16 de febrero al 16 de Marzo. Sur de Chile. Icebergs, terremotos y una gran boda chilena.
April 11th, 2010Pasé mi última noche cerca de la civilización en un diminuto hostal de Puerto Natales, donde me ofrecieron dejar la bicicleta durante el tiempo que durara mi travesía a pie y con mochila por las Torres del Paine.
El Parque Nacional de las Torres del Paine, declarado reserva de la biosfera por la UNESCO, era una de las áreas protegidas de la región de Magallanes. Según tenía entendido, estaba formado por gran cantidad de entornos naturales como montañas, ríos, lagos, valles y glaciares.
Mi primo Gerardo, lo estuvo recorriendo con amigos hacía una década y me aseguró que había sido el viaje más maravilloso que había realizado. Una de sus primas chilenas, Camila, había trabajado en el Parque Nacional varias temporadas y me ayudó con la lista de cosas que no me podían faltar, como protección solar y bastones…
Nunca antes había tenido que preparar una mochila con la que fuera a tener que caminar tantos días sin reabastecerme de nada. Además de la tienda, la esterilla y el saco, debía meter cocinilla y comida. También ropa, botiquín, una linterna, y un demasiado largo etcétera.
Me desperté al amanecer y me despedí de Paquita, a la que dejé desmontada y candada en el fondo de un desván. Me subí la mochila al hombro y me impresionó lo muchísimo que pesaba.
Tenía un billete para un bus que salía a las 7 a.m, y antes de medio día llegué al Parque Natural.
Cogí un mapa en la caseta de los guardaparques de la entrada y sin mucha dilación me puse a caminar con todos mis enseres para los siguientes días a la Espalda.
Comencé a atravesar una serie de valles con distinta vegetación y paisaje. Salvo por la molestia del peso de la mochila en los hombros, el paseo era de lo más agradable.
Conocí a una pareja de israelíes muy simpáticos que acababan de terminar el servicio militar y se habían ido un par de meses de viaje por Sudamérica. En Israel, era obligatorio cumplir tres años de servicio militar. Al terminarlo, era muy común que los jóvenes soldados se fueran de viaje durante algunos meses.
Tras unos minutos conversando con ellos, me preguntaron si no había perdido algo por el camino, a lo que yo respondí que no. Insistieron, inquiriéndome acerca de si no había perdido un cuchillo. Yo les respondí con la descripción del único cuchillo que portaba, que en realidad era una navaja Gerber que me regaló mi buen amigo Hunt después de acogerme a mi paso por México, y que creía a salvo en mi cinturón… ¡Upsss! En ese momento recordé que hacía un rato que me había quitado el cinturón porque me molestaba con la mochila.
Me la entregó uno de ellos. Se la había encontrado a un lado del sendero algunos kilómetros atrás.
A última hora de la tarde, llegué al campamento Serón, que contaba con un pequeño refugio para el guardaparques de CONAF (agentes forestales de la zona) encargado de la zona. Su nombre era René, y era un tipo de lo más encantador.
Cuando me quité la camiseta observé que tenía los hombros irritadísimos y rojos como tomates por delante. Lo primero que hizo René, fue explicarme que llevaba la mochila mal colocada. Lo segundo que hizo fue pesarla.
Me indicó que con una mochila de treinta y dos kilos, me sería imposible acostumbrarme a caminar muchas horas seguidas, y más si no me ponía una desde que iba al colegio. Lo normal era llevar entre catorce y diecisiete, ¡y yo llevaba el doble! Debía aligerarla como fuera.
Después de montar la tienda, pasé lo que quedaba de día en el césped, de charleta con la gente que llegó a montar campamento para pasar la noche. Además de los dos Israelitas, había un grupo de chilenas de lo más pintoresco, y otro grupo de rancagüinos encantadores!!
Aquella noche me pegué un auténtico festín con los Israelitas para quitar algo de peso de la mochila, y me desprendí de varias latas de atún, un paquete de pasta, un bote de tomate frito, y varias manzanas y aguacates.
Antes de acostarme, me pasé un rato por el refugio de René, donde estuvimos un rato tomando algo, y contando chistes. Los chistes chilenos eran aun perores que los de mi tío Jose.
Dormí como un lirón, y a la mañana siguiente, René me ayudo a cargar mi mochila y a llevarla como es debido.
La pusimos en la báscula, y había bajado 4kg!!
Cuando me la puse, noté que los hombritos me ardían como brasas, pero la sensación era infinitamente mejor que el día anterior. Entre eso, y que me enseñaron a utilizar los bastones para andar, la cosa mejoró considerablemente.
Partí a media mañana con dirección al campamento “Dickson”.
El paisaje comenzó a ser un poco más montañoso, mientras que el terreno solo fue algo más escarpado que el día anterior.
Estuve un rato caminando con un porteador de la zona que había ido a hacer una ruta caminando con su novia y dos amigos chilenos. Me dieron varias indicaciones y útiles consejos a cerca de la ruta de los días siguientes.
A última hora de la tarde, llegué al campamento Dickson, que se encontraba junto a un río en el que me pegué un chapuzón de lo más reconfortante.
A partir de aquel día, el terreno comenzó a volverse más inhóspito, con bastante monte y barro. Me encontraba a un par de días de alcanzar el lugar que mi primo Gerardito me había señalado como el más espectacular del recorrido, la llegada al Glaciar Grey.
Precisamente aquel era el motivo que me había llevado a caminar durante varios días rodeando el Macizo de las Torres desde el este y por el norte: La llegada a una de las lenguas de Campo de Hielo Sur (la tercera extensión de hielo más grande del mundo) desde el noroeste, y a través del paso John Gardner.
