadros con estilo propio, o un graciosísimo tipo de una tienda de la zona que sintió especial afinidad por mí, un hecho curioso que no era la primera vez que sucedía aquellos días.

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Al día siguiente nos despertamos pronto y desayunamos todos juntos en un agradable lugar llamado Teapot, donde aunque tardaban bastante en servir, tenían unas tortitas y unos batidos riquísimos.

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Mariana, Yaiza y yo, decidimos ir en busca de un soldador donde reparar la pieza dañada del gato. No fue una tarea difícil, y en poco tiempo aquel trozo de metal partido recuperó su forma original.

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También aproveché para pedir que me soldaran uno de los soportes del asiento del conductor de Andrés, labor durante la cual, un tipo borracho que rondaba por ahí comenzó a acosarme. No le dí demasiada importancia hasta que el tipo se empezó a poner algo agresivo, y sin saber muy bien lo que hacer, le propuse un juego.

- Mira, déjame tu mano, que te voy a enseñar un juego-. Le dije mientras le colocaba la mano sobre la bandeja del maletero del coche.

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El tipo, que pensó que su hombría estaba en juego, no dudó en dejar la mano en aquel lugar, de lo cual no tardó en arrepentirse.

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Como teníamos todo el día por delante, nos aventuramos a llevar acabo una idea a la que llevábamos dando vueltas los últimos días. Cómo reforzar la nueva cama del capó para que fuera más sólida y aguantara más peso sin doblarse.

Para ello, nos fuimos a un almacén de hierros, donde pasamos toda la mañana tomando medidas y cortando tuberías.

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Cuando todo el material estuvo listo, cortado y preparado, comprobamos que no hiciera falta nada más, y después de que Marianita se hiciera cargo de la factura, ya que me dijo que aquel invento sería un regalo suyo, nos hicimos con un papel y un lápiz, para dibujar cómo ensamblaríamos aquellos 11 metros de tubos y barras de tal manera que hicieran su función de la manera más estética posible.

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Después de comer en un restaurante local, repleto de mesas con Indus con inmensos platos de arroz con pollo, nos dirigimos a un taller de soldadura en el que pasamos la tarde trabajando en el invento.

Al final del día se quedó todo listo y pendiente tan solo de darle una capa de pintura negra.

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Aquella noche después de cenar pasamos a hacer una visita al pintor Rastafari por su casa/taller/galería, y mantuvimos una agradable y colorida tertulia hasta pasada la media noche.

A la mañana siguiente después de un curioso desayuno a base de fruta y torrijas, fuimos a recoger e instalar el invento ya terminado. Desde aquel momento, dos tubos metálicos negros de dos metros y medio descansarían a los lados de la Maggiolina fijados mediante resistentes soportes de hierro a las cuatro barras de la baca.

En su interior, había otros dos tubos de igual distancia pero menor diámetro que al sacarlos hacia delante encajarían exactamente con dos pivotes soldados en las barras de la parte delantera del coche. La Cama ya tendría 4 lados rígidos, y no se doblaría hacia ningún lado.

Si los tubos se sacaban hacia detrás, se convertía en un toldo para el sol de un tamaño estupendo.

Aquello además de ser una obra de ingeniería, era uno de los regalos más originales que me habían hecho nunca.

Las chicas aprovecharon esa mañana para hacer las últimas compras del viaje, ya que aquella tarde partiríamos hacia Bangalore. Dimos con una tienda preciosa, en la que los dueños a demás de caerles estupendamente, nos rellenaron el bidón de agua potable y nos asesoraron en todas nuestras necesidades.

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Tras una ligera comida de despedida partimos hacia Bangalore.

Había unos 600km de distancia desde Cochin, así que decidimos avanzar ese día lo máximo posible para evitar cualquier contratiempo de última hora, y en caso de haberlo al menos estar lo más cerca posible del aeropuerto. Para tranquilizar a Mónica siempre le decía que ya estaba a distancia de Tuc-Tuc y que no debía preocuparse. Los Tuc-Tuc eran carricoches de tres ruedas de los cuales La India estaba plagado.

Tomamos la carretera que subía hacia el norte por la costa, y no tardó en anochecer. Después de varias horas por las mismas avenidas interminables que habíamos estado recorriendo hasta entonces y que en una ocasión estuviera lo más cerca que había estado nunca de atropellar a alguien, decidí cambiar la ruta y desviarnos hacia el interior.

La decisión no pudo ser más acertada, ya que desde ese momento no volvimos a ver un solo vehículo y no tardamos en encontrar un tranquilo lugar en lo alto de una montaña donde poder acampar.

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Amanecimos en aquel tranquilo lugar, y lo primero de lo que me dí cuenta al despertarme es que el oído izquierdo me dolía bastante más de lo habitual. Supermom no tardó en fabricar con una horquilla y algo de algodón, un bastoncillo con el cual ponerme algo de alcohol en el interior del canal auditivo. Si ese día no mejoraba debería empezar a tomar antibióticos para prevenir una infección.

La ruta por el interior de Kerala fue mucho más agradable que por la costa. Las carreteras serpenteaban a través de montañas con frondosa vegetación, y nos dirigimos a un parque natural en el que según leímos en nuestra guía había tigres y elefantes

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Pasamos toda la mañana por caminos de tierra plagados de monos, cervatillos, y abundante fauna y flora en general. Me parecía increíble que se pudieran ver tantos animales por aquellos lugares.

Ya pasada la hora de comer, llegamos a una garita donde nos informaron que el parque natural era el tortuoso camino que llevábamos recorriendo las últimas horas.

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Según nos informaron los guardas, debíamos haber cogido un guía 40km atrás, que se subiera en nuestro coche y nos indicara las rutas interiores por donde se podían ver a los tigres y a los distintos animales que poblaban aquella reserva.

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Decidimos no volver atrás, ya que se nos haría tarde, y aún debíamos recorrer varios kilómetros antes de llegar al lugar donde pensábamos pernoctar, que se encontraba junto a unas conocidas cataratas a tan solo 100km de Bangalore.

Pasamos nuestra última noche en una gran explanada de tierra después de haber recorrido varios kilómetros por escarpados caminos y por campos de siembra.

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Una amable familia de pastores que pasaba por ahí, nos pasó a visitar ofreciéndonos comida. Aquello era algo que solía pasar en el sur del país siempre que alguien pasaba junto a nosotros en pleno asentamiento. La amabilidad, hospitalidad e inteligencia de aquellas gentes era muy superior a la de la mayoría de las zonas del país que había conocido hasta entonces.

A la mañana siguiente, pasamos a visitar aquellas famosas cataratas, y nuestra impresión de aquello no pudo ser mejor. A pesar de estar lleno de Indus domingueros, el sitio era del todo auténtico.

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Después de una larga ascensión por la montaña de la catarata, alcanzamos un remanso de agua en el que nos pudimos pegar un baño en la más completa intimidad, y prepararnos para el caos que supondría la entrada en la ciudad más civilizada y con más tráfico de todo el país.

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Una vez llegamos a Bangalore, comimos algo y nos dirigimos al Aeropuerto, donde para tranquilidad de Supermom, pasamos las últimas horas juntos en una agradable placita a una prudencial distancia de la terminal.

Me entristeció enormemente despedirme de las que durante una semana habían sido mi esposa y mi querida hija, a la par que una gran sensación de incertidumbre se apoderó de mí ¿quién mantendría el coche ordenado… quién se ocuparía de la Maggiolina… quién me prepararía el desayuno a partir de entonces?

Aquel tremendo shock, al que se sumó el que me diera cuenta que tenía una rueda del coche más baja de la cuenta, hizo que el batido de fresa que me acababa de tomar me empezara a sentar mal en la tripa y el dolor de mi oído izquierdo se agudizase.

De lo que no cabía duda, era que aquella semana había hecho que se me quitara todo prejuicio negativo que tuviera a cerca de viajar con mujeres.

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12 AL 25 DE ABRIL. TREMENDA DECEPCIÓN. PERO A FALTA DE PAN… BUENAS SON TORTAS.

April 27th, 2009

La despedida de madre e hija fueron a cual más amarga. Siempre pensaba que viajar con la gente, creaba lazos “diferentes” a los del día a día en la gran ciudad. Creo que cuando uno se encuentra fuera de lo que conoce, rodeado de gente extraña, que habla en distinto idioma, y por supuesto con costumbres y formas de actuar del todo diferentes a las de uno mismo, sacamos a relucir nuestro yo más inocente y verdadero.

Una de las cosas más curiosas de viajar me parece sin duda el que uno se hace muchas preguntas que no se hacía desde la infancia. Las acciones diarias más sencillas y cotidianas se vuelven completas desconocidas al verlas en personas de cada cultura y muchas veces de cada país. Hay por todos lados objetos desconocidos, gestos desconocidos, talleres desconocidos… todo funciona diferente, parece diferente… y es diferente.

Lo que pasó desde el momento en que se fueron Yaiza y Mónica, hasta el día de hoy (26 de abril), en el que me encuentro en la única playa sin gente de La India, recostado en una hamaca casera construida sobre el capó del coche, agotando las últimas reservas de batería de mi querido Andrés, que ya hace un par de días que no arranca, y pensando como subir a Nepal sin pastillas de freno, sin tienda de campaña y sin rueda de repuesto, es algo largo de explicar.

Todo comenzó con una rueda pinchada en aquel aeropuerto de Bangalore. La primera rueda pinchada de todo el viaje, y tenía que ser justo cuando iba solo con una rueda de repuesto (había dejado la otra en Calcuta).

Aquello nos obligó a repararla, y de ella salió la espina de madera más dura que hubiera visto en mi vida. Medía 4,4 centímetros y ahora mismo descansa sobre mi cuello atada a un cordel negro (muchísimas gracias, Lady Marian).

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Mientras reparaban el primer pinchazo del viaje, pude comprobar que una de las pastillas de freno de los discos delanteros estaba gastada por completo y a penas faltaba un milímetro para que el hierro empezara a arañar el disco.

Por que no me llevé un juego de pastillas de repuesto en la caja de los repuestos, era un gran misterio. Pero el mayor misterio de todos, era donde encontraría unas pastillas para mi coche en un país que solo tiene los coches que él mismo fabrica, y desde luego Andrés no era uno de ellos.

A mitad de camino se nos ocurrió (en realidad se le ocurrió a Mariana), buscar en un “Internet centre” las direcciones de los centros de buceo en Chennai. Así iríamos a tiro hecho a por las botellas de oxígeno, y el mismo día que se fuera Mariana podría partir directamente a Nepal a sacar la canoa de Mana.

Después de comprobar que no había ni un solo centro de buceo en Chennai o alrededores, se nos quedó una tremenda cara de bobos al ver que sí que lo había en Bangalore, la ciudad por la que habíamos pasado el día anterior. Y no solo eso, era el único centro de buceo de La India con tienda de material subacuático.

Evidentemente, dimos media vuelta y volvimos rumbo a Bangalore, no sin antes hacer algunas paraditas obligadas.

La primera para subirnos a una gigantesca roca, en lo alto de la cual había una cueva repleta de murciélagos en la que descansaba una serpiente a la que todo un pueblo Veneraba.

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La segunda, ya de noche, cuando decidí de manera unilateral, subir a lo alto de una roca que había junto a un lago para acampar. Aquello hizo que pinchara la rueda que me acababan de reparar, rompiera una eslinga (Cuerda ancha de nylon) y partiera una barra de debajo del coche que parecía importante.

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Por la mañana, no entendiendo porque subí a aquel lugar de noche, tuve que valerme de la ayuda de la amable gente de un pueblo cercano para mover algunas piedras y poder bajar sin más percances.

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Aquellas mismas buenas gentes, nos invitaron a conocer su aldea, que era diminuta, pero de lo más acogedora. Visitamos el templo, siguiendo sus tradiciones religiosas de correr a un lado y a otro alrededor de piedras talladas.

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Una de las familias nos invitó a su casa a desayunar la comida típica de la zona, una enorme bola de arroz generosamente aderezada y una leche agria un poco peleona.

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Finalmente llegamos a Bangalore, donde no tardamos en encontrar el lugar que buscábamos. Lo primero que vimos al llegar, me llenó de regocijo ¡¡botellas de oxígeno!! ¡¡ Y las había a montones!!

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Estaban en una escuela de buceo llamada Planet Scuba, y tras contarles toda mi historia a cerca de la canoa de Nepal, el dueño accedió a prestarme las botellas, siempre y cuando las devolviera en buen estado.

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Sin embargo, por caprichos del destino, en el centro había un instructor de buceo inglés, tremendamente prepotente, pero que parecía saber bastante de su oficio. En cuanto se enteró que ni siquiera tenía las tablas de descompresión necesarias para bucear a la altitud del lago de Nepal, quiso tener una charla a solas conmigo.

Me explicó que el buceo en altura no tenía nada que ver con el buceo al nivel del mar en cuanto al tiempo que se podía pasar a las distintas profundidades. La diferencia de presión era mucho mayor. Me dijo que probablemente a veinticinco metros de profundidad y a la altura que había en Pokhara, no podría pasar más de quince minutos en el fondo.

Cuando le dije que haría la inmersión sólo, me aseguró que no saldría de aquel lago con vida. Cuando le dije que tenía un principio de otitis en el oído izquierdo, dio por zanjada la conversación.

Aquella fue una de las pocas veces en mi vida en que renunciaba a algo que se me hubiera metido entre ceja y ceja, pero tenía la extraña sensación que mi ángel de la guarda no se aventuraría a bajar conmigo a las profundidades de aquel lago.

Era impresionante como cuando uno viajaba con la casa a cuestas, la vida podía en unos minutos, dar giros de lo más inesperados. Si no podía subir a Nepal, de repente un montón de cosas dejaron de tener sentido.