El cuerpo se me empezó a acostumbrar a caminar con la mochila, y poco a poco me fui sintiendo más cómodo y ágil. Sustituí un bastón que partí al hundírseme en el barro, por una rama de árbol de las dimensiones y forma apropiadas, pero que cada hora debía cambiar de mano, ya que era algo pesada.
Cualquier lugar era agradable para detenerse a comer algo, o simplemente a escuchar el agua corriendo por los arroyos y los pajarillos revoloteando.
Cada noche me preparaba la cena con una diminuta cocina de gasolina. Solía hervir un par de litros de agua. Con uno preparaba una sopa o crema, y con el otro hervía pasta, noodles o arroz condimentado.
Después de un par de días caminando en armonía con la naturaleza, llegué al valle que llevaba al paso John Gardner.
Tras un exigente ascenso de 4 horas, finalmente alcancé el paso. Al llegar arriba, me quité la mochila y me encaminé al borde de la montaña. Respiré hondo, y una intensa sensación de alegría y agradecimiento me invadió. Sentí muchísimo no haber podido compartir aquel momento con más de una persona…
El glaciar grey se extendía frente a mí, y resplandecía bajo el sol con sus tonos azulados. Era precioso.
Llegué al campamento “Paso” bien entrada la noche. El guardaparques era un tipo excepcional llamado Cristóbal.
Compartí con la gente del campamento mi último sobre de Jamón ibérico de Flamago, y en aquel recóndito lugar un montón de gente agradeció a Flavio poder disfrutar de tan suculento bocado.
Repartir un único sobre de jamón entre tantas personas, no fue una tarea nada fácil y tuvimos que improvisar un Trivial Pursuit de campaña. Pasamos una agradable velada charlando y contando historias.
Al día siguiente caminé todo por la falda de la montaña y a través de varios bosques que se sucedían junto al borde del glaciar.
A media tarde, avisté el lago Grey, lugar donde terminaba la lengua del glaciar.
A lo largo del día fui observando como el hielo cambiaba de color, y los distintos efectos que producían en este el sol y las nubes.
A última hora de la tarde el sol se puso tras las montañas y coloreó las nubes de naranja.
Pasé aquella noche en el campamento “Guardas”, y partí a primera hora del día siguiente al refugio del lago Grey, donde tenía entendido que había una playa de arena ideal para acampar.
Cuando llegué me encontré con que a demás de una playa estupenda, había un pequeño refugio de madera, donde se encontraban Diego y Eduardo, dos tipos encantadores que se dedicaban a hacer incursiones con grupos por el glaciar Grey.
Aquella noche montamos una buena fiesta o “carrete” como dicen los chilenos, con el grupo de las niñas, los rancagüinos, los israelitas y un largo etcétera en el refugio.
Al día siguiente, Piwi, Bea, algunos rangagüinos más y yo, nos animamos a ir a conocer el glaciar a fondo con Diego y Eduardo.
Nos llevaron en una Zodiac desde la playa del refugio hasta el comienzo del glaciar y nos entregaron unos crampones (suelas metálicas escarpadas con puntas para caminar sobre el hielo) y un piolet a cada uno. Tras una larga explicación sobre como caminar por el hielo y cómo utilizar las herramientas que nos habían entregado, nos adentramos en el glaciar.
Me encantó la sensación de caminar sobre el hielo cristalino viendo el interior del glaciar desde arriba. Parecía que uno pudiera caminar sobre el agua.
La falta de oxígeno por la compactación del glaciar y el paso de los años, le hacía que el hielo tuviera un color absolutamente mágico.
Las formas que adoptaba el hielo con el paso del tiempo eran sorprendentes.
Diego iba todo el rato explicándonos infinidad de cosas acerca como comportarnos y como reaccionar sobre el hielo, a la vez que nos daba un montón de información general de los glaciares.
El hielo sobre el que nos encontrábamos, tenía más de 10.000 años de antigüedad. Según me habían contado, la tradición que se seguía cuando se visitaba el glaciar era arrancar un trozo de hielo y servirlo en una copa con whisky. Whisky con hielo milenario.
Nos metimos en una impresionante cueva natural de hielo que se había formado en el glaciar con tamaño suficiente para caminar dentro de ella.
El encargado de la seguridad del grupo era Eduardo, un experimentado montañista de la región de Magallanes. Era impresionante ver como caminaba rápidamente de un sitio a otro dando igual cuan escarpado fuera el terreno.
En un momento dado, llegamos a una zona del glaciar, donde se había formado una pequeña laguna completamente azul, en la que Eduardo y Diego nos ofrecieron darnos un baño.
Se les quedó cara de póker al ver como me empezaba a desvestir a toda prisa. Por un momento pensé que Eduardo se iba a echar para atrás, pero tan solo me indicó que me atara una cuerda a la cintura para que me pudieran sacar si me daba un síncope.
Lo que realmente quería era sumergirme desnudo en aquella agua milenaria, pero había un par de chiquillas delante, y por motivos evidentes decidí conservar mis calzoncillos. Estaba muy, muy fría.
Al salir me sequé con la camiseta y Diego muy amablemente me prestó su forro polar, y me dio una taza de Mate ardiendo.
Emprendimos nuestro regreso al lago, y no tardé en entrar de nuevo en calor con el movimiento.
Cuando esperábamos en el borde del glaciar a que llegara la zodiac a recogernos, un enorme pedazo de glaciar se desprendió junto a nosotros. Causó un enorme estruendo y una ola que pronto desapareció
Pasé el resto del día holgazaneando con los rancagüinos en el campamento y realizando actividades varias, tales como hacer equilibrio con cuerdas atadas a los árboles y disculparnos con las tiendas de campaña de la zona por el barullo de la noche anterior.
Después de cenar nos preparamos unos vinos con frutilla (fresa) y nos quedamos de charleta hasta bien entrada la noche.
Llegó la mañana del tercer día en Grey, y con ella el momento de ponerse en marcha. Me dio pena no poder llevarme un trocito del hielo del glaciar de recuerdo. Faltaban un par de semanas para la boda de mi querido primo en Santiago, y habría sido un buen regalo. Nada le podría hacer más ilusión a Gerardito que brindar en su boda con hielo milenario del glaciar que con tanto cariño recordaba.
Aquella mañana me encaminé hacia el Valle del Francés. Pasé por el Lago Peohé, donde se encontraban los Rancagüinos, y el grupo de las niñas que ya se marchaba de vuelta a Santiago. Me dio pena despedirme de ellos, ya que eran un grupo simpatiquísimo y de lo más variopinto.
Después de comer algo, continué mi camino hacia el Valle del Frances, lugar que alcancé al día siguiente por la tarde.
El Valle del Francés se caracterizaba por estar poblado de bosque, y por encontrarse bajo los Cuernos del Paine. Unas formaciones rocosas con forma de cuernos.
Su parte superior es de distinto color debido: según algunos a que son dos tipos diferentes de roca. Según otros, por que en la última glaciación, las enormes rocas quedaron cubiertas por el hielo casi en tu totalidad. Solo la punta quedó al descubierto, y con el paso de los años y por el contacto con el magma de la tierra en algún momento, se quedaron de color negro. Cuando el hielo se retiró, quedó la parte de abajo, más clara, al descubierto.
Pasé la noche en la parte baja del valle, que era una preciosidad y al día siguiente partí temprano hacia el campamento base de Las Torres.
Caminé todo el día por senderos que subían y bajaban por las faldas de las montañas que se sucedían.
Lagos muy bonitos y horizontes infinitos.
La última parte del camino era toda ascendente y fue agotador. A pesar de haberme acostumbrado bastante al peso, cada uno de los casi treinta kilos que acarreaba se hicieron notar. Creo que sin mi bastón y mi ramita para apoyarme mientras caminaba, me hubiera muerto.
Comenzaba a caer la noche cuando llegué al campamento Chileno, que era un pequeño refugio que disponía de un lugar plano donde acampar en medio de una zona rocosa, donde casi todas las superficies eran escarpadas. Me encontraba a unas pocas horas de la cima, en donde se hallaban las famosas Torres del Paine.
Me encontré con un grupo de 4 chilenas encantadoras, con las que había coincidido hacía un par de días, y nos quedamos charlando en el refugio hasta pasada la media noche. Sus planes eran partir al día siguiente a la hora de comer al campamento base de Las Torres, pasar ahí la noche, y al día siguiente a primera hora subir hasta Las Torres.
Según había oído, el efecto del sol al amanecer en las Torres del Paine, hacía que estas adoptaran un color precioso, y merecía mucho la pena salir del campamento base un poco de noche para llegar arriba en el momento en que los primeros rayos asomaran por el horizonte.
Realmente me apetecía llegar arriba para contemplar aquel efecto en las torres de piedra, pero para ello debía perder todo el día siguiente, y subir con las chicas el día después de madrugada.
Debería conformarme con ver Las Torres al día siguiente con luz de día, a no ser que…
Después de darle un par de vueltas, decidí partir aquella misma noche. Era poco más de la una de la mañana y debía darme prisa.
Caro y sus amigas me prestaron su cocinilla para prepararme un buen plato de pasta que me proveyera las calorías necesarias. Preparé una mochila con el saco de dormir y la esterilla, y un termo de “el café de las niñas”, con leche en polvo, capuchino y mucho azúcar.
En menos de dos horas estaba más que listo, y comencé la ascensión de la montaña algo antes de las tres de la madrugada. Llevaba una mochila ligera, y me guiaba con mi linterna de frente.
Hacía bastante frío, y me perdí varias veces en las que tuve que seguir mis huellas, y esforzarme por encontrar la senda a seguir, que en muchos casos era inexistente, ya que solo había roca y piedras.
La ausencia prácticamente de peso en la espalda, hacía que avanzara veloz cual gacela, y poco después de las cinco de la madrugada, aun de noche, llegué a Las Torres del Paine.
Se podía ver la silueta de las torres con la luz de las estrellas. El cielo estaba despejado, y en una hora aproximadamente comenzarían a despuntar los primeros rayos de luz.
Escalé la montaña algunos cientos de metros hasta una roca saliente que había en lo alto. Extendí mi esterilla en la roca, coloque mi saco encima, y me tumbé mirando hacia las torres con los piececitos colgando en el abismo.
Hacía muchísimo frío, así que me metí por completo en el saco, dejando tan solo la nariz y los ojos fuera. Faltaba poco tiempo para que comenzara a amanecer, y lo vería desde una posición privilegiada…
De repente un calor intenso hizo que me despertara. Cuando abrí los ojos el sol brillaba en lo alto del cielo, y varias personas revoloteaban y sacaban fotos en la parte más baja de la montaña. Las torres estaban completamente iluminadas, y a pesar de ser muy bonitas, su color era de piedra corriente. Eran más de las 11 de la mañana, y me había quedado dormido.
Me sentí como el mayor idiota del planeta. No tenía la intención de pasar el resto del día bajo aquel sol de justicia, ni de volver a dormir sobre aquella roca, que con luz no se veía tan segura como la noche anterior. Definitivamente, no vería el amanecer en Las Torres.