Entonces recordé la célebre frase de “A falta de pan…”

Mana lo que necesitaba una Canoa. Y por mucho cariño que le había hundido, una que le llevara yo del sur de La India, también le serviría, y seguro que le haría mucha más ilusión. A demás seguro que si a mi amigo Víctor, de Océano V5 se lo proponía en un par de años, se animaría a montar una expedición de buceo a Nepal con el material y la preparación adecuada.

Ni cortos ni perezosos, nos recorrimos toda la ciudad en busca de una Canoa de fibra de vidrio o alguien que la fabricara. En ello empleamos dos días tras los cuales nos convencimos de que no encontraríamos ninguna canoa de Fibra, que no fuera por encargo y para recoger dentro de un mes, previo pago de una cantidad ingente de dinero.

Lo mismo sucedía en todo el resto del país. En La India no había canoas. A pesar de inventarlas los indios, por alguna extraña razón, tras el paso de los años habían caído en el olvido.

En lugar de ir a Chennai directamente, decidimos al menos pasar a visitar un parque natural de tigres y elefantes que había a un par de horas de la ciudad. Al llegar pudimos comprobar que junto a la puerta cerrada, había un cartel que decía “cerrado martes”. Si algún día descubría que en alguna parte de la guía que seguía Lady Marian, advirtieran de los horarios, juré que desvelaría sus secretos más íntimos. Evidentemente, ERA martes.

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Antes de llegar a Chennai, hicimos una parada en una antiquísima ciudad en la que visitamos un templo con más de mil años de antigüedad. No logré en entender como la gente podía andar descalza sobre aquel suelo de piedra que no dejaba de darle el sol.

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Cuando llegamos a Chennai, por increíble y surrealista que pareciera, Mariana perdió primero el móvil, y acto seguido el avión. Y no fue por ninguna Jaimitada, si no por fiarse de un hindú que le indicó la hora de embarque que leía en una libreta que según me pareció ver, leía del revés.

Así pues, aquella madrugada Mariana y yo nos encontrábamos en un oscuro barrio, de una inmunda ciudad, en situaciones a cuál más disparatada: ella sin poder volver a casa, por fiarse de la hora que le decía un hindú con corbata. Yo, sin saber muy bien si tirar para Calcuta, o adentrarme en Pakistán de vuelta a España. Sin botellas, sin canoa y sin pastillas de freno.

Pero como decía siempre mi muy sabio amigo Manolo, Dios aprieta… pero no ahoga.

A la mañana siguiente, no habiendo vuelos de vuelta a España hasta varios días después, decidimos partir a primera hora hacia alguna zona costera con playas.

A penas tardamos una hora en encontrarla, y con el mar cerca ya se empezaron a ver las cosas de otra manera. Daba igual en el rincón del mundo que me encontrara, si tenía cerca el mar, solo tenía que buscar un lugar sin gente para ser la persona más feliz del mundo.

Mariana insistió en que buscáramos una canoa en aquel lugar, así que nos pusimos manos a la obra.

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No tardamos en encontrar el centro de recreo marítimo de la zona. Una especie de mini-puerto, propiedad del gobierno, donde tenían varias barcas a motor en las que paseaban a la gente por la bahía.

Entramos a preguntar, y nos recibió el director de aquello. Al tipo lo pillamos comiendo, y jugueteaba con el arroz entre los dedos mientras nos explicaba lo complicado que sería encontrar una tienda que vendiera canoas por aquella costa.

Debimos caerle bien, o debió apreciar un ligero tono de desesperación en mí voz, cuando empecé a explicarle mi viaje por el mundo, mi paso por Nepal y sus consecuencias, el envío de mi coche, etc. Tas hacer unas consultas, el tipo nos dijo que tenían algo que “quizás me pudiera valer”, pero que tendría que recogerlo y registrarlo a mi nombre en otro pequeño puertecito que había 60km al sur de donde nos encontrábamos.

Partimos raudos y veloces a aquel lugar, y no me lo pude creer cuando vi lo que aquel tipo que jugueteaba con el arroz creyó que me “podría valer”…

Aunque necesitaría algunas horas de trabajo y unas manos de pintura ¡habíamos encontrado una Canoa en toda regla!

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Los tipos de aquel lugar no debieron entender muy bien mi euforia por adquirir aquella canoa vieja y deteriorada, pero pusieron gran empeño al ayudarme a cargarla sobre el coche. Aquello fue posible gracias al invento que me había regalado Lady Marian, que parecía hecho a medida para transportarla y estaba seguro que aguantaría el viaje hasta Nepal.

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En aquel lugar, registré la embarcación a mi nombre, y pagué por ella la suma de 75 Rupias, o lo que era lo mismo, Un Euro. Aquella fue la cantidad que el director del pequeño puertecito había decidido cobrarme por la canoa.

Nos dirigimos de vuelta al primer puerto, y el mismo tipo que me había vendido la canoa nos presentó a un artesano de fibra de vidrio.

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El tipo se se comprometió a trabajar los siguientes días en la canoa para dejarla como nueva.

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El trabajo fue laborioso, y al poco de terminarlo, conseguimos que un pintor se ocupara de pintar el casco del único color que se le podía pintar una canoa a Mana.

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Finalmente y muy a mi pesar, Lady Marian me abandonó. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, sentí una pequeña punzadita de soledad… pero de ese tipo de soledad que a uno no le hace demasiada gracia.

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Los siguientes días traté de encontrar alguien que me pudiera pintar algo bonito en el interior de La Canoa, pero en el sur de La India no abundaban los pintores artísticos.

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Después de aquello, pasé un par de días en soledad, en una “poco accesible” playa, después de haber gastado por completo la batería del coche por haber usado demasiado el portátil.

No había nada que se le pareciera a unas pinzas con las que pudiera arrancar el coche en ninguno de los pueblecitos de la zona y tampoco era posible llegar con ningún coche hasta el lugar donde me encontraba.

Tampoco tenía rueda de repuesto ya que se había vuelto a pinchar, y en un taller de neumáticos me dijeron que la única solución para repararla era ponerle una cámara. Por supuesto no tenían constancia de ningún lugar en el que pudiera encontrar una cámara para la extraña medida de mi rueda.

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Para colmo de males, aunque lograra llevar un par de baterías hasta aquella playa, y lograra arrancar el coche con cables caseros para partir de una vez por todas a Nepal, se me acabarían los frenos mucho antes de poder llegar si quiera a Calcuta, lugar al que sí que me podrían enviar las pastillas desde España en pocos días.

En aquella tesitura me encontraba cuando llegó Mageshuaram, el joven hindú que cada tarde me traía la cena desde su cercano pueblecito.

- ¡Hello Sarto, chicken rice is here! (¡Hola Sarto, el arroz con pollo ha llegado!)-. Gritó el pequeño Magesh, que cada día aparecía con un amigo distinto.

- Sarto, this is my friend Vicky. He is an artist. (Éste es mi amigo Vicky. Es un artista)-. Dijo mientras su joven amigo me estrechaba la mano.

- An artist? What kind of artist? (¿Un artista? ¿Qué clase de artista?)-. Le pregunté extrañado.