Aquello tampoco era el fin del mundo, pero ya era la tercera espinita que se me quedaba clavada en el viaje: Primero no me pude llevar el trocito de hielo de Grey, después conocí a una chiquilla encantadora y monísima a la que no me atreví a decir ni mu, y ahora después de dos semanas caminando por el Parque Nacional de Las Torres, cuando finalmente alcanzo Las Torres, me quedo dormido en el momento clave.
Regresé al Campamento Chileno para recoger mi tienda de campaña y despedirme de Caro y las niñas, y a media tarde llegué a la base de la montaña. Me encontré con un guardaparques de CONAF que había conocido hacía algunos días llamado Rodrigo. Me sugirió que pasara la noche en una zona verde preciosa que había para acampar, y así lo hice. No me vendría mal descansar y meditar un poco aquella tarde.
Llevaba varios días dándole vueltas a la idea de llevar a Santiago un trozo de hielo milenario del glaciar Grey, para regalárselo a mi primo por su boda.
Hacía unos días, todavía en el glaciar, había desechado la idea, ya que para que no se derritiera debería ser un pedazo de hielo de un tamaño considerable, y me era del todo imposible cargar con eso además de mi equipaje durante el resto de los días por el Parque Natural.
Ya había visto y caminado cada rincón del Parque Nacional, y al día siguiente tomaría el bus de regreso a Puerto Natales. Entonces se me ocurrió una idea del todo descabellada, pero que al menos me quitaría una de las espinitas del viaje.
- Rodrigo, se me ha ocurrido una idea-. Le comenté al joven guardaparques.
- ¿Para llevarte un trozo de hielo a Santiago?-. Inquirió.- Te escucho.
Tardé un buen rato en explicarle el plan que había estado maquinando…
- Gueon, estai loco-. Exclamó.- Pero tengo algo que quizás pueda ayudarte.
Pasé el resto de la tarde lavando algo de ropa, y charlando con una pareja española muy simpática que había ido a visitar el parque un par de días.
Aquella noche hicimos una gran fogata los 4 y compartimos vino chileno.
A la mañana siguiente me subí en el bus que llevaría de vuelta a la pareja española Puerto Natales, y yo me baje a la Salida del Parque, en la caseta de los guardaparques de CONAF.
Me dirigí a un pequeño quiosco donde vendían bebidas y víveres para la gente que partía desde ahí a caminar durante días y no se había avituallado suficiente. Probablemente fuera el único lugar en más de 40 km a la redonda donde se pudiera comprar algo tan básico como cereales, o pilas.
El encargado era un tipo simpatiquísimo de avanzada edad con el que me puse a conversar mientras me preparaba la comida. Había unos cuantos excursionistas sentados junto a aquella caseta de madera, y por si alguien tenía hambre decidí cocinar medio kilo de espaguetis con tomate y jurel (pescado parecido al atún), que compré ahí mismo.
La pasta me quedó al dente y riquísima, pero todos habían comido y nadie se animo a tomar ni un poquito.
- Bueno ¿y te vuelves ya a Santiago?-. Me pregunto el simpático señor del quiosco.
- Más o menos -. Respondí.- Me dirijo al glaciar Grey para sacar un trozo de hielo milenario y llevárselo a mi primo de regalo de matrimonio a Santiago-. Le dije mientras comía pasta con tomate.
- ¿Y cómo piensas llevarlo a Santiago sin que se te derrita?-. Preguntó con gran curiosidad.
- La verdad es que aun no lo se-. Le respondí con toda sinceridad.- Rodrigo, un amigo guardaparques me ha prestado esta mañana una gran manta térmica para envolver el hielo. Espero que con eso y el suelo de nylon de mi tienda de campaña, sea suficiente para llegar a Puerto Natales, donde tengo mi bicicleta. Después tendré que improvisar. Mi único problema es que no se donde dejar el contenido de mi mochila y mi tienda de campaña el par de días que me demoraré en llegar a Grey y coger un buen pedazo de hielo.
- ¿Dices que piensas partir ahora mismo hacia el glaciar Grey sin tienda de campaña ni saco de dormir, a sacar un pedazo de hielo para que tu primo brinde en su matrimonio con hielo milenario?-. Preguntó incrédulo.
- Bueno, mi idea es llevar un buen trozo de glaciar para que todos podamos beber en su boda whisky con hielo milenario-. Le expliqué mientras continuaba comiendo espaguetis.
- ¿Y donde y cómo pretendes dormir esta noche cuando llegues a Grey?-. Cuestionó aquel tipo tan simpático.
- No lo se, pero pasé por ahí hace algunos días, y me llevé muy bien con los guardaparques de la zona y los dos montañistas que viven en el refugio. Me bañe en el agua de una laguna de dentro del glaciar y me dijeron que hacía años que no veían algo así. Espero que me puedan ofrecer cobijo-. Le indiqué.
Mantuvimos una distendida conversación que duró lo que tardé en terminarme el medio kilo de espaguetis.
Al tipo del quiosco le impresionó lo del hielo casi tanto como el que me hubiera comido a media mañana semejante cacerola de pasta yo solo. Amablemente, me ofreció dejar ahí todas mis cosas para poder partir con la mochila vacía y así tener donde meter el hielo. Podría volver en un par de días o cuando quisiera para recogerlas.
Tarde unas horas en alcanzar el borde del lago Peohé, y una hora más en cruzarlo en catamarán.
La sensación de partir hacia Grey con lo puesto y en pantalón corto, era extraña. Si me veía obligado a pasar la noche de camino, las pasaría canutas.
Se había levantado bastante viento y tuve que moverme rápido para no pasar frío. A última hora de la tarde llegué a un alto desde el cuál pude vislumbrar el glaciar. Verlo de nuevo hizo que se me pusiera la piel de gallina.
Alcancé al campamento del lago grey cuando el sol ya prácticamente se había ocultado. Al primero que me encontré fue a uno de los guardaparques, que se sorprendió mucho al verme. Le conté por encima lo que había ido a hacer y entre carcajadas me dijo que Eduardo se había ido, pero que Diego estaba en el refugio y que se alegraría mucho de verme.
La bienvenida fue más cordial aun de lo que me esperaba. Diego me informó que Eduardo estaba fuera, y que había un colchón y un edredón disponibles para mí.
Le conté con todo detalle mientras digeríamos una cena en toda regla, los días siguientes a mi partida. Le expliqué mi idea de llevarme un buen trozo de hielo milenario para el matrimonio, y le pedí consejo y ayuda para sacar el hielo del glaciar.
Me dijo que lo mejor sería que al día siguiente por la mañana fuera con él al glaciar, y ahí veríamos lo que hacíamos.
Aquella noche nos quedamos hasta tarde en el refugio tomándonos unos vinos con un simpático grupo de chilenos que estaba aquel día pasando la noche en Grey. Al día siguiente ellos también vendrían de excursión al glaciar.
A la mañana siguiente nos despertamos temprano con un aviso por radio. Se avecinaba una tormenta grande y llegaría en unas horas. Debíamos partir cuanto antes al glaciar, si es que podía navegar la enorme Zodiak con la que debíamos cruzar el lago.
Tardaron un rato en confirmar que se podía navegar, y poco después de las nueve de la mañana llegaba la embarcación a buscarnos con Eduardo dentro. El capitán nos informó que había habido un terremoto aquella noche en el País, con epicentro en Concepción. No sabía la magnitud ni las consecuencias, ya que no había ningún sitio cercano con teléfono, pero según le habían informado por radio, había sido fuerte.
No podríamos estar demasiado tiempo en el hielo, ya que la tormenta que venía era bastante seria. Diego me dijo que cuando llegáramos al glaciar, Eduardo y él se bajarían con el grupo, y yo me quedaría en la embarcación con El capitán y el otro Marinero. Contaría con la ayuda de varios piolet, unas cuerdas y unas herramientas cilíndricas para taladrar el hielo y poderse asegurar a él.
Navegamos hasta una zona del glaciar donde se acababa de desprender un gran cascote de hielo. Colgándome de la proa le atornillé una de aquellas herramientas cilíndricas al hielo con un cabo bien atado y nos dispusimos a remolcarlo hasta separarnos una distancia prudente de las paredes del glaciar.
Acercamos aquel gran pedazo de hielo a la proa de la embarcación, y saqué el cuerpo de cintura para afuera. Con una mano sujeté el cabo con firmeza, y con la otra comencé a golpear el hielo con la punta del piolet.
Continué golpeando y golpeando. Golpeando, golpeando y golpeando. Tuve que cambiarme la herramienta infinidad de veces de mano, y continuar golpeando.
Finalmente conseguí separar un trozo de hielo de un tamaño más que correcto para un buen regalo.
Recogimos al grupo en el glaciar y nos dirigimos a toda prisa de vuelta al campamento. La tormenta se acercaba, y ya se estaban empezando a formar olitas y a levantarse algo de viento. En cuanto llegara la lluvia no me iba a poder mover de Grey caminando con un hielo de 40 kilos que no me cabía en la mochila, y que quería llevar de una pieza a Santiago.
Diego me propuso continuar con la Zodiak hasta el final del lago, donde a veces pasaban vehículos, y tratar de conseguir que uno me llevara hasta la entrada del parque, para ahí ir a recoger mis cosas y conseguir un Bus que me llevara a Puerto Natales, aunque ya era tarde, y probablemente no salieran más buses.
Así lo hice. La embarcación navegó a duras penas al otro lado del lago Grey y descendí con el hielo envuelto en la manta térmica de Rodrigo y en el suelo de nylon de mi tienda de campaña. Fue en ese momento cuando me di cuenta que había cometido una Jaimitada, y además de las gordas.
¡¡Me había olvidado mis zapatillas en el refugio!!
Había ido al glaciar con unas botas para andar por el hielo del capitán y mis zapatillas las había dejado en Grey. De repente la situación se tornó bastante surrealista, en aquel lugar, descalzo y con semejante pedazo de hielo en la espalda a modo de saco de patatas…
Tras varios ires y venires e intentar colarme de todas las maneras posibles en una caseta deshabitada que tenía una radio, encontré un vehículo militar parado, con un soldado al volante y sin nadie más dentro.
Después de explicarle mi problema, me dijo que quizás ellos pudieran ayudarme, pero que debía esperar al teniente, que estaba con todos los soldados en la montaña y llegarían en diez o quince minutos.
Cuando llegó el Teniente, resultó ser un tipo encantador. Le expliqué lo que hacía ahí, y porque estaba descalzo y acarreaba semejante trozo de hielo. La historia le pareció de lo más simpática y me prestó toda su ayuda.
Conseguimos contactar por radio con un puesto de CONAF, al que le explicamos que todas mis cosas estaban en el quiosco de “Laguna Marga”, y que por favor que se encargaran de que alguien las metiera en algún autobús que fuera a Puerto Natales.
Me indicó que ellos también se dirigían a Puerto Natales, y que si quería me podían llevar con hielo y todo.
El trayecto hasta Puerto Natales se me pasó volando. Las anécdotas y las historias en el ejército eran divertidísimas.
Al llegar a Puerto Natales me dirigí al Hostal Esmeralda, donde pude calzarme con mis zapatillas de montar en bici. Casualmente estaba Cristóbal, el guardaparques del Campamento Paso de Las Torres. Le conté la historia del hielo, como había llegado, y mi problema con mi equipaje, que aun estaba en Las Torres.