- A painter. (Un pintor)-. Dijo inocentemente aquel joven de 14 años mientras hacía un trazo en el aire con la mano.

Le pregunté cómo de bien pintaba, y me dijo que podía pintar cualquier cosa que le diera.

Se me ocurrió que si aquello era verdad, podría encontrarme ante la única persona en muchos pueblos a la redonda, capaz de decorar el interior de la canoa de Mana. Para ponerle a prueba, le entregué una camiseta de “La Vuelta al Mundo de Sarto” y le dije que me dibujara el logo en algún sitio, y que volviera al día siguiente con Magesh a medio día.

Dediqué la mañana siguiente a conseguir que un tipo de lo más peculiar, acudiera hasta mi coche con una enorme batería sobre la cabeza, y con unos cables de excepcional grosor, logramos arrancar a Andrés.

Cuando apareció Magesh, pude comprobar que el pequeño Vicky sabía pintar, y nos fuimos al lugar donde se encontraba la canoa para ponernos manos a la obra.

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Aquel pequeño dejó claro que realmente era un artista.

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El 28 de abril, ya con la canoa terminada, solo debía esperar un día a que la pintura secara y por fin partiría a Nepal. Solo esperaba no tener más pinchazos, ni que pegar demasiados frenazos hasta llegar a Calcuta.

El nombre de la canoa, pensé que no podía ser otro que el de la persona sin la cual aquella embarcación seguiría en el dique seco del pequeño puerto de un diminuto pueblo pesquero al sur de La India

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20 al 25 de marzo. Madrid – Londres – Calcuta. Back home.

March 28th, 2009

Tras casi dos días de vuelo, finalmente llegué a Calcuta.

Obi, mi amigo hindú me recibió con los brazos abiertos y tras un par de días con su familia, pudimos arreglar todo para ir al puerto a ver a Andrés.

Nos dirigimos al puerto de carga con una de las personas que trabajaban en la oficina, que iba para continuar con el papeleo para sacar el coche. El trayecto se me hizo interminable y no pude hacer otra cosa que pensar si realmente estaría, y de estar, en que estado sería.

Cuando llegamos, me dijeron que habían tenido que moverlo porque estaba estorbando, y se lo habían llevado a una “Warehouse” que había enfrente.

Acudimos prestos al lugar, que estaba al otro lado de la calle, y nada más pasar el control de seguridad pregunté con todo tipo de aspavientos por un Toyota grande rojo. Los guardas, que estaban detrás de un mostrador, se rieron y señalaron hacia un pequeño patio que había justo después de la garita.

Recorrí en un par de segundos la distancia que me separaba del lugar, y al llegar me detuve en seco. La sangre se me heló, y un montón de lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas. Lo que se supone que era Andrés, no era más que parte de él. Le faltaban las ruedas, tenía todos los cristales rotos, y no había absolutamente nada en su interior. Le habían arrancado las defensas y los focos, y si algún día existió una Maggiolina sobre él, no quedaba rastro alguno de ella.

Justo en ese momento se acercó un guardia a mí, y me dijo que lo habían encontrado así y que lo sentía mucho…

El impacto de las ruedas del Boeing al tocar suelo británico, hizo que me despertara sobresaltado. ¡Estaba completamente desconcertado con la pesadilla tan horrible que acababa de tener! Lo último que recordaba, era estar corriendo por el aeropuerto de Barajas con una enorme mochila, y la cámara de fotos al hombro, mientras por megafonía se escuchaba la voz de una irritada señorita repitiendo una y otra vez mi nombre al final de la típica frase de “Última llamada para el pasajero…”.

En otra situación, hubiera apostado por que yo no era el tipo de persona que puede confundir en un billete, el número de una puerta de embarque con su número de asiento… pero cuando a uno le sacan de una fiesta a las cinco de la madrugada, y le sueltan en el aeropuerto con una mochila de legionario, una maleta cargada con veinticinco kilos de equipo de bucear, y un número de localizador escrito a boli en la mano, es de esperar que no todo salga como es debido. Al menos eso es lo que pensé en el momento en que el detector de metales del control de pasaporte, me recordó que me había llevado conmigo las llaves de casa de mi amigo Ron.

Aterricé en hora en Gatwick, y tras recoger las maletas, saqué un billete de metro y autobús para todo el día, y me fui a dar un agradable aunque breve paseo por la capital inglesa. Me resultaba curioso pensar que en unas horas me encontraría en la que fue la Capital del imperio Británico, hasta hacía algo más de un siglo…

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Las organizadas calles londinenses y sus semáforos tornarían en un pintoresco popurrí de calles a medio asfaltar, repletas de carros tirados por todo tipo de animales, y vehículos de todos los tamaños y colores.

A media tarde cogí el metro al aeropuerto de Heathrow, y a las diez de la noche me despedí desde el aire de las últimas luces europeas que vería en mucho tiempo.

Hice un esfuerzo por esperar a que las encantadoras azafatas de Air India me sirvieran la cena antes de colocarme mi pashmina a modo de antifaz, y caer en el más profundo letargo.

Me desperté a penas unos minutos antes de aterrizar y enseguida noté que el sueño había sido de lo más reparador. Hacía varios una semana que había renunciado a gran parte de las horas de descanso diarias para llevar a cabo trámites y preparativos del viaje. Tampoco eran muchos, ya que casi todas las cosas que necesitaría para volver a casa con Andrés, se encontraban dentro de éste, pero sí que debía organizar tanto el plan de viaje, como la ruta para volver a España antes del mes de julio.

Había decidido volar a Calcuta, donde mi amigo hindú Avi y toda su familia, ya avisados, esperaban mi llegada. Una vez ahí, llevaríamos a cabo los trámites necesarios para regularizar la situación de Andrés, siempre y cuando hubiera Andrés. También aprovecharía esos días en Calcuta para solicitar los visados de Pakistán e Irán, que no había tenido tiempo de conseguir en Madrid.

Una vez hubiera recuperado a mi compañero de viaje y fatigas, le haría una pequeña puesta a punto: Un cambio de aceite y filtros, reemplazar un par de bombillas fundidas, reparar la etapa de potencia del equipo de música (se me cayó un bote de jabón líquido sobre ella), encontrar un nuevo cable de acero para el winche (motor eléctrico que enrolla un cable de hierro y sirve para desatrancar el coche), ya que un camionero con poca paciencia me lo hizo trizas llegando a Calcuta, y algunos arreglillos más de poca importancia.

Ya con el coche a punto, me dirigiría al sur de la India, para buscar alguna escuela de buceo donde comprar un par de botellas de oxígeno de segunda mano, y aprovecharía para hacer un recorrido de un par de semanas por el sur del país en compañía de Mi amigas Mónica, Yaiza y Mariana, que en esos momentos se encontrarían ayudando en un orfanato en Tiruchirapali, un pueblo situado al sur del país, a unos dos mil kilómetros de Calcuta.