El me contó lo del terremoto y me explicó que el país estaba patas arriba y que había un montón de muertos en la zona de Concepción.
Conseguí con mucha diplomacia que me dejaran guardar el hielo milenario en la cámara frigorífica del restaurante “La Picá de Carlitos”, y Cristóbal me acompañó a la estación de autobús para avisar que si llegaban mis cosas en algún bus, avisaran en el hostal.
En la estación de buses que los buses estaban en Las Torres bloqueados por la tormenta, y que no sabían cuando vendrían. Yo pregunté que cuando salía el siguiente bus hacia el norte, para emprender mi vuelta a Santiago, y me dijo que las carreteras estaban cortadas por el terremoto. Me dijo que debería esperar al menos dos o tres días para que rehicieran las rutas y arreglaran algunos tramos.
Pasé todo el día siguiente en bicicleta por Puerto Natales y Alrededores buscando un recipiente que conservara el frío, lo suficientemente grande como para meter el hielo dentro y transportarlo hasta Santiago en autobús.
Todo estaba cerrado y la mayoría de la gente estaba en su casa viendo las noticias del terremoto. Un viento fortísimo soplaba desde el océano. Al final de la tarde di con un tipo en el puerto que guardaba en un almacén unas cajas de goma espuma para guardar pescado, del tamaño adecuado para transportar el hielo si juntaba dos de ellas. Mis cosas no llegaron en ninguno de los buses que volvían de Las Torres.
Aquella noche nos quedamos en el hostal de charla con un Francés llamado Nicolás, y un Ucraniano llamado Phillip. Faltaba menos de una semana para la boda de mi primo y algo me decía que no podía dormirme en los laureles.
La mañana siguiente no tuve más fortuna que el día anterior, y ninguno de los buses que llegó traía ninguna “encomienda” a Puerto Natales.
La buena noticia fue que la señorita encargada de los billetes, me informó que al día siguiente saldría desde Punta Arenas a las siete de la mañana un autobús que llegaría hasta Osorno a través de Argentina. Parecía que quedaba un billete. Osorno estaba unos 800km al sur de Santiago, y era el lugar al que más me convenía ir.
Me informó que no había ningún autobús que me pudiera dejar en Punta Arenas, que estaba a 4 horas de distancia, antes de las siete de la mañana. Sin embargo, había un bus que salía a esa misma hora desde donde nos encontrábamos y que podría dejarme en un lugar por donde pasaría después el bus que subía a Osorno desde Punta Arenas.
Compré ambos billetes, y me subí al siguiente y último bus que salía hacia Las Torres. Tendría que ir yo mismo a recoger mis cosas.
La joven de la estación, tuvo la amabilidad de explicarle al conductor del autobús mi problema. No solo tenía que ir al quiosco de Laguna Marga a recoger mis cosas, también deberíamos detener a todos los buses que venían de regreso para preguntar si alguno llevaba mis cosas.
Así lo hicimos, y a mitad de camino milagrosamente uno de los buses que pasó traía todas mis cosas, que se las había entregado un guardaparques en Laguna Marga.
Me cambié de bus, y volví con todas mis cosas. Tuve que viajar en la cabinita del conductor, porque el bus estaba repleto. La gente volvía por el terremoto.
Aquella noche, después de una contundente cena que preparamos entre todos, nos pusimos manos a la obra para meter el hielo en la caja de plumavit. Todos los del Hostal Esmeralda, incluido el dueño, colaboraron en el proceso, que comenzó a media noche.
Primero me acompañaron Nicolas y Phillip, con las cajas, a la cámara frigorífica de Carlitos a por el hielo.
Después de sacar el hielo, envuelto aun en la manta térmica de Rodrigo, lo llevamos al hostal, que estaba justo en frente.
Comprobamos que el hielo cabía si juntábamos las dos cajas, y nos pusimos a recortar los bordes de estas, para que cerraran herméticamente.
Después de cerrarlas con el hielo dentro, sellé la junta con varias vueltas de cinta americana, y la enrollamos una cuerda alrededor. Estaba seguro que envuelto en la manta térmica, y dentro de aquella caja, el hielo milenario llegaría a su destino.
Después del duro trabajo, ninguno nos queríamos ir a acostar, y nos subimos al salón a ver una película. Yo tenía la idónea para el momento, y por extraño que pareciera, en versión original así que la pudimos ver el grupo al completo. Nadie del hostal pudo pegar ojo hasta que a las 4 de la mañana terminamos de ver “Resacón en Las Vegas” (Hangover).
Me puse a hacer la maleta, y a preparar todo para el viaje de regreso. Cristóbal me dijo que en una semana volvería a Las Torres y recogería mis zapatillas en el refugio de Grey. Después me las enviaría por correo.
Tuve todo a tiempo justo para coger mi bus, que salió a las siete en punto. Algo menos de 4 horas después, me bajé en un control policial que había en la carretera. Supuestamente, en la siguiente hora pasaría por ahí el bus que había salido de Punta Arenas hacia Osorno.
Así fue, y no pasó por ahí un bus cualquiera. Pasó el mismo bus que me había bajado a Punta Arenas hacía algunas semanas. Y además con los mismos conductores.
Cuando vieron todo el equipaje que llevaba, compuesto por la bicicleta, las alforjas, mi mochila y la caja con el hielo, se quedaron horrorizados, porque iban completamente llenos y no cabía en ningún sitio. Les conté toda la historia del hielo, y al final me hicieron el favor de meterme la bicicleta dentro de su cabina y el hielo en lugar de un par de maletas que colocaron arriba.
Algo más de treinta horas después llegué a Osorno.