Ya con las botellas de oxígeno, y después de haber realizado una agradable ruta sin incidentes, cruzaría La India de sur a Norte y llegaría hasta Nepal, donde me dirigiría a un precioso lago situado junto a un pueblo llamado Pokhara. En el fondo de éste lago yacía la canoa que le hundí a mi amigo Mana. Ya hacía casi un año de aquello… pasé tres semanas intentando recuperarla infructuosamente, primero con un equipo de submarinismo, imposible de conseguir en la zona, y después con un submarino casero que naufragó junto a un foco de luz y una cámara de vídeo. Antes de despedirme de Mana en Katmandú, le prometí que algún día volvería para buscar la canoa.

Encontrar la manera de llegar a Nepal con el equipo de buceo necesario, había sido el mayor quebradero de cabeza de las últimas semanas para mí y mí amigo Víctor.

Víctor, era el propietario de una escuela de buceo en Madrid, llamada OCÉANO V5 (www.oceanov5.com). Hacía un par de años que le conocí, el día que le llamé de parte de un amigo común, para pedirle el equipo de buceo necesario para buscar un reloj que había perdido esquiando, en el fondo del pantano de Entrepeñas.

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Era un tipo encantador donde los haya, y a pesar de no conocernos de nada, puso a mi disposición traje, chaleco, regulador y una botella de oxígeno. Un par de días después de aquello, ya con el reloj recuperado del fondo del pantano, volví al centro OCÉANO V5, para devolverle los equipos y nos intercambiamos mail y teléfonos para mantener el contacto.

La siguiente vez que hablé con el, fue un año después de aquello, a través de su contestador automático…

“¡Hola Víctor! ¿Cómo estás tío? Soy Jaime Sartorius, el chico al que le prestaste el equipo de buceo el verano pasado para sacar el reloj del pantano. Verás, es que estoy en Nepal y he tenido un pequeño percance debido al cual requiero tu ayuda.

Resulta que estoy en la casa de un tipo encantador que vive enfrente de un lago, en el fondo del cual debido a un fallo técnico le he hundido su canoa. Está a veinticinco metros de la superficie, y aquí no hay manera de encontrar equipo de bucear. ¿Se te ocurre alguna otra forma de bajar a esa profundidad? Aquí existe oxígeno puro en bombonas, que es el que usan los escaladores, pero no tengo del todo claro que eso sirva para bucear. Salvo por e-mail no hay manera de ponerse en contacto conmigo así que intentaré llamarte de nuevo en un par de días. ¡Un fuerte abrazo!”

Después de aquello, no volvimos a hablar, hasta que decidí volver a Calcuta a recoger mi coche, y aprovechar el viaje para intentar sacar la barca de Mana.

Me presenté de nuevo en su centro de buceo, y empezamos a pensar la manera de llegar a Nepal con los equipos necesarios, que me ofreció tomar prestados de ahí, siempre y cuando resolviéramos el inconveniente de cómo hacer llegar una botella de oxígeno cargada a Nepal.

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En el caso que la línea aérea me dejara llevar la botella en el avión hasta Calcuta, en ningún caso sería llena, y habría que facturarla como mercancía peligrosa. Y una botella vacía en Calcuta y nada, es lo mismo, ya que no encontré un solo centro de buceo en todo el norte de La India donde me pudieran recargar la botella.

Tras darle muchas vueltas, decidí viajar sin la botella, y buscar algún centro de buceo donde comprarla y rellenarla, aunque para ello tuviera que recorrer el país entero.

Después de visitar a Mana y pasar unos días con él, entraría de nuevo en La India, y me dirigiría a Pakistán, donde trataría de pasar por Islamabad a visitar a mis amigos Assed, Jahanara y Zoya. Después, bajaría al sur del país y me adentraría en territorio Balucci.

Los Balucci, eran los habitantes de Baluccistan, un enorme desierto situado al sur del país, y se caracterizaban por tener fama de bandidos sin escrúpulos. A todo el que le había dicho que viajaría al sur de Pakistán, y sabía un poco a cerca de la zona, me había prevenido de “Los Baluccis”.

Una vez cruzara Pakistán, me adentraría en Irán, donde mi amigo Hugo se incorporaría una semana a la aventura, y juntos recorreríamos el país hasta Teherán, donde un amigo suyo nos acogería un par de días y donde le haría una buena puesta a punto a Andrés.

Ya en Teherán, dependiendo de la fecha en la que me encontrara, tendría dos opciones de ruta. La primera sería entrar en Europa atravesando Turquía, y ya desde Estambul hacer un agradable y tranquilo recorrido por el sur de Europa.

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La segunda sería bajar hacia Siria, para llegar a España a través de Jordania, Israel, Egipto, Libia, Argelia y Marruecos.

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Aterrizé en Nueva Delhi el lunes 23 de marzo a las doce del medio día, hora local. Nada más bajarme del avión, me encontré con un tipo hindú que llamaba a voz en grito a los pasajeros que fueran a Amritsar, Katmandú y Calcuta.

Le dije que yo iba a Calcuta, y tras cotejar mi nombre en una lista que tenía en la mano, me dijo que le acompañara, y me llevó hasta una gran sala acristalada que formaba parte de la terminal.

- Señor, su vuelo saldrá a las siete de la tarde, y hasta entonces puede quedarse usted por aquí. Póngase cómodo y en un rato vendré para darle un ticket de comida. – Me dijo en inglés con el característico acento hindú que tanto añoraba escuchar.

Por extraño que parezca estando en La India, me encontraba prácticamente solo en aquella enorme estancia. Me apropié de dos de las múltiples filas de 4 asientos que había en la sala, las enfrenté para recostarme a gusto y saqué un libro. Antes de enfrascarme en un relato fantástico de HG Wells, me quedé medio embobado mirando por la ventana una enorme explanada asfaltada, al final de la cual se podía ver aterrizar a los aviones.

Aquella situación me recordó a la que viví justo antes de llegar a España después del gran periplo. Habían pasado algo más de 4 meses desde entonces…

Aeropuerto de San José. Costa Rica. 4 de noviembre de 2008.

Hacía un par de días que había metido a Nawí (mi moto) en una caja, en la terminal de carga del aeropuerto de Tocumen, en Panamá, y la había mandado por avión con destino a Ámsterdam.

Para poder enviarla sin mucho papeleo, la desmonté casi por completo, y asesorado por un tipo encantador de la compañía de carga, hicimos constar el envío como “piezas de motocicleta”, y no como una motocicleta completa.

Yo por mi parte, había salido de Panamá por tierra gracias al “Pincho Panameño” (leer última crónica), y debido a las lluvias y a que tenía una movilidad bastante reducida (cargaba las dos maletas metálicas de la moto, mi mochila, el casco y mi tienda de campaña), decidí no seguir mi ruta turística de tres días por Costa Rica, si no acudir directamente al aeropuerto de San José para hacer tiempo ahí.

Cuando llegara a la ciudad holandesa sólo debería ir a la terminal de carga, recoger la caja con “piezas de moto”, que llegaría ese mismo día a mi nombre, y tras montar de nuevo la moto con las herramientas que llevaba en una de las cajas, conducir hasta España.

Pasé un par de días en el aeropuerto de la capital costarricense hasta que salió mi avión a Ámsterdam, y tuve algún tiempo para recapacitar un poco a cerca de todo lo que había vivido los últimos siete meses.Tan solo hacía una semana que había tomado la decisión de suspender el viaje, y aun no me había parado a pensar despacio lo que aquello supondría.Lo que no me imaginaba, es lo que me esperaba al llegar a los Países Bajos.

Nada más poner un pie fuera del aeropuerto de Schipol, una sensación de lo menos placentera recorrió todo mi cuerpo. Y no me refiero a la notable diferencia térmica entre Costa Rica y Holanda a mediados de noviembre, si no a lo inhóspito que era todo cuanto veía.

La gente, abrigada hasta la coronilla, caminaba rápida y cabizbaja por las aceras, perfectamente delimitadas de la calzada con bordillos, al igual que el carril bici y el carril bus.

A pesar de lo desagradable del frío que me heló hasta los huesos, logró captar mi atención una pantalla luminosa que había justo en frente de la salida del aeropuerto, y que proyectaba diferentes anuncios repletos de sugerentes tendencias, objetos, y productos primarios como el gel de afeitado con ziritione o la tele en dos dimensiones.

Eran de esos anuncios “con fondo”, en los que un muy competente equipo de personas habría trabajado durante semanas codo con codo, seguramente sin cobrar, para conseguir que durante unos segundos, una persona del montón viera en un pedestal al arquetipo del hombre exitoso a quien sería agradable parecerse. Me tranquilizó mucho que dicha figura fuera metrosexual y pudiera acceder una televisión de no importaba que dimensiones, incluso si vivía en un estudio abuhardillado.

- Bienvenido al desarrollo-. Pensé.

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Caminé por un carril bici hasta la terminal de carga del aeropuerto, que se encontraba a algo más de un kilómetro. Iba con todas mis pertenencias sobre un carrito de aeropuerto, y con mi bronceado latino, y mi barba sin afeitar desde hacía algo más de un mes tenía aspecto como mínimo de persona necesitada.

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Busqué una zona tranquila en la planta de abajo, extendí la esterilla de camping y me instalé con todo mi equipaje. No tardé en quedarme dormido, y a la mañana siguiente, amanecí con comida, fruta y agua alrededor. Evidentemente lo había dejado algún buen samaritano que me vio necesitado.

Después de un desayuno en toda regla que no supe bien a quien agradecer, me dirigí de nuevo a la terminal de carga con mi carrito. Al llegar, volví a encontrarme al tipo del día anterior, y no me gustó nada la cara que puso al verme. Me ofreció un café, y salió fuera a charlar conmigo.

- Hay un problema con tu moto Chico-. Me dijo mientras se encendía un cigarrillo. –En la aduana panameña creen que puede contener droga y van a estar examinándola durante un par de días.

Le miré fijamente a los ojos sin articular palabra.

- Suelen pasar este tipo de cosas con los envíos que vienen desde Centroamérica-. Me dijo tratando de tranquilizarme. – Quieren asegurarse de que no contengan drogas, y los examinan con vehemencia.

- ¡Ya bueno, pero yo he mandado la moto en avión para que estuviera aquí en un par de días! – Le dije exaltado.

- Lo se, pero no hay nada que podamos hacer desde aquí. La mercancía no ha salido de Panamá, y siendo hoy viernes, ya no saldrá hasta el lunes, y llegará aquí el martes.

-¡¡¿¿Que??!! -. Exclamé indignado. – ¿¡¡hasta el martes!!? ¿Y que hago yo hasta el martes? ¡Tengo que llegar a España cuanto antes!-. Le dije desesperado. – No creo que me quede un solo Euro en la cuenta después de enviarnos a mi moto y a mi mismo hasta aquí desde Panamá, y a penas me puedo mover del aeropuerto con estas enormes cajas, mi mochila, mi tienda de campaña y mi casco. ¡Y llevo dos días sin ducharme!

-No te preocupes, que serán solo un par de días más. El martes estará aquí tu moto y podrás volver a España, y hasta entonces puedes dejar aquí todas tus cosas y puedes venir a pegarte una ducha y a comer algo cuando quieras -. Me dijo tratando de tranquilizarme.

Me pareció un grandísimo detalle que me ofreciera aquello sin conocerme apenas. Realmente todo el equipaje que llevaba era un tremendo incordio, así que no rechacé nada de lo que me ofreció, y un par de horas después de aquello, salía de la terminal de carga del aeropuerto con una mochila, y mucho mejor aspecto del que tenía al llegar.

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Necesitaba un teléfono para informar en Casa que llegaría con unos días de retraso, y un ordenador para decidir donde quedarme los próximos días, así que la primera idea que se me pasó por la cabeza, fue la que llevé a cabo. Me subí en el primer tren a Ámsterdam, y una vez ahí, me di un paseo hasta el consulado español.

Pregunté por el cónsul, y enseguida me recibió. No tuve que contarle demasiado acerca de donde venía, para que muy amablemente me ofreciera una oficina vacía en el piso de arriba, con un teléfono y un ordenador. También me dijo que contara con ellos para cualquier cosa que necesitara, y preferí esperar un poco antes de darle toda mi ropa sucia y preguntarle que donde podía poner mi esterilla y mi saco de dormir.

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Después de realizar las llamadas pertinentes y dejar a todos tranquilos, revisé mi correo y me enteré de una estupenda noticia. Mi amiga Lalo, estaba estudiando en Leiden, que estaba a 20 minutos en tren de Ámsterdam. Aquello cambió completamente el panorama, y lo que se me planteaba como varios días de espera interminable, en una especie de burbuja donde todo me parecía un disparate, podía convertirse en un fin de semana largo de lo más entretenido.

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……………..

El tipo hindú que me había dejado en aquella sala del aeropuerto de Nueva Delhi esperando, no tardó en aparecer para llevarme a comer algo al comedor de los empleados. Comer comida hindú, rodeado de hindúes, no me pudo hacer más ilusión, y después me quedé unas horas leyendo, hasta que llegó la hora de embarcar.

Dormí prácticamente todo el viaje, y antes que me quisiera dar cuenta, por fin estaba aterrizando en Calcuta.

Tardé algo más de la cuenta en recoger las maletas, ya que hice gala de mi dominio del bengalí con el tipo del control de pasaportes, y le llamó tanto la atención que estuvimos charlando un buen rato. Me terminó dando su teléfono para cualquier problema que tuviera en Calcuta, e invitando a su casa si algún día no tenía donde quedarme.

Finalmente ya con las maletas, salí a la terminal de llegué a la terminal de llegadas, y enseguida me encontré de frente con ¡¡Obi y Benny!!

Nos dimos un enorme abrazo y nos pusimos a dar saltos y gritos como locos. Hacía siete meses que no nos veíamos, y fue un reencuentro de lo más emotivo.