Tardé varias horas y necesité varios milagros y la ayuda de Gerardito para conseguir un hueco en un bus que salía al día siguiente en algún momento de la mañana a Santiago. Después me dirigí al supermercado más cercano a la estación de autobuses y conseguí que el gerente me dejara guardar el hielo aquella noche en su cámara frigorífica.
Pasé el resto del día conociendo Osorno y alrededores. Se respiraba un ambiente un tanto extraño debido al terremoto. La gente estaba preocupada, y cada vez se empezaban a conocer más consecuencias.
Faltaban dos días para que toda mi familia llegara a Santiago desde Madrid para la boda de mi primo, y tan sólo 4 para el gran día.
La mañana siguiente a las ocho y media apareció en la estación el bus que me llegaría hasta Santiago. Lo primero que me dijo el conductor al verme fue que solo podría llevar ¡¡UN BULTO!!
A mi al principio me pareció una coña, pero más tarde me di cuenta que iba en serio. Me dijo que no podía llevar más de un bulto por persona y encima el tipo me metió prisa por que era el último pasajero que quedaba por subirse.
Acudí a la estación, donde dejé todas mis cosas con orden de que las mandaran la semana siguiente en el primer bus regular que fuera a Santiago.
Finalmente partí con tan solo un bulto. Eso sí, ¡un bulto de 40 kilos!
Nos llevó 20 horas llegar a Santiago. Menos de lo que todos esperaban. Muchas carreteras estaban caídas y con enormes socavones, pero se notaba que la intervención policial y militar había sido efectiva. Aunque pasamos algunas horas parados, habían conseguido rodear casi todas las zonas cortadas.
A las cinco de la mañana no había demasiada actividad en la capital chilena y me costó encontrar un taxi. Acudí al piso de mi primo, donde aquellos días estaban viviendo mis queridas amigas Isabel y Brianda, que habían acudido a Chile para la boda.
Isa había vivido el terremoto, que fue el mismo viernes que llegó a Chile, a las tres de la mañana en un garito donde al parecer continuaron la fiesta sin música y sin ventanas. Bri iba camino de Santiago en un avión que tuvieron que desviar a Buenos Aires, lugar donde la pobrecita se vio obligada a pasar los últimos días en la mejor zona de la ciudad y con los gastos pololagados.
Me alegró ver que las dos estaban bien y sobre todo que estaban ahí para la boda. Los chilenos solían tener fama de no aguantar hasta tarde en las fiestas, y eso no podía pasar de ninguna manera en la boda de Gerardito.
Aquel día a la hora de comer llegó gran parte de mi familia a Santiago desde España.
Pasamos aquél par de días antes de la boda para un lado y otro con la familia. Mientras, el hielo milenario descansaba en la cámara frigorífica de un restaurante de Santiago llamado El Mestizo por gentileza de mi amigo Nacho el intrépido.
Todos mis tíos y primos españoles se quedaron en casa de mis tíos chilenos, Gerardo y Marisol, que era el lugar donde se celebraría la boda. Había gente todo el día por todos lados montando mesas, barras y carpas.
Avisamos al catering para que durante la fiesta, preparase un recipiente adecuado para el hielo en el centro de la barra.
Yo, al igual que mi madre, estábamos viviendo en casa de mi prima Victoria y su travieso marido, Cristóbal. Tenían dos perros Bull Mastiff de un año de edad, que cuando no se estaban comiendo el parachoques del coche eran adorables.
Finalmente llegó el gran día, y de repente me encontré en una iglesia con mi primo del alma en el altar.
Era impresionante como pasaba el tiempo. Parecía ayer cuando correteábamos por los verdes prados comillanos jugando a “Soy el Rey” con nuestra pandilla de verano. Gerardito tenía 4 años más que yo. Jacobo, Isabel, Juanito y el resto tan sólo dos. Siempre fui el pequeño del grupo, y sin embargo el que hacía que todos nos metiéramos en líos.
Aun recuerdo el verano que hicimos nuestro primer botellón con Calimotxo y Vodka con naranja. Todos tenían 14 años, y yo a pesar de tener solo doce, no dejé de beber como el que más.
Al día siguiente, sentí la primera y probablemente peor resaca de mi vida. Amanecí en casa de Jacobo, con la Guardia Civil llamando al timbre. Buscaban unos jóvenes que durante la noche habían estado a punto de hacer volar el puerto de comillas, después de casi prender fuego a un barco.
Yo, que no recordaba prácticamente nada de la noche anterior, me hice el sueco como si nada fuera conmigo, pero alcancé a ver la pequeña bandera de España parcialmente quemada que acarreaba la benemérita. Algo me decía que no era la primera vez que veía aquel trozo de tela rojo y amarillo.
Años después me daría cuenta que pertenecía a un barco. Con el tiempo irían aflorando recuerdos de aquella desconcertante noche. La noche de la primera borrachera de nuestras vidas.
Durante años me preguntarían infinidad de veces en discotecas y bares, que por que no bebía alcohol. Yo a veces respondía que una vez me sentó mal el vodka.
……
En la iglesia me encontré con varios amigos que aun no había visto desde mi llegada. Hacía nueve años que no les veía, y a pesar que muchos ya estaban casados y tenían hijos, seguían tal y como les recordaba.
La ceremonia fue de lo más entrañable.
De la iglesia nos fuimos a casa de mis tíos, donde ya estaba todo preparado para que llegaran más de seiscientas personas a celebrar tan esperado enlace.
Estuvimos picoteando en el jardín, donde el encuentro de amigos y familiares, auguró desde el principio una distendida celebración.
No faltaron rincones donde recostarse cómodamente a inflarse a canapés o a descansar entre verdes plantas y flores.