Ya en el coche de Obi, pude contarles despacio como habían ido los últimos 4 meses en España, y lo extraño que se me había hecho el volver a casa después de tantos meses viajando por culturas tan diferentes.

Me resultó muy curioso, que tan pronto nos pusimos a hablar, comencé a entender cosas mucho más allá de las palabras que intercambiábamos.

Quizás la última vez que estuve no me pareció tan chocante, porque llegaba de pasar varios meses en culturas de lo más variopintas, y todas ellas eran una novedad para mí. Pero en ese momento, venía de mi tierra, acostumbrado a tratar con mi gente, y rodeado de mi cultura natal, a la cual a pesar de no estar del todo adaptado, sí que la conocía al dedillo.

Me parecía increíble que dos personas que desde su nacimiento hubieran vivido realidades tan sumamente distintas, pudieran llegar a entenderse. Pero me parecía mucho más increíble que además de entenderse pudieran aportarse tanto el uno al otro como lo hacíamos Obi y yo.

Mientras recorríamos las calles de Calcuta en plena noche, comenzaron a invadirme un montón de sentimientos encontrados. Mi fascinación por la belleza de los edificios centenarios derruidos que le daban ese aire colonial a la antigua capital del imperio, chocaba irremediablemente con la congoja al verme envuelto en la decadencia y el ambiente sórdido de la noche, en uno de los lugares más pobres del mundo.

Tras pasar a ver a un par de amigos que me hizo muchísima ilusión ver, nos fuimos a Casa de Obi y ahí nos quedamos hasta tardísimo charlando y viendo fotos con sus padres (Mama and Baba) y con Benny. Me había chocado tanto todo lo que había visto los últimos meses en mi país, que me pasé la mayor parte de la noche explicándoles a fondo el tipo de vida que llevaba la gente en España.

Me encantaba el ambiente familiar que se respiraba en las casas hindúes. La familia era lo que llenaba la mayor parte de las vidas de la gente. El trabajo tenía una importancia relativa, ya que siempre habría otros mil millones que podrían hacerlo, sin embargo la familia era siempre lo primero.

Cuando una pareja se casaba, la mujer se trasladaba siempre a la casa del marido, con la familia de éste. Cuando tenían hijos, los hijos varones se quedaban, y las mujeres se marchaban. Así sucesivamente, y siempre los hombres en edad de trabajar mantenían a los mayores y a los muy pequeños de cada casa.

No era algo anormal que en una familia hindú, llegaran a convivir cinco generaciones en la misma casa. Es decir, los abuelos, los padres, los hijos, los nietos y los bisnietos. Jamás se abandonaba a los mayores y el respeto que se les tenía a estos era algo asombroso.

La familia de Avi era una de las menos numerosas del país. En casa vivían Baba, Mama, Avi, y las dos personas de servicio, Cayol y Rita. También estaban Pushkin, Gogol y Aivi, que eran los tres Golden Retriever que custodiaban el salón. Era un piso amplio en una zona “tranquila” de la ciudad en la que todos los vecinos se conocían.

Al día siguiente nos despertamos a medio día, y un enorme desayuno nos estaba esperando en la mesa. Me encantaban los desayunos en casa de Obi. Siempre había un montón de fruta recién traída del mercado, cuyo sabor poco tenía que ver con la fruta que acostumbraba a encontrar en España, que por lo general maduraba en una caja de cartón, en lugar de hacerlo en el árbol. La diferencia con la fruta que se había recolectado hacía uno o dos días, en su punto perfecto de madurez, era abismal.

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Pasamos el resto del día en la oficina de Obi, donde empezamos con los trámites para sacar mi coche del puerto. Aquello me hizo recordar que la burocracia Hindú era una de las más lentas, tediosas, y desesperantes del mundo.

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Por otro lado, vi que cuando hablaba de mi coche en las aduanas, sabían al coche que me refería, y eso me tranquilizó bastante. Lo último que supe de Andrés después de ser declarado non grato en Canadá, es que Obi no pudo sacarlo del puerto, y lo dejaron apartado en un sitio que “no molestara”.

Aquella noche fuimos a cenar a un sitio típico de Calcuta y después nos fuimos a casa a tomar algo y no nos acostamos tarde. Al día siguiente nos esperaban aduanas y más aduanas, y para que las cosas salieran bien y no perder la paciencia, lo mejor era ir bien descansado.

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El miércoles volvimos a amanecer un poco más tarde de la cuenta, y estuvimos de trámites hasta la hora de comer.

Solíamos comer en la oficina todos juntos, y aquel día cuando estábamos con el postre, llegó el conductor de Baba.

- Ok, Mr Sarto. It’s time to see Andres. (Es hora de ver a Andrés)-. Me dijo Avi sonriendo.

Me faltó tiempo para coger mis cosas pitando y bajar al coche.

Nos dirigimos al puerto de carga con una de las personas que trabajaban en la oficina, que iba para continuar con el papeleo para sacar el coche. El trayecto se me hizo interminable y no pude hacer otra cosa que pensar si realmente estaría, y de estar, en que estado sería.

Cuando llegamos, me dijeron que habían tenido que moverlo porque estaba estorbando, y se lo habían llevado a una “Warehouse” que había enfrente.

Acudimos prestos al lugar, que estaba al otro lado de la calle, y nada más pasar el control de seguridad pregunté con todo tipo de aspavientos por un Toyota grande rojo. Los guardas, que estaban detrás de un mostrador, se rieron y señalaron hacia un pequeño patio que había justo después de la garita.

Recorrí en un par de segundos la distancia que me separaba del lugar, y al llegar me detuve en seco. La sangre se me heló, y todos los pelos de mi cuerpo se pusieron de punta.

Bajo una generosa capa de polvo y suciedad, se encontraba Andrés tal y como lo había dejado hacía siete meses.

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- Volvemos a casa pekeño…

Próxima partida.

March 6th, 2009

Os doy gracias de corazón a todas y a todos, por asistir a la reunión del sábado.

No obstante, ahora que todo ya ha pasado, me gustaría compartir con vosotros los hechos que acontecieron las 12 horas anteriores a que me encontrara ante vosotros, subido a una tarima, con un extraño mandito en una mano y un vaso de agua en la otra.

Sábado 28 de Febrero. Ocho y media de la mañana…

El despertador sonó ligeramente más bajo que lo habitual. Aquello quería decir que la noche anterior lo había puesto fuera del alcance de mi mano. Iba a ser un día duro.

Había pasado los últimos siete días llevando a cabo los preparativos necesarios para partir a Calcuta a por mi coche. Mi idea, desde un principio, había sido partir el pasado sábado 28 de febrero después de la presentación.

Aquello no habría sido mayor problema, de no ser por que en mis ratos libres debía seleccionar 250 de entre algo más de 4.000 fotos, y enmarcar y colgar algo más de medio centenar.

Hacía un par de días que había decidido posponer una semana mi partida, debido a un problema con un visado, y otro con el equipo de bucear con el que debía viajar a La India. Los dos problemas eran subsanables, y como todos los problemas, procuraba que no me preocupasen.

Uno era cuestión de esperar un par de días a que un cónsul hiciera un garabato sobre un incólume pasaporte.

El otro era algo más grave. No podía llevar las botellas de bucear cargadas de oxígeno en el avión por que a tanta altura parece que son peligrosas, así que debía llevarlas vacías, y rellenarlas en La India.

El plan de llegar a La India, cuna del surrealismo, con una misión tan estrafalaria, me resultaba de lo menos sugerente desde que me enteré que el centro de buceo más cercano a Calcuta, se encontraba en Chennai. A casi dos mil kilómetros.

Aquello supondría tres semanas de intensa conducción a través de caminos atestados de personas andando, en bici, en burro, en moto, a caballo, a camello, en Rickshaw (moto de tres ruedas con techito y puertas), en coche, en autobús, en camión, y esquivando vacas sagradas, elefantes, camellos, caballos, burros, cerdos, perros, cabras, monos, gatos y ratas…

Aquella mañana de sábado, me puse a preparar una tarde de vinito y crónicas de viaje…

Después de pasar la mañana tratando infructuosamente de colgar sesenta y cinco marcos de cristal con hilo de pescar, tarea de la cuál se terminaron encargando mis amigos (no se que habría sido de mí sin ellos), me tuve que ir a recoger ciento cincuenta sillas de tijera a GETAFE con el coche de mi madre y un remolque.

En el camino de regreso, a la señorita que circulaba frente a mí, se le ocurrió, sin motivo a aparente, frenar de golpe al llegar a una rotonda. No digo ni mucho menos que aquello estuviera mal, pero con un remolque detrás que pesaba como pesaba, me fue imposible frenar, y dejé el coche de mi pobre madre como un acordeón, contra la parte trasera del coche que tenía delante.

Aquel acontecimiento abrió la veda de las catastróficas desdichas.
Un par de horas antes de que todo el mundo llegara al Vule-Bar, los marcos de fotos de la exposición comenzaron a caer al suelo, debido a que con el calor, las pegatinas que los sujetaban perdieron su propiedad pegajosa.
También, por extrañas razones nos vimos obligados a colgar el proyector del techo y las paredes con cuerdas, para que éste pudiera desempeñar correctamente su función.

El momento cumbre del día, fue cuando a las ocho de la tarde, media hora antes de la presentación, pasamos las imágenes a proyectar al ordenador de mi querido amigo Jorge (que se come todos los marrones), y como si de una pesadilla se tratara, las fotos tomaron la posición que les parecía, y se desordenan completamente.

Durante media hora, el pobre jorge, trató de organizar el popurrí de 250 fotos, renombrando cada foto por nombre alfabético (AAA, AAB, AAC…)

Y volviendo al momento en que me encontraba ante vosotros, subido a una tarima, con un extraño mandito en una mano y un vaso de agua en la otra…

Aun recuerdo la sensación, al ver la primera foto en el proyector, y comprobar que aquella foto no debía ir en primer lugar. No fue hasta proyectar la segunda, cuando me di cuenta que todas las fotos estaban desordenas…

Teniendo en cuenta que no tenía ningún guión, contaba para relatar mi viaje con un montón de fotos que, correctamente ordenadas, me ayudarían a contaros la historia que os tenía preparada.

Evidentemente no me fue posible, y poco pude hacer a parte de comentaros un montón de fotos y explicaros muy por encima una curiosa ruta a través de medio mundo, con alguna de sus anécdotas divertidas.

Pero como todos sabemos, la informática es caprichosa, y nunca sabemos cuando va a hacer de las suyas.

Aunque no fuera capaz de trasladar el mensaje que pretendía, espero que os quedarais con que en cada recóndito lugar del mundo que he visitado, siempre he encontrado a un montón de buenas personas que me han ofrecido cuanto tenían, sin esperar nada a cambio.

Quizás en unos meses, ya de vuelta con Andrés, me sienta capaz de transmitir un montón de vivencias con las que sea capaz de poner mi granito de arena. Si es así me aventuraré a plasmarlo en un librito.

Creo que por muchas fotos que se enseñen, y por muy alto que se hable, en un par de horas es complicado compartir todo lo que, durante meses, me han aportado una serie de culturas, que ni siquiera he intentado comprender o comparar con la que me rodea, más que a grandes rasgos.

La mayoría funcionan más despacio. Dan menos valor a lo material, ya que es algo de lo que la mayoría no dispone. Recuerdo cuando en una carretera al sur de Uzbekistán, me crucé con un autobús del que se habían apeado sus cincuenta ocupantes, que hacían tiempo junto a sus maletas mientras el conductor y otras personas del grupo manipulaban el cigüeñal del motor, que estaba esparcido en piezas tras el vehículo. Todos los ocupantes esperarían junto al autobús los días que fueran necesarios hasta que arreglaran el motor.

También recuerdo como cada vez que un camino se venía abajo en las montañas afganas, decenas de personas acudían para, durante semanas, rehacer un camino por el que a nadie le gustaría tener que pasar sin cuerdas de seguridad. Los niños no esperan a cumplir la década para recorrerlos con mulas de carga.

También recuerdo con nostalgia la noche que atravesando tierra de nadie entre dos puestos fronterizos, por una urgencia gástrica, me tuve que esconder detrás de unos arbustos para hacer lo propio. En plena faena un par de militares aparecieron de la espesura apuntándome con sus armas. Fue una situación de lo más surrealista.

No me quiero ir por las ramas, ya que dentro de muy poco tendréis mucho que leer. Desde que parta a Calcuta a por el coche (aún no se que día de las próximas dos semanas), empezaré a escribir de nuevo en el Blog, y podréis estar al día de cómo va la recuperación de Andrés, la tarea de recargar las botellas en La India, el intento de rescate de la canoa de Mana en Nepal, y el viaje de vuelta que, en principio pretendo hacerlo a través de el sur de Pakistán (desierto de Baluchistán), Irán, Turquía, Siria, Jordania, Israel, Egipto, Libya, Algeria y Marruecos.

Espero estar de vuelta en España a mediados de junio para dedicar un verano a la vida familiar, y un invierno a preparar una vuelta al mundo como es debido.

Besos y abrazos a todos!!

PD: Los que comprarais fotos el sábado, ya las tenéis listas. Si no queréis esperar a que os llame (disculpad la demora), están todas preparadas en Vule-Bar, en el mismo lugar donde estaban expuestas el otro día, organizadas en bolsitas negras con el nombre de cada uno.

Agradecimientos expresos por su colaboración en la presentación del sábado a Toti y a Willem, de Vule-Bar que pusieron a mi disposición su local, su personal y su bodega. A Flavio, de FLAMAGO que nos invitó toda la comida. A mi hermanita Victoria, que siempre está dispuesta a echar un cable. Y a todos mis amigos, sin los que nada hubiera salido adelante. Juanjo (promotor del evento), Jrogre (realizador y diseñador de todo), Paloma, Jenny, Yaiza, Piti, Ron, LuisCas y Belén.