Los jóvenes, cenamos en una plataforma que se había colocado al fondo del jardín, desde donde se podía ver la enorme capital chilena extenderse en el horizonte.
Los mayores por su parte, se quedaron en un jardín que parecía sacado de un cuento.
Los adultos nuca me quedó claro donde estaban, ya que al poco de terminar de cenar, llamé a mi amigo Nacho y nos pusimos manos a la obra con el hielo.
El catering de la boda lo colocó en una bandeja en el centro de la barra, y en poco tiempo, aquel hielo de más de diez mil años de antiguedad comenzo a fluir a través todos nosotros.
Bailamos, bebimos y gritamos durante varias horas.
Por suerte mi tio Gerardo, de quien dependía la hora de clausura del acto, era el que más animado estaba de todos, y no dejó de menearse hasta que el cielo comenzó a aclararse por el horizonte.
En Chile, no existía la costumbre de continuar la fiesta de matrimonio en la casa de al lado, y teniendo en cuenta que era la de mi prima, que estaba embarazada de 8 meses, no me pareció lo más apropiado, así que con gran pesar me despedí de los últimos invitados en irse.
Cuando todo el mundo se había ido, hice una pasada por la cocina donde se guardaban todos los postres que habían sobrado. Llené un gran plato con frutas y brownies, y me fui a desayunar al jardín de mi prima.
Me recosté en una tumbona, dispuesto a dormirme una pequeña siesta ahí mismo cuando terminara de desayunar, ya que debería estar fresco para una barbacoa que tendría lugar en pocas horas, exactamente en el mismo lugar que me encontraba, y a la que acudiría toda la familia.
La siguiente semana aprovechamos para hacer planes de familia por la ciudad y alrededores.
No dejé de jugar nuestras clásicas, reñidas e interminables partidas de mus, ni de montar caballos chilenos con mis primitas Carlota y Olivia.
Toda mi familia española se fue un fin de semana largo a conocer San Pedro de Atacama, pero yo no acudí, debido a que un par de semanas después, partiría hacia ahí con la bici. En lugar de eso le pedí el coche a mi prima y me fui con Isa, Bri y Alejandra a pasar un fin de semana a la playa, para lo cual mi querido tío Gerardo nos prestó amablemente su casa.
Alejandra era una amiga de mi primo que se acababa de trasladar de Madrid a Santiago, y una nueva adquisición para nuestro grupo de españoles por Chile. También logramos convencer a Nacho, para que a pesar de los muchos compromisos que tenía en Santiago, nos acompañara un día.
Fuimos a la playa, comimos en un chiringuito, nadamos hasta una balsa de madera, y hasta le compramos pescados a un pescador en la playa.
También hicimos una barbacoa en la terraza de casa que Briandita e Isa ambientaron a ritmo de Charango.
Nos quedamos dos veces sin gasolina, y pinchamos una rueda.
Resolvimos todo estupendamente gracias a la infinita paciencia de mis acompañantas, y a la gran amabilidad de los lugareños.
De regreso a Santiago, recordé que Bengala y Fafi, la pareja chilena que conocí en Nepal de luna de miel, vivían por la zona. No les veía desde que hacía dos años coincidimos unos días en Pokara, justo mientras buscaba equipo de bucear para sacar la canoa que le acababa de hundir a Mana.
Las niñas se quedaron en un cibercafé que había en un pueblo cercano a donde me parecía recordar que ellos me dijeron que vivían. Comencé a preguntar en distintos lugares, y varias personas que parecían conocerles, me indicaron como llegar a su casa, que estaba metida en las montañas.
Me hizo muchísima ilusión verles, y más cuando vi que Fafi estaba embarazada. Estaban tan bien como les recordaba, y fue muy divertido contarles con fotos el desenlace de la historia de la canoa de Nepal.
De vuelta en Santiago, pasé los últimos días con mi madre y el resto de mi familia española, y me despedí de todos ellos hasta dentro de un par de meses.
Pasé algunos días en la gran ciudad, en los cuales aproveché para ver amigos y planear el viaje que emprendería hacia el norte con la bici.
Mi querida amiga Elisa, organizó una excursión con los jeeps a una zona desértica cercana a Valparaíso y nos lo pasamos bomba.
A pesar de desinflar bien las ruedas, no faltaron ocasiones en las que hubo que echar mano de la eslinga.
En realidad todos tuvimos que echar mano de ella en un momento dado…
Durante el tiempo que pasé en la ciudad, mi primo Gerardo estaba de luna de miel, y yo me quedé con mi prima y Cristóbal, que cada día organizaban un plan diferente y se ocupaban de que no me faltara de nada. Incluso Cristóbal me llevó un par de días a jugar al baseball.
Pasé algunos días preparando mi ruta hacia el norte, que pasaría primero por La Serena, una ciudad situada seiscientos kilómetros al norte de Santiago. La ciudad en si no valía demasiado, pero ochenta kilómetros al este de dicha ciudad, se encontraba situado el Valle del Elqui. Éste valle, había oído que estaba situado en un entorno natural precioso, y era donde se encontraban la mayoría de los observatorios astronómicos nacionales.
En el Valle del Elqui se daba un microclima en el que en todas las estaciones del año se podía disfrutar de buen tiempo. Debido a su altitud, la falta de luz en la zona, y diversos factores más, al igual que en el desierto de Atacama, era una de las zonas donde mejor se podían ver las estrellas de todo Sudamérica.
Precisamente el desierto de Atacama sería el lugar al que me dirigiría después de Elqui. Se conocía como el desierto más seco del mundo y se decía que en había zonas donde nunca jamás había caído una gota de agua..
Veamos si es verdad…..